(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Obras completas de Don Francisco de Quevedo Villegas :. edición crítica, ordenada é ilustrada"

•'V 



t, • 












't'^ ". ^.. 



♦ •>í 







MU 







■«¿«j^^ 



9.V '^'-^ *'■'■ 



^-^..y 



Ft^^i 



<P-t^ 



í|^' 



^^ 



j^^-- . - ;tn4^ 




G-^.. 



f 






^; 



1 J ' 






Oja C<^'^^^ 



OBRAS DE QUEVEDO 



SOCIEDAD DE BIBLIÓFILOS ANDALUCES 
OBRAS COMPLETAS 

DE 

DON FRANCISCO DE QÜEVEDO 

EDICIÓN CRÍTICA, ORDENADA É ILUSTRADA 

POR 

D. AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA Y ORBE 

de la Real Academia Española 

CON NOTAS Y ADICIONES 






D. MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 

de la misma Academia. 

TOMO PRIMERO 

APARATO BIOGRÁFICO Y BIBLIOGRÁFICO 





SEVILLA 

Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera, I 
1897 



ADVERTENCIA PRELIMINAR 



Uno de los trabajos que honran más la buena 
memoria del preclaro arqueólogo y castizo escritor 
D. Aureliano Fernández-Guerra es su edición crítica 
y sabiamente ilustrada de las obras del gran polígrafo 
espaiíol D. Francisco de Quevedo Villegas. Apare- 
cieron las primicias de esta labor en dos tomos de 
la Biblioteca de Autores Espafioles de Rivadeneyra, 
impresos respectivamente en los años 1852 y 1857. 
Entró en estos dos volúmenes el texto correcto y 
expurgado de las obras en prosa de Quevedo, con 
eruditísimas anotaciones y discursos preliminares lle- 
nos de buena y sabrosa doctrina, y útiles sobre- 
manera para el conocimiento de la historia del si- 
glo XVII. Tan magistral edición obtuvo desde luego 
el éxito que merecía, siendo universalmente estimada 
como la mejor que de ningún clásico español se hu- 
biese dado hasta entonces á la estampa. Por des- 
gracia, sin que podamos decir fijamente el motivo, 
el tercer tomo de las obras de Quevedo en dicha 
Biblioteca, que comprende las poesías del gran satí- 
rico, no pasó como los dos primeros por las exper- 
tas manos del Sr. Fernández- Guerra, sino que fué 
compilado, con notable desventaja, por otro literato 
ya difunto, D. Florencio Janer, que mostró, sin duda, 
loable diligencia para hacer su colección lo más com- 
->-^ pleta que pudo, pero que no sólo ignoró hasta la 



r^ 



— VI 



existencia de muchas legítimas producciones de Que- 
vedo, sino que admitió, en cambio, otras manifiesta- 
mente apócrifas; y lejos de enmendar los gravísi- 
mos yerros de las ediciones antiguas, los acrecentó 
con otros nuevos, y aun con variantes infundadas y 
caprichosas. 

Entretanto, D. Aureliano Fernández-Guerra, que 
había hecho del estudio de Quevedo una de las ocu- 
paciones predilectas de su vida, y de quien puede 
decirse que vivía en diaria intimidad con el Luciano 
español, no cesaba, ni cesó hasta la hora de su muer- 
te (acaecida, con gran detrimento de las letras pa- 
trias y dolor de sus buenos amigos, en 7 de Setiem- 
bre de 1894), de reunir documentos y noticias para 
ampliar la biografía de su autor favorito; de allegar 
nuevos manuscritos suyos, mostrándosele en esto 
muy favorable la fortuna; y de retocar y pulir, con 
nimio y paciente esmero, no sólo el texto de los 
versos de Quevedo, sino el de las obras en prosa 
ya publicadas, ajustándole á la verdadera lección, con 
presencia de los códices y ediciones de mejor nota, 
críticamente comparados y clasificados por él du- 
rante más de cuarenta años. 

Era el propósito del Sr. D. Aureliano (según él 
mismo nos lo manifestó muchas veces) refundir ente- 
ramente su antigua edición, y volver á escribir la 
biografía á la luz de los nuevos documentos que ha- 
bía ido allegando; pero el peso de los años y de 
los achaques, aunque sobrellevado por él con he- 
roica entereza, y la atención continua que tenía que 
dedicar á otras tareas científicas todavía más arduas 
y menos amenas, especialmente á sus memorables 
investigaciones sobre la geografía de la España pri- 
mitiva, le hicieron ir dilatando la ejecución de su pro- 
yecto. Quedaron, pues, entre sus papeles un gran 
número de abultados legajos, que contienen todos 



— VII — 

los materiales de la obra, pero no su redacción defi- 
nitiva. 

Por honrosa confianza del Sr. D. Luís Valdés, 
sobrino político y heredero del Sr. Fernández-Gue- 
rra, tomé á mi cargo la empresa nada fácil de orde- 
nar para la impresión estos riquísimos materiales, 
sujetándome en todo al plan que trazó aquel vene- 
rable académico, aprovechando todos sus apunta- 
mientos, y completándolos tan sólo en aquellas co- 
sas que él no llegó á escribir, pero que aprendí de 
sus propios labios. El fi^uto de mi particular trabajo 
y diligencia es muy exiguo, como se verá; y apenas 
merece que se haga de él particular mención. En 
cambio, todo lo nuevo, todo lo precioso que esta 
edición contendrá procede de los papeles y estudios 
del Sr. Fernández-Guerra. 

El primer tomo que ahora damos á luz es el apa- 
rato biográfico y bibliográfico, necesario para la in- 
teligencia de todo lo restante. Reprodúcense en él, 
con notables adiciones y enmiendas puestas por don 
Aureliano al margen del ejemplar de su uso, la Vz'da 
de Quevedo y el Discurso prelimmar á sus obras, 
que figuran en la edición de Rivadeneyra. Va á con- 
tinuación, notablemente aumentada, la serie de docu- 
mentos relativos á la persona de Quevedo; y se pre- 
senta del todo rehecha la bibliografi'a de las nume- 
rosas ediciones de sus obras, muchas de ellas rarísi- 
mas y algunas desconocidas hasta ahora. El registro 
de los manuscritos queda reservado para encabezar 
cada una de las secciones en que han de distribuirse 
en esta edición las obras del gran D. Francisco. Ter- 
mina el volumen con algunas notas y observaciones 
nuestras sobre varios puntos oscuros y controverti- 
dos de la vida de Quevedo; y un pequeño apéndice 
en que se incluyen algunos documentos reciente- 
mente allegados. 



— VIII — 

Para varias de estas adiciones hemos consultado 
con fruto los trabajos publicados en estos últimos 
años acerca de nuestro autor; principalmente el her- 
moso libro del profesor francés E. Mérimée, Essai 
sur la vie et les oeuvres de F. de Quevedo (iSSó), 
que D. Aureliano tenía en altísima estimación, aun- 
que no participase de todas sus opiniones. 

Nada tenemos que advertir aquí sobre el conte- 
nido de los futuros volúmenes de esta colección, 
puesto que cada uno de ellos ha de llevar sus espe- 
ciales prolegómenos. Daremos principio con las poe- 
sías, por ser ésta la parte más deseada, y peor im- 
presa hasta ahora, del cuerpo de las obras de Que- 
vedo, y también aquélla en que nuestra edición ha 
de ofrecer mayores novedades. 

A la bizarría y generoso impulso de la Sociedad 
de Bibliófilos Andahices , que no circunscribe sus ta- 
reas á la literatura regional, sino que abarca con 
amplio espíritu todas las gloriosas manifestaciones 
del ingenio español, se debe esta publicación; en la 
cual mi labor personal es tan subalterna, que bien 
puedo sin escrúpulo recomendar estos libros á los 
amantes de nuestras letras, puesto que en ellos lee- 
rán completo, y limpio de errores de mano y de plu- 
ma, el texto de Quevedo; y en el gran número de 
notas y disertaciones que le aclaran y realzan admi- 
rarán la ciencia y la conciencia de varón tan eminente 
é inolvidable como D. Aureliano Fernández-Guerra, 
á quien siempre veneré como maestro en este y otros 
ramos de la erudición española. Sea grato á su som- 
bra el obsequio que hoy le tributo contribuyendo á 
salvar del olvido el insigne trabajo crítico que hará 
para siempre inseparables su nombre y el de Que- 
vedo. ¡Gran fortuna: no poder morir más que con 
un inmortal! 

M. Menéndez y Pelayo. 



I 



A LA SIEMPRE TIERNA MEMORIA 

DE MI PADRE 

EL SR. D. JOSÉ FERNÁNDEZ-GUERRA 



Padre mío: 

Vos, que sin duda desde la eterna mansión 
de paz habéis continuado inspirándome amor 
al estudio, á las letras y á los ingenios de 
nuestra patria, de lo cual tan dignos ejem- 
plos me disteis en este mundo; vos, á quien 
la severa profesión de la jurisprudencia no 
impidió trazar la Historia analítica del teatro 
español, y á quien no fué dado llevar á tér- 
mino la empresa de juzgar á Quevedo y su 
siglo; vos, que estáis mirando toda la since- 
ridad de mi corazón, bendecid el purísimo 
recuerdo que os consagra vuestro hijo. 

AURELIANO. 



DISCURSO PRELIMINAR 




ASAK con admiración y aplauso á las generacio- 
nes todas, y ser constantemente su deleite, pro- 
vecho y enseñanza, es privilegio de los ingenios 
extraordinarios, así como obligación de los estudiosos lim- 
piar y conservar libres de profanaciones y manchas las 
obras de estos hombres ilustres. No era lícito, pues, reim- 
primir con vulgar diligencia los rasgos del valiente político, 
del profundo filósofo, del gran hablista, del padre de los 
donaires y de las gracias, el más regocijado, entretenido 
y popular de nuestros escritores. 

La claridad y viveza de su imaginación, el despejo de 
su talento y la fuerza de su memoria, unidos á un fogoso 
amor al estudio, le dieron ya desde la niñez la celebridad 
que van quilatando los siglos. Antes de cumplir quince 
años ceñía laureles en teología por la famosa universidad 
complutense; era á los veintitrés reconocido como uno de 
los poetas más ilustres, y llamado por Lipsio á los veinti- 
cuatro la mayor prez y más alta gloria de los españoles, 
¿Qué extraño, pues, que Lope de Vega le apellide /r/;?c?/¿' 
de los Ih'icos, é hijo de Apolo el inmortal autor del Quijote? 



Discurso preliminar 



Con estímulos tan poderosos ambicionó poseer todos los 
conocimientos humanos. La filosofía, la moral, la física y 
la medicina, las ciencias sagradas, los derechos civil y ca- 
nónico, los historiadores y los poetas antiguos y modernos, 
las lenguas sabias, y de las vivas las más útiles, apenas sa- 
ciaron su hidrópico anhelo de saber é indagar. ¡Prodigiosa 
índole de aquel entendimiento, no desvirtuarse ni ofuscarse 
con la multitud y variedad de los estudios, antes con ellas 
adquirir robustez, fineza y temple! 

Ya sea por esta curiosidad ingénita, ya porque le arras- 
trase á ello su humor burlón, festivo y maleante, nuestro 
autor buscó siempre entretenimiento y enseñanza en todas 
las clases y estados de los hombres. No descansó hasta po- 
seer llave de oro para asistir á las secretas conferencias de 
los príncipes, para entrar en la cámara de los monarcas, 
en los palacios de los proceres y ministros, y con igual 
franquicia en las casas de prostitución, en los garitos de los 
jugadores, y en los zaquizamíes de los matones y pordio- 
seros. Así pudo sorprender lo más secreto del corazón hu- 
mano, conocer y retratar con pincel valiente y asombroso 
colorido la sociedad entera, sus imperfecciones, sus extra- 
vagancias y delirios. Pero las circunstancias especiales de 
estos reinos fijaron el carácter y rumbo de los escritos del 
Menipo castellano. 

Criado en palacio, abrió los ojos entre el oleaje de la 
malévola ambición, del favor receloso y de la emponzoñada 
envidia: entre la batahola de los públicos negocios. Llegó á 
la mayor lozanía de su juventud reinando Felipe III. Com- 
pleta ya, pero mal afianzada (i), la unidad (2) y contigüi- 
dad de España, era cada provincia un reino, con su legis- 



(i) «Nó.» De este modo corrigió su antigua opinión sobre este punto 
el Sr. Fernández-Guerra, en nota puesta al margen de este Discurso en el 
ejemplar que dejó preparado para la reimpresión, 

(2) a Unidad en la variedad, suma de las libertades particulares, for- 
man la libertad general.-» (Nota del Sr. Fernández- Guerra al margen de 
este Discurso.) 



Obras de Quevedo 5 



lación especial, con opuestas costumbres; rivales entre sí 
cada uno, cada ciudad, cada villa, cada aldea. Ó morado- 
ras ó transeúntes vagaban por la Península familias de toda 
la redondez de la tierra; la mala distribución de la propie- 
dad y la mucha gente licenciosa y baldía tenían las costum- 
bres derramadas á todos excesos; y convertida la fuerza y 
la atención del gobierno á reprimir y domar apartadas re- 
giones, brazo y nervio faltaban para evitar los delitos, y era 
fuerza aterrar á los criminales con prontos y crueles escar- 
mientos (i). 

A la sazón hallábase envilecida la plebe; el generoso 
espíritu de libertad é independencia ya no inflamaba el 
corazón español (2); aquellos que habían pactado con los 
primeros monarcas leyes y forma de gobierno, dándoles 
imperio en la ejecución de ellas, pero jamás autoridad para 
romperlas ni alterarlas, forjaban ahora las cadenas de la 
servidumbre. El labio enmudecía cobarde, el valor sacrifi- 
cábase al antojo de un tirano, y la adulación extendía el 
poder de los reyes, subiéndolo más de lo que la razón y el 
derecho piden (3). Atentos á engrandecer sus casas, ya los 
proceres no llevaban al combate sus propios vasallos, ni 
para ellos eran con una vida activa y laboriosa amparo y 
beneficio constante: regalones, holgazanes y viciosos, ha- 

(i) También aquí pensaba atenuar D. Aureliano su pensamiento, 
puesto que puso al margen: Estudíese. 

(2) Estas opiniones se habían modificado radicalmente en el áninao 
de su autor, puesto que cuando revisó este discurso, muchos años después 
de impreso, puso al margen un Nó rotundo. Véase lo que sobre esto de- 
cimos en la Advertencia preliminar. 

(3) «Los estados del gran rey de España (Felipe IV) tuvieron su 
origen más de repúblicas que de dominios de príncipe absoluto, según 
sus antecesores se llamaban y deseaban ser. Sus vasallos así lo entendieron, 
porque entre sus abuelos y los reinos capitularon leyes y forma de regi- 
miento. De suerte que eran absolutos en la ejecución dellas, mas no en 
alterarlas. Pero la continuación larga de reyes sagaces y políticos que tuvo 
España, introdujo haberse hecho dueños del poder absoluto en todo; á que 
no desayudó la astucia de don Felipe II, que fué quien más cautamente 
estiró la soberanía, teniendo ó sabiendo ganar de su parte á los propios mi- 
nistros, que eran interesados en que los reyes no excediesen la autori- 
dad absoluta de la que tuvieron sus antepasados. Esta soberanía que se 



Discurso preliminar 



bíanse trocado en sanguijuelas de sus pueblos, no siempre 
bien adquiridos; exprimíanlos como á esponja, desustan- 
ciábanlos, destruíanlos. No se desvivían ya por adquirir es- 
tados y señoríos, pero se disputaban sañuda y porfiada- 
mente las presidencias de los tribunales y consejos, los vi- 
rreinatos, embajadas y encomiendas. Todo iba por un ra- 
sero: los oficiales y ministros no llevaban á sus destinos y 
gobiernos otro deseo que el grandísimo de enriquecerse, 
ni ponían jamás la mira en el provecho común, sino en el 
propio. No se hallaba oficio de mayor ni menor cuantía, 
civil ó eclesiástico (i), que no se granjease con alguna suer- 
te de cohecho; y gracias al espantoso caos donde se perdía 
la jurisprudencia, al mayor postor se daba siempre en los 
tribunales la razón y la justicia (2). 



adjudicaron los reyes fué causa de graves inconvenientes, dando muchas 
veces poco gusto á los vasallos, y no pudiendo éstos hablar con libertad, 
como antes, en las materias de justicia, ni aun en las que consisten en gra- 
cia.» (D. José de Pellicer y Osau, Introducción á la Historia de Felipe IV, 
— Biblioteca Nacional, G. 136.) 

(i) Aíenttese, puso al margen D. Aureliano, y añadió: seg7m el pú- 
blico, es decir, según de público se decía, lo cual concuerda con el texto del 
P. Mariana que se cita más abajo: <iDíccse que de pocos años acá no hay 
oficio ni dignidad que no se venda por los ministros, hasta las atidiencias y 
obispados: 710 debe de ser verdad, pero harta miseria es que se diga.i> 

(2) «Para remediar estos males (dice el padre Juan de Mariana), bien 
se entiende que presta poco lo que en España se hace, digo en Castilla, 
que es llamar los procuradores á cortes; porque los más dellos son poco á 
propósito, como sacados por suerte, gente de poco ajobo en todo, y que 
van resueltos, á costa del pueblo miserable, de henchir sus bolsas, demás 
que las negociaciones son tales, que darian en tierra con los cedros del Lí- 
bano. Bien lo entendemos, y que como van las cosas, ninguna querrá el 
Príncipe á que no se rindan; y que será mejor, para excusar cohechos y cos- 
tas, que nunca allá fuesen ni se juntasen.» 

Véase alguno de los medios que propone con espartana entereza el 
Livio castellano para acudir á las necesidades del reino: 

«La segunda traza sería que el Rey acortase en las mercedes. Yo no 
juzgo que el Rey se muestre miserable ni que deje de remunerar á sus va- 
sallos, pero débense mirar dos cosas; la una, que no hay reino en el mundo 
que tenga tantos premios públicos, encomiendas, pensiones, beneficios y 
oficios. Con distribuirlos bien y con orden se podría ahorrar de tocar tanto 
en la hacienda. Lo segundo advierto, que no son las mercedes demasiadas 
á propósito para ganar las voluntades y ser bien servido: la causa es que 
lüS hombres más se mueven por esperanza que por agradecimiento. El 
Rey tiene el acostamiento del reino para acudir á las cosas públicas; cura- 



Obras de Quevedo 



¿Qué mejores frutos podía ofrecer un príncipe, de in- 
tención recta, sí, pero que ignoraba que el arte de reinar es- 
triba únicamente en colocar dignos y sabios á la cabeza de 
los puestos principales? ¿Qué otra cosa de un rey que se 



plido con ellas, se podrá extender á otros gastos, y no antes ni de otra 
suerte. 

«ítem, que el Rey excuse empresas y guerras no necesarias; que corte 
los miembros encancerados y que no se pueden curar. — Buen consejo fué el 
que tomó el rey don Felipe el Segundo, en dividir lo de Flandes, si lo 
apartara más y lo hiciera años antes; que desde el día que yo vi aquellas 
tierras, las di por desesperadas... 

»E1 cuarto aviso sea que el Rey haga visitar sus criados en primer 
lugar, luego todos los jueces y que tienen oficios públicos ó administra- 
ciones. Punto deleznable es éste y que se debe caminar con tiento en él; 
pero es cosa miserable lo que se dice y lo que se ve. Dícese que de pocos 
años acá no hay oficio ni dignidad que no se venda por los ministros, hasta 
las audiencias y obispados; no debe de ser verdad, pero harta miseria es 
que se diga. Vemos de los ministros salidos del polvo de la tierra, en un 
momento cargados de millaradas de renta. ¿De dónde ha salido esto sino 
de sangre de los. pobres, de las entrañas de negociantes y pretendientes? 
Muchas veces, visto este desorden, he pensado que, como los obispos entran 
en aquellas dignidades con inventario de sus bienes, á propósito de testar 
dellos, y no más, así los que entran á servir los reyes en oficio de su casa, 
ó en consejos ó audiencias, le hiciesen, para que al tiempo de la visita die- 
sen por menudo cuenta de cómo han ganado todo lo demás. Yo aseguro 
que si se abriesen estos vientres comedores, que sacasen injundia para 
remediar gran parte de las necesidades. Dícese que los que tratan la ha- 
cienda real entran á la parte de los prometidos, que son grandes intereses; 
lo mesmo los corregidores, por su ejemplo sus ministros. Demás que ven- 
den las premáticas reales todos los años para no ejecutallas, rematan las 
rentas y admiten las pujas y las fianzas de quien de secreto les untan las 
manos. No se acabaran de contar las maneras de cohecho que tienen y 
sacaliñas. En particular se sabe que un privado del rey pasado supo que 
querían subir las coronas de trescientos cincuenta maravedises, en que an- 
daban, á cuatrocientos; recogió el ore que vino de las Indias todo, y sacó 
grande ganancia. Los tesoreros compran los oficios en grave daño, quieren 
pagar á costa de las libranzas y juros de particulares: el dinero que cobran 
pónenlo en granjeria, y acaece no pagar en dos ó tres años, y los que me- 
jor lo hacen, llevan uno ó dos tercios atrasados, y aun dello pagan dos ó 
tres por ciento por la paga, como se conciertan con la parte. Desórdenes 
que se podían atajar con visitallos y penallos como está dicho. Verdad es 
que se dice no hay ninguno destos que no tenga quien les haga espaldas 
en la casa real, en las audiencias, que deben entrar á la parte que es otra 
miseria y daño. Sobre todo convendría que las rentas reales y haciendas se 
administrase bien y fielmente, no como al presente, que se tiene por cierto 
que de un escudo no llega á poder del Rey medio: como pasa por mu- 
chas manos, en cada parte deja algo... Si alguno se desabriere de lo que 
aquí se dice, aprenda que no son peores las medicinas que tienen del picante 
y del amargo, y que en negocio que á todos toca, todos tienen licencia de 



Discurso preliminar 



despoja del cetro y la corona, que resigna la dignidad im- 
peratoria, y hasta lo material de suscribir los decretos, en 
un inepto favorito, avaro é impudente? ¿Qué esperanza de 
unos ministros que para los cargos no buscaban méritos ni 
servicios, sino compradores y malvados? (i). 

Ni los gritos de las diputaciones, ni el proceso del con- 
de de Villalonga, de su mujer, hijos, yernos y nueras, ni 
la caída de Lerma y Uceda, ni el suplicio de Calderón, se- 
rán ya bastantes á cauterizar la llaga de aquella sociedad 
corrompida, origen del descrédito, decadencia y ruina de 
España. Tras un valido habrá de levantarse otro; al preva- 
ricador reemplazará el sicario; serán la adulación y el en- 
vilecimiento méritos y servicios, el adulterio granjeria, el 
despojo y la rapiña blasones y nobleza, hábitos y honores 
lo que debiera ser horca y cuchillo. La virtud se encerraba 
en su casa; la caridad y la piedad acogíanse en los hospi- 
tales y monasterios. 

Providenciales son los hombres de grande y generoso 
espíritu. Aparecen de siglo en siglo para despertar, alum- 
brar y encaminar rectamente á una generación aletargada, 



hablar y avisar de su parecer, quier sea errado, quier acertado. Yo suplico á 
nuestro Señor abra los ojos á los que ponen las manos en el gobierno 
destos reinos, y les dé su santa gracia, para que sin pasión se dejen conven- 
cer de la razón, y visto lo que conviene, se atrevan á aconsejallo y ejecuta- 
11o.» (Discurso sobre la ?noneda de vellón. — Biblioteca Nacional, Q., 104.) 

(i) Véase, en prueba, lo que aparece en un documento de aquellos 
tiempos: 

iltem. Si saben que en la ocasión que se dice haber hecho que se 
ofreciesen cien mil pesos al duque de Uceda y ocho mil á Juan de Salazar 
Csu secretario) por la prorrogación del gobierno (del duque de Osuna para 
virrey de Ñapóles en 1617), fué público y se dijo públicamente en esta 
corte y en Ñapóles que un señor ofreció cien mil pesos, y de otro se ofre- 
cían sirviendo con ochenta mil; y que en este mismo tiempo se decía que 
se habían hecho otras prorrogaciones en las Indias en la misma forma, con 
sabiduría y voluntad de S. M. que está en el cielo; y creyendo el Duque 
que esto era ansí como se decía y se lo habían escrito en cartas, escribió 
á don Octavio (de Aragón) lo que parece por su carta, creyendo siempre 
que había de ser con permisión real, y no de otra manera.» (Interroga- 
torio por el cual se han de exat?iinar los testigos que presenta el señor duque 
de Osuna en el pleito contra el fiscal de su causa, don yuan de Chumacero. 
— Biblioteca Nacional, I, 62.) 



Obras de Quevedo 



ó para entregar su memoria á la execración de las veni- 
deras, si persiste sorda y rebelde en no salir del atolladero 
de sus delitos y del fango de leyes y costumbres absurdas, 
bastardeadas y prostituidas. 

Espántase QuEVEDO al aspecto de aquella sociedad, al 
contemplar que las verdades y argumentos de la filosofía 
eran impotentes y servían sólo de entretenimiento curioso 
á filólogos ó pedantes; al ver que la hipocresía responde 
cuando más á las dulces advertencias, á los caritativos con- 
sejos, al clamor y severas amenazas de cristianos varones; 
y entonces enarbola en su indignación el látigo de Juvenal, 
ó con la carcajada del desprecio insulta y denuesta en su 
despecho á aquella generación miserable. Duda aún que sea 
realidad, y no sueño, lo que miran sus ojos, y bosqueja y 
escribe los sueños satírico-morales, olvidados desde Lu- 
ciano. 

Aplicó primero el cauterio á los vicios del individuo 
aislado, luego á los desórdenes de las familias, á las corpo- 
raciones después, á los gobiernos últimamente. De enton- 
ces se ve al escritor consagrado todo á la política, hacer 
de ella el principal objeto de sus investigaciones, dedicarle 
el precioso tesoro de sus conocimientos, el fruto de sus 
viajes, el estudio práctico de los negocios, y la experiencia 
adquirida en los pequeños y sagacísimos estados de Italia. 
Hostiga con habilidad la privanza de Lerma, y combate, 
armado de valor, el tiránico valimiento de Olivares; inspira 
energía y dignidad al Príncipe, avisa al favorito, señala el 
único y verdadero camino de acertar rey y reino en sus ac- 
ciones; y ni las amenazas traban su lengua, ni los premios 
y dádivas embargan su voz, "ni los hierros y persecuciones 
quebrantan su entereza. Muere escribiendo para enseñanza 
de los ministros, de los monarcas y de los pueblos. 

Desentrañando su vida y sus escritos, se descubre que 
el elemento político es principalmente lo que en ellos pre- 
domina. Y en verdad que no podía ser otra cosa: natural. 



I o Discurso preliminar 

estudios, cargos y destinos, vínculos sociales, aficiones pri- 
vadas, todo se combinó para formar un repúblico, un hom- 
bre de estado. Bajo este aspecto ha de apreciarse con pre- 
ferencia á QuEVEDü. Colocadas sus obras cronológicamen- 
te, forman un periódico de oposición contra las costumbres 
y privanzas de la primera mitad del siglo XVII. 

Su libro de la Política de Dios y gobierno de Cristo debe 
considerarse como un sistema completo de gobierno, el 
más acertado, noble y conveniente. No se funda en los se- 
cos y amargos aforismos de Tácito, ni en las execrables 
máximas del impío Maquiavelo, ni menos en la codiciosa 
ostentación de prepotencia, rematada incredulidad y disi- 
mulación invencible de la razón de estado. Resístese el au- 
tor á creer que sea posible nunca justificar ni cohonestar la 
expropiación y el robo del territorio ajeno, el mentir y ne- 
gar la palabra, el romper los juramentos sagrados y so- 
lemnes; y desacredita y abomina las inicuas fórmulas de 
absolver toda vileza, tiranía y sacrilegio. 

El Evangelio es el libro de gobernar. — Allí la segura 
y hermosa regla para hacer venturosos á los pueblos; allí la 
pauta para ajustar sus acciones monarcas y subditos; allí 
los medios de afrontar los grandes peligros y resolver las 
situaciones difíciles. Si, como afirma San Gregorio, toda la 
vida de Cristo fué lección para nuestro enseñamiento, ¿no 
será mayor para los reyes y potentados, como que á su 
ejemplo se compone todo el mundo? En aquella preciosa 
vida es donde encuentra el político el secreto y la ciencia 
de mandar. «Viendo (dice) la suma sabiduría del Padre cuan 
mal se gobernaban los hombres por sí después que fueron 
posesión del pecado, y que unos de otros no podían apren- 
der sino doctrina defectuosa y mal entendida y peor acre- 
ditada, por la vanidad de los deseos, — determinó bajar en 
una de las personas á gobernar y á redimir el mundo, y á 
enseñar \a. política de la verdad y de la vida,-i> 

Desplega QuEVEDO todas las galas de su fantasía al re- 



Obras de Quevedo i i 



tratar con terrible pincel los reyes comedores de pueblos, 
el príncipe tirano, el ateo, el débil, el esclavo, el lirón y des- 
cuidado. «¿Es (pregunta) ser rey, como quiere Salustio, ha- 
cer cualquier cosa sin temer castigo? ¿Decir: «Así lo quiero, 
así lo mando; valga por razón mi voluntad?» Quien á todos 
da y á nadie quita; quien á todos da lo que les falta; quien 
á todos da lo que han menester y desean lícitamente, ese 
rey es, ese es el prometido, es el que se espera, y con él 
no hay más que esperar. Pobladas están de coronas y ce- 
tros estas acciones. Jesucristo no dijo: «Yo soy rey»; sino 
mostróse rey. No dijo: «Yo soy el prometido»; sino cum- 
plió lo prometido. No dijo: «No hay que esperar á otro»; 
sino obró de suerte que no dejó que esperar de otro.» 

«Sacra, católica, real majestad (añadía dirigiéndose á 
Felipe IV), bien puede alguno mostrar encendido su cabe- 
llo en corona ardiente en diamantes, y mostrar inflamada 
su persona con vestidura, no sólo teñida, sino embriagada 
con repetidos hervores de la púrpura; y ostentar soberbio 
el cetro con el peso del oro; y dificultarse á la vista, remon- 
tado en trono desvanecido; y atemorizar su habitación con 
las amenazas bien armadas de su guarda, llamarse rey y 
firmarse rey; mas serio y merecer serlo, si no imita á Cris- 
to en dar á todos lo que les falta, no es posible, Señor. 

»Verdad es que no podéis obrar aquellos milagros de 
Jesús, mas también lo es que podéis imitar sus efectos. Si 
os descubrís donde os vea el que no dejan que pueda ve- 
ros, ¿no le dais vista? Si dais entrada al que, necesitando 
della, se la negaban, ¿no le dais pies y pasos? Si oyendo 
á los vasallos á quien tenía oprimido el mal espíritu de los 
codiciosos, los remediáis, ¿no les dais libertad de tan mal 
demonio? Si oís al que la venganza y el odio tiene conde- 
nado al cuchillo ó al cordel, y le hacéis justicia, ¿no resuci- 
táis un muerto? Si os mostráis padre de los huérfanos y de 
las viudas, que son mudos y para quien todos son mudos, 
¿no les dais voz y palabras? Si, socorriendo los pobres y dis- 



12 Discurso preliminar 

poniendo la abundancia con la blandura del gobierno, es- 
torbáis la hambre y la peste, y en una y otra todas las en- 
fermedades, ¿no sanáis los enfermos? Pues si no puede ser 
buen rey el que no diere á los suyos salud, vida, ojos, len- 
gua, pies y libertad, ¿qué será el que les quitare todo esto?» 

¡Tan elocuente doctrina halla al propósito en las accio- 
nes del hijo de Dios el escritor político! Ellas le persuaden 
á inculcar al Príncipe qué deba hacer cuando parientes y 
palaciegos monopolizan y amayorazgan los destinos y car- 
gos; qué si se conjuran en su descrédito y ruina bastardas 
influencias, ingratos ó desobligados, traidores ó codiciosos; 
cómo arrojar de sí al ministro Satanás, ladrón y tentador, 
que le embriaga con deleites, le dificulta á las quejas y sú- 
plicas de sus vasallos, y le usurpa el oficio real, que el cie- 
lo, puesto que se lo dio á él, no quiso que el otro le sirvie- 
se. Decía QuEVEDO que el cetro y la corona son trastos de 
la figura, embarazosos y vanos. «El rey es persona públi- 
ca, su corona son las necesidades de su reino. El reinar no 
es entretenimiento, sino tarea; mal rey el que goza sus es- 
tados, y bueno el que los sirve. Rey que se esconde á las 
quejas, y que tiene porteros para los agraviados, y no para 
quien los agravia, — ese retírase de su oficio y obligación, y 
cree que los ojos de Dios no entran en su retiramiento; y 
está de par en par á la perdición y al castigo del Señor, 
de quien no quiere aprender á ser rey.» 

Toma vuelo con las plumas de los evangelistas, infláma- 
se en caridad y en libertad cristianas, y despierta de su le- 
targo á los reyes, amonestándoles que «reinar es velar; que 
quien duerme no reina, y que el rey que duerme gobierna 
entre sueños, y cuando mejor le va, sueña que gobierna» (i). 



(i) No era QuEVEDO solo quien á la sazón despertaba en el pueblo 
las ideas de moralidad, justicia y libertad. Óigase qué hermosas palabras 
pone el enérgico D. Fernando de Zarate en boca del rey de Polonia, en 
la comedia Mudarse por mejorarse: 

No nació ningún hombre á ser mandado; 
Que aquella suma Acción, de todo autora. 



Obras de Quevedo i 3 



Hácese en esta importante obra severo escrutinio de 
toda clase de altos funcionarios. Truena el autor y relam- 
paguea contra los validos, porque halla que Jesús, dechado 
perfectísimo del buen rey, tuvo discípulos, pero no priva- 
dos que le descansasen y apocasen el poder; que él los des- 
cansó á ellos; que su oficio fué su amor, su caridad, su des- 
velo; que vino á redimir, no á ensoberbecer con vanidad á 
ambiciosos ni entremetidos. 

Discurre con prodigioso tino sobre las condiciones de 
un ministro recto, viendo para él llena de laureles y pal- 
mas la hermosa vía de la justicia y de la prudencia; pero no 
vacila en señalar con el dedo al malvado, y en el capí- 
tulo XXI de la primera parte da reglas para diferenciar al 
uno del otro. Hé aquí su epígrafe: Quién son ladrones y 
quién son ministros, y en qué se cofiocen. «¡Qué honroso 
sustento el que dan sus manos á los consejeros y allegados 
de los monarcas! ¡Qué sospechoso y deslucido el que tienen 
de otra manera! Vengan al Rey los que amen su servicio, 
el bienestar de los pueblos, la conservación de la fe. Sean 
ministros los que hiciere huérfanos la justificación, y viudos 
la piedad, y solos la virtud, aunque la naturaleza lo dificul- 
te; no aquellos á quienes descamina la templanza de los 
ánimos en el valimiento y grandeza el ansia de llenar con 
lo que se debe á otros méritos la codicia de su parentela. 
¿A qué no se atreve un poderoso por preferir sus padres, 



Le crió libre; y cuando mal lo goce, 
Aunque sufra lo injusto, lo conoce. 

Para vivir de los demás seguro. 
Se rinde á un rey, que se eligió caudillo, 
Cuya asistencia de cualquiera es muro, 
Ptidiendo de cualquiera ser cuchillo. 
Orden quiere, no imperio que le es duro; 
Tener puede señor, mas no süfrillo: 
Su justicia es el rey, nunca la tuerza; 
Que no será gobierno, sino fuerza. 

Lo justo es del señor, no lo violento; 
Ni al faltar ni al sobrar es suyo un día; 
No obrar con la razón es rendimiento, 
Y obrar con el poder es tiranía. 
No pueda estar quejoso el descontento; 
Duela y no injurie el mal que el cetro envía; 
A la igualdad no más sirva el empeño; 
Todos teman su culpa, nadie al dueño. 



14 Discurso preliminar 

por adelantar sus hijos, por acallar su mujer, por engran- 
decer sus hermanos, por desvanecer sus hermanas, por le- 
vantar sus aduladores y lisonjeros? El peligro que los mag- 
nates corren al lado de los príncipes está (dice el político) 
en no dejar nada para otro y en tomárselo todo para sí» (i). 

Asesta sus dardos contra los procuradores de las comu- 
nidades en cortes que asuelan y destruyen los vasallos y 
encomendados; contra las justicias que á los desvalidos 
echan todas las cargas; contra los gobernadores que les en- 
carecen á precio de sangre el mal año y el socorro; contra 
los jueces, tenderos y venteros de las leyes. Terrible cen- 
sura dirige á los logreros que, con pretexto de religión, ha- 
cen hacienda; á los que compran prelacias, á los que co- 
men la renta de los pobres, y aun más terrible á los obispos 
y prelados, si venden en el templo las ovejas que Dios les 
encomendó para que apacentasen; sordos y endurecidos á 
las miserias, prontos á la adulación y á la vanidad. Imagi- 
nando tales hombres prostituidos, arrebátase el celo del es- 
critor, preséntasele vivo el ejemplo del Redentor del mun- 
do, arrojando con el azote á los que en el templo trafica- 
ban; y clama, instiga, apremia al rey que ve en su casa y 
reino este género de gentes, para que no aguarde á que 
otro los eche y los castigue, porque, para éstos, mejor que 
el cetro parece el azote en su mano. 

La provisión de los empleos, el premio y el castigo, la 



fl^ PRÍNCIPE. 

Debemos 
Más dar hombres á los cargos, 
Que dar cargos á los hombres. 

Pedid hacienda, y no ruido; 
Mirad que los puestos altos 
Son de vergüenza al indigno. 
Si al merecedor de aplauso. 

Seguid el rumbo primero; 
Que esto de trocar las manos 
A los puestos á los hombres. 
Es hacer que dos caballos 
Caigan, por trocar los frenos 
Con que andaban bien entrambos. 

('£n la comedia citada.) 



Obras de Ouevedo i 5 



milicia en todas sus fases, la paz, la guerra con sus prós- 
peros y adversos accidentes, las sucesiones dinásticas, las 
minorías; cuanto, en fin, necesita dominar un hombre de 
estado, tanto es objeto de esta preciosa obra, que, aspiran- 
do á milagros, consigue maravillas. ¡Lástima que la des- 
lustren un estilo enigmático y afectado á veces, algún re- 
sabio de mal gusto, erudición no siempre bien colocada, y, 
sobre todo, la falta absoluta de orden y método en el plan 
y en el contexto de los discursos! Hacinados empero están 
allí profusamente las perlas y los diamantes; falta el en- 
gaste y colocación para el lucimiento del artífice: la diade- 
ma está por hacer. Sin embargo, á pesar del desabrimiento 
que ocasionan aquellos lunares, el estudioso, el repúblico, 
cuantos pretendan conocer la materia de estado, acudirán 
en todas épocas á este raudal inagotable de doctrina, de 
excelentes máximas, de provechosísimos advertimientos. 
La aplicación práctica del libro es de todos tiempos: siem- 
pre habrá fuertes y débiles, vicios y abusos, pasiones y crí- 
menes, imperio y obediencia. 

Dos libros más completan el sistema general político 
de QUEVEDO, uno traducido, original otro: el Rónmlo y el 
Marco Bruto. Obra el primero del joven marqués Virgilio 
Malvezzi, se acomodaba en índole, máximas y aforismos 
tan al gusto y genio de nuestro escritor, que no fué en su 
mano dejar de hacerla suya á todo vuelo, por medio de 
una versión esmerada y elegante. Parecía haberle el Mar- 
qués arrebatado del pensamiento el mejor de sus propósi- 
tos, cual era retratar el alma del afortunado caudillo fun- 
dador de un nuevo estado, que, sin trabas ni vínculos an- 
tiguos á su intento contrarios, lo crea todo y echa los ci- 
mientos del imperio más grande de la tierra. Objeto digno 
del filósofo, señalar con ánimo desapasionado en los hechos 
de este varón famoso los aciertos y sus causas, los errores 
morales, las aberraciones políticas. 

El tratado tocaba puntos de suma curiosidad para un 



1 6 Discurso preliminar 

hombre decidido por este género de estudios. Desenredaba 
las cuestiones que se rozan con el principio de que la fe- 
licidad pública estriba en la seguridad y libertad de cada 
individuo, y por ello se fabrican ciudades, se aceptan prín- 
cipes y se toleran imposiciones. Decía cómo de estas ne- 
cesidades nacen las leyes conservadoras de los hombres y 
las sustentadoras del Estado, convenciendo de la perpetui- 
dad santa de las unas, y de la mudanza de las otras con- 
veniente y necesaria. Contemplaba el publicista en las pri- 
meras guerras brotando del valor las palmas, y en las de- 
más, de la reputación. Discurría si conviene mantener en 
pie los ejércitos por ahogar los levantamientos en su cuna, 
y abandonar al arbitrio de los generales el poder hacerse 
dueños de las repúblicas, tiranizarlas y oprimirlas. Y á tan 
útiles investigaciones añadíase el examen de la mujer y de 
su poderoso influjo en la sociedad, como que constituye la 
esencia de la familia, guía y forma el corazón de los hijos, 
refrena sus ímpetus y, desarmando al hombre con su debi- 
lidad valiente, con su sagacidad y artificio, siempre le do- 
mina y subyuga. En fin, no se olvidaba en este tratado el 
medir á los héroes, en quienes la dicha que nace con ellos 
se llama ardimiento, y en cuya mente infunde acierto, cla- 
ridad y tino el general aplauso, dictando muchas veces el 
entusiasmo palabras de persuasión en labios rudos. Y me- 
nos quedaban por escudriñar los movimientos del pueblo, 
que, no con el entendimiento, sino con la vista, juzga de 
todo, no dejándose persuadir sino de lo que ve; inclinado, 
como las aguas, á sustentar las cosas ligeras y raheces, y 
á sumergir con estrépito las graves y de valía; pronto co- 
mo ellas á alterarse con cualquiera viento. 

Sin embargo de estas circunstancias, que ponen fuera 
de duda el mérito del libro, le desdora un estilo afectada- 
mente agudo y sentencioso, acompasado, seco, sin la de- 
bida trabazón ni dulce modo: lunares y defectos que el tra- 
ductor aceptó como bellezas, que puso empeño en imitar, 



Obras de Quevedo 



y que apropió á las obras originales que á la sazón tenía 
entre manos. 

Precisamente en la que entonces se ocupaba con más 
ahinco era el Ma^-co Bruto, y de allí vinieron las manchas 
que afean este excelente libro. En la vida del matador de 
César «es elevado (afirma Capmany), docto y sentencioso; 
pero usa de oraciones demasiadamente concisas y disloca- 
das, sembradas de frases simétricas ó por correlación de 
voces ó por contraste de su significado, en que descubre 
con un género de empeño su artificio y esmero, con lo cual 
viene á formar un estilo emblemático, preñado de máximas 
y advertimientos redundantes, que era el decir grave y culto 
de los escritores de aquel tiempo, cuando querían filosofar 
ó politiquear. Sin embargo, se encuentran en esta misma 
Vida pasajes y frases nobles, expresadas con especial ener- 
gía y con toda la dignidad de la lengua castellana.» 

Para mí lo más grande y digno es el fin y objeto de la 
obra. Redúcese el pensamiento del Marco Bruto á indagar 
si puede una república restituirse al estado antiguo, perdi- 
das las costumbres antiguas; y si allí habrá igualdad de 
derecho civil y estarán en su lugar las leyes, donde pelean 
y luchan millares de hombres, no por si deben servir, sino 
por á quién han de servir; y donde se cree que, ahuyen- 
tando ó exterminando un tirano, ha de faltar otro que am- 
bicione sustituirle. Pretende el autor hacer oficio de espejo, 
en que miren su deformidad la plebe y poderosos, mag- 
nates y príncipe. No fué su ánimo doctrinar conjuras, sino 
hacerlas innecesarias; mostrar que vivió César en las bata- 
llas, donde se muere, y murió en los palacios, donde se vi- 
ve; que es tirano aquel que á la paz quita la comodidad, la 
gloria á la guerra, á sus vasallos las mujeres, á los hom- 
bres las vidas; que obedece al apetito, no á la razón; que 
prefiere el ser aborrecido al amor y respeto de todos los 
suyos; y advertir á estos monstruos que teman sus propias 
maldades, como á los buenos reyes que teman sus propios 

3 



1 8 Discurso preliminar 

beneficios. Anheló también considerasen los monarcas, al 
elegir gobernadores y ministros, que en las personas de 
éstos se eligen á sí propios, sabiendo que suyas serán las 
alabanzas que ocasionen los buenos, como las quejas que 
susciten los prevaricadores. Preceptuó finalmente á los pue- 
blos la reverencia y sufi-imiento para el buen príncipe, y 
para el malo, á quien deben tolerar, puesto que Dios le to- 
lera. ¡Laudable propósito del escritor, consolar y mejorar 
al hombre, no desesperarle ni corromperle! 

Amenizan el discurso pinceladas y rasgos de todo un 
maestro. Valiente es el bosquejo de los hombres que sólo 
con- un reposo dormido y una melancolía desapacible ad- 
quieren nombres de políticos (i), y admirable el retrato de 
Cinna (2). 

Pero sobre todo (3), es lozano, ingenioso, magnífico, 



(i) «Hay siempre en las repúblicas unos hombres que con sólo un 
reposo dormido adquieren nombre de políticos; y de una melancolía des- 
apacible se fabrican estimación y respeto; hablan como experimentados, y 
discurren como inocentes. Siempre están de parte de la comodidad y del 
ocio, llamando pacíficos á los infames, y atentos á los envilecidos; y son 
tan malos, que sólo es peor el que los da crédito. No los replicó Bruto, 
aunque los contradijo I^abeAn; porque éstos son peores advertidos que des- 
preciados.:» (Primera parte de la Vida de Marco Bruto.) 

(2) «Era Cinna falsario de virtudes, hablador y embustero. Tenía su 
medra en la eminencia de las maldades: no tenía vergüenza sino de que otro 
fuese peor; y fué tal que nunca pudo tener vergüenza. Su oficio era acusar 
á los buenos, sin perdonar á los malos: á aquéllos porque le eran contra- 
rios; á éstos porque no le fuesen competidores. .Su cobardía era infame; su 
envidia aun no tenía por límite la miseria, ni su venganza la muerte. No se 
defendía de ella el envidiado con dejar de ser, porque alimentaba su rabia 
en procurar (siendo imposible) que no hubiese sido. En ninguna edad ni 
en algiín suceso han faltado hombres de estas costumbres: dícenlo las des- 
dichas y afrentas de las monarquías, que no sucedieran si ellos faltaran.» 
(Del Marco Bruto.) 

(3) «Esclarecido y digno maestro de los monarcas es el sol: con res- 
plandeciente doctrina los enseña su oficio cada día, y bien clara se la da á 
leer escrita con estrellas. Entre las cosas de que se compone la república 
de la naturaleza, espléndida sobre todas es la majestad del sol. La mate- 
mática astrológica, ciencia que le ha escudriñado las acciones y espiado los 
pasos, demuestra que, sin violentar su curso, obedece en contrario movi- 
miento el del rapto. No se desdeña de obedecer en algo quien todo lo 
ilustra y lo cría; y con tal manera se gobierna, que ni del todo obedece, 
ni cou soberbia se resiste. Y pues ninguno es tan grande como el sol, ni 



Obras de Quevedo 19 



comparar el oficio del príncipe con el del sol, haciendo con 
un mismo calor diferentes efectos, llenando con su luz toda 
la esfera, fertilizándolo todo, llevando adonde va, la vida y 
la abundancia. En una parte sorprende ver alzarse por se- 
ñor del orbe al oro, peste del corazón humano, extirpador 
de los afectos más puros y nobles, que desbarata los atrin- 
cheramientos de las leyes, y las atierra y aniquila. Más 
allá se descubre acabado y mendigo el mundo, no á causa 
de los premios que se piden por los servicios, sino de los 
premios que se piden por los premios. «Infame modo de 
enriquecer han hallado los facinerosos: pedir que les den 
porque pidieron, pedir que les vuelvan á dar porque les 
dieron.» 

No ha faltado quien moteje á QuEVEDO de que en sus 
tiros apuntó siempre ó demasiado alto ó demasiado bajo. 

tiene tantas cosas á su cargo, para acertar deben imitarle todos. Han de ir, 
como él, por donde conviene; mas no siempre han de ir por donde empe- 
zaron ni por donde quieren. Empero esta obediencia y este albedn'o no se 
ha de conocer sino en la concordia de su gobierno. No se ve cosa en el sol 
que no sea real. Es vigilante, alto, infatigable, solícito, puntual, dadivoso, 
desinteresado y único. Es príncipe bienquisto de la naturaleza, porque siem- 
pre está enriqueciéndola y renovándola de los elementos, vasallos suyos: 
si algo saca, es para volvérselo mejorado y con logro. Saca nieblas y vapo- 
res, y restitiíyelas en lluvias que fecundan la tierra. Recibe lo que le dan, 
para dar más y mejor lo que recibe. No da á nadie parle en su oficio. Con 
la fábula de Faetón enseñó que á su propio hijo no le fué lícito, pues fué 
despeñado y convertido en cenizas. Fábula fué F'aetón; mas verdad será 
quien le imitare: cosa tan indigna, que no pudo ser verdad en el sol, y lo 
puede ser en los hombres. Finja la fábula que fué de manera que atemo- 
rice, para qae no sea. También mintieron que el sol se enamoró de Dafne, 
que se volvió en laurel, para enseñar que los amores de los reyes han de ser 
laureados más que agradecidos, y no quejosos han de premiar !a honestidad 
que huye de ellos. El secreto del gobierno del sol es inescrutable. Todo lo 
hace, todos ven que lo hace todo; venlo hecho, y nadie lo ve hacer. No 
carecen de doctrina política sus eclipses. En ellos se aprende ciián perni- 
ciosa cosa es que el ministro se junte con su señor en un propio grado, y 
cuánto quita á todos quien se le pone delante. Liciones son éstas en traje 
de meteoros. Es el sol sumamente llano y comunicable: ningún higar des- 
deña. Mandóle el gran Dios que naciese sobre los buenos y los malos. Con 
un propio calor hace diferentes efetos; porque, como grande gobernador, 
se ajusta á las disposiciones que halla. Cuando derrite la cera, endurece el 
barro. Tanto se ocupa en asistir á la producción de la ortiga como á la de 
la rosa. Ni á intercesión de las plantas trueca los frutos. Y con ser exce- 
sivamente al parecer tratable, es inmensamente severo. El da luz á los ojos 



20 Discurso preliminar 

Censura tan inmerecida no puede comprender al libro de 
que se trata, donde los dardos van, sin declinar, al centro. 
La hidalguía y la nobleza se hace en esta obra consistir 
en la ciencia y en la virtud, no en el abolengo; se procla- 
ma que no es culpa nacer del ruin, sino imitarle, y que el 
noble vicioso no es hijo de ninguno. 

Fruto de cincuenta y un años de aprovechada expe- 
riencia, de una verdadera sabiduría y de un espíritu forta- 
lecido por los desengaños y persecución de la fortuna, in- 
cesantemente adversa, el Marco Bruto es de las obras se- 
rias y políticas que han valido mayor reputación á nuestro 
autor. El la distinguió sobre todas; á limarla consagró sus 
últimos días, y en concluirla se ocupaba cuando le atajó la 
muerte. 

Pero los escritos á que desde su niñez debió la fama y 

para que lo vean todo; y juntamente con la propia luz, no consiente que le 
vean los ojos: quiere ser gozado de los suyos, no registrado. En esto con- 
siste toda la dignidad de los príncipes. Y para que conozcan los reyes cuan 
temeroso y ejecutivo riesgo es el levantar á grande altura los bajos y los 
ruines, apréndanlo en el sol, que solo se anubla y se anochece cuando alza 
más á sí los vapores humildes y bajos de la tierra, que, en viéndose en 
aquella altura, se cuajan en nubes y le desfiguran. Mas en la cosa que más 
importa á los monarcas imitar al sol, es en los ministros que tiene, en 
quien se sostituye. Delante del sol ningún ministro suyo aparece ni luce; 
no porque los deshace, que fuera crueldad ó liviandad, sino porque los des- 
parece en el exceso de luz, que es soberanía. La luz que les da no se la 
quita cuando los esconde, sino se la excede. No crecen sino de lo que él 
les da: por eso menguan los ministros muchas veces, y el sol ninguna. Y 
en el señor que los ministros crecieren de lo que toman del señor y de los 
subditos, las menguantes se verán en él y no en los ministros. Es eterna, 
digo perpetua, la monarquía del sol, porque en su estilo, desde que nació 
al mundo, ningún siglo le ha acusado novedad. Es verdad que llamarán 
novedad pararse en Josué, volver atrás en Achab, eclipsarse en la muerte 
de Cristo. Novedades milagrosas permitidas son á los reyes. Pararse para 
que venza el capitán que pelea, volver atrás por que se enmiende y anime 
el afligido, escurecerse con el sentimiento de la mayor maldad: son nove- 
dades y diligencias dignas de imitación, como, las que no son de esta casta, 
de aborrecimiento. 

«Esta postrera parte de los ministros estudió Julio César en el sol, 
cuando eligió á Marco Bruto por gobernador de la Galia Cisalpina: pues, 
contra el robo de los que le precedieron, sólo recibió de su príncipe la 
honra. Y cuando volvió á Italia por donde gobernaba, dejándole todo el 
amor y aclamaciones, se escureció delante de él en su luz, no con su des- 
pojo.» (Del Marco Bruto.) 



Obras DE QuEVEDO 21 



popularidad que ilustra su nombre, son los satírico-morales 
y festivos. Muy pronto conocidos de la corte y del pueblo 
por copias de mano, que prodigiosamente se multiplicaban, 
permanecieron veinticinco años sin entrar en el dominio de 
la prensa, colmando al autor de aplausos en todos los rei- 
nos de España, excitando siempre la curiosidad, y haciendo 
esperar de ellos alguna enmienda en la corrupción general 
de las costumbres. 

Á ser impresos luego, la ruina de DON FRANCISCO ha- 
bría sido inevitable y segura. Denunciar en los moldes de 
Colonia y en el idioma de los sabios los abusos y males 
públicos del reino atrajo sobre las venerables canas y an- 
cianidad virtuosa del padre Juan de Mariana persecución 
terrible, la vejación, molestias y desabrigo de una cárcel. 
QuEVEDO, que engalanaba el abril de su juventud con los 
sazonados frutos de la doctrina de aquel varón excelente, 
á quien debía la mayor ternura, escarmentó con el fracaso, 
y abstúvose de dar á la estampa ninguno de sus borrones, 
contentándose con que corriesen manuscritos. Aun de esta 
manera el vulgo, que paga y sufre, podía saborear la sátira 
contra los males que en todos los estados ocasionó el de- 
sastroso gobierno de un monarca nulo. Cuando la cabeza 
está enferma, los miembros todos se resienten doloridos; 
cuando los vasallos se quejan, el rey les duele. 

Hizo alarde nuestro político moralista de buen instinto, 
envolviendo el acíbar de sus sátiras entre chuscadas y bi- 
zarrías, y abroquelándose en la holgura, desorden y licen- 
cia de un sueño para reprender sin usurpar los fueros del 
pulpito, censurar sin daño de barras, y decir amargas ver- 
dades, que en el severo idioma de la filosofía se hubieran 
hecho desapacibles. Yo estimo los Sueños como los trabajos 
preparatorios del repúblico para allanar el camino á sus 
proyectos de reforma. Sacó primero á la vergüenza los des- 
cuidos y demasías de los oficiales, sin condenar los oficios, 
y tendió muy pronto el látigo contra los excesos de aque- 



22 Discurso preliminar 

líos miembros que la sociedad ha constituido para su am- 
paro, salud, firmeza y sostenimiento. Anatematizó la false- 
dad en los procuradores, la iniquidad en los escribanos, en 
los letrados el embrollo y la mentira, la impudencia y pre- 
varicación en los jueces, el desenfreno y la avaricia en los 
ministros. No perdonó al militar que cifra su medra antes 
en bajas intrigas y reprobadas artes que en el esfuerzo del 
brazo y en la entereza y virtud del corazón; ni dejó de avi- 
sar discretamente á alguno que, teniendo por oficio santo 
la humildad y el dejamiento de todas las cosas, todas las 
codicia, y de sí y del Cielo olvidado, se echa en brazos de 
la ambición, del logro y de la vanidad. 

Iba la dureza de esta reprensión templada con el donai- 
re, é interrumpida por chistes y escenas imprevistas, de fi- 
guras extravagantes, para que, divertida la atención con 
las burlas y saltos repentinos de un asunto á otro, no se 
viese disparada la piedra á tejado conocido. Nadie, pues, á 
incuria ó defecto atribuya el desorden en la colocación de 
los asuntos, la brusca transición de lo grave á lo jocoso y 
grotesco y la continua mezcla de personas y clases. Mis- 
terios encierra este caos, por el cual se libró de persecu- 
ción el autor, y tuvieron los discursos carta blanca para co- 
rrer sin alarmar la suspicacia de los aduladores y entreme- 
tidos, la vanidad de los mezquinos de corazón y la irrita- 
bilidad de los poderosos. Aquí entretiene y distrae la des- 
vergüenza de una cortesana, la miseria de un remendón y 
la fatuidad de un lindo galancete; allí un filósofo ocupando 
su entendimiento en discursos contra su salvación; á esta 
parte desatan la risa y la chacota los Galenos con ridiculas 
recetas, y los letrados con estupendos pareceres; acullá los 
ademanes de hipócritas y lisonjeros; acá los alquimistas, 
astrólogos, quirománticos, ensalmadores, y cuantos supers- 
ticiosos y embusteros prostituyen las ciencias y retrasan é 
imposibilitan la pública ilustración, y á cada instante se 
ofrecen blanco de la dicacidad del escritor los fraudes y en- 



Obras de Que vedo 23 

ganos de los gremios, un mercader usurero y charlatán, un 
excelente amigo de conveniencia, un sastre aprovechado, 
un pastelero ingenioso, un tabernero cristiano, un ventero 
rapante. Tal, en resumen, es la esencia, giro y disposición 
de los Sueños (i). 

Maravillosamente retrata la Casa de locos de amor, en 
todas las edades, estados y situaciones de la vida, este fue- 
go y alimento del corazón humano. Ha sido y será siem- 
pre inagotable raudal de caracteres y personajes dramá- 
ticos, y estudio constante de los que merecen el nombre 
de poetas. 

Del Sueño de las calaveras citó Capmany la descrip- 
ción del solio desde donde ha de juzgar Dios á los hom- 
bres en el día del juicio, como uno de los rasgos más felices 
que tiene el castellano. 

Esfuerzo de talento resalta en e! Alguacil alguacilado, 
poniéndose en boca del diablo la predicación más útil, ver- 
dades bastantes á convertir una piedra, para que el demo- 
nio diga que las pronuncia por hacer mal, y por que no 
haya ninguno que pueda excusarse con que faltó quien lo 
advirtiese. Pero sobre todo, recomienda el tratado la pre- 
ciosa aunque desconsoladora aparición de la justicia bus- 
cando por la tierra un asilo que no halla, y refugiándose 
al cielo, mientras algunas varas usurpan su nombre en 
concejos y tribunales. 

Deben las Zahúrdas de Plutón estimarse como uno de 
los más brillantes destellos del ingenio de nuestro moderno 

(1) ffNo á pocos ha maravillado que un ingenio, tan templado y gra- 
ve en las veras, escribiese con tanto chiste y donaire en los asuntos bur- 
lescos y jocosos. Estas sátiras morales son las producciones legítimas de su 
genio y de su ingenio. Aquí es donde se hallan las agudezas, las alusiones 
festivas, las metáforas más felices, las imágenes más vivas, que han que- 
dado como proverbios y dechado de la frase familiar é idiotismos natura- 
les de nuestra lengua. Pero en ninguno de sus escritos muestra más maes- 
tría y variedad en la locución, más conocimiento y manejo de la índole y 
riqueza de esta misma lengua, más valentía en las descripciones, ni más 
inventiva en los térm.inos de los retratos que dibuja, como en los Sueños. i 
(Capmany.) 



24 Discurso preliminar 

Luciano. Tienen por asunto discurrir por qué prefiera el 
hombre el vicio á la virtud, y en ella menosprecie seguros 
bienes, trocándolos por desengaños y dolores. Al diseñar 
el moralista la estrecha senda de la una y el ancho y fre- 
cuentado camino del otro, saca de la paleta las tintas más 
agradables y vivas, engalanando el cuadro con lejos encan- 
tadores, soberbias fábricas y animadísimos grupos. Dante 
le inflama con sus cantos; Fratelli Organna y el Bosco le 
prestan su inventiva y la entretenida variedad y el fuego 
de sus frescos y tablas (i). Muy pronto nuestro censor 
echa mano del ridículo (arma irresistible) contra aquella 
generación afanosa de fundar mayorazgos á precio de ini- 
quidades, para saciar brutales instintos de hijos derrocha- 
dores y ociosos; y tan interesada, que decía por refrán: 
«¡Dichoso el hijo que tiene á su padre en el Infierno!» Ases- 
ta punzantes invectivas contra los nobles que libran su va- 
nidad en la virtud ajena y la afean y ultrajan con accio- 
nes propias (2). Duélese de que el mundo lo entienda todo 



(i) El padre Sigüenza, en la Historia de San y evónimo, se muestra 
muy entusiasta del último de estos pintores, y dice que llama á sus obras 
disparates gente que repara poco en lo que mira. 

(2) Para ver si apuntó Quevedo alto ó bajo, léanse los siguientes 
renglones: 

«¿Qué es esto? dije: cuando veo dos hombres dando voces en un alto, 
muy bien vestidos, con calzas atacadas: el uno con capa y gorra, puños 
como cuellos, y cuellos como calzas; el otro traía valones y un pergamino 
en las manos, y á cada palabra que hablaban se hundían siete ü. ocho 
mil diablos de risa, y ellos se enojaban más. Llegúeme más cerca por oír- 
los, y oí al del pergamino, que á la cuenta era hidalgo, que decía: cPues 
si mi padre se decía tal cual, y soy nieto de Esteban tales y cuales, y ha 
habido en mi linaje trece capitanes valerosísimos, y de parte de mi ma- 
dre D.'^ Rodriga desciendo de cinco catedráticos los más doctos del mun- 
do, ¿cómo me puedo haber condenado? Y tengo mi ejecutoria y soy libre 
de todo, y no debo pagar pecho.» «Pues pagad espalda», dijo un diablo, 
y dióle cuatro palos en ellas, que le derribó de la cuesta; y luego le dijo: 
«Acabaos de desengañar que el que desciende del Cid, de Bernardo y de 
Gofredo, y no es como ellos, sino vicioso como vos, ese tal más destruye 
el linaje que lo hereda. Toda la sangre, hidalguillo, es colorada; parecedlo 
en las costumbres, y entonces creeré que descendéis del docto cuando lo 
fuéredes ó procuráredes serlo; y si no vuestra nobleza será mentira breve 
en cuanto durare la vida; que en la chancillería del Infierno arrúgase el 
pergamino y consúmense las letras; y el que en el rauudo es virtuoso, ese 



Obras de Quevedo 25 



al revés: llame bobo al que no es sedicioso, alborotador ni 
maldiciente; sabio al mal acondicionado y escandaloso; va- 
liente al desvergonzado y perturbador del sosiego, y cobar- 
de al que con bien compuestas costumbres, escondido de 
las ocasiones, no da lugar á que le pierdan el respeto. Y 
moteja, en fin, al mundo por haber puesto en lo más inte- 
resable y frágil las prendas de mayor estima: la honra en 
arbitrio de las mujeres, la salud en manos de los médicos, 
y la hacienda en las plumas de los escribanos. 

Reparando, al visitar las infernales regiones, los tor- 
mentos de los condenados, excédese QuEVEDO á sí mismo 
cuando pinta el torcedor y martirio cruel de los que supie- 
ron en el mundo, tuvieron letras y discurso, y de nada les 
sirvió el mal aprovechado caudal de razón, doctrina y buen 
entendimiento. Es vehemente cuando retrata los castigos 
de los que sé dedicaron á escribir obras perniciosas, á forjar 
tratados para entronizar errores y preocupaciones, á enca- 
denar y entorpecer los adelantamientos científicos y la po- 
pular ilustración. Esto le lleva á un curioso escrutinio de 
hombres y libros, á la manera del donoso y grande que 
hizo el cura de Argamasilla en la librería del Hidalgo man- 
chego, con el cual rivaliza, si no en elegancia y lozanía» en 



es el hidalgo, y la virtud es la ejecutoria qne acá respetamos, pues aunque 
descienda de hombres viles y bajos, como él con divinas costumbres se 
haga digno de imitación, se hace noble á sí y hace linaje para otros. Reí- 
monos acá de ver lo que ultrajáis á los villanos, moros y judíos, como si 
en éstos no cupieran las virtudes que vosotros despreciáis. Tres cosas son 
las que hacen ridiculos á los hombres: la primera la nobleza, la segunda la 
honra, la tercera la valentía, pues es cierto que os contentáis con que hayan 
tenido vuestros padres virtud y nobleza para decir que la tenéis vosotros, 
siendo inútil parto del mundo. Acierta á tener muchas letras el hijo del 
labrador; es arzobispo el villano que se aplica á honestos estudios; y los 
caballeros que descienden de buenos padres, como si hubieran ellos de 
gobernar el cargo que les dan, quieren (¡ved qué ciegosl) que les valga á 
ellos viciosos la virtud ajena de trescientos mil años, ya casi olvidada, y no 
quieren que el pobre se honre con la propia.» Carcomióse el hidalgo de 
oir estas cosas, y el caballero que estaba á su lado se afligía, pegando los 
abanillos del cuello y volviendo las cuchilladas de las calzas.» (Las Za- 
húrdas de Phitón.) 



26 Discurso preliminar 

lo oportuno de la crítica, en lo justo de la sátira y en la 
utilidad del vejamen. 

Amaestrado en la descripción del Infierno que fantaseó 
el cisne mantuano, y mejoró el cantor de la Divina Come- 
dia, con vigorosas figuras morales adorna las puertas de 
las obscuras grutas, donde no puede entrar jamás el rayo 
consolador de la Esperanza. Extiéndense cerca del umbral 
los embaucadores y herejes de todos los siglos; las memo- 
rias é imágenes de la edad antigua y de los tiempos mo- 
dernos atraviesan lentamente las sombras y embellecen y 
completan la pintura. 

Á vueltas de estos grandes rasgos, procesa nuestro Me- 
nipo á los que tienen enfermiza la conciencia y dañada el 
alma; á los que de las palabras hacen mercancía, ora se 
apelliden médicos, saludadores ó químicos, y deslumbran 
con su charla y embelecos á incautos é inocentes; á los 
poetas de roncón y terremoto, á los llamados cronistas, 
embusteros y aduladores con cédula; sin olvidar ninguna 
de aquellas clases donde los vicios tenían más hondas y 
aferradas raíces. 

El mundo por de dentro se limita á probar que el hom- 
bre es todo mentira, por cualquier concepto que se le exa- 
mine, y á condenar el congojoso anhelo de todos por pa- 
recer otra cosa de lo que son. Cuida el sastre de pasar en 
la calle por caballero; el hidalgo presume de señor, y em- 
peña y desencaja su escaso patrimonio; el grande remeda 
ceremonias de rey por aparentarlo; aciago de cara el men- 
tecato, alábase, aspirando á pasar plaza de sabio, de que 
tiene poca memoria, quéjase de melancolías, vive descon- 
tento y preciase de mal regido. Queda en este Sueño todo 
hipócrita mal parado. ¿Qué esperanza es la del hipócrita? 
Ninguna; pues ni la tiene por lo que es, pues es malo; ni 
por lo que parece, pues lo parece y no lo es. 

La vanidad de los entierros, la soberbia délos difuntos, 
la fingida tristeza de los amigos, llena de hiél la pluma, que 



Obras de Quevedo 27 



nos echa en rostro la fría indiferencia con que miramos el 
camino del sepulcro y los féretros precursores de nuestro 
viaje. Y ofrece, por último, ancho campo á la mordacidad 
del filósofo nuestra viciosa naturaleza, rigiendo los ímpetus 
del corazón, no por generosos, antes por mezquinos mó- 
viles: la viuda se consuela en la pérdida del marido con la 
esperanza de que le sustituirá el amante; en seguimiento 
del criminal, sólo por hurtar al ladrón el hurto, aventura el 
alguacil su persona; el amigo es oficioso con su amigo para 
deshonrarle; el cortesano con el magnate por la medra in- 
teresada. 

En la Visita de los chistes, último de los Sueños, dono- 
samente graceja el Señor de Juan Abad con aquellos per- 
sonajes que el vulgo ha convertido en mitos, como don 
Diego de Noche, Juan de la Encina y el Marqués de Ville- 
na, ó con aquellos otros hijos de la fantasía del pueblo, 
creados para bordón de sus conversaciones y exposición de 
sus afectos, como el rey que rabió, para hiperbolizar las an- 
tigüedades; Mateo Pico, los desatinos; Chisgaravís, los bu- 
lliciosos; Troche-moche, los desalumbrados. Pero á vueltas 
de tales civilidades, entre las bufonadas y chanzonetas que 
sazonan el discurso, descúbrense miras de mayor interés, 
de alta y verdadera política. QuEVEDO cuenta el dinero á 
España, examina sus fuerzas y su crédito, busca remedio 
á sus males, anatematiza sus preocupaciones, el sistema de 
sus estudios, el embrollo de su legislación y la farándula de 
su foro, recomendando la administración de justicia en los 
siglos XIV y XV por más sencilla y más útil. ¡Debilidad 
de la humana condición, rendir á lo antiguo la alabanza 
que niega á lo presente! 

Completan las obras satírico-morales el Discurso de to- 
dos los diablos (que ahora conocemos con el nombre de El 
entremetido, la dueña y el soplón) y La hora de todos y la 
fortuna con seso, ambos de un mérito sobresaliente y de 
profunda y práctica filosofía. 



28 Discurso preliminar 

Opúsculo enigmático y figurativo el primero, brotó del 
libro de la Política de Dios y gobierno de Cristo, y sugirió 
el pensamiento del Marco Bruto. Retratando la situación 
de España, consolidado ya el gobierno de Felipe IV, dis- 
paraba agudas saetas contra la tiranía y soberbia del poder, 
viéndose muchos de los dignatarios retratados al vivo en 
cada una de las cláusulas. El interés, animación y vida que 
tales alusiones prestaban á este rasgo, ha desaparecido con 
el tiempo: hoy sólo queda en pié la pureza de su moral, lo 
útil de su política, lo galano y chistoso del estilo. En vano 
los unos aparentaban tomarlo por los otros: la sátira es- 
cocía, el intento humillaba, enfurecía el arrojo. DON Fran- 
cisco aumentó con ello el número de sus enemigos. Pero 
¿cómo reprimir la impetuosidad natural, contemplando el 
cetro amarrado siempre al despotismo de avaros y estóli- 
dos validos; los más caros intereses de los reyes y de los 
pueblos sujetos al provecho particular de un hombre, al 
antojo de una dama y á merced de un adulador; en acre- 
centamiento los males públicos; mancillados por el cohecho 
el decoro y la santidad de la magistratura? Todo el discurso 
es una alegoría: el Infierno, aquella sociedad tan parecida 
á muchas que conocemos todos; los diablos, aquellos cri- 
minales y sus vicios dorados por la desvergüenza y la for- 
tuna; aquellos tiranos, los de todos los siglos, reproducién- 
dose como la cizaña de los campos en cada primavera. Á 
cada paso preséntanse á los ojos del autor, vagando por 
los consejos y pórticos, vinolentos sátrapas, Clitos y Seya- 
nos, Tiberios y Calígulas; llegando su indignación hasta 
poner en boca de Clito «que para advertir cuan poco caso 
hacen los dioses de los imperios de la tierra, basta ver á 
quién suelen darlos algunas veces.» 

Pero si condena tan duramente al hombre inicuo, ciña 
bayeta ó púrpura, jamás estorba ni escatima la admiración 
y el elogio á los que aman la justicia, premian la virtud, 
honran los soldados, se sirven de los doctos, se esconden 



Obras de Quevedo 29 



á los aduladores, buscan ministros severos que repartan con 
igualdad los premios y los castigos. No es mala condición 
suya la ponzoña que parece destilan sus escritos, sino que 
aquel pone en su punto la medicina que sabe hacer reme- 
dios de los venenos. 

Endúlzase lo acerbo del opúsculo con la grotesca y no 
limpia descripción de las plagas que abruman la humana 
vida, con el chistosísimo y peregrino sistema de hacer tes- 
tamentos, y con el parangón de las diversas raleas y castas 
de poetas. Su fin se encierra en estas breves y preciosas 
palabras: «La prosperidad es la peste del corazón. El rico 
dice: Hay que comer, que guardar y que gozar, Y el pobre: 
¡Ay, Dios mío! ¡Dios me remedie! Y pide con Dios y come 
por Dios; y al uno le llaman pordiosero, y al otro hombre 
sin Dios. Trabajos délos el sumo Señor; descanso, buena- 
ventura y felicidad el Infierno.» 

Quevedo no tiene á mi ver obra ninguna de pensa- 
miento más filosófico, más grande ni más profundamente 
ingenioso que La hora de todos y la fortuna con seso. Sor- 
prende al lector señalando para todos en el mundo una 
hora en que se vea sujeta la fortuna al imperio de la razón, 
de la prudencia y del juicio; y desconcierta al que estudia 
y medita con que, después de tan liberal providencia, el 
mundo sigue el mismo que era, los mismos los oficios y 
estados, los mismos los hombres; demostrando que los favo- 
res ó desdenes de aquella caprichosa deidad por sí no son 
malos, pues sufriendo éstos y despreciando aquéllos, son 
tan útiles los unos como los otros. 

Llama Júpiter y residencia á la fortuna: «Tus locuras, 
tus disparates y maldades son tales, que persuaden á la 
gente mortal que, pues no te vamos á la mano, que no hay 
dioses; que el cielo está vacío, y que soy un dios de mala 
muerte. Quéjanse que das á los delitos lo que se debe á 
los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que enca- 
ramas en los tribunales á los que habías de subir á la hor- 



Discurso preliminar 



ca; que das las dignidades á quien habías de quitar las ore- 
jas, y que empobreces y abates á quien habías de enrique- 
cer. » El padre del Olimpo decreta que en un día y en una 
propia hora se hallen de repente todos los hombres con 
lo que cada uno merece. Verifícase esto el 20 de junio de 
1635, á las cuatro de la tarde. Arrebátase en huracán la 
fortuna; confúndese todo. En esta hora, los que por verse 
despreciados y pobres eran humildes, se han desvanecido 
y endemoniado; y los que abundaban en honras y riquezas, 
siendo por ello viciosos, tiranos, arrogantes y delincuentes^ 
viéndose pobres y abatidos, están con arrepentimiento y 
retiro y piedad: los hombres de bien se han hecho picaros; 
los picaros, hombres de bien. Júpiter, para satisfacción de 
las quejas de los mortales, díceles que pocas veces saben 
lo que piden, siendo tal su flaqueza, que el que hace mal 
cuando puede, le deja de hacer cuando no puede; y esto 
no es arrepentimiento, sino dejar de ser malos á más no 
poder. El abatimiento y la miseria los encoge, no los en- 
mienda; la honra y la prosperidad les hace hacer lo que si 
las hubieran alcanzado siempre, hubieran hecho. Cúmplese 
la hora: un decreto soberano manda que no se prolongue. 
La fortuna vuelve á engarbullar los cuidados del mundo y 
á desandar lo devanado; resbalase por los aires, y enca- 
mina su rueda y bola por las rodadas antiguas. Mírese, 
pues, cuan sazonados eran los frutos y comunicativa la ex- 
periencia de quien por largos años había tratado en la ad- 
versa y próspera suerte á hombres bajos y humildes encum- 
brados en altas dignidades, y había visto rodar hasta el 
polvo y la miseria proceres ilustres; ministros presa de la 
soberbia y de la iniquidad en los palacios, y ejemplo de 
resignación, de virtud y de santidad en el patíbulo; tronos 
vacilantes, príncipes huidos, ó despojados, ó muertos vio- 
lentamente; la superstición, la herejía acosando la pureza 
de la fe y fanatizando la tierra. 

Tienen lugar en este libro, propia y verdaderamente 



Obras de Quevedo 3 1 



político, cuestiones de gobierno que absorbían la pública 
atención en 1635; examínanse, para desarrebozar sus pro- 
yectos, la condición y carácter de los potentados de Euro- 
pa, las fuerzas de cada principado, la índole de sus pueblos; 
partiendo de aquí para discurrir con acierto sobre sus des- 
tinos futuros. El tratadillo, burla burlando (afirma su autor), 
es de veras; tiene cosas de las cosquillas, pues hace reir con 
enfado y desesperación. Pudiera añadirse que está el plan 
trazado con la mayor unidad; que es oportuna y agradable 
la distribución de los miembros y figuras, y aquellos perso- 
najes que se traslucen en la obra tienen un parecido extre- 
mado. 

Quevedo, que ciertamente no fué un miserable zoilo, 
ni emponzoñó su alma al soplo de asquerosa envidia, ni 
censuró sin corregir, ni derribó sin edificar, y siempre cali- 
ficó la doctrina con el ejemplo, concluye la parte doctrinal 
del discurso con un programa de gobierno que él mismo, 
sin duda, hubiera seguido, á tomar parte, como deseaba el 
monarca español, en los públicos negocios. 

No ha de estar siempre tirante la cuerda del arco: horas 
de recreación apetece el fatigado y afligido espíritu del que 
escribe y del que lee, pudiendo sacar en ellas no escaso 
provecho de los ejercicios honestos y agradables. QuEVEDO 
(como el autor del Persiles) puso también con obras festi- 
vas su mesa de trucos en la plaza de nuestra república para 
solaz y entretenimiento del vulgo. Y si quedó inferior al 
rey de los escritores españoles en la belleza clásica de las 
figuras, en el decoro y decencia del estilo, y en lo inofen- 
sivo y ejemplar del asunto, dejó todavía modelos dificilísi- 
mos de imitar, que vivirán mientras viva y se estudie la 
hermosa lengua castellana. 

Son, pues, en extremo apreciables los discursos festivos 
de nuestro caballero de Santiago. En ellos campean el gra- 
cejo, las sales picantes, el donaire y el chiste, buscando más 
la risa y deleite que la enseñanza, sin que por esto á veces 



32 Discurso preliminar 

(como dice elegantemente el señor Quintana) deje de des- 
cubrirse la garra del león, y bajo la máscara de Momo, al 
pensador filósofo y al escritor grande y sublime (i). Reco- 
miéndanse por una superioridad pasmosa á todas las pre- 
ocupaciones de aquel siglo, y por un singular conocimiento 
de los gustos, inclinaciones, instintos, errores y vicios que 
en el corazón humano imprimen la educación, el territorio, 
las tradiciones de familia, las vicisitudes de la fortuna y es- 
tado de cada persona. Ya parece que jugando con la es- 
puma arroja pompillas al aire, cuando ridiculiza los dicha- 
rachos, refranes y desperdicios de nuestra conversación. Ya 
como que se goza en mortificar á los poetas hueros y gran- 
zones, sacando á plaza sus debilidades, insolencias y bar- 
barismos. Ya tiene embobado al lector con la genealogía, 
parentescos, usos y costumbres de las innumerables clases 
de necios y mentecatos que pueblan toda la redondez de 
la tierra, clasificándolos y definiéndolos. Ya cuenta la vida 
y ocupación de los truhanes, ociosos y entretenidos de la 
corte, y forma inventario y registro de sus alimañas, gusa- 
rapos y sabandijas. 

En las Cartas del caballero de la tenaza, sorprenden 
las saladísimas excusas y razones que halla el cofrade para 
zafarse de embestimentos masculinos, restreñir la faltrique- 
ra, y desahuciar las enfadosas demandas de pedigüeñas y 
busconas de oficio ú ejercicio. Esta letra lleva por divisa 
el caballero: 

Solamente un dar me agrada, 
Que es el dar en no dar nada. 

En el Libro de todas las cosas y otras nmchas más, bajo 
la máscara de trivial y regocijado pasatiempo, desconcierta 
las cavilaciones supersticiosas del vulgo, ahuyenta de la pú- 

(l) «En las obras satírico-morales vierte con liberalidad las sales y 
gracejos de la lengua, y los conceptos de su inventiva imaginación, que 
parece agotó este caudal para los venideros. Así han sido menos desgra- 
ciados los que le han robado sus gracias que los que han querido imitar- 
las.» (Capmatty.) 



Obras de Quevedo 33 



blica ilustración los restos de barbarie y de gótica rudeza, 
extirpa los errores que profanaban las ciencias, desacredita 
la farsa de los charlatanes y embusteros, humilla las pre- 
tensiones de entendimientos botos y medianos, y purifica 
la lengua de las peligrosas novedades de los afectados, del 
gongorismo y de la ignorancia. 

Es la novela del Buscón lo mejor de sus rasgos festivos, 
inspirada por el Lazarillo de Tonnes, y escrita para emu- 
lar con ventaja al Picaro Giizmáii de Alfarache. Reco- 
miéndanla singular economía en la narración, interés en los 
sucesos, verdad en los retratos, viveza en las descripciones, 
aventuras amorosas delineadas con gallardía, sales y agu- 
dezas á manos llenas prodigadas. Aféanla algunas palabras 
y escenas que repugnan, como la patente y burlas que por 
nuevo hicieron á Pablos los estudiantes de Alcalá; pero no 
es cierto (como expresa M. Tícknor) que llegue en una ó 
dos ocasiones el desatino hasta la blasfemia. Ni la religio- 
sidad y sabiduría del autor lo hubieran consentido, ni me- 
nos la suspicacia de la censura ni el cristiano celo de los 
calificadores (i). 

Quevedo comunicó á la fábula toda la frescura y loza- 
nía de sus juveniles años; y es por ello de sus escritos el 
más libre de afectación, el más rico en gracias vivas y na- 
turales, el más claro, llano y corriente, y donde se acercó 
á la amenidad, sencillez deleitosa y blando estilo del Qui- 
jote. Prendas tales justifican la popularidad que siempre ha 
gozado, el aprecio de los doctos, el interés con que es leído 
y las muchas impresiones que cuenta. 

En él, como en todo lo de nuestro autor, resalta un ob- 
jeto político de aplicación inmediata, y domina y se des- 



(i) En una gallarda copia que debió Quevedo de hacer sacar para 
regalo, cuando no pensaba todavía que de molde saliese á luz su novela, es 
donde sí que se halla tal cual irreverencia, muchas desatinadas libertades, 
y repugnantes pinceladas, que después, bien por consejo de prudentes ami- 
gos, bien por la fuerza de su clarísimo juicio, tachó en el original que fué 
á la imprenta. 

5 



34 Discurso preliminar 

prende un pensamiento filosófico y una lección provechosa 
á la humanidad: la de que, viciado el corazón en la niñez 
con fatales ejemplos, ni los estudios ni el desarrollo de un 
ingenio despejado alcanzan luego á enderezar sus torcidos 
y bastardeados instintos. El héroe, de ruin y baja prosapia, 
aficionado á la vida holgona y á sustentarla rateramente 
con trapazas y engaños, es todo un petardista, un caba- 
llero de industria, ambicioso de figurar en las aulas, en las 
grandes ciudades y en la corte como hidalgo y caballero, 
sin que jamás ni aun siquiera le pasase por las mientes 
(segün aventura Bouterwek) capitanear bandoleros por las 
sierras de Castilla. En vano un descalabro y otro en cuan- 
tos reprobados medios pone en juego para medrar le avi- 
san que reforme su conducta, y busque en el honesto y 
virtuoso trabajo el pan de cada día; en vano la razón le 
llama al buen sendero y el entendimiento le persuade para 
que emplee dignamente sus fuerzas: ha perdido el tino; y 
como el enfermo piensa encontrar alivio volviéndose de 
un lado á otro, así imagina el Buscón hallarle mudando de 
lugar, y no de vida y costumbres. Prueba de ingenio y ha- 
bilidad, poner instintos de caballero en el hijo de un ahor- 
cado y sobrino de un verdugo, y hacerle vivir de la estafa, 
para cargar pesadamente la mano sobre vicio tan común 
en la aristocracia de aquel tiempo. 

Se ve, pues, en estos juegos y travesuras cómo no se os- 
curece el escritor político, pues que todos sus rasgos tien- 
den á mejorar al hombre y la sociedad, poniéndole delante 
el espejo de sus imperfecciones y los medios prácticos de 
corregirlas. 

Con algún detenimiento he juzgado hasta aquí las obras 
que determinan el peculiar carácter del Señor de Juan Abad. 
Á cada cual de ellas precederá un juicio, y, por lo tanto, 
cúmpleme sólo adelantar ahora las especies que basten á 
conocer el escritor y la índole de sus estudios. 

Quien afrontaba la colosal empresa de reformar las eos- 



Obras de Quevedo 3 5 



tumbres y la gobernación de la monarquía en ios reinados 
del tercero y cuarto Filipo, debía de ser por necesidad polí- 
tico profundo, teólogo, asceta, moralista, filósofo y, lo que 
parece un delirio, poeta. 

Efecto de antiguas instituciones, del ferviente espíritu 
religioso que sostuvo una contienda de ocho siglos, y de 
las especiales circunstancias en que á la sazón se hallaban 
estos reinos respecto de Europa, desgarrada por la herejía, 
aquella generación vivía en la Iglesia y dedicada á la Igle- 
sia (i). Estudiaban con el mayor ahinco la teología y sagra- 
das letras los médicos y los políticos, los guerreros y los 
jurisconsultos, cuantos aspiraban á captarse el respeto y la 
consideración general. Los más de los escritores y sabios 
honrábanse con la dignidad del sacerdocio; parte á las ar- 
mas, parte al altar dedicaban los proceres sus hijos; una 
mitad de las ciudades eran templos, monasterios, conven- 
tos, santuarios, ermitas, capillas y retablos; sus funciones, 
ejercicios y actos piadosos constituían la ocupación de las 
familias hidalgas y acomodadas, y asimismo el honesto es- 
parcimiento de los gremios y oficios. En su seno abrigaban 
las cofradías y oratorios lo principal de la corte, fomentán- 
dolas con su frecuente asistencia el monarca, la reina, los 
príncipes y el privado (2). Las fiestas y solemnidades cele- 
brábanse con certámenes poéticos, distribuyendo premios 
á los vencedores y haciendo de los templos unos cristia- 
nos liceos; habíalos invadido, en fin, el teatro con los au- 
tos sacramentales y el aliño de sus loas y entremeses, y 



(i) Rehágase el espíritu de este párrafo ensalzando la disposición de 
aquella sociedad para llegar á la perfección imaginable. Tráigase aquí de 
La Fortima con seso lo que son los pueblos ateos, ladrones, asesinos y sór- 
didos. (Nota manuscrita de D. Aureliano en el ejemplar de este Discurso 
que nos sirve para su reimpresión.) 

(2) En el oratorio de la calle del Olivar, muy favorecido de Feli- 
pe III, de la real familia y del Duque de Lerma, encontrábanse alistados 
Quevedo, Cervantes, Lope de Vega, Salas Barbadillo, Espinel, el maes- 
tro Paravicino, Valdivielso, el Príncipe de Esquiladle, Pellicer, Miguel Sil- 
veira, Vincencio Carducho y otros floridos ingenios. 



36 Discurso preliminar 

se habían introducido á su vez en los coliseos las comedias 
de santos. Aquella sociedad moraba, pues, dentro de la igle- 
sia (i). ¿No habían de rozarse con ella todas las conversacio- 
nes? ¿Qué otro tema las alimentaría más de ordinario que 
la censura de tal sermón, de cuál arenga? ¿Dónde hallar 
más á mano puntos de comparación, imágenes, metáforas, 
hipérboles, sino en las ceremonias, palabras, erudición y 
objetos eclesiásticos? ¿Cómo un escritor popular, que bos- 
quejaba los rasgos satírico-morales y festivos tan solamente 
para su siglo, no le había de reflejar en todo, siguiéndole 
el humor y el genio, y hablando su idioma y valiéndose de 
sus propias frases y modismos? A proceder de otra ma- 
nera, fuera el manjar desabrido á aquella sociedad, y muy 
amarga la medicina: 

Cosí alV egro fanciul porgiamo aspersi 
Di soave licor gli orli del vaso. 

Considerado QuEVEDO con relación á su siglo, pierde 
su fuerza la grave inculpación con que cierra Capmany, en 
su Teatro critico, el juicio de este hablista excelente, lla- 
mando (á veces con harta injusticia) aquellas metáforas, 
comparaciones é imágenes, gracias de entremeses de sacris- 
tanes y escolares; y pierde por último casi todo su valor la 
pincelada brillante de M. Adolfo de Puibusque, haciendo 
que Lope y QuEVEDO se crucen en su camino; aquél sa- 
liendo del mundo para entrar en la Iglesia, éste de la Igle- 
sia para entrar en el mundo. 

Para valer ante el público (2) era en nuestro autor una 
imprescindible necesidad mostrarse familiar con los escritos 
de los Santos Padres, empapado en su doctrina, rico y po- 
deroso con los tesoros de su irresistible elocuencia. De 
cuanto habían aguzado y esclarecido su ingenio, dio solem- 



(i) Atmósfera saludable y vivificante. (Nota manuscrita de D. Au- 
reliano.) 

(2) Ante Dios y los hombres... los sabios de aquel siglo de oro. (No- 
ta manuscrita de D. Aureliano, que sin duda pensaba ampliarla.) 



Obras de Quevedo 37 



ne muestra con sus obras teológico-ético-políticas, entre las 
que se llevan la palma la Vida de San Pablo, la de Santo 
Tomás de Villaniieva, La cuna y la sepultura, la Virtud 
militante y la ProvideJicia de Dios, mina preciosa é inago- 
table para el cristiano filósofo y orador sagrado, para el 
espíritu religioso y para el hombre apasionado por saber y 
por ilustrar sólidamente su alma. Como asceta, no creyó 
prestar más obsecuente servicio que vertiendo al castellano 
la IntroducciÓ7i á la vida devota de San Francisco de Sales. 

Profundamente docto en letras humanas, sazonó todos 
sus escritos con la mejor doctrina, máximas y apotegmas 
de los filósofos y poetas de la antigüedad; se ocupó en in- 
dagar el Origen de los estoicos, y en la Defensa de Epicuro; 
y mereciéndole una predilección singularísima las obras de 
Séneca, consagróse á traducir, comentar é ilustrar algunas 
de ellas; de cuyos trabajos parte goza la prensa, parte se 
publicará por primera vez en esta edición, y parte creo que 
enteramente ha perecido. 

Quien rebosaba en tan vasta y peregrina erudición, hon- 
damente impregnado en todos los humanos conocimientos, 
debía comunicar novedad é interés al menor de los rasgos 
de su pluma. Sus cartas, los incidentes de sus muchos plei- 
tos, su intervención en graves negocios de estado, algo de 
las secretas causas de sus persecuciones y amarguras, y 
gran número de papeles relativos á sus prolijas prisiones, 
serán estimados y ávidamente leídos en el Epistolario y do- 
cumentos de su vida, que formarán una de las más curiosas 
secciones de esta colección. 

Compondrán otra no menos interesante los Discursos 
críticos literarios, donde entrarán á porfía juicios, aproba- 
ciones, prólogos y curiosas advertencias á tratados ajenos, 
cuestiones filológicas, altercados, escaramuzas literarias y 
polémicas. ¿Cómo no excitar la envidia tanto mérito? ¿Cómo 
no promover alborotos quien tenía que habérselas con el 
gremio irascible de los poetas? ¿Cómo no venir á las manos 



38 Discurso preliminar 

quien andaba siempre lanza en ristre contra toda clase de 
malandrines y vestiglos? La guerra es la vida y el aliento 
del mundo. Los elementos chocan entre sí, el mar se re- 
vuelve en sus entrañas. ¿No ha de luchar el hombre con el 
hombre? Acaso pudiera por este general estilo cohonestarse 
entre los escritores la guerra como aguzadora del entendi- 
miento, si para avivarle, robustecerle y arrancarle con el 
choque brillantes centellas, se midiesen armas iguales, y no 
traidoras y vedadas. Pero la medra del escándalo, y una 
exagerada vanidad en los ingenios baladíes, el resentimien- 
to y la venganza en otros más granados, y en alguno la 
perversidad de vida y costumbres, envilecen el fecundo y 
pacífico laurel de las letras con la calumnia, la sucia per- 
sonalidad, el tabernario chiste, la falsedad insolente, el co- 
barde anónimo. Los tiempos todos son iguales: en todos 
han existido Cínicos y Bernias, Zoilos y Aretinos. ¿Ha- 
bíanle de faltar á QuEVEDO sapos que digan, como el de 
la fábula de nuestro insigne Hartzenbusch, 
No te escupiera yo si no brillaras? 
En estas luchas, indignas de los que aspiran al nombre 
de sabios, y no saben ser dueños de sí mismos, se perdona 
á QuEVEDO el ímpetu y destrozo de la acometida, porque 
la verdad y la justicia le acompañan en el arranque. No le 
dictaron ciertamente la buena fe ni un aliento generoso y 
bizarro la Perinola, donde muele como aleña y cibera, tri- 
lla, desmenuza y despolvorea el Para todos de Montalbán; 
y, sin embargo, ni una sola censura hay en ella injusta é in- 
fundada. Menos críticos y más ciegos sus enemigos, deja- 
ron ilesa la parte vulnerable de sus obras, y se estrellaron 
contra la más fuerte, dando manifiesta prueba de imperi- 
cia, de ignorantes ó de apasionados. Pérez de Montalbán, 
los padres Niseno y Aliaga, D. Luis Pacheco de Narváez, 
Góngora y el famoso D. Juan de Jáuregui, y otros émulos 
de menor cuantía, pudieron en sátiras y epigramas, en la 
Apología al sueño de la muerte, en la Vengafisa de la Leu- 



Obras de Quevedo 39 



gua española, en las Anotaciones á la Política de Dios, en 
la comedia del Retraído, y en el Tribunal de la justa ven- 
ganza, colmar de insultos y denuestos á D. FRANCISCO, 
mortificarle, azuzar contra él á los poderosos; pero uno á 
uno y todos juntos no lograron hacer mella en su renom- 
bre ni cortar el vuelo de su fama. Tales diatribas harán 
parte de los apéndices. Estériles para el mejoramiento de 
los estudios, aprovechan para reprensión de los vivientes, 
y advertencia de los más sutiles y almidonados. Pero vol- 
vamos á nuestro propósito. 

Hemos dicho que el político no podía prescindir de ser 
todo un poeta. Era entonces la de hacer versos manía y en- 
fermedad pegadiza. Componíanlos desde el príncipe hasta 
la ínfima plebe: Felipe IV, el infante D. Carlos, los Duques 
de Nocera, Osuna y Pastrana, el Marqués de Alcañices, el 
Cotide de Olivares, los de Salinas, Villamediana, Saldaña y 
Lemos (autor de un bellísimo romance Á la Soledad), el 
Príncipe de Esquilache, y otros proceres y capitanes ilus- 
tres. Para ser oído de ministros y jueces trovadores, ¿cómo 
no hablar en consonantes? Mercurio, en el Viaje del Par- 
naso, á vueltas de zapateros y sastres, criollos y mestizos, 
con una criba 

Zarandó mil poetas de gramalla. 
¿Cómo no aprovecharse del hechizo de la rima para herir vi- 
vamente la imaginación de aquel pueblo coplero, que tenía 

En cada esquina cuatro mil poetas? (i) 
Picaros poetas, con zumbido de abejón y canto de cigarra; 
que no á todos, aun cuando se llamen tales, otorga la na- 
turaleza el verdadero y hermoso don de la poesía, casta 
virgen, á quien llama Cervantes 

La gala de los cielos y la tierra, 
Gloria de la virtud, pena del vicio. 

Quevedo recibió de sus manos, para lograr cuantas 

(i) Rimas humanas y divinas, del licenciado Tomé de Burguillos. 
Madrid, 1634. 



40 Discurso preliminar 

dotes y prendas quilatan á un hombre extraordinario, los 
más brillantes laureles, que las nueve hermanas le ciñeron 
propicias. 

«Sus versos (dice el Excmo. Sr. D. Manuel José Quin- 
tana) son de ordinario llenos y sonoros. Y aunque este mé- 
rito, el primero que debe tener un poeta, no sea el princi- 
pal, nuestro escritor sabe acompañarle de muchos rasgos, 
excelentes unos por la viveza de los colores, otros por la 
robustez y el vigor. Su poesía, nerviosa y fuerte, va impe- 
tuosamente á su fin; y si sus movimientos se resienten de- 
masiado de los esfuerzos, afectación y mal gusto del escri- 
tor, se la ve marchar no pocas veces con una fiereza, una 
audacia y una singularidad que sorprende. Sus versos de 
cuando en cuando salen del fondo general, y sin necesidad 
del auxilio de los otros, vienen á herir el oído con su vibra- 
ción fuerte y sonora, ó á grabarse en la mente por la pro- 
fundidad de la sentencia que contienen, ó por la novedad 
y energía de la expresión. De nadie se pueden citar tantos 
bellos versos aislados como de él: de nadie períodos poéti- 
cos más pomposos y valientes. Después de tributarles la 
admiración que se les debe, no puede menos de sentirse 
un movimiento de indignación, viendo el lastimoso abuso 
que QuEVEDO ha hecho de sus talentos, y empleados en 
equilibrios vanos y suertes de volteador los vigorosos mús- 
culos y fuerzas de un Alcides. Yo bien sé que se divierte 
con lo que escribe, y delira porque quiere; pero todo tiene 
su término. La misma incorrección y mal gusto que hay 
en su estilo, compuesto de frases y voces altas y nobles, 
unidas á otras triviales y bajas, se halla en sus imágenes 
y pensamientos, los cuales se ven mezclados unos con otros, 
sin economía, sin juicio y sin decoro. A pesar de estos de- 
fectos, que sin duda alguna son grandes, QuEVEDO será 
leído con estimación, y admirado justamente en muchos 
pasajes. » 

Suavizó el Sr. Quintana este su parecer tan fundado y 



Obras de Quevedo 41 



tan verdadero, reconociendo cómo no era posible juzgar 
completa y acertadamente al gran poeta, cuando sólo había 
llegado á nosotros por acaso una mínima parte de sus obras, 
ni escogida ni dispuesta para ser publicada. Añádase que 
sus versos no fueron hechos nunca sino inspirados y naci- 
dos al fuego germinador de un estro irresistible. Unos eran 
chispazos de aquel vehementísimo ingenio; otros el suceso 
del día, la carta al amigo, el vejamen al adversario, la in- 
triguilla amorosa, el fugaz piropo al bostezo de Filis, el 
cebo para ablandar á una esquiva hermosura; éstos el des- 
enfado de un instante de buen humor; aquéllos el compro- 
miso de una academia (el enojoso álbum no se conocía en- 
tonces, pero no faltaba qué le sustituyese). Ceñíase QuE- 
VEDü á nutrir de pensamientos y sentencias estas fugitivas 
composiciones, y fiado en la destreza única y sola con que 
sabía utilizar frases comunes y vulgares asuntos, resistíase 
á la enmendación y lima, cayendo desde lo sublime á cada 
paso en vulgaridades y bajezas. Pero si revisó alguna vez 
sus versos, los mejoró siempre. 

Tuvo la desgracia de hacer poca estimación de ellos, 
presumiendo más de otras erudiciones. Ejecutábanle, sin 
embargo, y apremiábanle sus amigos por la diligencia de 
formar de aquellas flores un escogido ramillete: al fin ven- 
ciéronle, y repitiéndolas de poseedores extraños, juntáronse 
en grandes volúmenes. Concibió con esto distribuirlas en 
clases diversas, á que las nueve musas diesen sus nombres, 
y llevaba muy adelante la tarea por los años de 1632. Da- 
ban de sí las poesías tres copiosas colecciones: Las Musas; 
Obras varias de donaire, e7t verso; Sonetos morales y tra- 
ducciones de latinos y griegos. Pero la esperanza, que alucina 
al hombre, de que jamás ha de faltarle tiempo en que rea- 
lizar sus proyectadas empresas, malogró ésta, postergán- 
dola á otras ocupaciones, á la publicación de libros ya de 
antemano concluidos ó muy adelantados, ya más graves, 
ya de mayor interés y curiosidad política del momento. Vi- 

6 



42 Discurso preliminar 

nieron en seguida negocios de gobierno, contiendas litera- 
rias, atenciones domésticas, persecuciones terribles, secues- 
tro de papeles, y todo se combinó en contra de aquellas 
tan anheladas composiciones, cuyo destino era ser derrota- 
das y destruidas míseramente. 

Viendo llegar nuestro caballero su fin á toda prisa, ma- 
cerado el cuerpo con los dolores y mortales padecimientos, 
y postrado el espíritu con los trabajos y desengaños, ce- 
diendo á las exhortaciones del padre Tébar, de la Compa- 
ñía, su confesor y grande amigo, hizo arrojar á las llamas 
sus poesías, con todos los manuscritos satíricos y de do- 
naire. No fué de veinte partes una la que se salvó de aque- 
llos versos (i); y de estas ruinas y débiles despojos, tres 
años después de la muerte del poeta, alzó digna fábrica 
D. Jusepe Antonio González de Salas, publicando, bajo el 
amparo del Duque de Medinaceli, El Parnaso Español, con 
adorno de preciosas estampas y un retrato, de la mano, y 
en alguna ocasión del buril, del Miguel Ángel de nuestros 
pintores, Alonso Cano: primer digno monumento levantado 
á la memoria de varón tan insigne por un generoso Mece- 
nas, un colector hábil y esmerado y un pintor incompara- 
ble. ¡Loor á D. Jusepe Antonio, que en su tarea supo es- 
coger de Persio esta divisa: 

Scire tuum nihil est, ?iis¿ íe scire hoc sciat alter! 

Todos los tonos recorrió en su lira nuestro poeta, siendo 
en todos siempre filósofo, político y moralista. Perdidas sus 
comedias (2), es imposible conocer hoy si acertó á prepa- 
rar, conducir y hacer interesante una acción dramática. No 
alcanzan á llenar este vacío diez entremeses (tres de los 
cuales aún no han visto la pública luz) y otros tantos pre- 



(i) Frevencioncs al lector, de D. Jusepe Antonio de Salas, eu El 
Pm-naso Español. Madrid, 1648. — Censura del reverendo padre maestro 
Juan Manuel de Árguedas, de la Compañía de Jesús, en la colección de 
Madrid de 17 13. 

(2) Algunas de ellas fueron descubiertas por el mismo D. Aureliano 
años después de haber escrito este prólogo. (Nota de esta edición.) 



Obras de Quevedo 43 



ciosísimos bailes; porque el furor báquico, la holgura y li- 
cencia con que se improvisaban, los ponen fuera de las con- 
diciones del arte. Recomiéndanse por lo fácil y bien cortado 
del diálogo, rico en chistosas ocurrencias y agudos epigra- 
mas. Tienen comúnmente algo de lo fantástico, y los carac- 
teres verdad y conveniencia. Aprecio como los mejores en- 
tremeses El guarido pantasma y Los refranes del viejo ce- 
loso. 

En burlas y en veras hizo QuEVEDO resonar la épica 
trompa. Mostró en el poema Á Cristo resucitado que sabía 
concebir un plan sencillo é interesante, valerse de los mo- 
delos de la antigüedad y aprovechar el raudal de su grande 
erudición cristiana. El Infierno está bosquejado con biza- 
rría. Los padres del Limbo hablan digna y propiamente; y 
cuando, rota la oscuridad, cortan el aire claro acompañando 
al Salvador triunfante, es bello y muy tierno que Adán 
salude al pasar la antigua patria, la Tierra. ¡Lástima que 
ofusquen éste y otros delicados rasgos, resabios sin cuento 
de mal gusto, y un punible desaliño, que hace desmerecer 
toda la composición! Moratín no desdeñó comenzar la suya 
á La toma de Granada con las mismas palabras que, imi- 
tando á Virgilio y al Taso, dan principio á la octava sexta 
del poema: 

Era la noche, y el común sosiego 
Los cuerpos desataba del cuidado... 

En el poema de Las necedades y locuras de Orlando el 
enamorado, donde canta 

Los embustes de Angélica y su amante, 
Niña buscona y doncellita andante, 

sin que nada le pueda ir á la mano, disparata y delira QuE- 
VEDO por cuenta propia, regocijada y donosísimamente. El 
desatino es su asunto, y su fin que el lector se desternille 
de risa con tanta novedad y gusto de enredos é invencio- 
nes, de imposibles que trae al retortero, de epítetos extra- 
vagantes y graciosos, de subidos y ridículos encarecimien- 



44 Discurso preliminar 

tos. Suena un cuerno, por ejemplo, Ferragut, guerrero en- 
demoniado, y 

Espeluznóse el monte encina á encina; 
El sol dicen que dio diente con diente. 

Cuando lo extremado de la sentencia parece que apura la 
hilaridad del lector, óyese esta demanda de boca de Fe- 
rragut: 

Daca tu hermana ú daca la asadura; 
Escoge el que más quieres destos dacas. 

Tal vez no tenga ninguna otra composición en prosa ó 
verso donde más luzca el escritor su dominio y absoluto 
imperio en la lengua, y donde á sus intentos se la vea más 
presta, dócil y sumisa, propia y abundante, animada y pin- 
toresca. Á desperdicios de este rasgo épico debe El mur- 
ciélago alevoso, del maestro González, sus mayores aplau- 
sos. Un dolor es que no hubiese QuEVEDO escrito menos 
sonetos amorosos, y más octavas, para concluir con mayor 
fama suya y deleite del público un poema tan en su cuerda 
y en su genio. 

En sus epigramas y sonetos burlescos son una gran be- 
lleza la exageración, la hipérbole, el retruécano y la metá- 
fora, que tanto desairan al vate en sus obras serias. Véase 
en este soneto á Apolo siguiendo á Dafne: 

Bermejazo platero de las cumbres, 
Á cuya luz se espulga la canalla, 
La ninfa Dafne, que se afufa y calla, 
Si la quieres gozar, paga y no alumbres. 

Si quieres ahorrar de pesadumbres, 
Ojo del cielo, trata de compralla: 
En confites gastó Marte la malla, 
Y la espada en pasteles y en azumbres. 

Volvióse en bolsa Júpiter severo; 
Levantóse las faldas la doncella 
Por recogerle en lluvia de dinero: 

Astucia fué de alguna dueña estrella; 
Que de estrella sin dueña no lo infiero. 
Febo, pues eres sol, sírvete de ella. 

Llena está de dignidad y decoro, de vivas descripcio- 



Obras de Quevedo 45 



nes, de movimiento dramático, de sentencias briosas y fra- 
ses bizarras, su epístola en tercetos al Conde-Duque, insti- 
gándole á que, así como los trajes, reforme la educación y 
viciadas costumbres de los españoles: 

No he de callar, por más que con el dedo, 
Ya tocando la boca ó ya la frente, 
Silencio avises ó amenaces miedo. 

¿No ha de haber un espíritu valiente? 
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? 
¿Nunca se ha de decir lo que se siente? 

Hoy sin miedo que libre escandalice 
Puede hablar el ingenio, asegurado 
De que mayor poder le atemorice. 

En otros siglos pudo ser pecado 
Severo estudio y la verdad desnuda, 

Y romper el silencio el bien hablado. 

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda, 
Que es lengua la verdad de Dios severo, 

Y la lengua de Dios nunca fué muda. 

Rica de gigantescas imágenes aparece la Silva, en que 
retrata á Roma dando leyes al mundo y peso al Océano. 
Llena de filosofía aquella otra en que anatematiza al codi- 
cioso de oro, advirtiéndole que la naturaleza, 

Por dañoso y contrario á quien le estima 

Y por más escondernos sus lugares, 
Los montes le echó encima; 

Sus caminos borró con altos mares. 

El escarmiento y desengaño de las vanidades del mun- 
do (dice el Sr. Quintana), el elogio de la soledad y del re- 
tiro, no se han cantado jamás con el énfasis y solemnidad 
que presenta la canción: 

Oh tú, que con dudosos pasos mides, 
Huésped fatal, del monte la alta frente... 

Con rara y envidiable destreza había de manejar un 
escritor popular el metro del pueblo, el romance. Suscepti- 
ble de toda entonación, desde la oda á la jácara, libre del 
empalago y traba de la rima, sonoro con la fuerza de los 
acentos, cadencioso con la blandura y delicadeza de la aso- 



46 Discurso preliminar 



nancia, aprovecha entera la inspiración de un momento, y 
absorbe todo el espíritu del poeta. Las agudezas y los 
chistes no se despuntan; ni en la sátira y la burla desparece 
la frescura y lozanía de una imaginación hirviente. En ma- 
nos de QuEVEDO préstase á realzar maravillosamente las 
galas de su ingenio, y salen en fin, entre el atavío de nue- 
vas é ingeniosas locuciones, armados y perfectos los pen- 
samientos, como Minerva de la cabeza de Júpiter. Aquí 
derramando tesoros de agudeza, chistes y sales irónicas, 
se halla QUEVEDO en su centro dominando, como el sol, 
la naturaleza entera. 

En el romance que principia: 

Desde esta Sierra-Morena, 
En donde, huyendo del siglo, 
Conventual de las jaras. 
Entre peñascos habito, 

describe la corte y la aldea con tal novedad, que enamora: 

Por acá Dios solo es grande, 
Porque todos nos medimos 
Con lo que habemos de ser, 

Y ansí todos somos chicos. 

Una boda y acompañamiento de frutas y legumbres; una 
vieja que busca en los muladares los abuelos del papel, El 
rigor de las desdichas, Los cuatro animales fabulosos, y los 
suspiros de un malavenido con las suegras, asuntos son de 
otros romances, donde lo bueno, lo chistoso y bello es tanto 
como las palabras. 

Si graceja con Nerón y el rey D. Pedro, es para hacer, 
en son irónico de burlas, una valiente apología de este prín- 
cipe, tan difícil de apreciar justa y desapasionadamente: 

Si á don Tello derribó, 
Fué porque se alzó don Tello; 

Y si mató á don Fadrique, 
Mucho le importó el hacerlo. 

De su muerte y de otras muchas 
Sabe las causas el cielo; 



Obras de Que vedo 47 

Que aun fuera mayor castigo 
Si rompiera su silencio. 

Cuando más enfrascado se oye al poeta en la jerigonza 
de la gemianía, refiriendo los descalabros y vicisitudes de 
la vida de un rufián, toma alto vuelo su inspiración, ali- 
viando con este magnífico arranque el peso de la cadena: 

Todo este mundo es prisiones, 
Todo es cárcel y penar: 
Los dineros están presos 
En la bolsa donde están. 

La cuba es cárcel del vino, 
La trox es cárcel del pan^ 
La cascara, de las frutas; 

Y la espina, del rosal. 

Las cercas y las murallas 
Cárcel son de la ciudad, 
El cuerpo es cárcel del alma, 

Y de la tierra la mar. 

Del mar es cárcel la orilla, 

Y en el orden qtie hoy están. 
Es un cielo, de otro cielo, 
Una cárcel de cristal. 

¡Qué verdad, qué viveza y qué fuego no admira en la 
pendencia de los bravos y matones. 

Hubo mientes como el puño, 
Hubo puño como el mientes, 
Granizo de sombrerazos 

Y diluvio de cachetes! 

¡Qué conocimiento y estudio del corazón y de la socie- 
dad revela el retrato de una cortesana ociosa, asunto del 
romance 

A la jineta sentada 
Sobre un bajo taburete!... 

¿Qué caricatura es comparable con la que encierran es- 
tos versos: 

Dame nuevas de tu tía, 
Aquella águila imperial. 
Que asida de los escudos 
En todas partes está; 



48 Discurso preliminar 

Toda pico y uñas toda, 
Pues para haber de volar, 
De mi caudal hizo plumas, 
Por ser águila caudal? 

En el desenfado, en las sales picarescas y en el donaire 
picante de las letrillas se identifican Góngora y QuEVEDO; 
no dan paz á médicos y letrados, á la buscona, al marido 
fácil, al caballero de industria, al viejo que se pinta, á los 
embelecos de las mujeres. 

De estos romances y letrillas dice, por último, el respe- 
table Sr. Quintana que han divertido y divertirán al mun- 
do mientras dure nuestra lengua, manejada en ellos con un 
conocimiento y una destreza que admiran, confunden y 
desesperan. 

Enemigo de revisar y pulir, poco esmerado, falto de 
calma, resuelto siempre á romper trabas y arrollar los em- 
barazos que se le opusiesen en su camino, QuEVEDO care- 
cía de las dotes, depurado gusto y exquisito esmero que 
son necesarios para que no parezcan las versiones tapices 
vueltos del revés, y se acerquen al valor del original. Tra- 
dujo en versos fáciles y numerosos á Anacreonte, aunque 
separándose menos del espíritu que de la expresión del lí- 
rico de Teyo. En la versión de Epicteto es desaliñado y 
prosaico; pero en la de Focilides se levanta con inspiración 
verdadera. Más feliz es siempre que engalana sus composi- 
ciones con sentencias sueltas de los poetas hebreos, de Epi- 
curo, Marcial, Persio, Juvenal y Catulo, ó hace de ellas ger- 
minar un buen epigrama, una buena oda, una excelente 
sátira. Bebiendo á Juvenal el espíritu, en la del matrimonio 
le superó en estro, malicia, viveza, hermosura y gala de 
versificación. 

Vemos, por lo dicho hasta aquí, unidos natural, estu- 
dios, hados y fortuna, para formar un varón de quien no 
puede olvidarse un momento la historia política y literaria 
de la época. Hállale encaminando, en el seno íntimo de la 



Obras de Quevedo 49 



amistad, los intentos y empresas del célebre virrey de Ña- 
póles, Duque de Osuna, ya rompa toda la armada de los 
turcos, ya acorrale tanto pirata, ya avergüence á los vene- 
cianos y les dispute el absoluto dominio que pretendían 
tener en el Adriático. Mírale haciendo vacilar y caer el de- 
sastroso valimiento del Conde-Duque de Olivares. En él tie- 
nen las ciencias sagradas, morales y políticas un atleta para 
luchar contra la superstición y la herejía, contra la corrup- 
ción y el maquiavelismo. Contémplasele fatigando en pro- 
longar, con Juan Jacobo Chifflet, Vicente Mariner y Justo 
Lipsio, el siglo de oro de las letras, en la regeneración de 
los estudios y en la ilustración de los autores clásicos. Jun- 
tamente con Pedro de Valencia, Francisco de Cáscales, Lo- 
pe y Jáuregui, defiende la entereza y buen lustre de nues- 
tra lengua, y desconcierta la audacia del culteranismo, que 
se abroquelaba en el gusto de Italia y se sostenía por la 
escuela de Córdoba. Llama al buen sendero á la juventud, 
estragada con el pestífero ejemplo de Góngora, dándole 
modelos para su estudio en la gravedad y magnificencia de 
las obras poéticas de fray Luis de León, del ignorado Fran- 
cisco de la Torre y del maestro Francisco Sánchez de las 
Brozas, sacándolas del polvo y del olvido. El teatro se re- 
gocija y alborota con sus bailes y jácaras. En los romances 
vulgares, que habían subido de punto y levantado á una 
perfección extrema el canónigo Juan de Salinas, Lope y 
Góngora, desenvuelve lo exquisito y lo íntimo, abriendo 
nuevos caminos de perfección. Formado en la era más flo- 
reciente del lenguaje castellano, cuando al nervio y eficacia 
de 5u majestuosa dicción añadieron número, dulzura y har- 
monía Antonio Pérez, los padres fray Luis de León, Si- 
güenza y Márquez, y el inmortal autor del Quijote, es- 
cribe con felicidad indecible; todo se lo halla dicho; y en su 
pluma aparece como por encanto la fórmula más propia, 
gráfica y pintoresca de significar una idea con la vehemen- 
cia y atavío que la concibió el entendimiento. Ejerciendo 

7 



50 Discurso preliminar 

mero mixto imperio sobre el idioma nativo, echa mano del 
inagotable tesoro de las palabras, frases y modismos del 
pueblo, facilitando la expresión de los afectos, y ensanchan- 
do de este modo el caudal impreso de la lengua española. 
No hay obra suya que no camine á un gran objeto, y don- 
de no se vea siempre algo nuevo y galante. En una pala- 
bra, entrelaza su nombre con los de Mariana, Cervantes y 
Lope de Vega, cuatro soles que, al nacer el siglo XVII, 
contempló desvaneciendo las rezagadas sombras de la bar- 
barie, esplendorando la hermosura de la verdad, y llenan- 
do de seductor hechizo los movimientos del corazón y la 
fantasía. 

QUEVEDO tiene grandes defectos, como extremados 
primores: grande en todo, sus yerros son como los yerros 
del entendido. Estos mismos quilatan sus soberanías y gran- 
dezas: 

Aequalis liber est, Crítice, qtii maliis est. 

(Mart., lib. 7, cpig. 89.) 

Vicios capitales. — No puede perdonársele nunca la falta 
de plan, de proporción en los miembros, y de método en 
la expresión de las ideas, que hace desmerecer muchas de 
sus obras, y especialmente aquellas donde es indispensa- 
ble el buen orden y concierto. Fatiga y aburre con la eru- 
dición demasiada que empiedra sus escritos; y desconoce 
el arte de labrar, exprimiendo diversas flores, panal de 
blancas y riquísimas mieles. ¡Oh, si hubiera, como Cervan- 
tes, sabido parecer poltrón y perezoso de andarse buscando 
autores que dijesen lo que él se sabía decir bizarramente 
sin ellos! No habría entonces autorizado con su ejemplo la 
secta de los pedantes y de los eruditos indigestos é imper- 
tinentes. 

Defectos de estilo. — Deslústranle en discursos que lo re- 
chazan, exceso de agudeza, de sentencias y de equívocos; 
ornatos superfluos y ambiciosos; abuso de palabras de 
vario sentido, y forzadas alusiones; mezcla de voces altas 



Obras de Quevedo 51 



y nobles con otras bajas y aun soeces; descompasados é 
inharmónicos períodos, construidos alguna vez absurdamen- 
te; aspereza y afectación. Baraja el escritor imágenes y 
pensamientos; préndase de una idea, y no acierta á dejar 
de ponderarla y encarecerla hasta que la saca de quicio. 
Pónese á riesgo de caer, intentando peligros á cada mo- 
mento. Exagerado é hiperbólico, suele desvirtuar el fuego, 
valentía y verdad con que retrata, recargando las figuras 
de harapos y colorines, y convirtiendo los cuadros en cari- 
catura, bamboches y mojigangas. En vano es pedirle so- 
briedad ni templanza: su genio inflexible é impetuoso arrás- 
trale siempre á los extremos. Quiere enmendar y curar las 
enfermedades del alma, y no conoce el lenitivo, sino el cau- 
terio. Austero en sus obras graves, atemoriza y no seduce; 
sus burlas traspasan la barra del decoro; el sarcasmo de 
sus sátiras é invectivas irrita y endurece. Estos vicios, la 
referencia á cosas desconocidas de aquel tiempo, las cavi- 
laciones metafísicas, la oscuridad de que se rodean, un di- 
luvio de metáforas, y algunos dejos de gongorismo suelen 
hacer pesada, intrincada y enfadosa la lectura del escritor, 
después de Cervantes, el más ingenioso de todos los espa- 
ñoles (i). De muchos de estos vicios se aprovecharon sus 
adversarios, los consejeros y el valido de Felipe IV, para 
deslucir su talento y doctrina, para neutralizar la fuerza y 
el influjo de sus escritos, y para hacerle parecer á los ojos 
del vulgo únicamente como un ridículo bufón, un decidor 
juglar, un truhán chocarrero y gracioso. Esta detestable 
política y venenosa maña han desnaturalizado la significa- 
ción de un ingenio tan eminente, cuanto hombre de pere- 
grina historia. 

Sus escritos son muy alusivos, los rumbos de su fanta- 



(i) Sin ser perfecto, no era depravado el gusto de Quevedo: infi- 
cionóse cuando la corrupción general anegó su siglo. Vivo Góngora, fué 
vencido por nuestro poeta; muerto, le venció y le amarró á su carro de 
triunfo. 



52 Discurso preliminar 

sía muy erráticos é inciertos, su erudición, inmensa; no lo 
es menos la generalidad de sus conocimientos y la variedad 
de asuntos que toca, sacros, profanos, graves, jocosos, bur- 
lescos; en prosa llana, en estilo remontado; en versos ju- 
guetones de musa pedestre, en los más sublimes, afectuo- 
sos y bien sentidos. Hacen sudar sus genialidades y agu- 
dezas; y sobre todo, su lenguaje es tan idiótico y exquisito, 
que pone á prueba para sólo entenderlo á veces á los talen- 
tos más ejercitados en el estudio de nuestro riquísimo idio- 
ma. ¡Ardua empresa, pues, la de una impresión correcta y 
completa de las obras de QuEVEDO! Pero alguna vez y al- 
guien ha de llegar á acometerla; y cuando los más compe- 
tentes, doctos y atildados la desdeñan y enmudecen, obli- 
garán á que la tome sobre sí quien confiesa la debilidad de 
sus hombros, pero no que esté seco su corazón y cerrado 
á la fe y al entusiasmo. 

La tarea es prolija y difícil: pocos de los rasgos de 
nuestro QuEVEDO se dieron á la estampa á vista del au- 
tor; casi todos por copias diferentes y con alteraciones de 
entidad suma, veían á la vez en muchos puntos la pública 
luz fuera de los reinos de Castilla. Buscábanse con ansia las 
obras de un hombre tan popular; de ninguno quizás se 
cuenten más ediciones. Facilitaban la impresión las dimen- 
siones cortas de los opúsculos; en la venta pensaban tan 
solamente los libreros, y á toda furia llovían las erratas y 
los desatinos. 

Es vergonzoso, indigno, que la última impresión venga 
siempre enriqueciéndose, además de los propios yerros y 
equivocaciones, con la deplorable herencia de disparates y 
absurdos sin cuento que han ido acumulando en cada una 
de las precedentes, ya la dificultad de descifrar los origi- 
nales, ya la incuria y pereza de editores y libreros. Es pu- 
nible la fría indiferencia, conociendo el mal, y viendo con 
impasibilidad estoica desaparecer las ediciones príncipes, 
los originales y cuantos elementos son precisos para reme- 



Obras de Que vedo 53 



diarlo. ¿Qué nombre, si tal sucediese, habría comedido para 
quien, erizando la empresa de inconvenientes y dificulta- 
des, ayudase á la depredación y al despojo? Cada día se 
pierde una parte de nuestros tesoros literarios: dificultosísi- 
mo es hoy preparar en España una edición de QuEVEDO; 
dentro de quince años imposible. 

Veamos qué debe y puede exigirse á quien tiene valor 
en las presentes circunstancias de aceptar comisión tan de- 
licada y espinosa. 

Debe, lo primero (adoptando contrario sistema del se- 
guido hasta aquí), buscar el agua en su fuente y origen, 
desdeñando la turbia y encenagada, por más que se deslice 
entre jaspes y pórfidos con pasamanos de oro. 

Estudiar al propósito con detenimiento y aprovechar 
con espacio los manuscritos originales, las copias antiguas, 
las impresiones del tiempo de QuEVEDO, singularmente las 
primeras y las enmendadas y añadidas por él, y las postu- 
mas de mayor mérito. 

Coleccionar los discursos por su orden lógico y natural. 

Clasificarlos en grupos según su diferente índole y 
esencia. 

Dentro del orden metódico atender al cronológico. 

Dar noticia de la época y motivos en que y por que 
se escribió cada discurso, no omitiendo su bibliografía. 

Purificar el texto, ofreciendo uno claro, limpio, fijo y 
autorizado. 

Sacar al pie las variantes de más importancia que se 
hallan en impresos y manuscritos, y al fin del tomo las de 
menos consideración. 

Evacuar y rectificar las innumerables citas de antiguos 
y modernos escritores, haciendo que no sean letras espar- 
cidas al acaso el italiano, el latín, el griego y el hebreo. 

Facilitar en notas breves los datos biográficos é histó- 
ricos congruentes para la pronta y amplia inteligencia del 
texto. 



54 Discurso preliminar 

Y, en fin, aspirar á comprender el espíritu del autor, á 
llevarle el genio, á conocer el valor y la intención propia ó 
traslaticia de cada palabra, y distinguir lo apócrifo de lo 
genuino. 

Para acopiar esta material é intelectual riqueza, un co- 
lector esmerado no perdona desvelo, fatiga ni sacrificio; por 
más que repugne al amor propio y alguna vez le mortifi- 
que, toca á todas las puertas, á riesgo de hallar cerrada la 
que debiera serle más familiar y franca; y no fiando en la 
opinión propia, consulta á cada paso el voto leal, desapa- 
sionado y competente de los que mejor lo saben decir y 
hacer. 

Tal balumba, pues, de obligaciones y deberes ha sido 
norte de mi tarea. El mayor estudio, mi atención entera, 
van consagrados á purificar el texto y desenredar el mons- 
truoso laberinto en que se perdían los discursos, careando 
al propósito muchas veces seis, ocho y más ejemplares im- 
presos y manuscritos. He respetado las inconsecuencias y 
contradicciones gramaticales en que todos conforman, y 
los distintos sonido^ que modifican una misma palabra. 
Desde el último siglo estaban en posesión los editores de 
remozar á su gusto el lenguaje de QuEVEDO, y de corregir 
las genialidades de su estilo, enmendándole siempre que 
encadena la oración con muchas conjunciones, ó no se vale 
de ellas, ó declina mal el artículo y el pronombre (i). Los 
famosos Ibarra y Sancha extremaron esta licencia: por de- 
más es decir que abrazo opuesto camino. Siempre tiro al 
blanco de que puedan los casuistas filólogos argüir con la 
autoridad de QuEVEDO, y no con el desatino y la errata de 
copiantes é impresores. Vuelven á su ser por vez primera 
en la edición presente los nombres de personajes históricos, 



(i) Era entre libreros, por lo absurdo y arbitrario de la ortografía, 
moneda corriente dislocar períodos, truncar el sentido, y buscándole alguno 
por los cerros de Ubeda, ingerir en el contexto frases y voces las más des- 
cabelladas que pueden imaginarse. 



Obras de Quevedo 55 



pueblos y cosas peregrinas, casi todos viciados y corrup- 
tos (i). Ajústanse ahora los innumerables pasajes hebreos, 
griegos, latinos é italianos que salpican estas obras á las 
impresiones más autorizadas, antiguas y modernas; y res- 
tauro no pocos versos y fragmentos castellanos y latinos 
incrustados en el texto como prosa (2). 

Citar los absurdos que hoy desaparecen fuera proceder 
en lo infinito. Ya en los Suefios no se nombra á los entre- 
metidos solapas de la ambición; estámpase que son lapas 



(i) Han desaparecido entre los nombres de escritores alabados ó 
reprendidos en estas obras, Aríesio, Blenda, Biicarditro, Máximo, Pedro 
Albano y Trivienio, en vez de Arlefio, Blondo, Boccalini, Magino, Pedro 
de Abano y Trithemio, etc., etc.; entre ios de herejes y sus sectas, Abión, 
Dorileo, Frisca y Valentiniano, por Ebión, Dositheo, Priscilla y Valentino; 
dathalitas, eliogaristas divictiáíicos, tnuscoriíos y pateoritas, en lugar de 
bahalitas, heliognósticos deviciiacos, musoritos y puteoritas; idólatras de 
Themphan y de Skatnar, en ves de Renfan y Thamur, etc., etc. 

Entre los varones griegos, Anaxágoras por Anaxarco; de los romanos, 
Esernicio, Estalio, Mesino, Quinto Ligario y Savareno, por Esernino, Stati- 
lio, Mescinio, Cayo Ligario y Santabareno; el emperador Britilo por Vi- 
tellio, etc. 

Entre los guerreros del siglo XVII, Betlem Gavar, Biboy, en vez de 
Bethlehem Gabor, Bucuoy, etc. 

De los nombres geográficos ya no corren Aiocena, Corchiila, Historia, 
yustiniano napolitano y Rellia, por Ozegna, Caorla, Histria, Justinópolis y 
Veglia; Bierna, Breva y Bruns, Wlig, por Viena, Bredá y Brunswic; Abo- 
nas, Goys, Lafert, Manense y San Emont, en lugar de Avesnas, Iboix, la 
Frette, Maubeuge y Saliertmont. Y en fin, de los de farmacia enmiéndanse 
rulpti tabnus, opoponach, león topelatum, tragoricarum y potaviegotum, 
sustituyendo estos desatinos con buphthalmus, opopanax, leontopétalon, 
tragori'ganum y potamogetón: y así en todos los de ciencias y artes. 

(2) Repasando cuidadosamente los sermones de San Pedro Crisó- 
logo, al publicar las noticias del famoso D. Juan de Espina, pude evitar el 
yerro que acaba de cometer un curioso dándolas á luz hace poco tiempo. 
En el Códice único donde aquéllas se encuentran, léese: Mamis pauperis 
abré sinus est. El editor ha estampado ab re sinus est, que no dice nada. El 
santo escribió: «La mano del pobre es el seno de Abraham, Abrahae si- 
nus est.t 

Para significar mi paciencia y escrupulosidad en este punto (que al- 
guno, y quizá con razón harta, califique de niñería), basta decir que, an- 
helando confrontar y saber cuyo fuese un fragmento latino impreso como 
prosa en El Entremetido, la Dueña y el Soplótt, 
Carus erit Verri... etc., 
ni advertí que era un verso y parte de otro, ni sospeché que pudiera ser 
de Juvenal hasta después de hojeadas todas las oraciones de Cicerón con- 
tra Yerres. 



56 Discurso preliminar 

de la ambición y pulpos de la prosperidad. No se imprime 
que los abogados deslumhran á los clientes leyendo de prisa 
y remendá7idoles una anexión, sino arremedajido un abejón; 
al significar lo que importa que esté dispuesto el hombre 
para la muerte, no se dice descomponer, en lugar de dispo- 
ner la muerte; x\\ fineza, mal tiempo, muerte y usages, que 
vuelven el juicio al lector, en vez á& fiereza, maricón, monte 
y usagres; ni aplanar por lanaplenar, rellenar de lana un 
cojín ó cosa parecida. Á los que en futura sucesión reciben 
un empleo, y á quienes el escritor satírico motejó donosa- 
mente á^ pobres ftiturados, no se apellida, como hasta aquí, 
pobres fistulados. Ni hablando enfáticamente de los triunfos 
del célebre virrey Duque de Osuna, y de haber hecho pri- 
sionero al capitán de las galeras turcas para que almoha- 
zase al caballo de Ñapóles (como si dijéramos el león de 
España), se deja correr que aprisionó al capitán para que 
se lo almorzase el caballo. Ni pasa, en fin, sin enmienda 
en la Visita de los chistes aquello de que toda la librería de 
los antiguos letrados españoles era un Fuero-Juzgo con su 
mujer y su cuerno, cuando muy en veras escribió el mora- 
lista un Fuero-Jrizgo con s?t maguer y su cuerno [aun-que 
y como), partículas que se repiten frecuentísimamente en 
aquel código venerable. 

He logrado fijar y determinar la época en que se traza- 
ron casi todos los escritos. Tengo la gloria de publicar mu- 
chos, buenos y genuínos, desconocidos hasta ahora. Doy 
en el comienzo de todos amplias noticias históricas y biblio- 
gráficas, procurando lealmente decir lo que sé de cierto, 
sin aventurar lo que imagino. Cuando me es dado conse- 
guirlo, descifro las alusiones y alegorías de estas obras tan 
simbólicas y figurativas, y desarrebozo los personajes dis- 
frazados en la sátira con anagramas y seudónimos (i). Tra- 
yendo el autor á una mano y á otra la historia y literatura 



(i) Por ejemplo, en La Hora de Todos, y en El Buscón. 



Obras de Quevedo 57 



de todos los siglos, las costumbres de su tiempo, ya casi 
desconocidas para nosotros, la gramática, los dicharachos, 
apodos y muletillas vulgares, facilito sobre todos estos pun- 
tos curiosos datos, sin que por eso pretenda jamas plaza 
de comentador por ningún título. Restituyo á estos trata- 
dos pedazos importantes que ya desde lo antiguo venían 
por autoridad propia suprimiendo los impresores, de lo cual 
se quejó amargamente el biógrafo Tarsia: este beneficio 
han recibido, sobre todo, el Memorial por el patronato de 
Santiago, la Visita de los chistes y La Fortima con seso. En 
cada materia busco las mismas fuentes donde estudió el 
autor, para seguirle con firmeza en su discurso: así he po- 
dido ver cuándo se equivocó manejando á Plutarco en el 
Marco B7'uto, á Séneca en las Suasorias, á Psello en el 
Alg2iacil algnacilado, á Filastrio en Las ZaJmrdas de Pin- 
tón, al obispo de Mondoñedo en el Infierno enmendado, 
los diplomas y privilegios reales en el Memorial por el pa- 
tronato de Santiago^ etc., etc. Enmiendo el yerro, le saco 
á las variantes, y esquivo notas y advertencias imperti- 
nentes. 

Meditando con detenimiento sobre la esencia y espíritu 
de las obras de Quevedo, sin hacer caso de la forma, del 
nombre y de la máscara con que suelen encubrirse, me 
decidí á clasificarlas en políticas, satírico-morales, y festi- 
vas; en ascéticas y filosóficas, en crítico-literarias, en refe- 
rentes á su vida pública y privada, y, finalmente, &xi poéti- 
cas. Más propia considero tal división que las de D. Nicolás 
Antonio y Capmany, hechas ambas á vuela-pluma (i). 



(i) D. Nicolás Antonio separa las obras de prosa de las de verso. 
En éstas acepta la clasificación de D. Jusepe Antonio de Salas. Divide aqué- 
llas en sagradas, profanas y jocosas. Subdivide las sagradas en propia- 
mente sacras, sacro-históricas y sacro-políticas. Las profanas son históricas, 
histórico-iHorales y político-morales. Parte las jocosas enjoco-serias y satírico- 
amorales. 

Más acertadamente Capmany parece que viene á clasificarlas en sa- 
gradas, filosóficas, políticas, satírico-morales y jocosas. Las poesías en serias, 
festivas y burlescas. 

8 



58 Discurso preliminar 

Una biografía, un índice metódico bibliográfico é histó- 
rico á la vez de todas las obras, copiosos registros de im- 
presos y manuscritos, aprobaciones, elogios y juicios críti- 
cos en este primer volumen; por apéndice en el último los 
tratados perdidos que vayan pareciendo, los apócrifos de 
mayor estima, todos los opúsculos que dispararon contra 
OUEVEDO sus adversarios, un índice de las voces que usa 
y no se hallan en diccionarios y de las oscuras y envejeci- 
das, y algún curioso trabajo análogo, completan la materia 
de toda la presente publicación (i). 

Debo los materiales precisos para mi empresa á las bi- 
bliotecas públicas de esta corte y de muchos puntos del 
reino, al Museo Británico y á algunas otras de Francia y 
de Alemania, y á no pocas de personas ilustres por su 
ciencia y valía. 

Réstame consignar aquí mi eterna gratitud á cuantos 
me han favorecido, cuyos nombres estampo gozoso en los 
registros de manuscritos é impresos: irán siempre así uni- 
dos á las preciosidades que saben atesorar para enseñanza 
de los estudiosos y común aprovechamiento de extranjeros 
y españoles. Tócame, en fin, rendir gracias á mis entraña- 
bles y sabios amigos los Sres. D. Juan Eugenio Hartzen- 
busch y D. Juan de Cueto y Herrera, canónigo del Sacro 
Monte de Granada, cuyas incesantes advertencias y doc- 
tas censuras me han sacado airoso de muchos laberintos. 
Soy, además, deudor al señor Cueto y Herrera de cono- 
cer íntimamente la época de QuEVEDO, por haberme fran- 
queado con desprendimiento sin igual el caudal riquísimo 



(i) Del esmero con que el Í3r. D. Aureliano Fernández-Guerra se 
dedicó á depurar los textos de QuEVEDO, dan ¡dea estas palabras puestas 
por aquél en la edición de Rivadeneyra: «Tres años ha durado la impre- 
sión de este primer tomo. Infinitas veces, pareciendo un buen original ó 
datos para mejorar el texto, se han deshecho los moldes, y no pocas inuti- 
lizado las planchas estereotípicas. El editor, prestándose á tales sacrificios, 
quiere más hacer algo por las letras que tener pronto y á la menor costa 
bulto en las librerías; el colector no ha visto su provecho ni lucimiento, 
sino el mayor lustre y la gloria del gran satírico. 



Obras de Quevedo 59 

de documentos que junta para la historia española del si- 
glo XVII. 

Ya sabe el público lo que he pretendido hacer; no abri- 
go la más remota confianza de haber acertado. Harto se 
que á la diligencia no acompaña siempre la buena fortuna, 
y que soy pobre de aquella perspicuidad de entendimiento 
que vivifica, sazona y avalora las obras de los ingenios bi- 
zarros. Aspiro á la gloria del arrojo, no á los laureles del 
vencimiento. 

Madrid, 14 de setiembre de 1852. 

AuRELiANo Fernández-Guerra y Orbe. 



VIDA 



DE 



D. FRANCISCO DE QUEVEDO 



|ntre los linajes que hacían famoso el valle de 
Toranzo, en las montañas de Burgos (i), era re- 
putado por de la primera nobleza el de los Que- 
vedos, que venía de los ricos hombres de Castilla. Mediaba 
su casa infanzona y solariega entre los lugares de Barcena y 
Bejorís, en una eminencia que se dice barrio de Cerceda (I). 
De ella era señor, al promediar el siglo XVI, Pedro Gó- 
mez de Quevedo, natural del último de estos pueblos, don- 
de vivía juntamente con su hermano Juan, bien que ambos 
fuesen de gustos é inclinaciones opuestas (2). Aficionado á 




(a) Indicaré con números romanos los documentos que sirven de apo- 
yo á esta biografía, y con letras mayúsculas mis observaciones y adiciones. 
(M. M. y P.) 

(i) En la provincia de Santander. 

(2) Hijos ambos de Pedro Gómez de Quevedo el viejo, natural de 
Bejorís, y de María Sáenz de Villegas, natural de Villasevil, del mismo 
valle de' Toranzo. (Nota autógrafa de D. Francisco de Quevedo, en el 
archivo del Tribunal especial de las Órdenes militares.) (IV) 

«Por lo Villegas tuvo D. Francisco por sus ascendientes á Pedro 
Ruiz de Villegas, adelantado mayor de Castilla y señor de Muñón y Cara- 
cena, que casó con Teresa de la Vega, hija única de Gonzalo Ruiz de la 
Vega el del Salado. Y también á Sancho Ruiz de Villegas, comendador de 
la orden y caballería de Santiago, capitán de la guarda del rey D. Juan el 
Segundo, corregidor de la ciudad de Alcaraz, el cual estuvo casado con 
D.* Maria Andino, é hizo muchos y muy señalados servicios á la corona de 



62 Su VIDA 

las costumbres del campo y á los placeres de la caza, 
nunca anheló Juan pasar á la otra parte de los montes, con- 
tenta su ambición con los puestos y oficios honoríficos que 
se distribuían entre los hidalgos de aquel valle, y pagado y 
satisfecho con ver su nombre y armas (i) en los recamos 
de los ornamentos suntuosos, ó en la multitud de vasos sa- 



Castilla. Y asimismo lo fué D. Alonso Ortiz de Villegas, caballero de To- 
ledo, de quien descienden los marqueses del Villar; el cual, de su nobilísima 
mujer D.^ María de Silva, tuvo por hijos á D. Diego Ortiz de Villegas, que 
pasó á Portugal por confesor de la princesa D.^ Juana, y el rey D. Juan 
el Segundo de aquel reino le hizo su capellán mayor y obispo de Ceuta, 
y lo fué después de Viseo. Y también á D.^ Mencía de Villegas, que casó 
con Pedro Fernández de Villanueva, descendiente de D. Luis de Villanueva, 
muy nombrado en las historias de España. Pasando después estos caba- 
lleros á Portugal, llamados del obispo D. Diego Ortiz de Villegas, su her- 
mano, asentaron casa en Moura, y el rey D. Manuel honró mucho á sus 
hijos. El año de 1538 el rey D.Juan el Tercero, en remuneración de los 
servicios que le hizo su nieto Pedro de Villanueva, le dio nuevas armas, 
que son una serpiente, llamada Tiro, de oro, con pintas negras en campo 
verde, y por timbre medio Tiro del mismo color, que están registradas en 
el archivo real de aquel reino, que llaman Torre de Tombo. Es su legítimo 
descendiente D. Diego Enríquez de Villegas, caballero y comendador en el 
orden de Cristo, capitán de corazas, muy conocido por su calidad y escri- 
tos, y fué estimado de D. Francisco por su pariente y amigo, y mucho 
más por sus letras y erudición, j (Vida de D. Francisco de Quevedo y Ville- 
gas, escrita por el abad D. Pablo Antonio de Tarsia. Madrid, 1663, pág. 8.) 
(1) Hé aquí los blasones de esta familia. Escudo trino partido en 
pal: el primer cuartel, en campo de plata un pendón con su asta mitad 
blanco, mitad colorado; tres lises de oro en campo azul componen el se- 
gundo; y caldera sable en plata el tercero (II). Por orla y divisa la siguiente 
desaforada letra: 

Yo soy aquel que-vedó 
El que los moros no entrasen, 
Y que de aquí se tornasen, 
Porque así lo mandé yo. 

Preciándose los Quevedos de que por su arrojo no pisaron los alarbes 
el valle de Toranzo, eran los más hinchados de la Montaña, y anduvieron 
en bandos contra la familia de Castañeda, hasta que á unos y á otros los 
ajustó, ya con la negociación, ya con la fuerza, el rey D. Pedro el jfusti- 
ciero. 

Cuando visitó nuestro poeta la casa de sus mayores cogió un carbón y 
escribió en sus arruinados muros: 

Es m! casa solariega 
Más solariega que otras, 
Pues por no tener tejado 
Le da el sol á todas horas {a). 

{a) Biblioteca Nacional, M. 276. — Romance que comienza: cÁ buen puerto habéis 
llegado.» — Información de D. Manuel de Quevedo. 



Obras de Quevedo 63 



grados, lámparas y relicarios de plata que de su mano en- 
riquecían continuamente la parroquial de Santo Tomás de 
Bejorís (i). 

Otro género de ambición estimulaba á Pedro, amigo de 
las letras y deseoso de hacerlas brillar calificando su hidal- 
guía en el palacio imperial de Carlos V. Empeñado á la 
sazón el rayo de la guerra en empresas militares, gobernaba 
el reino su hija la princesa María, quien recibió por secre- 
tario al montañés, y lo llevó consigo cuando su esposo Ma- 
ximiliano se coronó emperador de Alemania. Largos años 
permaneció Gómez de Quevedo en su servicio; pero, an- 
helando regresar al suelo patrio, recibió de aquella augusta 
señora, ya viuda, una carta fecha en Praga á 29 de Agosto 
de I 578, para el Rey de España su yerno y hermano, enca- 
reciendo los méritos del servidor y la mucha estimación en 
que le tenía. Felipe II, feliz sobremanera en la elección de 
hombres dignos para los puestos y cargos, acreditó la pru- 
dencia, sagacidad y tino de nuestro caballero, honrándole 
con la plaza de secretario de su cuarta mujer Ana de Aus- 
tria (2). Probable parece fuera entonces cuando se prendó 
de una virtuosa dama, natural de Madrid, pero oriunda de 
la Montaña, que asistía á la cámara de la Reina, y se nom- 
braba D.^ María de Santibáñez (3), y que ambos se unie- 
sen en matrimonio á fines de 1579 (III), 

De este vínculo nació en Madrid nuestro D. Francisco 



( 1 ) Tarsia, pág. 8. — Información de nobleza de D. Manuel de Que- 
vedo Villegas. 

Casó Juan Gómez de Quevedo con María de Cevallos, y tuvieron suce- 
sión dilatada. Tercer nieto suyo fué D. Manuel de Quevedo Villegas, que 
en los años de 1703 y 1704 hizo información de nobleza, donde, á más 
del escudo y armas de su familia, un árbol genealógico, las partidas de bau- 
tismo y testamentos de sus abuelos, trasladó el testamento y codicilo de 
nuestro insigne escritor. El fecundo poeta venezolano D. José Heriberto 
García de Quevedo, que, juntamente con el apellido, heredó tan curioso 
documento, me ha proporcionado la satisfacción de disfrutarle. 

(2) Tarsia, pág. 7. 

(3) Su padre Juan Gómez de Santibáñez Cevallos, originario de 
San Vicente de Toranzo, había sido aposentador de palacio de la empe- 
ratriz Isabel, y gozaba desde el año de 1566 plaza de contino en la casa 



64 Su VIDA 

DE QuEVEDO Villegas, el cual fué bautizado en la pa- 
rroquia de San Ginés á 26 de Septiembre de 1580 (i). Des- 
de los albores de la niñez mostró en esperanza el fruto 
cierto de su fácil y claro ingenio, que muy temprano co- 
menzó á florecer y arrebatar la vista en la carrera de los 
estudios. De tierna edad perdió á su padre; pero admitida 
su madre en la servidumbre de la infanta D.^ Isabel Clara 
Eugenia (á quien Felipe II amaba como á ninguno de sus 
hijos), logró atender con holgura á la educación del huér- 
fano, animándole para que se apoderase de las ciencias, y 
con su especulación adestrase la voluntad y enriqueciese el 
entendimiento. Á lo mejor se le murió también su madre, 
cuyo amor y prudencia eran freno á la viveza sin igual de 
su imaginación, á la fogosidad de su espíritu y á la vehe- 
mencia de su carácter, en el tiempo en que comienzan á 
desarrollarse las pasiones. Quedóle por tutor el protono- 
tario de Aragón Agustín de V^illanueva, y pudo más libre- 
mente el pupilo dar rienda suelta á los ímpetus de su ge- 
nio y curiosidad nativa, entrando á conocer de lleno el 
mundo por experiencia propia: escuela donde se necesita 
manejar hombres, y no libros. Pero entonces tenía ya for- 
mado el corazón y doctrinado el discurso con noticia de 
muchas ciencias y facultades, á que se consagró en su insa- 
ciable ansia de saber (2). 

Aprendió latín y griego, y en la universidad de Alcalá 
de Henares se abrió la puerta á las letras humanas, que 
aguzan y avaloran el talento; viniendo á entrar en deseo 
de poseer, como poseyó más adelante, las lenguas sabias 
arábiga y hebrea, y la francesa é italiana con tanto primor, 



real. Su madre D.^ Felipa de Espinosa y Rueda, era azafata de la Reina: 
entrambos de noble prosapia. (Nota autógrafa de Quevedo. — Tarsia, pá- 
gina 10.) 

(i) Archivo de esta iglesia, lib. 6 de Bautismos, fol. 169 v. (V) 
(2) Tarsia, págs. 12 y 16. Llama con error manifiesto D. Jerónimo 
al protonotario Villanueva, confundiéndole con el célebre amigo del Conde- 
Duque de Olivares, á quien persiguió terriblemente la Inquisición. 



Obras de Quevedo 65 



que en todas ellas era reputado excelente. Sobre tales ci- 
mientos supo levantar edificio de más serios estudios, me- 
reciendo, con regocijo indecible de sus maestros y admira- 
ción de ancianos y doctos, ser graduado en Teología, aun- 
que no á los quince años, como dice su biógrafo (i). 

Á los veintitrés le había granjeado ya su erudición la 
correspondencia epistolar de Justo Lipsio (A) y de otros 
sabios humanistas españoles y extranjeros; y animábale 
aquél en 1605, desde Lovaina, juntamente con D. Bernar- 
dino de Mendoza, á tomar la defensa de Homero, apelli- 
dándole el mayor y más alto honor de los españoles (2). 

Demás de estos ejercicios y disciplinas, fué muy versa- 
do en los derechos civil y canónico, matemática, astrono- 
mía, medicina y filosofía natural, aventajándose sobre todo 
en la moral y en la política, ciencias que mejoran al hom- 
bre y le adiestran en el arte de dirigir á los demás. Debía 
quien era tan docto en letras humanas aspirar á serlo tam- 
bién en las divinas, fuente inagotable de las vivas aguas 
de la sabiduría y de la verdad; y, en efecto, al profundo co- 
nocimiento de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres 
consagró QuEVEDO mayor atención á medida que los sin- 
sabores é infortunios de su azarosa vida iban reclamando 
este eficacísimo consuelo (3). 

Arrebatóle el cultivo ameno de la poesía las más loza- 
nas horas de su niñez y juventud, y por él comenzó á in- 



(i) Tarsia, pág. i6. — Por las visicitudes de la famosa universidad de 
Alcalá de Heuares, se ha perdido el libro donde constaba el grado del jo- 
ven teólogo (VI, VII, VIII y IX). 

(2) Tarsia, págs. 17 y 23. — Vincentii Marinerii valeniini opera 
omnia. Tiirnón, 1633, págs. 335, 340, etc. 

De aquellos sabios eran Juan Queralt, maestro primario de humanida- 
des en Salamanca; Gaspar Scioppio; Martín de Sevilla, D. Alonso Maranta, 
D. Francisco López de Aguilar Coutiño, del hábito de San Juan, y D. Jeró- 
nimo de Ribera, cuyas hazañas van unidas á las del gran virrey de Ñapó- 
les. El padre Mariana, en sus más delicadas tareas literarias, confiaba á 
Quevedo el examen y corrección de los textos hebreos, por la seguridad 
que tenía de sus/grandes conocimientos en este idioma (B). 

(3) Tarsia, págs. 21 y 55. 



66 Su VIDA 

troducirse en la estimación general; hasta el extremo de que 
al formar Pedro Espinosa las Flores de poetas ilustres dedi- 
cadas á D. Alonso López de Zúñiga y Sotomayor, sétimo 
duque de Béjar, en 20 de setiembre de 1603, le incluyó 
en aquella colección preciosa como uno de los vates más 
célebres y fecundos de su tiempo. El colector entresacó sin 
duda de un libro manuscrito de poesías de D. FRANCISCO 
las dieciocho que publicaba (i), con las cuales, particular- 
mente con las letrillas, el novel ingenio le iba á los alcances 
al gran D. Luis de Góngora en el donaire, desenfado mor- 
dicante y riqueza de los chistes picarescos. En todos estos 
rasgos aparecen formados ya el gusto y el estilo, valiendo 
á su autor el renombre de poeta satírico y epigramático, 
pero ni remotamente el de apasionado y amoroso, que es el 
a-be-ce de cuantos cultivan las musas. 

Cursando niño QuEVEDO las escuelas, haciendo cama- 
rada con estudiantes y picaros, que era todo uno, y con 
nobles estragados, antes vio las rosas de Chipre regalar sus 
sentidos, que las pudiera apetecer el alma y adivinar la 
fantasía. Con su orfandad adelantada careció Ouevedo de 
padres: ¿cómo extrañar que aquella mocedad fogosa rom- 
piese todo freno, desconociese todo respeto y se entregase 
con desapoderada locura á los ciegos naturales impulsos 
del brutal apetito? Sin madre que vele en la infancia y que 
encamine la juventud; sin madre que desde temprano siem- 
bre y cultive en nuestros corazones la semilla del amor 
puro, y con ella todas las virtudes; sin madre que ilumine 
con la llama inmensa de su cariño las futuras sendas de 
nuestra vida, ¿quién sin riesgo atraviesa el alborotado mar 
de las pasiones? Inficionaron, pues, el corazón del mancebo 



(i) Compónense de una linda fábula miiológica, de dos canciones 
burlescas, encareciendo la hermosura de una dama entre rota y remendada, 
y la suma flaqueza de otra; de varios epigramas, sunetos y epitafios imi- 
tando á Marcial y á los antiguos, y de tres letrillas satíricas con los estri- 
billos de Punto en boca, Con su pan se lo coma y Poderoso caballero es don 
dinero. 



Obras de Quf:vedo 61 



corrompidas mujeres, y extinguieron en él cuando nacía ese 
instinto misterioso y santo de castidad, que es la flor del 
alma, y que brota en el hombre con la llama de la vida; 
conoció el deleite antes que el amor, invirtiendo así el orden 
de ¡as cosas, y aprendiendo á despreciar á las que dan el 
uno sin sentir el otro. Con esto, andando en poco tiempo 
mucho mundo, careció, si no de toda sensibilidad, á lo me- 
nos de aquella pura, exquisita, inmaculada, que sólo nace 
y se desarrolla en la escuela materna ó con el comercio 
honesto de las mujeres que son lustre de la sociedad y 
encanto y honra de su sexo. El mozo, que en esa mitad 
de su ser no vio nunca sino lo interesable y ridículo, no po- 
día emular y hacer propia la ternura y delicadeza de Gar- 
cilaso, del bachiller de la Torre, ni de Lope de Vega. Fuerza 
era que á los veinte años escribiese burlas y sátiras, apó- 
logos y vejámenes, las Cartas del caballero de la Tenaza, 
y el romance 

Yo, el menor padre de todos. 

Fué, sin embargo, en QuEVEDO el amor una violenta 
necesidad para los sentidos, que no pudo subyugar en nin- 
guna época de su vida, que se la puso á riesgo infinitas 
veces, pero que jamás le dictaba dulcísimos cantos; ocasio- 
nábale, sí, cuchilladas y pendencias, escándalos y prisiones. 
Muchacho estudiante en Alcalá, quita la dama á un cama- 
rada que decían D. Diego Carrillo (X); es motejado de cobar- 
de, y hiere á punto de muerte al ofendido compañero (B). 
Fulmínase proceso contra el desatalentado mozo, y sálvale 
la vida, por intercesión del duque de Medinaceli, D.^ Ca- 
talina de la Cerda, mujer del favorito del Monarca (i). En. 
Ñapóles se enamoró de la mujer de un magnate de la 
corte llamado Menardini, quien se la llevó á Raguza des- 
pués de haber tenido fuertes contestaciones con QuEVEDO, 
y hubieran parado en desafío á no ser por el duque de 

(i) El mismo QuEVEDO lo confiesa en carta de 25 de febrero de 
1636. 



68 Su VIDA 

Osuna (XXXV). Sus aventuras de Italia no tienen cuen- 
to (C). Alguna de España le sacó de las cadenas y cala- 
bozos; otra fué estímulo para la última persecución, que le 
llevó al sepulcro. A los cincuenta y nueve años creía poder 
bizarrear como en los hervores de la juventud, y exclamar 
como entonces: 

Si va á decir la verdad, 
De nadie se me da nada; 
Que el ánima apicarada 
Me ha dado esta libertad. 
Sólo llamo majestad 
Al rey, con que hago la suerte; 
No temo en' damas la muerte 
Tanto como en un doctor; 
Que las cosas del amor 
Como me vienen las tomo. 

Yo me soy d rey Palomo, 
Yo fue lo guiso y yo me lo como. 

Pero no adelantaremos tiempos ni sucesos, y vengamos 
á los presentes. 

El duque de Lerma, recelando para su favor riesgos en 
el amoroso respeto que á la emperatriz María (retirada ha- 
cía veinte años en las Descalzas Reales de Madrid) profe- 
saba el Monarca, trasladó á Valladolid la capital del reino, 
saliendo para esta ciudad los príncipes á 1 1 de enero de 
1601. QuEVEDO siguió la casa real. Tres años vivió suspi- 
rando por su patria; al saludarla por breves días en el de 
1604, escribió el romance que comienza: 

De Valladolid la rica; 
y cuando, muerta la Emperatriz, y ganado con regalos 
cuantiosísimos el ánimo del Duque, tornó á Madrid la corte 
en febrero de 1606, hizo el poeta resonar su lira con un 
romance burlesco. Vemos por uno y otro que á su salud 
era contrario el destemplado clima de las márgenes del Pi- 
suerga, y puede sospecharse que su enfermedad estaba en 
el espíritu, cuando debió alivio prodigioso á una carta de 
Justo Lipsio, recibida por noviembre del año anterior, en 



Obras de Qukvedo 69 



los momentos en que empezaba á traslucirse el regreso de 
la regia familia á las orillas del Manzanares (i). 

Las quejas públicas y acriminaciones contra el mal go- 
bierno calentaron por aquellos días la imaginación del jo- 
ven poeta, y abrieron nuevos caminos al empleo de su en- 
tendimiento. 

Con entrada en palacio, relacionado con los áulicos y 
proceres, con el estado llano y la plebe, estimado de los 
sabios de dentro y fuera de España, muy presto siempre á 
buscar la amistad y doctrina de los ancianos y experimen- 
tados, hacía en verdes años harto caudal de experiencia. 
Escuchaba por aquellos días con suma afición al venerable 
Juan de Mariana, y de sus labios la causa de los males pú- 
blicos del reino, recibiendo de este varón incomparable los 
opimos frutos de su vasta erudición y maduro juicio. En- 
tonces convirtió su atención entera á la reforma de las cos- 
tumbres y á la especulación de la ciencia del gobierno, sugi- 
riéndole los escritos de Luciano la idea de envolver con 
las sombras de un sueño la censura de los vicios. Hasta allí 
nadie había imitado en Europa aquel modelo (2); ¿quién 
d_esde entonces no peca en 

Lo de sueño me ha dado y visioncita? 

Para ensayo escribió la Casa de locos de amor (E), donde 
cargó la mano en los devotos de monjas, ya porque le re- 
pugnase esta desacordada costumbre, ya por imitar á Gón- 
gora, que los había zaherido en muchas ocasiones, y ga- 
llardamente en la letrilla 

Mandadero es el arquero, 
Y sí que era mandadero. 



(i) Tarsia, pág. 37. 

(2) Muchos antiguos y modernos escritores adoptaron para sus com- 
posiciones la forma de un sueño. En el de Escipión agitó el padre de la 
elocuencia las más importantes cuestiones de la filosofía. Dante, Petrarca, 
Boccacio, Cervantes, y posteriormente D. Diego de Saavedra, se valieron 
de igual resorte para desplegar las galas de su ingenio; pero no tuvo nin- 
guno el intento moralizador del filósofo de Siria (D). 



70 Su VIDA 

Encarecer el desastroso precipicio á que vino la mo- 
narquía en este tiempo, regida, á nombre de Felipe III, por 
un indigno favorito, fuera cansar al lector con lo que ya 
tiene olvidado. El desgobierno se había reducido á sistema, 
los premios no buscaban al benemérito, desaparecían los 
tesoros de América, y esquilmábase al pueblo miserable con 
gabelas y derramas para ayudas de costa y gajes del favo- 
rito y de sus cómplices (i). La pobreza desconsoladora re- 
primía el enojo de los espíritus sabios y valientes, y el ries- 
go de la persecución heló más de una vez los festivos rau- 
dales del alma. Á toda prisa hacía degenerar el crimen la 
raza española, y los jueces, gobernadores y ministros, que 
en el anterior reinado fueron modelos de lealtad, rectitud y 
desinterés, se habían repentinamente convertido en lobos 
y buitres devoradores (2). Treinta y seis años sirvió á Fe- 
lipe II D. Pedro Franqueza, conde de Villalonga, sin ser 
jamás reconvenido civil ni criminalmente; y á los nueve de 
ejercer cargos por Felipe III subió á tanto el escándalo y 
nota de sus excesos, que hubo que sujetar á prisión, perse- 
guir con violencia, y dejar morir en la cárcel á este secre- 
tario de Estado (3). Ocioso es decir cómo andarían los ofi- 
cios menores. 

Lo ejemplar de semejante proceso pudo alentar al jo- 

(i) Solamente las donaciones que se hicieron al duque de Lcrma 
pasan de cuarenta y cuatro millones, según acusación del fiscal D. Juan 
Chumacero y Sotomayor. (Biblioteca Nacional, Ff. 137.) Decía el Duque 
á D. Rodrigo Calderón que las mercedes se han de sacar de los monarcas 
una á una, como los juncos. 

(2) Mariana, Discurso sobre la moneda de vellón. (Biblioteca Nacio- 
nal, Q. 104.) 

(3) Enero de 1607. (Biblioteca Nacional, Ce. 96.) 

«Yo sé que no hay ningún género de oficio destos de mayor cantía, 
que no se granjee con alguna suerte de cohecho, cual más, cual menos», 
decía el Duque á Sancho Panza confirmándole su nombramiento de gober- 
nador de la ínsula Barataría. Por pragmática de 19 de marzo de 16 14, 
noticioso Felipe III de que se pretendían con dádivas y por otros medios 
ilícitos, así las prelacias y dignidades eclesiásticas como los gobiernos y 
judicaturas, impuso graves penas á los pretendientes, y á los que prometían 
valimiento; y mandó que las dignidades, oficios y mercedes se proveyesen 
eu personas dignas, sin intervención de ninguna suerte de cohecho. 



Obras de Ouevedo 71 



ven escritor con la esperanza de que, por grande que sea 
el desentreno de los vicios de un pueblo, rinde tributo á la 
verdad y á la justicia. Quiso decirla y hacerla, y se deci- 
dió á blandir el arma de la inteligencia y del saber contra 
el desorden y la general corrupción, bosquejando un Sueño 
del Juicio final, para juzgar todas las clases del Estado, y 
remover y limpiar el cieno de aquella sociedad degenerada. 
Los pintores, desde Orgagna hasta Miguel Ángel, y los 
poetas, desde el cantor de Aquiles hasta el de La Divina 
Comedia, habían tratado el propio asunto. Luciano le facilitó 
el camino; Quevedo no le desamparó nunca. Quince años 
tardó en completar los Sueños, y cada uno de ellos aven- 
taja al precedente, á proporción que el estudio y la expe- 
riencia mejoran el juicio y robustecen el ingenio. El mora- 
lista español arrebató al siriaco la gracia en el decir, la fe- 
licidad en inventar, el donaire en las burlas, en la sátira lo 
picante; con él compitió en el artificio de disfrazar las alu- 
siones que escuecen; en el de decir las verdades riendo, y 
de reirse diciendo la verdad, y en la pintura de las costum- 
bres, cuidados é inclinaciones de los hombres. 

Además tomaba puntos para sus lecciones satíricas en 
las eternas obras de Miguel de Cervantes Saavedra, con 
quien le unía estrecha amistad, utilizando el inagotable te- 
soro de las novelas ejemplares El licenciado Vidriera y el 
Coloquio de los perros Cipión y Berganza. 

El primero de los Sueños fué dedicado y leído en 3 de 
abril de 1607 á D. Pedro Fernández de Castro, conde de 
Lemos, que, por el favor de su suegro el duque de Lerma, 
ocupaba á los treinta y un años la presidencia de Indias, y 
en quien las letras tuvieron un Mecenas ilustrado, que eter- 
nizó su nombre socorriendo á Cervantes con algunos des- 
perdicios de su grandeza. 

Dos meses antes se había ofrecido un lance á QUEVE- 
DO, que, por lo muy frecuente, retrata la época y la fiereza 
de nuestros antiguos españoles. Iba cierta noche de enero 



72 Su VIDA 

por la calle Mayor; un capitán llamado Rodríguez se atreve 
á quitarle la acera; esgrimen las espadas, hiere el capitán 
á su adversario en la frente, pero éste de una estocada le 
atraviesa el brazo derecho. Andando el tiempo fueron los 
dos muy amigos (i). 

En marzo de 1608 acometió á D. FRANCISCO una enfer- 
medad aguda. Varios parientes de su madre, avecindados 
en el Fresno de Torote, le instaron por que pasase á conva- 
lecer en aquella villa del partido de Alcalá de Henares, 
donde logró pronto restablecimiento (XIII). Hizo allí los ro- 
mances 

Diéronme ayer la minuta...; 
Villodres con Guirindaina...; 
Mi marido, aunque es chiquito...; 

el soneto contra cierto capellán de aquel pueblo, 

Érase un hombre á una nariz pegado... (G); 

y dio cabo al Sueño del Infiej'uo, ó séase Las zahurdas de 

PlutÓTi, á postrero de abril, dejándolo consignado en el 

discurso, como también que se hallaba en los veintiocho 

años de su edad. Remitiólo tres días después á un amigo 

de Zaragoza (á no dudar, Lupercio Leonardo de Argensola), 

quejándose ya de las maliciosas calumnias que al parto de 

sus obras anticipaban sus enemigos. Habiendo regresado á 

Madrid á fines de mayo, leyó este opúsculo al conde de 

Lemos, y partió á pasar el verano en la Torre de Juan 

Abad (2). A su vuelta á Castilla se le encojó la muía, y 

tuvo que pernoctar en Argamasilla de Alba, en la casa del 

(i) Nota del sobrino de QuEVEDO, D. Pedro Aldrete, no publica- 
da (XII— F). 

(2) En los famosos campos de Montiel, tres leguas de Villanueva de 
los Infantes, catorce de Ciudad-Real y treinta y seis de Madrid. Confina 
por el cierzo con la villa de Cózar, por el oriente con Almedina, por el 
mediodía con Villamanrique, y al ocaso tiene á Santa Cruz de Múdela. 

Hé aquí las palabras que en boca de la Torre de Juan Abad pone don 
Juan de Jáuregui, personificándola en 1634, en su comedia del Retraído: 
«Es tan lisiado (Quevedo), de gastar la palabra señor, que sólo por su 
libre alvedrío la quiere introducir en mi Torre. Pues habiéndole librado en 
mí (á él y consortes) una breve partida de ochavos que crecieron con los 



Obras de Quevedo 73 



párroco. Visitáronle los caciques y ricachos, é instándole 
juntamente con el huésped á que improvisase algunas co- 
plas, rompió el rasgo, haciendo en un romance el Testa- 
mejito de Don Quijote (XIV — H). ¡Tanta era ya la popula- 
ridad de El ingenioso hidalgo de la Mancha! 

Hallóse por este tiempo en un concurso de los mayores 
señores de la corte en casa del conde de Miranda, presi- 
dente de Castilla. Era ocupación de los nobles é hidalgos 
el juego y ejercicio de las armas, y armas y letras asunto 
de sus tertulias y reuniones. Acababa de publicar el diestro 
de profesión D. Luis Pacheco de Narváez, caballero anda- 
luz, sus Cieíi conclusiones, para conocimiento científico de 
la verdadera destreza; y en presencia del autor disputaban 
los concurrentes acerca de su aplicación y eficacia. Impug- 
naba OUEVEDO cierto género de acometimiento que en el 
tratado se afirma no tener reparo ni defensa; y empeñán- 
dose la disputa con las diferentes opiniones, se remite el 
censor á la práctica, convidando á la prueba. Excúsase el 
maestro, alegando que únicamente se había reunido la aca- 
demia para pelear con razones, y que las del libro eran de 
todo punto incontrovertibles. Exáltase D. FRANCISCO, y 
grita: «Saque vuestra merced la espada, y dígame todo eso 
con las manos.» Estrechados por los circunstantes, empu- 
ñan uno y otro las negras de esgrima; santigua Quevedo 
á su contrario al primer encuentro, y le hace, por último, 
saludar á la asamblea, derribándole el sombrero de un bo- 
tonazo, divirtiendo á la concurrencia con este chiste: «Probó 
muy bien el Sr. D. Luis Pacheco la verdad de su conclu- 
sión; que, á haber reparo en el acometimiento, yo de nin- 
gún modo le pegara.» Ambos fueron siempre enemigos. 
Uno formó parte del Tribunal de la justa venganza; el otro 



corridos, sobre que hizo egecucióa y embargo al mísero pueblo, le parece 
suficiente causa para imprimir Señor de la Torre. Así se da priesa á impre- 
siones, y todas en vida, gozando del barato, porque después ningún desal- 
mado estampador querrá mentirle señoríos, y más siendo el pueblo del rey.> 

10 



74 Su VIDA 

diseñó ridiculamente al esgrimidor en la novela del Buscón, 
escrita poco tiempo después de este suceso (i). 

Trabó amistad nuestro escritor á principios del año si- 
guiente de 1609 con uno de los más famosos personajes de 
aquel reinado, el ilustre D. Pedro Téllez Girón, duque de 
Osuna, que con el renombre de atrevido y valiente, lleno 
de heridas y de deudas, tornaba en aquellos días de las 
campañas de Flandes. Cien hechos gloriosos habían allí 
desvanecido la memoria de los excesos que le arrojaran en 
prisiones por julio de 1602 en un lugar del Condestable. 
Rompiéndolas, huyó á la nación vecina; y sin que fuesen 
parte á detenerle en París el recibimiento y agasajo que el 
magno Enrico le hizo, sentó plaza de soldado en los ejér- 
citos españoles, donde ascendió á capitán de caballería. Ha- 
bría en los Países-Bajos recorrido todos los grados de la 
milicia, á no instar al Rey el archiduque Alberto por que le 
sacasen á Osuna de sus estados, como se verificó inmedia- 
tamente (2). D. Pedro había nacido para mandar, no para 
obedecer; presentía sus prósperos destinos, y acercábase la 
hora de hacer resonar su nombre entre las gentes. Por un 
rasgo de suma habilidad capituló á su hijo, entonces único, 
D. Juan Téllez Girón, marqués de Peñafiel, con D.^ Isabel 
de Sandoval, hija del duque de Uceda y nieta del valido, 
con lo cual se abría camino á los puestos más importantes 
del Estado. Para tener todas las dotes de insigne ministro 
y sagacísimo soldado, á más de la natural gallardía y ánimo 
generoso, abrigaba íntimo convencimiento de que el valor 
y el poder, si van acompañados del consejo, cooperación 
y alabanza de los sabios, resplandecen y pasan á las gene- 
raciones con laureles inmarcesibles. Reparó en la prepo- 
tencia intelectual de QuEVEDO, amó su ingenio; buscáronse 

(i) Tarsia, en la vida del autor, pág. 59; Lope de Vega, en la Circe, 
impresa en 1624. 

(2) Carta autógrafa de 28 de octubre de 1608. — Opondríase tal vez 
á alguna condición de las treguas con Holanda, en que tenía el Archiduque 
tan vivo y justo empeño. 



Obras de Quevedo 75 



aquellas dos almas que tanto necesitaban la una de la otra, 
y cuyas fuerzas unidas habían de ser un torrente impe- 
tuoso. 

Dedicó D. Francisco al Duque dos obras de muy di- 
versa índole: Anacreófi castellano, rico de comentarios é 
ilustraciones, y la versión de Focilides; con un obsequio 
hablaba á los sentidos del Mecenas, con otro á su razón y 
entendimiento, puesto que las máximas del filósofo religioso 
tienden á labrar en el hombre la perfección, y con ella la 
felicidad. En i.° de julio siguiente escribió la Pi'emática de 
las cotorreras, poniendo tasa á toda clase de mujeres: rasgo 
saladísimo, pero nada limpio ni decente, hecho para solazar 
alguna bacanal de mozos libres y desocupados. Poco des- 
pués, en los primeros días de agosto, se ve al escritor que 
se confesaba malo y lascivo inscribirse como esclavo del 
Santísimo Sacramento en el oratorio de la calle del Olivar, 
de donde eran ya hermanos Salas Barbadillo, Espinel y 
Cervantes, y lo fueron muy luego Paravicino y Lope. No 
entibiaban entonces el fervor religioso los apetitos carnales. 

La última memoria literaria de nuestro autor en aquel 
año es la traza de un libro con título de España defendida 
y los tiempos de ahora de las calumnias de noveleros y sedi- 
ciosos: tratado lleno de curiosidades. 

Murió en el año siguiente de 1610, á los veintisiete años 
de edad, con sentimiento de toda la corte, D. Luis Carrillo 
y Sotomayor, del hábito de Santiago, comendador de la 
Fuente del Maestre y cuatralbo de las galeras de España. 
Era hijo este caballero y celebrado poeta del presidente del 
Consejo de Hacienda D. Fernando, y de la nobleza de Cór- 
doba; pero se había distinguido sobre todo por el sello par- 
ticular que imprimió á la poesía, introduciendo el primero 
el culteranismo en España. Con una canción y un largo 
epitafio latino honró QuEVEDO su memoria. 

A dar nuevo sesgo á la vida de nuestro cantor elegiaco 
vino un muy desagradable acontecimiento el jueves santo 



^6 Su VIDA 

j/ de marzo de lóii (i). Hallábase en la iglesia de San 
Martín asistiendo á las tinieblas, y de rodillas allí, no lejos 
de él, una mujer al parecer de porte, de lindo arte y extre- 
mada compostura, cuando con poca razón y ninguna reve- 
rencia, por debates que hubo de tener con ella, un hombre 
le dio una bofetada. La santidad del lugar y del día, el 
escándalo de los circunstantes, el desacato y la afrenta de 
una mujer honrada, todo encendió la indignación en QuE- 
VEDO, y asiendo violentamente del brazo al agresor, que 
ya en su frenesí intentaba contra la mujer demostración 
más sangrienta, le sacó al atrio del templo, afeándole su 
audacia y desafuero. Ciega á los dos la cólera, desenvainan 
las espadas, riñen con furor indecible, y, mortalmente heri- 
do, viene el de la bofetada á tierra y exhala pocas horas 
después el último suspiro. Personas de cuenta la familia 
del muerto, por todos caminos apréstanse á la venganza; 
pero acogiendo D. FRANCISCO la cuerda opinión de algu- 
nos amigos leales y templados, resolvióse á poner tierra 
enmedio, dando lugar á que la negociación y buenos ofi- 
cios calmasen el dolor y despuntasen el enojo. Había poco 
antes la majestad del tercer Filipo nombrado para el virrei- 
nato de Sicilia al duque de Osuna, quien hizo á nuestro 
hidalgo vivas instancias y magníficos ofrecimientos por lle- 
vársele consigo, aun cuando en él halló siempre tenaz resis- 
tencia. El Duque pensaba rivalizar con el conde de Lemos, 
teniendo en su compañía un poeta bastante á contrapesar 
con la colonia de ellos que llevó éste en el año anterior de 
i6io á su gobierno de Ñapóles. Ya por abril empuñaba 
Osuna las riendas del de Sicilia, cuando tuvo la agradable 
sorpresa de ver entrar por huésped en su palacio á quien 
había solicitado por camarada (XV). Proporcionábale su- 
ceso de tanto gusto un varón docto y sagaz para el con- 
sejo, para el descanso un apoyo, para los azares del mundo 

(i) 21 decía en la primera edición, pero estaba enmendada la fecha 
por D. Aureliano. 



Obras de Quevedo "¡"j 



un amigo, y para el esparcimiento un dulcísimo deleite (i). 

Ya los negocios domésticos ó ya las resultas del desa- 
fío reclamasen la presencia de QUEVEDO en España, en- 
cuéntrasele retirado á la Torre de Juan Abad en 12 de 
abril de 161 2. Con esta fecha dirigió al virrey D. Pedro Té- 
Ilez Girón el sueño del Mundo por de dentro; y en 12 de 
noviembre al cronista D. Tomás Tamayo de Vargas el dis- 
curso acerca del Nombre, origen, intento, recomendación y 
descendencia de la doctrina estoica, y su versión de Epicteto: 
en la epístola misiva ponderaba á Tamayo su reconoci- 
miento por los señalados favores que le había merecido. 
Á la sazón cundía por toda España la nueva de estar en la 
Torre el escritor festivo y maleante, y era universal el apre- 
cio con que se buscaban y copiaban las cartas, aún toda- 
vía no impresas, del Caballero de la Tenaza. Explícase de 
este modo haberle disparado una con dos reales de porte 
{17 de enero de 161 3) cierto monje Bernardo, conventual 
de Galicia, religioso de buen humor, con el fin único de 
sangrarle el bolsillo, sin que el ingenioso caballero tuviese 
arbitrio para sacudirse de aquel masculino embestimento (2). 

Desde la villa de Juan Abad (3), á 8 de mayo siguiente, 
consagró al padre de los pobres y amparo de la virtud y 
de la sabiduría, al gran D. Bernardo de Sandoval y Rojas, 
cardenal arzobispo de Toledo, las Lágrimas de Jereinias 
castellanas, oi'denando y declarando la letra hebraica con 
paráfrasi y comentario; en cuyo discurso nómbrase licen- 
ciado D. Francisco Gómez de Quevedo Villegas, teó- 
logo complutense (4). La musa de la religión por aquellos 



(i) Tarsia, págs. 6 1 y sigs. 

(2) Tarsia, pág. 103. 

(3) Aquí escribió I). Aureliano: «Historia de la Torre de Juan Abad.» 
Pensaría intercalar aquí la que con mucha extensión escribió en el docu- 
mento XCII, de los que acompañan á esta biografía. 

(4) De este trabajo quiso que disfrutase Fr. Lucas de Monloya, 
insigne teólogo y predicador de los mínimos de Madrid, enviándoselo al 
efecto con un lisonjero billete. 



78 Su VIDA 

días inflamaba su espíritu. Entonces fué cuando obsequió 
á su tía D.^ Margarita de Espinosa y Rueda, enviándole las 
Poesías morales y lágrimas de un penitente, que se impri- 
mieron en la musa Urania. Residía en Madrid aquella se- 
ñora, hermana de la abuela materna de nuestro vate, y en 
su ancianidad y viudez habíale traído la voz de las moce- 
dades y travesuras del sobrino (escandalosa á todos) amar- 
guras y pesadumbres sin cuento. El mancebo tiraba á con- 
solarla confesándose arrepentido, haciendo propósito de en- 
mienda, y abominando de la ceguedad y desenfreno de 
sus cantos en los verdores juveniles, esclavo del apetito 
y las pasiones. 

Con tales enemigos luchaba todavía, si no es que aún 
los tenía por señores, en aquel verano de 1613, según re- 
salta en cierto lindísimo romance, menos edificante que es- 
tos ayes religiosos. Contesta á la pregunta de cierto amigo, 
médico de la corte, curioso de saber cómo le iba en el re- 
tiro de Sierra-Morena: 

Yo me salí de la corte 
Á vivir en paz conmigo; 
Que bastan treinta y tres años 
Que para los otros vivo. 

¿Si me hallo, preguntáis, 
En este dulce retiro? 

Y es aquí donde me hallo, 
Pues andaba allá perdido. 

Aquí me sobran los días; 

Y los años fugitivos 
Parece que en estas sierras 
Entretienen su camino. 

El tiempo gasto en las eras 
Mirando rastrar los trillos, 

Y hecho hormiga, no salgo 
De entre montones de trigo. 

Á las que allá dan diamantes, 
Acá las damos pellizcos; 

Y aquí valen los listones 
Lo que allá los cabestrillos. 

Las mujeres desta tierra 
Tienen muy poco artificio; 



Obras de Quevedo 79 



Mas son de lo que las otras, 

Y me saben á lo mismo. 
Si nos piden, es perdón, 

Con rostro blando y sencillo... 
Buenas son estas sayazas 

Y estas faldas de cilicio... 
I.as caras saben á caras. 

Los besos saben á hocicos; 
Que besar labios con cera 
Es besar un hombre cirios. 

Ésta, en fin, es fértil tierra 
De contentos y de vicios. 
Donde engordan bolsa y hombre 

Y anda holgado el albedrío. 
De plata son estas breñas. 

De brocado estos pellicos. 
Angeles estas serranas, 
Ciudades estos ejidos. 

En el delicioso albergue de Sierra-Morena, y en la con- 
tinua conversación con las musas, no desaparecía el hom- 
bre político. Los negocios de España, las alteraciones de 
los saboyanos y el recelo de que el Turco molestase las 
costas de Ñapóles y Sicilia, agitaban el pensamiento de 
Quevedo. Traía continua correspondencia con personas 
ilustres y hábiles políticos de dentro y fuera del reino, re- 
cibía prontas y exactas noticias de todo, y su viva imagi- 
nación y sólido juicio le hacían ir delante de los sucesos, 
calificando con especial tino los presentes y adivinando los 
venideros. No abrigaba el estudioso hidalgo temores de 
guerras ó trastornos por parte de Francia, recogida enton- 
ces en sí misma, atenta á las novedades que ocasiona la 
menor edad de los reyes; pero infundíaselos la veleidad y 
osadía de uno de los potentados de Italia, cuyos desacuer- 
dos sacaban de quicio el cálculo de los varones más expe- 
rimentados y prudentes, y de quien nos cumple dar aquí 
alguna noticia. Éste era Carlos Emanuel, duque de Sabo,ya, 
díscolo y ambicioso por carácter, receloso por necesidad, 
ingrato por costumbre. Su presunción y vanidad, halagadas 
por su enlace con la casa de Austria, le llevaron á soñar en 



8o Su VIDA 

el título de libertador de Italia, y en hacer su familia tronco 
de una vasta monarquía. Audaz y alentado, no se descora- 
zonó jamás, viendo siempre convertirse en humo sus victo- 
rias. Cuando las disensiones de los franceses al espirar el 
siglo anterior, apoderóse del marquesado de Saluzzo, anti- 
gua pretensión de su casa, hizo á los de Ginebra la guerra, 
y entró con las armas en la Provenza y el Delfinado, re- 
suelto á subyugar estas tierras, y aun á ceñir la corona de 
Francia si la fortuna patrocinaba su arrojo. Desvanecidos 
tan agradables ensueños, unióse á su enemigo Enrique de 
Borbón, contra su cuñado y bienhechor Felipe III de Es- 
paña. El puñal de Ravaillac desbarató los aprestos milita- 
res del francés; la generosidad española olvidó la felonía del 
saboyano. 

Carlos Emanuel invadió el Monferrato en la primavera 
de 1613, hostilizando al nuevo duque de Mantua, y mo- 
vió tanto la pluma como el acero para cohonestar el aten- 
tado. La autoridad del Emperador y la intervención de Es- 
paña desvanecieron, sin embargo, en menos de tres meses 
aquellas fáciles conquistas. Puso el Rey Católico decidido 
empeño en el desarme de Carlos, para que se disipasen los 
justos celos y fundados temores de los estados confinantes, 
estableciendo una paz beneficiosa y duradera en la recí- 
proca confianza. Hallando en esto una resistencia pasiva el 
Monarca español, previno al gobernador de Milán que hi- 
ciese obedecer al Duque. Esta palabra inconveniente irritó 
la altivez del de Saboya, le hizo olvidar el parentesco y 
amistad con Felipe, los grandes beneficios que de su mano 
recibían él y sus hijos, devolver el toisón de oro, y empe- 
ñarse en una lucha á brazo partido (i). Contaba con la bolsa 
de Venecia, confiaba en que el francés le enviaría gente á 



(i) Recibía rentas en los estados de Ñápeles y Milán por valor de 
doscientos mil ducados anuales, sin hacer mérito de los pingües productos 
del gran priorato de Castilla y del de Ocrato, en Portugal, que gozaban 
sus hijos, 



Obras de Quevedo 



la deshilada, y quería probar fortuna valiéndose de la maña 
y de la intriga para atacar á un contrario poderoso, cuyas 
fuerzas se podían contrastar comprando la infidelidad de 
algunos agentes y capitanes. Por el estío del año que nos 
ocupa hubo de significar á QUEVEDO el virrey de Sicilia la 
necesidad que de él tenía para tratar reservadamente con 
los ministros de Ñapóles y Milán, con el Pontífice y los 
potentados, sobre la campaña que se abría en el Piamonte: 
ello es que el mismo D. Francisco nos refiere que se en- 
contraba en Nizza por el otoño. Las demasías de Carlos, 
que le enajenaron muchas voluntades, tenían disgustados á 
los habitantes de aquella ciudad marítima; y poco dispues- 
tos á tolerar la insolencia de un secretario suyo, le asesi- 
naron, arrastrándole por las calles públicas. Vino allí el Du- 
que, disimulando su venganza con bailes y banquetes, hasta 
que, acercándose con tropas el príncipe Tomás, su hijo, 
degolló á todos los principales del estado (i). QuEVEDO 
espió los ánimos de aquellos vasallos, y la determinación en 
que estaban de entregarse á la majestad del Rey Católico; 
notó que se hallaba mal provisto y con solos ciento cin- 
cuenta soldados el castillo, estimó fáciles de tomar los pasos 
del Piamonte, y no difíciles de mantener con poca gente, y 
reparó, en fin, que las murallas del puerto de Villafranca 
eran débiles, muy acomodadas para un desembarco, y ap- 
tas para fortificarse después. 

No fué tan secreta, que no se trasluciese la venida á 
Nizza del príncipe Tomás armado y con proyectos de ven- 
ganza, ni los huéspedes en cuya casa alojaba QuEVEDO se 
veían tan libres de culpa, que no temiesen gravísimo cas- 
tigo. De aquella ansiedad sacólos nuestro galán caballero, 
poniendo la noche antes por mar en Genova al hijo y dos 
hermosas hijas del huésped. De allí partió para Sicilia, y 
dio á Osuna cuenta de sus aventuras y comisiones, facili- 



(i) Qxs^YKDO, Lince de lialia. 



82 Su VIDA 

tando las empresas militares contra Onela y Nizza, que se 
hubieran venturosamente logrado á no estar (según afir- 
man graves autores) entregado todo al saboyano el mar- 
qués de la Hinojosa, gobernador de Milán (i). 

Pasó nuestro QuEVEDO el año de 1614 y la mitad del 
siguiente compartiendo con el Duque las fatigas del mando, 
acompañándole en el riesgo, pronto á cruzar los mares y 
desempeñar delicadas comisiones para extinguir la guerra 
de Lombardía. Encuéntrasele en este tiempo encaminando 
con el desinteresado consejo y cuerdo aviso los instintos 
generosos del Virrey, á la vez que templando con el gracejo 
la violencia de su natural fogoso y arrebatado (2). Osuna 
correspondió á los buenos oficios del filósofo su amigo, 

( 1 ) Dell' Historia di Pietro Giovanni Caprita, libri dodici. — Giie- 
rras de Italia, por D. Diego Felipe de Albornoz, canónigo tesorero de la 
santa iglesia de Cartagena (MS. de la Biblioteca Nacional, I. 184), lib. I, 
caps. V y siguientes; lib. III. caps. IV, V y IX; lib. IV, cap. I. — Proceso del 
Marqués, existente en la Biblioteca Nacional. 

(2) De que estuvo por julio en Madrid nos dejó Cervantes una insigne 
memoria en la carta que supone le escribió Apolo Deifico desde el Parnaso: 

«Si D. Francisco de Quevedo no hubiere partido para venir á Sici- 
lia, donde le esperan, tóquele vuestra merced la mano, y dígale que no deje 
de llegar á verme, pues estaremos tan cerca.» 

Comienza por esta época la celebridad de Osuna, y á resonar Italia 
en vítores y aclamaciones por los aciertos de tan activo capitán cuanto ex- 
celente ministro. Al empuñar las riendas del gobierno había contemplado 
el reino de Sicilia en la última miseria; por falta de crédito cerrada la caja 
de Palermo (que este era el nombre del erario público); adulterada la mo- 
neda, maldad que se ejercía sin el menor recato. Pronto aquel príncipe res- 
tituyó la caja en su crédito, la moneda en su peso y ley, castigó los delitos, 
hizo florecer el reino, y que respirase el patrimonio real enajenado, igua- 
lando los productos con las cargas. 

Al entrar en el mando se saqueaban á la mitad del día en Mesina las 
tiendas de los mercaderes, y sin escolta de guerra no se podía viajar de 
modo alguno. A poco tiempo vióse la ciudad libre de aquella plaga y ase- 
gurados ios caminos de salteadores y facinerosos. Halló repletas las cárceles 
de delincuentes detenidos de diez y más años, y las despobló y dejó yer- 
mas. Restituyó en su autoridad y libertad á los ministros de justicia, pues- 
tos en tanto amilanamiento y asombro, que en tocando la causa á algún 
hombre principal del reino, ya no osaban determinarla. Desarmada la escua- 
dra, hecha ludibrio de aquellos golfos, y sin otra reputación los tercios 
que la de cobardes, fueron en su poder lustre de las armas españolas y 
envidia de todas las naciones. 

Males tan grandes pedían remedios enérgicos, ocasionando 'precisa- 
mente quejosos y agraviados. Pero el general aplauso confundió sus clamo- 



Obras de Quevedo 83 



procurando que se hallase presente en la junta popular que 
celebró por agosto de 161 5 el reino de Sicilia, y fuese ele- 
gido embajador para traer y presentar al rey D. Felipe los 
pliegos del Parlamento (i). 

Concediéronse en el mismo cinco mil ducados á QUE- 
VEDO por gajes de la procuración, y podía esperarse de la 
munificencia real una pensión anua en albricias del men- 
saje. Desde Mesina escribió el Virrey en 2 de setiembre á 
D. Carlos de Oria, para que proveyese de una galera al 
Embajador en que hacer su viaje hasta Marsella con la se- 
guridad y ostentación debidas. En aquel puerto desembarcó 
felizmente; pero, estando toda la Francia en armas por el 
príncipe de Conde, que era cabeza de los herejes rebelados 
contra el Rey, fué preso en Mompeller por los hugonotes, 
que dentro de tres días, con buenas palabras y no mal tra- 
tamiento, le soltaron. Otras tres prisiones padeció además 
antes de llegar á Salsas, de donde partió para Burgos, en 
cuya capital se encontraban el Rey y el duque de Uceda, 
con ocasión de los mutuos casamientos de España y Fran- 
cia. Preparábanse, para solemnizar el suceso, grandes fies- 
tas -y regocijos (2). 

res, y al reunirse el parlamento de Sicilia no sólo confirmó los donativos 
ordinarios y extraordinarios, concediendo á la majestad católica por nueve 
años más el de trescientos mil ducados con que en el anterior congreso le 
había servido el reino, sino que, aprobando con grandes elogios el acer- 
tado gobierno del Duque, envió por embajador á D. Pedro Celeste para que 
lo encareciese en Madrid y disipase las quejas y calumnias. (Memorial del 
pleito qtie el Sr. D. Juan Chumacero y Sotomayor, fiscal del consejo de las 
Ordenes y de la Jtinta, trata con el duque de Uceda: pliegos C, fol. 8 v., y 
A, fol. 4 V.) 

( 1 ) Votóse en ella un donativo por valor de treinta mil ducados para 
D. Cristóbal Gómez de Sandoval, duque de Uceda, gentilhombre de la real 
cámara y sumiller de corps del príncipe D. Felipe. Mostrándose espléndida 
Sicilia, y poniendo en la corte de España á cargo de tan elevado personaje 
el cuidado, protección y buen despacho de las materias graves y arduas, 
granjeaba al duque de Osuna, y tenía un agente rendido en el hijo del 
atlante de la monarquía, futuro sucesor en la privanza y en el manejo uni- 
versal de los negocios. (Memorial z\K.z.^o: pliego g, fol. 13 v. — Tarsia, pá- 
gina 64.) 

(2) Memorial, g. 13. — El mismo Quevedo en el Lince de Italia. 
— Tarsia, págs. 64 y 88. 



84 Su- VIDA 

Traía D. Francisco particular encargo del duque de 
Osuna de indagar la opinión que en los consejos de Es- 
tado y de Italia engendraba el continuo clamoreo de los 
agraviados y quejosos de sus providencias; y orden tam- 
bién de que se volviesen á untar aquellos carros para que 
no rechinasen, aun cuando estaban ya más untados que 
brnjas. Al propósito recibió letra de treinta mil ducados; y 
al acusar desde Madrid el recibo en i6 de diciembre, de- 
cíale á su amigo el efecto que la sola noticia de la acepta- 
ción produjo en la corte, donde los hombres se habían 
vuelto rameras, que no las alcanza quien no da, siendo 
para los porterillos un attollite portas, para los oídos un en- 
canto, para los ojos un hechizo, y para él de gran séquito, 
autoridad y reputación el negociar (i). Cuando, reducido á 
prisión, cinco años más adelante se le hizo, entre varios 
cargos, uno por esta carta, declaró que había dado cuenta 
de aquella suma al de Uceda, á su secretario Juan de Sa- 
lazar, á D. Andrés Velázquez, espía mayor y fiscal de los 
cohechos, al protonotario de Aragón Agustín de Villanueva 
(curador del declarante), al marqués de Siete-Iglesias y al 
confesor del Rey fray Luis de Aliaga, no embarazándose 
en decir claramente que á los unos por amigos del valido, 
á los otros porque era voz común que recibían y tomaban. 
Á tanto había llegado la prostitución de aquella gente, que 
el mismo _/fi-¿-«/ D. Andrés Velázquez escribía al de Osuna: 
«M. es muy de vuestra excelencia; desea una alfombra: en- 
»víele vuestra excelencia dos, y ruegue á Dios que otro no 
le dé tres.» Pasman los regalos que en sus dos gobiernos 
hizo el Virrey; solamente á Uceda envió en dinero contante 
cerca de dos millones, tiestos de plata esmaltados con ra- 
mos de naranjas y cidras, que pesaban ciento veinte y cinco 
Hbras, trescientos abanicos de ébano y marfil, caballos, jae- 
ces, mazas, alfanjes y cuchillos damasquinos: piezas me- 



(i) Memorial, pliego a, fol. i. 



Obras de Que vedo 85 

nos ricas y preciosas por el oro, rubíes, diamantes y esme- 
raldas, que por el primoroso trabajo de los artífices (i). 
Cuidó nuestro viandante caballero, á nombre de aquel prín- 
cipe, de prendar también al confesor fray Luis de Aliaga 
con altares, relicarios, cruces de diamantes, y otras joyas, 
para que encaminase la conciencia del Monarca (2). 

Á los pocos días recibió QuEVEDO, en albricias del par- 
lamento siciliano, merced de cuatrocientos ducados de pen- 
sión, por decreto de 2 de marzo de 1616, á consulta del 
consejo de Italia; y entre tantas satisfacciones fué la mayor 
el nombramiento de Osuna para el virreinato de Ñapóles. 
Á fin de que no se malograse, y por encargo de Uceda y 
Aliaga, despachó D. Francisco en 13 del inmediato abril 
un correo con el mayor sigilo apremiando al gran Girón 
á que se partiese para su nuevo gobierno, sin dar lugar al 
ínterin, negocio que á su favor se había ganado contra la 
voluntad del duque de Lerma (3). 

Ocho días después, embebecido con la batahola de ne- 
gocios, manejos y cabalas, vio caer en el sepulcro, desde 
el olvido y la pobreza, al anciano venerable á quien debió 



(i) Éste era el siglo de oro, que no el pasado. 

(2) Traían gran útil al Virrey los bajeles y galeras de su propiedad 
que andaban al corso. Tuvo de Felipe III el Duque esta licencia para 
armar, con merced del quinto en las presas que se tomaban, perteneciente 
á la corona. En cambio, obtenida la gracia por intercesión del de Uceda, 
constituyóse éste en parcietario, y percibía, sacada la costa, la mitad del 
despojo. Hállanse en el proceso contra Uceda cartas de Osuna de 22 de 
julio de 1616 y 5 de enero de 1619, noticiándole haber vuelto de corso 
las galeras y caberle una parte de consideración en la presa. La licencia de 
armar, concedida á tan valeroso caudillo, tenía ocupada, ejercitada y en 
buena disciplina la gente de guerra, y descargados los pueblos de molestias 
y alojamientos. Ni un descalabro sufrieron aquellos bajeles; sus victorias 
no pudieron reducirse á número: siempre volvían á las costas de Sicilia y 
Ñapóles triunfantes de sus enemigos. (Memorial, pliego C. fol. 8 v.; G. 
fol. 15 V.; 1. fol. 21; m. fol. 24 v.; F. fol. 14; b. fol. 3; todo el pliego d.) 

(3) Siempre se tuvo por ascensión ordinaria y escala del de Sicilia 
el gobierno de Ñapóles: ambicionábale Osuna, y así que entendió la venida 
del conde de Lemos, formó en ello el mayor empeño con Uceda, quien 
alcanzó, no sin gran trabajo, complacer á su consuegro, haciendo que en él 
se publicase el cargo en el consejo de Italia á 22 de mayo del año prece- 
dente de 1615. Sólo con auxilio de Aliaga pudo vencerse la fuerte resisten- 



86 Su VIDA 

el mayor cariño y en cuyas obras tantas veces tomó vuelo: 
al manco sano, al escritor alegre, al regocijo de las musas, 
á la más grande gloria del ingenio humano; y el cortesano 
que se deshizo en alabanzas junto al féretro de un adine- 
rado poeta culto, no tuvo ni siquiera una flor que arrojar 
sobre la tierra que oprimía los restos de Miguel de Cer- 
vantes Saavedra. 

Como político mañoso é interesable, fué menos descui- 
dado en estrechar desde Madrid los vínculos de amistad que 
le unían en Sicilia con tan ilustres personajes como el car- 
denal Juanetín Doria, arzobispo de Palermo, discreto y vir- 
tuoso príncipe; el grecizante D. Mariano Valguarnera, ami- 
go íntimo del florentín Barberino (que fué luego papa con 
nombre de Urbano VIII), monseñor D. Martín Lafarina de 
Madrigal, refrendario de entrambas signaturas, capellán ma- 
yor de aquel reino, y el esclarecido raesaniense Antonio 
Amigo (i). 

Enfermo el duque de Osuna de la antigua herida de 
arcabuz que recibió en Flandes, no pudo ir tan pronto á 
su nuevo destino. Desde el lecho hízose al fin embarcar, 
zarpando la expedición del puerto de Palermo. Adelantóse 
la fama pregonera de sus hazañas, é impacientes aguarda- 
ban los napolitanos á aquel guerrero ilustre, que en las 
campañas flamencas había sido el primero en el peligro, y 



cía del de Lerma, nacida del escrúpulo que en S. M. había infundido el 
bárbaro castigo que dio Osuna á un paje de Natolí porque no descubrió 
los secretos de su amo. Pesaron más que los desaciertos las grandes ven- 
tajas obtenidas en Sicilia por aquel príncipe, y facilitaron al fin el logro de 
sus deseos. (En el Memorial, pliegos E. fol. ii, C. fol. 7, F. fol. 13 v., H. 
fol. 18 y K. fol. 22 V. — Tarsia, pág. 64.) 

(i) Tarsia, pág. 77. — Los lazos de afecto con el último aparecen 
consignados en un hermoso códice escrito en vitela al promediar el si- 
glo XIV, que contiene todas las tragedias de Séneca, y perteneció á nues- 
tro insigne poeta. Se guarda en la famosa biblioteca del Escorial. En su 
primera hoja tiene autógrafa la siguiente dedicatoria: 

«Admodum Illustri D. D. Francisco de Chevedo, Sancti Jacobi Equiti, 
trium linguarum peritissimo, ac bonarum artium Patrono et Cultori emi- 
nentissimo, Antonius Amicus Cl. Messanensis L. Ann. Senecae tragoedias 
has M. S. observantiae et benevolentiae tesseram D. D..» 



Obras de Quevedo 87 



que, metiéndose en medio de cinco mil soldados revueltos 
en motín, los redujo con su valor; á aquel que, levantando 
la envilecida escuadra siciliana, se acababa de apoderar de 
siete galeras del Turco, con la real y el estandarte. Contá- 
banse unos á otros (encareciéndola por extremo, como era 
justo) su acertada administración en Sicilia, y esperaban 
contemplar las costas de Italia cubiertas de trofeos y hechas 
espectación del mundo. Tales esperanzas sugirieron al na- 
politano Francisco Zázzera, académico ocioso, el pensamien- 
to de escribir un Diario, consignando menudamente en él 
todas las acciones del Duque (i). Á este registro curioso y 
desconocido del público debemos no pocas noticias de 
Quevedo. Véase cómo refiere su aparición en Ñapóles (2). 
«Miércoles 27 de setiembre. — Media hora antes de oscure- 
cer montó S. E. en el carruaje de un solo caballo, con un 
hidalgo que ha hecho venir de España por la posta, y á 
quien profesa tan grande simpatía, que sin él no se encuen- 
tra en modo alguno. De donde infiero yo que debe de ser 
personaje no menos ilustre por su nobleza que por su vir- 
tud, y que llena cumplidamente el delicado gusto de S. E.» 
Más adelante declara el académico su nombre (3). 

Hay memoria en el Diario de haber paseado varias 



( 1 ) Giornali di Francesco Zazzera napolitano, Académico oiioso, nel 
felice gozíerno deW Eccmo. D. Pietro Girone Duca d' Ossiina Vicere del 
regno di Napoli; dalli 7 di Luglio 1616. (Biblioteca del Excmo. Sr. Duque 
de Osuna.) 

Fué la academia de los ociosos iustitución del virrey conde de Lemos, 
solicitada por la estudiosa diligencia de Lupercio Leonardo de Argensola 
y del erudito Juan Bautista Manso. 

(2) Debió de tener lugar en los primeros días de setiembre, según la 
siguiente carta bizarra de Osuna á su consuegro Uceda, fecha del 12: «He 
entendido después que llegué á este reino grandes censuras contra vuestra 
excelencia, y aun de allá las trajo entreoídas D. Francisco de Quevedo. 
No tengo que ofrecer á vuestra excelencia, pues todo es suyo; pero esté 
vuestra excelencia cierto que, fuera de ser contra mi rey, podré servirle con 
doce bajeles y ocho mil hombres en cualquier acontecimiento, sin tocar á 
españoles, sino sólo naciones que seguirán mi partido; y que lo sabré aven- 
turar todo por su gusto, y salir después dello.» (Memorial citado, pliego M., 
fol. 26.) 

(3) Fols. 18 v. y 20. 



88 Su VIDA 

veces juntos Osuna y QUEVEDO la ciudad, visitando el pa- 
lacio de la Vicaría, recorriendo los tribunales, examinando 
las causas de los encarcelados, oyendo á éstos sus quejas 
y ofreciéndoles que para la próxima Pascua habían de estar 
castigados según sus crímenes, ó puestos en libertad, com- 
probada que fuese su inocencia. Apercibimientos á carce- 
leros, multas y procesos contra escribanos, señalamiento 
de términos perentorios á los jueces y oficiales para sus- 
tanciar y determinar las causas, fueron, con general aplau- 
so, ocupación de aquellos dos días; y cada cual de los si- 
guientes va señalado por un rasgo de actividad, de celo y 
de entereza (i). El biógrafo Tarsia refiere los siguientes: 
Halló el Duque en la visita de cárceles un preso encerra- 
do hacía veinticuatro años; le otorgó al punto la libertad, 
diciendo que tan largo padecer era bastante para purgar el 
mayor delito. Á un sodomítico lo mandó quemar luego. A 
un letrado que el sábado había dormido con una cortesana, 
dándole muerte después aquella misma noche, le hizo cor- 
tar la cabeza el domingo por la mañana. Un fraile asesinó 
á cierto caballero en la iglesia, y un clérigo al gobernador 
de Isquia; hechas las ceremonias de costumbre, ambos fue- 
ron ajusticiados, no interponiéndose tiempo del delito al 
castigo. Fué perseguidor implacable de malhechores, y 
mortal enemigo de mentirosos; pero atropellaba las leyes 
cuando creía que eran embarazo de la justicia. Cuéntase 
que, en perjuicio de un hijo que había ocasionado algunos 
sinsabores á su padre, lograron los jesuítas que éste los 
nombrase herederos á condición de dar al hijo lo que qui- 



(i) Zázzera, fols. 32 y 33 vs. 

En 25 de octubre escribió Uceda al Virrey encomendándole la justifi- 
cación y moderación en su gobierno, dar á los tribunales toda la mano que 
se les debe, y obrar de modo que el poder del ministro no pareciese arbi- 
trario y absoluto. Felicitábale por la nueva facción que acababan de hacer 
sus navios, y advertíale que en Madrid se murmuraba de que había hecho 
suyos veinte mil ducados en que se rescató el bey de Alejandría, y de que 
ponía los ojos en no sé qué señoras, de tal calidad, que era de temerse 
algún riesgo. (Memorial, pliegos D. y G., fol. 15 v.) 



Obras de Quevedo 89 



siesen. Ofreciéronle ocho mil escudos. Kl hijo acudió al Vi- 
rrey, que, enterado del caso, llamó á los herederos. Deman- 
dante y demandados expusieron su derecho, y entonces el 
Duque decidió la querella dirigiendo á los jesuítas estas 
palabras: «No habéis entendido el testamento. Dice que 
deis al hijo lo que queráis vosotros. ¿Qué queréis? La heren- 
cia: pues eso os manda que deis al testador» (i). Estas ac- 
ciones del ilustre Girón no deben pasarse en claro, porque 
en ellas tuvo no pequeña parte QuEVEDO. Encargóle desde 
luego las materias de hacienda real, delicadas de suyo, donde 
el celo, cuidado y limpieza desaparecen ante la insaciable 
sed de oro. Olvidando nuestro hidalgo la propia conve- 
niencia, benefició en cuatrocientos mil ducados el tesoro 
público, descubriendo muchos fraudes, y cautivando con 
su desinterés el ánimo del príncipe, su favorecedor y su 
amigo (I). 

Muy pronto se ofreció al Virrey un negocio grave, que 
fué la lima que sordamente vino á deshacer su gobierno: 
hablo de las contiendas con Venecia, república que pre- 
tendía tener en el Adriático absoluto dominio, padecido 
de pobres pescadores y creído de ignorantes. Burlábase de 
aquella pretensión un puñado de hombres belicosos, am- 
parados por guájaras y fragosidades, escollos y bajíos, en lo 
más oculto del golfo Carnario, en las costas de la Croacia: 
esta gente llamábase tiscoques, como si dijéramos tornadi- 
zos. Tendióles la mano el duque de Osuna, animólos á sos- 
tener que era locura querer la potentísima república de Ve- 
necia ser obedecida por señora de mar y golfo en que te- 
nían puertos el Emperador, el Pontífice, los anconitanos, el 
rey de España, los raguceos, y el duque de Urbino, cuando 
por derecho natural es señor del mar el que lo es de la 
orilla. Pretendía Osuna desencantar el poder de Venecia, 
revolvedora del mundo con ejércitos alquilados y armas 

(i) Tarsiá, pág. 66. — P. Daru, Histoire de la rcpublique de Venise. 
(París, 1819.) T. IV, pág. 340. 

12 



90 Su VIDA 

aparentes; y que á la sazón, pretextando la enemistad de 
los uscoques, estrechaba al imperio en el Fn'uli á hierro y 
fuego, con designios de usurpar á Ferdinando, archiduque 
de Austria y hermano político del monarca español, los 
puertos que tenía por aquel lado en el Adriático. Las ma- 
quinaciones de esta república hicieron á Carlos Emanuel 
ambicionar el título, difícil cuanto magnífico, de libertador 
de Italia; forzáronle con empréstitos y donativos á levan- 
tarse de su postración y descaecimiento, y le trajeron á 
hostilizar al rey Católico, amancillando la gloria de España 
con entretenerle y competirle el triunfo. 

Hizo el virrey de Ñapóles caso de honra favorecer la 
española venganza contra aquel solapado enemigo, opo- 
niendo la sagacidad á la astucia. Entonces, con sabia pro- 
videncia, en un mismo punto socorrió á D. Pedro de Toledo, 
gobernador de Milán, enviándole contra el saboyano tres 
mil infantes, mil corazas y dos mil caballos; hizo pasar la 
caballería por los potentados, con mortificación de su va- 
nidad; y metió, fuera de toda sospecha y recelo, en el golfo 
veinte galeones poderosos y bien en orden, con que nece- 
sitó á los venecianos á retirar sus ejércitos para presidio de 
sus marinas y guarnición de sus bajeles. Irritada la repú- 
blica desposada con aquel mar que llamó suyo por espacio 
de doce siglos, trató de vengar tan inaudita profanación y 
ultraje; pero á vista de Gravosa, con dieciocho galeones, 
esperó y rompió el Duque toda la armada veneciana en 
número de más de ochenta velas (i); tomóles después dos 
mahonas, y en ellas todas las mercancías de Levante, que 
valieron más de un millón, enflaqueciendo la República 
hasta el punto que recelaba saco, y ni sabía qué hacer, ni 
acababa de creer lo que había sucedido. Respiraron los ar- 
chiducales, desesperó el duque de Saboya, desertaron los 
franceses, aclamaron los católicos, y se vio aquella república 



(i) Mediado noviembre de 1617. 



Obras de Quevedo 91 

orgullosa forzada á buscar amparo en Felipe III contra un 
vasallo suyo (i). Aquello receló Venecia del grande Osuna, 
y lo llegó á padecer, é inflamó su venganza. La prepara- 
ción de hechos tan atrevidos, las conferencias de Roma, 
Genova y Milán, y lo tocante á la restitución del Adriático, 
todo pasó por mano de QuEVEDO. Diéronle tamaño favor 
y asistencia fama entre los propios soldados, tanto, que en 
febrero de 161 7 le dirigió un discurso el capitán Camilo 
Catizón Sobre la buena ordeii de la milicia (2). Hizo parla- 
mento en marzo el reino de Ñapóles, encomendando á 
Quevedo (que no estuvo en él) que lo trajese á España, 
juntamente con un donativo de trece millones para el rey 
Católico y de cincuenta mil ducados para el de Uceda, de- 
signado protector y favorecedor de aquel territorio, como lo 
había sido del de Sicilia (3). Solicitábanse, entre otras, en 
los despachos cincuenta gracias en materias litigiosas de 
sucesiones de feudos }' fideicomisos, y se regalaron por ga- 
jes ocho mil ducados á nuestro procurador poeta (4). Con 
él solo estuvo paseando el Virrey ^a parte baja de la ciu- 
dad el domingo 19 de marz/^ e»» conversación muy tirada; 
y de ello tomó apunte e' cronista Zázzera como de cosa 
que había despertado la pública curiosidad. Osuna libró 
orden, con fecha 12 de abril, para que todos los goberna- 
dores, síndicos, electos y oficiales del reino por donde ha- 
bía de pasar Quevedo, le tratasen como al propio virrey. 
El domingo 16 partió con igual representación para Roma, 
Conferenció allí á solas con el Pontífice sagaz y lucidamente 
sobre la restitución del Adriático y otras materias graves 



(i) Quevedo, Mundo caduco. — Tarsia, pág. 67. 

(2) Biblioteca de Salazar y Castro, depositada en la Real Academia 
de la Historia, códice N. 27, fol. 145. 

(3) Obtuvo el hijo del favorito ea 27 de agosto c'/- 1617 cédula 
firmada de la real mano, aprobando y dando por bien hecb^s y admitidas 
las gratificaciones de Sicilia y Ñapóles y también el encargo de la protec- 
ción y asistencia de los negocios de ambos reinos. La cédula se halla lite- 
ralmente en el Memorial de Chumacero, pliego g. 

(4) Zázzera, fol. 50. 



92 Su VIDA 

y de riesgo; y la santidad de Paulo V, mostrándose muy 
satisfecho del mensajero, puso en su mano una carta para 
el Duque, remitiéndose á cuanto aquél le dijese de palabra. 
Volvió á Ñapóles, y arrancó para España en la mañana del 
miércoles 31 de mayo con dos fragatas á traer el dona- 
tivo (i). 

Hacía este viaje con la pausada solemnidad de estilo. 
Tocaron en Marsella las galeras, y á i.° de julio continua- 
ron su derrota; pero en su busca despachó tres días des- 
pués correo á toda diligencia el capitán Vinciguerra, para 
avisar al Embajador de haber partido de Nizza seis caba- 
lleros con el único objeto de asesinarle: llevaban sus señas 
y retrato, y juzgaban que desembarcaría en aquel puerto, 
prosiguiendo por tierra su camino. Igual noticia recibió el 
duque de Alburquerque, gobernador y capitán general de 
Cataluña, que en llegando á Barcelona D. FRANCISCO, le 
hubo de convoyar hasta Fraga con escolta de caballería, 
temeroso de alguna infame asechanza (2). 

Llegó salvo á la corte en 24 de julio; hallábase el Mo- 
narca en San Lorenzo del Escorial. Según instrucciones, 
dio cuenta lo primero al duque de Uceda y al padre con- 
fesor fray Luis de Aliaga, en quienes confiaba Osuna sus 
negocios y aumentos. Pidió luego una audiencia secreta de 
su majestad, y le fué concedida. Duró cerca de dos horas, 
y la curiosidad y envidia palaciega no olvidaron aquel favor 
ni lo perdonaron jamás. Los mismos que lo negociaban 
ignoraron siempre lo que se trató en aquella conferencia, 
cuyo objeto fué la restitución del Adriático, los medios de 
desconcertar á los venecianos, los importantísimos papeles 
que se habían cogido en Ñapóles á Robellón, agente y es- 



(i) Sigo en esto á Zázzera, como testigo presencial. Tarsia adelanta 
la salida al día 28, y supone que la expedición se componía de seis falucas 
armadas. Hubo ciertamente de deslumbrarle la fecha con que Osuna reco- 
mendaba al Rey los servicios de QuEVEDO. (Zázzera, fol. 62 v. — Tarsia, 
pág. 71.) 

(2) Tarsia, pág. 72. 



Obras de Quevedo 93 



pía del duque de Saboya, y justificar al de Osuna de las 
calumnias que extendía una maquiavélica venganza (i). 

Habló después á los consejos de Estado é Italia acerca 
de la recusación del conde de Lemos, que las plazas del 
reino de Ñapóles pedían por especial gracia en el parla- 
mento; y también contradijo el balance de cuentas que se 
querían tomar al Virrey. Los consejeros y oficiales, tal vez 
por la energía de Quevedo, oyeron más propicios las co- 
sas del Duque y templaron la dureza de sus opiniones (2). 

Á nombre del Virrey presentó OUEVEDO á su majestad 
una riquísima celada y rodela de ataujía de oro y plata (en 
oposición de unos halcones que le había ofrecido el conde 
de Lemos), pretendiendo con este regalo inflamar el ánimo 
del príncipe español, para que buscase en los triunfos de 
las armas la gloria de su imperio. Puso igualmente en las 
reales manos un despacho del gran D. Pedro Téllez Girón, 
fecha á 27 de mayo {3), encareciendo los méritos de nues- 
tro hidalgo, que en el cobro de la real hacienda había he- 
cho oficio de racional, de presidente, de contador y de car- 
celero, y añadía: 

«Suplico á vuestra majestad mande que con toda brevedad 
se despache D. Francisco de Quevedo, pues hasta su vuelta, lo 
más que puedo hacer es ir suspendiendo estos negocios, por la 
falta que tengo de persona de quien fiallos, y ser ellos de calidad 
que muchos que hasta ahora habrán vivido muy bien, corren pe- 
ligro en dejarse llevar de tanto dinero como ofrecen los que que- 
rrían rescatar lo más que pudiesen: pues es de suerte, que sé cierto 
que, aun sin hacer cosa mal hecha, tuviera hoy D. Francisco de 
Quevedo cincuenta 7?iil ducados, con que me hubiera propuesto 
disimulación ó flojedad. Vuestra majestad debe hacelle merced; 
pues cualquiera que se le haga, no trato de que la merece, sino 



(i) Quevedo, Lince de Italia. — Chumacero, Memorial, i^\\e.gos ^. 
y G. 

(2) Memorial, pliego I., fol. 19 v. 

(3) D. Pedro Aldrete Quevedo y Villegas, en la advertencia al lector 
que puso en Las tres t'dtiinas musas castellanas (1670), dice que tenía ori- 
ginal en su poder la carta, y que la fecha es de 20 de mayo; en Tarsia se 
lee 27. 



94 



Su VIDA 



del beneficio que resulta al servicio de vuestra majestad y á su 
real patrimonio: pues si los que sirven con fidelidad y limpieza 
no son premiados, pocos se hallarán que no quieran hacer ha- 
cienda y comodidad de las cosas que se les encargare, y ahorrar 
enemigos, pesadumbre y trabajo; pues lo uno es muy fácil, y lo 
otro muy dificultoso. Yo estimaré en lo que es justo que los que 
debajo de mi mano sirven á vuestra majestad, vea el mundo que 
yo les ayudo y vuestra majestad les premia.» 

Felipe III contestó al Duque por el consejo de Estado 
en la forma siguiente: 

<.iEl Rey. — Ilustre duque de Osuna, primo, mi virrey, lugar- 
teniente y capitán general del reino de Ñapóles: He visto lo que 
me escribisteis en 27 de mayo acerca del trabajo y desvelo con 
que D. Francisco de Quevedo anduvo en el descubrimiento de 
los fraudes que ahí se hallaron en la hacienda de mi real patri- 
monio, y la limpieza y cuidado con que ha procedido así en 
esto como en todo lo demás que le habéis encomendado, de que 
me tengo por servido. Y pues decís que su asistencia ahí será 
de provecho, le emplearéis y favoreceréis en todo lo que se ofre- 
ciere de su comodidad y acrecentamiento, teniéndole por muy 
encomendado para esto en todas las ocasiones de mi servicio; 
que yo holgaré de todo lo que por él hiciéredes. — De San Lo- 
renzo, á 28 de julio de 16 17. — Yo el Rey. — A?itonio de Aróste- 
guh (i). 

Entre estas atenciones no olvidó nuestro caballero com- 
poner el matrimonio del primogénito de Osuna con la hija 
de Uceda, que estaba á punto de romperse. Muy mozo el 
marqués de Peñafiel, criado hacía nueve años en casa de 
su futuro suegro y al lado de su novia, creyó más hermosa 
la fruta del cercado ajeno, y se enredó en amores de una 
muchacha que le devanó el juicio, convirtiendo la casa en 
campo de Agramante. Huyó el mancebo; costó no poco 
trabajo el reducirle; conciliados felizmente los ánimos, vino 
á esta coyuntura con dos galeras D. Octavio de Aragón 
con magníficos presentes para Uceda y su hija; y tuvo al 
fin Quevedo el gusto de llenar los vivos deseos de su ami- 

(i) Tarsia, págs. 73 y 75. La fecha de esta carta viene errada desde 
la primera impresión, estampándose 1618 en vez de 1617- 



Obras de Que vedo 95 



go ausente, preparando la boda, que se celebró en la ca- 
pilla real el lunes 1 1 de diciembre, siendo padrinos el Mo- 
narca y la duquesa de Medina de Rioseco, mujer del almi- 
rante de Castilla. Comió la novia con la princesa; por la 
tarde la sacaron de palacio en un palafrén, acompañando á 
los desposados el príncipe de Saboya; y fué aquel uno de 
los mejores días que tuvo la corte (i). 

Por cédula del 29 hizo á QuEVEDO la majestad del ter. 
cer Filipo merced de hábito de la orden de Santiago. Pre- 
sentóse al Consejo en 8 de enero de 161 8, y con brevedad 
extraordinaria se despachó el título en igual día de febrero, 
hechas cumplidamente las informaciones de costumbre. 
Para mayor solemnidad le dio el hábito el duque de Uceda 
en la iglesia de las religiosas descalzas bernardas del Sa- 
cramento, fundación suya, con muy solemne pompa; y así 
tuvieron los enemigos de D. FRANCISCO buena ocasión de 
afilar su lengua en la piedra de la murmuración y de la 
envidia, para celebrar la fiesta con décimas y sonetos sa- 
tíricos (2). 

Sin mediar todavía el primer trienio, prorrogado por 
otro más el virreinato del ardiente Osuna, puesta en su 
arbitrio la suerte de Venecia, encomiadas por el Monarca 
sus proezas y magníficas victorias, y dignamente condeco- 
rado su embajador con la cruz del patrón de las Españas; 
lleno éste de satisfacción por el buen éxito de cuantos ne- 
gocios vinieron á su cargo, atravesó el mar, y llegó al jardín 
de Europa cuando reía la primavera, se disponían para 
salir á corso los bajeles, y asordaba la marina el ruido de 
los aprestos militares. Su presencia en Ñapóles fué un 
triunfo, concurriendo la nobleza entera á darle el parabién. 



(i) Zázzera, fol. 62 v. — Memorial de Chumacero, pliego A., 4., y 
en varios otros. — León Pinelo, Historia de Madrid, MS. 

(2) Archivo del tribunal especial de las Ordenes militares. — Zázzera, 
fol. 105. — QuEVEDO, carta no publicada, fecha en la Torre de Juan Abad 
á 25 de febrero de 1636. — Biblioteca de Salazar y Castro, depositada en 
la Real Academia de la Historia, códice L., 68, fol. 4I. 

r 



g6 Su VIDA 

Cantó hermosamente en versos líricos el lucimiento de 
aquel día Carlos de Eybersbach, natural de Sajonia. Pon- 
deró su gozo con una oda latina el conde Julio César Stella, 
por contemplar sellado honrosamente el pecho de su amigo 
y verle de nuevo compartiendo con el insigne Girón los cui- 
dados y fatigas, y excitábale á cantar juntos las hazañas 
de tan esforzado caudillo. En esta ocasión de gracias y de 
albricias, con unos dísticos latinos demandó Miguel Kelker 
la protección de QUEVEDO, quien le amparó bizarramente, 
conociendo en sus odas y epigramas el mérito y doctrina 
del desvalido poeta (i). 

Las musas y delicias de la antigua Parténope tuvieron 
que ceder á los negocios de Estado. Con Osuna conferen- 
ció QuEVEDO sobre los que le trajeron á la corte del rey 
Católico, y pareció que debía recatadamente salir para Ve- 
necia, y discurrir con nuestro embajador D. Alfonso de la 
Cueva, marqués de Bedmar, acerca de los medios de afian- 
zar la tranquilidad de Lombardía, y salvar nuestros inte- 
reses y los del imperio (2). 

Tres dignos españoles, Bedmar, Osuna y D. Pedro de 
Toledo, marqués de V^illafranca, gobernador de Milán, co- 
nocían que aquella república ramera, que ganaba con su 
cuerpo para valientes que la defendiesen, era causa de to- 
das las guerras y trabajos de España. Y colocados estos 
varones en tres puestos que dominaban la paz y la guerra, 
y en comunicación segura por medio de un tan sagaz, dis- 
creto y entendido confidente como QuEVEDO, proyectaron 
redimir tanta sangre española, y derrocar en buena guerra 
el coloso de los Alpes. Miraban á la República estrechando 
su alianza con los holandeses, alentando con nuevos sub- 
sidios la resistencia del de Saboya (teníanle facilitado ya 
más de veintidós millones) y conservando las tropas extran- 



(i) Viiiceiitii Marinerii opera omnía (Turoón, 1633), págs. 401 y 
402. — Tarsia, págs. 38 y 76. 

(2) Memorial á^ Chuinacero, pliego n., fol. 25. 



Obras de Quevedo 97 



jeras, cuyo licénciamiento había anunciado. Dolíanse de la 
maña con que Venecia hostilizaba al archiduque Ferdinan- 
do, cuñado del católico Felipe; y, vasallos celosos, habían 
de poner en crucero los navios del Monarca para prestar 
socorros á un príncipe su pariente. Tocábales como á leales 
caballeros cumplir los mandatos de su rey, empeñado en 
conservar por honor propio en el austríaco el imperio y su- 
premacía de Italia. Ñapóles crecía, los tercios se aumenta- 
ban, cubríanse de armas y soldados los bajeles, agrupában- 
se gentes de todas naciones bajo las banderas del Duque. 
Desalentábanse, por el contrario, los que servían á sueldo 
de Venecia; varios descontentos hablaban de deserción y 
hacían tratos para que otros camaradas los siguiesen. Era, 
pues, ocasión favorable de hacer pública la flaqueza de aque- 
lla señoría, que se proclamaba muy prepotente. 

Quevedo tomó la posta para Brindis y, atravesando el 
golfo, arribó disfrazado á la ciudad que se levanta de entre 
las olas. Pero una aventura extraña é incalificable trajo á 
riesgo de muerte al embozado caballero, y echó por tierra 
sus mejores planes y los del príncipe su camarada y amigo. 
Uno y otro se equivocaban grandemente imaginando que 
el mensajero podía penetrar en la ciudad sin ser conocido 
de los espías de la República. 

¿Quién era Venecia, y cuál su situación respecto de Es- 
paña, en los momentos que vamos á referir? «Venecia (dice 
nuestro autor) es el chisme del mundo y el azogue de los 
príncipes; es una república que ni se ha de creer ni se ha 
de olvidar; es mayor de lo que convenía que fuese, y me- 
nor de lo que da á entender; es muy poderosa en tratos, y 
muy descaecida en fuerzas; suntuosa en atarazanas, nume- 
rosa en bajeles aprestados para quien temiere los vasos de 
una armada sin ella; es un dominio que desmiente muchos 
miedos. Temen que España les quite la ganancia de re- 
vendedores en Levante de lo que compran en Ñapóles y 
Sicilia. Es un estado el más propenso á divisiones que hay, 

>3 



98 Su VIDA 

y por deslumhrarnos de esta perpetua flaqueza suya, no 
dejan descansar algún príncipe. Es más dañosa á los ami- 
gos que á los enemigos; su abrazo es una guerra pacífica. 
Su riqueza es la escala de Levante: oficio que á poca costa 
le quitara el puerto de Brindis, si no estuviera ciego como 
los que no importunan á vuestra majestad que le limpie. 
Y yo sé el modo, y allá saben que lo sé yo (i).» 

Quien aparenta otro de lo que es, se desatina en des- 
pecho y venganza al ser descubierto y conocido; quien tiene 
su medra en la reputación de poderoso y temible, si osan 
arrancarle la máscara, atropella por todo. El delito de co- 
nocer á Venecia era para los venecianos imperdonable en 
QUEVEDO. Su visita al Pontífice en el año anterior, su 
partida á España, que lo del parlamento era un pretexto, 
que á Madrid le llevaban asuntos gravísimos en daño de 
la República; todo lo supo ella, teniendo arte para hacer 
que el duque de Saboya enviase los asesinos que burló el 
capitán Vinciguerra. Supo la conferencia secreta de QUE- 
VEDO con el Monarca, el regreso á Ñapóles, el repentino 
viaje del golfo, y ahora el arribo á aquellos muros jamás 
profanados de enemigos. Enfurecíase al recordar que había 
humillado su orgullo á vista de Gravosa el duque de Osuna; 
y por los embajadores y por los espías de todas partes, se 
convenció de que Felipe III en público desaprobaba la con- 
ducta del Duque, pero la autorizaba en secreto. Sólo en 
último extremo hacía Venecia descubiertamente la guerra, 
fiando más en la astucia, en la intriga y en la negociación 
que en el trance de las armas; y ahora veía disparados en 
su contra sus mismos dardos, con más el plomo y el acero. 
Nunca armazones enemigas oprimieron su golfo desde los 
tiempos de Otón, hijo del emperador Federico; y una vez 
rota la barrera, debían multiplicarse los escándalos y se- 
guirse el descrédito y la ruina. Al punto comprendió cuánto 



(l) Lince de Italia. 



Obras de Ouevedo 99 



había de temer de Osuna, hábil é impetuoso contrario, co- 
locado en puesto desde donde podía ahogarla impunemen- 
te. Tomada por los uscoques y napolitanos la boca del 
golfo, y con cartas de marca los corsarios, la pérdida de 
Venecia era inevitable y segura. 

No se descuidaron desde un principio sus agentes en 
corromper con oro á los personales enemigos del Duque, á 
fin de que contra él elevasen duras quejas al Monarca; para 
desacreditar su gobierno salían voces en Madrid de las mis- 
mas casas de algunos embajadores extranjeros, como si en 
ellos pudiera haber celo de lo que á estos reinos conviniese. 
Los galanteos, los dichos desenfadados, las frases bizarras 
del Duque, sus acciones todas, venían desfiguradas á la 
corte de Castilla con algún aparente fundamento, para ha- 
cer más eficaz la calumnia (i). Pero este sistema, aunque 
de resultado seguro para la perdición de la víctima, pedía 
tiempo y sazón, y era inútil para atajar los males del mo- 
mento. Estrechábanse las distancias, se veía venir el mo- 
tín y deserción de los mercenarios, las confidencias de los 
delatores y espías aumentaban el sobresalto y recelo; no 
había que perder ni un solo instante. Puso á contribución 
la Señoría el ingenio de sus hijos; y con el propio misterio 
y en las mismas tinieblas con que enjuiciaba y perseguía, 
y con la impasibilidad misma con que á sus operaciones 
mercantiles sabía sacrificar todas las consideraciones hu- 
manas, proyectó y dispuso el remedio. En juntas nocturnas 
y secretas reuniéronse los Diez, buscando un arbitrio enér- 
gico, inesperado, increíble, que diese lugar á muchas y des- 
atinadas versiones, que nunca pudiese descifrarse bien, cuya 
narración exaltase la fantasía, inclinando á explicarle con 
fundamentos recónditos, muy graves y muy justificados. Un 
fraile servita despejado y travieso halló traza de satisfacer 
todas las imaginaciones, de atar los cabos todos, de ganar 

(i) Me/norial áe Chumacero, pliegos A,, fols. 2 y 4 vs.; E., fol. 10; 
L., fols. 23 y 24; n., fol. 25. 



lOO Su VIDA 

amigos y derribar muchos contrarios con un solo golpe. 
Ofrecía reprimir la insolencia de las tropas asalariadas, ate- 
morizar á los débiles, castigar á los rebeldes, granjearse al 
Turco, hacer odioso el nombre español, echar su embaja- 
dor de la ciudad, inflamar el espíritu de los pueblos, ar- 
marlos contra España, y hacerles aumentar el tesoro, le- 
vantar los estados de Italia, y empeñar á los potentados en 
el exterminio de los extranjeros que oprimían las fértiles 
campiñas que parte el Apenino y ciñen los dos mares; y 
dejando un problema difícil de desatar para los historiado- 
res, hacer interesante á Venecia á los ojos de todo el mun- 
do. Tal es la explicación exacta de la célebre conjura de 
1618. 

Sábado 19 de mayo aparecieron ahorcados muchos 
hombres, extranjeros todos, en la plaza de San Marcos; este 
horrendo espectáculo se reprodujo en mayor número el 
día 26. La sorpresa de la población fué indecible. Díjose 
que las prisiones eran sin cuento, que estaban repletos los 
calabozos del consejo de los Diez; hablábase de ejecuciones 
nocturnas y secretas; los canales y lagunas daban señales 
ciertas de haber tragado no pocos hombres; corrían noti- 
cias de iguales escarmientos en castillos de la marina y de 
que varios extranjeros empleados en la flota habían pere- 
cido á puñaladas, ahogados á cordel ó entre las olas. Á 
tal espanto se agregó la nueva de un horroroso peligro. 
Divulgóse que la República estaba amenazada de muerte; 
que existía una conspiración para entregar al fuego las ata- 
razanas, saquear la casa de Moneda, la Aduana, y volar 
con una mina el Senado cuando estuviese en él reunida la 
nobleza. Y se hizo correr la especie de que para disponer 
tan execrable acción había recibido el embajador de Es- 
paña ochenta mil escudos, y el virrey de Ñapóles enviado 
á la deshilada, cargados de dádivas y esperanzas, muchos 
extranjeros, la mayor parte franceses, á quienes la Repú- 
blica, por sus urgencias, había recibido y mantenido á su 



OllRAS DE Que VEDO 1 01 



costa (i). Un cuidado especial hubo en que la voz pública 
designase por cabeza de la conjuración al normando Jac- 
ques Fierres, y el general Pedro Barbarigo le hizo morir en 
la isla de Curzola, arrojándole al mar dentro de un saco. 
Cegóse el populacho, insultó las casas de Bedmar, tuvo al 
fin éste que abandonar á Venecia, y cinco meses después 
un decreto del Senado acordó gracias solemnes á la Provi- 
dencia por haber salvado la República. 

No dio ésta el menor conocimiento del suceso á poten- 
cias amigas ó enemigas: siendo tan acriminadora de las ac- 
ciones españolas, y deseando tanto desacreditar su nom- 
bre en todas partes, en ninguna, ni en público ni en se- 
creto, dio quejas ni imputó á España el proyecto; dejó, sin 
embargo, correr todas las versiones por absurdas que fue- 
sen, y únicamente trató de desvanecer una, por lo mismo 
que tenía fundamento. Dijo que era pura invención de los 
que tenían interés en ocultar la verdad, y de los que hacía 
muchos años conspiraban contra el arsenal, el erario y la 
nobleza, suponer que fué la muerte violenta del infortunado 
Jacques Pierres un sacrificio hecho á la Puerta Otomana. 
La disculpa sola bastaba á poner fuera de duda la verdad 
del hecho. Fué Jacques Pierres terror de los turcos, deso- 
lando su comercio y revolviendo los mares de Levante con 
arriesgadas y continuas empresas. Entró al servicio del du- 
que de Osuna, tan amigo de los que abrigaban gran cora- 
zón y no vulgar ingenio; pero le dio el pago que suele tal 



(i) Ni siquiera el mérito de la invención y de la novedad tenía este 
pretexto en que se fundaba el arbitrio del servita. Encuéntrase en el Libro 
que micer Antonio Panormitano compuso en 1455 de los dichos y hechos 
del famoso y decantado rey de Aragón D. Alonso, llamado el Sabio, conquis- 
tador de Ñapóles, de quien fué maestro, secretario y consejero el autor. 
Cuenta que el magnánimo príncipe rechazó con indignación la oferta que 
un aventurero le hacía de incendiar las atarazanas y galeras de Venecia, 
calificando el hecho de pérfido y de injusto. (Fol. 44 de la traducción espa- 
ñola; impresión de Valencia, en casa de Juan Joffre, MDXXVII.) 

Suponer, pues, ahora en e! Duque virrey una acción que desde lo anti- 
guo se había condenado como infame, era soberbia traza para exasperar los 
ánimos. 



102 Su VIDA 

casta de hombres, huyéndose á la república de Venecia y 
ofreciéndole su brazo, mediado ya el año de 1617. Ella, 
tan suspicaz y recelosa, ¿cómo no temer algún lazo en la 
fuga del capitán aventurero? Espiándole, supo que trataba 
con el duque de Nevers de invadir la Morea (i). Interceptó 
papeles que descubrían todo el proyecto, y los puso inme- 
diatamente en Constantinopla. El Turco, agradeciendo la 
oficiosidad veneciana, exigió el exterminio del Jacques Fie- 
rres (2). 

Más de treinta víctimas sacrificó en su frenesí la Seño- 
ría: martirizó en el tormento á muchos antes de arrancar- 
les la vida; hizo apariencia de proceso, lleno de contradic- 
ciones y absurdos, y en él figuraron acusados y acusadores; 
pero dícese que todos fueron declarados culpables; y todos, 
con rara excepción, perecieron míseramente (J). 

En aquella noche terrible de espanto, consternación y 
exterminio, libró OUEVEDO por un milagro la vida. Con há- 
bito y ademanes de mendigo, todo haraposo, é imitando con 
arte sumo el acento italiano, se escapó de dos esbirros que 
le perseguían para matarle; entre ellos estuvo; le observa- 
ron, sin sospechar jamás que fuese extranjero. Siempre que 
años adelante en el esparcimiento de la amistad solía ha- 
cerse memoria del suceso, era lo más que se le oía motejar 
de torpes y descuidados á los asesinos (3). Con extremada 



(i) Pretendía el Duque haber heredado los derechos de los Paleólo- 
gos á una parte de Grecia. 

(2) Complicóse con esto para acelerar su ruina, que de su ingratitud 
resentido el Virrey de Ñapóles, quiso despertar celos en los nuevos amos 
del pirata, y á título de amistad y resto de sueldos, con unos mercaderes 
venecianos envióle públicamente cuatro mil escudos. (Dell' Historia di Fietro 
Giovanni Capriata, lib. VI, pág. 512.) 

Tarsia cuenta de muy diverso modo el suceso, afirmando que Jacques 
Fierres, un español genízaro (Alejandro de Espinosa) y Quevedo fueron 
juntos á Venecia á hacer una diligencia de grande riesgo. (Pág. 89.) Espi- 
nosa había ya muerto; los decenviros le dieron garrote como emisario del 
duque de Osuna, en el año de 1617. 

(3) Tarsia, pág. 89. — «Habiéndosele ofrecido al duque de Osuna el 
valerse de su persona para que fuese á Venecia á tratar algunas cosas acerca 
de componer las disensiones que aquel reino (el de Ñapóles) tenía con 



Obpas de Quevedo 103 



precaución, entre los ayes de los moribundos, entre los 
golpes de los verdugos y entre las blasfemias de los sica- 
rios, salió de la ciudad. ¡Cuantas veces le estremecería el 
murmullo del viento y el choque de las olas, remedando 
voces humanas de persecución y de muerte! ¡Cuántos ries- 
gos que arrostrar, cuánto que vencer, hasta pisar las risue- 
ñas y floridas riberas de Ñapóles! 

Poco tardaron los venecianos en descubrir la mala salud 
de sus pensamientos respecto de QuEVEDO. Al instante, 
engañados por haber creído de nuestro autor un aviso (rag- 
gjiúglio) á que responden, imprimieron contra él un libro 
en Antinópoli, compuesto por Valerio Fulvio, saboyano, y 
dirigido al propio duque de Saboya. Titúlase Castigo cssem- 
plare de cahumiatori, y está lleno de maldades y mentiras 
contra la persona de D. FRANCISCO, por vengarse de que 
decían que él y otros dos, por orden del duque de Osuna, 
trataron en Venecia de saquearla ú disponerlo (i). Lláman- 
le nigromante, y que pretendía hacerse reina de Italia (2). 
Allí se apuntó la especie de que Osuna pensaba en levan- 
tarse rey de Ñapóles. Haciendo que de este modo corriese 
en el vulgo, é intrigando por bajo de cuerda con los impla- 
cables enemigos del Duque, se completó la segunda parte 
de la verdadera conspiración (LXVI-LXXVIII). 

Este príncipe inmediatamente envió á España á QUE- 
VEDO, noticioso de que la República dirigía contra él quejas 
á su majestad, que entendió en ello por el consejo de Es- 
tado, corriendo los papeles á cargo del secretario Ziriza. Á 

Venecianos, conociendo que esto cedía en utilidad del bien público, disfra- 
zado hizo la diligencia con gran trabajo y riesgo de su vida.> (Advertencia 
al lector, en Las tres musas últimas castellanas, que publicó D. Pedro Al- 
drete Quevedo y Villegas en 1670.) 

( 1 ) Quevedo, Lince de Italia. — Los autores del Tribunal de la justa 
venganza (pág. 19) calificaron á Fulvio de diligente y fiel historiador de 
la vida y costumbres de nuestro poeta. 

(2) Lo mismo viene á indicar Jáuregui en su comedia del Retraído, 
tratando de zaherir á QUEVEDO: «L'n tiempo delante de Apolo se hizo tam- 
bién señoría hembra. Venecia sabe lo que en esto hubo, y mejor su plaza 
de San Marcos.» 



104 Su VIDA 

la vez que el caballero santiaguista, llegaron impresos con 
la noticia de haberle mandado quemar en estatua el senado 
de Venecia: el populacho lo había hecho ya el año antes 
con la del duque de Osuna. 

Aquella república se desató en calumnias, fingía reve- 
laciones, cartas y papeles, para rehabilitar el pabellón de 
San Marcos, deslucido por las acciones marítimas del Du- 
que, y trabajó por que se pudiera sospechar haber estado 
con él algún tiempo en connivencia, fingiéndose enemigos, 
para ayudarle con secreto y holgura en el proyecto de pro- 
clamarse rey de Ñapóles. Esto se estampó en ragiiallos so- 
ñados para desmentir públicas victorias; y ni faltó allá un 
reino que se pusiese á escribirlo, y aquí y allí otros á creer- 
lo, ni historiadores que recogiesen con avidez tales habli- 
llas, y compusiesen con ellas sus discursos (L). 

Por octubre arrojó del valimiento al duque de Lerma 
su hijo el de Uceda: tal es la ambición, que rompe y atro- 
pella por la propia sangre. Parecía con esto haberse abro- 
quelado el Virrey contra el ímpetu de tantas recriminacio- 
nes. Mostrábase, con todo, el marqués de Siete-Iglesias, don 
Rodrigo Calderón, inclinado á las voces que esparcían los 
adversarios, y QUEVEDO escribió al duque de Osuna que 
no se correspondiese con él. Por satisfacción de su senti- 
miento envió el Duque la carta á D. Rodrigo, quien, para 
confusión de QuEVEDO, se la mostró en su palacio. Nues- 
tro caballero la reconoció por suya con arrojamiento ven- 
turoso, no sin vanidad de hacer menos caso del enojo del 
favorito en su casa, que el Duque desde Ñapóles. Retirado 
con ceño el Marqués, recibió orden el caballero de ampa- 
rarse de Uceda en todo, y tratar con él los negocios del 
virreinato, sin otra asistencia alguna. 

Arreciaba entre tanto la tempestad de acusaciones y 
quejas asestadas con diabólico artificio para perder al mor- 
tificador de los venecianos. Un sinnúmero de agraviados y 
quejosos conjuráronse con el propósito de satisfacer los de- 



Obras de Quevedo 105 



seos del norte de Italia. No perdonaron en Osuna alma, 
fidelidad ni reputación; manosearon con desaliño tanta gran- 
deza, hicieron relaciones de excesos abominables atribuí- 
dos al Virrey, logrando que las leyese la majestad Cató- 
lica, y que se imprimiesen con horror en su ánimo reli- 
gioso. Entendiólo QuEYEDO, y aventurándose con Uceda, 
le significó su pesar con alguna entereza, porque, siendo el 
valido la puerta por donde entraban las acusaciones, hu- 
biese estado abierta en daño del famoso D. Pedro Téllez 
Girón, ministro tal, que nunca tuvo otro más grande la co- 
rona de España. Respondió Uceda que le parecía bien la 
advertencia, con semblante de que le parecía mal; escribió 
á su consuegro que la libertad del agente era desapacible 
á los negocios, y que convenía sacarlo de ellos con breve- 
dad. Con ello dio el Virrey oídos á los entremetidos y en- 
vidiosos, y dijo en público palabras que le mostraban des- 
compuesto con D. Francisco. Los adversarios de éste le 
escribían intimidándole para que no se arrojase á volver á 
Italia, porque peligraría su vida, para ver si, deteniéndole 
con el miedo, le hacían culpable á los ojos del valeroso 
amigo (i). 

Con desprecio de esta persecución, pasó á Ñapóles en 
compañía del marqués de Santa Cruz, que fiíé huésped del 
Duque y testigo de todo. Acarició á QuEVEDO en el reci- 
bimiento, y aquella noche hablaron de palabra lo que no 
se pudo fiar á la pluma. Pero en el sinsabor de tales pláti- 
cas vio nuestro hidalgo adolecer su opinión y enfermar su 
buena dicha, formando resuelto ánimo de descansar de estos 
odios, bajarse de donde querían derribarlo, y volver á la 
patria para entregarse todo á la dulce tranquilidad del cam- 
po, á las musas y á las letras, y hacer que de molde corrie- 



(i) Memorial de Chumacero, pliegos C, fol. 7 v., L. 24 y i 17. — 
Quevedo, Grandes anales de quince días. 

A 12 de marzo de 1619 escribió un discurso histórico-teológico sobre 
La primera y más grande persecución de los judíos^ 



H 



I06 Su VIDA 

sen las obras de su aplicación provechosa y de su roza- 
gante ingenio (i). Al siguiente día mostró su propósito de 
regresar á España: pidió licencia, y mientras le fué conce- 
dida, esquivó toda ocasión de que pusiese á prueba su pa- 
ciencia la sequedad del Duque. 

Abandonado á sí mismo este varón, grande en las vir- 
tudes y en los vicios, de ingenio vivo, pero turbulento, san- 
griento en las iras, inconstante en las amistades, peligroso 
en los favores, beneficiado en riqueza, allanó el camino del 
triunfo á sus émulos, con la desenvoltura de la vida y la 
ejecución licenciosa de sus apetitos. «Su ánimo (dijo por 
entonces un gran político español) era levantado, amigo de 
empresas y novedades, pronto en los medios, fácil en la 
disposición de ellos; obraba con movimientos repentinos, 
sin el gobierno de la consideración; dado á las delicias de 
mujeres, entre ellas levantaba el pensamiento á cosas gran- 
des; su prodigalidad era inconsiderada; apetecía los bienes 
ajenos y despreciaba los propios; la facundia mucha, la pru- 
dencia poca» (2). 

De estas y otras calidades se tomó pie para destemplar 
su gobierno y desacreditarlo, y alborotándose las olas de 

(i) Hay que suponer, mientras no parezcan nuevos datos, que nin- 
guno de los escritos de Quevedo se dio á la estampa hasta el año de 1620, 
y que fué el primero el Eptlume á la historia de la vida egemplar y glo- 
riosa muerte del bienaventurado fray Tomás de Villanueva, arzobispo de 
Valencia. Encargado fray Juan de Herrera de las fiestas de su beatifica- 
ción, supo hacía diez años que estaba escribiendo Quevedo la obra grande 
de la vida del Arzobispo, y le pidió hiciese este Epitome para informar 
con brevedad la noticia de todos. Acabóle en doce días, y le vendieron los 
ciegos en los festejos del día 18 de setiembre. 

(2) A no dudar es este retrato de la pluma de D. Diego de Saavedra, 
que intervino en los escándalos de Ñapóles por junio de 1620, como secre- 
tario del cardenal Borja. (Biblioteca Nacional, H. 53.) 

Véase, en oposición, cómo retrata Quevedo á su favorecedor y amigo: 

«Otros decían que el Duque había perdídose por ser hipócrita de peca- 
dos; agradeciendo el crédito anticipado que le daban, á los delitos que él 
se levantaba á sí mismo, los que le oían cuando se mostraba muy elocuente 
en desacreditarse. No hubo desgarro que no dijese que le había de hacer, 
ni cosa buena que no hiciese. Sus servicios fueron tantos y tales, que le 
acobardaron el premio y le solicitaron la invidia. Otros, ostentando adver- 
tencia política, encarecían la maña con que los enemigos de la corona de 



Obras de Quevedo 107 



la emulación y de la envidia al embate de tres años conti- 
nuos triunfaron del siempre triunfador. «Vino el Duque 
echado de Ñapóles, y á vista de toda España (dice QUE- 
VEDO), hizo conmigo más demostraciones de amor que 
nunca, y tantas caricias, que hubo quien dijese que la des- 
avenencia pasada había sido traza entre los dos; y con estas 
acciones y favores decía que sólo yo le había dicho lo que si 
hubiera hecho, no se viera en el estado que lloraba. Y como 
le vían comer y andar siempre conmigo, y sólo asistir á mi 
casa, los que me habían descompuesto con él, temiendo que 
yo, desobligado, no le advirtiese de lo mal que le divertían 
sin remedio ni castigo, dejándole en manos de la persecu- 
ción, ó porque no viese la gente juzgado el pleito en mi 
favor, — asiendo de los primeros achaques, me prendieron 
y desterraron.» El Duque entró en Madrid á 10 de octu- 
bre de 1620; la prisión de nuestro poeta debió de verifi- 
carse en la fuerza del invierno. Facilitó la resolución y le- 
vantó la cantera D. Fernando Acebedo, á quien hubo de 
conocer aquél en Alcalá de criado del maestro Pedro Arias, 
en el colegio del Rey; y llegando á ser arzobispo de Bur- 
gos y presidente de Castilla, reventaba de vanidad, y pre- 
sumía de hidalgo, descendiente de príncipes y emperado- 
res: ilusiones y encantos que convertía en tesoro de duen- 
des la sátira y la malicia del caballero oriundo de la Monta- 
ña (M). El achaque de la prisión de D. FRANCISCO fué que en 
su casa entraba el Duque á todas horas, y que le asistía á 
los gastos y fiestas con lisonja; dando á entender que el pa- 
recer y consejo del amigo tenían la culpa de todo lo que se 
murmuraba en el procer. Por orden de Felipe 111 lleváronle 



España se habían vengado de la ceniza que les puso en todas partes; y 
tenían esta persecución por encaminada de venecianos y piamonteses, y otros 
á quien el Duque hizo recuerdos de la grandeza de España, esforzados y 
dichosos.» (Grandes anales de quince días.) 

En el Memorial de Chumacero están consignados los singulares servi- 
cios y prendas de Osuna: pliegos C, fol. 8 v.; G., 15 v.; 1., 21; no., 24 v.; 
n., 25. 



I08 ' Su VIDA 

á Uclés, y después á la Torre de Juan Abad. Pidió las cau- 
sas por que le perseguían, y no se las dieron, ni repararon 
en confesar que le castigaban de memoria. Tan ofendido 
estaba el favorito del Monarca y el presidente de Castilla, 
que, á no morir el Rey, no le concedieran volver á Madrid 
en muchos años (i). 

A la muerte de Felipe III (31 de marzo de 1621) siguió 
la revolución que trae consigo el advenimiento de un nuevo 
príncipe. Vino á tierra el valido, levantóse otro. Y como, 
descuajado por los huracanes el corpulento cedro, lleva tras 
sí los arbustos que de su sombra se amparaban, tal con 
el duque de Uceda cayeron sus hechuras. En él había apren- 
dido el conde de Olivares á alzarse con la privanza, y en 
su padre D. Francisco Gómez de Sandoval, duque de Ler- 
ma, á ganar temprano la voluntad del sucesor de la coro- 
na. Esclavizó su ayo al tercer Filipo facilitándole oro para 
secretas limosnas; D. Gaspar de Guzmán hizo posesión suya 
á Felipe IV corrompiéndole y dando libre rienda á sus pa- 
siones y desordenados apetitos. Fueron contrarios los me- 
dios, el fin uno mismo. Soberbio y taimado, abrigaba el 
conde de Olivares odio invencible contra la casa de Sando- 
val, y cuando tuvo en el trono al Rey su pupilo, tiró á des- 
hacerla y aniquilarla. Los excesos de esta prepotente fami- 
lia habían de cohonestar cualquier persecución, por rigurosa 
que fuese; la cual, por otra parte, debía de ser grata al 
pueblo, que estaba hambriento de justicia. Algunos des- 
agravios, acertadas providencias en un principio, muchos y 
galanos ofrecimientos, y el cebo de la medra, haciendo bo- 



( I ) Grandes anales de quince días. 

Once años dice Quevedo, en el Lince de Italia, que fueron los que 
sirvió á su majestad en aquellos reinos con asistencia en Sicilia y Ñapóles, 
y noticia y negocios en Roma, Genova y Milán; haciendo en este tiempo 
catorce viajes por mar y tierra, que tuvieron, no sin fruto, más de estudio 
aprovechado que de peregrinación vagamunda. 

Tarsia reduce á nueve los años y á siete los viajes. 

Ceñida mi narración á datos y documentos seguros, descubre lo que 
hay de exagerado ó falto en uno y en otro aserto. 



Obras de Quevedo 109 

tín los despojos de los caídos, habían de traer secuaces y 
amigos á los que se apoderaban del timón del Estado, y 
engendrar lisonjeras esperanzas. Nada de esto pudo ocul- 
tarse al conde de Olivares: aparentaba desdeñar el poder, y 
cederlo á su tío D. Baltasar de Zúñiga; pero en un punto 
resonó el trueno é hirió el rayo de su venganza. Embara- 
zóse en el bonete del Cardenal duque; pero estrenáronla 
Osuna y Uceda; la amistad y obligaciones del Conde para 
con el marqués de Siete-Iglesias permanecieron mudas, y 
el Marqués subió al patíbulo y entregó su cuello al verdugo. 
Estrépito de cerrojos y cadenas, tropel de alguaciles, esto- 
ques y alabardas, cercando casas de proceres y ministros, 
ó llevándolos por las calles públicas en la mitad del día, al- 
ternaron con las fiestas y vítores de un pueblo que salu- 
daba el sol de un nuevo reinado. 

Sucesos de tamaña importancia corrían por la Península 
rápidamente, llegando muy luego á noticia del prisionero de 
la Torre de Juan Abad. Aliviaba allí con las ciencias y las 
musas la soledad de su encierro, y desataba los raudales 
de su experiencia, viviendo en agradable compañía con los 
recuerdos de tantos años de agitación y estudio y de tan nu- 
merosos viajes. F'ruto de esta soledad entretenida fueron los 
apuntamientos titulados Mundo caduco y desvarios de la 
edad en los años desde lóij á 1620, y Los grandes anales 
de quince días, historia d^ muchos siglos que pasaron en un 
mes, donde escribió la deshecha borrasca de los favoritos 
del rey difunto. Retocó, aderezó y compuso un hermoso 
libro que tenía bosquejado hacía ya cerca de cinco años, la 
Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás; 
y comentó asimismo por aquel tiempo la Carta del rey don 
Fernando el Católico al primer virrey de Ñapóles, no lle- 
vándole tal vez á remitirla á D. Baltasar de Zúñiga mejor 
propósito que atizar la persecución contra el cardenal du- 
que de Lerma, amparado en las protestas y amenazas que 
hacía para su defensa el papa Gregorio XV. ¡Tanto puede, 



no Su VIDA 

aun en pechos nobles y sabios, un grande resentimiento! 
Con la gravedad de tales estudios alternaban en el encierro 
poesías de burlas y discursos amenos, lozaneando en ellos 
el genio é ingenio del escritor festivo y punzante (i). Hijo 
de estos sabrosos esparcimientos fué el Sueño de la muerte 
(Visita de los chistes), que nuestro autor quiso que fuese el 
último de los Sueños. 

Los jueces que procesaban á los tres duques trajeron 
en agosto de 1621 á Madrid por breves días á QuEVEDO, 
señalándole su propia casa por cárcel. Tomáronle declara- 
ción de sus cartas; dióla, agravando á Uceda por las quejas 
que de él tenía; pero en aquéllas no se rió necedad ni acusó 
delito. Sin embargo, interpretándolas torcidamente el fiscal 
de la causa para estrechar á Osuna y Uceda, y defendiendo 
á los duques perseguidos su abogado, lastimaron la honra 
y opinión de QuEVEDü, que, si bien estragada y persegui- 
da, no fué nunca infamada con nota ni delitos de mala voz. 
Llamábase el letrado D. Francisco de la Cueva y Silva; era 
famoso y el primero de la corte, y tratando siempre con 
magnates necesitados de su farándula, dábase más impor- 
tancia que un ministro; hombre de malísimo gusto, de con- 
fuso y embrollado entendimiento, y cuya ciencia consistía 
en llover diluvios de citas en sus alegatos. Ni hay voces 
para encarecer hasta dónde extremaba esta pedantería, ni 
paciencia para leer hoy una sola plana de los que se conser- 
van impresos (2). QuEVEDO se vengó del licenciado retra- 
tándole de mano maestra en el Sueño de la muerte, que 
dedicó y envió desde la Torre á D.^ María Enríquez, dama 



(i) «Grande fué su fortaleza. Las persecuciones, prisiones y trabajos 
que la envidia de sus enemigos le causaron, nadie los ignora: en las prisio- 
nes primeras que tuvo en la Torre de Juan Abad escribió las poesías más 
burlescas y de mayor chanza que hay en sus obras.» (El sobrino de QuE- 
VEDO, en el prólogo á Las tres t'dtinias musas, 1670.) 

(2) Grandes anales de quince días. — Me/norial del pleito que el señor 
don "Juan CJuimacero y Sotomayor, Fiscal del Consejo de las Ordenes y de 
la yunta, traía con el Duque de Uceda: impreso por la viuda de Fernando 
Correa, Madrid, 1622. Pliegos B., fol. 5 v.; a., i; b., 4. 



Obras de Quevedo i i i 



de la reina Isabel de Borbón, mujer de Felipe IV, en 6 de 
abril de 1622. Mostrándose rendido y galán con esta seño- 
ra, y ponderándole cuan preocupado vivía después que pudo 
admirar su belleza, concibió esperanzas de romper las pri- 
siones, de tener un apoyo firme en palacio, y aun de lo- 
grar en él algún destino importante. 

Alcanzó por el pronto licencia para irse á curar á Villa- 
nueva de los Infantes de unas tercianas malignas. Traíanle 
todo el invierno muy mal parado; y por la falta de médi- 
cos y botica, y por la sangría que le hizo en la Torre un 
barbero gañán del lugar, corrió muy grande peligro. En el 
estado miserable en que se encontraba, escribió al Presi- 
dente de Castilla «haber visto muchos condenados á muer- 
te; pero ninguno á que se muriera.» Con el regalo y hol- 
gura de la tierra y la asistencia de buenos médicos resta- 
blecióse luego, y en diciembre diéronle por libre los seño- 
res de la Junta, prohibiéndole entrar en la corte ni acer- 
carse á ella diez leguas á la redonda, cortapisa que des- 
apareció por marzo del año siguiente (i). Acababa de pu- 
blicarse en el mes anterior la pragmática relativa á la re- 
forma de trajes y represión del lujo: una de tantas providen- 
cias con que (ayudando la ignorancia de aquellos tiempos 
en materia de economía política y buen gobierno de la re- 
pública) consiguió deslumhrar á los más astutos el conde 
de Olivares, prometiendo'reparación de agravios á los po- 
bres, disminución de cargas y tributos á los pueblos, anun- 
ciando, en fin, á España el reinado de la justicia. QuEVEDO 
saludó al favorito poniendo en su mano la Epístola satírica 
y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, 
escrita en magníficos tercetos, y dirigida á ponderar aquella 
providencia. En la epístola se nombra ya Señor de la villa 
de la Torre de Juan Abad; y por entonces debió de entrar 
en palacio, sin que hasta ahora se haya podido averiguar 



(1) Tarsia, págs. 9 1 y 92. 



112 Su VIDA 

con qué carácter, ni á quién debió distinción tan ambicio- 
nada (i). 

La primavera y el estío del año de 1623 se pasaron en 
justas y regocijos, celebrando la venida del príncipe de 
Gales y su desposorio con la infanta D.^ María, hermana 
de Felipe IV. Lo inesperado y nuevo del suceso, las pere- 
grinas circunstancias de que estuvo rodeado, las cuestiones 
religiosas que suscitó, y la grandeza de los espectáculos 
públicos que le solemnizaron, no dejaban parar las musas 
españolas. El ingenio se agotó en el teatro; y las fiestas de 
toros, los saraos y los torneos eran cantados por un ejér- 
cito de poetas. QuEVEDO ni tenía condición de callar cuan- 
do el regio alcázar rebosaba en alegría, ni de estarse con 
los brazos cruzados cuando los vates divididos en huestes 
contrarias se acometían unos á otros como tigres y leones. 
Todos cayeron sobre el buen D. Juan Ruiz de Alarcón y 
Mendoza, el más profundo, filosófico y pulcro de nuestros 
dramáticos, por habérsele preferido para describir los toros, 
cañas y escaramuzas que regocijaron la Plaza Mayor el lu- 
nes 21 de agosto (N). 

Tuvo la venida del inglés por uno de sus principales 
objetos la restitución del Palatinado (2). Felipe IV, aconse- 



(1) El biógrafo D. Pablo Antonio de Tarsia cuenta que por haber 
gastado en su prisión y guarda D. Francisco cantidad de hacienda consi- 
derable, sin que ninguna satisfacción se le diese, por aquellos días suplicó 
á S. M. que los cuatrocientos escudos de pensión de que se le hizo merced 
siete años antes se le situaran en Milán, Ñapóles ó Sicilia, ó bien se le diese 
recompensa en algún presidio en España ó con alguna encomienda en su 
orden de Santiago. Añade que esto no tuvo resultado y que nuestro escri- 
tor lo pasó siempre con harta descomodidad, compañera inseparable de las 
buenas letras. (Pág. 93.) 

Por el contrario, sus émulos, que á la sazón publicaron una Apología 
del sueño de la muerte, motejando al caballero de borracho, de haber tenido 
entre sus ascendientes uno zapatero, con otras lindezas parecidas, decían que 
disfrutaba cuatro mil ducados de renta, adquiridos con l¡l)ertades mal di- 
chas, pero bien pagadas, sin cargo de restitución, por imposible y por tocar 
ésta al dueño de sus aumentos. 

(2) Lo conquistó el monarca español, ayudando al emperador de 
Alemania, cuando por las intrigas de venecianos se levantaron los bohe- 
mios, y coronaron rey al conde Palatino, yerno de Jacobo de Inglaterra. 



Obras de Quevedo i i 3 



jándose de repúblicos y teólogos, tiró á que las negociacio- 
nes redundasen en beneficio de los católicos y de la paz 
general; pero ni el español ni el britano podían entenderse: 
Felipe hallaba grandes inconvenientes en devolver aquel 
territorio; Jacobo carecía de libertad para otorgar cuanto 
se le reclamaba en puntos de religión. En fin, descorazo- 
nado y secretamente desabrido el príncipe de Gales, salió 
para sus reinos, llevándose muchos lienzos de los más gran- 
des pintores del mundo, y otros riquísimos regalos que pre- 
gonaban la munificencia castellana. Entibióse la plática del 
matrimonio; desarrebozáronse á poco los propósitos de 
ambas coronas, y surgieron fundados temores de un bélico 
rompimiento. 

Con harta prevención receló el rey Católico algún golpe 
de mano de aquellos astutos mercaderes, siempre anhelosos 
de encontrar coyuntura para enseñorearse de las columnas 
de Hércules. Determinó, pues, pertrechar contra un desem- 
barco las costas de Andalucía, disponiéndolo todo por sí 
mismo en las encantadas regiones que abraza el Betis y 
que el divino Genil fertiliza y hermosea. La expedición par- 
tió de Madrid el 8 de febrero de 1624, formando parte de 
la regia comitiva D. FRANCISCO DE QuEVEDO Villegas. 
Nueve días se tardó en llegar á Andújar, con un temporal 
deshecho de agua, nieve y ventisca; y de allí nuestro poeta 
dio cuenta del viaje á su amigo el marqués de Velada (her- 
mano político de Medinaceli), D. Antonio Dávila y Toledo, 
En este regocijado papel descúbrese cuan ufano y alegre 
iba, y cómo acertaba á deleitar al Príncipe con libertades y 
burlas bien recibidas, sazonadas con las centellas de su fe- 
licísimo ingenio. Así aparece, leyéndose en la carta que le 
cupo la honra de tener por huésped en su Torre de Juan 
Abad al Rey; que para dormir, su majestad derribó la cama 
que le repartieron, tal debió de ser de mala; y que allí el 
Caballero de la Tenaza (QuEVEDO) se recató de todos. Por 
abril regresó la expedición á Madrid, y más adelante la ex- 



114 Su VIDA 

periencia vino á demostrar cuan fundados eran los temores 
de que los ingleses hostilizasen nuestras costas (i). 

Entre tanto, á medida que se estrechaban las prisiones 
del duque de Osuna, furiosa contra él la venganza, íban- 
sele agravando los padecimientos de la gota. Una cárcel sin 
esperanza de libertad, un tormento continuo sin mostrar 
flaqueza, una enfermedad tan larga sin remisión de salud, 
doblaron al fin aquel grande espíritu. Cercado de sus hijos, 
dándoles su bendición, y diciéndoles que en el estrépito de 
las armas oirían su nombre, y oirían que la dignidad de 
morir en defensión de la fe y en servicio de su príncipe 
fué la ambición de toda su vida; consolado por su confesor 
fray Luís de Aguijar, y dando seguras muestras de un pro- 
fundo arrepentimiento de sus juveniles bizarrías, espiró á 
las nueve de la mañana del día 25 de setiembre (2). El ay 
del corazón de QUEVEDO es tan grande como el coloso que 
venía á tierra: 

Faltar pudo su patria al grande Osuna, 
Pero no á su defensa sus hazañas; 
Diéronle muerte y cárcel las Españas, 
De quien él hizo esclava la fortuna. 

Lloraron sus invidias una á una, 
Con las proprias naciones las extrañas; 
Su tumba son de Flandres las campañas, 
Y su epitafio la sangrienta luna... 

Cinco meses antes había fallecido en Alcalá el duque 
de Uceda. Condenado por los tribunales, absuelto por el 
Monarca, sin permitírsele volver á la corte, abandonado de 

(i) Debió de merecer por entonces al sevillano Rodrigo Fernández 
de Ribera, secretario del marqués de Algaba, ingenioso poeta, la fineza de 
que le dedicase parte de un libro, cuyo título nos ha conservado así don 
Nicolás Antonio: «La esfera poética, cuyos efeíos son otras tantas centurias 
de Sonetos; y los nombres deltas: Amorosa, de Venus, dedicada á Lope de 
Vega Carpió; Fabulosa, de Mercurio, á D. Luis de Góngora; Varia, de 
Diana, á D. Francisco de Quevedo; Heroica, de Marte, á Doña Chris- 
tovalina de Alar con; Jocosa, de Júpiter, á D Juan de Arguijo; Fr'tnehre, 
de Saturno, á D. Juan de Vera y Zt'iñiga; Sacra, del Sol, á D. Francisco 
de Rioja.f) 

(2) Jerónimo de Quintana, Historia de Madrid, lib. III, cap. XXXIV. 



Obras de Quevedo i i 5 



los lisonjeros, y viendo entrada á sacomano su casa, entre- 
góse á una terrible melancolía. Ni los consuelos de sus hijos 
y deudos, ni las cariñosas cartas del de Lerma, que, al fin, 
como padre le había perdonado, pudieron infundirle ánimos 
y alientos. «Dícenme que os morís de necio (escribíale do- 
nairosamente su padre); más temo yo á mis años que á mis 
enemigos» (i). 

Permanecía D. FRANCISCO en palacio cultivando las 
musas y las lenguas sabias, en correspondencia con ilustra- 
dos varones. De ellos eran Juan Jacobo Chifflet, protomé- 
dico de la serenísima infanta Isabel y médico de cámara 
de la majestad Católica; el valenciano Vicente Mariner, pe- 
ritísimo en latín y griego, que fué bibliotecario del Esco- 
rial; D. Lorenzo Vánder Hammen y León, vicario de Ju- 
biles; el inquisidor D.Juan Adán de la Parra, y D. Antonio 
Hurtado de Mendoza, comendador de Zurita, del orden de 
Calatrava, secretario de la cámara de su majestad y de la 
general Inquisición. Bienquisto de la corte y muy estimado 
de la familia del favorito, era llamado este caballero el Dis- 
creto de palacio, á quien Góngora apodaba el Aseado lego. 

Mendoza, pues, QuEVEDO y Mateo Montero, criado del 
Almirante, solicitados por el marqués de Eliche y de Toral, 
yerno de Olivares, escribieron, para festejar los días de la 
reina Isabel de Borbón, una comedia llena de chistes muy 
donosos. Fué representada en el real alcázar el 9 de julio 
de 1625 por los ayudas de cámara, con la folla de bailes 
y entremeses, aderezo el más sabroso para la augusta fa- 
milia (2). 

Quevedo asistió á la jornada que á principios del año 
siguiente hizo á la corona de Aragón Felipe IV para tener 
cortes en Barbastro, Monzón y Barcelona, y supo no per- 

(i) D. Bernabé de Vivanco, ayuda de cámara del Rey, en su Histo- 
ria de Felipe 111, que, escrita por los años de 1630, inédita posee la Biblio- 
teca Nacional, V, 46; t. II, fol. 393 v. — D. Juan Isidro Yáñez Fajardo, Me- 
morias para la historia de Felipe III rey de España, pág. 48, 

(2) Biblioteca Nacional, Avisos manuscritos. 



Il6 Su VIDA 

der el viaje de Zaragoza. Aprovechando la holgura y li- 
bertad de aquel reino, decidióse á imprimir en él algunas 
de las obras políticas, satírico-morales y festivas que tanto 
renombre le valían, por copias de mano conocidas única- 
mente; y tratando con el mercader Roberto Duport y con 
el impresor Pedro Verges, salieron á luz la Política de Dios, 
El Buscón y Los Sueños. En Monzón dio la última mano al 
Cuento de cuentos, que sospecho hubo de publicarse en Hues- 
ca; pero el desterrado confesor de Felipe III, fray Luís de 
Aliaga, hizo, bajo nombre supuesto, correr contra este opús- 
culo otro que se titula Venganza de la lengua espartóla (P). 
Una vez en el dominio de la prensa aquellas excelentes 
obras, los moldes de Valencia, Barcelona y Pamplona, los 
de Portugal, Bélgica y Francia disputábanse la gloria de 
reproducirlas (i). Crecía la del autor prodigiosamente. Feli- 
citábale el cabildo compostelano, llamándole honra de aquel 
siglo, milagro y asombro de los pasados. Pero cuando tomó 
nuestro caballero la defensa del apóstol Santiago como 
único patrón de las Españas, contra la diminución del pa- 
tronato que se pretendía á favor de santa Teresa de Jesús, 
no hallaba el mismo cabildo voces para encarecer el arrojo 
del paladín, calificando su ingenio de noble, devoto y purísi- 
mo, y hasta de providencial en tiempos tan calamitosos (2). 
Trabóse espantosa refriega entre los devotos de la Santa y 
los secuaces de QuEVEDO: refutaciones, censuras, sátiras, 
caricaturas y libelos se arrojaban las opuestas huestes, con 
escándalo de la piedad y con mengua del decoro. La In- 
quisición tuvo que recoger la información en derecho del 
famoso leguleyo Cueva y Silva, y en todos que reprimir 
excesos, respetando á nuestro autor, sobre quien sin cesar 
llovían enhorabuenas. Las de las catedrales de Toledo y Se- 
villa, de muchos prelados y de hombres de virtud y ciencia, 
animáronle á escribir una reverente y elegante epístola á 



(i) Tarsia, págs. 17 y 40. 
(2) Carta autógrafa. 



Obras de Quevedo i i 7 



su santidad, que al fin vino á restituir al hijo del Wueno, 
grito de nuestras batallas, en la posesión en que estuvo por 
espacio de once siglos (i). 

Tanto aplauso y nombradía, la censura contra las de- 
pravadas costumbres que encerraban los discursos impresos 
en Zaragoza, y lo que podía entreverse contra el valinuento 
del conde-duque de Olivares (ya tocaba el reino que los 
primeros actos del favorito no fueron castigos de crímenes, 
sino escalones para cometerlos más grandes), exasperaron 
de nuevo la malevolencia de los envidiosos. Hallaban los 
aduladores grave desacato contra la majestad real en haber 
D. Francisco constituido á los ministros del supremo con- 
sejo de Castilla tutores de la ley, en el hecho de dirigirles 
el Memoi'ial por el patronato de Safttiago, y en el de en- 
tregar todo esto á la estampa. Añadían que propendía la 
Política de Dios y gobierno de Cristo (á pesar de la fecha 
atrasada de su dedicatoria) á decir mal del gobierno pre- 
sente; y procuraron infundir en el favorito recelos de que 
la pluma del satírico no permanecería muda en el hambre 
y desorden general que ocasionaba la mala administración 
de la monarquía. Echando mano de aquellos pretextos, des- 
terró el valido á la Torre al señor de Juan Abad, y allí es- 
tuvo preso desde abril hasta que se le mandó tornar á la 
corte en 29 de diciembre de 1628 (2). El encierro no que- 
brantaba su entereza, y, con el arrojo y libertad que le in- 
flamaron siempre, dirigió á Felipe IV un largo y valiente 
memorial insistiendo en la defensa de Santiago y haciendo 
la suya propia contra todos sus adversarios. Pedía licencia 
para la impresión, y por no echar más leña al fuego no le 
fué concedida. 

Otro discurso elevó al Rey, que tenía por título Lince 
de Italia ú Zahori español: papel de gran mérito, rico en 
experiencia y doctrina, advirtiendo al Monarca el riesgo de 



(i) Tarsia, pág. 52. 
(2) Tarsia, pág. 94. 



I 1 8 Su VIDA 

estrechar amistades con el duque de Saboya, y de asociarse 
con él para una empresa cuya inmoralidad vino á descu- 
brir el tiempo. Una persecución tan injustificable había de 
subir de punto y hacer más temible al escritor político. 
Despique de ella fué el Discurso de todos los diablos, ó In- 
fierno enmendado (El Entremetido, la Dueña y el Soplón), 
donde llevan la parte peor cuantos dirigen á los príncipes, 
y cuantos prostituyen el hermoso cargo de repartir la jus- 
ticia, hija del cielo, sostén y felicidad de la tierra. 

Cesaron las vejaciones, y Olivares trató de ganarse la 
voluntad de QUEVEDO. Quien se muestra invencible roca á 
las dádivas, á las amenazas y á las persecuciones, suele 
rendirse á un halago, á una excitación delicada, á un trato 
abierto y franco: artificios de que echa mano la refinada 
astucia; no hay fortaleza imposible de entrar utilizando dies- 
tramente el arte, la sazón y los pertrechos. Por otra parte, 
el escarmiento no hace más avisados á los hombres: á se- 
mejanza de las aves, que caen en las mismas redes en que 
ven aprisionadas á sus compañeras. ¿Qué extraño que el 
favorito lograse su propósito? El primer juicio y el primer 
movimiento en QuEVEDO fueron siempre generosos. Res- 
pondiendo, como era de esperar, á los intentos del Conde- 
Duque, escribió en Huesca y publicó en Zaragoza una ar- 
diente defensa del Príncipe y de su valido cuando el arbitrio 
de las minas )' la baja de la moneda encendieron las recri- 
minaciones del vulgo contra el mal gobierno de la monar- 
quía. Lleva por nombre El chitón de las tarabillas, obra 
del licenciado Todo-se-sabe. A vuestra merced, que tira la 
piedra y esconde la rnano. La casa de Olivares estuvo desde 
entonces franca para él á todas horas; el Rey, encareciendo 
sus servicios, fidelidad y calidades, le honró con título de su 
secretario á 17 de Marzo de 1632. Hízole además el Conde- 
Duque repetidas instancias para que entrase en el despacho 
de los negocios y papeles más importantes del reino; pero 
no fué posible se prestase á echar sobre sí tan grave carga. 



Obras de Quevedo i 19 



Ofreciéronsele otros puestos, y no los admitió tampoco; 
díjosele que su majestad tenía resuelto proveer en él la em- 
bajada de la república de Genova, y significó no le era po- 
sible aceptarla (i). ¿Desdeñaría unir su suerte con la del 
favorito, cuyas infames artes para engaitar al Rey eran es- 
cándalo del mundo? ¿Miraríale vacilar á las execraciones de 
un pueblo hambriento, oprimido y exhausto? Como Ulloa, 
¿diría tal vez: 

Yo no quiero ser nada sin ser mío? (2) 
Todo fué así. D. Francisco aceptó únicamente las ocasio- 
nes de lucir su ingenio y de asistir al lado de su príncipe. 
Y cuando la adulación ponderaba la generosidad del valido 
para censurar la independencia del caballero, acordándose 
éste de su cojera y de la interesable correspondencia de la 
vida humana, rompió de repente con este apológico soneto: 

El ciego lleva á cuestas al tullido: 
Dígola maña, y caridad la niego; 
Pues en ojos los pies le paga al ciego 
El cojo, sólo para sí impedido. 

El mundo en estos dos está entendido, 
Si á discurrir en sus astucias llego; 
Pues yo te asisto á tí por tu talego. 
Tú en lo que sé, cobrar de mí has querido. 

Si tú me das los pies, te doy los ojos. 
Todo este mundo es trueco interesado, 
Y despojos se cambian por despojos. 

Ciegos, con todos hablo escarmentado. 
Pues unos somos ciegos y otros cojos, 
Ande el pie con el ojo, remendado. 

Excitado á escribir de pronto, juntamente con D. An- 
tonio de Mendoza, una comedia para obsequiar á los reyes 

(1) Tarsia, págs. 94 y 95. — «En su corazón no tuvo enemigos, ni 
deseo de vengarse de ellos, aunque tuvo tantos contra su persona y repu- 
tación: conócese esto en que aceptando algunos puestos que le fueron ofre- 
cidos, pudiera hacerlo con mucha seguridad. Estuvo tan lejos de ejecutar 
este dictamen, que no solamente no buscó puestos, ni ocasión para lo dicho, 
sino que no los quiso.» (D. Pedro Aldrete, en el prólogo á Las tres últi- 
7?iaslf)iusas.) 

(2) Tercetos al padre Hernando Dávila, de la Compañía de Jesús. 



120 Su VIDA 

la noche de San Juan de 1631, parece que hizo prodigios. 
Dispuso la fiesta el conde-duque de Olivares en unos jar- 
dines vecinos del Prado, sumamente frescos y deleitosos (i). 
Bosques llenos de obscuridad, enramadas cubiertas de infi- 
nitas luces y colores, donde resonaban apacibles músicas, 
teatros, grutas y peregrinos apartamientos, exhalando aro- 
mas y esencias, amenizaron el recinto. Hubo comedia de 
Lope de Vega, jácaras y cantados bailes del famoso tole- 
dano Luís Quiñones de Benavente; disfraces para los mo- 
narcas y cortejo de damas, opípara cena y triunfal paseo 
por la corte. 

Rompió con guitarras el teatro, según costumbre inme- 
morial, y la compañía de Vallejo representó la comedia de 
Mendoza y de QuEVEDO, improvisada pocos días antes con 
el nombre de Quien más miente medra más (2). La cual 
(perdida en este siglo, lastimosamente para las letras) sos- 
pecho que no debía de concluir con el vulgar desenlace de 
casamiento; pero sí estar, en cambio, muy bien salpimen- 
tada de epigramas y pullas contra el matrimonio, á las que 
dio el teatro el bulto y vida que presta á todas las cosas. 
Escandalizadas con tan perniciosa doctrina, fatal al sexo 
hermoso, las damas de palacio, se conjuraron para ven- 
garse de OUEVEDO, casándole. Dispusieron también al vivo 
su comedia; hicieron caso de honra vencer, y no hubo arti- 
ficio de que su imaginación traviesa y pronta no se valiese 
por aprisionar al célibe de cincuenta y dos años. Este ex- 
clamaba: 



(i) Eran los del conde de Monterrey, cufiado de Olivares, y los del 
duque de Maqueda, entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, 
donde estuvo la iglesia y casa de San Fermín. 

(2) «Poblada de las agudezas y galanterías cortesanas de D. Fran- 
cisco, cuyo ingenio es tan aventajado, singular y conocido en el mundo. 
En muchas comedias de las ordinarias no se vieron tantos sazonados chis- 
tes juntos como en esta sola: que en la agudeza del autor un solo día de 
ocupación fué sobrado campo para todo.» (Relación antigua de la fiesta, 
publicada entre lus apéndices del Tratado histórico sobre el origen y pro- 
gresos de la comedia, por D. Casiano Pellicer.) 



Obras de Quevedo 121 



¡Tristes de nosotros, 
Dichosos de aquellos 
Que el mundo alcanzaron 
En su nacimiento! 

De la edad de el oro 
Gozaron sus cuerpos; 
Pasó la de plata, 
Pasó la de hierro, 

Y para nosotros 
Vino la de cuerno. 
Rica de ganados 

Y Diegos Morenos. 
Yo, que he conocido 

De este siglo el juego, 
Para mí me vivo. 
Para mí me bebo. 

Dicen que me case; 
Digo que no quiero; 

Y que por lamerme 
He de ser buey suelto. 

Defendíase con sumo valor y sagacidad la dureza del 
caballero, y parece hubieron de traer en su apoyo las ama- 
zonas algún marido pacífico y mollar para que apretase la 
batalla; pero le desconcertó QuEVEDO con los terribles fue- 
gos de la Sátira del matrimoitio: 

Díme: ¿por qué con modo tan extraño 
Procuras mi deshonra y desventura 
Tratando, fiero, de casarme hogaño? 

Antes para mi entierro venga el cura 
Que para desposarme; antes me velen 
Por vecino á la muerte y sepoltura. 



Eso de casamientos, á los bobos 
Y á los que en tí no están escarmentados, 
Simples corderos, que degüellan lobos. 

A los hombres que están desesperados 
Cásalos, en lugar de darles sogas; 
Morirán poco menos que ahorcados... 

Echó el nuevo adalid en rostro á QuEVEDO su mala 
fama, y dióle por causa su aversión al matrimonio; pero 

16 



122 Su VIDA 

aun de aquí tomó pie nuestro hidalgo para huir todavía más 
la nupcial coyunda: 

Mas, pues que de mis mañas te informaron, 
De mis costumbres y de mis empleos, 

Y un bruto en mí y un monstro dibujaron^ 
Pues que por casos bárbaros y feos 

Te dijeron mi vida caminaba 
Al suplicio derecha sin rodeos; 

Que en toda la ciudad se mormuraba 
Mi disimulación y alevosía, 

Y que pérfido el mundo me llamaba; 
Que no se vio la desvergüenza mía 

En alguacil alguno ni en corchete; 
Que nadie sus espaldas me confía; 

Que he trocado en el casco mi bonete. 
El vade-mccun todo en la penosa, 

Y del año lo más paso en el brete; — 
Pues si esto te dijeron, ¿cuál esposa 

Querrá admitir marido semejante. 
Si su muerte no busca mariposa? 

Ponía tantos defectos por delante; 
Díla, en fin, que yo soy un desalmado 
Engerto en sotanilla de estudiante. 

Y aunque hijo de padre muy honrado 

Y de madre santísima y discreta. 
Dirás que me ha traído mi pecado 
A desventura tal, que soy poeta (Q). 

Viendo la condesa-duquesa de Olivares D.* Inés de Zií- 
ñiga tan revuelto el campo, embrazó el montante, cortó 
por lo sano, y al venenoso poeta le señaló como en burlas, 
para doblar su cuello á la gamella santa, un muy estrecho 
plazo. Brindóse á buscarle novia, dejando enteramente á 
su arbitrio señalar las calidades y prendas que habían de 
adornarla y enriquecerla. «Yo, señora, no soy otra cosa (res- 
pondió el poeta marrullero) sino lo que el Conde mi señor 
ha hecho en mí; lo que antes era me tenía sin crédito. 
Siempre, sin embargo, fui bien nacido, señor de mi casa en 
la Montaña, hijo de padres que me honran con su memoria, 
aunque yo los mortifico con la mía. Los que me quieren 
mal me llaman cojo, siendo así que lo parezco por descui- 



Obras de Quevedo 123 



do, y soy entre cojo y reverencias: un cojo de apuesta, si 
es cojo ó no es cojo. 

»Ahora diré cómo quiero que sea la mujer que Dios 
me diere en suerte. Noble, virtuosa y entendida; ni fea ni 
hermosa (entre ambos extremos, prefiérola hermosa, por- 
que es mejor tener cuidado que miedo, y tener que guar- 
dar que de quien huir). Ni rica ni pobre, que ni ella me 
compre á mí ni yo á ella. La apetezco alegre, que en lo 
cotidiano y en lo propio no nos faltará tristeza á los dos. 
No la quiero niña ni vieja, que son cuna ó ataúd, porque 
ya se me han olvidado los arrullos, y aún no he aprendido 
los responsos. Daría infinitas gracias á Dios si fuese sorda 
y tartamuda. Pero después de todo, estimaré en mucho la 
mujer tal como la deseo, y sabré sufrir la que fuere como 
yo la merezco. Bien podré ser casado sin dicha, pero no 
mal casado.» 

Entre tanto los amigos deseaban la boda, y los enemi- 
gos también. Éstos, para que con obras desacreditase el es- 
critor sus palabras; aquéllos, para que diese un buen ejem- 
plo al mundo y gozase los verdaderos encantos del amor 
en el puro cariño de una esposa. Oyó el duque de Medi- 
naceli (i) las condiciones que el vate señalaba, y le trajeron 
á la memoria un alto sujeto, diamante olvidado en los cam- 
pos que fertiliza el Jalón, como está olvidada la gota de 
rocío en el cáliz de una azucena. Puso entonces la mira en 
llevarse el lauro de domar al solterón rebelde; y cuando 
éste salió acompañando al Rey en la jornada de Cataluña, 
por abril de 1632, recibió encargo de visitar, á nombre del 
Duque, á la virtuosa y modesta señora de Cetina, D.^ Espe- 

(i) D. Antonio Juan Luís de la Cerda, duque de Medinaceli, mar- 
qués de Cogolludo, conde de la ciudad y gran puerto de Santa María, mar- 
qués de Alcalá, fué tan sabio como valiente, magnánimo y generoso. Lla- 
mábanle el César de su tiempo. Gran teólogo y escriturario, amó todo gé- 
nero de erudición y á los hombres señalados por su ciencia y virtud. En 
el virreinato y capitanía general del reino de Valencia adquirió renombre 
de moderado y justo; y en el puesto de capitán general del mar Océano y 
costa de Andalucía se mostró sagaz ministro y cumplido caballero. 



124 Su VIDA 

ranza de Aragón y la Cabra, unida en parentesco por su gran- 
de calidad á la mayor nobleza aragonesa y castellana (i). 

En la visita quedó cautivo el caballero, y el Duque se 
jactó siempre de no haber podido hacer más en obsequio 
de quien estimaba tanto, que granjearle por mujer una tan 
principal y hermosa dama (2). Debieron por el otoño del 
año siguiente celebrarse las bodas, viviendo juntos ocho 
meses los desposados en el albergue rústico de Cetina. Plei- 
tos que trajo consigo la dote de D.^ Esperanza exigían la 
presencia de QuEVEDO en Madrid, y tuvo que abandonar 
tan dulce compañía por abril de 1634. En seguida graves 
asuntos lleváronle, declinando ya el estío, á la Torre de 
Juan Abad, cuyo señorío se le disputaba sañudamente, y 
allí vino á recibir la amarga y no esperada nueva de la 
muerte de su esposa: golpe que desgarró su corazón, por- 
que decía que no esperaba hallar otra Esperanza (3). 

Sus duras y amargas invectivas contra el matrimonio 
publicaban no comprender OUEVEDO qué tesoro de felici- 
dad encierra el cariño de una esposa, ni cómo la mujer pro- 
pia levanta y engrandece al hombre. Malogró en su juven- 
tud lozana la sazón de hallar esa hermosa mitad que com- 
parte con nosotros las penas y los placeres; y cuando cer- 



(1) «Hermana de D. Bernardo de la Cabra y Aragón, obispo de 
Barbastro, del padre Juan de la Cabra y Aragón, de la Compañía de Jesús, 
y de D. Francisco de la Cabra y Aragón, caballero del orden de San- 
tiago, que casó con la sobrina del cardenal Zapata, hija del conde de Ba- 
rajas. Con esta señora vivió D. Francisco de Quevedo, aunque poco 
tiempo, tan conforme, que sólo en sus nobles prendas halló desquite de 
las adversidades que había padecido. Dejó con haber tomado estado ocho- 
cientos ducados de renta que gozaba por la Iglesia con caballerato. Dispuso 
naturaleza con bien ordenada alusión que como la fecundidad de sus pa- 
dres fué única en la sucesión varonil, así D. Francisco no la tuviese, por- 
que quedase singular, pues en el ingenio lo era.s (Tarsia, pág. 109.) 

(2) Cartas familiares del duque de Medinaceli, no publicadas todavía. 
— Tarsia fija el casamiento de Quevkdo en el año de 1 634; pero como 
aparezca de aquéllas que D. Francisco permaneció en la corte desde fines 
de abril hasta principios de setiembre, y su mujer en Cetina, resulta que 
cuatro de los ocho meses que vivieron juntos en este pueblo corresponden 
al año de 1633. 

(3) Tarsia, págs. lio y iii. 



Obras DE QuEVEDO 125 



cano al sepulcro se hacía más viva la necesidad de una 
dulce compañera, y la halló prudente, virtuosa, perfecta, 
tocar la dicha y desaparecer como sombra, para QUEVEDO 
fué todo uno: como si hubiera querido el ciclo castigarle, 
dándole el desengaño á la par que el arrepentimiento, y ha- 
ciéndole gustar la copa del placer y de la felicidad para arre- 
batársela luego al punto y para siempre de sus labios (R). 

Los enemigos de QuEVEDO, que tuvieron la desaten- 
ción de obsequiar á la recién casada enviándole un soneto 
que comienza 

Si no sabéis, señora de Cetina... 
trataron de extender la calumnia de haber D. Francisco 
padecido en su matrimonio todos los riesgos, males y sinsa- 
bores que su malignidad recelaba, pagando en poco tiempo 
mucha pena; pero lo inverosímil, absurdo é inicuo de la 
misma voz la desvaneció al instante, con mengua de sus in- 
dignos autores (i). 

Hasta aquí han ido atropellándose los acontecimientos 
sin darnos lugar para decir algo de escaramuzas literarias, 

(i) Tarsia, págs. 112 y sigs. — Nuestro terenciano Bretón de los He- 
rreros, en su hermosa comedia titulada ,;Qui¿n es ella? donde la figura de 
QuEVEDO no es indigna del original, ha respondido á la calumnia, aun 
después de muerta, con estos lozanos versos, ajustados cuerdamente á las 
palabras del biógrafo Tarsia: 

REY. 

;Por qué tenéis tanto miedo, 
Por qué tan mala opinión 
De la mujer? — ¡Ah!... ¡Chitón! 
Casado fuisteis, Quevedo. 

QUEVEDO. 

Permitidme repeler 
Ese punzante epigrama; 
Que mi esposa fué muy dama 
Y muy honrada mujer. 

REY. 

Lo sé. 

QUEVEDO. 

A no serlo... 

REY. 

Advertid 
Qiíe es chanza. 

QUEVEDO. 

Muerto tí hubiera 
Como maté á la pantera 



126 Su VIDA 

áspero cilicio y fiero azote con que unos á otros los escri- 
tores se atormentan. Góngora y Quevedo fueron siempre 
rivales: ambos escribían letrillas satíricas, y el último ha- 
bíase erigido en paladín de la entereza y buen lustre de la 
hermosa lengua castellana, lastimada groseramente por los 
disparates y locuras del poeta de Córdoba. Echaba éste en 
rostro á su adversario que dormía en español y soñaba en 
griego; burlábase de su Anacreonte, motejábale de malos 
pies y malos ojos, reíase de la cruz roja de su pecho y de 
sus peregrinaciones, y, en fin, zaheríale de borracho, de pe- 
dante gofo, de muy crítico y muy lego, y otras lindezas se- 
mejantes (i). No se mordía los labios el vate madrileño, y 
una vez en el fango de las personalidades, arrojábase á de- 
cir á su émulo: 

Yo te untaré mis versos con tocino, 
Porque no me los roas, Gongorilla... 

Góngora, olvidando la excelente máxima de que los bue- 
nos escritores han de querer antes agradar á los buenos 
que á los muchos, vio con prava emulación los aplausos 
que arrancaban las poesías de su paisano D, Luís Carrillo 
de Sotomayor, imitador afectado de algunos italianos mo- 
dernos y ambicioso de ganar renombre por desusados ca- 

Que fué terror de Madrid. 
Mas si en su justa alabanza 
Mi fe nupcial se acrisola, 
Ella al fin era nna sola... 
iV se llamaba Esperanza/ 
Muerta la Espera7iza mía, 
¿Dónde, plebeya ni hidalga, 
Dónde hallar otra que valga 
Lo que mi esposa valía? 

(l) De Góngora contra QuEVEDO existen los sonetos que comienzan: 

Anacreonte español, no hay quien os tope... 
Con poca luz y menos disciplina... 
La aurora de azahares coronada... 
Restituye á tu mudo horror divino... 

y el romance: 

Aunque entiendo poco griego, 
En mis gregüescos he hallada.. 

Cuando á D. Francisco se hizo merced de hábito en !a orden de San- 
tiago, entrando en corro con los envidiosos D. Luís, escribió el soneto que 
empieza; 

Cierto poeta en forma peregrina... 



* 



Obras de Quevedo 127 



minos. En el sepulcro de este celebrado mancebo resolvió 
Góngora alejarse del antiguo estilo ameno, liso y claro que 
solía usar con excelencia en las materias menores, y em- 
prender argumentos más graves, despojándolos por otras 
nuevas de las virtudes y gracias con que se engalanaron 
siempre. Mas haciéndose jefe de una secta de poesía confu- 
sa, ciega y enigmática, perdióse en busca de regiones desco- 
nocidas y maravillosas; huyó la claridad, y obscurecióse tan- 
to, que espantaba, no sólo al vulgo profano, sino á los más 
doctos y perspicaces ingenios. Con bárbaras transposiciones 
descoyuntó la castellana lengua; de señora la hizo esclava, 
pretendiendo comenzase á tartamudear como si fuese niña; 
por extrañar y hacer más levantado el estilo, trajo del latín 
y de otros idiomas infinitos vocablos, despreciando la pro- 
pia hermosa mujer por la ramera astuta; mezcló sin la de- 
bida templanza lo sublime y lo grotesco; abusó de las me- 
táforas y vino á caer en bajezas tales, como decir que la 
camuesa pierde el color amarillo en tomando el acei'o del 
cuchillo, y que el arroyo rebosa los mismos autos de sus cris- 
tales, y que las islas son paréntesis frondosos al período de su 
corriente, etc. La aparición de la primera de las Soledades 
en 161 3 fué la piedra de escándalo que exasperó á los hom- 
bres de buen gusto, y que á los maleantes y mordicantes 
hizo disparar una granizada de sátiras contra los versistas 
lechuzas y babilones. Desde allí se dividieron los poetas en 
las dos huestes de cultos y de patos del aguachirle castella- 
na. D. Luís consultó la opinión de Pedro de Valencia, y le 
fué contraria. No se desanimó por ello, porque el vulgo 
aplaudía frenético, y no desayudaban al encomio ilustres 
escritores; porque se levantaba á cada censura una ruidosa 
defensa, y porque veía dedicarse muchos acicalados inge- 
nios á la ímproba y estéril faena de comentar aquellas sus 
intrincadas y desalmadas obras (i). 

(i) a los desmesurados elogios del Dr. D. Francisco de Amaya, co- 
legial en Osuna, y después oidor en Valladolid, hacían coro el conde de 



128 Su VIDA 

Es cosa impertinente 

Que quien escribió ayer hoy se comente, 

exclamaba Quevedo; y lo decía de perlas, resumiendo en 
dos versos la más atinada y justa crítica que era posible 
hacer de la flamante greguería. Viola extenderse por toda 
España inficionando á legos y á letrados; viola autorizada 
por el Conde-Duque, medrar, crecer y abrasar la corte en- 
tera; viola, en fin, amenazar de muerte á las letras, pervertir 
el ingenio, desfigurar la poesía, trastornar el habla común, 
introducir una nueva incomprensible lengua, y dar con to- 
do, artes, literatura y ciencias, en el profundo caos de una 
metafísica monstruosa, hija del delirio, de la vanidad y de 
la ignorancia. Entonces se justificó el refi"án de que un loco 
hace ciento. Al espirar Góngora en 1627, tuvo la satisfac- 
ción de que, después de haberlo satirizado, le imitaron y le 
siguieron todos. 

El Discurso poético del célebre traductor del Aminta, 
lleno de exquisitas y excelentes máximas y argumentos 
que desconcertaban el culteranismo, apenas tuvo lectores. 
Lejos de arredrarse, quiso tentar Quevedo la última prue- 
ba, echando mano de toda clase de remedios. Buscó en el 
polvo de las bibliotecas poesías que, por no haberse dado 
á la estampa, hubiesen de excitar en el público la curiosi- 
dad de ser leídas, y que por lo terso y elegante de la frase, 
por su perfección y belleza, y por la acertada y conve- 
niente imitación de los clásicos hebreos, griegos y latinos, 
venciesen, como el oro puesto en comparación de la alqui- 



Villamediana, el célebre abad de Rute D. Francisco de Córdoba, el licen- 
ciado Pedro Díaz de Rivas y los más de los poetas y escritores cordobeses. 
AI sabio y juicioso Francisco de Cáscales respondió don Francisco del Vi- 
llar, juez de la Cruzada en Andújar, y D. Martín de Ángulo y Pulgar, natu- 
ral de Loja; al gran Lope de Vega, el docto licenciado Diego de Colmena- 
res, autor de la Historia de Segovia; al famoso D. Juan de Jáuregui, una 
turba de escritorzuelos baladíes. Explicaron el laberinto de aquellas poesías 
Amaya, Díaz de Rivas, D. José Pellicer de Salas y Tobar, D. García de 
Salcedo Coronel y Cristóbal de Salazar Mardones, oficial más antiguo de 
la secretaría de Sicilia. 



I 



Obras DE Que VEDO 129 



mia, la parlería fanfarrona y los versos de mal color de los 
desatalentados modernos. Infructuosa no fué la diligencia: 
parecieron las magníficas poesías de fray Luís de León, 
las delicadas del bachiller Francisco de la Torre, nacido 
orillas del Jarama; las traducciones del maestro Francisco 
Sánchez de las Brozas, y algunas de D. Juan de Almeida y 
D. Alonso de Espinosa, que, merced al tino del señor de 
Juan Abad, se salvaron para ornamento de las musas cas- 
tellanas (i). 

Ufano del hallazgo, puso estas obras, dechado de buen 
gusto, grande dicción y hermoso estilo, en manos del conde- 
duque de Olivares y de su yerno el duque de Medina de 
las Torres, marqués de Toral, estimulándolos á hacer suya 
una empresa generosa. Abroquelada con ella la pluma va- 
liente de QuEVEDO, conjuraba al privado á que amparase 
la integridad y decoro del castellano lenguaje, diciendo que 
obscurecer lo claro es borrar, y no escribir, y que nada era 
tan fácil como engañar la indocta plática y la vil plebe con 
la taravilla de la lengua, porque la gente ignorante y baja 
admira más lo que menos entiende. Dio á la prensa no mu- 
cho después sus Discursos y las Poesías, acompañando esta 
acción, digna de toda alabanza, con medicamentos deses- 
perados de sátiras é invectivas, que, lejos de remediar el 
mal, le empeoraron, envolviendo al desfacedor de entuertos 
en mil intrincados laberintos. Los poetas enyedrados, fon- 
tanos y floridos, y los auríferos, enjoyados y trilingües, to- 
maban el cielo con las manos al leer la Aguja de navegar 

(1) No es de este sitio ni discurrir filosóficamente sobre la índole 
del culteranismo, ni destruir la peregrina opinión de que son uno mismo el 
bachiller Francisco de la Torre y el licenciado D. Francisco DE QuEVE- 
DO. A mediados del último siglo D. Luís José Velázquez echó á volar 
esta especie con harta ligereza; sus dos amigos Luzán y Montiano la aco- 
gieron benévolos, y los extranjeros, que no pueden conocer á fondo la 
esencia de nuestro idioma, la siguen, llevados de la novedad. Apuraremos 
la cuestión hasta las seminimas en otra ocasión, y entonces se rastreará 
quién fué el bueno del bachiller, y cómo parece que tuvo por patria á To- 
rrelaguna, donde nació el gran cardenal Cisneros, y donde yace el famoso 
poeta Juan de Mena. 

17 



1 30 Su VIDA 

cultos, con la receta para hacer Soledades en un día; la Burla 
de todo estilo afectado, La culta latiniparla, y cien papeles 
que disparaba el ingenioso y festivo caballero (i). 

En muchas de aquellas sátiras veíase de cuerpo entero 
retratado el doctor Juan Pérez de Montalbán, discípulo pre- 
dilecto de Lope y gran culterano, el cual, unido á otros 
cofrades de las tinieblas, por bajo de cuerda procuraba ha- 
cía mucho tiempo levantar la Inquisición contra el escritor 
político y desenfadado (2). Quiso el doctor hipócritamente 
dar un testimonio público de natural moderado y sencillo, 
respondiendo á las malignas embozadas alusiones del señor 
de Juan Abad con infinitas alabanzas en el Para todos, obra 
que publicó en Madrid á principios de 1632. QuEVEDO 



(i) Nada hay nuevo debajo del sol. Aristófanes en la comedia inti- 
tulada Las ranas burlóse también del estilo que hace ruido y no se en- 
tiende, y es, por lo oscuro y turbio, música del cieno. Conociendo que ello 
era debilidad de la naturaleza humana en todos los siglos, cauto acullá 
donosamente el entremés de Los aviantes á escuras, que 

Una de las locuras deste mundo 
Es esta de querer hablar profundo. 

Á los que así escriben podían dirigirse las mismas razones de Favorino, filó- 
sofo, al joven que pinta Aulo Gelio: «Tú no quieres que sepa ni entienda 
nadie lo que hablas; pues dínie, necio, ¿no fuera mejor, para conseguirlo 
colmadamente, que callases? 

(2) Hé aquí las causas que le movían á ello. Montalbán era hijo del 
librero Alonso Pérez, quien, habiendo comprado á QuEVEDO la Política 
de Dios y gobierno de Cristo, no quiso adquirir la propiedad del Buscón. 
Publicada en Zaragoza esta obra con singular aplauso, hizo de ella el li- 
brero madrileño una edición furtiva; pero descubierto por D. FRANCISCO el 
fraude, persiguiéronle y castigáronle severamente los tribunales de justicia. 
El padre Niseno, abastecedor de sermones para todas las iglesias de España, 
Francia, Alemania é Italia, y que en el compaginar los discursos siguió las 
huellas de Hortensio Paravicino, hallábase unido á Montalbán por vínculos 
de íntimo atecto. Hizo suyo el odio de éste contra Quevedo, y ya en el 
Consejo, ya con el Ordinario, ya en la Inquisición, trabajó eficazmente 
desde el año 1626 para que no se concediesen licencias á D. Francisco 
de imprimir sus obras, para que se prohibiesen, y para que á su autor oca- 
sionasen graves disgustos. 

Tan grande insistencia produjo el efecto que se apetecía. La Inquisi- 
ción prohibió todas las obras de Quevedo impresas hasta 1631, mientras 
que el autor no las reformase. Reformólas en efecto, y la prohibición sirvió 
únicamente de hacerlas más populares y de que se vendiesen dos y más 
veces, siendo en cada una de ellas nuevas y de mayor interés y curiosidad 
para el público. 



Obras de Quevedo i 3 1 

entendió el juego, y escribió la Perinola, docta censura 
y fina sátira que no tiene rival en castellano, mal que le 
pese al Bodoque de Moret y al Prete Jacopin del Condes- 
table (i). 

Empelazgáronse moros y paladines. Montalbán, fray 
Diego Niseno, provincial de San Basilio, D. Luís Pacheco 
de Narváez y otros cuatro rabiosos émulos, que se daban 
ellos mismos el nombre de varones doctos, erigiéronse en 
Tribunal de la justa venganza contra los escritos de QUE- 
VEDO, maestro de errores, doctor en desvergiicnr:as, licen- 
ciado en biifofierias, bachiller en suciedades, catedrático de 
vicios y protodiablo entre los Jionibres (S). Prodigábansele, 
á más de estos epítetos, los de poeta bastardo, legítimo 
entremesista, autor de chanzas, apodos, matracas, romances 
y jácaras rufianescas, censor malicioso, y calumniador per- 
petuo de ajenas obras: no tuvo más títulos un emperador 
romano. 

Formado proceso, en que Montalbán hizo de fiscal, y 
de asesor el padre Niseno, se escudriñó la vida de D. FRAN- 
CISCO, estampando que en las universidades fué un pobre 
capigorrón y mísero porcionista; que le aborreció Ñapóles 
por haberse fingido privado del Virrey, cuando sólo fué 
entre familiar suyo y mozo de entretenimiento; que vendió 
las cosas que el duque de Osuna concedía de gracia, con 
lo que empobreció á muchos y vino cargado de dinero; que 
quiso alzarse con el señorío de la Torre de Juan Abad, tira- 
nizando la libertad de sus moradores; y otras injurias no 
menos atrevidas que éstas. Decían que era su talle tan abo- 
minable y asqueroso, «que en ambas cosas sólo se excede 
á sí mismo, á cuya causa le llaman y es conocido por el 
diablo cojuelo, como también por el de Patacoja y derren- 
gado. >•> Motejábasele de glotón y oficial insigne del trago, 
miserable y avariento; hombre que ni supo ni habló sino 

(i) Cuando apareció se dijo que era to mejor queD. Francisco 
había hecho en su vida. Véase el Tribunal de la Justa venganza, pág. 2. 



132 Su VIDA 

palabras de zaguanes y caballerizas, grande plagiario de 
conceptos ajenos; adulador y entremetido, enemigo de frai- 
les, aprendiz y segunda parte del pintor ateísta Jerónimo 
Bosco. Los piadosos jueces, después de indisponer á QUE- 
VEDO con los estudiantes, letrados y poderosos, rogaban á 
la suprema Inquisición con la mayor eficacia, y á cada uno 
de sus ministros en particular, que hiciesen de él un terri- 
ble escarmiento, decretando su desastrosa cuanto merecida 
muerte en un patíbulo. De esto se compuso un libro: el 
diestro D. Luís Pacheco dio traza de fingirlo escrito en Se- 
villa, ocultando el nombre de sus autores (i), y el Padre 
basilio proporcionó con todo secreto la impresión en Va- 
lencia, con aprobaciones del doctor Jaime Esquierdo, cate- 
drático de aquella universidad, y del agustino fi-ay Vicente 
Lanuza. Armas tan infames esgrimieron y tan alevoso des- 
pique imaginaron siete hombres de estudios, de edad ma- 
dura y de profesión que pedía juicio y corazón indulgen- 
te (2). Mucho después, habiendo rastreado en Segovia Adán 
de la Parra algo de los autores del libelo, puso en noticia 
de su ofendido amigo haber descubierto cosas que en lle- 
gando á Madrid habían de llenarle de asombro (T). «Yo os 
excuso del trabajo (contestó QuEVEDO): hace tiempo que 
descubrí el gato en la gazapera con el queso entre los dien- 
tes, y á buena cuenta que llevó su merecido. Reparalde el 
chirlo de la oreja izquierda al reverendísimo Niseno; pre- 
guntalde qué vieja le besó en ella, que le dejó tan bien 
parado; y estoy cierto, Parra amigo, que os ha de contar 
una historia muy edificante. Por aquí veréis que aunque 



(i) No era para él arbitrio nuevo. Cuando Bartolomé Eeonardo de 
Argensola escribió un soneto en Valladolid, por los años de 1604, contra la 
ridicula vanidad del arte de la esgrima, Pacheco en términos descorteses 
publicó cierta Censura, que supuso hecha en Sevilla, y lo fué en Madrid. 
(Pellicer, Ensayo de una biblioteca de traductores.) 

(2) Este libro es de suma, indecible importancia para averiguar la 
autenticidad de las obras de Queveuo, puesto que hace, con el fin de des- 
acreditarla.^, catálogo de todas las que tenía nuestro autor echadas á volar 
impresas ó manuscritas hasta el año de 1635. 



Obras DE QuEVEDO 133 



callo, obro; y que supe, á estilo de claustro, contestar á la 
Justa venganza ( i ). » 

Á quien uno se atreve se atreven todos. El servil re- 
baño de escritorzuelos vergonzantes, de poetillas de pri- 



(i) Á estas noticias sirva de complemento la siguiente carta de mi 

hermano: « A vuela pluma te diré mi opinión sobre el Paia todos, la 

Perinola y el Tribunal de la justa venganza: tres obras distintas que deben 
considerarse como otros tantos actos de un solo drama. Ignoro los motivos 
que pudieron indisponer á Quevedo y Montalbán; pero debieron de ser muy 
grandes cuando D. Francisco, impulsado por el resentimiento, disparó 
contra el Doctor la Perinola, despreciando las alabanzas que le prodigaba 
éste en el Para todos. A no ser así, aquél parecería ingrato é injusto, si no 
en lo que criticaba, en la manera de criticar. Y en efecto, no merecía tanta 
hiél quien se muestra fino apasionado del talento de su émulo. 

»E1 Para todos, dice la Perinola, tiene apariencias de un coche de ca- 
mino donde se juntan personas de condiciones diferentes. La comparación 
es oportuna, como de QUEVEDO: propia, porque en el tal libro se barajan 
los asuntos físicos y morales, divinos y profanos; más exacta aún, y esto no 
lo quiso decir QuEVEDO, si se considera que también en un ómnibus se reú- 
nen el ignorante y el entendido. Verdaderamente en el Para todos, á vueltas 
de muchas necedades, de infinitos defectos, se encuentran cosas dignas de 
aprecio y de alabanza. No en vano formó Montalbán parte de aquel séquito 
cortesano que rodeaba á Lope de Vega: la sombra de este grande hombre 
era luz que alumbraba á muchos ingenios. QUEVEDO no hizo el juicio 
crítico del Para todos; escribió una sátira saladísima, pero sin respetar lo 
inviolable de la persona, yéndose, como los cuervos, á la carne podrida. 
Montalbán no tenía fondo suficiente para escribir una obra de importancia. 
Contaba con algunas comedias ya representadas y con algunas novelas aún 
no impresas; y llevado del interés, aprovechó estos elementos, embutiéndo- 
los en un volum.en: para combinarlos tuvo necesidad de forjar un argu- 
mento y rellenar los espacios. Hé aquí la ficción, poco nueva seguramente. 
Una familia ilustre, con ocasión de cierta buena ventura, se retira á su 
quinta, orillas del Manzanares, donde en unión de varios ingenios celebra 
su contento, por espacio de una semana con saraos, comedias y certámenes 
científicos. Oigamos á Quevedo: «Todo lo que hizo Dios en siete días, y 
»vió que era bueno, él (Montalbán) en siete días lo ha querido destruir y 
«mostrar que era malo.» En efecto, lo doctrinal é histórico del Para todos 
es insoportable por lo vulgar, por lo indigesto de las citas. En física, geo- 
grafía y astronomía, el autor corre muy por bajo de los conocimientos de 
su época. Si trata de asuntos eclesiásticos, de guerra, de artes, etc., limita 
su talento á relatar minuciosamente las jerarquías, utensilios, y zarandajas; 
y se relame el buen Doctor al hacer tan escribanil inventario. Y ¿qué dire- 
mos de los discursos de los brujos, magos, duendes, trasgos, encantadores, 
fantasmas, endemonir.dos y hechizados? Su lectura me parece el mejor me- 
dicamento contra la hipocondría. 

»E1 Para todos es un monumento de lo depravados que estaban en- 
tonces el lenguaje y el ingenio humano con las locuras de los cultos. Abru- 
man las metáforas, retruécanos, latinismos y bajezas: llámase al sol naciente 
prólogo del liiro de otro día; al rocío sudor bello del alba, que bebe la con- 



1-34 Su VIDA 

mera tonsura, de ingenios chirles y hebenes, corrió al teatro 
á silbar estrepitosamente el entremés de Caraqui me voy, 
Cara aquí me iré; clamoreaba en las gradas de San Felipe 
y en la puerta de Guadalajara, y esparcía copias de las sá- 



cha del mar , formándose una perla. No hay palabras con que ponderar la 
exageración y amaneramiento gongorino de las poesías. Las comedias me- 
recen otra consideración, aun cuando no faltan en ellas trozos líricos im- 
penetrables, acompasamiento y simetría, dúos y tiroteo de galán y dama, 
hipérboles ridiculas y comparaciones desatinadas. En cambio, el poeta al- 
guna vez imita felizmente á Góngora y al mismo QUEVEDO, robando á 
éste sus chistes y gracias cuando comprende que han de arrancar aplauso 
en el teatro. De estas composiciones dramáticas es excelente, como inven- 
ción, la de No hay vida como la honra, y muy apreciable De un castigo dos 
venganzas, rasgo demasiado libre, y en que tuvo que decir al público el 
autor, «que poco importa á nadie la liviandad de las damas si no son ni 
»sus mujeres propias, ni sus parientas, ni sus allegadas.» El segtindo Séneca 
de España es un vestido de arlequín: retazos sobre retazos; por hilván diá- 
logos del príncipe D. Carlos, D. Juan de Austria y Santoyo; finalizando 
con el gran espectáculo de la llegada y recibimiento de la reina D.^ Ana. 
Sin embargo, en este drama se hallan rasgos como el siguiente: Rondando 
el príncipe D. Carlos con su tío D. Juan de Austria, trata de conocer á doña 
Leonor^ amada de D. Juan, y la solicita en términos poco decorosos: 

DOfiA LEONOR. 



Tengo un padre, cuya espada 
Dio miedo al rey Almanzor, 

Y mi hermano que en valor 
A ninguno debe nada. 

Y aquí para entre los dos, 
Bien sabe el señor don Juan 
Que tengo también galán 
Que es tan bueno como vos. 



¿Como yo.''... Mientes, villana, 
Porque sólo el Rey lo es. 

DOSA LEONOR. 

A palabra tan cortés 

Responderá la ventana. (Cierra y vase.) 



vLa más constatiie mujer tiene argumento y plan; pero éste vale poco 
y aquél carece de novedad. Exigir del Doctor en sus comedias y en sus 
novelas ternura, delicadeza, afectos verdaderos, es pedir peras al olmo. Oye, 
Aureliano, que es cosa de gusto, lo que dice una dama á quien van á ma- 
tar, mientras á su presencia cavan los asesinos la sepultura: «¿Qué pirámi- 
»des 6 qué columnas son las que se han de poner en mi sepulcro, como 
«los antiguos hacían en los funerales de las personas ilustres? ¿Qué hogue- 
sras son las que me aguardan para que me conviertan en ceniza, como ob- 
«servaron los romanos, siendo Lucio Sila el primer inventor de esta ceremo- 
»nia? ¿Qué pontífice ha de asistir á mis exequias, que se parezca al que in- 
ítrodujo Numa Pompilio? ¿Qué oración fúnebre me espera, como la que 
:>hizo Valerio Publicóla en la muerte de Bruto? ¿Qué juegos gladiatorios. 



Obras de Quevedo 135 



tiras que lanzaron contra OUEVEDO en momentos de mal 
humor y queja Lope, Góngora, Alarcón y D. Francisco Ló- 
pez de Aguilar. Por supuesto que no se olvidó repartir de 
molde la insulsa y desatinada comedia de El Retraído, con 
que el buen D. Juan de Jáuregui, adversario acérrimo de 
nuestro insigne poeta, quiso ridiculizar su discurso de La 



ucomo los que trazaron Marco y Decio para festejar su difunto padre? 
«¿Qué convite suntuoso para templar el dolor de los que me lloraran si lo 
ísupieran?» etc., etc. Montalbán versificaba con facilidad, pero infelizmente. 
Parece que ni aun leía lo ya escrito. Sin embargo, no se descuidó en tomar 
del vecino lo que le hizo falta, y para la novela El .piadoso bandolero hizo 
botín suyo la comedia de Alarcón El tejedor de Segovia. A pesar de todo, 
haz por leer la dedicatoria del tercer día de la semana al conde de Puño- 
en-Rostro, y verás una cosa bien pensada y bien hecha. Imposible parece 
que sea suya. 

bNo llames al Tribunal de la justa ve>iga?tza del licenciado Arnaldo 
Franco-Furt una obra literaria: plan é invención es ocupación de chicos en 
plazuela, que juegan al toro ó á soldados. Finge el autor que al recibirse 
la Perinola en Sevilla se formó un tribunal para juzgar á QuEVEDO por 
ésta y por todas sus obras. Franco-Furt acusa, defiende y sentencia, y así 
sale ello. No se encuentra ni una refutación racional en todo el libro, ni 
rastro de gusto literario, ni vislumbre siquiera de lógica natural; no hay 
prueba en nada de lo que se calumnia. El objeto de los autores fué delatar 
publicamente á QuEVEDO á la Inquisición, indisponiéndolo con los pode- 
rosos, y conmover en contra suya todas las clases de la sociedad. En repre- 
salias de la Perinola se escribió el Tribunal de la justa venganza. En ella 
tuvieron parte Montalbán, notario del Santo Oficio, y el padre provincial 
de los basilios Fr. Diego Niseno. Ignoro si tú tendrás datos para pensar 
de otra manera: yo he confrontado el Para todos, las aprobaciones del Pro- 
vincial y el libelo en cuestión, y encuentro un mismo paño. Hágome fuerza, 
sin embargo, en atribuir á dos eclesiásticos una obra tan ajena de la caridad 
cristiana. Si hoy acudiesen en demanda de injurias á los tribunales de jus 
ticia Montalbán y QUEVEDO, ¿por qué se le haría cargo á éste? ¿Porque 
llamó á su adversario en la Perinola retacillo de Lope é hijo de un librero? 
¡Y el Doctor regala á D. Fr.\NCISCO los apodos de ignorante, fornicario, 
blasfemo, hereje y ladrón; y llama libelo infamatorio á la Perinola! ¿Qué 
llamaremos al libro de Franco-Furt? ¿Qué nombre habrá comedido para 
sus autores, que concluyen el epitafio de QuevePO con estas palabras: 
«.... ¡Oh tú, que miras su infame sepulcro, huye de él y ruégale á Dios que 
»le dé el castigo que merecen sus culpas, obras y escritos!» Al lado de una 
sepultura, ¿«jué, sino rogar á Dios para que mitigue su justicia? ¡Oh tú, Vi- 
cente Lanuza, padre maestro que aprobaste este libro! ¿cómo tuviste len- 
gua para decir que «es justo que se imprima y ande en manos de todos los 
afieles?» Pero no; viva mil años tu aprobación, pues ha llegado por ella á 
nosotros una obra que nos conserva noticia de todas las del inmortal autor 
de los Sueños. . 

«Basta de libropesía. — Tuyo, Luis. — Zuheros, 31 de marzo.» 



136 Su VIDA 

ama y la sepultura (i). Otros más hábiles en el arte de cons- 
pirar cizañaban á la vez en palacio, en los tribunales de 
justicia, y con mayor ahinco en el de la Fe, secreto en sus 
pesquisas y terrible en sus fallos. El conde-duque de Oliva- 
res y los áulicos juzgan deslucido para siempre á QuEVEDO 
y hecho ludibrio de las gentes. Trátanle con desabrimiento 
y desdén cuando oyen al padre Niseno predicar contra él 
una cruzada en el pulpito el mismo día en que, celebrán- 
dose las exequias de Montalbán, debieran resonar palabras 
de perdón y de piedad delante de un túmulo y en las bóve- 
das de un templo. Crece la pelazga, y á los rabiosos ladri- 
dos del contrario bando responde el invencible caballero: 

Muchos dicen mal de mí, 
Y yo digo mal de muchos: 
Mi decir es más valiente 
Por ser tantos y ser uno. 

Amenázanle con persecuciones, y, encubriéndose con el 
nombre de Séneca, publica los Remedios de cualquier for- 
tuna, para convencer á todos sus enemigos de que no po- 
dían quebrantar su entereza ni afligir su espíritu desventu- 
ras tales como «perdí el dinero, perdí el amigo, perdí buena 
mujer, juzgarán mal de tí los hombres, serás desterrado, 
estarás enfermo, morirás lejos, serás degollado, carecerás 
de sepultura»; hallando en todas estas desdichas consuelos 
y razón para arrostrarlas con heroísmo. Y entre tanto, el 
cristiano filósofo retocaba el Marco Bruto y la Vida de sa7t 
Pablo, bosquejaba La hora de todos y la segunda parte de 
la Política de Dios, y escribía la Carta al rey de Francia 
Luís XIII y la Virtud militante, discurriendo sabiamente 
sobre la pobreza y el desprecio, la ingratitud y la soberbia. 
Pero ¿cómo la Inquisición, tan suspicaz, tan nimia, se- 
vera y escrupulosa, no vejó, no molestó, no persiguió jamás 
á QuEVEDO? ¿Cómo no hizo alto en desenfados muy cen- 

(i) «Contendit cum QuEVEDO, quem non uno satyrico insectatus est 
libello.» (D. Nicolás Antonio.) 



Obras de Quevedo 137 



surables de algunos de sus escritos? ¿Cómo se limitó á indi- 
rectas y corteses amonestaciones? ¿Cómo fué siempre con- 
siderada, afectuosa y atenta con el agrio, desvergonzado é 
implacable censor de las corrompidas costumbres en todas 
las clases y estados de los hombres? Esta es la grande prue- 
ba del mérito del autor de los Sueños y de la Política de 
Dios y gobierno de Cristo; el más solemne testimonio de la 
importancia del escritor popular, de que estaba el reino en- 
tero en favor suyo, y de que le miraba España como el 
predilecto, si no el mejor de sus hijos. El tribunal de la Fe 
respetó la fe pura, ardiente, del gran teólogo y escritura- 
rio, la ciencia del varón ilustre enriquecido con los tesoros 
de los Santos Padres, el cristiano valor y libertad evangé- 
lica de quien era sostén de la religión, amparo de la moral 
y defensor de la causa de todo un pueblo. Pero lo que res- 
petó la Inquisición fué juguete de la saña facinerosa de un 
valido: la voluntad del poderoso no tiene, como la mar, 
playas que la contengan. 

Hecho girones, bajo el yugo del conde-duque de Oliva- 
res, el manto imperatorio de la reina de Occidente; desapa- 
reciendo á cada hora una de sus más hermosas provincias; 
encenagadas las costumbres, la justicia desterrada de entre 
las gentes, y á punto de levantarse la nación entera, robos, 
adulterios, asesinatos, todo era lícito. ¿Cómo había nunca 
de unir QuEVEDO su suerte á la del privado? El pueblo sig- 
nificaba con pasquines su desabrimiento, no ignorando que 
desde las coplas de Mingo Revulgo hasta los epigramas 
de Villamediana, fueron siempre anticipadas sentencias las 
poesías políticas, y labraron el descrédito de indignos favo- 
ritos, acelerando su caída. Animáronse los descontentos sa- 
biendo que no estaba ociosa la pluma de QuEVEDO, y que 
sus versos político-satíricos solían llegar á manos del Mo- 
narca. Díjose con verdad que era suyo un papel con nom- 
bre de La isla de los monopantos, descubriendo las execra- 
bles máximas y la conducta fatal de los que regían el Es- 

18 



138 Su VIDA 

tado, y suyo también un Pater noster, censura terrible de 
Olivares. Reverdecían ahora las alusiones de todos los opús- 
culos satírico-morales, que se creyeron asestadas contra los 
validos de Felipe III; atribuíanse al señor de Juan Abad 
cuantos libelos circulaban. En vano fué un exquisito esmero 
para que no se enterase el Rey; en vano cercarle y ce- 
rrar la puerta á los que no inspirasen entera confianza: á 
los quejosos, á los agraviados, á los pretendientes, á los 
embajadores mismos. Felipe IV, cuando se sentaba á la 
mesa uno de los primeros días de diciembre de 1639, halló 
en la servilleta el Memorial en verso que principia: 

Católica, sacra, y real majestad, 

Que Dios en la tierra os hizo deidad: 

Un anciano pobre, sencillo y honrado 
Humilde os invoca y os habla postrado. 

Encarecíanse en él los males públicos, y solicitábase pia- 
dosa medicina: 

En cuanto Dios cría, sin lo que se inventa. 

De más que ello vale se paga la renta. 
A cien reyes juntos nunca ha tributado 

España las sumas que á vuestro reinado; 
Ya el pueblo doliente llega á recelar 

No le echen gabela sobre el respirar... 
Los ricos repiten por mayores modos: 

«Ya todo se acaba, pues hurtemos todos» (i). 



(i) Imita el Memorial la Sátira contra Roma que publicó Barto- 
lomé de Torres Naharro al principio de su Propaladia. 

A este papel respondió luego por los mismos puntos el falsario don 
Lorenzo Ramírez de Prado, hombre de espíritu corrompido, en cuyos la- 
bios puso la adulación: 

Católica, sacra, real majestad: 

Quien esto os escribe os dice verdad- 
Ministro tenéis en quien sólo pudo 

Hallar vuestro reino defensa y escudo... 
Si imponéis tributos á vuestros vasallos, 

Justos son, pues fueron para sustentallos... 
Justicia es piadosa, no injusta crueldad, 

Pues vos lo dais todo, que os den la mitad... 
Lo que sólo vos en vuestro reinado. 

Aun cien reyes juntos no lo han sustentado. 
El pueblo obediente, por vos no recela 

Pagar de sus vidas, si importa, gabela. 

Á QUEVEDO dirigió tales palabras: 



Obras de Quevedo 139 



«Estoy perdido», exclamó el Conde-Duque. Pero ¿cómo allí 
aquel escrito? ¿Quien se le oponía frente á frente con tal 



Ríense los peces, no del pescador, 

Sino de que el diablo sea predicador... 
«¿Qué importa mil horcas (dice alguna vez), 

Si ha sido piadoso conmigo el juez.'» 
No es bien que repitan con tan viles modos: 

«A mí me perdonan, pues hablemos todos...» 
Horcas y cuchillos compran los señores: 

No sobran castigos donde hay habladores. 

Ilízole á Ramírez el coro D. José Pellicer de Tobar, que, habiendo 
años atrás prodigado á Quevedo los mayores elogios, estaba ofendido con 
él desde las disputas culteranas. Pellicer publicó á fines de 1640 un ¡pa- 
negírico de Felipe IV, recopilando los sucesos de su felicísimo reinado, y 
le dio por nombre La Astrea sáfica. Comienza: 

Católica, sacra, real majestad. 

Del orbe terror, de España deidad: 
Oid un vasallo que, en celo fiel 

De vuestros elogios se teje el laurel. 

El biógrafo Tarsia no hubo de ver, sin duda, este librillo, cuando supone 
erradamente (pág. 122) que está escrito contra un religioso que dice fué 
él propio autor del Metiiorial. La Astrea va derecha contra Quevedo. 
Lleva por texto el mismo que D. Francisco puso á la Carta á Luís XIII, 
advirtiendo con palabras del Espíritu Santo cómo se debe hablar de los 
reyes y ministros. Y añade este segundo epígrafe, todavía más significativo, 
tomado del Deuteronomio: «Sea muerto aquel profeta, ó fingidor de sue- 
ños, porque habló para desviaros del amor y obediencia de vuestro Se- 
ñor y Dios.» 

Completan semejante juicio Jos siguientes versos: 

Este monstro, ajeno del ser español. 

Como ave bastarda, á lo puro del sol 
Se quiso elevar, y con luces espurias 

Voló sobre ofensas, trepó sobre injurias, 
Dictadas en mengua de nuestro gobierno 

Con tinta y estilo que halló en el infierno... 
Derrámase en tanto el vil Memorial 

Desde la choza al retrete real. 
Inquiérese el cómplice en tanta malicia, 

Empieza á fundar su razón la justicia. 
Entra el castigo de tal insolencia. 

Aunque moderado en la real clemencia; 
Pues en el crimen de majestad lesa 

La sospecha sola es convicta y confesa. 
Así la piedad detenida y tarda 

Términos legales á la culpa aguarda; 
Con que se aventura que digan que el reo 

El autor no ha sido del libelo feo. 
Pero los vasallos buenos y leales 

Sufrir no queremos demasías tales, 
En cuanto el suplicio de culpa tamaña, 

Visto el proceso, se escucha en España. 

• En los Avisos aparece también indicada la especie de que fué Que- 
vedo, como es indudable, autor del malhadado Memorial. 

No debe perderse de vista una circunstancia muy significativa. Tres 
años después de muerto Quevedo, hizo colección de sus obras en prosa el 
librero Pedro Coello, bajo el amparo del duque de Medinaceli. Allí se estam- 



I40 Su VIDA 

audacia? Una mujer ofendida lo descubrió todo, y el exter- 
minio de QUEVEDO fué decretado irrevocablemente (i). 

Á pesar de tener casa en Madrid nuestro escritor, vivía 
en la de su excelente amigo el duque de Medinaceli (2). 



pó como de D. Francisco, sin ponerlo en duda, el Memorial, y ni los tribu- 
nales, ni los áulicos, ni el Monarca tuvieron reparo en que corriese de molde 
un papel que tanto había, nueve años antes, irritado los ánimos de todos. 

(i) El discreto portugués D. Francisco Manuel de Meló, que al es- 
cribir en setiembre de 1657 su elegante apólogo dialogal £¿ Hospital de 
las letras, no se propuso trazar un cuadro de historia, sino de ingeniosísima 
crítica literaria, en que fuesen interlocutores Quevedo, Justo Lipsio, Tra- 
jano Bocalino y el mismo autor, — trocando tiempos, sucesos y personas, 
forja un cuento sobre las últimas prisiones de nuestro caballero, que no me- 
rece le tenga en cuenta el biógrafo. Pone lo siguiente en labios del mismo 

«OUEVEDo: Foy desta maneyra. Aquelle negro Senhorio da minha 
Torre, ou Villa de Joaon Abbade, tantas vezes fóra de lempo nomeado nos 
meus livros, he vezinho das térras do Uuque de Medina Coeli, por cuja 
vezinhanga, se conseguio entre nos huma boa amizade, tanto pela cortezía 
do Duque, como por ser meu costume seguir muyto aos grandes Senhores, 
ao que aludió aquelle Tapada, que em Madrid me disse huma vez: Vm. Sen- 
hor Dom Francisco cómese de Senhores, como de piolhos; obrigandome a 
que Ihe respondesse taon celebrada reposta: Vm. Senhora minha, que sabe de 
todos, digame quaes picaon mais? l'inalmente como succedesse vir o Duque 
meu amigo, et vezinho á Corte algumas vezes sohia eu acompanhalo; entre 
outras, aconteceo, que ajuntando-se muytos Senhores mancebos em vizita, 
et vendóme alli ociozo, fizeraon commigo, que em a propria caza do Duque, 
aonde se pouzava, Ihes lesse Academialmente (pela maneyra, que em 
Italia se usa) huma ligaon de Politica, assim o fuy continuando, até que 
dando o tempo lugar, (et dando perigo) chegamos a disputar dous pontos, 
pelos quaes me rompi, como meya: o primeyro, se convinha, que os Mo- 
narcas tivessem valido, ou naon? De que segui a parte negativa, persuadido 
de Divinos, et humanos exemplos: o segundo, se se podia dar caso, em que 
o Principe por ruim governo houvesse de ser deposto? Donde afñrmey a 
parte afirmativa, forjado do Capitulo Giandi de direyto. Estas oppinioens 
viciadas da malicioza interpetragaon, foraon logo condemnadas por implas, 
et eu por ellas prezo, opprimido, et desterrado, como Hespanha, et Europa 
soube, até que entrando na Prezidencia de Castella Dom Joaon de Chaves 
meu amigo, et condiscipulo, me alcangou a liberdade. tal foy o successo, et 
motivo da minha disgraga, ou ella delle.» 

(2) «ítem declaro que tengo dos pares de casas en la villa de Ma- 
drid, en la calle del Niño, con cochera y caballerizas, que de presente po- 
seo y de mi orden las alquila Juan de Molina, agente de los reales con- 
sejos; á las cuales tiene puesto pleito Tomás de la Barrera, vecino de la 
dicha villa de Madrid, sobre ciertas pretensiones de cuentas. Mando que 
el poseedor que fuere del mayorazgo que tengo de fundar fenezca y acabe 
el dicho pleito, de manera que queden sin embarazo.» (Testamento de QuE- 
VEDO. Villanueva de los Infantes, 26 de abril de 1645.) 

«Siempre que residió en la corte, porque no le embarazasen los cui- 
dados domésticos el ocio fatigoso de sus estudios, vivió las más veces en 



Obras de Quevedo 141 



Hallábase entregado al estudio el 7 de diciembre, víspera 
de la Concepción de nuestra Señora, cuando á las once de 
la noche, con gran silencio y secreto y sin que nadie se 
apercibiese de lo que pasaba, los alcaldes de corte D. Fran- 
cisco de Robles y D. Enrique de Salinas rigorosamente se 
apoderaron de QuEVEDO. Registráronsele hasta las faltri- 
queras, tomáronse las llaves de su hacienda, se le despojó 
de todo. «Señor D. FRANCISCO (dijo Robles), perdone; que 
ya sabe cómo son estas cosas. — Sí, señor; ya yo sé que 
estas cosas son como todas las demás.» Sin permitírsele 
tomar nada, ni aun la capa siquiera, y con el mayor des- 
abrigo, hízole el primero de los alcaldes entrar en su coche; 
y dando vuelta al Prado, llegaron á la toledana puente, don- 
de esperaba una litera de camino con famoso cortejo de 
alguaciles y corchetes. De hielo era la noche; tullíase con 
el frío el anciano de sesenta años; y tan piadoso como recto 
el ministro que le custodiaba, tuvo que darle un ferreruelo 
de bayeta y dos camisas de limosna, y uno de los alguaci- 
les unas medias de paño. Suben, cierran, parten, desapa- 
recen. 



posada pública; y ofreciéndosele escribir á sus amigos, ponía en la fecha: 
De la tablilla, por la que suelen tener semejantes casas sobre la puerta; 
igualando en la elección el cuidadoso descuido del cínico Diógenes, de 
quien refiere Laercio que por no aguardar las prevenciones encargadas á un 
amigo porque le buscase casa, escogió por su morada una tinaja, que halló 
más á la mano. Y como este filósofo en tan vil mesón mereció ser visitado 
de Alejandro Magno, así á la posada de D. Francisco concurrían todos 
los grandes y príncipes de la corte, para quienes tenía horas señaladas. Y 
solían acudir con tanta puntualidad, que no dejaban día en que no le vie- 
sen, para gozar de su conversación tan docta y de buen gusto, y tan aco- 
modada al genio de cada uno, que se hacía todo con todos.» (Tarsia, pá- 
gina 32.) 

Gracias al ilustrado autor de las Escenas matritenses, llámase de Que- 
vedo la calle del Niño desde 1848; pero la casa del poeta se puede ase- 
gurar que ha desaparecido, conservándose tínicamente la escalera por me- 
moria. Hoy se distingue con el número 7 el edificio que la sustituye, según 
el mismo Sr. D. Ramón de Mesonero Romanos, y es el segundo á la de- 
recha entrando por la calle de Cantarranas ó de Lope de Vega. En la Vi- 
sita general hecha un siglo después, se designó la finca con el número 5 
de la manzana 229, y con el 4 por la calle de Cantarranas, donde hoy se 
ven los números 23 y 25. 



142 Su VIDA 

Entre tanto, recogía los papeles y muebles D. Enrique 
de Salinas, llevándolos á casa del ministro del Consejo Real 
de Castilla, José González; pero de la hacienda del preso 
fué muy luego depositario su mayor amigo D. Francisco 
de Oviedo, secretario de su majestad, persona de calidad, 
virtud y ánimo generoso (i). Con indignación súpose el caso 
á la mañana siguiente en la corte, sin que pudiera reprimir 
el enojo del vulgo la especie que se puso cuidado en exten- 
der, de que estaba el satírico vendido á los franceses. Poco 
después cundió la nueva de que le habían degollado, y se 
citaban muchos ejemplares en que, llevando alcaldes de 
corte á caballeros presos, era siempre para acciones seme- 
jantes. Por fin, con la vuelta de Robles se templó la pública 
ansiedad, y fué consuelo saber quedaba el poeta en el con- 
vento real de San Marcos, extramuros de la ciudad de León, 
á cuya noticia rompió el rasgo un picaño entremesista con 
la siguiente 

DÉCIMA 

En San Marcos de León 
Está el insigne Quevedo, 
Del Conde con mucho miedo 
Y corta satisfacción. 
La causa de su prisión 
Dicen se pierde de vista; 
Pero un colegial artista, 
Destos que en comer son parcos, 
Dijo: «¡Quevedo en San Marcos!... 
Está por evangelista.» 

Poco á poco fueron aclarándose los hechos, y á principios 
de año súpose en Madrid que se hallaba D. Francisco 
preso con tres llaves, y se hizo público haberle quitado un 



(i) Por ocupación del licenciado José González se cometió el exa- 
men de los papeles á D. Martín de Arnedo, oidor de contaduría, quien se 
hubo de quedar con todos aquellos que fueron más de su gusto. Los cuales, 
formando un gran volumen en folio, y viniendo á poder de varios dueños, 
pararon al fin en el de D. Antonio de Candamo, y parece que de él pasaron 
á manos de su sobrino D. Luís María de Candamo y Kunh, residente en 
Londres (U). 



1 



Obras de Quevedo 143 



decreto la jurisdicción de la Torre de Juan Abad, la cual 
parece tenía en empeño por maravedises que era en de- 
berle la villa. Púsole muy grande el valido (para aterrar á 
la multitud interesando las conciencias) en que la Inquisi- 
ción condenase las obras de aquel ingenio, que tanto le 
mortificaban. Al fin, el inquisidor general D. Antonio de 
Sotomayor hizo mérito de ellas en el expurgatorio de 1640, 
ocasionando aun así un triunfo al escritor, supuesto que se 
prohibieron únicamente algunas ediciones hechas fijera de 
los reinos de Castilla, y se respetaron todas las de Madrid, 
que son las más correctas, completas é interesantes (i), 

Pero veamos qué hacía y qué pensaba de sus nuevos 
infortunios el prisionero, reproduciendo sus mismas pala- 
bras (V): « Vejti, vidi, vici, dijo César con la arrogancia de 
un romano; y yo puedo decir: me trajeron, hablé y vencí, al 
tomar clausura sin vocación en este convento del evange- 
lista de los cuernos. Llegué y vi las narices del padre prior, 
que pueden servir de paraguas á la comunidad muy reve- 
renda. Venían debajo dellas todos los modregos, mirándome 
al soslayo, temerosos de hallar una alimaña; y recibiéndolos 
yo con la cortesía del forzado ante la penca, ¡oh, qué de 
cosas les dije, encaminadas á mi bien! Fué de tal modo, 
que la caja de! guardián se vació de sesos á puro devanar- 
los: y todos al despedirse me apretaron las manos, como 
en señal de quedar edificados y vencidos. Creo no lo de- 
beré pasar mal el corto plazo que me tengan en peniten- 
cia (2). A la pobre María pan y esperanza, que es alimento 

(i) Avisos históricos, por D. José Pellicer y Tobar, cronista de Ara- 
gón, de 13, 20 y 27 de diciembre de 1639 y 10 de enero de 1640. — Que- 
vedo, Memoriales al Rey, cartas al Coude-Duque, y dedicatoria de la Vida 
de San Pablo. — Tarsia, págs. 122 y 123. — Colección manuscrita de don 
Juan Isidro Fajardo, en la Biblioteca Nacional, M. 278, fol. 243. — Novis- 
simtis libroriim prohibitorum et expurgandoruitt itidex. An. AIDCXL., pá- 
gina 425- , 

(2) A pesar de sus profundas ¡deas políticas y de su conocimiento 
del corazón humano, QuEVEDO no alcanzaba á prever hasta dónde podía 
llevar á un valido receloso el furor de la venganza. La penitencia fué más 
larga y más dura de lo que creyó al principio el autor de la carta. 



144 Su VIDA 

nutritivo, y que busque amo, por si se empeñan en hacer- 
me fraile sin corona.» Recibió esta carta Adán de la Parra, 
y contestó á su amigo: «En buen hora gócese con sus frai- 
les... Margarita pienso le ha de hacer más daño que el mis- 
mo Conde-Duque, á quien presentó no sé qué memorial 
contra vuestra merced, que ha enfurecido al Rey. Dicen ha 
jurado ponerle un listón en la boca. Haría vuestra merced 
bien en escribir templado á la sirena para que cante bien: 
no le faltan recursos en el magín para que la harpía se 
ablande y le devuelva en cariños los arañazos. Así lo cree 
María, y yo también lo creo» (i). 

Tuvo un impulso honroso para su encarcelado rival el 
Conde-Duque, y, á no faltarle grandeza de corazón, hubié- 
rale valido el mayor lauro. A D. Francisco preguntó, de 
caballero á caballero, cuáles eran suyas, cuáles no, entre 
las muchas sátiras que circulaban por la corte. La respuesta 
fué tan pronta como valiente, tan arrojada como franca y 
leal. No se detuvo el cautivo en señalar todos sus epigra- 
mas, por ofensivos que fuesen á la persona del privado: 
«Mas -vuestra excelencia es cauto (le advertía), y no dirá al 
juez lo que yo digo al amigo.» Truécase el juez en sañudo 
tigre, aviva los tormentos del preso, y hace que le bajen 
de un piso alto donde estaba su encierro á un obscuro y 
húmedo calabozo abierto debajo de tierra y de un río. El 
anciano (¿cómo no suponer hidalgo pecho en quien había 



(l) Pero ¿quién era Margarita? Una astuta mujer de las famosas de 
la corte, en cuyas redes envuelto Quevedo, y creyéndose esclavizado, por 
romper sus cadenas perdió la libertad y puso á riesgo la vida. Hé aquí las 
cartas que dieron el grito de guerra: «Sr. D. Francisco: Si por lo agudo 
quiere vuestra merced salirse de sus empeños, sepa el muy ruñan que para 
quien tal quedó, nada detendrá su lengua si, cual debe, no se da á razón. 
Margarita.» — iFuera menos p... y ganara más, señora mía. Desate, si pue- 
de, más de lo que está su lengua; que si espera mi licencia, la tiene cuanto 
más desee. Yo.t 

Parra algunos meses después anunció á su amigo haber oído tenía ya 
la buena señora acomodo á su gusto; pero le recomendó mucha cautela 
en el escribir, por recelar que había persona que se enteraba de la corres- 
pondencia de ambos. Así era en efecto: el favorito leía todas las cartas (X). 



Obras de Quevedo 145 



exigido confesión tan abierta?) le llora inútilmente sus ma- 
les, y le demanda remedio y justicia una y cien veces: «Si 
no es la esperanza en vuestra excelencia, todo me falta: la 
salud, el sustento, la reputación. Ciego del ojo izquierdo, 
tullido y cancerado, ya no es vida la mía, sino prolijidad de 
la muerte. No es del tiempo de vuestra excelencia que la 
hambre y desnudez justicien. No pido libertad, sino mu- 
danza de tierra y prisión; y esta mudanza dice el Evangelio 
que Cristo se la concedió á un gran número de demonios 
que se la pidieron.» 

Correspondíase entre tanto con Adán de la Parra (Y), 
pintábale sus infortunios, endulzados por la conformidad y 
por los santos bríos de la religión. Parra y QuEVEDO eran 
dos cristianos filósofos, y los calabozos y las cadenas impo- 
tentes para desunir sus almas. Permítanos el lector reprodu- 
cir aquí algo de tan preciosa correspondencia: «Cuando ellos 
tienen ordenado, amigo Parra, apretar más la cuerda, tengo 
yo ya dispuesto el cuello para recibirla. Lidien enhorabuena 
mi sufrimiento y su porfía, mi tolerancia y su tesón; que yo 
podré quedar sin alientos, pero ellos quedarán vencidos. 
Aunque se acabe mi vida, no morirá mi razón; y á ellos, vi- 
van ó mueran, siempre les ha de atormentar aquello que 
hicieron contra el prójimo. 

«Aunque al principio tuve mi prisión en una torre desta 
santa casa, tan espaciosa como clara y abrigada para la 
presente estación, á poco tiempo, por orden superior (no 
diré nunca que por superior desorden), se me condujo á 
otra muchísimo más desacomodada, que es donde perma- 
nezco. Redúcese á una pieza subterránea, tan húmeda co- 
mo un manantial, tan obscura, que en ella es siempre de 
noche, y tan fría, que nunca deja de parecer enero. Tiene 
sin ponderación más traza de sepulcro que de cárcel. ¡Ya 
se ve: los que se complacen con verme padecer, no quieren 
cortar de una vez lo que al fin han de cortar, sino que la 
frecuencia de los golpes haga más penoso, por más dila- 

19 



146 Su VIDA 

tado, el martirio; porque así logran más tiempo sus satis- 
facciones! 

»Tiene de latitud esta sepultura donde encerrado vivo, 
veinticuatro pies escasos y diecinueve de ancho. Su techum- 
bre y paredes están por muchas partes desmoronadas á 
fuerza de la humedad, y todo tan negro, que más parece 
recogimiento de ladrones fugitivos que prisión de un hom- 
bre honrado. 

»Para entrar en ella hay que pasar dos puertas, que no 
se diferencian en lo fuerte. Una está al piso del convento y 
otra al de mi cárcel, después de veintisiete escalones, que 
tienen traza de despeñadero. Las dos están siempre cerra- 
das á excepción de los ratos que diré, en que, más por cor- 
tesía que por confianza, dejan la una abierta, pero la otra 
segunda con doble cuidado. 

»En medio de la pieza está colocada una mesa, donde 
escribo, que es tan grande, que admite sobre sí treinta ó 
más libros, de que me proveen estos mis benditos herma- 
nos. Á la derecha, que mira al mediodía, tengo mi lecho, 
ni bien muy acomodado ni bien sumamente indecente. 

»Los aparatos de esta triste habitación se componen de 
cuatro sillas, un brasero y un velón; no falta bastante ruido, 
pues el que mis grillos causan excede á otros mayores, si no 
en el estruendo, en lo lastimoso. No hace muchos días que 
tenía dos pares; pero logró orden para dejarme sólo uno 
un gran religioso de esta casa. Pesarán los que hoy tengo 
de ocho á nueve libras, advirtiendo que eran mucho mayo- 
res los que me quitaron; y con ser tan grande el defecto 
de mi pierna, y mayor con el peso y sujeción de los grillos, 
ando con ellos como si no estuviera cojo. Dios ayuda al 
hombre perseguido como con superior atención. Si da nie- 
ve, también da lana, para que lo que una hiele la otra 
abrigue. 

»Esta es la vida á que reducido me tiene el que, por 
no Jiaber querido yo ser su privado, es hoy mi enemigo.» 



Obras de Quevedo 147 



Fueron cada vez agravándose más las persecuciones. 
Preso estuvo cerca de cuatro años, y los dos como fiera: 
cerrado, solo en un aposento, cargado de grillos, sin co- 
mercio humano, teniendo por cabecera la vecindad de un 
río, en la tierra más fría de España, donde muriera de ham- 
bre y desnudez si la caridad y grandeza del duque de Me- 
dinaceli no le fueran seguro y largo patrimonio. Allí, abier- 
ta una pierna, y por la humedad canceradas tres heridas, 
faltando cirujano, se las vieron, no sin piedad, cauterizar 
con sus manos propias (i). El horror de sus trabajos espan- 
taba á todos; pero el estoico varón, que confesaba pagar 
menos de lo que debía, exclamó: 

Desacredita, Lelio, el sufrimiento 
Blando y copioso el llanto que derramas, 

Y con lágrimas fáciles infamas 

El corazón, rindiéndole al tormento. 

Verdad severa enmiende el sentimiento, 
Si, varón fuerte, dura virtud amas. 
¿Castigo con profana boca llamas 
El acordarse Dios de ti un momento? 

Alma robusta en penas se examina; 

Y trabajos ansiosos y mortales 
Cargan, mas no derriban nobles cuellos. 

Á Dios quien más padece se avecina. 
Él está solo fuera de los males, 

Y el varón que los sufre, encima dellos. 

Ni los ruegos de la ejemplar y virtuosa Felipa de Jesús, 
carmelita descalza en Santa Ana de Madrid, hermana de 
nuestro poeta, ni los de su cuñado el arzobispo de Granada 
D. Martín Carrillo de Aldrete (2), ni los de muchos proceres 



(i) Quevkdo, Memoriales al Rey y al Conde-Duque, y en la dedi- 
catoria de la Vida de San Pablo. — Tarsia, pág. 124. 

(2) «Tuvo D. Francisco tres hermanas: la mayor se llamó doña 
Margarita de" Quevedo, que casó con D.Juan Aldrete y San Fedro, caba- 
llero del orden de Santiago y caballerizo de su majestad, de cuyo matrimo- 
nio nacieron D. Juan Carrillo y Aldrete, caballero del hábito de Santiago, 
en quien igualmente se compiten prendas muy ventajosas de entendimiento 
y valor, como lo ha mostrado en todas ocasiones, y ahora sirviendo el 
puesto de capitán de corazas en el ejército contra Portugal, y D. Pedro 



148 Su VIDA 

y personajes ilustres, abrieron brecha en el empedernido 
y pequeño corazón del conde-duque de Olivares. Sus des- 
aciertos y tinanías conjuráronse, empero, contra él, dividien- 
do y asolando el reino. Dejó de ser nuestro el Brasil, levan- 
tóse Cataluña, perdióse Portugal, intentó sublevarse Anda- 
lucía, vaciló el trono de Felipe, y el hombre que durante 
veintidós años condujo á sirtes y bajíos la nave del Estado, 
cayó con descrédito el día 23 de enero de 1643 (i). Un grito 
universal de alegría resonó por el reino; díjose que para 
terror de enemigos, castigo de rebeldes y bien de la monar- 
quía, el Rey era ministro de sí mismo, y díjose que no ha- 
bría más privanzas, en el punto en que se vislumbraba otra 
nueva. Bullían los entremetidos y audaces, adulaban los 
ambiciosos, los favorecidos apodei^^banse de los cargos y 
se erigían en despóticos señores de vidas y haciendas. Na- 
die pensaba más que en sí propio, y nadie se acordaba del 
pobre viejo condenado á agusanarse en vida, postrado en 
la cama, enfermo de peligro, con dos postemas en el pe- 
cho, tan enconadas, que á poco fueron causa de su muerte. 
¡Tanto los nuevos amos temían aquella pluma satírica, aun 
en manos de un moribundo! 

De esta dura cadena de eslabonadas calamidades le des- 
ató, al fin, la justificada misericordia de D. Juan Chuma- 



Aldrete Carrillo Quevedo y Villegas, colegial del Mayor del Arzobispo y 
segundo señor de la Torre de Juan Abad, por su virtud y letras muy 
digno de sus mayores, y merecedor de cualquier puesto de su profesión. 

»La otra fué la madre sor Felipa de Jesús, monja carmelita descalza 
en el convento de Santa Ana desta Corte, religiosa de ejemplar y santa 
vida. 

»La tercera y última tuvo por nombre D.^ María, y fué la primera 
que se cayó en flor del árbol de la vida perecedera, dando principio á la 
iuraortal desde los primeros años de su edad y del primer ensayo de su 
virtud.» (Tarsia, pág. ii.) 

(i) a 17 de enero se comenzó á rugir la retirada del favorito y 
efectuóse el viernes 23, saliendo para Loeches, acompañado sólo de Te- 
norio, su confesor, y el inquisidor Rioja. De allí partió á 12 de junio, por 
orden del Monarca, para la ciudad de Toro, donde falleció á 21 de julio 
de 1645, cuarenta y ocho días antes que su víctima el Job de nuestros poe- 
tas españoles. 



Obras de Quevedo 149 



cero y Sotomayor, presidente de Castilla, venciendo con 
sus informes la resistencia del Príncipe, que á 7 de junio 
decretó la soltura del reo (i). Hubo indulto al propio tiempo 
para el buen Adán de la Parra, preso también en León, 
desde el invierno, por aborrecimiento de Olivares, que de- 
cía era tan maldita su pluma como su lengua. Mediado ju- 
nio, y llenos de ilusiones lisonjeras, tomaron ambos amigos 
la vuelta de la corte, saliéndolos á recibir el duque del In- 
fantado con los de Maqueda y Nájera, pero adelantándose 
á todos al encuentro D. Francisco de Oviedo, fino apasio- 
nado del escritor. Tan puntualmente le entregó este caba- 
llero los bienes en él depositados, que le dijo QuEVEDO: 
«Todos cuando me prendieron, luego me juzgaron por 
muerto, y en sólo vuestra merced duró la fe de que po- 
día vivir; y así sólo hallo la hacienda que paró en su po- 
der (2).» 

No descansó D. FRANCISCO hasta corresponder á los 
buenos oficios de Chumacero y del duque del Infantado, 



(i) Véase textualmente algo del ultimo dictamen, que he visto ori- 
ginal: 

«El licenciado Josef González había reconocido parte de esto? papeles, 
y D. Martín de Arnedo, oidor de contaduría, á quien los remitió. Yo tam- 
bién los he hecho ver todos, y reconocido por mí mesmo los manuscritos. 
Están en ellos los originales de sus obras y otros muchos en verso á dife- 
rentes intentos, conforme á su genio. Hanos parecido se debe retirar una 
Sátira por ser contra religiosos, y otros cuadernos que intitula Desengaños 
de la historia. No se ha hallado cosa particular concerniente á la causa por 
que se discurrió en su prisión; antes supe en Roma, y con más certeza des- 
pués que llegué á esta corte, no fué D. Francisco el autor de un romance 
á cuya publicación se siguió el prenderle. El licenciado Josef González no 
sabe de causa particular. El preso lo está más há de tres años; tiene muy 
cerca de setenta de edad, y tan lleno de achaques, que no se levanta de 
la cama, y se duda de su vida. 

«Bastante escarmiento puede tener con lo padecido. Y sirviéndose 
vuestra majestad de darle soltura, se le podría hacer alguna conminación 
y retener los papeles que tuviese algún inconveniente el publicarlos. Vues- 
tra majestad ordenará lo que más fuere servido. Madrid, 7 de junio 1643.» 
(Rúbrica de Chumacero.) 

Tarsia, pág. 141, comete el craso error de atribuir al tnagnánitno co- 
razón del Conde-Duque la libertad de Quevedo. 

(2) Tarsia, pág. 142. 



I 50 Su VIDA 

consagrándoles sendas obras, que estimaba como las me- 
jores, para cuya impresión desencajó su escaso patrimonio. 
Quiso hacer en seguida colección de todos sus escritos, re- 
tocados y atildados, quilatándola con los frutos de sus últi- 
mas persecuciones. Aprobáronla con brillantes censuras 
D. Diego de Córdova y el nuevo arzobispo de Granada 
D. Antonio Calderón, y juntamente dio al autor honroso 
privilegio y amplias licencias el Consejo de Castilla, y asi- 
mismo las otorgó el Ordinario; pero los libreros, para mor- 
tificación del escritor popular, no quisieron comprar aquel 
tesoro, que había de enriquecerlos después (i). 



(i) Véanse los preliminares de la edición de Madrid por Melchor 
Sánchez, 1658. 

La colección había de llevar por título el de Obras varias, formando 
cada volumen \ví^2l parte, al estilo de aquel tiempo. A 16 de junio de 1644 
libró el Ordinario la licencia para la impresión; y como no se llegase á 
reali^ar, fué causa este retraso de que se barajasen y confundiesen los opús- 
culos, perdiéndose el orden que debían tener, y ocasionando que los libreros 
los diesen á la estampa como les vino á las mientes. 

Las colecciones de escritos de Quevedo son muchas desde la de 
1648 (Enseñanza entretenida), que debe estimarse por piedra fundamental 
de todas. Si las pudiéramos tener, y los impresos sueltos, á un golpe de 
vista, sería curioso observar cómo se ha ido el guiso de los discursos va- 
riando periódicamente. Imprímense primero á fuego graneado; descollando 
á la vez las publicaciones tipos del mercader Pedro Coello y las de Tomás 
de Alfay; en seguida vienen las hermosas y magníficas de Éraselas, y des- 
pués las de Amberes, adornadas con figuras. Entran luego los ejemplares 
en papel de estraza. El desorden y el desaliño, distribuido en cinco tomos 
ó tomas en 4.", conságrase en las prensas de Barcelona por los años de 
1702; y añadiendo un sexto volumen, se hace artículo de fe en las de Ma- 
drid, en 1713. Explotan inmediatamente de cuenta propia los rasgos del 
ingenio madrileño, y se declaran cruda guerra los libreros Ariztía, Sanz, Es- 
cobar, Francisco del Hierro, Alonso Balbas y Juan de Zúñiga; pero se jun- 
tan en la hermandad de San Juan Evangelista, abogado del arte de la im- 
prenta, para monopolizar aquellos decantados frutos, contra el famoso li- 
brero D. Pedro Alonso de Padilla. Ahora sin crítica ni buen tino echan á 
volar algunos curiosos lo inédito y pequeño; ahora hombres sabios y exce- 
lentes críticos forman, para estudio y blanco de sus especulaciones, rami- 
lletes de las cartas de Quevedo, de sus romances rufianescos, de los trozos 
más elocuentes de sus obras, de sus mejores poesías. Aquí los renombrados 
impresores Ibarra y Sancha hacen ediciones soberbias, no por la purera y 
buena elección del texto admirables, sino por lo hermoso de los caracteres, 
del papel, de la tinta y de las láminas, debidas á los mejores artistas es- 
pañoles. Allí, á imitación de los franceses, italianos é ingleses, que habían 
reunido y publicado juntos los opúsculos más graciosos de nuestro autor, 



OHRAS DE QUEVEDO I 5 I 



Cerca de año y medio permaneció en Madrid; buscó á 
sus antiguos camaradas, y pocos existían ya; preguntó por 
sus émulos, y habían muerto casi todos: Alarcón, tan fa- 
moso por sus comedias como por sus corcovas, el diestro 
Pacheco de Narváez, Jáuregui, pintor y poeta. Vio des- 
aparecer unos tras otros los parientes y los pocos ami- 
gos que le restaban: D. Antonio de Mendoza, con todos 
bienquisto; Adán de la Parra, que fué de inquisidor á Lo- 
groño; Luís Vélez de Guevara, famoso por el rumbo, tro- 
pel y boato de sus comedias. Afligíale la ausencia del du- 
que de Medinaceli, nombrado capitán general del mar Océa- 
no y costa de Andalucía. Visitó á los hombres que estaban 
en el poder, y mostráronsele graves á lo ministro. Solicitó 
audiencia del Monarca, y se le opusieron obstáculos. Una 
generación nueva para él, de él no se curaba: veía los mo- 
zos engreídos y desdeñosos para con los viejos, las costum- 
bres cada vez más pervertidas, las letras espirando, entro- 
nizado el mal gusto, y tocaba que se habían malogrado cua- 
renta años de continua batalla por reformarle y corregir los 
abusos y los vicios. 

Presa del desaliento y del cansancio, agotadas las fuer- 
zas del cuerpo y postrado el espíritu, con la esperanza de 
hallar algún alivio en la templada vecindad de Sierra-Mo- 
rena, en la quietud y en el regalo de la caza, abandonó 
QUEVEDO las orillas del patrio Manzanares. Con más señas 
de difunto que de vivo llegó á la Torre de Juan Abad, en 
los primeros días de noviembre de 1644, doliéiidole el ha- 
bla y pesándole la sombra. Un invierno tan rigoroso, que 



los moldes de toda España sacan á lu7, las Obras escogidas, en infinitas 
combinaciones y formas. Y á este lado, en fin, abruman el espíritu las pu- 
blicaciones del maldito gusto bambochiuo grotesco de brocha borracha, 
sucias con la doble chafarrinada de viñetas y texto. Y entre tanto no se 
pierde la generación de las impresiones, no niegan á sus padres los hijos; 
y á pesar de disfrazarse con rótulos nuevos, sorprendentes y sonoros, dejan 
trascender su procedencia á tiro de arcabuz; de tal suerte, que el observador 
y curioso no pueden llamarse á engaño. 



152 Su VIDA 

otro no se había conocido jamás, conjuróse con las enfer- 
medades para combatir aquel soplo de vida. Sin embargo, 
exánime QuEVEDO, sin poder llevar la pluma, y entre los 
acerbos dolores de las enconadas heridas, dictaba desde el 
lecho la segunda parte del Marco Bruto, esperanzado en que 
no había de desmerecer por segunda. Escribíalo así á don 
Francisco de Oviedo, significándole que á él sólo echaba 
de menos de cuanto dejó en la corte. Poco después, en 
busca de médicos y medicinas, hízose trasladar á Villa- 
nueva de los Infantes, donde ordenó su testamento, man- 
dando fundar un mayorazgo del cual había de ser primer 
poseedor su sobrino D. Pedro Aldrete Carrillo. Fué entre 
todos preferido por su amor á las letras y el aplauso que 
en la universidad de Salamanca lograban su aplicación y 
buen discurso (i). 

Á los blandos soplos de la primavera reanimóse el en- 
fermo. Parecíale revivían sus fuerzas; que los dolores cal- 
maban. Salió al campo, y el aire libre y el hermoso espec- 
táculo de la naturaleza en todo su esplendor y lozanía de- 
rramó en su corazón bálsamos de dulces esperanzas. ¡Cuan 
pronto vendrían á desvanecerse! Quien resistió las inclemen- 
cias de enero, tuvo que sucumbir al violento fuego del estío. 



(i) Correspondencia original con Oviedo. — Testamento original. — 
Tarsia, págs. 142 y 143. 

Tuvieron (según el abad D. Pablo Antonio de Tarsia) los Aldretes 
su origen en Tordesillas, y en la parroquial de Santa María su entierro. 
Vense en ella los túmulos y armas de esta familia. Hé aquí ios abuelos de 
D. Pedro: García Aldrete casó con D.^ Isabel Carrillo, de la casa de los 
señores de Totanes, en Toledo; de quien tuvo á Rodrigo y á D. Juan Al- 
drete y Carrillo, canónigo de la primada de las Españas, particular amigo 
de santa Teresa de Jesús, como se ve en sus cartas. Rodrigo se unió en ma- 
trimonio con D.^ María del Águila, apellido en Ávila de la mayor nobleza, 
y nacieron de este enlace D. Juan, caballero del orden de Santiago y caba- 
llerizo de su majestad, y D. Martín Carrillo y Aldrete, de la suprema y 
general Inquisición, visitador de la chancillería y audiencia real de Nueva- 
España, juez de los alborotos de Méjico en 1624, y últimamente arzobispo 
de Granada. Enlazóse D. Juan con D.^ Margarita de Quevedo, hermana de 
D. Francisco, y de este casamiento fueron fruto D. Juan Carrillo y Al- 
drete, caballero del orden de .Santiago y capitán de corazas, y D. Pedro, 
segundo señor de la Torre de Juan Abad. 



Obras de Que vedo 153 



Kn la lucha del alma que va á desprenderse del cuerpo, 
todos los recuerdos de la vida agolpábanse á la mente del 
poeta. Ya en su delirio escucha las olas de los embraveci- 
dos mares, acaso menos fieros que la deshecha borrasca 
de su fortuna, ya de los calabozos le aterran las medrosas 
paredes; ya respira en la soledad de aquellos desiertos, en- 
tre los silvestres árboles, libre de enemigos, de codicioso 
afán y ambiciosa locura; allí las encantadas memorias de la 
niñez, los amargos desengaños de la juventud, el amor de 
su excelente esposa, el dolor y el arrepentimiento. Hizo un 
esfuerzo el moribundo, y el canto del cisne estremeció el 
corazón y asomó las lágrimas á los ojos: 

En esta cueva humilde y tenebrosa, 
Sepulcro de los tiempos que han pasado, 
Mi espíritu reposa , ■ , 

Dentro en su mismo cuerpo sepultado, 
Y todos mis sentidos 
Con beleño mortal adormecidos, 
Libres de ingrato dueño 
Duermen, despiertos ya de largo sueño 
De bienes de la tierra, 
Gozando blanda paz tras dura guerra. 



Yo soy aquel mortal que por su llanto 
Fué conocido más que por su nombre, 
Ni por su dulce canto; 
Mas ya soy sombra sólo de aquel hombre 
Que nació en Manzanares 
Para cisne del Tajo y del Henare». 
Llámeme entonces Fabio; - , , ',,.' 
Mudóme el nombre el desengaño sabio, 
Y llamóme Escarmiento, 
Muy célebre habité con dulce acento 
De Pisuerga en la orilla; mas agora 
Canto mi libertad con mi silencio. 
El Lete me olvidó de mi señora, 
El Lete cuyas aguas reverencio. 

Estas mojadas, mal enjutas ropas. 
Estas no escarmentadas ni deshechas 
Velas, proas y popas; 
Estos pesados grillos, y estas flechas. 



I 54 Su VIDA 



Estos lazos y redes 
Que me visten de miedo las paredes, 
Son venturosas prendas, aunque atroces, 
Que mudas como ves, sin lengua y muertas. 
Me están al alma siempre dando voces, 
De arena y agua de la mar cubiertas; 

Y del llanto y Uror que el alma suda 
Hechas tragedia de mis males muda. 

Aquí con estos bárbaros trofeos 
De peregrinaciones trabajosas 
Descansan mis deseos; 
Aquí paso las horas presurosas 
Razonando conmigo... 

Estos silvestres árboles frondosos. 
Los pobres frutos que este monte cría 
(Aunque pobres, sabrosos) 
Me ofrecen mesa franca nOche y día; 
Sírvanme aquestas fuentes 
De tazas de cristal resplandecientes... 
Aquestos pajarillos en su canto 
Imitan de los ángeles los tronos. 
Reglando con mi gusto y con mi llanto 
Ya los alegres, ya los tristes tonos. 
A murmurar me ayudan estos ríos 
De la corte las pompas y atavíos. 

Llenos de paz mis "gustos y sentidos, 

Y la corte del alma sosegada; 
Sujetos y vencidos 

Los gustos de la carne amotinada. 

Entre casos acerbos 

Aguardo á que desate destos niervos 

La muerte prevenida 

El alma, que añudada está en la vida, 

Para que en presto vuelo. 

Horra del cautiverio deste suelo. 

Coronando de lauro entrambas sienes. 

Suba al supremo alcázar estrellado, 

A recibir alegres parabienes 

De nueva libertad, de nuevo estado (i). 



i 



(i) Que ésta fué la última composición de Quevedo está fuera de 
duda; sobre el tiempo en que se escribió la hay sin embargo. D. Pedro 
Aldrete, en el prólogo á Las tres musas últimas castellanas, dice que «ha- 
biendo, después de su última prisión de León, vuelto D. Francisco á la 



Obras DE QuEVEDü í55 



Si no fué ejemplar la vida de OUEVEDO, lo fué su muer- 
te, resplandeciendo en ella la fe y la piedad cristianas. 

F'alleció en Villanueva de los Infantes, el día 8 de se- 
tiembre de 1645, al cumplir sesenta y cinco años de edad. 
Yace en la iglesia parroquial de aquella población, en la 
capilla de los Bustos (i). 

Torre de Juan Abad, antes de irse á Villanueva de los Infantes á curar de 
las apostemas que desde la prisión se le habían hecho en los pechos, ocho 
meses antes de su muerte (en febrero de 1645) compuso la primera can- 
ción 411c va impresa en este libro, en donde parece predice su muerte, pu- 
blica su desengaño, y da documentos para que todos le tengamos. Puede 
servirle de inscripción sepulcral.» 

(l) Asistióle en sus últimos instantes el P. Diego Jacinto de Tebar, 
de la compañía de Jesüs, docto varón, el mismo que en igual trance auxilió 
al cronista Pellicer, al bibliógrafo D. Nicolás Antonio y al famoso escritor 
de la Conquista de Méjico. 

«Viendo los médicos que por la fuerza del mal iba D. Francisco 
desfalleciendo cada día, mandáronle dar los santos sacramentos, así del 
Viático como de la Extremaunción. Lleváronle la sacrosanta Eucaristía con 
público y lucido acompañamiento de la parroquia, y la recibió con reverente 
ternura é intensa devoción. Quisiéronle traer juntamente la santa unción, y 
mandó diferirla, pareciándole no corría tanta prisa. Sintióse después algo ali- 
viado de sus males; pero no pasó muy adelante la mejoría, pues volvieron 
con tanta violencia, que obligaron á venir desde Granada, para asistirle, á su 
sobrino D. Pedro Aldrete y Carrillo. Alegróse sumamente D. Francisco de 
ver á D. Pedro, á quien quería entrañablemente por sus prendas de virtud 
y letras; y después de haber estado con él algunos días, quiso que volviese 
á Granada, pidiéndole tan solamente le dejase persona que le sirviese de 
secretario. Ejecutó D. Pedro su viaje, dejando con su tío al licenciado Juan 
López, criado suyo muy antiguo, y tan ejemplar y virtuoso, que hoy es be- 
neficiado de la villa de Agreda; el cual le asistió con grande puntualidad. 
Desde que recibió el Viático hasta el último de su vida cada día se quedaba 
á solas tres y cuatro horas, previniéndose á la muerte con fervorosos actos 
de amor de Dios. Mandaba despejar su cuarto, y si alguno se asomaba 
para ver lo que hacía ó si había menester alguna cosa, sentía casi con 
impaciencia que le estorbasen su recogimiento. Tres días antes de morir, 
llevándole el licenciado Juan López algunas cartas á que las firmase, dijo 
públicamente á los que allí estaban presentes: «Estas son las últimas cartas 
jíque tengo de firmar. i> Sucedió su muerte el año de 1645, á 8 de setiembre, 
día célebre por el nacimiento de nuestra Señora, y dichosa muerte de santo 
Tomás de Villanueva, su abogado y protector, habiendo antes repetido 
muchas veces que su mayor consuelo era morir en día tan señalado: prenda 
muy cierta del patrocinio que hallaría en la intercesión de la Madre de Dios, 
y del Santo, de quienes fué muy devoto. Y no carece de misterio el haber 
fenecido el curso de su vida en día tan célebre por muerte y nacimiento; 
pues por lo que se vio en su buena disposición, se puede tener por cons- 
tante que murió á la vida perecedera, para nacer á la inmortal de los bien- 
aventurados. 



I 56 Su VIDA 

Era de buena estatura; el cabello negro, limpio y algo 
encrespado; la cabeza ancha y bien repartida; blanco el 
rostro, larga y espaciosa la frente, con algunas viejas he- 
ridas, testimonio de su valor. Tenía las narices grandes y 
gruesas, y los ojos muy vivos y rasgados; pcio tan corto 
de vista, que llevaba anteojos continuamente. Fué abultado 
de cuerpo, de hombros derribados y robustos, de brazos 
flacos, pero bien hechos y galanos; cojo y lisiado de em- 
trambos pies, que los tenía torcidos hacia adentro; de in- 
genio pronto y feliz,^agudo en los dichos y profundo en las 
sentencias (i). Sumamente apasionado al estudio, leía en 



«Compuesto el cuerpo con la diligencia acostumbrada, y vestido con 
el manto de caballero y botas y espuelas doradas, tratóse de sus exequias 
y entierro. Y porque en su testamento había ordenado que le enterrasen 
por vía de depósito en la capilla mayor de la iglesia y convento de Santo 
Domingo de Villanueva, en la bóveda en que estaba enterrada D.^ Petro- 
nila de Velasco, viuda de D. Jerónimo de Aledinilla, y que de allí le trans- 
firiesen á la iglesia y convento real de Santo Domingo de Madrid, en la 
sepultura de su hermana D.^ Margarita de Quevedo; previniéndose los frai- 
les para el depósito, no quisieron venir en ello el vicario y clérigos de la 
parroquia, deseando tener esta prenda en su iglesia. A la cual finalmente le 
llevaron con grande lucimiento y concurso, y le hicieron suntuosas exequias, 
depositándole en la bóveda de la capilla de los Bustos, caballeros muy 
antiguos de aquella tierra.» (Tarsia, págs. 145 y sigs.) 

«El día de la Natividad de nuestra Señora, 8 de setiembre, célebre por 
el nacimiento de la Reina de los ángeles y muerte de santo Tomás de Vi- 
llanueva, de quienes había sido muy devoto, envió á llamar el médico por 
la mañana, y le pidió le tomase el pulso y le dijese cuánto le parecía po- 
dría vivir. Aunque lo rehusó el médico, respondió que tres días; á que re- 
plicó que no había de vivir tres horas. Pidió la unción, recibióla; murió 
antes de cumplirse las tres horas. Quedó con mejor semblante que vivo. 
Después de diez años de enterrado se vio su cuerpo entero.» (D. Pedro Al- 
drete Quevedo y Villegas, en el prólogo á Las tres musas últimas caste- 
llanas.) 

(i) Ala torpeza de los pies aludía Cervantes en el Viaje del Par- 
Tiaso, cuando, instándole Mercurio porque hiciese venir á D. Francisco, 
dijo: 

— iOh, señor! repliqué, que tiene el paso 
Corto, y no llegará en un siglo entero. 

Por lo demás, este retrato de Quevedo es copia del que hizo de sí 
mismo en la sátira que comienza 

Pues más me quieres cuervo que no cisne... 

Hoy, merced al grabado, á la pintura y á la escultura, podemos con- 
templar las facciones del gran satírico (Z). Los dos más importantes monu- 



Obras de Quevedo 157 



el coche, durante la comida, en el descanso de la cama; y 
para divertir sus peregrinaciones llevaba en unas bizazas 



mentos que las representan se hallan en la Biblioteca Nacional, y consisten 
en un bucto y un lienzo, que eran propios, dicen, del real alcázar, y los 
donó á aquella oficina Felipe V. 

En el busto la cabeza, de barro cocido y obra de valentísimo cincel, 
está llena de expresión y de vida; tanto, que maravillosamente semeja la 
verdad. Quevedo muestra sobre cincuenta y cinco años. Su fisonomía es 
melancólica y severa, su crencha hermosa, el entrecejo muy pronunciado, 
el labio grueso; muchas y antiguas cicatrices marcan su despejada frente; 
miran con indecisión sus ojos, propia de un corto de vista. 

De unos cuarenta años, con el cabello obscuro y limpio, las cejas en 
arco y algo rojas, las barbas levantadas y bien puestas, le presenta el lienzo, 
que tiene treinta y una pulgadas de alto y veintitrés de ancho: copia de 
buen original, muy antigua; pero de mano poco diestra y sobresaliente. Se 
notan, no obstante, en el cuadro accidentes que la naturaleza ofrece tan 
sólo, prueba clara de que el original se hizo á presencia de Quevedo. 

Tanto en el. lienzo como en la escultura, el semblante del poeta es 
algo más atrevido, pendenciero y acedo que en los grabados. 

El más apreciable de éstos engalana el Parnaso español que publicó 
D. Jusepe Antonio González de Salas, en 1648, bajo el amparo del duque 
de Medinaceli. Dibujó la lámina el gran Alonso Cano; pero el escultor Juan 
de Noort hubo de estropearla. Figura en el Parnaso Apolo coronando á 
D. Francisco; y recostado un sátiro en las grutas del monte, enseña en 
un medallón el retrato del escritor insigne: retrato que ha sido modelo de 
cuantos recomiendan las publicaciones de Ibarra y de Sancha y todas las 
modernas. 

Juan de Noort había hecho el año de 1635 otro retrato en 16.', gra- 
bada con punta muy fina. Aparece QUEVEDO joven, con el pelo corto, sin 
anteojos, en jaquetilla acuchillada, dentro de un óvalo que forman una pal- 
ma y un laurel. Debajo, en un lindo tarjetón, se lee este verso de Ovidio: 

Dente niihi studium 

Vitae gjiogue crimina déme. 

Este retrato, único que se grabó en vida de Quevedo (para la impresión 
del Epicteto y Phocílides), sirvió de original para las publicaciones de Bru- 
selas y Amberes, copiado por Pedro Clouwet con poca fortuna. 

No merece en verdad ninguna mención el que precede á la Política 
de Dios (1655), delineado por Marcos de Orozco. 

Con aquéllos entra en liza (y la semejanza del parecido y corrección 
del dibujo lo recomienda por extremo) el que de medio cuerpo, en actitud 
de escribir el poeta y coronándole un genio, se puso al frente de su vida 
en las impresiones, en 4.», de Madrid desde 17 13 á 1729; delineado en la 
corte, á vista de original excelente, por D. Salvador Jordán, y grabado por 
D. Francisco Gazán con arte y gracia. Contradícese y equivócase grande- 
mente D. Agustín Ceán Bermúdez en su Diccionario histórico de los más 
ilustres profesores de las bellas artes en España, al suponer en el artículo 
de Jordán hecha esta lámina en 1636, y en el de Gazán en 1650. Es error 
manifiesto. Los libros principales que en un estante parecen al lado de 
Quevedo, son los diversos tratados de la Providencia de Dios, escritos en 



158 Su VIDA 

un centenar de libros muy pequeños de varia literatura (i). 
Reunió cinco mil cuerpos en su biblioteca, y llamaba al ocio 
polilla de las virtudes y feria de todos los vicios, Aprove- 



1641, pero no publicados por completo hasta 1713: á cuyo año debe indu- 
dablemente referirse el retrato. 

En 1726 lo reprodujeron las prensas de Amberes, copiado muy bien 
por Pedro üaltha y estampado por Bouttats. 

Para la colección de Ibarra de 1772 abultó D. Mariano Salvador Mae- 
11a el de Cano de 1648, desnaturalizando la expresión del semblante; y lo 
grabó con acierto en Madrid D. Joaquín Ballester. De medio cuerpo se ve 
en esta lámina al autor de los Sueños en acción de escribir; á lo lejos des- 
cúbrese el Parnaso, y es bastante buena toda la composición. 

Para el tomo IV del Parnaso Español, Colección de poesías escogidas 
de los más célebres poetas castellanos, que sacó á luz Ibarra en 1770, tuvo 
á la vista D. Manuel Salvador Carmona una copia antigua del famoso ori- 
ginal de Velázquez, que existía efi el estudio del autor de esta colección 
D. Juan José López de Sedaño. Mas para la edición de las obras de QUE- 
VEDO, que hizo el mismo impresor en 1790, valióse del pincel delicado de 
D. Luís Paret y del buril de D. Juan Moreno Tejada, y no consta si tuvie- 
ron á la vista el mismo original ó sólo el grabado de Carmona. 

Uno y otro gozan, por su belleza y excelencia artística, de grande 
autoridad dentro y fuera de España. 

El de la Real Calcografía, dibujado por R. Ximeno, y esculpido por 
M. Brandi, fué, á mi ver, fantaseado sobre el de Maella de 1772. Aparece 
QuEVEDO con ropilla, capa y espada; muestra un papel en su mano dere- 
cha, y con la otra se apoya en un bufete. 

El Real establecimiento litográfico de Madrid publicó hace algunos 
años un retrato, tomándolo de otro cuadro original de Velázquez, pertene- 
ciente á la colección de D. José de Madrazo, pintor de Cámara de S. M. 
Hubo de litografiarlo D. Vicente Camarón. 

Otros muchos retratos que han aparecido en nuestros días son copia 
de alguno de éstos. 

Pero ni el rasguño de Cano, ligero sobre manera, ni los esmerados di- 
bujos de Maella, Carmona, Paret y Jimeno, como tampoco el diseño de 
Camarón, conforman entre sí, y en todos es convencional la expresión del 
rostro del poeta, vivo trasunto del alma, que en los grabados se encuentra 
hoy desnaturalizada. 

Fuerza es ya que los pintores acudan de nuevo á la fuente. Esta no 
es otra que la escultura de la Biblioteca Nacional. 

(1) «Sazonaba su comida, de ordinario muy parca, con aplicación 
larga y costosa; para cuyo efecto tenía un estante con dos tornos á modo de 
atril, y en cada uno cabían cuatro libros, que ponía abiertos; y sin más 
dificultad que menear el torno, se acercaba el libro que quería.» (Tarsia, 
pág. 29). 

«Tenía una mesa con ruedas para estudiar en la cama; para el camino 
libros muy pequeños; para mientras comía mesa con dos tornos: de lo 
cual son buenos testigos los mesmos instrumentos, que están hoy en mi 
casa, en la villa de la Torre de Juan Abad.» (El sobrino de QUEVEDO, en 
el prólogo de Las tres t/iusas tíltimas). 



Obras de Quevedo i 59 



chábase de los libros malos para no seguirlos, y de los 
buenos para imitarlos; y afirmaba no haber ninguno, por 
despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, co- 
mo ni algún lunar en el de mejor nota: «Catulo (decía) 
tiene sus erruies, Quintiliano sus arrogancias, Cicerón algún 
descuido. Séneca bastante confusión, y, en fin, Homero sus 
cegueras, y el satírico Juvenal sus desbarros; sin que le fal- 
ten á Egesias algunos conceptos, á Sidonio medianas su- 
tilezas, á Enodio acierto en algunas comparaciones, y á 
Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes 
ejemplos (i).» 

Era diestro en las armas, de atrevido corazón, y con- 
sultor de todos los valientes. Retirándose una noche tarde 
y solo, en Madrid, oyó ladridos de perros y á lo lejos grita 
y alboroto. Crecía y se avecinaba el ruido, y al prevenirse 
con su espada y broquel en ademán de pelear se le clavó 
en el escudo una onza que de casa de cierto embajador se 
había soltado. No supo con la obscuridad quién le embestía, 
y arrojando el broquel dejó á estocadas muerta la fiera. 
Los amigos ponderaban el caso; pero les dijo OUEVEDO 
que á saber con quién se las había, le hubiera dado más 
cuidado (2). 



(i) Tarsia, págs. 31, 33, 34, 35 y 100. 

«Cuan inclinado fué á la devoción y obras de religión Cristian , indi- 
cios son las limosnas que hacía, los buenos consejos que daba, los libros 
espirituales que sacó, y la frecuencia de los santos sacramentos de la Peni- 
tencia y Eucaristía. Guardaba un cuaderno en que tenía asentadas todas 
las confesiones que había hecho, así generales como particulares, desde 
que tuvo uso de razón; con que tomando el hábito de Santiago, no le 
hizo novedad la costumbre de tener los caballeros certificación de las 
veces que confiesan por obligación, y mucho menos la de juntarse los días 
solemnes á comulgar. Lo que se debe ponderar es, que se previno con tantas 
veras á la muerte, que fuera de las vivas diligencias que hizo estando en- 
fermo, aun bueno y sano pensaba muy á menudo en los medios para dispo- 
nerse á ella. Y en los últimos años de su edad había hecho tales progresos 
en el desengaño del mundo, que solía decir á sus amigos: «No hallo cosa 
«desta vida en que poner los ojos, sin que me haga un pronto recuerdo de 
»la muerte.» (Tarsia, pág. 152.) 

(2) Tarsia, pág, 60. 



l6o Su VIDA 

Lograron sus adversarios solevantar á los serranos de 
la Torre de Juan Abad, animándoles á que sacudiesen el 
yugo de quien se titulaba señor «de lo que no era suyo, ni 
debía serlo en tanto que hubiese hombres en la villa.» Pú- 
sole ésta veintidós pleitos, y como para proseguirlos afir- 
mase un villano que vendería sus propios hijos, «bien los 
puedes poner en venta (replicó el bienhechor del pueblo); 
pero no digas que son tuyos, si ha de haber quien te los 
compre» (i). 

El vulgo le atribuye todos los dichos ingeniosos, como 
refiere los hechos de fuerza al Sansón de Extremadura, 
Diego García de Paredes, y como aplicaron los antiguos á 
Hércules todas las hazañas. Los más de los chistes que se 
cuentan de QuEVEDO son apócrifos: citemos algunos ver- 
daderos. 

Convidáronle, y á otros camaradas y amigos, para oir á 
ciertas damas famosísimas en cantar y tocar el arpa. QuE- 
VEDO, cuidadoso de encubrir la fealdad de su cojera, llevaba 
por lo común hábito largo; pero como al penetrar en la 
sala descubriese uno de los pies casualmente, provocó la 
burla y mofa de las alegres damas, tanto, que de ellas la 
más chusca dijo á los recién venidos que habían entrado 
con mal pie en aquella estancia. «Pues, señoras mías, aún 
hay otro peor en el corro», contestó el mesurado caba- 
llero, y sacó el otro más mal hecho y más torcido (2). 

Al tiempo de sus bravas peloteras con aquel mimado 
culterano de quien dijo: 

El doctor tú te lo pones, 
El Montalbán no lo tienes: 
Con que, en quitándote el don, 
Vienes á o^^ázx Juan Pérez, 

topó con algunos ociosos en la puerta de Guadalajara, que 



(i) Tarsia, 1 18. — Tribtmal de la j'tista venganza. 
(2) Tarsia, pág. 105. 



Obras de Quevedo i6i 



se divertían en ver un lienzo de san Jerónimo, á quien azo- 
taban los ángeles, y rompió de repente en esta redondilla: 

Grandes azotes le dan 
Porque á Cicerón leía: 
¡Fuego de Dios, qué sería 
Si leyese á Montalbán! (i) 

Cuando dictaba su testamento, quiso persuadir a DoN 
Francisco el vicario de Villanueva de los Infantes á que 
dispusiese con músicos un lucido entierro, digno de per- 
sona tan principal; mas prontamente replicó el enfermo: 
«La música pagúela quien la oyere. (2)» Su apacibilidad y 



(i) Pedro Jc'Seph Suppico de Moraes, en la parte segunda de su Co- 
llecgam politica de apüphthegmas laenioraveis (pág. 231 del libro III de la 
parte II, edición de Lisboa, oriental 1733) refiere este caso de diverso mo- 
do. Helo aquí: 

<tZ>. Francisco de Quevedo. 

Quevedo, e Montalvaó foraó sempre inimigos declarados. Andava hu- 
ma tarde passe/audo Quevedo no Parque com hum Cavaiheiro; este vendo 
acaso passar a Montalvaó, quiz fazel/los allí amigos, e o chamou, dizendo- 
Ihes, que nao parecía bern, sendo elles dous sogeítos taó grandes, fossem 
taó oppostos, que déssem que fallar a toda a' Corte; e que assím Ihes pedia 
se fizessem allí amigos. í'ízeraó-se as pazes, e por final dessas, Ihes pedio o 
medianeiro, que fizes/sem huma copla entre ambos a Sao Jerónimo; o qual 
alli esta pintado, agoutando-o o Demonio, pelo deleite, que tínha de 1er a 
Cicero. Disse Quevedo: 

Empiece el señor don Juan Pérez. Prin/cipiou Montalvaó: 

Por leer á Cicerón 
Muchos azotes le dan. 
Respondeo Quevedo: 

Miren ustedes qué hicieran 
Si leyera á Montalvan! 

E ficaraó para sempre maís inimigos, do que es/tavaó.» 

En un manuscrito de fines del siglo XVII que tiene D. Serafín Esté- 
baner Calderón leo, sin embargo, lo siguiente: 

«Esta quintilla hizo el salado ingenio de D. Jerónimo de Cáncer en 
unas que compuso al gran doctor san Jerónimo: 

Porque en Cicerón leía 
Grandes azotes le dan 
Los ángeles á porfía; 
Miren lo que del sería 
Si leyera en Montalbán.» 

(2) Tarsia, pág. 144. 

Ya lo había cantado en el romance de Talía: 

Miísica que no he de oíUa, 
Que la pague quien la oyere. 



1 62 Su VIDA 

gracia en el decir no tuvieron, ni después han tenido, rival 
en España. 

Hé aquí al poeta y gran político tal como aparece de 
sus obras y de los documentos fidedignos de su época. 
Acaso haya abierto algún lector este libro pensando oir la 
historia de un ser maravilloso, y ha encontrado la de un 
hombre con sus grandezas y miserias, sus debilidades y vir- 
tudes. Pero ya sabe su condición y vida. Ahora, si entra en 
anhelo de conocer su alma, lea sus escritos. 

Madrid, 13 de noviembre de 1852. 

AuRELiANO Fernández-Guerra y Orde. 



DOCUMENTOS 



ia) 



DOCUMENTO PRIMERO 

Nobleza del linaje de Quevedo-Villegas. (¿>) 

Información. — En el lugar de San Vicente del valle de Tho- 
ranzo, á diez días del mes de julio de mil setecientos y tres años, 
el dicho D. Manuel de Quevedo, vecino del lugar de Barcena y 
villa de Madrid, para prueba y averiguación de lo contenido en 

(«) Inéditos son casi todos y de utilidad suma para esclarecer la vida 
del insigne escritor y muchos sucesos de su tiempo. Al disponer y dirigir 
su publicación he tenido á la vista ya los mismos documentos originales, 
ya esmeradísimas copias de los que existen en Simancas. Debo éstas al 
celo y bizarría del digno archivero general D. Manuel García González, y 
de los entendidos oficiales del propio establecimiento D. Francisco Díaz y 
Sánchez y D. Juan Manuel Bello. Logré disfrutar aquéllos en virtud de 
licencia competente, bien como individuo de la Real Academia de la His- 
toria, bien como oficial de la Secretaría de Gracia y Justicia, autorizado 
para compulsarlos en los archivos del suprimido Consejo de Castilla, del 
tribunal especial de las Ordenes militares y del tribunal supremo de Jus- 
ticia. Finalmente, al pie se indica la procedencia de los papeles y datos 
que no pertenecen á ninguna de estas dos clases. 

El documento que carece de epígrafe tiene por materia la misma del 
anterior (A). 

(¿) Sacado del tanto de la información ad perpetúan que practicó 
por los años de 1703 y 1704 D. Manuel de Quevedo, y que hoy guarda 
auténtica D. José Heriberto García de Quevedo. 

Para ella presentáronse nueve testigos de mayor excepción; registráronse 
con intervención judicial, á presencia de los regidores y procuradores gene- 
rales, el archivo del valle de Toranzo, depositado en el lugar de Santiurde, 
los libros parroquiales de Barcena y los oficios de escribano de Bejorís; y 

(A) Marcaré con un asterisco algunos documentos que me parecen de sospechosa 
autenticidad por las razones que se alegarán en el Apéndice. (M. M. y P.) 



164 Documentos 



el pedimento por su parte presentado, presentó por testigo á 
D. Antonio de Villegas, vecino de dicho lugar; del cual su mer- 
ced de dicho señor Gobernador tomó y recibió juramento por 
Dios nuestro Señor y una señal de cruz, en forma de derecho. 
Y habiéndole hecho bien y cumplidamente, como se requiere, 
prometió decir verdad; y siendo preguntado al tenor de dicho 
pedimento, que le fué leído, dijo: «Que conoce al dicho D. Ma- 
nuel que le presenta, y sabe es vecino y natural del dicho lugar 
de Barcena, y como tal se halla elegido este presente año por al- 
calde de los caballeros hijosdalgo del, cuya tenencia sirve ac- 
tualmente, por su nombramiento, D. Diego Bernardo de Ceva- 
llos, vecino del dicho lugar. Y sabe es hijo legítimo de D. Fran- 
cisco de Quevedo y D.^ María Pacheco, difunta; nieto legítimo 
de D. Juan de Quevedo y D.^ Luisa de Bustamante, por línea 
paterna; y por la materna, de D. Pedro Pacheco y D.^ Esperanza 
de Castañeda, ansí mismo vecinos y naturales del dicho lugar de 
Barcena. Y biznieto legítimo de D.Juan de Quevedo y D.^ Men- 
cía de la Vega; y tercero nieto de D. Juan Gómez de Quevedo 
y D.^ María de Zevallos; y cuarto nieto legítimo de D. Pedro 
Gómez de Quevedo y D.'' María de Villegas; y que por tales han 
sido y son habidos y tenidos, y comunmente reputados. Y que 
así unos como otros han sido y son vecinos y naturales del dicho 
lugar de Barcena y del de Bexorís, en este dicho valle: y lo sabe 
el testigo por haberlo visto en el tiempo de su acordanza, oído 
y entendido á sus padres y mayores, además de haber conocido 
hasta sus abuelos, de vista, trato y comunicación. Y sabe que 
así unos como otros, por ambas líneas, han sido y son cristianos 
viejos y limpios de toda raza infesta, ni penitenciados por el santo 
oficio de la Inquisición ni por otro tribunal, ni de los nueva- 
mente convertidos á nuestra santa fe católica; caballeros hijos- 
dalgo, notorios de sangre, según fueros de España y descendien- 
tes de las casas solariegas é infanzonas y conocidas (i) de sus 



se compulsó «una copia, sacada en 1662, del testamento y codicüo del 
famoso D. Francisco de Quevedo.» 

Al pie de la primera declaracióu de testigos pongo por variantes las 
diferencias más notables de las otras. 

(i) que todas están sitas y fundadas en el dicho valle y lugares 

de Barcena y Bexorís; como lo es la casa y solar de Qucuedo, que está 
fundada en la eminencia del barrio de Zerzeda, que media entre los lugares 



OnRAS DE QUEVEDO 165 



apellidos; las cuales están sitas y fundadas en este dicho valle y 
sus lugares, como lo es la casa y solar de Zerceda, de quien fué 
señor y mayor D. Francisco de Quevedo-Villegas, caballero del 
orden de Santiago y señor de la Torre de Juan Abad, cuyas proe- 
zas son 7totorias en este reino por su grande erudición y letras, 
dignas de eterna memoria; quieti fué sobrino carnal de D. Juan 
Gómez de Quevedo, tercero abuelo del que le presenta, por haber 
sido hermano entero de D. Pedro Gómez de Quevedo, padre del 
dicho D. Francisco, y quien sabe el testigo dejó de limosna á 
la parroquial del lugar de Bexorís (i), donde era su nacimiento, 
grandísimas alhajas de plata de muy costosos precios, y vesti- 
mentas para el culto divino, como son lámparas, viriles, cáli- 
ces, patenas, salvillas, vinajeras, incensarios, cruces, pendones de 
damasco encarnado, mangas de lo mismo de diferentes colores, 
casullas de mucho precio, con todo lo demás necesario, con que 
sabe el testigo que hoy actualmente se está sirviendo la dicha 
iglesia parroquial de dicho lugar. Y que todos los referidos, como 



referidos de la cual y sus mayorazgos fué señor y mayor, etc. ( — Bar- 
tolomé Fernández de la Herrón, de ochenta y un años.) 

la casa infanzona de Quevedo, de Zerzeda, que media entre los 

lugares dichos de Barcena y Bejorís, etc. ( — D, Fernando de Rueda Ce- 
vallos, de sesenta y seis años.) 

..... Vejorís, que distan medio cuarto de legua en este dicho valle 

de Toranzo. 

La casa de Quevedo está en la eminencia del barrio de Zerceda, con 
sus escudos de armas. De cuyo mayorazgo, casa, señorío y rentas y demás 
preeminencias fué señor y mayor D. Francisco de Quevedo-Villegas, 
caballero del orden de Santiago y señor de vasallos de la villa de la Torre 
de Juan Abad, cuyas memorias se deben escribir en láminas de bronce por 
su grande calidad y letras, cuyos escritos permanecerán eternos en el mun- 
do. ( — D. Francisco de Agüero, de setenta años.) 

(1) que está pegante al de Barcena, muchas alhajas de plata y orna- 
mentos, lámparas y otras cosas que hoy permanecen para el culto divino 
en dicha iglesia con el rótulo de su nombre, pendones, vestimentas y casu- 
llas de mucho coste. ( — Miguel Calderón, vecino de Barcena, de sesenta y 
ocho años.) 

después de otras muchas obras pías y limosnas, grandísima canti- 
dad de plata labrada de supremo valor y precio, como son lámparas para 
luminaria del Santísimo Sacramento, blandones, candeleros, copones, viri- 
les, cálices y patenas, cruces, salvillas y vinajeras, incensarios y relicarios 
para administrar sacramentos, pendones, mangas de damasco de seda de 
diferentes colores, casullas bordadas, vestimentas y otras muchas alhajas, 
con que hoy actualmente se sirve el culto divino. ( — D. Francisco de 
Agüero.) 



I 66 Documentos 



tales caballeros, han obtenido y regentado todos los oficios y 
puestos honorosos que se dan y distribuyen á los demás caba- 
lleros hijosdalgo en este dicho valle y lugar referidos (i), como 
descendientes de las casas solariegas. Todo lo cual sabe el testigo 
por haberlo visto, oído y entendido á sus padres, abuelos y ma- 
yores, y personas ancianas, además de ser todo público y noto- 
rio, pública razón y fama y común opinión, sin cosa en contra- 
rio. Esto dijo ser la verdad, y lo que sabe, por el juramento que 
fecho tiene; en el cual se afirmó y ratificó, y lo firmó junto con 
su merced, dicho día, mes y año dichos, en presencia de mí el 
presente escribano; y dijo ser de edad de setenta y ocho años, 
poco más ó menos tiempo.» — Licenciado D.JacÍ7ito Saravia de 
Rueda. — D. Antonio de Villegas. — Ante mí. — Francisco Gonzá- 
lez de la Concha. 

DOCUMENTO II 

Blasones de esta familia, {a) 
Escudo trino, partido en pal de alto abajo. Llena la mitad, 
ó sea el primer cuartel, un pendón con su asta, parte blanco y 
parte rojo, en campo de plata. En la otra mitad tres lises de oro 
en campo azul, puestas en fautor, componen el segundo cuartel; 
y el tercero, caldera en plata. La celada á la mano derecha. 

DOCUMENTO III 
Padres y abuelos del escritor. {J)) 

Su padre fué Pedro Gómez de Quevedo, secretario de la seño- 
ra reina D.^ Ana, mujer del señor rey D. Felipe II, en cuya ocu- 
pación dio singulares muestras de su entendimiento, sazonándo- 
las siempre con piedad cristiana; y lo había sido antes de la se- 
ñora emperatriz María, en Alemania, con tanta satisfación, que 
en abono de sus servicios y mérito escribió una carta al pruden- 
tísimo Rey, su yerno, desde Praga á 29 de agosto de 1578, raos- 



(i) como unos déla primera nobleza desta montaña y descendien- 
tes de los ricos homes de Castilla. ( — Juan González Pacheco, de setenta 
años.') 

(a) Lindamente grabados en cobre, los ostenta la portada del Pane- 
gírico de Juliano César, traducido al latín por Vicente ISlariner, edición 
príncipe, de Madrid, por Pedro Tazo, 1625. 

(¿) Tarsia, Vida de D. Francisco de Quevedo, impresa en 1663, p. 6. 



Obras de Quevedo 167 



trando la mucha estimación en que le tenía. Fué su madre doña 
María de Santibáñez, que asistiendo desde sus tiernos años á la 
cámara de la Reina, no le embarazaron las exterioridades de la 
corte el intento de formar su interior con frecuentes oraciones, 
ayunos y otras obras religiosas, haciendo de su pecho una celda, 
y de palacio un convento. Tomando después estado, no intermi- 
tió este modo de vivir; antes le acrisoló mayormente, haciéndose 
espejo de casadas, como lo había sido de doncellas, llevando el 
yugo del santo matrimonio con su marido muy concorde, con 
los domésticos apacible, y con sus hijos cuidadosa, orlándolos 
con la leche del temor de Dios. En ambos concurrieron prendas 
de muy antigua calidad y nobleza, pues el secretario Pedro Gó- 
mez de Quevedo fué hijo de Pedro Gómez de Quevedo y de 
D.* María de Villegas, el uno natural de Bejorís, y la otra de Vi- 
Uasevil, en el valle de Toranzo, donde los Quevedos y los Ville- 
gas tienen sus antiguos y nobles solares. 

Juan Gómez de Quevedo, tío de D. Francisco, dejó á la igle- 
sia parroquial de Bejorís gran cantidad de plata labrada, con 
que hoy se sirve el culto divino con mucho lustre y decencia; 
y todos sus antepasados, con la nobleza de la sangre, juntaron el 
celo de la religión cristiana. 

Por los Villegas tuvo D. Francisco por sus ascendientes á 
Pedro Ruiz de Villegas, adelantado mayor de Castilla y señor 
de Muñón y Caracena, que casó con Teresa de Vega, hija única 
de Gonzalo Ruiz de la Vega el del Salado. Y también á Sancho 
Ruiz de Villegas, comendador de la orden y caballería de San- 
tiago, capitán de la guarda del rey D, Juan el Segundo, corre- 
gidor de la ciudad de Alcaraz; el cual estuvo casado con doña 
María Andino, é hizo muchos y muy señalados servicios á la 
corona de Castilla. Y asimismo lo fué D. Alonso Ortiz de Ville- 
gas, caballero de Toledo, de quien descienden los marqueses del 
Villar; el cual de su nobilísima mujer D." María de Silva tuvo 
por hijos á D. Diego Ortiz de Villegas, que pasó á Portugal por 
confesor de la princesa D;' Juana; y el rey D. Juan el Segundo de 
aquel reino le hizo su capellán mayor y obispo de Ceuta, y lo 
fué después de Viseo. Y también á D.^ Mencía de Villegas, que 
casó con Pedro Fernández de Villanueva, descendiente de don 
Luís de Villanueva, muy nombrado en las historias de España. 



1 68 Documentos 



Pasando después estos caballeros á Portugal, llamados del obis- 
po D. Diego Ortiz de Villegas, su hermano, asentaron casa en 
Moura, y el rey D. Manuel honró mucho á sus hijos. El año de 
1538 el rey D.Juan el Tercero, en remuneración de los servicios 
que le hizo su nieto Pedro de Villanueva, le dio nuevas armas, 
que son una serpiente, llamada tiro, de oro, con pintas negras 
en campo verde, y por timbre medio tiro, del mismo color, que 
están registradas en el archivo real de aquel reino, que llaman 
Torre de Tombo. Es su legítimo descendiente D. Diego Enrí- 
quez de Villegas, caballero y comendador en el orden de Cristo, 
capitán de corazas, muy conocido por su calidad y escritos, y 
fué estimado de D. Francisco por su pariente y amigo, y mucho 
más por sus letras y erudición. 

La familia de su madre no fué menos ilustre, porque el ape- 
llido de Santibáñez es muy antiguo en el mismo valle de Toran- 
zo, donde fué su origen, aunque D.^ María nació en Madrid; y 
fueron sus padres Juan Gómez de Santibáñez Cevallos, natural 
de San Vicente de Toranzo, aposentador de palaciode la señora 
Emperatriz, á quien el año de 1566 le asentaron plaza de con- 
tino de la real casa; y D.^ Felipa de Espinosa y Rueda, natural 
de Madrid y azafata de la Reina, entrambos de noble prosapia y 
descendencia. 

Tuvo D. Francisco tres hermanas: la mayor se llamó doña 
Margarita de Quevedo, que casó con D. Juan Aldrete y San Pe- 
dro, caballero del orden de Santiago y caballerizo de su majes- 
tad; de cuyo matrimonio nacieron D. Juan Carrillo y Aldrete, ca- 
ballero del hábito de Santiago, en quien iguq.lmente se compiten 
prendas muy ventajosas de entendimiento y valor, como lo ha 
mostrado en todas ocasiones, y ahora sirviendo el puesto de ca- 
pitán de corazas en el ejército contra Portugal; y D. Pedro Al- 
drete Carrillo Quevedo y Villegas, colegial del mayor del Arzo- 
bispo, y segundo señor de lá Torre de Juan Abad, por su vir- 
tud y letras muy digno de sus mayores, y merecedor de cualquier 
puesto de su profesión. 

La otra fué la madre sor Felipa de Jesús, monja carmelita 
descalza en el convento de Santa Ana desta corte, religiosa de 
ejemplar y santa vida. 

La tercera y última tuvo por nombre D.^ María, y fué la pri- 



Obras de Quevedo 169 



mera que se cayó en flor del árbol de la vida perecedera, dando 
principio á la inmortal desde los primeros años de su edad y 
primer ensayo de su virtud. 

DOCUMENTO IV {a) 

D. Francisco de Quevedo, natural de Madrid. Nació en 
Madrid. 

Sus padres fueron Pedro Gómez de Quevedo, natural de Be- 
jorís en el valle de Toranzo, y D.^ María de Santibáñez, natural 
de Madrid. 

Sus agüelos paternos fueron Pedro Gómez de Quevedo el 
viejo, natural de Bejorís, y María Sáenz de Villegas, natural de 
Villasevil, en el dicho valle. 

Sus agüelos maternos fueron Juan Gómez de Santibáñez Ce- 
ballos, natural de San Vicente de Toranzo, y D,^ Felipa Despi- 
nosa y Rueda, natural de Madrid. — D. Francisco de Quevedo. 

1580 

DOCUMENTO V 
Partida de bautismo de D. Francisco de Quevedo-Villegas. ((5) 

En 26 de setienbre de 1580 as {afws) se bautigo franco, hijo 
de P° de quebedo y de doña M'' de santibaja {enmendado: San- 
tibáñez) fueron padrinos P" de suncia y doña margarita de San- 
tibáñez T°s P° Sánchez y Sebastian min {Martín) — Licen^" Del- 
gado. 

1596 á 1600 

DOCUMENTO VI 

Sus estudios en Artes en la universidad de Alcalá de Henares. {c\ 

Matrícula desta universidad, de la rectoría del Sr. Dr. D. Ál- 



(a) Apuntainiento de él mismo, para su expediente sobre merced de 
hábitc^^en la orden de Santiago. Autógrafo se conserva en el archivo del 
tribunal especial de las Ordenes militares. 

{¿>) Lib. VI de bautismos, fol. 169 v., en la parroquial de San Ginés 
de Madrid. 

(<r) Como resultan de las notas de la universidad complutense, que 
originales se guardan hoy en el archivo de la Central, y han sido escrupu- 
losamente examinadas. 

El estudio de Artes se hacía en cuatro años, y eran objeto suyo cons- 
tante las obras del filósofo Estagirila. Sus cuestiones, que llaman los comen- 

22 



170 Documentos 



varo Sánchez Lizarazu, desde San Lucas del año 1596 á 97. 
«■Sumulistae. Maestro Luís García. 



tadores Lógica parva 6 Súmulas, estudiábanse (comunmente por el libro 
de Pedro Hispano) en todo el primer curso. Destinado el segundo á la 
Magna Lógica de Aristóteles, habían de leerse en él sus Antepredicainentos 
y Predicamentos, los dos libros de Perihermetiias, los de Posteriores, cuatro 
de 7'ópicos y los dos de E¿e?tcos, además de los de Predicables de Porfirio. 
— Empleábase el tercer año en la Filosofía natural, ó sea los ocho libros 
de los Físicos del mismo Aristóteles. — Y á seis de los Metafísicas estaba 
dedicado el último curso. Este podía ganarse en el tiempo que media desde 
San Lucas á la Purificación de nuestra Señora, después de cuya fiesta co- 
menzaban ya las tentativas y exámenes generales de todos los cuatro años. 
Aprobados los ejercicios, entraban entonces los escolares al grado de ba- 
chiller. 

Para el de licenciado en Artes continuaban los bachilleres oyendo al 
mismo catedrático, hasta concluir la Filosofía natural y la Aletafísica, y 
conocer seis de los libros de Filosofía moral. A últimos de marzo tenían 
dos conclusiones públicas, á estilo de la universidad de París, y las decían 
magnas por seguir luego otras menores. Los exámenes de licenciado princi- 
piaban en el día de san Ambrosio. 

. 1.03 profesores eran llamados regentes y maestros, y habían de dar tres 
lecciones de á hora cada día, y tener dos reparaciones y conclusiones de 
media hora, estándose al poste oyendo las dificultades y preguntas que les 
hacían sus discípulos. 

Para obtener matrícula en Súmulas debía presentarse cédula de exa- 
men en gramática, firmada por los catedráticos de retórica y griego. 

Pié aquí la cédula de examen de aptitud para recibir el grado de ba- 
chiller: i Vuesamerced, señor Secretario, será servido de mandar aprobar los 
cursos de súmulas y lógica y física á..., natural de..., diócesis de... Fecho 
á... — El maestro Luís Fernández, decanus Artium.» 

Véase la cédula para licenciado: «Vuesamerced, señor Secretario, será 
servido de mandar aprobar los cursos de metafísica, y moral y matemáticas 
al bachiller N., elc.i' Las Matemáticas se estudiaban por Eucfides, Tolo- 
meo, D. Alonso el Sabio, Gema Frisio, Oroucio, Purbaquio y Sacrobosco. 

Los grados se conferían de noche. En ellos había propinas para el 
rector, catedrático, examinadores, secretario, bedeles, maestro de ceremo- 
nias y contador, y para las arcas del colegio de la facultad y de la beatifi- 
cación del gran Cisneros; siendo de cuenta de la segunda el pago de mi- 
nistriles, trompetas y atabales. 

En la licenciatura presentaba el decano al canciller todos los que ha- 
bían de hacerse licenciados, á fin de inscribirlos en el libro de la facultad. 
Luego, para cada lugar en el orden con que debían ir en la lista, vota- 
ban por cédulas secretas los examinadores; echándose á la suerte los que 
tuvieron votos iguales, y prefiriendo al que primero salía. Sin embargo, en 
el registro se expresaba así: Isti quinqué (ó los que eran) venerunt sorte. 
Comunmente se confería la licencia en el templo colegial de San Justo y 
Pastor: sentados los aspirantes, era potestativo en el canciller suscitar una 
cuestión espectatoria, á que respondía el segundo de los bachilleres. Y con- 
cluida, el primero á nombre de todos pronunciaba una elegante oración en 
alabanza de las artes liberales. Contestábale con no menor esmero el can- 



Obras üe Quevedo i 7 1 



»En 20 días del mes de octubre... don (a) Francisco de Que- 
vedo, de Madrid, t. d. Qolctanae dioecesis) (16 años. — Foja 14).» 

Matrícula de la rectoría del Sr. Dr. Guijarro, desde Sanct 
Lucas del año de 97 en adelante, hasta Sanct Lucas venidero. 

<!.Logici. Maestro Luís García. 

»En 20 días del dicho mes de otubre... don Francisco de 
Quevedo, de Madrid, d. t. 17 ( — Foja 29).» 

Matrícula de la rectoría del Dr. Calvo. 1598. 
«.Fhysici. M. Ludovici García. 



ciller, quien, recibiéndoles juramento, los hacía licenciados en virtud de 
facultad apostólica. Dábanse gracias á Dios, un hacha de cera al canciller, 
y pagados ya los derechos, que no excedían, por estatuto, de nueve flori- 
nes, terminaba aquel acto solemne, que sólo podía tener lugar una vez en 
el año. 

Quien deseare más pormenores búsquelos en el libro de las Constitutio- 
nes insignis collegii Sancti Ildephonsi, ac per indc totius alniae CompliitensJs 
Acadenñae, Alcalá, por Julián García Briones, 1716. Y no deje de consul- 
tar la Reformación que por mandado del Rey nuestro señor se ka hecho en 
la universidad de Alcalá de Henares, siendo visitador y reformador el señor 
Dr. D. García de Medrana... año de mil y seiscientos y sesenta y cinco. 
Anda impresa. 

Cerremos esta nota mostrando á los curiosos cómo se abría la matrí- 
cula general, y sirva para ello el encabezamiento de la del año de 1596, por 
que damos principio: 

■lEsia es matrícula desta insigue universidad de Alcalá, que pasa ante 
mí Luís de la Serna, secretario desta insigne universidad de Alcalá, adonde 
se matriculan todos los estudiantes y graduados della que se quieren matri- 
cular, y colegiales mayores y oficiales; y juran ser obedientes al señor rector 
desta universidad in rebns licitis et honestis, conforme á las constituciones 
della. Y yo, el dicho Luís de la Serna, secretario, doy fe que en la dicha 
villa de Alcalá de Henares, en 18 días del mes de octubre de 1596, yo, el 
dicho secretario, hice dar edictos de un tenor firmado del dicho señor Rec- 
tor, y refrendado de mí el dicho secretario, en las dos puertas principales 
deste insigne colegio de Sanct Illefonso; por los cuales el señor Rector 
mandaba y mandó á todos los estudiantes graduados y á los que no lo son, 
desta universidad, que dentro de seis días primeros siguientes desde hoy di- 
cho día 18 días del mes de octubre del dicho año, se matricularen, so pena 
de no gozar de los previlegios desta universidad y de no valerles los cursos. 
Y fueron testigos á los ver fijar Pedro Sánchez de Castro, bedel, y Matías 
Ruiz Bravo, vecinos desta villa. En fe de lo cual lo firmo.» 

(<2) Es de notar que entre los estudiantes apenas se ve uno que tenga 
don, y que cuando el secretario se olvida de dar este tratarniento á Que- 
vedo, se subsana poniéndolo de otra pluma y de otra^ letra, como en el pre- 
' senté caso. 



1/2 Documentos 



»En 20 días del dicho mes de otubre... don Francisco de 
Quevedo, de Madrid, t. d. 18 ( — Foja 40).» 

Cuaderno de cursos de Artes, ansí para bachilleres como 
para licenciados, desde postrero día del mes de hebrero de 1599 
hasta el de 1600. 

iDoTí Fraticisco de Quevedo. — Eadem die(25 de marzo 1599) 
don Franciscus de Quevedo, de Madrid, dioecesis toletanae, ap- 
probatus vigore cedulae examinis et approbationis manu magis- 
tri Mnez subscriptae, sub datis die XVII octobris anni XCVI, pro- 
bavit fecisse tres cursas in Sumulis^ in Lógica, et Fy/isick, sub dis- 
ciplina doctoris Ludovici Garcia á die Sancti Lucae anni XCVI 
usque ad diem Sancti Lucae anni XCVIII, per majorem partem 
duorum annorum; cujuslibet eorum dúos primos, et Tertium in 
Fhysica, a die Sancti Lucae anni XCVIII usque ad praesentem 
diem, in praesenti Universitate Complutensi, mediantibus jura- 
mentis Joan de Morales, de Butrago, dioecesis toletanae, et Gil 
Crespo, del Pobo, dioecesis toletanae, sig.^a jurantium et firman- 
tium quasi concursantium. — Gil Crespo. — Hernando Mor ( — Fo- 
lio 5 vuelto).» 

Sinetos de bachilleres en Artes, discípulos del Dr. Luís Gar- 
cía (a): 

«1.° Don Francisco de Quevedo, de Madrid (Al fin del cua- 
derno').'!^ 

Alcalá.— Libro de actos y grados, 1582 á 1603. 

«En k villa de Alcalá de Henares, en 4 días del mes de otu- 
bre del año de 1599 años, ante el señor doctor Calvo, rector 
desta universidad, el maestro Morales dijo haber examinado 
ciento y cincuenta y cuatro bachilleres, decípulos del doctor 
Mansilla y del doctor Luís García; y los presentó, dijo, ante el 
doctor Vázquez de Velasco, examinadores todos, todos de los 
dichos bachilleres. Los dichos examinadores votaron por votos 
secretos; y regulados los votos, aprobaron á los dichos bachille- 
res. É luego en el dicho día, mes y año, en el teatro público de la 
dicha universidad, se leyó el rétulo de los dichos bachilleres: los 

(rt) Simio, imperativo de sino, vale «dejad, permitid que Fulano tome 
tal grado. í 



Obras de Quevedo 173 



cincuenta y seis, discípulos del doctor Mansilla; y los ciento sie- 
te, discípulos del doctor Luís García. Los cuales dieron el grado 
cada uno á sus discípulos, á los que se hallaron presentes; y los 
que faltaron no rescibieron el dicho grado, y van señalados/" 
(faltó). — En el teatro, á las seis horas después de medio día, á 
la hora de las seis después de mediodía, estando presentes el doc- 
tor Pascual Calvo, rector, y dichos examinadores, y el maestro 
Villaroel, decano de artes, y los doctores consiliarios, deán de 
teología y otros muchos doctores y maestros de la dicha univer- 
sidad, y Diego de Agramonte, bedel, leyó el dicho rótulo. Y el 
rótulo que se sigue es del tenor siguiente: 

»i\% doctor Joannes de Velas co, et magister Philippus de 
Morales examinatores baccalaureandorum in praedara Artium 
facúltate in hac alma Universitate Compluiensi, anno a nativitate 
Domini MDXCIX, die vero IV mensis octobris, rnittwius ad vos, 
sapientissimi inagistri Mansilla, et Ludovice García, discípulos 
vestros per nos examinatos et approbatos: qiiibus prccisse confe- 
retis gradum. Et sunt qui sequuntur: 

f." 58 (faltó; era su número el 58). Do?i Fraticiscus Quevedo, 
de Madrid. (Interlineado posteriormente de otra letra: Recepit gra- 
du?n a doctore Mansilla, die prima Junii \6oo, praesetitibus bcddlis.) 
»Y ansí habiendo sido nombrados los dichos bachilleres en el 
teatro de la dicha universidad de Alcalá, el dicho día 4 de otubre 
de 1599, á la hora de las cinco después de mediodía, los que ansí 
se hallaron presentes recibieron el grado de bachilleres en Artes, 
y se le dio á sus discípulos y á los discípulos del doctor Mansi- 
lla, por estar absenté el dicho doctor Mansilla, estando presen- 
tes el doctor Calvo, rector, y el maestro Villaroel, deán de ar- 
tes, y los dichos examinadores. — Pasó ante mí, Luís de la Serna, 
secretario { — Folio 407 vuelto).'» 

Matrícula de la rectoría del Sr. Dr, D. Juan Vázquez de Ve- 
lasco. 1599. 

«.Metaphysici. D. Ludovici García. 

»En 16 días del mes de noviembre... don Francisco de Que- 
vedo, de Madrid, t. d. 20 ( — Foja 42).» 



1 74 Documentos 



Cuaderno de cursos de Artes, ansí para bachilleres como para 
licenciados, que empieza desde postrero día del mes de febrero 
deste año de 1600 años, hasta el de 601. 

« Cuarto año parvas, don Francisco Quevedo. — Eadem die 
(17 //«? diciembre 1600) don Franciscus de Quevedo, de Madrid, 
probavit fecisse unum cursum in PhilosophiJi naturali et Meta- 
physicá, sub disciplina doctoris Ludovici Garcia, a die Sancti 
Lucae anni XCIX, usque ad diem ultimun mensis februarii anni 
MDC: et cursasse quatuor menses in Philosophiá morali eodem 
témpora, et fecisse responsiones parvas, praesente doctore Alde- 
rete, in praesenti Universitate, mediantibus juramentis Vincentii 
Fernandez, de Madrid, dictae dioeeesis, et Jusepe Bernardo, de 
Ontoria, dioeeesis sigoviensis, jurantium de visa quasi concur- 
santium et firmantium ( — Folio 40).» 

Sinetos de licenciados de 1600: 

«54. Don Francisco de Quevedo, de Madrid.» 



Alcalá. — Libro de actos y grados. 1582 á 1603. 

«En la villa de Alcalá de Henares, en 31 días del mes de 
diciembre de 1600 años, estando juntos el señor rector y exami- 
nadores de licenciados en Artes deste dicho año para votar las 
licencias y darlas de Artes; estando juntos, conviene á saber el 
maestro don Pedro Ruiz Malo, rector, y doctor Juan Baptista 
Neroni, abad de Alcalá y cancelario desta universidad de Alcalá 
de Henares, y el doctor Ginés Martínez, teniente de cancelarios, 
doctor Fernando Vázquez de Sosa, maestro Pedro Marín, maes- 
tro Ronda, examinadores de licenciados en Artes-, estando ansí 
juntos, habiendo aprobado á los licenciandos que habían exami- 
nado, que son noventa y dos, porque aunque habían examinado 
noventa y cinco, se salieron tres de las licencias; estando ansí 
juntos para votar las dichas licencias, concordaron de común 
consentimiento que seis de los licenciandos fuesen en primer lu- 
gar, como en el rótulo de abajo se dirá y se contiene. Y ansí les 
señalaron por primeros y en primer lugar, y formaron el rótulo 
como se sigue: 

»Sequitur ordo licentiandorum in praeclara Artium facúltate 
in hac alma Universitate Complutensi, toletanae dioeeesis, hoc 



Obras de Quevedo 175 

praesenti auno Domini AIDC, die vero XXXI et ultima mensis 
decembris: 

»Isti dúo baccalaurii sequentes venerunt sorte: 
Numerus. Baccalaureus. 

12 69 Andreas Ferrer de Ayala, de Cuenca. 

13 69 Don Franciscus de Quevedo, de Madrid. 
»Postea vero in Ecclesia Sancti Illefonsi istius oppidi Com- 

plutensis, toletanae dioecesis, die, et mense, et anno, quibus su- 
pra, scilicet die XXXI et ultima mensis decembris anni MDC, 
praedictus doctor Joannes Baptista Neroni, abbas complutensis 
et canceiarius Universitatis, dedit gradum Licentiae in Artibus 
et Philosophia praedictis XCII baccalaureis contentis in dicto ro- 
tulo, et quod possint, servato dicto ordine, ascenderé ad gradum 
Magisterii quando voluerint. Dicto die, mense, et anno, et hora 
XI cum dimidia post meridiem, praesentibus praedicto Rectore, 
et praedictis examinatoribus et Petro Sánchez de Castro et Al- 
fonso de la Pena bedellibus ( — Folios 503 _y 504).» 

DOCUMENTO VII 

Su estudio académico en la sagrada facultad de Teología, 
hecho en Alcalá de Henares, (a) 

Matrícula de la rectoría del maestio Pedro Ruiz Malo. Rec- 
tor Doctor el maestro Ruiz Malo. 1600. — 4.°= años Juan García, 
Francisco Alderete. 

« Theolo^L 



(a) Mi amigo el paleógrafo y distinguido profesor de la escuela de 
Diplomática, D. Manuel de Goicoechea, por quien logré copia fidelísima 
de los registros complutenses, no halló el nombre de QUEVicuo entre los 
estudiantes canonistas y teólogos de los años desde i6oi á 1612. 

Trasladado con la corte á Valladolid nuestro D. Francisco en 1601, 
y permaneciendo allí hasta 1 606, parecía natural que hubiese hecho en 
aquella universidad el estudio de Teología, en cuya sagrada ciencia sobre- 
salió tanto; pero ¡cosa peregrina! después de haber examinado los papeles 
del archivo, me aseguraron los entonces digno rector D. Manuel de la Cuesta 
y D. Julián Samaniego, secretario, que en ninguna matrícula ni documento 
hay noticia del famoso escritor á quien ya entonces se le admiraba en eru- 
dita correspondencia con Justo Lipsio, y mereciendo que éste le llamase 
«gloria la más alta de los españoles» (A). 

(A) Como en la Universidad de Valladolid no se enseñaba la facultad de Teología, 
carece de fundamento esta conjetura. (M. M. y P.) 



I ^6 Documentos 



»En 8 días del mes de noviembre... don Francisco de Queve- 
do, de Madrid, t. d. 20 ( — Foja 46).» 

DOCUMENTO VIH {a) 
Yo profesé en la universidad de Alcalá Teología y Filosofía, 
y estoy graduado; fueron mis maestros el doctor Montesinos y 
el doctor Thenas y el padre Lorca. No digo esto para la sufi- 
ciencia, sólo para que vuestra reverencia sepa que, aunque poco 
felizmente y muy mal á su parecer, hablo en lo que he profesado, 

DOCUMENTO IX {b) 

¿Quién quiso ser licenciado. 
Siendo un vinagre legón, 
Y ya con mucha razón 
La valona se ha 'encajado?... 

DOCUMENTO X * 
Es procesado en Alcalá de Henares, {c) 

Fué á Alcalá, y á un estudiante llamado D. Diego Carrillo 
(que le motejó de cobarde, porque le quitó una dama suya) le 
dio una estocada, que el estudiante estuvo muy malo de sus re- 
sultas. Tomó parte el Rector y se le formó causa; en la que 
nada se sentenció contra él, porque le perdonó Carrillo y se in- 
teresó por él el duque de Medinaceli. 

DOCUMENTO XI {d) 

¡Oh musa! díme ¿quién es 
La infamia de cuanto vive; 



{a) Respuesta al docto que advirtió-: dada por Quevedo, en 8 de 
agosto de 1626, al padre Juan de Pineda, de la Compañía de Jesús; y á 
cuyo papel se refiere en uno de los prólogos de la Política de Dios y go- 
bierno de Cristo. Dul párrafo que arriba copio acuérdase con torcida inten- 
ción D. Francisco Morovelli de Puebla en su Defensa del Patrotiato de 
santa Teresa de Jesth, Málaga, 1622, fol. 20. 

(í5) Sátira contra D. Fraficisco de Quevedo, escrita en 1632; biblio- 
teca de Salazar, en la Real Academia de la Historia, L. 68. 

(í) Apuntamientos de D. Pedro Aldrete, sobrino de Quicvedo, que 
originales decía haber visto el Sr. D. Basilio Sebastián Castellanos, antiguo 
director de la Escuela Normal, en el códice de Candamo, del cual daremos 
cuenta más adelante. 

(</) De la Sátira escrita en 1632, antes citada. 



li 



Obras DE QuEVEDO 177 



Quien contra todos escribe, 
Escribiendo con los pies; 

Y aquel que ofende, cuál es, 
Á todo viviente, en suma, 
Con infame lengua y pluma, 

Á quien nunca el agua moja? — 
Pata-Coja. — 
¿Quién era picaro ayer, 

Y agora se ha puesto don; 

Y quién por sólo bufón 
La cruz llegó á merecer? 
(Quién estuvo para ser 
En Alcalá Sasiitarío... 



1607 

DOCUMENTO XII * 
Desafío, {a) 

Hallándose mi tío en Madrid en el mes de enero de 1607, 
tuvo un desafío con el capitán Rodríguez en la calle Mayor, por- 
que se atrevió éste á quitarle la acera. Del desafío salió mi tío 
herido en la frente, y el capitán con una estocada que le atrave- 
só el brazo; fué de noche, y aunque se juntó gente, no tuvo re- 
sultado. Andando el tiempo fueron los dos muy amigos. 

1608 
DOCUMENTO XIII * 

Vivió una temporada en el Fresno de Torote. (¿) 

Queridísima tía: De lo que me manda vuesamerced á pedir 
doy á Andrés lo que tenía, que aunque poco, basta, paréceme, 
para satisfacerla. Yo iré á Alcalá; si necesita más, yo se lo pediré 
á D. Antonio, y no me dejará sin ello. D. Francisco de Quevedo 
es un diablillo; ya está mejor de sus dolores, y nos hace tan bue- 
na compañía, que no nos vamos á encontrar bien sin este señor. 



{a) Notas del sobrino de Quevedo, de que se ha hecho mención 
hace poco. 

(¿) Va en este sitio bajo la fe de mi amigo, el Sr. D. Basilio Sebas- 
tián Castellanos, que dice vio autógrafa la carta, cuyo estilo, en verdad, no 
parece de aquel tiempo. 



I 



I 'j^ Documentos 



Dice que se irá la semana que viene, y nosotros estamos hacien- 
do con su tío y primos porque pase aquí más días. 

El capellán de la Virgen, D. Pablitos, está con Quevedo á 
rabiar por unas coplas que le ha sacado contra sus grandes na- 
rices; las que todos sabemos de coro. Y como son de verdad 
tan grandes, hasta cuando dice misa nos reímos, sin poderlo re- 
mediar; y así que dice que va á dar parte al Vicario, mas no lo 
hará, porque nada remediaría. Como sabe vuesamerced que en 
el tejado de Marcela... También ha compuesto un romance á los 
maridos cornudos, á los que pretenden viejas y á las mozas pe- 
digüeñas; y los leyó en casa del médico cuando estábamos todos, 
y le celebramos mucho, así como un cuento en que hablan los 
condenados en el Infierno, en el que no deja mozo, ni feo, ni 
mujer, ni á nadie que no pegue una zurra.- En fin, tiene todo el 
pueblo revuelto el buen D. Francisco, y hasta los muchachos le 
piden coplas; pero la tía Marta, la madre de D. Pablitos, y 
otras viejas dicen que está condenado y que por eso sabe lo que 
pasa en los Infiernos. Él se ríe mucho con ellas, y las cuenta tan- 
tas mentiras del diablo, que le hacen la cruz, y dicen que si no 
se va de aquí va á mandarnos Dios un castigo. 

Diga vuesamerced á mi hermana que me mande dos peines 
para las chicas, y que yo puede que vaya unos días, luego que se 
marche D. Francisco. 

Quédese vuesamerced con Dios; dé vuesamerced memorias 
á las tías, á D. Anselmo, á Toño y á todos lo que vuesamerced 
quiera; que siempre la quiere su sobrino. — Del Fresno, á 6 de 
marzo de 1608.— Andrés López. 

DOCUMENTO XIV * 
Viaje de la Torre de Juan Abad, {a) 

Volviendo Quevedo de la Torre se le encojó la muía y tuvo 
que quedarse á pernoctar en Argamasilla, en donde le alojó el 
cura; y como las personas que le visitaron le rogasen hiciese 
coplas, improvisó un romance, que es el Testainento de dotí Qui- 
jote, el cual fué muy reído y celebrado. 



{a) Como el núni. X. 



Obras de Quevedo i 79 



1611 

DOCUMENTO XV 

Lance caballeresco en la iglesia de San Martín un Jueves Santo, 
31 de marzo, (a) 

A SU valentía debe Italia el haber conocido á varón tan céle- 
bre; y á sí mismo debe D. Francisco los singulares obsequios de 
honor y aclamación que por su mérito alcanzó de los mayores 
ingenios della. Estando, pues, en la iglesia de San Martín de Ma- 
drid un jueves de la Semana Santa asistiendo á las tinieblas, y 
hallándose allí de rodillas una mujer, al parecer de porte y de 
lindo arte, un hombre, por debates que tuvo con ella, con muy 
poca ó ninguna razón la dio una bofetada. Sintieron todos, no 
tanto la afrenta de una mujer honrada, cuanto el desacato al 
templo y al día tan santo, que debía bastar por seguro á cul- 
pas muy graves. Tomó D. Francisco por su cuenta el sosegar al 
hombre, que, llevado de ciego furor, intentaba demostración 
más sangrienta contra la mujer; y viendo que no se reportaba, 
le sacó fuera de la iglesia, donde, habiéndole afeado mucho el 
atrevimiento y desafuero, riñó con él, de que resultó dejarle tan 
malamente herido, que en pocas horas pagó con la muerte su 
osadía. Deste suceso, por ser el difunto persona de porte, resol- 
vió P. Francisco pasar á Italia, admitiendo las continuadas ins- 
tancias y ofrecimientos que por parte del duque de Osuna, don 
Pedro Girón, le habían hecho porque fuese por su camarada al 
reino de Sicilia, para cuyo gobierno le había nombrado la ma- 
jestad de Felipe III. Y aunque el impulso de ausentarse, en la 
opinión de algunos, fué calificado por desacierto acertado en el 
castigo de un desatento y amparo de una desvalida, la resolu- 
ción, sin embargo, que del resultó fué de sumo gusto al Duque 
y de gloria á D, Francisco, pues la recibió tan colmada en Ita- 
lia, que quedará cortísima la más explayada elocuencia que qui- 
siere describirla. 



(a) Tarsia, pág. 6i. — A 25 de octubre de 16 10 salió de Madrid el 
duque de Osuna para servir el virreinato de Sicilia. Aguardábanle en Bar- 
celona las galeras de aquel reino, las cuales gobernaba D. Pedro de Leiva. 
Iba condecorado el Virrey con el Toisón y dos títulos de duque en Ñapó- 
les, mercedes que le hizo su majestad en el año de 1608. 



1 8o Documentos 



1613 

DOCUMENTO XVI 

Administra los propios de la villa de Juan Abad, (a) 

Y el año pasado de 1613 se tomó la cuenta á D. Francisco 
de Quevedo, que había administrado los dichos propios, y se le 
hizo cargo de las penas de ordenanzas (de cortas y talas y daños 
de los términos, igualas de ganados y registros) que aquel año ha- 
bía habido. 

1615 

DOCUMENTO XVII 

Asiste al parlamento que se hizo en el reino de Sicilia. {F) 

D. Francisco de Quevedo dice que se halló presente en el par- 
lamento que se hizo en el reino de Sicilia, y que el dicho reino 
le hizo al de Uceda donativo de treinta ó cuarenta mil ducados, 
que el testigo le trujo en letra, estando el de Uceda en Burgos 
con su majestad, viniendo el testigo á traer el parlamento: los 
cuales le entregó al dicho duque de Uceda con un pliego del 
reino cerrado. Y que para hacerle este donativo no se hicieron 
diligencias algunas, sino que el reino se le hizo por su protector 
y para que favoreciese sus parlamentos y negocios con su ma- 
jestad, y de paso granjear al duque de Osuna. Y que el testigo 
le trujo asimismo al dicho duque de Uceda otros cincuenta mil 
ducados de otro donativo que le hizo el reino de Ñapóles en 
ocasión de otro parlamento y por la misma razón (el año de 
16 1 7), según el testigo entendió, porque no se halló en él. 

DOCUMENTO XVIII {c) 
El año de 161 5, á fin de agosto, fué nombrado D. Francisco 
por embajador del reino de Sicilia, llevando á la majestad de 
Felipe III el último servicio que le había hecho, confirmando 



(a) Al fol. 28 del Memorial ajustado, que se cita en el año de 162 1, 
pág. 661. 

{b) Véase el pliego g, fol. 13, en el Memorial del pleyto que el señor 
D. luán Chumacero y Sotomayor, Fiscal del Consejo de las Ordenes y de la 
Junta, trata con el Duque de Vzeda: en el año 1621. 

(f) Tarsia, pág. 64. 



Obras DE QuEVEDO i8i 



todos los donativos ordinarios y extraordinarios, y concediendo 
por otros nueve años más el de trescientos mil ducados con que 
le había servido en el parlamento antecedente. Y porque con 
éstos llevaba también á su cargo otros despachos muy relevan- 
tes, escribió el Duque desde Mesina á D. Carlos de Oria, con 
carta de 2 de setiembre del mismo año, por que le proveyese de 
alguna galera para hacer su viaje con la seguridad y ostentación 
debida hasta Marsella. 

1616 

DOCUMENTO XIX 
Diligencias de Quevedo en los negocios del duque de Osuna, (a) 

D. Francisco de Quevedo, reconociendo una carta que desde 
esta corte escribió al duque de Osuna en 16 de diciembre de 
615, y siendo preguntado, dice lo siguiente: 

Preguntado lo que dice en el primer capítulo della, que ha 
recibido la letra de los treinta mil ducados, y que la ha hecho 
aceptar, y que como al descuido ha hecho sabidores della á 
todos los que entienden esta manera de escribir, y que se andan 
tras del, diga y declare qué personas eran, qué esperanza tenían 
de haber el dicho dinero, y por qué títulos y razones, — dijo: 
«que él dio cuenta destos treinta mil ducados al secretario Juan 
de Salazar, y á don Andrés Velázquez, y al Marqués de Sieteigle- 
sias, y también á Agustín de Villanueva, protonotario de Ara- 
gón, y al P. Ce¿J>adre confesor de su majestad fray Luís de Alia- 
ga), y al duque de Uceda; y que en cuanto á tener esperanzas 
ellos en parte deste dinero, no sabe las que eran; pero que él 
se lo dijo, como á personas que podían, y unos eran amigos del 
duque de Osuna y hacían sus negocios, y otros que eran gente 
que recibían, y que así, podía ser pensasen que se lo había de 
dar por dádiva ó paga; y él no hizo uno ni otro.» 

Preguntado declare lo que ha dicho en cada persona de las 
que ha nombrado, — dijo: «que al duque de Uceda y á P., por 
hombres que podían, y al uno por amigo y confiílente, y al otro 



{a) Declaración que D. Francisco dio en la causa formada contra 
los duques de Osuna y de Uceda en 1621. Se halla en el Alemorialy^. men- 
cionado, pliego a, fol. I. 



i82 Documentos 



por amigo y pariente; á Agustín de Villanueva, porque era cura- 
dor deste declarante, y también porque era amigo y confidente 
del dicho P.; á don Andrés Velázquez, por agente del dicho du- 
que de Osuna, aunque sin salario; á don Rodrigo Calderón y á 
Juan de Salazar, porque había oído y era voz común que to- 
maban» (i). 

Preguntado si, supuesto que al Duque de Uceda y P. les dio 
noticia de que este dinero había venido y que era para hacer di- 
ligencia en negocios del Duque, se les daba cuenta de las que 
se hacían en los dichos negocios del Duque, así en las que mi- 
raban á dádivas como á otras, — dijo: «que lo que sabe es, que 
de todas las materias y negocios que tocaban al dicho duque, la 
primera cuenta se daba siempre al duque de Uceda y P.; pero 
que en lo que era dar dinero, no sabe se les comunicase.» 

D. Andrés Velázquez dice: «que recién llegado el duque de 
Osuna á Ñapóles, del cargo de Sicilia, le envió al testigo unas 
letras de cincuenta mil ducados, y le mandó que los cobrase y 
que los tuviese hasta que él le ordenase otra cosa; y que después 
se distribuyeron conforme á sus libranzas y órdenes.» Y pregun- 
tado la salida que tuvo el dinero, — dice: «que de orden del de 
Osuna le entregó á don Francisco de Quevedo, viniendo á esta 
corte á sus negocios, la mayor cantidad; y que otra gruesa can- 
tidad se volvió á remitir al Duque á Ñapóles, que la cobrase de 
César Aldiricio, que había cobrado cuarenta mil ducados del de 
Uceda, de un donativo que su majestad le había mandado reci- 
bir,y por otros tantos que aquí se le habían entregado del dicho 
dinero; y que de nueve á diez mil ducados se distribuyeron en 
partidas diferentes: cuatro mil ducados que mandó el de Osuna 
que se diesen al de Uceda; diez mil reales al marqués de la La- 
guna, por la misma orden; quinientos ducados á Juan de Salazar, 



(i) «Esta carta que reconoce Quevedo es del año de 615, y el reco- 
cimiento es del año de 621: mucho tiempo es el que pasó en medio, para 
fiar tanto de la memoria de Quevedo que conservaría en ella las imágenes 
de aquellos delirios. 

i'El año de 15 no tenía el duque de Uceda parte en las materias pú- 
blicas, ni Juan de Salazar lugar ni ministerio; y así, no sólo no pudo ser voz 
común entonces que recibía, pero ni pensar nadie en dalle, porque no tenía 
por qué.» ( — Advertencia que hizo la parte del duque de Uceda al citado 
Memorial de Chuniacero.) 



I 



Obras de Ouevedo 183 



por la misma orden; dos mil ducados á Sebastián de Aguirre 
para el viaje del marqués de Peñafiel cuando vino á casarse; cua- 
trocientos ducados para un correo del dicho Duque; trescientos 
ducados á un fraile agustino; diez y seis mil reales de un aderezo 
de altar, que el testigo entiende era para P., que no se le vio 
entregar, pero que se entregó en casa del duque de Uceda; dos 
mil ducados de una celada y rodela de ataujía de oro y plata, 
que se dio á su majestad. Y la resta se entregó á don Francisco 
de Quevedo en dinero, con una letra de trescientos ducados.» 

DOCUMENTO XX (a) 

D. Francisco de Quevedo, reconociendo esta carta (la que 
había dirigido al duque de Osuna desde Madrid, á 12 de enero 
de 1 6 16), y preguntado quién es el amigo grande, y qué or- 
den le dio al testigo en razón de lo que la Duquesa le había di- 
cho, — dice: «que el amigo grande es el duque de Uceda; y que 
yéndole á decir lo que la Duquesa le había dicho al testigo, le 
respondió que le avisaría con Juan de Salazar y don Andrés Ve- 
lázquez. Y que el dicho Salazar mostró una cruz de oro y dia- 
mantes con reliquias, y le dijeron que hiciese ver la dicha cruz 
á plateros y pagase lo que dijesen que valía de los treinta mil 
ducados del duque de Osuna que el testigo tenía; y que la dicha 
cruz dijeron que era para P. Y de camino le dijo el dicho Juan 
de Salazar que valía la dicha cruz veinte mil reales ó dos mil 
ducados, y que éstos le hicieron pagar luego, y el testigo los en- 
tregó al dicho Juan de Salazar; y no sabe si se dio la cruz ó no, 
porque él y el dicho don Andrés tomaron á su cargo el darla.» 

Careando á D. Francisco de Quevedo con Salazar y don 
Andrés Velázquez, se afirma D. Francisco, y Juan Salazar' dice: 
«que de ninguna manera se acuerda del caso ni de ninguna de 
las circunstancias; y que el dicho don Francisco de Quevedo 
declare el año que fué cuando se entregó el dinero, y á qué cria- 
do, y si dio carta de pago, y si conocerá al criado: que estaba 
presto de ponerle delante todos los criados que había tenido 
estos últimos años.» Y el dicho D. Francisco de Quevedo res- 
pondió: «que decía lo que dicho tenía, y que no tenía más que 



(a) En el Memorial de CImtnacero, pliego b, folio 4. 



1 84 Documentos 



decir.» Y el dicho Juan de Salazar replicó: «que pues el dicho 
don Francisco de Quevedo decía que se había hallado presente 
don Andrés Velázquez, se remitía á lo que él dijese, que tendría 
mejor memoria.» Y D. Andrés dice: «que como estaba tan de 
ordinario en casa de Juan de Salazar, pudo ser que se hallase 
presente en la ocasión; pero que no se acuerda, porque, según 
lo que declara el dicho don Francisco de Quevedo, el principal 
con quien se trató fué el dicho Juan de Salazar, (¡ue dio la cruz 
y recibió el dinero» (i). 



(i) Deste careatniento faltan algunas cosas que bastan para oscure- 
cerle. Preguntóse á Juan de Salazar «si esta cruz era del Duque y valía es- 
casos ochocientos ducados.» Mucho sintió Quevedo esta pregunta, y con los 
ojos se quejó al juez que la hacía, de manera que le obligó á responder 
que no se había podido excusar para la averiguación desta verdad; y ya 
se descubrirá aquí adonde se enderezaba toda la malicia deste dicho. Juan 
de Salazar respondió «que no tuvo jamás joya del Duque, ni para tenerla 
ni para venderla; y que si fué del Duque, se hallaría en su contaduría quién 
la vendió y quién la tasó; que se buscase allí, y que siempre que se vendió 
joya ú otra cosa del Duque, lo hacían sus contadores y recibía el dinero 
su tesorero. 

»Y que pues Quevedo decía que había pagado los dos mil ducados, 
que dijese dónde los contó y quién los recibió.» — Respondió «que los pagó 
Juan Lucas Palavesiná, un criado de Juan Salazar. j — Y Juan de Salazar 
replicó: «El estilo de los hombres de negocios es asentar la partida que 
pagan en sus libros, razonando por qué y á quién, y juntamente toman 
carta de pago; que se reviesen luego estos libros, pues allí se hallaría toda 
la luz que se buscaba.» — D. Francisco de Quevedo dijo «que no había nin- 
guna luz.» Con que se pudo ver cuan poco ajustado venía en este caso, 
y tomar de aquí indicación para los demás, en que habló con igual pon- 
zoña. Últimamente, para que quedase más convencido este testigo, pidió 
Juan de Salazar al juez en su presencia que, pues afirmaba que estaba la 
cruz en poder del confesor, se le trújese; que se obligaba á dar todas las 
manos por donde había pasado, hasta llegar á las del confesor, porque esto 
es muy fácil en la puerta de Guadalajara. No se le dio la dicha joya, y 
así se quedó; pero también aquí se vuelve á representar que obscurece mu- 
cho esta verdad no ponerse el año en que se presupone que se dio esta 
cruz, porque Quevedo estuvo en Madrid el año de 615, y no puede verifi- 
carse que habiendo pasado esta plática con él, fuese después. Demos, pues, 
que haya sido; ¿qué ocupación tenía entonces el padre confesor, fray Luís 
de Aliaga, ó qué dependencia tenía del el duque de Osuna, para que este 
regalo se llame cohecho, ó se ponga aquí como delito? Y también se con- 
sidere que hasta este tiempo, no sólo no habían venido quejas contra el 
duque de Osuna de su gobierno, sino antes eran extraordinarias las aclama- 
ciones que hacía Sicilia y toda Italia de sus aciertos. 

íPero volviendo al primer intento, porque quede cerrado este punto y 
la verdad con toda luz, se advierta que esta carta sobre que cae este reco- 
nocimiento y careación es de 12 de enero de 616, y en él dice que pagó 



Obras de Ouevedo 185 



DOCUMENTO XXI (a) 

El Duque de Uceda responde á los cargos que le hace el se- 
ñor Fiscal, que, aunque reconoce que por su mano se dio á un 
ministro un aderezo de altar de plata sobredorado, que valía mil 
quinientos ducados, fué en tiempo que el de Uceda no había lle- 
gado á ser ministro y el de Osuna estaba en Sicilia. Y que, aun- 
que también depone D. Francisco de Quevedo de una cruz de 
diamantes dada al ministro referido, y que en ello intervino el 
de Uceda, cuyo valor no llegaba á veinte mil reales, no hay quien 
lo diga sino D. Francisco, porque los demás testigos á que se 
refiere, que son D. Andrés Velázquez y Juan de Salazar, lo nie- 
gan, y Sebastián de Aguirre solamente dice que lo oyó á don 
Luís Bravo: de manera que viene á quedar D. Francisco por úni- 
co testigo, que trata de su propio descargo y padece las excep- 
ciones que del mismo acto y discurso resultan... 

Y lo que se opone de treinta mil ducados que vinieron en 
letra dirigida á D. Francisco de Quevedo, y que él declara ha- 
ber dicho al Duque de Uceda que estaban á su disposición, no 
es hecho verdadero; y que D. Francisco, cuando se haya de con- 
siderar su dicho, no especifica que el duque de Osuna los envió 
con prevención y calidad que dispusiese dellos el duque de 
Uceda, el cual no lo supo ni los recibió; y viene á concluir don 
Francisco que él mismo se movió á darle cuenta dello, sin aña- 
dir que el de Uceda lo aceptase. 



esta cruz de diamantes de los treinta mil ducados, y que el amigo grande 
que se la mandó dar es el duque de Uceda. Y como parece por otra carta 
suya de i6 de diciembre de 615, que es la primera con que se comprueba 
la tercera parte de esta querella, son éstos los mismos treinta mil ducados 
que recibió allí, y en su reconocimiento dice que no dio nada dellos á na- 
die, ni sabe que al duque de Uceda se le comunicasen las dádivas de 
dineros. 

sEste es el fundamento de aquella gran cláusula de la acusación, que 
dice así: «Y lo que peor es, que no contento con emplear todo su favor 
en beneficio del dicho Duque, le procuró y solicitó el de otros ministros 
por indebidos medios, haciéndolos prendar con muy gran cantidad de dine- 
ros y presentes por mano de Juan de Salazar, su secretario.» Habiendo visto 
la contradicción deste testigo, no le queda al Duque qué satisfacer. ( — Ad- 
ver leticias de la parte del duque de Uceda.) 

(<?) En el repetido Memorial de Chuíiiacero, pliego c, fol. 6. 

24 



1 86 Documentos 



DOCUMENTO XXII 

Memorial de Quevedo á la majestad de D. Felipe III, para que 

se le mande despachar por el Consejo de Italia, (a) 

Señor: D. Francisco de Quevedo, embajador del reino de 
Sicilia, dice que ha venido á esta corte con los negocios de aquel 
reino, y con el parlamento y servicio que ha hecho á su majes- 
tad; y porque de la detención destos despachos se le siguen al 
reino grandes daños é inconvenientes, suplica á vuestra majestad 
ordene y mande al Supremo Consejo de Italia no se ocupe pri- 
mero en otra ninguna cosa que en despachar el dicho parla- 
mento y negocios de aquel su fidelísimo reino de Sicilia: en que 
recibirá particular merced de las reales manos de vuestra ma' 
jestad. 

DOCUJVIENTO XXIII 

Billete del duque de Lerma al secretario Lorenzo de Aguirre. (/>) 

Su majestad ha visto el memorial incluso de D. Francisco de 
Quevedo sobre lo que conviene despachar los negocios del par- 
lamento del reino de Sicilia con que ha venido; y manda que 
conforme la cualidad que tuvieren estas cosas, trate el Consejo 
de Italia de acabar con ellas con la brevedad que hubieren me- 
nester. Dios guarde á vuestra merced. En palacio, 22 de enero 
1616. 

DOCUMENTO XXIV 

Consulta del Consejo de Estado á su majestad sobre merced 
á D. Francisco de Quevedo-Villegas. (<r) 

Señor: D. Francisco de Quevedo-Villegas refiere que es hijo 
y nieto de padres y abuelos que murieron sirviendo á la real 
corona de vuestra majestad; y nieto de D.^ Felipa de Espinosa, 
que sirvió á vuestra majestad desde que nació hasta que pusieron 
casa á vuestra majestad, y después murió sirviendo así mismo á 
la señora infanta D.^ Isabel: por cuyos servicios, ni los de sus 



(rt) Archivo general de Simancas.rnEstado. — Lib. núm. 1,583, folio 
143 V. — Secretarías provinciales. — Sicilia. 

(^¿>) Incluyendo el anterior. 

(c) Archivo general de Simancas. =::Estado. — .Secretarías provinciales, 
legajo núm. 994. — Sicilia. 

Tarsia, pág. 64, dice que á 2 de marzo de 16 16 se expidió el decreto 
de su majestad. 



I 



Obras DE QuEVEDO 187 



padres y abuelos, no se le ha hecho ninguna merced; y que él 
ha venido á traer los despachos de las oblaciones y servicios 
que el reino de Sicilia ha hecho á vuestra majestad en el parla- 
mento pasado, en que él sirvió á vuestra majestad desde que se 
empezó, con la satisfacción que han informado el Virrey duque 
de Osuna y el cardenal Doria, y al presente lo está continuando 
en esta corte, procurando la conclusión y expedición de los ne- 
gocios de aquel reino y parlamento. Atento lo cual, los servicios 
que ha referido de sus pasados, la cualidad de su persona, que 
se halla pobre, con obligaciones y deseos de proseguir en el 
real servicio de vuestra majestad, y á que siempre vuestra ma- 
jestad ha tenido por bien de hacer merced á los que han veni- 
do con ios parlamentos de Ñapóles ó Sicilia (aunque ninguno 
ha sido de tanta cuantidad como el que agora ha hecho aquel 
reino, pues pasa de cuatro millones y medio), suplica á vuestra 
majestad sea servido mandarle hacer merced de mil escudos de 
pensión en Italia, ó de un hábito de una de las tres órdenes y 
quinientos ducados de renta con que se pueda sustentar. 

Parecer del Consejo. — Porque el Virrey de Sicilia muestra de- 
sear mucho que se haga merced á D. Francisco de Quevedo, y 
se entiende que es noble y bien nacido, con calidad y razonable 
comodidad de hacienda, y le ayudan también los servicios que 
refiere (aunque el haber traído el parlamento no lo tiene el 
Consejo por cosa de consideración), parece que podría vuestra 
majestad, siendo servido, honrarle con un hábito de una de las 
tres órdenes militares de Castilla, que en su persona será muy 
bien empleado. En Madrid, á 25 de enero 1616. — (Sigiten seis 
rúbricas.) 

Real decreto. — Dénsele cuatrocientos ducados de pensión en 
Italia. — (Está rubricado.) 

DOCUMENTO XXV 

Carta autógrafa de Quevedo á Lorenzo de Aguirre, 
secretario de Sicilia, (a) 

Por quedar acompañando á mi tía, que ha recaído en un 



(ü) Archivo general de Simancas.=:Estado. — Secretarías provinciales, 
legajo núm. 994. 



Documentos 



dolor de costado, no voy á suplicar á vuestra merced diga ma- 
ñana en el Consejo cómo he acetado la pensión de los cuatro- 
cientos ducados que su majestad me ha hecho merced en Italia. 
Puédeme excusar ser el oficio tan debido en una tía, y por sí 
piadoso. Nuestro Señor guarde á vuestra merced. De casa, á 6 
de marzo de 1616. — D. Francisco de Quevedo- Villegas. 

DOCUMENTO XXVI 

Billete del duque de Lerma al secretario Juan López de Zarate, (a) 

Su majestad, en consulta del Consejo de Italia, fué servido de 
hacer merced á D. Francisco de Quevedo-Villegas (por las cau- 
sas que en ella se le representaron) de cuatrocientos ducados de 
pensión eclesiástica en Italia; y porque holgará su majestad que 
esto tenga efecto con brevedad, es servido y manda que se le 
sitúen en lo primero que se proveyere en primer lugar, y que se 
despache el dicho D. Francisco. Dios guarde á vuestra merced. 
—De palacio, 26 de abril 1616. — El Duque. — Señor secretario, 
Juan López de Zarate. 

DOCUMENTO XXVII 

Servicios de Quevedo al duque de Osuna. (í^) 

Preguntado el duque de Uceda si después de haberle hecho 
su majestad merced al dicho duque de Osuna del dicho cargo 
de Ñapóles, le instó este confesante, y el dicho P, también, é 
hizo que le instasen Jorge de Tobar, Sebastián de Aguirre y don 
Francisco de Quevedo se partiese luego á servir el dicho go- 
bierno, haciéndolo causa de reputación propia, — declare qué 
causa tuvo para hacer esta diligencia, y causa de reputación. 
Dijo: «que se remite á lo que él escribió, y que esta diligencia 
no nació de ocasión del servicio de su majestad ni de materias 
del, sino de otros respectos particulares domésticos, que por no 
ser necesarios para la materia de que se trata, no se escribe; y lo 
dijo á boca á su majestad.» 



(«) Como el anterior. 

(¿^) Núm. 19 de la confesión del Duque á la letra, en 162 1, como 
se halla en el Memorial de Cliumacero, pliego/, fol. 29. 



I 



Obras de Quevedo i 89 



DOCUMENTO XXVIII 
Posdata de mano propia del duque de Osuna, en carta de 12 de setiem- 
bre de i6i6 al duque de Uceda, que se trajo al proceso fulminado con- 
tra ambos en 162 1. {a). 

He entendido después que llegué á este reino grandes cen- 
suras contra vuecelencia, y aun de allá las trujo entreoídas don 
Francisco de Quevedo. No tengo qué ofrecer á vuecelencia, pues 
todo es suyo; pero esté vuecelencia cierto que, fuera de ser con- 
tra mi rey, podré servirle con doce bajeles y ocho mil hombres 
en cualquier acontecimiento, sin tocar á españoles, sino sólo na- 
ciones que seguirán mi partido, y que lo sabré aventurar todo 
por su gusto, y salir después dello. 

DOCUMENTO XXIX 

Noticias de su permanencia en Ñapóles. (¿) 

Setiembre 28, ifiiénolcs. — A la caída de la tarde su excelencia 
el duque de Osuna, virrey de Ñapóles, dispuesto para tales espar- 
cimientos, subió en su carroza de un solo caballo, y con él un 
hidalgo español que había hecho venir de aquellos reinos por 
la posta, y al cual le unía extraordinario afecto y cariño, tales, 
que sin él no se hallaba; de donde se infiere que ha de ser per- 
sona de clarísima sangre y por su virtud muy ilustre, puesto que 



(«) Memorial de Chuniacero, pliegos M., fol. 25 v.; s, 36. — Por el 
Dvqite de Vzeda, Mayordomo mayor de Sv Magesíad, en el pleyto con el se- 
ñor Fiscal. Sobre Los cargos y oposiciones que se hacen al Duque. En Ma- 
drid, Por la viuda de Fernando Correa. Año M.DC.XXII; fol. 29 v. 

{b) Giornali di Francesco Zazzera, napolitano, Académico otioso, nel 
felice gouernc deW Eccmo. D. Pietro Girone, Duca d'Ossuna, Vicere del 
Regno di Napoli, dalli 7 di Luglio 16 16. Con il modo tcnuto 7tel daré il 
posseso al Sigr. Cardinale Borgia, suo Succesore, dalli SSri. Eletti di questa 
Fideliss.^ Cítta con interuento del Consiglio Collaterale. Fol. i8 v. 

Hay de este diario una copia contemporánea en la biblioteca del se- 
ñol duque de Osuna, y otra más moderna eo la Nacional. Aquí tam.bién, es- 
tante X, núm. 18, se conserva la traducción que casi al propio tiempo 
hizo Fabricio Carrafa, colaborador de Zazzera en la empresa de aquellos 
Anales, y asimismo académico ocioso. Cuyo liceo se hallaba establecido en 
el claustro del convento de Santo Domingo de Ñapóles, y pasó en el año 
de 1617 al salón del patio, donde era fama haber santo Tomás de Aquino 
leído /Je nativitale Domini. 

En vista del original y de la referida traducción, doy á los lectores una 
que no desdiga mucho en el lenguaje del nuestro castellano. 



I90 Documentos 



así acierta á satisfacer el delicado gusto de su excelencia. To- 
maron después la vuelta del palacio arzobispal, con acompaña- 
miento de alabarderos y lacayos, á fin de hacer visita á nuestro 
prelado, el señor cardenal Carrafa. Recibió á su excelencia aquel 
digno pastor vestido de roquete y muceta, por ser pública la 
visita, rodeado de gran número de familiares. Entrados en la 
cámara, se habló, entre otras cosas, de las muchas cartas que el 
señor Arzobispo había recibido de algunos cardenales de Roma 
para que se les permita extraer caballos de estima del reino. Opú- 
sose cortésmente á tal demanda el Virrey, conociendo que no 
era tanto el deseo y necesidad que de ellos tenían los purpura- 
dos, como otras personas; comprometiéndose á ceder los suyos 
propios á los cardenales, si en efecto los hubieran menester, pues 
de otro modo no consentiría que saliesen caballos del reino de 
Ñapóles. Con esta acción vino á demostrar que no prevalecía en 
su gobierno favor alguno. 

Mientras duraron semejantes discursos, fué de la gente del 
señor Cardenal muy bien regalada con colaciones la familia del 
Duque; y su eminencia acompañó al señor Virrey hasta el coche. 

DOCUMENTO XXX (a) 
Odubí'e 3, lunes. — Ha ocurrido un grave accidente para el 
señor duque de Osuna; y es, que habiendo tomado amistad con 
una cortesana cierto sacerdote pariente de D. Francisco de Que- 
vedo (aquel hidalgo que dijimos había hecho venir de España 
su excelencia y que era todo suyo), tal mujer, quizá movida por 
sobrenatural impulso, acaba de descubrir un grave secreto al 
D. Juan, que así se llama el mancebo. Le ha manifestado haber 
ya muchos años que á su excelencia tiene dados hechizos la se- 
ñora D."" Vitoria de Mendoza, para que á ella y á su hija doña 
Eufrasia de Leiva y á su yerno D. Antonio Manrique no aparte 
nunca de su más íntimo cariño. Gobernaba á Sicilia el señor 
Duque cuando los primeros hechizos; y no solamente enriqueció 
allí á toda esta familia su excelencia, sino que en Ñapóles lo pri- 
mero que hizo fué nombrar á D. Antonio regente de la ,vica- 
ría y con suma autoridad, dejando que la Sra. D.^ Vitoria se 



(rt) Diario de Zazzera, fol. 20. 



í 



Obras de Ouevedo 191 



entrometiese en casi todos los negocios lucrativos, arrastrado 
su excelencia de aquella fuerza diabólica. 

Luego que supo D. Francisco de Quevedo este maleficio, sin 
detenerse un punto lo puso en noticia de su excelencia, á las 
tres horas pasadas de la noche. Llamaron sin dilación al regente 
Fulvio de Constanzo, consultósele y se le encomendó averiguar 
el caso y proceder criminalmente. Se le da por acomjjañado al 
juez D. Ferrante de la Cuadra. Pero ardiendo con razón en ira 
y recelo su excelencia, se presentó á las seis horas de la noche 
en la misma casa de D.^ Vitoria, y, poniéndole una daga en los 
pechos, apremióle á decir la verdad de todo. De rodillas aquella 
señora, y por el apretado lance en que se vía, pidió perdón, 
confesó con lágrimas su delito, manifestó era hijo del deseo de 
que el Virrey no abandonase el medro de aquella casa, temiendo 
que á su excelencia no faltarían en Ñapóles ocasiones de desam- 
pararla é inclinarse al engrandecimiento de otras. ¡Tanto puede 
la ambición y á tanto llega la infame codicia del oro, que para 
cobrar la gracia de un príncipe, ó, por mejor decir, hacerse due- 
ño de él, se arroja el hombre á semejantes delitos! 

DOCUMENTO XXXI (a) 

Noviembre 25. — El viernes, fiesta de santa Catalina, salió por 
la mañana á caballo su excelencia con D. Francisco de Quevedo, 
y el camarero de costumbre y solos cuatro lacayos. Pasearon toda 
la ciudad, entraron por las salas de la vicaría, visitaron las cár- 
celes; el Virrey oyó á todos los presos, ofreciéndoles que serían 
despachadas sus causas antes de Navidad. Al efecto ha mandado 
que ni en las fiestas de corte vaque la vicaría criminal: con cuya 
acción nunca vista está la ciudad llena de gozo, prometiéndose 
que en los tribunales no prevalecerán los malos ministros, y 
abrigando la esperanza de un próspero y justo gobierno para 
Ñapóles. 

Después su excelencia indultó á un soldado. Y viendo, al 
subir las escaleras de su palacio, en ellas sentada y dormida una 
pobre mujer con un memorial en el pecho, se lo quitó, lo des- 
pachó luego favorablemente y puso dentro de él cuatro cequíes. 



(rt) Diario de Zazzera, fol. 32 v. 



192 Documentos 



DOCUMENTO XXXII (a) 

Dicietnbre 2, viernes. — Han sido condenados á destierro en 
esta mañana algunos escribanos de cámara. 

Por la tarde, escuadronadas las once compañías que hay en 
Ñapóles, hizo de ellas muestra el señor Virrey, discurriendo á ca- 
ballo á todos lados y ejercitándolas en muchas pruebas de gue- 
rra. En desfilando por delante de palacio la tropa, se ha ido á 
pasear por la ciudad su excelencia con el señor duque de Mada- 
lón y D. Francisco de Quevedo. 

DOCUMENTO XXXIII 

Carta de su majestad al duque de Osuna, virrey de Ñapóles, sobre 
la prisión del racional Juan Vicencio Sebastián. (¿) 

El Rey. — Ilustre Duque, primo, nuestro visorrey, lugarte- 
niente y capitán general: por la carta que me escribistes á 9 del 
pasado he entendido las causas que os movieron á mandar pren- 
der al racional Juan Vicencio Sebastián, y á pasarle á vuestra 
casa por mayor seguridad, que lo uno y lo otro ha sido muy 
conveniente y acertado; y pues pensábades enviar tan presto con 
D. Francisco de Quevedo el reasunto de las particularidades que 
han confesado y ofrecido poner en claro de otros oficiales, — 
venido que sea se os avisará de lo que después de vistas ocu- 
rriere y pareciere cerca dellas. Y entre tanto os agradezco mu- 
cho el celo y cuidado con que quedábades de averiguarlas. De 
Madrid, á 24 de diciembre 1616. — Yo el Rey. — López, secre- 
tario. 

1617 

DOCUMENTO XXXIV 
Carta del duque de Osuna al de Lerma. {c) 

Este despacho que ha venido de España, entenderá vuece- 
lencia por la carta que escribo á su majestad; que poco más de 
lo que escribo en ella puedo decir á vuecelencia. No querría 



(a) Diario de Zazzera, fol. 33 v. 

{¿) Archivo general de Simancas.i^Estado. — Secretarías provincia- 
les, lib. núm. 732, fol. 141 v. — Ñapóles. 

{c) Archivo general de Simancas.=Estado.— Legajo 1880.— Ñapóles. 



J 



Obras de Quevedo 193 



que todos entrásemos á la parte, pues ya en Roma, no sólo se 
hacen comedias, pero pinturas; D. Francisco de Quevedo las 
leerá á vuecelencia. 

Ocasión es ésta en que cuando su majestad pasara á Italia 
hiciera lo que debía; y si algunos dijeren no sería justo moverse 
por el duque de Saboya, mucho más perderá en rogalle con pa- 
ces que en venir á tomalle su estado y quietar de una vez todos 
sus reinos: que no es menos lo que se interesa de asentar bien 
ó mal esta guerra, pues no la trae el Rey con el Duque, sino con 
Francia, Venecia y Holanda y con todos sus vasallos. Con Fran- 
cia, pues se ve de la manera que socorre al Duque; Venecia, por 
asistir, aun falta á su misma guerra; Holanda, gente ha levantado 
en socorro de venecianos, que es lo propio que ayudar al Duque. 
Los vasallos de su majestad, ¿qué sangre ni valor les puede criar 
si ven sus armas inferiores á las del duque de Saboya? Y ¿qué no 
se podrá esperar de los potentados, pues qué otro fin particular 
tienen ni respetos, más de acudir á lo que les estuviere mejor? Y 
hoy resuélvase vuecelencia que la monarquía de España es Ita- 
lia, pues por Sicilia, Ñapóles y Milán es monarca; y en comen- 
zando á desmoronarse un poco, acaba de caerse con grandísima 
prisa. 

Del coronel Verdugo se rieron mucho en Flandes porque es- 
cribía- siempre «que se perdía Frisa», viéndole que tenía buena 
gente en sus guarniciones y que los de la provincia eran leales. 
Pero él sabía que no trataban de socorrelle. Perdióse Frisa, y 
toda la gente de Verdugo se deshizo, y hoy es de holandeses, sin 
que haya esperanza de volver otra vez á su majestad. Así será 
de todas las cosas que se esperare á remediallas cuando se esté 
con las armas en la mano; pues cuanto tienen de prevención go- 
zan de seguridad. Y pensar que en el mundo no ha de haber 
guerra es entender que no ha de haber hombres; porque es muy 
grande, y hay muchos ociosos y pobres que viven della, y otros 
ricos que enriquecen de revolvella; y lo que hoy tenemos á 
otro se lo quitamos, que es fuerza estén con deseo de cobrallo. 

Estas cartas que escribo á su majestad pienso dejar á mis 
hijos, ó por nueva hacienda, ó por resguardo de la que tienen, y 
habré cumplido con todo. Dios guarde á vuecelencia muchos 
años como deseo y he menester. Ñapóles, á 6 de marzo 161 7. 

25 



194 Documentos 



De mano del Duque de Osuna. — Duéleme este caso, como la 
mayor herida que se puede dar á la reputación de su majestad y 
de toda España, y así hablo en él, sin poderme ir á la mano; 
vuecelencia considere lo que importa^ y válgase de su celo y 
valor, que esto bastará. — C. El duque y conde de Ureña. — Señor 
duque de Lerma. 

DOCUMENTO XXXV * 

Siguen las noticias sobre la permanencia de Quevedo en Ñapóles, (a) 

Cuando mi tío estuvo en Ñapóles con el Duque se enamoró 
de la mujer de un señor de la corte llamado Menardini; el cual, 
luego que lo supo, llevó á Ragusa á su mujer, y le mandó á decir 
á Quevedo que otra vez respetase las mujeres casadas. Quevedo 
le contestó mal; y á no ser por el Duque, que medió en la con- 
troversia, hubiera un duelo. 

En Ñapóles tuvo muchos lances amorosos, que me sé yo y 
callo; pero en todos fué caballero. 

DOCUMENTO XXXVI {b) 

Marzo 13, lunes. — Con gran comitiva de á caballo, y acom- 
pañado del Síndico, fué á San Lorenzo su excelencia para reci- 
bir allí el donativo de 1.200,000 ducados con que el reino sirve 
á su majestad, y además un regalo de 10,000 ducados para el 
señor duque de Uceda, y otro de 8,000 que se dan á D. Fran- 
cisco de Quevedo por llevar á España tal donativo, y conseguir 
del Soberano diferentes gracias en muchas clases de pleitos, su- 
cesiones de feudos, fideicomisos, y otras que llegan al número de 
cincuenta. ' 

Marzo 19, domingo de Ramos. — En el convento de Monte 
Olívete recibieron las palmas los señores virreyes. Por la tarde ' 

su excelencia paseó solo con D. Francisco de Quevedo por toda 
la parte baja de la ciudad, | 



(a) Los apuntamientos del sobrino de nuestro autor, citados, núm. X. |. 

[b) Diario de Zazzera, fols. 50 y vuelto. \ 






.i 



Obras de Quevedo 195 



DOCUMENTO XXXVII 

Consulta del Consejo de Estado á su majestad sobre lo escrito 
por el duque de Osuna, (a) 

Señor: El duque de Osuna escribe á vuestra majestad, en 
carta de 19 de febrero, «que el día antes había convocado el 
Parlamento, y que después de haber propuesto ú aquella ciudad, 
baronaje y reino el estado tan apretado en que se halla el patri- 
monio de vuestra majestad, confirmaron el donativo ordinario 
de 1.200,000 ducados. Dice el Duque la poca parte que ha teni- 
do en este servicio, por haber estado todos igualmente en ha- 
cerle, y que partirá con él y con las gracias que se piden á vues- 
tra majestad don Francisco de Quevedo. 

»Que la dicha ciudad, baronaje y reino han resuelto hacerle 
un donativo de 40,000 escudos y de escribir á vuestra majestad 
le ordene que los acepte; y dice que ha querido prevenir con 
esta carta lo que escribió desde Sicilia, y representar á vuestra 
majestad que es cosa ésta á que se debe cerrar la puerta por 
tantos respectos, convenientes así al bien público como al servi- 
cio de vuestra majestad y buena administración de justicia. Y 
que no dice esto porque ningún virrey la ha de torcer por nin- 
gún interés; pero tiene por cierto que puede ser este donativo 
violento, y no voluntad, pues no hay ninguno que no tenga ne- 
cesidad del Virrey, y así no se ha de atrever ninguno á contra- 
decirle, habiéndose puesto en costumbre. Que él no le recibió 
en Sicilia en dos parlamentos, habiéndole renunciado con este 
justo título; y que con él puede vuestra majestad ordenar se le 
envíe otra carta como la que en aquel reino hizo ejecutoriar, 
mandando que el que propusiese donativo para el Virrey pague 
al fisco otra tanta cantidad como la que propone, y que esto 
juzga por conveniente.» 

Y habiendo visto el Consejo esta carta, le parece justo que 
se agradezca al duque de Osuna lo que ha hecho en esto de la 
concesión del donativo, y ordenarle que dé muchas gracias dello 
al reino, y aprobarle lo que dice en lo del donativo que le quie- 
ren hacer, pues por las causas que apunta es muy conveniente 
que no le reciba, y que se cierre la puerta para adelante á esto, 

(a) Archivo general de Simancas.^ Estado. — Legajo 1, 88o. — Ña- 
póles. 



196 



Documentos 



por ser tan mala introdución que los virreyes esperen premio 
de los vasallos, sino de vuestra majestad, por su buen gobierno 
y servicio, pues de otra manera no podrán acertar en esto, y re- 
sultarán dello los inconvenientes que se dejan considerar. 

El marqués de la Laguna dijo, cuanto á esto del donativo 
que quieren hacer al duque de Osuna, que será bien saber si se 
ha permitido á algunos virreyes, y habiéndose hecho con otros, 
le parece se haga lo mismo con el Duque, 

Vuestra majestad mandará lo que más fuere servido. En Ma- 
drid, á 22 de marzo de 16 17. — (Siguen cuatro rúbricas.) 

Real decreto. — Lo que parece. — (Está rubricado.) 



DOCUMENTO XXXVIII 

Viaje á Roma, {a) 

El duque de Osuna, apoyando su resolución con razones y 
pretextos, determinó enviar á España á D. Francisco para que 
informase á su majestad deste intento, disimulándole con la oca- 
sión de llevar un donativo considerable, que por su maña y dis- 
posición le había hecho el reino. Y antes de hacer esta jornada, 
le despachó para Roma á la santidad de Paulo V, con cartas de 
creencia para tratarlo con todo secreto; y para seguridad y co- 
modidad de su viaje, le acompañó con muy honorífica patente, 
fecha en Ñapóles á 12 de abril de 16 17, ordenando y mandando 
á los gobernadores, síndicos, electos y demás oficiales délas ciu- 
dades, tierras y lugares del reino por donde había de pasar, que 
así á la ida como á la vuelta le recibiesen y acogiesen, suminis- 
trando á su persona y acompañamiento todo lo necesario y lo 
que pidiere, sin réplica ni dilación, como si fuese el mismo Vi- 
rrey. A su santidad escribió que le enviaba á D. Francisco 
para representarle el cuidado que tenía de sustentar la obedien- 
cia debida á la Santa Sede en lo que por el cardenal Borja le 
había hecho avisar, insinuándole la buena correspondencia que 
deseaba hubiese de aquel reino con el estado eclesiástico; y que 
si alguna cosa se le ofreciese que advertir, la comunicase á don 
Francisco (persona de suma satisfación y confianza), así en lo 
tocante á su gobierno, como en las demás cosas de la monar- 



{á) Tarsia, Vida de D. Francisco de Quevedo, pág. 68. 



Obras de Quevedo 197 



quía de España, para donde partiría con toda brevedad á dar 
cuenta á su majestad del estado é intereses del reino, 

DOCUMENTO XXXIX 

Carta de Su Santidad al duque de Osuna, (a) 

Dilecto filio, nobili viro, Duci Osstmae, Regni Neapolis Pro- 
regi: FA UL US PP. V. — Dilecte fili, nobilis vir, salutem, et 
Apostolicatn benedictionem . 

Rendiamo niolte grazie a V. Ecc. di quanto si i compiaciuta 
di o r diñare alli suoi Ministri per servitio di qucsta Sa?ita Sede, et 
suo Stato, come abbiamo visto dalle copie delle lettere, che V. Ecc. 
ci ha mándate, rallegrandoci fra tanto che il signor Dotí Pietro 
suo figlio co?ninci a travagliare in servitio di sua Maesth. 

Abbiamo inteso con nostro molto gosto quanto Don Francesco 
di Quevedo ci ha rapprescntato in nome di V. Ecc, et avendoli 
risposto quanto si occorreva, non ci resta, se nojí di rimetterci a 
lui medesitno, et lodare, et commendar molto il desiderio, et pen- 
siero, che V. Ecc. tiene della buona corrispondenza di cotesto Regno 
con lo Stato Ecclcsiastico , et di sostentare in tutte l'occasioni Vub- 
bidienza, che si ¿leve alia Santa Sede Apostólica in che riconosce- 
mo la sua pie td, et zelo. Et per fine di nuovo con tutto V animo la 
be?iediciamo. Data in Roma nel nostro Palazzo Apostólico, li 19 
d'Aprile 1617. 

DOCUMENTO XL ib) 
Abril 16, domingo. — En la semana que hoy conclu3^e ha par- 
tido para Roma D. Francisco de Quevedo, para informar á su 
santidad sobre el apresto que hace su excelencia de galeones 
para entrar en el mar Adriático. 

DOCUMENTO XLI 

Billete de D. Pedro de Leiva al duque de Osuna, (c) 
Ilustrísimo y excelentísimo señor: He visto el billete de vue- 
celencia; y á lo que me manda que responda luego en escrito, lo 



(a) Tarsia, pág. 70. 

(¿) El Diario de Zazzera, fol. 55. 

(r) Archivo general de Simancas.=Estado. — Legajo núm. 1,880. — 



Ñapóles. 



198 Documentos 



hago así. En carta de 24 de enero me escribe su majestad lo 
que verá vuecelencia por esa copia, la cual envié á su secretaría 
desde Palermo, cuando le supliqué á vuecelencia enviase gale- 
ras por mí. Por ella verá vuecelencia cuan precisamente me 
manda su majestad que venga á este cargo; que por obedecerle 
y acudir á servir á vuecelencia con brevedad, me resolví de me- 
terme en una faluga, en la cual, certifico á vuecelencia con toda 
verdad que estuve para ahogarme. Quiso Dios que llegase aquí 
á salvamento y que pudiese besar á vuecelencia las manos y re- 
presentarle la voluntad con que venía á servirle; suplicándole 
que en lo que no acertase se sirviese de alumbrarme, pues en el 
reiterar sería la malicia, pues no pretendía sino proceder con leal 
pecho en servir á vuecelencia; y que con esta verdad me asigu- 
raba la fe católica que se alcanzaba la gracia de Dios, con lo 
cual no tenía más que decir. 

Vuecelencia, con su pecho generoso, me respondió, por con- 
solarme y favorecerme, estaba siguro, pues yo era el maestro de 
todos, no podría errar, mostrándome agradecimiento de mi vo- 
luntad y ofreciéndome su favor. Otro día me mandó tomar mi 
cargo; y en las manos de vuecelencia, con los evangelios en ellas, 
le juré fidelidad del y de la plaza del Consejo. Mandóme luego 
con gran priesa que se pusiesen en orden estas diez y nueve ga- 
leras para poder partir dentro de dos ó tres días, como lo están. 
Y he dicho á vuecelencia que esta mañana me mandó vuecelen- 
cia llamar, y fué servido, en presencia de D. Francisco de Que- 
vedo, de mostrarme una carta del Rey, diciéndome que aunque ? 

su majestad le mandaba el secreto, le quería fiar de mí: en la ? 

cual decía á su majestad, si mal no me acuerdo, «que aunque 
los venecianos mostraban desear la paz, creía que no la procura- 
ban en sus acciones; y que así, pareciendo á vuecelencia, no se- 
ría malo picalles por acá; y al conde de Castro escribía para que 
ayudase con lo que pudiese. Pero que esto se entendiese que no 
era con orden de su majestad.» Y para que esto se publicase así, 
me dijo vuecelencia que era bien que yo le representase los in- 
convenientes para mi cautela, y que no se había de llevar estan- 
darte; y aun dijo D. Francisco de Quevedo que, para más divul- ; 
garse, debía hacer á vuecelencia un respetoso protesto, y vuece- ^ 
lencia me parece que lo aprobó, volviéndome á dar priesa por el { 



I 



Obras de Quevedo 199 



despacho. Respondí á vuecelencia que yo estaba allí pronto para 
serville y obedecelle en lo que me mandase, con esperanza en 
Dios de dalle buena cuenta dello; y en cuanto á las cautelas pú- 
blicas, fiaba de su valor y pecho tanto, que cuando á mí me su- 
cediese cualquiera gran caso en materia de reputación lo podía 
poner seguramente en sus manos, como tan gran caballero, tan 
gran señor y tan gran soldado. Con esto me vine, y luego me 
escribió vuecelencia en que resolvía que fuesen estas diez y nueve 
galeras y yo me quedase. 

Digo, Señor, que ya vuecelencia sabe cuántos años há que su 
majestad ha fiado de mí su real servicio, y no ignora la cuenta que 
del he dado, pues es tan pública y conocida. Y así, prosiguien- 
do en este tiempo esta mesma confianza, encomendándome esta 
escuadra y galeras, que son las mayores fuerzas que tiene en Ita- 
lia por la mar, yo la pagaría mal si en todas las ocasiones de su 
servicio donde ellas se hallasen yo no me hallase hasta perder 
la vida, que há tantos años que tengo ofrecida al servicio de mi 
rey, siguiendo las pisadas y ejemplos de mis antepasados. Y así, 
suplico á vuecelencia no me excuse de esta ocasión, porque no 
me parece conviene al servicio de su majestad ni de vuecelencia. 

Y supuesto el motivo que vuecelencia dice tiene para man- 
darme quedar (es decir, que quiere que en nombre suyo vayan 
estas galeras, para ocultar en la fación que han de hacer, el de 
su majestad), no me parece que es bastante causa para obligarme 
á mí á quedarme, por dos razones: 

La primera, porque todo el mundo sabe que el general de las 
galeras tiene obligaciones de seguir con ellas las órdenes de vue- 
celencia, como las mismas del Rey; y así, sabiendo que sigo la 
de vuecelencia con mi escuadra, se satisfará bastantemente á 
que se va con sola ella á la ocasión que me encomendare, ó que 
nos culpe el Rey en este caso á entrambos, que me parece mejor. 

La segunda, que sabiendo que estas galeras son del Rey, no 
es de importancia, no siéndolo la primera, que vaya el general 
dellas ó que no vaya; pues siendo las fuerzas de su majestad, 
tanto más lucirán cuanto fueren más bien gobernadas. Y pues su 
majestad fía este gobierno de mí, no cumpliré dejándole á nadie. 

Esto es cuanto á la satisfación que debo dar á la razón que 
vuecelencia dice le mueve á que mi persona se quede. En cuanto 



200 Documentos 



á lo que á mí toca, no puedo juzgar ni entender que en manera 
ninguna pueda convenir al servicio de su majestad, ni reputación 
mía, vaya ninguno á servir por mí el cargo que me manda el 
Rey eficazmente venir á servir, y esto tan apretadamente como 
consta de su carta, que me obligó á ponerme al peligro que al 
principio dije. Y pues cuando su majestad me instaba á mi ve- 
nida, no le faltaban estos intentos, no los debía de tener de que, 
viniendo yo, me quedase en la ocasión. Y así, no pienso que 
podrá haber ninguna que me excuse de no hallarme en ella, por 
lo que toca al servicio del Rey y de vuecelencia y de mi reputa- 
ción en caso tan importante. Y con esto respondo á lo que vue- 
celencia me manda le diga por escrito. Guarde nuestro Señor la 
ilustrísima y excelentísima persona de vuecelencia, como deseo. 
Ñapóles, á i.° de mayo de 1617. — Ilustrísimo y excelentísimo 
señor. — Besa las manos de vuecelencia su servidor, D. Pedro de 
Gamboa y de Leiva. 

DOCUMENTO XLII 

Billete del duque de Osuna á D. Pedro de Leiva sobre lo que se habló 
en presencia de Quevedo referente á las guerras de Italia, {a) 

He visto el papel de vueseñoría y la carta de su majestad en 
que manda venir á vueseñoría á servir este cargo, y aun que le 
envíe galeras; no pude hacello, así por estarse aderezando, como 
por esperar cada día las galeras de Genova, y con todas juntas 
pasar infantería á Lombardía. Venir vueseñoría en faluca no fué 
culpa mía, sino de haber querido vueseñoría detenerse ocho me- 
ses en Sicilia al pleito que vueseñoría trae con D. Octavio y aca- 
bar su bajel. Y tuvo vueseñoría en este tiempo el pasaje de las 
cuatro galeras que fueron con seda á Genova, á cargo de don 
Jerónimo de Aragón, el pasaje de las ocho galeras de D. Carlos 
de Oria, el pasaje de seis galeras de Florencia y el pasaje de las 
galeras del Papa, que tantos días estuvieron en Palermo. 

De suerte. Señor, que con esto (salvo el trabajo y peligro 
que vueseñoría ha pasado en el camino) todo lo que vueseñoría 
refiere me ha dicho y yo respondido, lo aceto; y de la misma 



(a) Archivo general de Simancas. =Estado. — Legajo núm. i,8So. 
Ñapóles. 



Obras de Quevedo 20 1 



manera lo que esta mañana pasó en presencia de D. Francisco 
de Quevedo; si bien se le olvida á vueseñoría que cuando dije 
que no había de ir estandarte de su majestad, dije también que 
ni general suyo, y que lo mismo escribía al señor conde de Cas- 
tro en cuanto lo que tocaba á aquella escuadra. 

En todo este tiempo que vueseñoría ha estado ausente de 
aquí, he despachado á su majestad diferentes correos avisándole 
del estado que tenían las cosas de Venecia. Y no ignorando su 
majestad que vueseñoría tenía este cargo, ni yo que su majestad 
le había hecho merced del, me manda que el impidir el socorro 
de holandeses le encargue á la persona que me pareciere, con 
que esto no se entienda en su real nombre. Tengo dado cuenta 
del modo como pienso ejecutallo; y aunque su majestad tiene de 
vueseñoría la satisfación que sus servicios merecen, ni me manda 
que se lo encargue ni que se lo comunique: lo que he hecho por 
cortesía y con codicia del servicio de su majestad. 

Vueseñoría ha llegado á tiempo que lo halla todo trabajado 
y ordenado, y la guerra rota con venecianos por mis bajeles en 
mi nombre. Si por ir su persona de vueseñoría se dejare de ha- 
cer su real servicio y se le recrecieren algunos inconvenientes, ó 
de hacer venecianos alguna invasión en este reino, represalias 
en bajeles de vasallos del Rey, sobre protesto que vueseñoría va 
en estas galeras, — me protesto con vueseñoría y con su majes- 
tad, y de que hasta agora no han quitado el comercio á este 
reino ni hecho sentimiento de su majestad ni de ministro suyo, 
sino es de mí. Que partamos la culpa entre entrambos como 
vueseñoría dice, si le estuviera bien al Rey, á mí me estuviera 
mejor; pero estas son culpas que todas me las quiero echar á 
cuestas. 

Pongo esto á vueseñoría en consideración, acautelándome 
para todos los subcesos, y advirtiéndole que si resuelve su parti- 
da, sea con toda la brevedad posible, porque la infantería que 
ha de ir mandando mi hijo está en orden para ello, y él ni ella 
no ha de ir á la de vueseñoría, no tocando á vueseñoría en cosa 
su cargo. 

Vueseñoría responda á esto luego, porque acabo de tener un 
correo de Rivera, y avisa como queda en Brindis, y la armada 
de venecianos fuera. En estas cartas se habla de la cifra de su 

26 



202 Documentos 



majestad; y lo que publicare será por cuenta de vueseñoría, pues 
no se ha comunicado con otro. Dios guarde, etc. 

DOCUMENTO XLIII 

Sale Quevedo para España, (a) 

Mayo 30, martes. — Hizo prender su excelencia toda la gente 
de casa de Melchor Rouillón, secretario de la fábrica de San Pe- 
dro, vasallo y agente del duque de Saboya, embargándole su 
hacienda. Díjose por la ciudad que habiendo apresado ciertos 
corsarios saboyardos una barca de Amalfi, cjuiso el Duque-Vi- 
rrey tomar represalias en la hacienda de Rouillón. Mas la ver- 
dad parece ser que, expiando éste las acciones é intentos de su 
excelencia, se los comunicaba al duque de Saboya, y en sus em- 
presas contra España le socorría secretamente con mucho dinero. 

Miércoles por la mañana, último día de mayo, partió don 
Francisco de Quevedo para España en dos fragatas, llevando á 
su majestad el donativo del reino de Ñapóles. Dícese que tiene 
encargo de efectuar el ajustado casamiento del hijo de su exce- 
lencia con hija del señor duque de Uceda; cuyo lazo está para 
romperse, por otros amores que tiene aquel mozo y haber dis- 
cordias grandes entre los futuros suegro y yerno. 

DOCUMENTO XLIV 

Viaje de España, {b) 

Partió en 28 de mayo del mismo año de 16 17 con seis fa- 
lucas armadas; y prosiguiendo su viaje, fué avisado por correo 
despachado á toda diligencia desde Marsella, con carta del ca- 
pitán Vinciguerra, de 4 de julio de aquel año, en que le decía 
que tres días después de haber salido de aquella ciudad, le ha- 
bían dado noticia muy cierta que habían partido de Nisa seis 
caballeros con su reti'ato y señas para matarle, juzgando que des- 
embarcaría en aquel puerto para ir por tierra. Otro tal aviso es- 
cribió este capitán al duque de Alburquerque, entonces goberna- 
dor y capitán general en Cataluña; el cual, llegando D. Francis- 
co á Barcelona, porque no le sucediese algún desmán, le con- 



(«) Diario de Zazzera, fol. 62 v. 
(í^) Tarsia, pág. 71. 



Obras de Quevedo 20: 



voyó con una tropa de caballos hasta Fraga de Aragón, sin que 
en tantos sobresaltos de peligros y asechanzas le viesen amila- 
narse, antes con mayor ánimo y coraje. Con que llegó felizmente 
á la corte y cumplió con suma agilidad todo lo que se le había 
encargado, dejando á los ministros reales muy satisfechos de su 
capacidad y prudencia. Habíale dado el Virrey un despacho para 
su majestad, en que le hacía relación de lo bien que D. Fran- 
cisco le había servido en poner cobro á la real hacienda, en la 
conformidad que arriba se ha tocado; diciéndole, en carta de 
27 de mayo de 161 7, que había hecho oficio de racional, de pre- 
sidente, de contador y de carcelero; y suplicando á su majestad 
que no le detuviese, por la falta que hacía su persona para el 
acierto de aquel gobierno, antes le despachase con toda breve- 
dad y con mercedes correspondientes á su mérito. Añade en su 
abono las palabras siguientes: 

«Suplico á vuestra majestad mande que con toda brevedad 
se despache don Francisco de Quevedo, pues hasta su vuelta 
lo más que puedo hacer es- ir suspendiendo estos negocios, por 
la falta que tengo de persona de quien fiallos, y ser ellos de ca- 
lidad, que muchos que hasta ahora habrán vivido muy bien, co- 
rren peligro en dejarse llevar de tanto dinero como ofrecen los 
que querrían rescatar lo más que pudieren; pues es de suerte, 
que sé cierto que aun sin hacer cosa mal hecha, tuviera hoy 
don Francisco de Quevedo cincuenta mil ducados, con que me 
hubiera propuesto disimulación ó flojedad. 

»Vuestra majestad debe hacelle merced, pues cualquiera que 
se le haga, no trato de que la merece, sino del beneficio que re- 
sulta al servicio de vuestra majestad y á su real patrimonio; pues 
si los que sirven con fidelidad y limpieza no son premiados, po- 
cos se hallarán que no quieran hacer hacienda y comodidad de 
las cosas que se les encargare, y ahorrar enemigos, pesadumbre 
y trabajo, pues lo uno es muy fácil y lo otro muy dificultoso. 

»Yo estimaré en lo que es justo que los que debajo de mi 
mano sirven á vuestra majestad, vea el mundo que yo les ayudo, 
y vuestra majestad les premia.» 

Hasta aquí el Duque, cuya atestación dio nuevos realces á la 
opinión que el Rey y sus ministros tenían de las finezas, cuidado 
y celo de D. Francisco. Y porque, para estimarle su majestad 



204 Documentos 



servicios tan señalados con premio igual al mérito, no daba lu- 
gar la brevedad con que el Virrey pedía le despachase (por la 
falta que hacía con su ausencia á las materias más graves de 
aquel gobierno), fué preciso remitirlo al mismo, encargándole 
tuviese particular cuenta de hacer merced á D. Francisco; á 
quien mandó que sin dilación volviese á Ñapóles, como parece 
por carta que escribió al Duque por el Consejo de Estado, cuyo 
traslado es el siguiente: 

«El Rey. — Ilustre duque de Osuna, primo, mi virrey, lugar- 
teniente y capitán general del reino de Ñapóles: He visto lo que 
me escribisteis en 27 de mayo acerca del trabajo y desvelo con 
que don Francisco de Quevedo anduvo en el descubrimiento de 
los fraudes que ahí se hallaron en la hacienda de mi real patri- 
monio, y la limpieza y cuidado con que ha procedido así en esto 
como en todo lo demás que le habéis encomendado, de que me 
tengo por servido. Y pues decís que su asistencia ahí será de 
provecho, le emplearéis y favoreceréis en todo lo que se ofreciere 
de su comodidad y acrecentamiento, teniéndole por muy enco- 
mendado para esto en todas las ocasiones de mi servicio; que 
yo holgaré de todo lo que por él hiciéredes. De San Lorenzo, á 
28 de julio de 16 18 (a). — Yo el Rey. — Antonio de Aróstegui.f> 

DOCUMENTO XLV 

Tiene una audiencia secreta con su majestad, {b) 

D. Francisco de Quevedo dice que, «en cuanto á los nego- 
cios del mar Adriático, le ordenó el duque de Uceda al testigo 
hablase á su majestad en audiencia secreta; y que así fué al Es- 
curial, donde su majestad estaba; y le habló, y que lo mismo 
hizo en los dos parlamentos de Sicilia y Ñapóles. 

»Y que asimismo le ordenaron el duque de Uceda y P. que 
el testigo hablase en los Consejos de Estado y Italia en razón 
de la recusación del conde de Lemos, tiue la quisieron hacer las 
plazas del reino de Ñapóles, pidiéndolo por gracia y concesión 
particular en el Parlamento; y que también le ordenaron que 
hablase en la contradición del bilanzo del conde de Lemos, y 



(«) El año está errado en Tarsia; el original diría 1617. 

\b) El ya tan repetido Me/norial de Chuinacero, pliegos G, fol, 15 

y q> 31 V. 



Obras de Quevedo 205 



que el testigo lo hizo así; y que atento las causas que el testigo 
dio, se hizo junta en casa de P., y que en cuanto á estos dos 
puntos no tuvo efeto.» 

Preguntado el duque de Uceda sobre este particular, dijo: 
«Que lo que en esto pasó es, que el dicho don Francisco de 
Quevedo dijo á este confesante que había menester hablar á su 
majestad en audiencia secreta, porque lo pedían así las materias 
que traía; y que así este confesante le dio cuenta dello á su ma- 
jestad, el cual quiso dársela.» 

Preguntado si es verdad que tratando las plazas del reino de 
Ñapóles de recusar al conde de Lemos, pidiéndolo á su majestad 
por gracia y concesión particular del Parlamento que el dicho 
D. Francisco de Quevedo trajo, y trayendo asimismo á su cargo 
'la contradición del bilanzo del dicho conde de Lemos, dio el 
dicho D. Francisco cuenta á este confesante y á P., y le ordena- 
ron hablase á los del Consejo de Estado, y se juntaron en casa 
de P. este confesante y él, para conferir en los dichos dos pun- 
tos; declare lo que en esto pasó y qué razones hubo para esta 
diligencia, y no dejar correr la materia sin ella por los Consejos 
donde había de pasar, — dijo: «que bien pudo ser que el dicho 
don Francisco le diese cuenta á este confesante destas pfetensio- 
nes del reino de Ñapóles, y que le remitiese que hablase á los del 
Consejo donde tocaba la materia, como lo hacía con los demás 
negociantes, como lo tiene dicho en otra pregunta; pero que jun- 
tarse con P. para esta materia, no se acuerda, ni le parece pudo 
ser, porque siempre conoció en P. celo del servicio del Rey, y 
que en todas estas materias le vio muy puntual en él; y que para 
las particulares del de Osuna jamás se juntaron, sino para las 
del servicio de su majestad; y que así, si alguna vez trataban da- 
llas, era en orden á esto.» 

DOCUMENTO XLVI (a) 

Viendo el duque de Osuna que la potentísima república de 
Venecia, confederada con el duque de Saboya, había puesto en 
grande aprieto al archiduque Ferdinando, para divertir las fuer- 
zas hizo armar á toda prisa una escuadra de galeones, mandó 



(a) Tarsia, pág. 67. 



2o6 Documentos 



tomasen puerto en Brindis, mostrando apoderarse del mar Adriá- 
tico, para dar cuidado á los venecianos, que por más de mil y 
docientos años á esta parte son señores de aquel golfo. 

DOCUMENTO XLVII 

Carta del duque de Osuna á su majestad, sobre la muerte 
del mariscal de Ancre. (a) 

Señor: Por si el tiempo detuviere á D. Francisco de Queve- 
do, envío á vuestra majestad el duplicado de los negocios que 
requieren más brevedad en su despacho. Generalmente crece en 
Italia, según me avisan, la satisfación de la muerte del maris- 
cal de Ancre, pensando en su fin que aquellas ai-mas levantadas 
en Francia se convirtirán en servicio del duque de Saboya; y 
aun me escribe D. Carlos Doria bajan ya con Ladiguera algunos 
franceses. 

Suplico á vuestra majestad no se pierda tiempo en las reso- 
luciones que se hubieren de tomar; y ninguna tengo por más 
importante que mandar vuestra majestad que todas las fuerzas 
que el Archiduque tiene en Flandes las junte en Cambray don 
Luís de Velasco, así por su soldadesca y experiencia, como por 
la noticia que tiene de todos aquellos puntos desde Cambray á 
París, y haber tantas veces guerreado con franceses y conocido 
el estilo y orden de su milicia. La caballería ligera y hombres de 
armas de España puede también juntarse en el servicio militar 
(que en tales ocasiones servimos todos á vuestra majestad), pues 
ninguna hay tan forzosa como ésta, y donde interesa tanto la re- 
putación nuestra como el servicio de vuestra majestad; y esfor- 
zándose como es justo, sería número de cuatro mil caballos. Viz- 
caínos y navarros es la gente que vuestra majestad sabe de valor 
y de confianza. Y arrimando al calor de la caballería diez mil 
hombres, que en veinte y cuatro horas se pueden juntar, sería 
puesto á propósito Pamplona, por lo que toca á Castilla. Y si á 
vuestra majestad le pareciese dividir dos mil caballos y ponellos 
en Perpiñán con seis ó ocho mil catalanes y aragoneses, que con 
la misma facilidad se juntarán, tiene vuestra majestad en rienda 
los motivos de Francia y suspendidos los ánimos; no mostrando 



(«) Archivo general de Simancas. =Estado. — Legajo núm. i,S8o, 



Obras de Quevedo 207 



más intención de la justa prevención en cualquiera accidente 
que sucediese. Y al paso que caminasen en Francia las asisten- 
cias del duque de Saboya, podría vuestra majestad ir apretándo- 
les, supuesto que el Rey ya se ha entregado á los ministros que 
hoy le gobiernan. 

Bien pienso que los bien contentos de la Reina serán hoy 
mal contentos del Rey, y que por mucho que quieran echar la 
guerra fuera de sus casas, las raíces les quedarán dentro, y (jue 
hallará vuestra majestad, si se sabe guiar, la misma facilidad que 
otras veces para levantalles los ánimos. No es mi intento de nin- 
guna manera, ni que aquella corona se inquiete, ni que vuestra 
majestad deje de asistir á su yerno, como temo lo habrá menes- 
ter, pues sin estas obligaciones, juzgará lo propio por cosa de- 
bida; sino que, comenzándolo ellos, se halle vuestra majestad de 
suerte que reciban lo peor. Todo lo puede vuestra majestad si 
quiere, y tiene ministros que, sintiendo su real gusto, sabrán dis- 
ponello. 

Yo no me descuido en lo que está á mi cargo, pues ya ha 
llegado la caballería que llevó el príncipe de Avelino, y la que 
lleva el duque de Matalón camina con toda priesa. Quedo levan- 
tando mil caballos albaneses para lo que puede ofrecerse, y ha- 
llóme con cuatro mil infantes, con que iré socorriendo á D. Pe- 
dro de Toledo, y levantaré otro tercio si fuere menester, sin ha- 
ber echado gabela ninguna, ni vendido renta de vuestra majes- 
tad ni tomado á cambio; pero cuando fuere menester tocaré á 
todo, pues el servicio y reputación de vuestra majestad y con- 
servación de sus reinos ha de estar en primer lugar que la co- 
modidad y descanso de nadie. 

Así entiendo se hará en España, y verá el mundo que puede 
vuestra, majestad lo que quiere, si los que nos ocupamos en su 
real servicio cumplimos con nuestras obligaciones, cuya culpa 
será cuando se dejare de hacer. 

Vuestra majestad nos lo dé á entender así á todos los que 
en España y fuera della tenemos puestos y lugar en los Consejos, 
y crea de mi voluntad vuestra majestad que no faltaré á mis 
obligaciones y á la confianza que vuestra majestad muestra tener 
de mi persona y servicios. 

Dios guarde la católica persona de vuestra majestad muchos 



2o8 Documentos 



años, como la cristiandad há menester. — Ñapóles, 2 de junio 
16 1 7. — C. El duque cofide de Ureña. 

DOCUMENTO XLVIII 

Párrafo de carta de D. Andrés Velázquez, espía mayor, al duque de Osuna, 

fecha en Madrid á 1 1 de junio de 1617. (a) 

Días há que se desean cartas de vuecelencia y que llegue don 
Francisco de Quevedo, porque vuecelencia se ha remitido á él 
con su majestad y con los consejeros; y todo está parado, espe- 
rando qué trae de plazas, nóminas y Miguel Váez. 

DOCUMENTO XLIX 

Despacho de su majestad al duque de Osuna. (¿) 

El Rey. — Ilustre Duque, primo nuestro, visorrey, lugarte- 
niente y capitán general: Por vuestra carta de 18 de febrero en- 
tendí la prontitud y buen ánimo con que el Parlamento general 
dése reino concurrió en el donativo ordinario de un millón y 
doscientos mil ducados con que me suele servir. Y cuando se 
hayan visto los despachos que sobre esto ha traído D. Francisco 
de Quevedo, mandaré responder á la carta de los diputados; y 
entre tanto les podréis significar, en mi nombre, la satisfación 
que tengo del celo y amor con que esa mi fidelísima ciudad, ba- 
ronaje y reino me sirven, y que así en las gracias por que me 
han suplicado, como en todo lo demás que se ofreciere, tendré 
la cuenta que es razón de honrar y favorecer á tan buenos y fie- 
les vasallos. 

También he visto lo que me decís cerca de las razones que 
os habían movido á no aceptar el donativo de cuarenta mil es- 
cudos que se os hizo en el dicho parlamento, y á tener por con- 
veniente que se ordene en ese reino lo mismo que á vuestra ins- 
tancia se proveyó en Sicilia, prohibiendo semejantes donativos. 
Y siendo esto conforme á la pragmática que sobre ello mandó 
hacer el Rey, mi señor y padre, que haya gloria, el año de 1563 
la he mandado renovar en la forma y con las penas que veréis, 



(a) Cargos hechos á Velázquez en la causa del duque de Osuna; do- 
cumento original. 

(¿) Archivo general de Simancas.=:zEstado. — Secretarías provinciales, 
lib. 732, fol. 73. — Ñapóles. 



Obras de Que vedo 209 



por el despacho que se os envía con ésta; y así, seré muy servido 
la hagáis ejecutoriar y publicar, para que por todos y en todo 
tiempo se tenga noticia de ella. Y á vos os agradezco mucho el 
celo de mi servicio y del bien público, con que os habéis mo- 
vido á proponer el remedio de los inconvenientes que, de lo con- 
trario, podrían resultar, y el ejemplo que habéis dado con no 
aceptar el dicho donativo; que de lo uno y de lo otro me he 
tenido por muy servido. — De Madrid, á 10 de setiembre de 16 17. 
— Ví> el Rey. — López, secretario. 

DOCUMENTO L 

Activa Quevedo la causa contra el conde de Mola. — Párrafos de consulta 
del Consejo, hecha á su majestad en 2 de octubre de 1617. (a) 

Párrafo 3.° — Señor: D. Francisco de Quevedo ha entregado 
al secretario Zarate, entre otros despachos del duque de Osuna 
para vuestra majestad, una relación que los jueces que nombró 
para la causa de Miguel Váez, conde de Mola, le hicieron, de lo 
que por las informaciones que habían tomado hasta los 8 de 
mayo resultaba contra él; y asimismo una carta del doctor Julio 
César de Rossi, auditor de la regia audiencia de Trani, de 19 
de mayo, en que le da cuenta de lo que iba haciendo en ejecu- 
ción de la comisión que le dio para tomar información en aque- 
llas provincias contra el dicho Conde. Por la de los dichos jueces 
le hacen cinco cargos: los tres, de extracción de moneda y otras 
mercancías; y los dos, de haber tomado cesión de libranzas de 
particulares acreedores de la regia corte, y héchose pagar de 
perceptores de provincias una gruesa suma de dinero, la mayor 
parte como á procurador y cesionario de dineros, y hecho el in- 
troito en la caja militar algunos meses después. Y por la carta 
de dicho auditor Rossi avisa que, por las diligencias que iba 
haciendo, hallaba que en los años de 606 y 607 había remitido 



(a) Archivo general de Simancas.=Estado. — Secretarías provincia- 
les, legajo núm. 12. — Ñapóles. 

Miguel Váez, hombre famoso, que en pocos años, con el tráfico del 
mar y arrendamiento de las alcabalas, ganó más de tres millones de oro, 
fué acusado por el delito de extracción de moneda, y acometido de algua- 
ciles dentro de su propio palacio, el viernes 5 de mayo de 161 7. Supo 
burlarlos, tomar asilo en la Asunción, y huir á España el domingo 14, 
acogiéndose en una de las galeras de Sicilia, q^ue le condujo hasta Genova. 

27 



2IO Documentos 



el dicho Conde diversas sumas de dinero á Turquía para comprar 
trigo, y llenado de piezas de artillería á Alemio Facardino, re- 
belde de turcos, que señoreaba la Palestina, Galilea y Judea; y 
que un galeón de los que enviaba por trigo saqueó una nave de 
cristianos: como más particularmente lo mandará ver vuestra ma- 
jestad por la relación y carta originales, que irán con esta con- 
sulta. Y con esta ocasión ha sido necesario ver algunas escrituras 
que por parte del dicho conde se han presentado aquí en su des- 
cargo, á fin de poder informar el ánimo de vuestra majestad, 
para que tenga, de lo uno y lo otro, y del fundamento que se 
puede hacer de los dichos cargos, la noticia que es razón... 

Párrafo 13. — Y demás de esto, se presenta por parte de di- 
cho conde de Mola una fe de D. Gregorio Greco, sacerdote, en 
que declara, á presencia de testigos, que habiéndole hecho lla- 
mar á palacio, D. Francisco de Quevedo le instruyó y persua- 
dió, en presencia de Julio Vincencio Sebastiano, que fuese á Be- 
nito Váez, hermano del Conde, á decirle como estaba llamado 
en palacio para deponer contra el dicho Conde; que había visto 
que cuando sus galeones iban en corso llevaban armas, pólvora 
y otras municiones á los enemigos infieles; y porque temía que 
le hiciesen fuerza para deponer sobre este hecho, no queriendo 
hacer mal al dicho Conde, le pedía una carta de favor para que 
le encaminase á cualquier parte, donde le tuviese escondido 
mientras pasaban estos rumores. Y que el dicho Benito Váez le 
respondió que si era cristiano y sacerdote, depusiese la verdad; 
que eso era lo que quería. Y que por descargo de su conciencia 
declaraba, con juramento, que todo lo que había dicho de haber 
visto llevar armas, pólvora y otras municiones en los dichos ga- 
leones fué máquina y mentira, y que lo hizo á instancia de di- 
cho D. Francisco de Quevedo. 

Párrafo 14. — Demás de esto, ha presentado un billete del 
cardenal Sforza para la condesa de Mola, en que aprueba el ha- 
berse retirado su marido, diciendo que su inocencia se vería 
mejor estando fuera que en la cárcel; tanto más, que la coyun- 
tura no era buena, por haber dicho el duque de Osuna, yendo 
en carroza con algunos caballeros y con el mismo Cardenal, que 
Mucio de Angelis había nombrado al Conde y á otro ministro 
que habían sido parte principal en las causas que traía á la 



Obras de Quevedo 2 1 r 

corte contra el Duque. Y otro billete de D. Alvaro de Riva de 
Neira para el conde de Mola, en que dice que habiendo ido á 
hablar al Duque, pidiéndole que diese los cabos y quejas que 
tenía contra él, y que si no se le diese satisfación á ellas con es- 
crituras públicas, en tal caso procediese con todo rigor, después 
de haber dado y tomado; viendo que le apretaba con la verdad, 
se resolvió diciendo que votaba á Dios que si vuestra majestad 
no ahorcaba al Conde, que no había de dejar hombre á vida de 
su linaje, y que si sobre esto hacía resentimiento, se pasaría á 
Francia ó á otra parte, donde mejor le pareciese; hallándose á 
todo esto presente D. Francisco de Quevedo. Fl cual dijo al don 
Alvaro que el Duque estaba ofendido del Conde por haber te- 
nido inteligencia en los cabos que Mucio de Angelis traía contra 
él, y que le avisaba dello para que viese la buena voluntad que 
le tenía, y acudiese al remedio como más le conviniese. 

Párrafo 19. — El haber el duque de Osuna nombrado ya jue- 
ces en este negocio, bien se entendió al tiempo que se hizo aque- 
lla consulta, y por lo menos se presupuso y tuvo por cierto que 
los había de nombrar: de manera que el haberse después enten- 
dido que los haya nombrado, no es cosa que altera la resolución 
que el Consejo propuso á vuestra majestad; porque aunque entre 
estos jueces hay algunos inconfidentes y mal afectos al conde de 
Mola, y en lo general por lo que toca á este negocio no tiene 
dellos entera satisfación el Consejo, todavía no es esta la causa 
por que el Consejo se mueve para que vuestra majestad haya 
de hacer de nuevo el nombramiento. La principal causa que el 
Consejo tiene para que vuestra majestad no apruebe la delega- 
ción de jueces que el duque de Osuna hizo, es porque en este 
caso no la pudo hacer, porque estas delegaciones están prohibi- 
das á los virreyes... 

Y aunque esta razón por sí sola basta, y por ella se ha re- 
suelto en otros casos, aún en este negocio corre otra más parti- 
cular y eficaz, y es el odio y mal afecto que el Virrey, desde que 
vino de Sicilia, ha mostrado contra el conde de Mola y sus co- 
sas: porque, como en aquella consulta de 29 de julio se dijo á 
vuestra majestad, en esta corte hay dos testigos que le oyeron 
decir públicamente en Sicilia que había de ahorcar al conde de 
Mola en llegando á Ñapóles, por agradar á la nobleza; y en la 



2 1 2 Documentos 



consulta arriba se refieren dos billetes, uno del cardenal Sforza 
y otro de D. Alvaro de Riva de Neira, por donde se puede co- 
legir el ánimo que el Virrey tiene en este negocio. 

También hace al mismo propósito otra fe que la parte pre- 
senta, de un testigo que había depuesto á instancia y persuasión 
de D. Francisco de Quevedo; esto, que se allega por el conde 
de Mola, bien se entiende de la consideración que es conforme 
á derecho... 

De manera que cuando el conde de Mola pretendiese que su 
causa no se tratase en Ñapóles ni por jueces de Ñapóles mien- 
tras estuviese allí el Virrey, lo podría pretender en este caso, pues 
se trata de dar vuestra majestad delegados, y por cualquiera ra- 
zonable causa puede vuestra majestad elegir más á unos que á 
otros. 

Pero lo más seguro sería enviar allá un ministro de Milán, 
como se hizo en la causa de los procesados en tiempo del conde 
de Lemos, para que haga el proceso, y, hecho, lo envíe acá con 
su voto, á fin que vuestra majestad pueda después cometer la 
decisión á quien más fuere servido; y cuando vuestra majestad 
viniere en esto proporná el Consejo los sujetos que parecieren 
á propósito, y al que vuestra majestad eligiere se le darán las 
instrucciones necesarias de lo que hubiere de hacer. A 2 de oc- 
tubre de 16 1 7. — (Sigue?t las rúbricas.) 

DOCUMENTO LI 
Despacho de su majestad al duque de Osuna, virrey de Ñapóles, (a) 

El Rey. — Ilustre Duque, primo, etc.: En carta de 9 de no- 
viembre del año pasado de 1616, me avisastes de la prisión del 
racional Juan Vicencio Sebastiano por los hurtos y falsedades 
de que estaba convencido, y que no solamente lo confesaba to- 
do, pero que ofrecía poner en claro otros de gran suma defrau- 
dada á mi real hacienda por otros oficiales; y que por ser la má- 
quina muy grande, y convenir caminar en ella con atención, no 
os moveríades por este respecto á ejecución ninguna sin que yo 
viese primero todas las particularidades de que este hombre tra- 



(rt) Archivo general de Simancas.=Estado. — Secretarías provincia- 
les, lib 732, fol. 178 V. — Ñapóles. 



Obras de Quevedo 2 1 3 



taba; de que traería un reasunto D. Francisco de Quevedo. Y á 
los 24 de diciembre os mandé responder que, venido D. Fran- 
cisco y visto el dicho reasunto, se os avisaría de lo que cerca 
desto pareciese. 

Después se recibió otra carta vuestra de 14 de... con la re- 
lación que el consejero Alderisio os hizo de lo que hasta enton- 
ces había averiguado en este negocio; y en ella decís que en aca- 
bando las informaciones, me las enviaríades, para que yo man- 
dase nombrar jueces para la conclusión del. 

Y porque se ha entendido que habíades hecho la gracia al 
dicho racional, y que andaba libre por esa ciudad, negociando 
como antes que fuese inquisido, con escándalo público y desau- 
toridad de la justicia, y por todos respectos es bien saber lo que 
en esto hay y las causas que os han movido á tomar esta reso- 
lución sin avisármelo primero, y esperar orden mía de lo que 
se había de hacer, os encargo y mando me lo aviséis muy en 
particular; á fin que entendido, se provea lo que pareciere más 
convenir á mi servicio. 

De Lerma, á 7 de octubre 1617. — Yo el Rey. — López, se- 
cretario. 

DOCUMENTO LII 

Consulta del Consejo de Estado á su majestad sobre lo escrito por D. Fran- 
cisco de Quevedo en nombre del duque de Osuna, en materia de la 
guerra de Italia, (a) 

Señor: El Consejo ha visto, como vuestra majestad lo envió 
á mandar por billete del duque de Lerma, el papel incluso del 
duque de Osuna, que dio en su nombre D. Francisco de Que- 
vedo, que trata en materia de la guerra de Italia; y ha parecido 
consultar á vuestra majestad que él, como tan enterado de las 
cosas y con el celo que tiene del servicio de vuestra majestad, lo 
dice todo muy bien, y merece que vuestra majestad le mande 
dar las gracias que se le deben por ello.— Vuestra majestad man- 
dará lo que fuere servido. — En Madrid, á 14 de octubre de 1617. 
(Siguen cuatro rúbricas.) 

Real decreto. — Así. — (Está rubricado.) 



{a) Archivo genera! de Simancas.=Negociado de Estado. — ^Legajo 
núm. 1,880. — Ñapóles. 



214 Documentos 



DOCUMENTO Lili 
El papel de D. Francisco de Quevedo. (a) 

En el sobre: f Señor. — D. Francisco de Quevedo-Villegas. 

Señor: El duque de Osuna, viendo que el duque de Saboya 
en esta guerra de Lombardía no ponía otra cosa que la mala in- 
tención, y que la gente era de Francia y el dinero de Venecia; 
y considerando que en la guerra la gente seguía el dinero, y que 
á él se reducía todo, — como por remedio para acabar la guerra 
en Lombardía y desarmar al Duque, necesitar á los venecianos 
de todas sus fuerzas y caudal para defensa del golfo y de la pre- 
sunción y vanidad con que le llaman suyo, consiguió esto in- 
mediatamente: pues luego que los galeones del duque de Osuna 
costearon el mar Adriático, tuvieron necesidad venecianos de 
guarnecer las marinas y armar bajeles, con que en el Friuli debili- 
taron el ejército y en Lombardía desacreditaron el socorro; y úl- 
timamente, confesaron con tres nuevas impusiciones, el mes de 
mayo, que aun para sí no tenían lo necesario. 

A un tiempo el Archiduque, ya rey de Bohemia, puso de me- 
jor condición la defensa de sus tierras, y el duque de Saboya 
(que esforzado con los buenos sucesos que había tenido co- 
brando plazas de nuestro ejército y tomando otras del Monfe- 
rrato, amenazaba grandes impresas) fué forzado á dejar ir los 
franceses, que luego que vieron á los venecianos falidos juzgaron 
al duque de Saboya por acabado, pidieron á D. Pedro de Tole- 
do pasaportes, y unos con ellos y otros huidos, dejaron al Duque 
tan desacompañado, que se facilitó el poder tomar á Verceli, 
por no poder campear el Duque. Estos efectos no pueden difi- 
cultarlos en gloria del duque de Osuna nadie, sin gran corri- 
miento, pues los aseguran los efectos en una y otra parte. 

Esto es cuanto á la guerra. Mas siendo el intento de vuestra 
majestad la paz de Italia, — los galeones han hecho que se pue- 
de hablar en ella; pues habiendo ocasionado la toma de Verceli, 
y hecho tan gran presa, después de haber representado la bata- 
lla de venecianos, — vuestra majestad hará paces porque quiere; 
y no como ellos querían, dando á entender al mundo que las ha- 
cía por no perder más; lo que hoy les sucede á ellos: lo que ha 



(a) Con la anterior consulta. 



Obras de Quevedo 215 



resultado desta facción del duque de Osuna, en gran gloria de 
vuestra majestad y reputación de sus armas y vasallos. 

Son todas estas cosas dignas de grande estimación: 

La primera haber desencantado las quimeras de Venecia y 
los miedos y fantasmas que con ella ponía Italia, averiguado su 
caudal, y medido sus fuerzas, y desarrebozado la hipocresía del 
tesoro. 

Haber hecho un acto tan solene contra la posesión que ale- 
gan del golfo, en perjuicio de las marinas y puertos de vuestra 
majestad y otros príncipes. 

Haber hecho ver al mundo que la desorden de un vasallo 
de vuestra majestad, virrey en Ñapóles, ha hecho con efecto lo 
que desde los gifioveses acá no ha habido monarca que lo haya 
osado pensar á solas. 

Haber el duque de Osuna hecho por fuerza confesar á los ve- 
necianos que contra él no pueden nada, y venido á pedir á vues- 
tra majestad carta primera y segunda para que sacase del golfo 
los galeones. ¡Cosa muy para ponderada: necesitar á esto á los 
venecianos, que siempre dando á entender soberano poderío con 
desprecio han sido arbitros del mundo! 

Haberlos reducido á estado que pidiendo (como lo han he- 
cho) favor y ayuda al turco, hayan ignominiosamente confesá- 
dole á él y á todo el mundo su flaqueza: cosa que les puede ser 
de gran daño y que nunca se esperó, no haciéndoles la guerra 
otro que el virrey de Ñapóles no asistido de nadie. 

Haber mostrado á los príncipes que desde los motivos de 
Enrique IV están atentos á la ruina desta monarquía, no sólo 
que no está impotente como la juzgan, mas poderosísima; pues 
solo el virrey de Ñapóles ha inviado en un propio tiempo, sin 
pedir dinero ni otra cosa á vuestra majestad ni á otro reino ni 
ministro suyo, mil caballos y seiscientas corazas pagadas, y tres 
mil hombres pagados á Milán, y hecho la guerra á venecianos 
tan prósperamente. 

Haber hecho un millón y más de presa (que son más de diez 
de crédito), y dado á vuestra majestad que pueda volver, si gusta, 
de las paces; y que pueda saber de castigo, si no le supieren 
obligar para que las haga. 

El premio que el duque de Osuna pretendía de todas estas 



2i6 Documentos 



cosas no fué nunca otro que licencia para continuarlas con ma- 
yores acrecentamientos. 

Hoy ha venido nueva que los generales de Ñapóles y Sicilia 
han sacado sus escuadras del mar Adriático, ó llamados del vi- 
rrey de Sicilia, por prevención de la armada turquesca, ó por 
orden que se les haya dado de aquí para acudir á Mesina. 

Si salieron del mar Adriático llamados del virrey de Sicilia, 
fué anticipadamente; y se pudo excusar, porque cuando salieron 
no se sabía cosa de importancia de los andamentos de la ar- 
mada enemiga, y el duque de Osuna había inviado á tomar len- 
gua della á la escuadra de Malta y Florencia. 

Si sacaron las galeras en obediencia de la carta ordinaria de 
vuestra majestad, en que suele prevenir esto, se debió tener con- 
sideración á la grande impresa que se tenía entre manos, y que 
para los sucesos que se esperaban no eran considerables los su- 
cedidos, con ser de tanto peso. 

Lo que ha resultado de la ligereza con que se han movido 
las escuadras (adelantando su resolución á las órdenes que tienen 
de vuestra majestad, que siempre se remiten á lo que en la oca- 
sión más convenga hacer en su real servicio), es lo que se sigue: 

Lo primero haber desabrigado los galeones: con que les ha 
sido forzoso, no sin gran nota, retirarse en Brindis, dando ven- 
ganza á los venecianos y sus secuaces; habiéndolos hecho retirar 
nuestras galeras, lo que no han podido las suyas, bajeles cairos 
y galeotas. 

Haber con esta retirada de galeones y salida de las escua- 
dras, dejado lugar á venecianos de repararse con el comercio, )' 
dejado que respiren contra el rey de Bohemia, y que puedan 
ser asistidos con vituallas y municiones. 

Haber mal logrado acción tan gloriosa como se había empe- 
zado, contra la posesión de sus mares, pues dicen que los echa- 
ron con sola la voz de que bajaba el Turco. 

Haber^ impusibilitado la pretensión que se tenía de tomar 
plazas en Istria, lo que ya estaba en la mano, por haber el rey 
de Bohemia roto toda su caballería y pasado por todo su ejér- 
cito, y socorrido á Gradisca y estar tan infestada de enfermedad 
su armada, que desarmaban bajeles: cosas con que sentidísima- 
mente me escribe el marqués de Basiliche, embajador extraordi- 



1 



Obras de Quevedo 2 1 7 



nario que vino á vuestra majestad, del Emperador (que se vieron 
cosas no pensadas jamás), lamentándose grandemente en toda 
su carta desta retirada. 

Haber mostrado demasiado cuidado y recelo de la armada 
del Turco, sabiéndose que es tal y viene tan mal en orden, que 
si baja, sólo será para estarse cerrado en Navarino, por ver si 
con la apariencia y el nombre de que está allí numeroso de ma- 
dera, detiene nuestras galeras de que le vayan á inquietar las 
islas: con esto se contentara. Y hoy, por nuestros pecados, ha 
hecho no sólo eso, sino puesto en libertad á los venecianos sólo 
con el nombre. 

Y digo. Señor, que bajará con galeras de corso, y no de ar- 
mada y bien en orden, como vino el año pasado. En un año se 
puede creer que se habrán olvidado los galeones de hacella pe- 
dazos y huir. 

Ni veo para qué fué conveniente salir del golfo; pues la ar- 
mada del Turco no había de venir á coger en medio á la de 
vuestra majestad en el golfo, con la de venecianos, viendo que 
quedaba él en medio de la del Duque y de las escuadras de 
potentados de Mesina. 

Y al fin, Señor, todas las cosas que resultaron tan en gloria 
de vuestra majestad con admiración de las naciones, á que siem- 
pre precedieron sns reales órdenes, hoy son al revés, porque de 
los contrarios es una misma la razón. 

He propuesto á vuestra majestad estos inconvenientes, por 
ser en ellos interesada la reputación ele sus armas, y para que 
con tiempo pueda poner el remedio que más fuere servido; con 
que se acertará en todo, y el duque de Osuna podrá cada día 
hacer más señalados servicios á vuestra majestad. 

DOCUMENTO LIV 

En minuta de carta del dnque de Osuna para el de Uceda, 
fecha 4 de diciembre de 1617. (a) 

A D. Francisco de Quevedo escribo pase en cuenta el dinero 
que dio D. Andrés Velázquez, pues todo es de vuecelencia. 



(a) Cargos hechos á Velázquez en la causa del duque de Osuna; do- 
cumento original. 

28 



2 1 8 Documentos 



DOCUMENTO LV 
El Consejo, en 20 de diciembre de 161 7, consulta á su majestad sobre el 
resultado de la información que el virrey de Ñapóles remitió contra los 
regentes de aquel reino, (a) 

Señor: A la inclusa consulta que por este Consejo se hizo á 
vuestra majestad á 28 de setiembre, sobre la prisión de los re- 
gentes Fulvio de Constanzo, marqués de Corleto; D. Bernardino 
de Montalvo, marqués de San Julián, lugarteniente de la Cá- 
mara; y el consejero Diego López Juárez, que hace oficio de pro- 
rregente, mandó vuestra majestad responder de su real mano lo 
que se sigue: 

«He entendido que ya el duque de Osuna ha hecho volver 
estos regentes una milla de Ñapóles, y que ha enviado los pro- 
cesos de lo que resulta contra ellos; y así, convendrá que el 
Consejo los vea luego, y sobre todo me avise de lo que parecie- 
re, para que pueda tomar la resolución que convenga.» 

Después que se recibió en consejo esta respuesta de vuestra 
majestad, presentó D. Francisco de Quevedo en manos del se- 
cretario Juan López de Zarate, sin carta del duque de Osuna, 
una copia de información contra los dichos ministros tomada en 
la ciudad de Ñapóles, á 23 de agosto deste año, por el conse- 
jero Palacio, con intervención de Juan Francisco San Felice, que 
hace oficio de fiscal de la Vicaría, autentizada con la subscrip- 
ción de los consejeros Pomponio Salvo, Gaspar Palacio, Juan 
Bautista Millore, Scipión Rovito y Juan Bautista de Valenzuela, 
y asimismo otra copia de información tomada por el dicho con- 
sejero Juan Bautista Millore, con la intervención del mismo Fis- 
cal, contra D. Juan de Castelblanco (que había sido gobernador 
de la ciudad de Tropea) de vicio... 

DOCUMENTO LVI 

Despacho de su majestad al duque de Osuna, virrey de Ñapóles. (¿5) 

El Rey. — Ilustre Duque, etc.: D. Francisco de Quevedo ha 



(a) Archivo general de Simancas.r^Estado. — Secretarías provinciales, 
legajo núm. 235. — Ñapóles. 

Fueron presos los tres regentes martes 22 de agosto de 16 17, y lleva- 
dos á los castillos de Tronto, Manfredonia y Cotrón, sin permitirles ni qui- 
tarse las togas. 

(¿) Archivo general de Simancas.=Estado.— Secretarías provinciales, 
lib. 732, fol. 190. — Ñapóles. 



Obras de Quevedo 219 



presentado en vuestro nombre, en manos de mi secretario in- 
frascripto, una copia del proceso que ahí se iba fulminando con- 
tra D. Juan Solís de Catelblanco, inquisido de... Y porque enci- 
ma del se advierte que, demás de lo que contiene, se estaban re- 
cibiendo otras informaciones, por donde constará más claro del 
delicto, y es bien que se vea todo el proceso cumplido con los 
autos que en él hubiere habido, os encargo y mando me lo en- 
viéis con toda brevedad; avisándome del origen y fundamento 
que hubo para comenzar esta inquisición. Y porque la parte 
dice que antes se cometió al auditor Gaztelú el hacer informa- 
ción deste delicto, será bien que vengan las diligencias que hizo, 
juntamente con lo demás, á fin que, visto y considerado todo, se 
ordene lo que pareciere más convenir á la buena administración 
de la justicia, que así conviene á mi servicio. — De Madrid, á 23 
de diciembre de 1617. — Vo el Rey. — López, secretario. 

DOCUMENTO LVII 

Más sobre diligencias de Quevedo en los negocios del duque de Osuna, (a) 

Y de lo referido en el cargo precedente, resulta comproba- 
ción á lo que D. Francisco de Quevedo declara, en razón de la 
orden que el dicho duque de Uceda y el P. le dieron para que 
hablase á los del Consejo de Estado sobre la recusación del 
conde de Lemos y contradición del vilanzo, habiéndose juntado 
para conferir sobre esta resolución en casa del P. Á que no se 
satisface con decir se resuelve este cargo en sola la declaración 
de D. Francisco de Quevedo, como los demás que resultan de 
las cartas y declaraciones de Sebastián de Aguirre y otras per- 
sonas, á las cuales, por ser singulares en sus deposiciones, no se 
les debe dar entera fe y crédito, principalmente contra la perso- 
na del duque de Uceda; porque, demás de que el dicho Duque, 
reconociendo la buena fe, confiesa algunos cargos de la acusa- 
ción, y los más dellos no los niega, antes dice que algunas de 
las cosas que se le preguntan pudieron pasar así, y que de otras 
no tiene memoria; que para que se condenase era menester 
fuese muy presente y positiva. 



(rt) Replicato del señor fiscal Chumacero en 1621 á la respuesta y 
descargo del señor duque de Uceda. Véase el Memorial, pliego k, fol. 20 v. 



220 Documentos 



DOCUMENTO LVIII {a) 
D. Francisco de Quevedo dice que la orden que tenía en la 
solicitud de los negocios del duque de Osuna era, que en llegan- 
do daba cuenta lo primero al duque de Uceda y la persona que 
la Junta sabe; y que esto lo hacía en conformidad del orden que 
del de Osuna tenía el testigo, para que todas las materias de sus 
negocios se comunicasen con los susodichos, para que no hicie- 
se más de lo que ellos le ordenasen. Y que ansí el testigo les co- 
municó todo cuanto hizo en esta corte en pretensiones del du- 
que de Osuna, y tomaba las órdenes que ellos le daban, según 
las cosas se ofrecían: porque el de Osuna, confiaba de los suso- 
dichos su ser y sus negocios. Y sabe el testigo que el duque de 
Uceda y P. fueron en todos los negocios del de Osuna sus ami- 
gos y auxiliadores y agentes con notoriedad; y que el testigo lo 
experimentó en la expedición dellos, porque le encargaban al 
testigo el de Uceda y P. que informase los consejeros, de ma- 
nera que el negocio fuese arriba bien. 

DOCUMENTO LIX {b) 
Preguntado el duque de Uceda si los agentes que han servi- 
do en esta corte al dicho duque de Osuna, y otras personas que 
ha enviado de aquellos reinos á ella, ó algunas otras que hayan 
acudido á sus negocios, han acudido á este confesante á darle 
cuenta dellos, como á persona que los amparaba, y á pedir ór- 
denes de lo que habían de hacer en ellos, modos con que se 
habían de encaminar, personas á quien habían de hablar, por 
tener esta orden del dicho duque de Osuna, y si sabía este 
confesante que la tenían, ó ellos se lo dijeron,— dijo: que es 
verdad que los dichos agentes venían á hablar á este confe- 
sante algunas veces y darle cuenta de los negocios del Duque; 
y en particular se acuerda lo hicieron Sebastián de Aguirre, 
D. Francisco de Quevedo, Luís de Córdoba, camarero de dicho 
Duque, D. Otavio de Aragón y D. Andrés Velázquez. Que este 
confesante hacía juicio de que le hablaban como á persona que 
asistía cerca de la de su majestad y en su servicio; y que tam- 
bién por consuegro podría ser que le hablasen. Que en cuanto 

(rt) Memorial, pliego B, fols. 5 v. y 6. 
(¿) Memorial, pliego n, fol. 25 v. 



I 



Obras DE QuEVEDO 221 



á remitillos y darles órdenes es verdad lo que toca á remitirlos 
á ministros y partes adonde corrían los negocios del dicho Du- 
que; y que lo que es órdenes, nunca en el dictamen deste con- 
fesante fué dárselas. Y en esto de remitirlos, hacía con ellos lo 
que con todos los que le hablaban, porque siempre vivió y pro- 
curó tratar de las cosas con la modestia que era justo, sin que- 
rerse atribuir que por haberle hablado entendiesen que habían 
hecho diligencia efectiva, sino que habían de acudir á los con- 
sejos y tribunales, donde tocaban las materias; guardando el 
decoro y respeto que se les debe, y cumpliendo con la concien- 
cia, para que no les íaltase el acudir á las partes donde habían 
de negociar. 

DOCUMENTO LX (a) 

D. Francisco de Quevedo dice que sabe que D. Otavio de 
Aragón, cuando se casó el marqués de Peñafiel y vino con dos 
galeras, trujo presentes para la marquesa de Peñafiel y duque de 
Uceda. Y en particular se acuerda el testigo que trujo para el de 
Uceda dos jaeces turquescos muy ricos, con muchas piedras de 
valor y cuchillos damasquinos, guarnecidos de oro y plata y pie- 
dras de valor y, tiestos de plata con frutas, y otras cosas. 

El dicho Sebastián de Aguirre dice que sabe que por mano 
de D. Francisco de Quevedo, á cuyo poder venían, se dieron 
muchas cosas que enviaba el de Osuna al de Uceda; y que las 
dichas cosas son como piezas de plata, tiestos de limones y na- 
ranjas, alcachofas, y relicarios, y otras que el testigo no se 
acuerda. 

DOCUMENTO LXI 

Cédula de merced de hábito en la orden de Santiago, (¿i) 

El Rey. — Presidente y los de mi consejo de las órdenes de 
Santiago, Calatrava y Alcántara, cuya administración perpetua 
yo tengo por autoridad apostólica: Sabed que yo he hecho mer- 
ced, como por la presente la hago, á D. Francisco de Quevedo 
del hábito de la orden de Santiago. Por ende, yo os mando que 



(a) Memorial de Chumacero, pliego d, fol. 8 y vuelto. 
((5)^ DoGumento original, que existe en el archivo del tribunal especial 
de las Ordenes militares. 



222 Documentos 



presentándoseos esta mi cédula dentro de treinta días, contados 
desde el de la fecha della en adelante, proveáis y deis orden que 
se reciba la información que se acostumbra, para saber si con- 
curren en él las calidades que se requieren para tenerle, confor- 
me á los establecimientos de la dicha orden; y pareciendo por 
ella que las tiene, le libraréis el título del dicho hábito para 
que yo le firme. Fecha en Madrid, á 29 de diciembre de 16 17 
años. — Yo el Rey. — Por mandado del Rey, nuestro señor: — Al- 
fonso Núñez de Valdivia. 

Vuestra majestad hace merced á D. Francisco de Quevedo 
del hábito de la orden de Santiago, concurriendo en su persona 
las calidades que se requieren para tenerle. 

Al respaldo. — En Madrid, á 8 de enero de 16 18 años, en el 
real consejo de las Ordenes de su majestad se presentó esta cé- 
dula. — S. Ortega. 

Despáchese el título para caballero del hábito de Santiago 
que su majestad ha hecho merced á D. Francisco de Quevedo, 
natural de Madrid. Hebrero 8 de 618 años. — ^Rúbrica del Pre- 
sidente.) 

Despachado en 8 de hebrero. 

A D. Francisco de Quevedo por cédula fecha en Madrid á 
29 de diciembre del año pasado de 16 17. 

DOCUMENTO LXII {a) 
Pero díganos Morovelli: si los hábitos se dan á quien los 
merece, ¿por qué no tiene él un hábito? Y si se le pone el que 
no tiene servicios ni méritos, ¿por qué no le trae puesto? Y res- 
pondiendo yo (aunque es excusado) á la parte primera del há- 
bito, para que se vea cómo se engañó y con cuánta razón su 
majestad le hizo merced del, digo que D. Francisco de Queve- 
do- Villegas es un caballero de las montañas de Burgos, señor de 
su casa, cuyos antecesores sirvieron valerosamente á nuestros re- 
yes; y así merecían los servicios déstos haber conseguido gran- 
des premios para sus sucesores. Y aunque esto es verdad, don 



(a) Juan Pablo Mártir Rizo, el año de 1628, en su Defensa de la 
verdad qvé escrivio D. Francisco de Quevedo Villegas, Contra los errores, 
que imprimió don Francisco Morovelli de Puebla. Estimo este párrafo dic- 
tado por Quevedo. 



Obras de Quevedo 223 



Francisco ha servido por sí mismo á su majestad tan honrada- 
mente, que mereció de justicia ser admitido á esta orden: por- 
que sirvió en Italia con peligro y maña, mereció su diligencia 
el enojo de Saboya y Venecia, hicieron caso del tan grandes 
enemigos de la corona de España; fué de Sicilia á Ñapóles con 
dos parlamentos, siendo en ellos embajador y voto; augmentó el 
real patrimonio en más de seiscientos mil ducados; fué á Roma 
á tratar con su santidad las empresas del golfo de Venecia; hizo 
por mar y tierra á toda diligencia nueve viajes á España, y en 
el postrero desde Marsella le siguieron seis caballeros franceses, 
de orden del duque de Saboya y venecianos, para matalle, de 
que le dio aviso en Barcelona el duque de Alburquerque y le 
convoyó con una escuadra de caballos. Puédese leer todo esto 
en carta de su majestad (que está en el Cielo), despachada por 
el Consejo de Estado, y en carta de la santidad de Paulo V y en 
otros papeles cuyos traslados están en mi poder. Su ingenio es 
conocido por milagro de la naturaleza: gran juicio, gran capaci- 
dad, muchas letras y entero conocimiento de las lenguas italia- 
na, francesa, latina, griega y hebrea; graduado por Alcalá en 
teología. Su librería es de los libros más preciosos que hay en 
todas facultades, no mamotretos, como dice Morovelli. Y sobre 
todo, tiene grande experiencia en los afanes del mundo, que es 
la mejor sciencia de los hombres; y así, Homero, cuando nos 
quiere proponer un perfeto varón en Ulises, nos advierte que 
había visto mucho. Pues ¿por qué no podremos sentir lo mismo 
de quien ha visitado á toda Italia, Francia, España, y gran parte 
de Alemania? Mas yo creo que á Morovelli le movió la pluma 
su inclinación, no la devoción ni la verdad. 

1618 

DOCUMENTO LXIII 

Consulta del Consejo de Italia á su majestad sobre lo escrito por el virrey 
de Ñapóles acerca de la causa y restitución de los regentes. («) 

Señor: El duque de Osuna escribe en carta para vuestra ma- 
jestad, de 6 de diciembre del año próximo pasado, «que la causa 
que le movió á la carceración de los regentes se verá por las in- 

(a) Archivo general de Simancas.=: Estado. — Secretarías provincia- 
les, legajo núm. 235. — Ñapóles. 



224 Documentos 



formaciones que envía y por la carta de la monja y declaración 
de sus hermanos; sin que haya introducido novedad ninguna, 
pues el conde de Lemos, en tiempo de su gobierno, hizo lo 
propio con Juan Alonso Juárez y Fulvio de Constanzo. Y juzga 
por más grave la culpa de ahora que la que cometieron enton- 
ces, pues se trata de revelar el secreto del CoUateral y tomar la 
protección de un nefando los hombres á quien él había señalado 
por jueces. Y que digan y escriban á vuestra majestad lo que 
quisieren, que ésta es verdad pura. Y vuestra majestad no se deje 
persuadir á piedad en este delicto, que ha llegado en aquel reino 
á tan miserable estado, que no se puede castigar sin parecer in- 
justicia, pues los jueces son abogados de los reos; y que el conde 
de Lemos sabe la disolución con que esto ha pasado, pues á es- 
pañoles y de hartas obligaciones ha llegado á tiznar. 

»Y suplica á vuestra majestad perdone sus excesos en esta 
materia, diciendo que él qué tiene con Fulvio de Constanzo, ni 
qué cartas ha escrito contra su persona; pudiendo referir las del 
conde de Lemos y la información que del le hizo D. Juan de 
Salamanca y que á Diego López envió en la nómina; y del mar- 
qués de San Julián ha hablado con más templanza que él mismo. 
Que su celo es bueno, y que vuestra majestad ordene lo que fue- 
re servido. Que lo peor es que sólo allí hallan amparo delictos 
semejantes; y siempre que fuere menester, hablará á vuestra ma- 
jestad con la claridad que acostumbra. Que de los regentes, que- 
dan sirviendo sus plazas, por haberse acabado ya las informa- 
ciones.» 

La información que el Virrey envió con esta carta es la mis- 
ma que presentó D. Francisco de Quevedo, sobre que el Con- 
sejo ha consultado á vuestra majestad lo que se le ofi-ece; y así, 
ahora sólo tiene que añadir el dar cuenta á vuestra majestad de 
lo que el Virrey escribe, y que con haber restituido á sus plazas 
á los regentes no queda que proveer en esto para lo presente, 
sino aprobarle la restitución y darle gracias del celo y término 
con que escribe; y para lo porvenir mandar resolver vuestra ma- 
jestad lo que sobre esto ha consultado el Consejo, pues es lo 
que conviene á su real servicio y al decoro y autoridad de la jus- 
ticia y de sus ministros.— Á 12 de enero de i()i?>.— (Signen siete 
rúbricas.) 



Obras de Quevedo 225 



Real decreto. — Está bien lo que parece que se apruebe al du- 
que de Osuna la restitución que hizo destos regentes y se le den 
gracias de su celo. Pero será bien para lo de adelante se le pro- 
hiba á él y á los que le sucedieren en aquel cargo, que no ha- 
gan semejantes procedimientos contra los regentes ni se valgan 
de consecuencias pasadas para ello. — (Está rubricado.') 

DOCUMENTO LXIV 
Consulta del Consejo sobre el negocio del conde de Mola, {a) 

Señor: Por otras consultas que se han enviado á vuestra ma- 
jestad, ha dicho el Consejo lo que se le ofrece cerca de los me- 
moriales que ha dado el hermano del conde de Mola sobre el 
proceso que contra él se hacía en Ñapóles. Después se ha pre- 
sentado por D. Francisco de Quevedo otra relación del proceso 
informativo, y por parte del dicho Conde otros papeles de des- 
cargos; lo uno y lo otro más copioso y distinto que lo que se ha- 
bía dado antes. 

Y habiéndolo visto todo el Consejo con particular atención, 
persiste en el parecer que dio á vuestra majestad en la consulta 
que se le hizo á 2 de octubre del año pasado; y es, que vuestra 
majestad mande que vaya á Ñapóles un ministro de Milán para 
que acabe el proceso ofensivo y defensivo, y hecho, le envíe acá 
con su voto; á fin que vuestra majestad pueda después cometer 
la decisión á quien más fuere servido... 

No halla el Consejo medio más suave ni mejor que éste para 
librarse de no poner en plática el conocer de la acusación que 
se ha propuesto por el conde de Mola en la persona del Virrey, 
por el inconveniente que tiene el abrir esta puerta; y siendo así 
que sería cosa dura que estando en esto la defensa del dicho 
conde, se le negase el poder tratar la dicha recusación. Pero 
vuestra majestad, entendida ésta y lo que por las consultas pre- 
cedentes se le ha representado, mandará tomar la resolución que 
se juzgare más convenir. — Á 5 de marzo 1618. 

Real decreto. — Presentándose el conde de Mola en las cárce- 
les de Ñapóles, se mira por la autoridad de la justicia que tanto 
importa; señalándole para presentarse tiempo competente, con 

(rt) Archivo general de S¡roancas.=Estado.— Secretarías provinciales, 
legajo ndm. 13. — Ñápeles. 

29 



226 Documentos 



declaración que si no se presentare, será declarado por contu- 
maz; y el Consejo ordene la forma de hacer esto, según derecho. 
Y juntamente se mande al Virrey que presentándose el Conde, 
se le haga poner en prisión decente á su calidad, considerando 
también á los delitos de que está indiciado; y que por ningún caso 
haga de nuevo ningún procedimiento contra su persona ni ha- 
cienda ni en la causa, sino que avise luego de haberse presenta- 
do el Conde y cómo le tiene preso, para que de acá se le ordene 
lo que convenga. Y el Consejo me avisará de lo que el Virrey 
escribiere cerca desto, con su parecer. Y también se le escriba 
que si el Conde no se presentare en la cárcel dentro del término 
señalado, que, pasado, avise con lo demás que hubiere en la 
materia. — Cuatro meses de término. — (Rúbrica de su majestad.) 

DOCUMENTO LXV 

Sobre las mercedes hechas á Quevedo. (a) 

Marzo 25. — En esta semana se ha dicho que el duque de Fe- 
ria vendrá al gobierno de Milán y que el príncipe de San Severo 
será castellano de Vesti, fortaleza á propósito para su tráfico. 
Igualmente corre la noticia de haberse señalado á D. Octavio de 
Aragón una pensión de docientos ducados al mes; y en enco- 
mienda, otra igual á D. Francisco de Quevedo, mandándole que 
regrese á Ñapóles. El señor Virrey ha dispuesto aspillerar todos 
los castillos del Abruzo y proveerlos de artillería, no descuidán- 
dose en aprestar una buena armada. 

DOCUMENTO LXVI 

Aviso De Parnaso En el qual se refiere La pobrega y miseria á que han 
llegado La República de Venecia y el Duque de Saboia Escritto por un 
curioso Novelista Español. Con unas anotaciones Muy importantes sobre 
las cosas que en el se contienen Por Valerio Fulvio Savovano. Dirigidas 
Al Sereniss. e invitiss. Carlos Einanuel Duque de Saboia, etc. — En An- 
topoli. oo.ioo.xviii. — En la Emprenta Regale, [b) 

Al serenísimo é invitísimo Carlos Emanuel, duque de Sabo- 
ya, etc. — Serenísimo señor: Es tan grande el odio de la nación 



(a) Diario de Zazzera, fol. 105. 

(<5) En vano durante seis años había encargado yo á personas dili- 
gentes buscasen en las principales bibliotecas de Italia, Francia, Inglaterra 
y Alemania los dos rarísimos opúsculos cuyos títulos son Aviso de Parnaso 



Obras de Ouevedo 227 



española contra vuestra alteza y contra la república de Venecia, 
que adonde no puede llegar (como quisiera) á ofender con las 
armas, procura de acometer con la pluma y con la lengua. De 
aquí provino aquella falsa relación de lo sucedido en la guerra 
de Asti el año de 1615. De aquí nació aquella descomedida 
carta del duque de Osuna escrita al Sumo Pontífice. De aquí 
salió á luz la Relación, con título de verdadera, llena de mil men- 
tiras, sobre el negocio de los uscoques. Y de aquí ha tenido su 
origen este Aviso de Parnaso, que tira, como á su blanco, á he- 
rir derechamente á la reputación de la República y juntamente 
á la de vuestra alteza. Este modo de pelear con palabras paréce- 
me á decir verdad cosa mujeril, indigna de hombres que se pre- 
cian de guerreros, y señal muy cierta de vanidad y flaqueza. Pero 
lo que es flaqueza en el agresor, en el defensor es virtud; que si 
aquél procura ofender con la lengua, porque no puede más con 
las armas, éste responde con la pluma, así bien como lo hizo con 
la espada, porque conozca el mundo que de cualquier manera 
puede y sabe defender su honra. Por esto me he determinado 
de hacer algunas anotaciones, que servirán de respuesta á este 
Aviso de Parnaso, por donde se echará de ver la malicia de 
quien le compuso, la falsedad de lo que contiene, y la verdad de 
las cosas, como es razón que se entienda. Las envío á vuestra 
alteza, porque á nadie pueden ser mejor dirigidas que á aquel 
príncipe que con el propio valor ha defendido su libertad, y la 
reputación de toda Italia; que es el mayor amigo que hoy día 
tenga la República de Venecia; que conoce hasta en las entra- 
ñas la nación española; que tiene particular noticia de las histo- 
rias del mundo, y á quien yo debo, como humilde y muy obli- 
gado vasallo, cuanto yo tengo, cuanto yo valgo, y cuanto yo soy. 
Reciba vuestra alteza esta pequeña demostración del grande ob- 
sequio de mi ánimo, con el cual suplico á Dios, nuestro Señor, 
guarde la persona de vuestra alteza los años de mi deseo, como 
sus estados y toda Italia ha menester. 

y Castigo essemplare de Calumniaiori, en que maltrata Castellani duramente 
á QuEVEDO. Reservado estaba al Sr. D. Pascual de Gayangos añadir á la 
presente colección tales preciosos datos para su mayor riqueza. Habiendo 
últimamente adquirido el Museo Británico las dos sátiras políticas, el docto 
académico, el verdadero literato y cariñoso amigo, parte las ha copiado de 
su puño, parte extractado, para satisfacer mi deseo. 



228 Documentos 



De Verceli y de marzo á 30 de 16 18 años. — De vuestra al- 
teza serenísima vasallo y humilde criado, que sus pies besa, Va- 
lerio Fulvio Saboyana. 

( — Sigue el Aviso de Parnaso; y después las) 

Anotaciones y declaraciones sobre este Aviso de Parnaso, 
Al autor de él. — Vuestro Aviso de Parnaso, en que dais 
cuenta de cómo llegó allá la República de Venecia en extrema 
miseria, y por orden de Apolo se mandó recoger en el hospital 
de los príncipes falidos, ha llegado á mis manos. Helo leído con 
curiosidad, por el título curioso que tiene; pero he hallado en 
él tantos enredos y mentiras, que me ha parecido la vuestra muy 
gran maldad ó muy grande ignorancia. Por esto me he determi- 
nado de hacer unas AnotacioTies y declaraciones sobre la verdad 
de las cosas más importantes que en él vais apuntando. Si sois 
ignorante, haré obra de misericordia á enseñaros la verdad; si 
sois malicioso, haréla también en procurar que no dañéis á los 
simples con vuestra malicia. Mas, porque creo que sois lo uno y 
lo otro, confío que ganaré doblado el premio, pues lo será tam- 
bién la buena obra. Porque veáis que no hablo, como vos, sin fun- 
damento, iré siempre confirmando lo que yo dijere con la auto- 
ridad de escritores graves y doctos. No os canséis de leerlos. Y 
á donde sobre un propósito veréis alegados muchos autores, no 
os contentéis de mirar tan solamente á uno, porque podrá ser 
que aquél solo no lo diga todo, y que yo parte de uno y parte 
de otro lo haya tomado; pero leeldos á todos, y os aseguro que 
todo lo hallaréis tan entero y puntualmente como yo lo escribo. 
Procuraré cuanto yo más pudiere la claridad; y espero de hablar 
tan claro, que entenderéis sin duda aun más de lo que quisiére- 
des. Poneos los antojos y comenzad á leer. — Valerio Fulvio 
Saboyano. 

( — Entre las anotaciones sólo reparo en éstas) {a): 



(a) En tales advertencias 6 notas de Valerio Fulvio no hay nada 
personal contra Quevedo, ni se halla tampoco expresión alguna por donde 
se pueda colegir que éste fué el autor del Aviso, y que Valerio Fulvio, ó 
sea Castellani, lo sabía, como asegura el mismo D. FRANCISCO en el Lince 
de Italia, pág. 237. Su contexto se reduce á probar con citas históricas lo 
contrario de lo que en aquel papel se contiene, maltratando á España y a 
los españoles siempre que le viene á cuento. En la advertencia núm. 28, 



Obras de Quevedo 229 



...Y que el duque de Osuna le torne la posesión del mar 
Adriático, como si se la hubiera quitado cuasi que un ladrón en- 
trando á hurtar en una casa quite la posesión al verdadero due- 
ño. ¡Disparates muy propios de vuestro poco juicio! Mas, ya 
que tocáis este punto de la posesión del mar Adriático, y vuestro 
amigo Emanuel de Tordesilla, en su falsa Relación verdadera, 
trata alguna cosa del dominio y señorío del, quiero con breves 
razones mostraros el justo título con que la señoría de Venecia 
le domina... 

Los uscoques son ladrones y cosarios, inquietan la mar y la 
tierra: preguntadlo al vuestro Tordesilla... 

DOCUMENTO LXVII 

Consulta del Consejo de Italia á su majestad, en 4 de Abril de 16 18, sobre 
el tanteo que el duque de Osuna, virrey de Ñapóles, remitió con don 
Francisco de Quevedo, del dinero que entró y salió de las cajas mili 
lar y de tesorería de aquel reino, (a) 

Señor: El duque de Osuna escribió á vuestra majestad, en 28 
de mayo de 16 17, la carta que se sigue: 

«Habiendo, ocho meses há, dado orden al tribunal de la 
Cámara que con efecto y distinción hiciese el bilanzo de la real 
hacienda de vuestra majestad (por cuanto Vicencio Sebastiano, 
racional del dicho tribunal, pretendía haber fraude en el último 
que á vuestra majestad se presentó), no pude que lo acabasen de 
la suerte que les pareciese, por que me fué forzoso dar orden 
que hasta que el bilanzo estuviese acabado, ni saliesen de sus 
casas para otra cosa ni les corriese sueldo; y en tocándoles en 
el interés, lo acabaron en dos días, Don Francisco de Queve- 
do le presentará á vuestra majestad. Yo no asiguro si es pun- 
tual ó no, sólo me atrevo á asegurar á vuestra majestad que si 
no le han hecho bien, no es la vez primera; y si acaso va ver- 
dadero, que no les ha sido posible hacer otra cosa: materia es 
de importancia, y de que va bien informado don Francisco de 
Quevedo, para dar cuenta de todo á vuestra majestad»... 



sin embargo, hay una ligera alusión á un tal Tordesillas, que creo ser el 
mismo que en 16 15 publicó una Relación de la guerra del Friul. ( — El 
Sr. Gayangos.) 

(a) Archivo general de Simancas.=Estado. — Secretarías provinciales, 
legajo núm. 13. 



230 Documentos 



Añade el Duque, en cuarto lugar, que D. Francisco de Que- 
vedo, que presentará este bilanzo, viene bien informado para 
dar cuenta de todo; y habiéndosele hecho entender de parte del 
Consejo que diga y advierta todo lo que tuviere que decir en 
esta materia, envió al Conde, á 23 de hebrero, un papel, de que 
abajo se hará mención, con lo que cerca del se ofrece. 

Últimamente concluye el Duque que no se asegura que el 
dicho tanteo sea puntual ó no; y en esto se conoce el ingenio 
del Duque, que en cosa que no es de su profesión, él mismo 
debe haber oído las dificultades referidas, y así habla con tanta 
circunspección muy prudentemente. 

El papel que ha dado de nuevo D. Francisco de Quevedo 
contiene una relación de los introitos que han menguado desde 
el año de 161 2, que se hizo la consignación y se envió bilanzo á 
vuestra majestad, hasta el año de 161 6, que se hizo el último bi- 
lanzo que trujo el conde de Lemos; y asimismo el crecimiento 
de los éxitos del uno al otro bilanzo, calculando que vienen á 
ser en todo 520,432 ducados cada año, y en los cuatro años, 
2.273,252. Esta cuenta viene errada en 191,524 ducados; y de- 
más desto se advierte que quita 163,000 ducados al año, que 
dice que crecieron las rentas en aquellos cuatro años... 

Lo cual todo visto, el Consejo es de parecer que convenga 
mucho al servicio de vuestra majestad saber seguramente la ver- 
dad puntual de la hacienda que tiene en el reino de Ñapóles, 
pues desto deben pender resoluciones de mucha importancia. Y 
que así debe ordenar vuestra majestad al Duque que envíe el bi- 
lanzo que hizo la Cámara en 3 de noviembre de 1616, apuntando 
juntamente todas las dificultades, errores ó fraudes que contra 
aquél ó contra el último que se trajo á vuestra majestad le han 
dicho el dicho Sebastiano ó cualquier otro, aplicándolas partida 
por partida á las que se dificultaren, con mucha distinción y cla- 
ridad; oído primero sobre ellas á la Cámara, y recibiendo sus res- 
puestas, dando sobre todas su parecer con el CoUateral. Y veni- 
da esta relación, se podrá dar cuenta á vuestra majestad con cer- 
teza de todo lo que en materia tan importante y digna de ser 
sabida se ofreciere. A 4 de abril 16 18. — (Siguen siete rúbricas.) 

( — Real decreto.) Escríbase al duque de Osuna como parece, 
señalándole término, dentro del cual responda, enviando con 



Obras DE QuEVEDO 231 



efecto todos los papeles que se le pidieren y los demás que á 
él le pareciere que convienen para mayor inteligencia de la ver- 
dad, y asímesmo una relación de todo lo que se ha cobrado y 
pagado por las cajas militar y de la tesorería los años de 616 y 
617, y lo que va corriendo deste de 618, y lo que se ha dejado 
de cobrar cada año, y por qué razón, con distinción y pormenor, 
Y bien será que de aquí adelante entiendan todos los virreyes 
de Ñapóles que han de enviar cada año el bilanzo en la forma 
que se solía hacer por lo pasado, y al cabo del año del otro que 
llaman evacuación de bilanzo, con mucha declaración. Y pues el 
Duque escribe tan sospechosamente de los ministros del tribunal 
de la Cámara, será bien ordenarle que avise de las cosas parti- 
culares que le hubieren dicho dellos; pero que esto sea sin po- 
ner mano en proceder contra ningún ministro perpetuo, sino 
avisar sólo de los excesos, para que vistos acá, se tome la resolu- 
ción que convenga. — (Está rubricado.} 

DOCUMENTO LXVIII 

Conjuración de Venecia. (a) 

Junio 3, domingo de pascua de Espíritu Santo. — De Milán 
hubo esta semana aviso de que algunos soldados tudescos se ha- 
bían amotinado por la paga, y que en recibiéndola se partieron. 

Fué descubierta una traición en Venecia de algunos france- 
ses, los cuales decían querer pegar fuego al arsenal. Ahorcaron 
de los pies á unos, echaron á galeras á otros; y de aquí han to- 
mado ocasión los venecianos para coger una de nuestras naves 
cargada de sal, matar sesenta personas que dentro estaban, y 
dar á su excelencia mucho dolor y pena con ello. 

DOCUMENTO LXIX {b) 
Habiéndose ofrecido al duque de Osuna el valerse de su per- 
sona (de QuEVEDo) para que fuese á Venecia, á tratar algunas 
cosas acerca de componer las disensiones que aquel reino tenía 
con venecianos, conociendo que esto cedía en utilidad del bien 
público, disfrazado hizo la diligencia con gran trabajo y riesgo 
de su vida. 



(<z) Diario de Zazzera, 

(¿) D. Pedro Aldrete, en el prólogo de las Tres últimas musas. 



232 Documentos 



DOCUMENTO LXX {a) 

Y habiendo ido D. Francisco á Venecia con Jaques Fierres 
y otro caballero español genízaro, á hacer una diligencia de 
grande riesgo, tuvo dicha de poderse retirar sin daño de su per- 
sona; y en hábito de pobre, todo andrajoso, se escapó de dos 
hombres que le siguieron para matarle: de los cuales, aunque es- 
tuvieron con él, supo encubrirse con tal arte, que no fué cono- 
cido, cayendo la desdicha sobre los dos compañeros, que que- 
daron presos, y después por mano del verdugo fueron ajusticia- 
dos, Y siempre que entre amigos hizo memoria deste suceso, 
usaba de tal prudencia, que lo que más se le oía decir era mo- 
tejar á los que le buscaron de descuidados. 

o DOCUMENTO LXXI 

Carta del marqués de Bedmar, embajador en Venecia, al marqués 
de Villafranca, gobernador de Milán. — 2 de junio de 1618. {b) 

Con esta revolución ó conjuración, que así llaman, quiere 
este vulgo que sea el autor el señor duque de Osuna, y yo el 
ministro: que es cosa tan ajena de la verdad, á lo menos en 
cuanto á mí, que jamás ha habido entre nosotros dos una sola 
palabra sobre ella; ni era plática para entrar en ella sin orden 
de su majestad, y mucho fundamento. Y así me hallo casi sin 
noticia dello, y con gran deseo de tenerla; y lo voy procurando 
con toda la diligencia posible para dar cuenta dello á su majes- 
tad y á vuecelencia, y ya tengo recogidos muchos particulares, y 
algunos dellos irán en otro capítulo désta. Y entre tanto diré so- 
lamente que de personas tan sospechosas y calumniosas y que no 
temen á Dios, se pueden y deben esperar cualesquiera malos 
efectos; y así lo temo yo y con muy justa causa. 

Y muchos prudentes y aficionados al servicio de su majestad 
me advierten cada día el peligro en que se está aquí de algún 
mal hecho popular, y más si hubiese algún recuentro con la ar- 
mada de Ñapóles, como podría suceder muy fácilmente de una 
hora á otra; y el movimiento deste pueblo no podrá ser sin gran 
detrimento de la reputación de su majestad. Y siendo notoria 



{a) Tarsia, pág. 89. 

(¿) Archivo general de Simancas.=Secretaría de Estado, legajo nú- 
mero 1,919. 



Obras de Quevedo 233 



su real voluntad de que fc excusen nuevas ocasiones, y que ésta 
lo sería tan grande, que difícilmente se podría hallar otra mayor, 
parece muy necesario apartarse della hasta que éstos se desenga- 
ñen de la impresión tan falsa en que agora se hallan. Y para 
darle color razonable tendría yo por conveniente que vuecelen- 
cia se sirviese de mandarme llamar por veinte días; y no sería 
mi ida solamente por esta causa, porque también tengo algunas 
del servicio de su majestad que tratar con vuecelencia y requie- 
ren referirse en persona, y así se hará de un camino dos manda- 
dos. Y por ser ambas cosas de mucha consideración, suplico á 
vuecelencia se sirva de mandarme responder con la brevedad 
posible, que será cosa muy digna de vuecelencia,, y de su grande 
celo del servicio de su majestad y de la mucha merced que me 
hace, como tan señor mío. 

Las consideraciones que hace vuecelencia sobre las materias 
de Saboya son dignas de su gran prudencia y celo del servicio 
de su majestad y del bien y seguridad de los negocios. Y el ase- 
gurar el duque de Saboya de no ofender al de Mantua es punto 
muy necesario y contenido en la paz, y así no debe el Duque 
rehusarlo; pero lo hará, asiéndose al perdón de los rebeldes, en 
el cual propone vuecelencia lo que conviene para excusar nue- 
vos escándalos en el Monferrato, y consiguientemente en toda 
Italia; y yo tendría por conveniente que se propusiese así á los 
interesados, para que, vista la razón tan clara, conozcan que vue- 
celencia mira á hacer bien los negocios, y no á dilatarlos. Y en 
ellos y en cualesquiera otras materias y ocasiones ofrezco á vue- 
celencia lo poco que valgo, con pura y perfecta voluntad. Y yo 
he dicho algo desto al residente de Mantua, aunque por vía de 
discurso mío particular. 

Aquí crece el rumor de alteración sobre el negocio de los 
franceses y holandeses que he referido en mi antecedente, y se 
dice que quisieron quemar el arsenal y saquear la casa de la 
Moneda, donde está el dinero de la República, y aun añaden 
otras cosas mayores, según he entendido después de un borgoñón 
harto ignorante, que me escribe muchos días há y solía platicar 
con algunos dellos; y así han procurado sacarle de mi casa por 
engaños para prenderlo; pero no sucedió como pensaban y pu- 
diera ser, porque había algunos días que yo lo había hecho 

30 



234 Documentos 



detener en casa, porque no recibiese mal ni fuese maltratado 
de algunos albaneses con quien había tenido pendencia. Pero 
el haberse divulgado, por imprudencia y malicia de los jueces, 
que uno de mi casa tenía noticia ó parte en el hecho, y saber 
que se están en Brindis los galeones de Ñapóles y que se envían 
otros, y principalmente por el testimonio de la propia concien- 
cia (no sólo en lo general, sino por haber escuchado ellos otras 
proposiciones peores contra su majestad), — les parece que se les 
quiere pagar en la mesma moneda. Y así han dado tales mues- 
tras contra su majestad y algunos ministros, que ha sido necesa- 
rio acudir al reparo de cualquier accidente que se podía temer; y 
más con el ejemplo del año pasado, y en particular con la oca- 
sión de las fiestas de la elección del nuevo dux, que han durado 
muchísimo más que otras veces. Y así se resolvieron á proveer de 
guarda, no sólo para mi casa en parte remota, sino para su pro- 
pio palacio y para todas las partes más importantes desta ciu- 
dad; porque temieron que, alterándose el pueblo, daría también 
sobre ellos por las tiranías que usan con él. Y agora espero con 
particular atención el paradero deste negocio tan extravagante, 
de que daré cuenta á vuecelencia, como debo. Dios guarde á 
vuecelencia, etc. 

DOCUMENTO LXXIl 

Carta del marqués de Villafranca al de Bedmar, fecha en Milán 

á 6 de junio de 1618, miércoles, (a) 

Despacho este correo, para que con esta ocasión pueda vues- 
tra señoría decir que yo le envié á llamar y dar á su venida la 
color y causa que más conveniente le pareciere. Y si yo ade- 
lante tuviera que comunicar con vuestra señoría negocio preciso, 
á boca, del servicio del Rey, ya estuviera en Venecia; y muchas 
veces y en muchas ocasiones hemos visto las más importantes 
embajadas convenir dejar en ellas un secretario, y con ausen- 
tarse el embajador quitalle al Rey la ocasión de grandes pesa- 
dumbres y obligaciones; y D. íñigo de Mendoza en Zaragoza 
buen ejemplo dejó deste inconveniente, con que era casa propia. 



(a) Archivo general de S¡mancas.=::Secretaría de Estado, legajo nú- 
mero 1,919. 



Obras de Quevedo 235 



y no república compuesta de herejes, turcos, y todos juntos los 
malos humores y peores hombres ciue el mundo tiene. Y habien- 
do vuestra señoría de venir, cumple que sea por la posta y luego, 
y que aquí se halle el sábado á lo más largo, pues para lo de 
acá también conviene la brevedad y que entrambos resolvamos 
todo lo que se hubiere de hacer. Y esperando vuestra señoría, 
entretengo el correo para España, y estoy contando las horas 
que vuestra señoría se entretiene. Dios guarde á vuestra señoría. 
De Milán, 6 de junio 16 18. 

De mano propia. — Quien no está sobre el hecho no puede 
juzgar si se pierde el derecho de la inocencia con la ausencia, y 
si cumple (más que ésta) excusarle al Rey de la obligación en 
que le pondría un exarruto muy posible. 

DOCUMENTO LXXIII 

Otra carta del mismo al mismo, en igual fecha, {a) 

Conviene al servicio de su majestad que por quince ó veinte 
días (que en venida, vuelta y estada no se detendrá vuestra se- 
ñoría más) sea servido de venir luego aquí, en recibiendo ésta; 
que si bien yo peno de dar á vuestra señoría €sta pesadumbre 
y descomodidad alguna, no es posible excusarse vuestra señoría 
della, ni yo de suplicárselo. Guarde Dios á vuestra señoría, co- 
mo deseo. De Milán, 6 de junio 16 18. 



DOCUMENTO LXXIV 
El Consejo de Estado consulta de oficio, en 23 de junio de 16 J 8, sobre lo 
que había dicho el embajador de Venecia á virtud de la carta de creen- 
cia que presentó. (J?) 

Señor: El secretario Antonio de Aróstegui dio cuenta al Con- 
sejo de lo que el Cardenal-Duque le dijo acerca del oficio que 
este embajador de Venecia ha hecho con vuestra majestad (en 
virtud de la carta que le presentó de aquella República en su 
creencia, y también con el Cardenal-Duque), sobre que se saque 
de allí al marqués de Bedmar; sin declarar la causa, más de que 
se excusará con esto grande inconveniente; diciendo que la oca- 



(a) Con el anterior. 

(/') Archivo general de Simancas.=^Secretaría de Estado, legajo nú- 
mero 1,920. 



236 Documentos 



sión es tal, que por el respecto que aquella República tiene á 
vuestra majestad no se declara, y que vuestra majestad envíe allí 
otro, el que fuere servido. Y aunque el Cardenal-Duque insistió 
en querer saber la causa, no le pudo sacar más, porque dijo no 
tenía orden para pasar desto. Y por tener mejor salida en lo que 
conviniese hacer, dio á entender al Embajador que há muchos 
días que se trata de mudar al Marqués. Y viendo que no podía 
hacerle declarar más, le dijo que lo comunicaría á vuestra ma- 
jestad y al Consejo, para respondelle: en que pidió el Emba- 
jador brevedad, porque, con respuesta ó sin ella, despacharía 
luego avisando á su República del oficio que ha hecho con vues- 
tra majestad. 

También refirió el dicho secretario lo que al señor príncipe 
Filiberto han avisado de Turín acerca de la solevación que ha 
habido en Venecia, y que se ha hecho justicia de algunos. 

Y habiendo platicado el Consejo sobre todo con la atención 
que pide la gravedad del caso, le parece que por la mucha im- 
portancia del, conviniera que se hallaran presentes todos los del 
Consejo. Pero, por la brevedad que pide el mesmo negocio, 
dirá lo que se le ofrece: y es, que si el marqués de Bedmar está 
culpado en algún trato que haya habido allí, con mucha razón 
podrían venecianos hacer la demostración que vuestra majestad 
hiciera si este embajador de Venecia tratara aquí de lo mesmo. 
Y aumjue en sacar de allí al Marqués parece que se pierde al- 
guna reputación, se deben considerar los grandes inconvenientes 
que se seguirán de que con justificación pudiesen mover vene- 
cianos á todos los príncipes contra esta corona. Y si quitasen la 
vida al Marqués por algún camino ó le prendiesen, se dejan con- 
siderar las obligaciones con que quedaría vuestra majestad, que 
la menor sería hacer otro tanto deste embajador de Venecia; y 
con esto se rompería la guerra, cosa que tanto conviene evitar. 

Que el haber venido correo de Venecia á Turín, y de allí 
acá, sería por dar razón del caso allí y en Francia, y de los ofi- 
cios que aquí hace este embajador con vuestra majestad; por 
dos cosas: la una justificarse, dando á entender al mundo que 
con vuestra majestad se ha guardado el decoro que se le debe; 
y para si á venecianos les pareciere hacer algo contra el mar- 
qués de Bedmar, tener prevenidos los príncipes. Y se puede pen- 



i 



Obras de Quevedo 237 



sar que ya los venecianos están resueltos á lo que han de hacer 
en cualquier caso que subceda, ó mandando salir de allí al Mar- 
qués, ó no lo mandando; y para en este último caso harán de 
hecho lo que tuvieren pensado y consultado con Francia y Sa- 
boya, y entonces, junto con la demostración que harán contra 
el Marqués, romperán la guerra. Y como el pretexto que toma- 
rán contra él será tan odioso, todos los príncipes darán por jus- 
tificada su causa en lo presente, y se confirmarán en que la dila- 
ción de la entrega de Verceli ha sido con desinio del suceso del 
trato que se dice han descubierto. Y lo mesmo juzgarán de la 
detención de los galeones en el mar Adriático, y la gente que 
se levanta en Ñapóles: en lo cual bien se echa de ver el grande 
inconveniente que tiene para la reputación. 

Y por excusar el de la demostración que podría hacer la 
República contra el Marqués, y las obligaciones en que vuestra 
majestad entraría en este caso, y el cierto rompimiento de la 
guerra; y considerando también que la carta de la República, 
no sólo es credencial, pero que en ella afirma el Dux que «el 
caso por sí es de calidad que merece que vuestra majestad con- 
descienda á su petición, y que, demás deso, lo recibirá por espe- 
cial favor,» — se representa á vuestra majestad si sería conve- 
niente hacer por cortesía lo que haciéndolo por otra vía podría 
ser mengua; y si por esta consideración sería bien que vuestra 
majestad, á título de hacer favor á la República, mande luego al 
Marqués que salga de Venecia, despachándole correo para esto, 
y diciéndole á este embajador de allí (siguiendo lo que el Car- 
denal-Duque le apuntó tan prudentemente) que vuestra majestad 
há muchos días que tenía pensado de mudalle, y que ha tomado 
tal resolución en el negocio; que la República quedará con satis- 
fación. Y pareciéndole bien á vuestra majestad este medio, se 
habría de despachar por duplicado por Irún y Barcelona, por 
si se perdiese alguno de los correos, y que partan antes que se 
dé la respuesta á este embajador; y enviar dos cartas al Marqués 
para la República: una, en la forma ordinaria para despedirse 
della, diciéndola que teniendo necesidad del Marqués para co- 
sas de su real servicio, le ha parecido mandalle venir (y así da 
vuestra majestad parte dello á la República, para que lo tenga 
entendido como es razón); y la otra respondiendo á lo que ha 



238 Documentos 



escrito á -s-uestra majestad la República sobre este caso, y que 
vaya con palabras y términos generales, remitiéndose á este em- 
bajador. 

Que habiendo dicho el Cardenal-Duque á este embajador de 
Venecia que há días que vuestra majestad tenía pensado de mu- 
dar al Marqués, se considera que (porque no parezca que esto 
fué acaso, y dar mejor color á su salida, pues es justo mirar por 
la reputación de los ministros) se le podría encargar la emba- 
jada en Flandes, de que se ha tratado días há; pues si hubiese 
errado en la ocasión presente, donde quiera le alcanzará la de- 
mostración que vuestra majestad fuere servido de hacer. Pero á 
la salida de Venecia, parece conveniente que sea á otro puesto, 
y no por sólo habello pedido aquella República: con que se vie- 
nen á excusar discursos, confirmando con el efeto lo que el Car- 
denal-Duque dijo á este embajador. Y aunque haya de ir á Flan- 
des, podrá salir á la parte del estado de Milán que le pareciere; 
diciéndole qne allí se le enviará orden de lo que ha de hacer, y 
advirtiéndole juntamente (cuanto á quien habrá de quedar allí 
mientras vuestra majestad manda enviar embajador) que si le pa- 
reciere, según el estado de las cosas, que no podrá quedar su 
secretario, no lo intente. Y que deje los papeles que le pareciere, 
bien cerrados y sellados, al embajador ó secretario del Empe- 
rador que hay allí; llevándole al CoUegio cuando se despida, y 
diciéndole cómo deja á su cargo los negocios en el ínterin. Pero 
si viere que puede dejar á su secretario, esto es lo que más con- 
viene; y no dejándole, sino al del Emperador, se verá después si 
convendrá enviar allí á Fermín López mientras va el embajador 
que se habrá de nombrar. Que la partida del Marqués, de Vene- 
cia, podrá ser un día después que se haya despedido deL Co- 
Uegio. 

Vuestra majestad se servirá de considerarlo todo, y mandar 
lo que tuviere por más conveniente. En Madrid, á 23 de junio 
1618. 

Por ganar tiempo no va esta consulta señalada de los del 
Consejo, y así lo acordó. 



Obras de Quevedo 239 



DOCUMENTO LXXV 
Papel de mano de D. Francisco de Quevedo sobre lo ocurrido en Venecia. 
Hállase entre los documentos que acompañan á la consulta del Consejo 
del día 25. («) 

El papel de D. Francisco de Quevedo. — Núm. 3. — Por orden 
de la república de Venecia, su residente en Ñapóles compró con 
dineros y llevó á su servicio dos franceses que estaban en el del 
duque de Osuna: el uno se llamaba capitán Anglade, petardero, 
que había servido al Duque de capitán de la artillería en sus ga- 
leras en Sicilia, y venido á Ñapóles con su excelencia, donde es- 
taba por su cuenta y costa; si bien cuando se fué á venecianos, 
había más de tres meses que tiraba su sueldo residiendo en Ña- 
póles. 

El otro francés es Jaques Fierre, llamado el bornio, cosario, 
bandido con pena capital de la propia república de Venecia. 
Estaba haciendo gente de levante en Roma por dicho duque de 
Osuna; y desde Roma, inducido y perdonado y pagado de ve- 
necianos, se huyó del servicio de su majestad con cuatrocientos 
ducados que se le habían dado por dicha leva, y se fué en Ve- 
necia. 

Desta suerte empezaron sus estratagemas venecianos, de que 
el duque de Osuna hizo poca cuenta, sospechando semejante 
modo de guerrear. 

Luego tuvo aviso de Venecia su excelencia que venecianos 
enviaban dos franceses á quemarle en el puerto de Ñapóles los 
bajeles de su majestad; atendióse al aviso, y en comprobación 
del vinieron en Ñapóles Tal, vizconde francés, de la Provenza, 
con otro francés petardero. Descubrió su mal trato el capitán 
Roberto, un inglés, hombre que con sus patentes y cartas aprobó 
al dicho Duque el rey de Bohemia persona de consideración; 
confirmóse esto con indicios que ellos dieron; tratóse de pren- 
derlos, sintiéronlo, huyéronse camino de Roma; conocílos yo 
viniendo de Roma, llamado de su santidad; avisé al Duque, que 
aún no sabía que se hubiesen huido: mandóles seguir, alcanzólos 
la justicia en Capua; fué D. Diego Zapata, gobernador de Ca- 



ía) Archivo general de Simancas.=SeGretaría de Estado, legajo nu- 
mero 1,920. 



240 Documentos 



púa, á prenderlos; y por escaparse se arrojaron de unas ventanas 
altas abajo, y el tal vizconde se quebró las dos piernas; trujáron- 
los á Ñapóles, donde quedaron presos dichos franceses y descu- 
bierta la mala intención de venecianos. 

Después, siguiendo el duque la defensa de los puertos de 
vuestra majestad en aquel mar Adriático, se le huyeron unos na- 
politanos, un capitán y otro ú otros dos, y se fueron como trai- 
dores á servir contra su rey. 

Desto avisé yo, y de cómo éstos en Ñapóles tenían quien les 
avisase de los andamientos de las armas de su majestad y desig- 
nios del Virrey, há más de tres meses. 

Después vino aquí persona de que yo di cuenta luego que 
había comunicado con dos franceses y con estos traidores, y 
daba razón de todo. 

Parece que (según he sabido y es cierto) dichos dos france- 
ses, porque venecianos les adelantasen el sueldo, dijeron que 
aquellos traidores, tan sacados ó pagados por ellos, eran espías 
del duque de Osuna, que con ellos lo trataban. 

Este es el hecho y la verdad, á que no pueden responder, 
porque lo que refiero arriba me consta y lo vi, y es testigo el 
reino de Ñapóles y la República. 

Ellos han castigado, según dicen, éstos; y hacen que creen 
el trato por desacreditar las armas de su majestad y la intención 
de sus ministros; y no dudo que glosen que se difería cautelosa- 
mente el restituir á Verceli, hasta ver si esta mentira surtía efec- 
to^ y si no lo dicen, lo dirán. 

De manera que hasta ahora lo que es cierto es que la bajeza 
de los medios con que han querido ejecutar la mala intención, 
está de su parte; no habiendo tenido el duque de Osuna nece- 
sidad para romperlos, de otro medio que los galeones y galeras 
con que lo ha hecho. 

Pongo en consideración á vuestra majestad y al Consejo que 
si es verdad que, entre sus vasallos, han tratado de quemar todo 
el Consejo el día de la Ascensión en el Bucentoro, que há pocos 
años que uno dellos lo tuvo en tan buen punto que á no descu- 
brir el trato una guiraza, tuviera efecto; y el propio es hoy vivo; 
y que su tiranía negocia esto en paz de sus subditos. 

Que habiendo éstos hecho con el Duque y intentado todo 



Obras de Quevedo 241 



lo referido, de que consta á ellos y al mundo, está por ellos la 
sospecha. 

Que no habiéndose quejado el duque de Osuna de la demons- 
tración tan pueril con que el día de San Pedro pasado le que- 
maron la estatua; ni D. Alonso, marqués de Bedmar, de que le 
apedreaban y querían matar tan civilmente, no es justo dar 
crédito á quejas de gente que antes se precia destas cosas, de 
que merecía castigo y debían haber dado satisfación. Y pues su 
majestad no se la ha pedido destas cosas, justo es, y aun repu- 
tación, que no se la dé en esotras; y del crédito que no les diere, 
ellos tienen la culpa. — D. Francisco de Qtievedo-Villegas. 

DOCUMENTO LXXVI 

Consulta de oficio, en 25 de Junio, el Consejo de Estado sobre la instancia 
del embajador de Venecia. {a) 

Señor: La consulta inclusa de 23 déste sobre lo que agora 
ha tratado el embajador de Venecia, en que sólo se hallaron don 
Agustín Mejía, el padre Confesor y D. Baltasar de Zúñiga, se 
ha visto hoy en consejo pleno, como vuestra majestad lo envió á 
mandar; y también lo que el dicho embajador dijo al secretario 
Antonio de Aróstegui ayer; y un papel que ha dado D. Fran- 
cisco de Quevedo. Y habiéndose platicado largo sobre la mate- 
ria, ha parecido lo siguiente: 

El Cardenal-Duque: Que hasta ver cartas de Italia no se 
puede hablar sobre cosa cierta, sino sólo discurrir, que es un mo- 
do dudoso y aun peligroso. ' 

Piensa que si en Venecia hubo solevación, sería de algunos 
naturales mal contentos y celosos del bien piíblico, que no sue- 
len faltar en las comunidades; y en aquella Reptiblica han tenido 
gastos voluntarios, que habrán tocado á todos, particularmente 
para los socorros que han dado á Saboya y para lo que les ha 
costado los que han traído de otras partes. 

Los herejes es de creer que habrán hecho algunos estragos, 
no sólo en las conciencias, pero en las casas y haciendas de los 
venecianos; y los celosos que ha dicho y mal contentos, es de 



(a) Archivo general de Siraancas.^^Secretaría de Estado, legajo nú- 
mero 1,920. 

31 



242 Documentos 



creer que acudirían al recurso solo que allí tienen, que es el em- 
bajador de España; y él, sin aconsejarlos ni inducirlos, podría 
haberlos guardado secreto, por la confianza que harían del y por 
no hallarse obligado á otra cosa. Y desto no le parece que puede 
haber pasado el marqués de Bedmar ni otros ministros de vues- 
tra majestad. 

Parécele que á este embajador de Venecia se le podría res- 
ponder en la conformidad que él le habló. Y que antes que des- 
pache, partan correos de vuestra majestad con cartas para los 
ministros de Italia y para todos sus embajadores, haciéndoles 
saber lo que ha dicho éste de Venecia y en la forma en que 
habló á vuestra majestad con la carta de la República en su 
creencia, que ya ha visto el Consejo, para que estén prevenidos; 
y mandándoles que avisen luego de todo lo que entendieren por 
allá, y que usen de la verdad con que pueden hablar de que 
vuestra majestad no ha tenido parte en ninguna novedad que 
haya habido, ni entendido nada hasta que este embajador ha ha- 
blado aquí: y que á vuestra majestad no le ha pesado de tener 
resuelto de promover al marqués de Bedmar en la embajada en 
Flandes; advirtiéndoles juntamente que si no les dijeren nada 
acerca desta materia, será lo mejor callar, pues sólo se les avisa 
lo que ha pasado por si conviniere hablar en ella. 

Parécele se escriba al marqués de Bedmar, con fecha algo 
antigua, diciéndole que vuestra majestad tiene por bien de que 
pase á Flandes á servirle allí de su embajador; y aparte, que 
vaya dando señales de que há días que él sabe esto, y el dete- 
nerse allí ha sido con motivo de aguardar á ver ejecutada la paz 
con el rey de Bohemia, que debe de estar acabada ó cerca dello. 
Y se le mande precisamente que, en estando concluida y no an- 
tes, salga de Venecia y pase á Flandes con toda su casa; salvo 
á su secretario, si pudiese dejarle allí; y si no, deje la negocia- 
ción al que acude á los negocios del Emperador, como se apunta 
en la consulta inclusa. Y aunque se le ofrece que, hecho esto, los 
venecianos han de sacar de aquí á este su embajador, y que pu- 
diera convenir no nombrar vuestra majestad otro nuevo para 
Venecia hasta que ellos hubiesen enviado al que ha de subceder 
á éste, le parece que será bien nombrar vuestra majestad el suyo 
desde luego, para que con esto se aseguren más de la verdad. 



Obras de Quevedo 243 



Que el modo en que este embajador de Venecia habla, aun- 
ciue él le da color de respecto, no lo es á su entender del Car- 
denal-Duque, sino traza: porque la queja que significan del Mar- 
qués, no la perderán ellos (si es suficiente) con sólo que salga 
de allí; sino que la guardarán para ejecutar su rabia en dejando 
de ser embajador de vuestra majestad allí, y no mandarán salir 
antes al que tienen aquí ni harán demonstración con el Marqués 
hasta que tengan fuera á éste; habiéndose recatado para no ha- 
cerla de lo que aquí se podría hacer recíprocamente con estotro. 

Que venecianos están sospechosos y recelosos del duque de 
Osuna; mas no se puede creer (según lo que este embajador ha 
dicho al secretario Antonio de Aróstegui) que tengan causa subs- 
tancial para ello, ni que ministro de vuestra majestad se la haya 
dado sin orden suya. 

Parécele que al duque de Osuna se le escriba con correo 
yente y viniente, avisándole con particularidad de lo que aquí 
ha pasado con este embajador de Venecia, y lo que él ha apun- 
tado al dicho secretario; para que el Duque avise de todo lo que 
hubiere, por si venecianos declararen su queja y fuere necesario 
darles üatisfación á ellos y á otros príncipes, á quien se habrán 
quejado de haberse faltado acá á la fe de la paz que se tiene 
con ellos. 

Cuanto á sacar los galeones del mar Adriático, aunque se ha 
ordenado dos ó tres veces al Duque, será bien volverlo á hacer, 
para que se les quite esta causa de recelo, pues muestran de- 
searlo tanto para que las cosas se acomoden. 

El duque del Infantado: Que el marqués de Bedmar há tan- 
tos años que está en Venecia, que tiene muy grandes inteligen- 
cias y conoce más á venecianos que otro ningún embajador. Y 
entiende que si ellos hubieran averiguado alguna conjuración 
grande, en que el Marqués hubiera entrado, echaran mano del, 
pues en negocio desta calidad no se rompe la fe pública; ni se 
extiende el derecho de las gentes á hacer en reino extraño con- 
juración con que se pueda perder. 

Que por lo que venecianos no dicen su queja, es por la fla- 
queza que estos días han visto entre los suyos, y por el atrevi- 
miento que tuvieron los nobles los meses pasados á entrar en el 
Senado en mucho número juntos á pedir lo que avisó el mar- 



244 Documentos 



qués de Bedmar; lo cual ellos remediaron luego para que no se 
entendiese la descompostura que habían tenido. 

Parécele bien que se escriba al marqués de Bedmar, con fe- 
cha anticipada de algunos días, que vuestra majestad tiene por 
bien que pase á servirle en Flandes de su embajador. Y por lo 
que aprietan y la instancia que hacen sobre su salida de Vénc- 
ela, le parece que sería bien, para dalle satisfación, que se dijese 
en la carta y se presupusiese que las cosas -de Alemana están aca- 
badas, y que así se podría salir luego. 

También le parece que no deje á su secretario ni á persona 
suya en Venecia ni papeles ningunos, pues brevemente se puede 
poner allí persona por vuestra majestad. 

Vuelve á decir que tiene por justo y necesario dalles satisfa- 
ción á venecianos en sacar de allí al marqués de Bedmar al cabo 
de tantos años, habiéndolo pedido por favor y excusando por 
respeto el decir la causa. 

D. Agustín Mejía: Que le parece muy bien todo lo que ha 
dicho el Cardenal-Duque. Pero si el marqués de Bedmar tuviese 
culpa, como este embajador de Venecia lo da á entender, no hay 
mejor remedio que sacarle de allí; haciéndolo con reputación, 
como sería invialle orden para que pase á Flandes y que salga 
de allí en recibiéndola, y carta para que se despida de la Repú- 
blica y se vaya antes que llegue la respuesta que se habrá de dar 
á este embajador de la República. De manera que si tiene culpa 
el Marqués, conviene que salga; y si no, que también lo haga, 
por condescender con lo que piden tan apretadamente y con la 
salva y término que lo hacen. 

Cuanto al duque de Osuna, no les falta causa de sospecha, 
pues no saca los galeones del mar Adriático y levanta caballería 
y infantería en el reino de Ñapóles, sin orden de vuestra majes- 
tad; y así tienen ocasiones grandes de estar sospechosos. Y es 
justo mirar mucho en ello y dalles alguna satisfacción. Y le pa- 
rece lo mesmo que dijo anteayer en la consulta inclusa; y que, 
como apunta el Cardenal-Duque, se avise á todos los ministros, 
para que tengan noticia del caso. 

El Diarqués de la Laguna se conformó con el Cardenal-Du- 
que. Y cuanto al duque de Osuna, no se puede persuadir á que 
se arrojase en caso tan grave sin orden de vuestra majestad; y 



Obras de Quevedo 245 



el levantar en Ñapóles caballería y infantería, además de la or- 
dinaria, con los avisos que ha tenido de la armada del Turco 
y juntarse con la de venecianos, se habrá movido por la seguri- 
dad de lo que tiene á cargo. Y en lo que toca á sacar los galeo- 
nes del mar Adriático, le parece se le vuelva á ordenar que lo 
ejecute luego. 

El Padre Confesor se conformó con el Cardenal-Duque. Y 
cuanto á la salida del marqués de Bedmar, pone en considera- 
ción que, si no es luego, no se consigue lo que piden venecia- 
nos; los cuales no tratan de que sea promovido, porque esto no 
les importa, sino que salga de allí por excusar inconvenientes. 

D. Baltasar de Zúñiga: Que le parecen razones de mucha 
consideración las que el Cardenal-Duque ha representado. Y en 
lo demás no tiene mucho que añadir á la consulta inclusa, en 
que se halló; sólo apunta que la salida del marqués de Bedmar 
de Venecia le parece que habría de ser luego, porque la ejecu- 
ción de la paz entre el rey de Bohemia y venecianos podría ser 
cjue tirase á la larga: pues de parte del Rey, consiste en expeler 
los uscoques de todas aquellas marinas, y hasta agora no se sabe 
que hayan comenzado á salir; y de parte de venecianos se han 
de restituir cuarenta ó cincuenta puestos que tienen ocupados, y 
hasta agora se entiende que no han vuelto más de uno. 

Que no habiendo hablado este embajador á vuestra majes- 
tad en la revuelta de Venecia, le parece bastará dar cuenta del 
oficio que ha hecho al cardenal de Borja y á los embajadores de 
Francia y Inglaterra, porque si allá oyeren hablar en esta mate- 
ria, estén advertidos de lo que pasa. 

El Cardenal Duque volvió á hablar, y dijo: Que si el mar- 
qués de Bedmar no tiene duda de que pasarán en Venecia por 
dejar allí su secretario, lo haga, pues esto será lo más convenien- 
te mientras va embajador; pero si esto no pudiere ser, y hubie- 
ren de quedar los negocios á cargo del ministro del Emperador, 
es de parecer que no le deje papeles de importancia, aunque ha- 
yan de quedar bien cerrados. Y cuanto á si la salida del marqués 
de Bedmar de Venecia ha de ser luego, ó hecha y concluida la 
paz con el rey de Bohemia, se remite á la gran prudencia de 
vuestra majestad, que lo mirará y considerará como conviene, y 
tomará en ello la resolución que más fuere servido. 



246 Documentos 



Platicóse también en consejo sobre las cosas de Lombardía. 

Y parece conveniente que, aunque el duque de Feria tiene orden 
y todo lo necesario para partir, se le despa,che luego correo dán- 
dole prisa para que no pierda punto. En Madrid, á 25 de junio 
16 18. — Por ganar tiempo no va esta consulta señalada de los del 
Consejo. 

( — Decreto autógrafo del rey D. Felipe III.) Está bien lo que 
parece en todo,, y que salga de allí luego el marqués de Bedmar 
para la embajada de Flandes. Y propóngaseme persona con bre- 
vedad para la de Venecia, para que pueda llevar este mismo co- 
rreo á un tiempo la promoción del de Bedmar á Flandes, y la 
de su sucesor para Venecia: al cual convendrá dar prisa, en nom- 
brándole, para que parta. Y entre tanto que llegue, vea el Con- 
sejo si se remitirá al marqués de Bedmar la forma de cómo po- 
drá quedar aquella negociación y seguridad de los papeles sin 
que se puedan aventurar. Y háganse luego los despachos y ins- 
trucciones de la embajada de Flandes para que se envíen al M.ax- 
i\nés.—CEsíd rubricado.) 

DOCUMENTO LXXVII 

Copia de carta, descifrada, del marqués de Bedmar al Rey, fecha en Milán 
á 10 de julio de 16 18. (a) 

Señor: Habiendo hecho todas las diligencias posibles para 
averiguar el fundamento que han tenido los castigos de france- 
ses hechos en Venecia y la voz que corrió en ella de conjura- 
ciones y tratados contra aquella República, he hallado lo que re- 
feriré á vuestra majestad en ésta; pero para que se entienda me- 
jor, me parece necesario comenzar por el capítulo siguiente. 

Habrá poco más de un año que fué á servir á venecianos un 
capitán, Jaques Fierres, francés, tenido por muy platico de las 
cosas de la mar y que servía en los bajeles del duque de Osuna, 
y llevó consigo algunos dependientes suyos de la misma nación. 

Y el motivo que tuvo para ello fué, no sólo la ligereza y infide- 
lidad francesa, sino las persuasiones y diligencias del embajador 



{a) Archivo general de Simancas.=Secretaria de Estado, legajo nú- 
mero 1,919. 



Obras de Quevedo 247 



veneciano que está en Roma, y del residente de la República 
en Ñapóles, que conforme á su uso antiguo, le prometieron gran- 
des cosas. Pero no fueron iguales los efectos; porque le dieron 
solamente cuarenta ducados de entretenimiento al mes, y tarda- 
ron en ocuparlo, no fiándose del, porque tenía su mujer y casa 
en Sicilia; y yo les acrecenté la sospecha, escribiendo al conde 
de Castro que la detuviese, como lo hizo. Y así se hallaba el Ja- 
ques tan desesperado, que interpuso personas conmigo para que 
le reconciliase con el duque de Osuna; á que yo di oídos, no 
por fiarme del, sino por hacerlo inútil para venecianos: y avisé 
de todo al Duque. Y no teniendo respuesta, envió el Jaques al- 
gunas personas á Ñapóles, diciendo que, demás del negocio de 
su vuelta, proponía grandes empresas; de que yo no tuve noti- 
cia en particular, así por la poca confianza que tenía de tal gé- 
nero de gente, como por esperar algún aviso ó respuesta del Du- 
que, que nunca fué. 

Y así pasó mucho tiempo que no supe más dello, hasta que 
á 1 1 de mayo deste año me dijo un criado mío, borgoñón (que 
por serlo, platicaba con franceses), que dos de los de Jaques 
Fierres, hermanos, que tenían sueldo de venecianos, se querían 
ir á Ñápeles; y que yo les diese alguna carta para el Virrey y 
que me querían hablar. Yo les hice entrar, y conocí uno dellos 
que algunos meses antes me había hablado una noche de parte 
del Jaques en la conformidad sobredicha. Díjonie que por no 
haberles respondido el duque de Osuna se habían perdido muy 
buenas ocasiones de empresas grandes; y que hallándose dis- 
gustados de venecianos, quería irse á Ñapóles con su hermano, 
y que le diese cartas para el Duque. Yo le hice dar una, cuya 
copia va inclusa, y la de lo que escribí al Duque al día siguiente 
con el ordinario. Y dentro de otros tres días prendieron á los 
dos hermanos; y de allí á cinco amanecieron colgados cada uno 
de un pie en el lugar público, habiéndolos ahogado la noche 
antes en la cárcel. 

Y luego, por imprudencia y malicia de los jueces, se publicó 
por toda la ciudad que «habían padecido por haber tratado de 
quemar el arsenal y saquear la casa de la Moneda de la Repú- 
blica, y de hacer otros daños en la ciudad con orden del duque 
de Osuna y participación mía; y que constaba dello por las con- 



248 Documentos 



fesiones de los referidos y de otros, y por una carta mía que lle- 
vaban para el Duque; y que para la ejecución del tratado esta- 
ban prevenidos ochocientos franceses y holandeses, parte dellos 
viandantes y parte del regimiento que vino últimamente de Ho- 
landa.» Y esta voz se reforzó con la autoridad de casi todos los 
nobles, que afirmaban públicamente ser cierta, incitando el pue- 
blo contra vuestra majestad y sus ministros y vasallos; con tan 
malas palabras y sediciosas, como se podía esperar de gente sin 
temor de Dios ni respeto del mundo, y que aborrece capital- 
mente al nombre de España, y que ha tenido siempre mira de 
hacerlo odioso á sus vasallos, para quitarles el deseo de serlo 
de vuestra majestad movidos de afición antigua y de la fama de 
la gran justicia y religión que hay en los reinos y estados de 
vuestra majestad. De que resultó tanta alteración en aquel pue- 
blo, que no solamente estaba á peligro manifiesto mi persona y 
casa, sino todos los vasallos de vuestra majestad que se hallaban 
en aquella ciudad; y particularmente entonces, que por la elec- 
ción y entrada del Dux estaban todos como fuera de sí. Y había 
tanto rumor y confusión, que parecía otra la ciudad; y que aun- 
que los pocos buenos que hay en ella quisiesen prevenir ó re- 
mediar los inconvenientes que se veían á los ojos, no podrían 
hacerlo. 

Y estando aquello en el mal término referido, á 26 de mayo 
pareció puesto en el lugar público, como los dos hermanos, otro 
francés, muy conocido en todas partes, y particularmente en la 
corte de vuestra majestad, que se llamaba Nicolás Rinaldo ó 
Renaut, afirmando todos que era por la misma causa que los 
otros dos: con que creció el alboroto de manera, que fué pare- 
cer de todos los confidentes que se tratase de mi seguridad y de 
mi casa; porque los inconvenientes amenazaban ya muy de cerca 
y no convenía dar lugar á algún accidente irremediable, y que 
pusiese á vuestra majestad en obligación y necesidad de hacer 
alguna demostración de las que, según sus reales órdenes, se de- 
ben excusar cuanto fuere posible. Y así, me resolví á ir al Cole- 
gio, á i.° de junio, adonde les signifiqué el rumor de su pueblo, 
de que eran autores los mismos nobles; y que era tan falso, que 
yo no tenía más noticia dello que la que corría por las plazas; y 
que, presupuesto que cosas tales no se podían aceptar ni resoher 



Obras de Quevedo 249 



sin orden de los superioi-.s absolutos, se venía á atribuir derecha- 
mente á vuestra majestad lo que publicaba aquel vulgo, sin sa- 
ber lo que se decían ni fundamento de verdad; y que la Repú- 
blica estaba obligada á no consentir pláticas tan escandalosas y 
que no podían producir sino muy malos efetos; y que debiéndose 
temer otros tales contra mí (según el ejemplo del año pasado, y 
más con el alboroto y confusión de las fiestas del Dux), les pedía 
que proveyesen de manera que se quitase cualquiera ocasión 
de desacato, y consiguientemente de los inconvenientes que resul- 
tarían dello. A que me respondieron cortésmente y que lo con- 
sultarían, según su uso. Y habiendo pasado dos días sin respues- 
ta, y creciendo el rumor de las fiestas y sedición juntamente, les 
envié un papel con el secretario de la embajada, haciendo re- 
cuerdo de mi instancia y pidiendo luego la resolución; pero fué 
la respuesta tan escura, que me obligó á ir luego en persona á pe- 
dirla más clara. Y así lo hice, advirtiéndoles lo que convenía; 
con que me respondieron más de lo que yo quería saber, dicien- 
do que habían mandado llamar algunas compañías de milicia, 
de los lugares com.arcanos, para guarda de los puestos más im- 
portantes de la ciudad, y que también tendrían cuenta de mi 
casa. Y así se hizo, porque temieron que, alterándose el pueblo, 
daría también sobre ellos, por el odio que les tienen por sus ti- 
ranías y maldades. Y con aquella prevención se aseguró todo 
por entonces, pero quedando los ánimos peores que nunca, y 
tanto más, hallándose en Brindis los galeones de Ñapóles; y así, 
se tenía por cierto que el estar allí y cualquiera rencuentro que 
tuviesen con la armada veneciana, sería causa de algún otro mo- 
vimiento peor. Y pareciendo á todos que convenía apartarse an- 
tes que llegase más cerca,— para que fuese con el decoro conve- 
niente, di parte dello á D. Pedro de Toledo, en consideración 
que también trataría algunas cosas del servicio de vuestra majes- 
tad que requerían mi presencia personal por excusar réplicas y 
dilaciones. Con lo cual me despachó correo con carta pública 
de 6, para que me viese con él: con que se dio muy buen color 
á mi venida; y no se sabe hasta ahora el misterio, sino D. Pedro 
y yo. Y á 1 1 estuve en el Colegio; y habiendo dado la nora- 
buena al Dux de su elección, me despedí dellos en buena forma, 
diciendo que quedaba allí el secretario de la embajada para lo 

32 



250 Documentos 



que se ofreciese durante mi ausencia, que creía que sería breve, 
y que también podría negociar conmigo el residente que tienen 
aquí: y la respuesta fué muy cortés, encomendándome el buen 
encaminamiento de las materias corrientes. — Y habiendo partido 
á 14, llegué á esta ciudad á 19; y desde entonces me ocupo, no 
sólo en lo tocante á la embajada, sino en los negocios que se 
ofrecen aquí del servicio de vuestra majestad, de que me da par- 
te D. Pedro; y yo le asisto con el cuidado y buen deseo que de- 
bo, sin hacer falta á lo de Venecia, adonde quedó el secretario 
sobredicho con las órdenes necesarias, y asentada y corriente la 
correspondencia de avisos y negocios en buena forma, por el 
tiempo que durare mi ausencia. 

Poco antes que yo partiese, tuve aviso cierto de que estan- 
do Jaques Pierres en la galera capitana del armada de la Re- 
pública, una noche, después de haber cenado con el General de- 
11a, bajaron á su cámara algunos ministros del General y ata- 
ron las manos al Jaques, diciéndole que había de morir luego; 
y habiendo preguntado por qué, y pedido confesión y tiempo 
para encomendarse á Dios, no le dieron otra respuesta que echar- 
lo en la mar con un peso al cuello. Y luego hicieron lo mismo 
con un capitán Langlade, francés, que se huyó con él de Ñapó- 
les: que fué ejecución propiamente turquesca, ó, por mejor decir, 
veneciana. 

Todo esto se hizo estando ausente el embajador de Francia 
que reside en Venecia, que había ido á Nuestra Señora de Lo- 
reto. Y habiendo vuelto y sabido lo que había pasado, y que por 
orden del consejo de Diez rompieron las puertas del aposento y 
escritorio del maestro de postas del rey de Francia en aquella 
ciudad, para tomar los papeles de Nicolás Rinaldo, — mostró 
mucho sentimiento dello, afirmando «qué el Rinaldo iba á Fran- 
cia con un despacho de Jaques Pierres para su Rey, avisándole 
de los desinios del duque de Osuna y proponiendo diversas em- 
presas; y que él había visto el despacho y dádole el pasaporte; 
y que lo que decían de la conjuración lo había avisado á la Re- 
pública el Jaques cuando fué de Ñapóles; y que el castigo tan 
cruel de los franceses fué por ganar gracias con el Turco; y que 
era cosa muy mal hecha y gran desacato el tomar despachos 
para su rey y matar al dueño y al que los llevaba y á sus de- 



Obras de Quevedo 251 



pendientes, siendo todos franceses.» Y la República está con te- 
mor de alguna demonstiación rigurosa del rey de Francia; y el 
Pregadi {a) ó senado quisiera que, por ser cosa que tocaba á 
príncipes, no se hubiera resuelto el consejo de Diez sin su pare- 
cer. Y tengo aviso de autor fidedigno, de que ha escrito el em- 
bajador francés á su rey todo lo sobredicho en buena forma, 
para que conozca el proceder de venecianos. 

El criado mío borgoñón, referido en esto (que es persona li- 
gera y de poca substancia), me ha dicho después, que há mu- 
chos meses que el Jaques Fierres y los suyos enviaron á propo- 
ner al duque de Osuna la forma de una empresa contra Venecia, 
semejante á la sobredicha que han publicado venecianos; y que 
el Duque no hizo caso de la proposición. Y según esto, sospecho 
que los dos hermanos franceses dijeran algo de aquella propues- 
ta. Y aunque los jueces debieran agradecer el no haberla acep- 
tado el Duque, pudo más en ellos la pasión y aborrecimiento 
contra vuestra majestad; y el testimonio de su propia conscien- 
cia dellos (que andan siempre tramando contra la reputación y 
estados de vuestra majestad y de su casa); y particularmente de 
haber dado oídos á la proposición tan perniciosa de Mos de Lau- 
sac, francés, contenida en un memorial que dio al embajador 
de la República que está en París, á 2 de hebrero deste año, de 
que tendrá vuestra majestad noticia por carta del duque de Mon- 
teleón, por lo cual merecían cualquiera gran castigo; y la ejecu- 
ción de lo que vuestra majestad me ha mandado en sus reales 
cartas de 20 de junio y 29 de noviembre del año pasado de 1617, 
á propósito del motín del primer regimiento de holandeses que 
fué á servir á aquella República y de las alteraciones que hubo 
entre los nobles sobre la elección del nuevo senado que go- 
bierna este año. Y es cosa digna de mucha consideración que 
llegue la malicia y poco miramiento de venecianos á tal punto, 
que se quejen de lo que no fué; y publiquen tales falsedades, 
sabiendo que sus obras, de tantas maneras, y particularmente en 
el mismo género, merecían que fuese cierto lo que saben ellos 
que es pura calumnia. 



(a) Por ser rogados para juntarse los senadores (según la constitución 
veneciana), llamábanse Pregati, ó Pregadi en dialecto de aquella república. 



252 Documentos 



Y la opinión general de todos los buenos y prudentes es que 
aquellos castigos se hicieron para ganar gracias con el Turco; y 
que por excusar el escándalo que resultaría de saberse que aque- 
lla República mata cristianos á contemplación de turcos, y con 
tanta atrocidad, atribuyeron la causa á españoles, que son allí el 
blanco de todas las calumnias y invenciones. Con que, á su pa- 
recer, remediaban lo primero y ganaban en lo segundo por los 
fines referidos. Y esta opinión se funda en la noticia del hecho 
y en otras cosas muy razonables: entre las cuales es, haber aho- 
gado los franceses en la cárcel para que no hablasen en pú- 
blico; y que siendo personas que se podían guardar sin riesgo, 
fuera justo que los tuvieran de manifiesto para que, tratando de 
poner culpa á príncipes tan grandes y á personas de tanta ca- 
lidad, y con quien la República no tiene que ver, pudiese mos- 
trar el fundamento de lo que han dicho y publicado á sabiendas, 
para engañar al mundo como suelen. 

Y no es menor presunción de venecianos el mostrar senti- 
miento de que yo les desviase de su servicio á los que ellos mis- 
mos habían desviado del de vuestra majestad; que es cosa muy 
suya y que há mucho tiempo que la usan, sin algún respecto, 
para mostrar que no le tienen á vuestra majestad ni temen el 
castigo que merecieran por ello. 

Cuando andaban en las averiguaciones de lo sobredicho, 
mostraban mucho temor y cuidado, y mandaron hacer diligencia 
de casa en casa para saber los forasteros que había en la ciudad; 
y publicaron que en dos días habían huido della más de seis- 
cientos franceses que estaban prevenidos para ejecutar el trata- 
do. Pero se tiene por cierto que no llegaron á sesenta los huidos, 
y que fué por temor de ver que prendían á cuantos veían de 
aquella nación. 

Y de todo esto se infiere la poca prudencia de venecianos 
en mostrar que ochocientos hombres pudiesen salir con tan gran 
hecho, y la malicia de culpar en ello á los españoles, y la impie- 
dad tan abominable de matar cristianos por gratificar al Turco. 
Y si entendiere alguna otra cosa en esta materia, daré cuenta 
della á vuestra majestad. Dios guarde, etc. 



Obras de Quevedo 253 



DOCUMENTO LXXVIII 
Castigo Essemplare De Calumniatori Avviso di Parnaso di Valerio Fulvio 
Savoiano. Al Sereniss. et Invitiss. Cario Einanuel Dtica di Savoia, 8¿c. 
— /« Aníopoli oeíoc.XXi. — Nella Stamperia Regia, (o) 

// Serenissimo Apollo fá. castigare diie triste f entine et un vi- 
gliacco Spagnolv, perche havendosi figúralo per arte mágica d'es- 
sere la Regina d' Italia, la República di Venetia, et il Duca di 
Savoia, liaveano procurato con infaini calunnie di denigrare la 
fama di quei ?iobilissimi Fotcntati. 

Figura el autor que la República de Venecia se presentó en 
el Parnaso, seguida sólo de dos escuderos y del Duque de Sabo- 
ya, y que en lugar de hospedarse en el palacio de la República 
romana, que le estaba aparejado por Apolo, fué á alojarse á un 
mesón; lo cual causó grande extrañeza á las gentes. Decían al- 
gunos ignorantes que lo hiciera por razón de estado, sin consi- 
derar que por razón de estado debiera hacer lo contrario, secondo 
la ragione insegnata in prattica da moderni Pri?icipi Spagnoli 
cHhanno fondata tutta la grandezza loro nella opinione senza fun- 
damento, e Tielle apparenze prive di sostanza. Decían otros que lo 
hacía por hipocresía, como si hubiese venido á pretender de 
Apolo el dominio supremo de las Indias, sotto colore di puro zelo 
d'insegnar a quei barbari la luce della Santa Religione, e del vero 
viver político; 7tia solo a fine di levare gli stati a' Principi natu- 
rali, privar quei popoli della robba e delV honor e, f are schiave le 
persone che Iddio ha créate libere, dar a mangiare a' cani le car- 
ni humane, arrostir gli huomini vivi, vender gli Idoli a chi vuol 
adorarli, e far idoli a se stessi solo V oro e V argento; e in som- 
ma scoprirsi liipo dopo éntrala sotto pelle di pecara fra quei mi ser i 
greggi sempUci, et innocenti; non mostrando alcurí altro alto di re- 
ligione se non di far impiccare quei meschini a tredici a tredici in 
/íonore di Christo e de' dodici Apostoli. 

De casa de la República de Genova salió voz que lo hacía 
por pura pobreza, habiéndoles pedido á los mercaderes de dicha 
ciudad un millón de ducados que les negaron (á la manera que 
España acostumbra á pedirlos, con mil bajezas y humillantes pa- 



(a) Extracto, hecho por el Sr. D. Pascual de Gayangos, de este fo- 
lleto en 4.', con 9 hojas, en letra italiana ó bastardilla. La edición primera 
es del año 16 18. 



2 54 Documentos 



labras, siendo cosa notoria que sin este socorro dicha potencia 
se hubiera muchas veces visto perdida); pero todo el mundo sabe 
que el tesoro de Venecia no necesita de auxilios extranjeros, por 
estar ahora más lleno que nunca. Y luego se averiguó que estas 
voces malignas las habían hecho circular genoveses, traidores y 
usureros, enemigos de Venecia. 

Viendo, pues, que ni la razón de estado, ni la hipocresía, ni 
la pobreza podían ser causa de la venida de la República al Par- 
naso con tanta humildad y con tan poco acompañamiento, los 
políticos y cuerdos se echaron á considerar cuál podría ser el 
móvil de su conducta; y todos convinieron en que encerraba 
algún misterio. El serenísimo Apolo, sin embargo, sospechando 
lo que podía ser, mandó secretamente reunir su consejo; y ha- 
biéndoles en una extensa arenga explicado el negocio, les pidió 
su parecer acerca de la venida de la república de Venecia á su 
corte, y de las pretensiones que traía. 

Habló primero Tito Livio, y en seguida Trajano Boccalini, 
el cual pretendió que no podía ser aquella la república de Ve- 
necia. <íHa (dijo) la Serenissima República di Venetia una maes- 
th cosí grave ne gli occhi e nella fronte che ne anco nelle sue viag- 
giori tufbulenze et afflitioni la pub perderé giammai: i suoi movi- 
menti, i suoi gesti sonó tutu Reali, tutti grandi. Ben sai tu, SirCy 
che questi 'accidenti naturali tnalamante si possono mutare, e che 
la maesth Regia traluce negli atti ancora dclV esercitio kumile. Ma 
costei che vuol farsi credere la República di Venetia mostra cost 
naturali maniere di bassezza e di vilta, che ben si vede che sonó 
sue propie, ne da Principessa grave potrebbero giammai es ser con 
arte imítate, non che propiamente úsate. Hor che dirb della voce? 
Uno de grandi miracolí della natura e stimato che sia la diversith 
dellc faccie humane; I' is tes so pare a me del suono del parlare; al 
quale ben s'accomoda quel detto: <s.Parla se vuoi cJiio ti conosca>^; 
et oltre al suono si considera la provincia, si considerano i voca- 
boli, si considera la frase del diré. Non e, non e la República di 
Venetia costei che tale si finge: crédito a me, Sire, che molte volte 
l'ho udita parlare. Costei, oltre al suono della voce áspero, ha la 
pronuntia Spagnola, et il suo diré e misto di vocaboli e frasi bar- 
bares che. Hor come possono queste cose confiar si cotí quelle d'una 
gentilissima Principessa d' Italia? 



Obras DE QuEVEDO 255 



» Condudo per tanto che da tutte le sue maniere, dalla voce, 
da vocaboli, dalle frasi del suo diré, dalle tante bugie, dalle tante 
sciochczze, dalle sue pretensioni, e dal modo del suo pretendere, 
chiar amenté si scopre costei esser una persona finta, si che la Maes- 
th Tua con ottimo consiglio I' ha fatta trattenere Ih ncll ' Ospitale, 
per meglio vedere la sua causa: nella guale procedefido con rigore 
e tormenti, come pensó, che sarh conveniente e necessario, si scopri- 
ramio reconditi secreti, de' quali non voglio metternii a parlare per 
non fare dell'indoi'ino. Resta per solo dubbio da risolvere ció che 
si debba credere di questo Duca di Savoia, che s) paveramente V ha 
acompagnata; e della Regina d' Italia che tanto acerbamente V ha 
ripresa. Non sarh difficile al parer mió, se noÍ consideriamo.» 

Aquí llegaba el Boccalini con su arenga, cuando se hizo un 
gran movimiento entre los cortesanos, producido por la llegada 
de un correo, que se decía portador de buenas nuevas. Admi- 
tido á presencia de Apolo, le entregó dos cartas, una de la Re- 
pública de Venecia y otra del Duque de Saboya. Preguntado si 
traía alguna más para otros príncipes de los que se hallaban reu- 
nidos en la corte, contestó que no, porque una que traía para la 
Reina de Italia se la había dado dos días antes en el camino de 
Italia, donde la encontró. Quedaron Apolo y sus consejeros pas- 
mados al oir esto; y abiertas las cartas por Claudio Tolomeo, 
gra.n canciller del Senado deifico, se vio que la una tenía la fe- 
cha de Venecia y la otra de Turín; reconociéronse escrupulo- 
samente las firmas y los sellos, y se vio que eran auténticas las 
unas y verdaderos los otros. Decían las cartas cómo la paz ha- 
bía sido ajustada entre España, Saboya y el Rey de Bohemia y 
la República de Venecia con condiciones muy justas y honrosas 
para todas las partes contratantes, y principalmente para los 
príncipes italianos (á 26 de setiembre y 9 de octubre de 1617). 

Descubierto así el engaño, Apolo mandó llamar á la fingida 
Reina de Italia y al falso Duque de Saboya, y despachó á uno 
de sus ministros al hospital donde se alojaba la República de Ve- 
necia, para que se asegurase de su persona y la condujese á su 
presencia. Fué hallada la Reina de Italia en casa de la Monar- 
quía de España, y el Duque de Saboya en el hospital, donde ha- 
bía ido á visitar á la República de Venecia; y presos los tres, 
fueron conducidos á la corte de Apolo. 



256 Documentos 



La primera á quien interrogó el juez nombrado por Apolo, 
fué la pretendida Reina de Italia. La cual se obstinó en negar, 
hasta que puesta en el tormento, comincio ella al priticipio a pian- 
ger € pur taceva; ma sentendosi aggravar il dolor e, con alte grida 
pregó che la scendessero abasso, che la verith narrerebbe. II che 
fatto, fu la prima cosa ifiterrogata chi lera; et ella rispóse: cío 
sonó DoNNA Francesca di Quevedo, naturale di Spag7ta.y> Co- 
mincio a ridere il giudice e le dimandb come havesse hainito il li- 
tólo di Donna che solo a persone d'alto grado si suole concederé. 
Et ella rispóse: v- Signo re gih in Ispagna non si guarda a questo; 
anzi si stima reputatio?ie della natione riostra che la ?naggior parte 
degli huomini e delle dottne si facciano credere cavalieri et dame 
con un titulo di Don e Donna, che non costa nulla.t> Qul raddop- 
pib il giudice la risa, onde il carnefice lo guardb con mal occhio. 
Era parimente costui di natione Spagnolo, di patria Castigliano, 
diñóme Gaifero; v emito poco avantiin Parnaso a questo ufficio,per 
non haversi tróvalo alcun altro nel ?notido che spofitaneamente vo- 
tes se f arlo. Intese il giudice nel su o mirar torio cib ch'ei v o lev a di- 
re, e perche era faceto, a lui rivolto, disse: a Perche mi guardi tii 
bieco? Pretendí tti aticora forse di essere chiamato don Gaifero ?•>> 
Et egli: «Señor, no haga vuesamerced burla de nuestra nación; 
que voto á Dios, basta decir español para decir hombre valeroso, 
hidalgo y noble. Y hablando de mí, entienda vuesamerced, si 
no lo sabe, que soy hombre honrado, hidalgo de la montaña, 
tan bueno como el Rey, y muchos hay con el título de don que 
no son mejores que yo.» Si maraviglib molto il giudice di cosí 
stolta arroganza della gente vile di quei paesi. Ma seguitando il 
suo negotio, si rivoltb a donna Francesca di Quevedo; la quale 
interrógala della qualith della sua persona, rispóse: <s.Io ?iacqui di 
padri assai honorati, ma poveri, onde per la poverth non p>otei sos- 
tentar I honor e. Nella mia gioventü fui stimata gratiosa et affa- 
bile SI che molti signori si pigliavano gusto della mia conversatio- 
ne, per sentir mi a diré niotti e facetie , nel che vals i assai. Con ques- 
to io mi procacciava il vitto alia giornata, andando a manglar e hog- 
gi in casa d'uno, domani d im altro. lo íionfui bella per poter ser- 
vire d' árnica; seppi perb servir molto b ene per tnezzana e ministra 
d'amori. NelV inventar manzogne e ordir inganni sonó staia sem- 
pre singolarissima. Per adornarmi di qualche virtii sopranatura- 



Opras de Quevedo 257 



le, attesi un poco di tempo aliarte tnagica, e particolarmente volsi 
sapere il modo di far andaré gli huomini invisibili; e quasi altra 
Circe o Medea, trasforniare tiitte le creatiire. Nel che compiacendo 
piii d'una volta a gli humori piacevoli di don Pedro di Girón, 
Duca d'Osszma, mió signorc e mió idolo, hora in forma di lupo, 
hora di porco, hora di tigre l'ho fatto andaré nel regno di Sicilia 
e in quel di Napoli, et altre volte, mutando la sua forma in altra 
forma humana, l'ho saputo assoinigliare ad Amurat Rais, famoso 
corsaro, a Mahometto , Gran Turco, e a Dionisio di Siracusa, ti- 
ranno. Con guest' arte 711/10 appresso di lui acguistato tal gratia, 
che ancora f?ii ha fatto partecipe di que tanti heni, de quali ha 
la Sicilia spogliato e Napoli va spogliando. E con la istcssa arte 
me stessa nella Regina d 'Italia et donna Urraca e don Beltran, 
che sonó gli altri miei compagni presi, quella nella República di 
Venetia, questi nel Duca di Savoia ho transformato.>-> 

Interrógala chi fussero questa donna Urraca e don Beltran, 
rispóse che <i.quella era una povera giovane, árnica sua, che per 
gicadagnarsi la vita teneva stanza nella casa publica di Madrid; 
e don Beltran era siio drudo.» 

Interrógala chi l'havea indotto a fare queste trasformationi, 
rispóse che <íalcuni ministri principali della Serenissima Monar- 
chia di Spagna le havevano persuaso che per honore della sua pa- 
tria conveniva che cosí facesse; ed ella havea indotto gli altri due, 
che in tutto dependevatio dalla sua mano, a seguitarla, et eseguire 
quanto da lei fusse loro commesso, con promessa di gratidissifui 
remunerationi. » [a) 

Interrógala che pretendevano fare con queste ifivefitioni, rispó- 
se: «-Perche si vedevano ttttte le cose della Serenissinia nostra Mo- 
narchia andar in sinistro si, che la reputatione sua era gih mor- 
ía, parve a quei ministri che fusse prudente consiglio, gia che non 
si poteva C071 verita, al me no con finte apparenze, far credere al 
mondo il contrario. E perche la reputazione consiste nella stima et 
opinione che s'ha delle cose, e l'opinione nasce della fama che nel 
volgo si va spargetido, giudicarono esser modo opportuno per ques- 
to intento Ufar credere al volgo ignorante di Spagna et a' Prin- 



ga) Alusión harto clara á lo de haber salido de Venecia Quevedo en 
hábito de mendigo. 

33 



258 Documentos 



cipí di qiiesta Deifica corte che Vejietia fus se in sofutna miseria et 
il Duca di Savoia affatto in ruina, sottomessi e coticulcati dal va- 
lore delVarmi nostre e che la Regina d'ltalia a noi árnica; contra di 
loro con molía ragione, con esser suoi naturali, si fusse sdegnata. 
Co'l volgo di Spagna s'e usato quesf arte, che alcutie persone, par- 
te con nomi finti, co?ne Emanuel Tordesiglia, Cristóbal Ramírez 
e Diego de Juara, parte senza nome alcuno, sotio andati celebrando 
con la voce, con le scritture e con le stampe le sciagure successe alia 
República et al Duca di Savoia, e le gloriosissime vittorie di Spag- 
na, adulterafido le veré et aggiimgendone di false. Cosí s'e publi- 
cato che Varmata di Napoli havea cojtibattuto e vinta quella di 
Venetia. Che quella República caricava il popólo di si grossi tri- 
buti, che non havea robba che bastasse a pagarli. Che sotto Gra- 
disca haveano i Venetiani perduto la campagna et i forti, si che 
s'e rano ridotti a serrar si defitro di Palma... •>•> 

Interrógala come s havea persuaso di seminar tali i?iganni do- 
ve e il Monarca della sapienza, et i piii intendenti huomÍ7ii deW 
universo, rispóse che ^Tabsenza de la República di Venetia et del 
Duca di Savoia da questa corte, e questa congiuntura della par- 
tita della Regina d' Italia, le havea posto confidetiza di poter far 
credere cib ch'havesse voluto...-» 

Interrógala se la Serenissima Monarchia di Spagna era con- 
sapevole di questi trattati, come era verissimile, poiche in sito fa- 
vore si faceano, rispóse che «.non lo sapeva dicere; nía se ñera 
consapevole, che V havea sempre dissimulato, coiné e di sua natura 
in casi tali. » 

Interrógala come, sapendo tanto di magia, non s'era insieme 
có'suoi coí?ipagni resa invisibile o al meno trasformata in qualche 
bestia per fuggire, rispóse: <s.Assai besíie siamo stati tutti tre a mct- 
terci in questa impresa-s> {a). 

Super generalia recte respondit. 

Con questo esame, fiel quale s'erano scoperte tante bugie e tanti 
inganni, con tante malitie, fie súbito ricondotta avanti Apollo 
DONNA Francesca DI QuEVEDO; c vista la sua corifessione, f uro- 
no fatti venir e donna Urraca e don Beltran; / quali posti afronte 



[a) Castellani debió tener noticia de lo que se estampa en el docu- 
mento XXX. 



Obras de Ouevedo 259 



di DONNA Francesca, € veduta scoperta ogni cosa, ratificáronlo 
di confortnita la confessione di lei. 

Luego fueron los tres, llevados por orden de Apolo, á una 
obscurísima prisión bajo buena escolta, y en seguida se comenzó 
á tratar del castigo que tan atroz delito merecía. Algunos fueron 
de opinión que se les condenase á pena capital; pero Francisco 
Guicciardini fué de contrario parecer, alegando que «con su 
muerte se extinguiría la memoria de suceso tan grave y trascen- 
dental, y que convenía que los príncipes que acudiesen á aque- 
lla corte tuviesen siempre delante el escarmiento.» Fué, pues, 
decretado: 

Che sifacessero tre corone di carta: íma i?i forma Tmperiale, V 
altra Reate, la terza Ducale. La prima per donna Francesca, 
Regina d 'Italia; la seconda per donna Urraca, República di Vene- 
tia; la terza per don Beltran, Duca di Savoia (a). Che con tre si- 
gilli di ferro con l'armi della Regina, della República et del Du- 
ca, ben infocati, si dovessero segnare tutti tre, come s'usa le perso- 
ne schiave, fiella fronte e nelle guancie. Che con questi adornanien- 
ti fussero, alVuso di Spagna, posto ciascuno sopra tm asino, pas- 
segiati per le piazze e strade principali di questa corte nelV hora di 
terza, e frustati con ducento stafillate per ognuno. Che fussero 
confinati in tma perpetua carcere, la quale dovesse have?-e una 
granfenestra con fortissime fiérrate sopra la piazza publica del 
Mércate, accio stessero sempre alia vista di tutti; che per vitto loro 
non havessero mai altro che pane e acqua. E che sopra la detta 
fienestra della carcere fiusse posta una pietra di marino con tins- 
crittione de nomi loro, del loro delitto, e del castigo ricevuto. — Tn 
questa cojifiormita dunque hieri mattina fiii eseguita la sentenza con 
tanto concorso di popólo, che giammai se ne veduto eguale. 

E fií cosa di maraviglia che tutti i Principi di questa corte, 
che sogllono, come e ragione, fiuggire di tj-ovarse a simili spetta- 
coli, concorsero non di meno a veder questo, come cosa rara. Solo 
la Serctiissima Aíonarchia di Spagna non si lascib vedere; la qua- 
le, come s'intese da stioi cortigiani, era 74n poco indisposta: non si 
sel se per displaceré che i suoi ministri senza sua saputa habbiano 

(a) Dice ser el Rey de Italia, D. Pedro Girón, duque de Osuna; Ve- 
necia, el marqués de Vedmar, D. Alfonso de la Cueva; el duque de Sabaya,, 
el marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo. 



26o Documentos 



tentato una cosa tanto indecente, tnacchiando la candidezza et il 
decoro cfi ella publicamente professa, o se per dolore che V inganno 
non habbia sortito V effetto che si dcsiderava. 

Hora se ne stanno i tre condennati rinchiusi ?iella carcere nel 
modo detto^ per infamia della loro tiatione, per esejupio detristi e 
per ischerzo de fanciulli; i qiiali a tutte l'hore stanno facendo 
burla di loro, chiamandoli Maestá, Serenitá et Altezza; e sonó cosí 
inquieti et importuni, gittando loro addosso pomi marci, fus ti di- 
ver si, fango, e milV altre porcherie, e dicendo loro infinite ingiurie, 
che si crede al sicuro che gli habbiano a far impazzire. 

Quien tal hace, ansí lo pague. 



DOCUMENTO LXXIX {a) 
Más sobre la conjuración de Venecia. 

¿Y quién es aquel bergante 
Que, heredero de alquiceles, 
Los transformó en brocateles 
Y se los dio á su informante? 
¿Y quién es un ignorante 
Cuya estatua allá en Venecia, 
Por una frialdad muy necia, 
Calentaron con seroja?— 

Pata-Coja.— 



UOCUxMENTO LXXX ib) 

Y que, por lo que afirma que «todas las naciones le estiman 
y veneran», se le dé traslado á la señoría de Venecia, para que 
responda y envíe (auténtico y verdadero testimonio) la causa por 
qué el Senado mandó por decreto que le quemasen en estatua: co- 
mo así constó en España por libro impreso, que vieron y leye- 
ron muchos. 

Y que el mismo traslado se le mandaba dar al reino de Ña- 
póles, para que con relación jurada dijese el aborrecimiento que 
le tiene por haberse fingido privado del Virrey, duque de Osuna, 
por cuanto por otros avisos había constado que sólo había sido 



(a) De la sátira escrita el año de 1632, y citada á la pág. 627. 
(¿) Tribunal de ¿ajusta venganza, pág. 28; y en la 272, censurando 
la. Visita de los chistes. 



Obras de Quevedo 26 1 

entre familiar y mozo de entretenimiento^ y por haber vendido las 
cosas que su excelencia concedía de gracia, con que empobreció 
á muchos y él vino cargado de dinero, que miserable y avarien- 
tamente guarda. Y que todo esto se juntase con el Raguallo del 
saboyano Valerio Fulvio, diligente y fiel historiador de su vida 
y costumbres.... 

En el folio 85, con el radical odio que tiene á la señoría de 
Venecia (por lo que él se sabe y escribió el saboyano en el Ra- 
guallo del Parnaso'), dice que «la da al diablo, y que es república 
que mientras no tuviere conciencia durará.» 

DOCUMENTO LXXXI {a) 
Un tiempo delante de Apolo se hizo también (Quevedo) se- 
ñoría heinbra: Venecia sabe lo que en esto hubo; y mejor su pla- 
za de San Marcos. 

DOCUMENTO LXXXII 

Carta de su majestad al duque de Osuna sobre el tanteo y relación que to- 
cante al real patrimonio remitió con D. Francisco de Quevedo. (¿) 

El Rey. — Ilustre Duque, primo nuestro, visorrey, lugarte- 
niente y capitán general: D. Francisco de Quevedo me dio la 
carta que escribistes á 28 de mayo del año pasado de 617, y el 
bilanzo ó tanteo que hizo la Cámara de la Sumaria, de lo que 
había entrado en las cajas militar y tesorería general dése reino, 
y de lo que por ellas se había gastado en el año de 1615; y asi- 
mismo una relación de lo que han menguado y crecido los in- 
troitos desde el año de 161 2, que se hizo la consignación y se 
me envió bilanzo, hasta el año de 16 16, que se hizo el último 
que trujo el conde de Lemos; y del crecimiento de los éxitos 
del uno al otro. 

Y porque habiéndose visto todo con particular cuidado, ha 
parecido que para ajustar con seguridad y certeza la verdad 
puntual de la hacienda que tengo en ese reino es necesario ver 



(a) D. Juan de Jáuregui, en la jornada tercera de su sátira dramática 
El retraído, comedia famosa de D. Claudio; representóla Villegas. 

(¿) Archivo general de Simancas.=:;Estado. — Secretarías provincia- 
les, lib. 732, fol. 207 V. — Ñapóles. 

Véase el documento LXVII, en la pág. 229. 



202 Documentos 



el bilanzo que la Cámara hizo en 3 de noviembre de 616, y que 
en él vengan apuntadas todas las dificultades, errores ó fraudes 
que Juan Vicencio Sebastiano ú otros os han dicho que hay 
contra él ó contra el último que trujo el conde de Lemos, apli- 
cándolas, partidas por partidas, á las que se dificultaren, con 
mucha distinción y claridad, oyendo primero sobre ellas á la 
Cámara y recibiendo sus respuestas, os encargo y mando pro- 
veáis que en término preciso de seis meses se haga esta dili- 
gencia, sin alargarlo más. Y hecha, me enviaréis todo lo que 
della resultare, con vuestro parecer y el del Collateral y de la 
Cámara; y asimismo una relación muy particular y distinta, por 
menor, de todo lo que se ha cobrado y pagado por las cajas mi- 
litar y de la tesorería en los años pasados de 616 y 617 y en 
este presente de 618, y de lo que en cada año se ha dejado de 
cobrar, y por qué causa; avisándome sobre todo de vuestro pa- 
recer y el del Collateral y de la Cámara, á fin que habiéndolo 
visto y considerado, yo pueda ordenar lo que juzgare más con- 
venir á mi servicio y al beneficio y conservación de ese mi real 
patrimonio. Y porque de no enviárseme cada año los bilanzos 
en la forma que se solía hacer por lo pasado, uno por verisímil 
y otro evacuado al cabo del año, resulta el no saberse el estado 
cierto y verdadero de mi real hacienda, y esto puede ser de mu- 
cho inconveniente, seré muy servido que durante el tiempo de 
vuestro gobierno ordenéis que se hagan y se me en.víen con mu- 
cha puntualidad y distinción; y que quede asentado esto para 
adelante, de manera que se cumplan inviolablemente las órde- 
nes que sobre ello tengo dadas. 

En la dicha vuestra carta de 28 de mayo, dais á entender 
que no tenéis entera satisfación de los ministros de la Cámara, 
en materia de hacer los bilanzos con la puntualidad y verdad 
que deben; lo cual si fuere cierto, sería digno de gran demostra- 
ción y castigo. Y así convendrá que me aviséis en particular las 
causas que en razón desto os hubiesen dicho, y el fundamento 
que tuvieren; sin poner vos mano en proceder contra ellos ni 
contra ningún ministro perpetuo: pues con avisarme de lo que 
contra ellos resultare, mandaré que se tome la resolución que 
convenga, para que se atajen y remedien las faltas que hubiere. 
De Madrid, á 23 de junio 1618. — Yo el Rey. — López, secretario. 



Obras de Quevedo 26 ■ 



DOCUMENTO LXXXIII 

Carta del duque de Osuna á su majestad, (a) 
Señor: En algunas circunstancias del bilance que llevó don 
Francisco de Quevedo he entendido que se ha reparado por la 
junta que vuestra majestad ha mandado hacer. Y mi opinión ha 
sido siempre: que esta materia de cuentas por la mayor parte 
se yerra; así por la dificultad dellas, como por la poca integri- 
dad de los oficiales. Lo que se ha podido sacar se envía á vues- 
tra majestad con la mayor claridad, según dicen los c^ue la han 
hecho. Suplico á vuestra majestad, si se reconociere algún yerro, 
mande al presidente del Consejo de Italia y al mismo Consejo 
(pues en esta materia tienen tanta experiencia y noticia) nom- 
bren las personas que les pareciere más á propósito para ajus- 
tarlo. Lo cierto es, Señor, que el tiempo ha de decir las rentas 
que vuestra majestad tiene, y lo que se pudiere cobrar dellas; y 
las ocasiones, lo que se ha de gastar. Y en tanta hacienda y mo- 
narquía no puede nunca esto ser igual; pues en cuatro días que 
yo llegué á este reino, en la infantería española ha crecido cua- 
tro mil hombres, habiendo hallado mil solos; y en los gastos de 
mar, una armada de veinte galeones sin lo que ha ido fuera del 
reino. El conde de Lemos y el de Benavente dirán cuánto cre- 
ció esto en diferentes tiempos de sus gobiernos, conforme á los 
socorros que se les mandó hacer; habiendo el conde de Lemos 
vendido de las rentas de vuestra majestad un millón y setecien- 
tos mil ducados, como consta por los papeles que envió, siendo 
muchas menos las ocasiones de gastos en su tiempo que en el 
mío. Lo que aseguro á vuestra majestad es, que no hay hacienda 
en España, con que se hubiera sustentado la armada de alto 
bordo; y que se hubieran hecho en ella ricos muchísimos hom- 
bres; y que en materia de bastimentos y municiones (donde siem- 
pre se mete la mano) se ha procedido con singular limpieza, así 
en la distribución como en la calidad: conócese bien no habien- 
do muerto en los bajeles gente de enfermedad, sobre dos años 
de navegación y tanta aspereza de tiempos. Merecen premio los 
oficiales y capitanes, que no bastara ningún rigor mío si no fue- 
ran hombres de bien. 



(a) Archivo de Simaacas.=Estado. Legajo i,88i. — Ñapóles. 



204 Documentos 



Ha sido de gran consideración no haber en cada bajel más 
de un capitán, que gobierna el bajel y la infantería, y así de- 
pende todo de una cabeza; y no es de menos consideración al 
tiempo de pelear, pues se excusa (en la falta que hubiere) que 
el capitán del bajel eche la culpa al de la infantería, y el de la 
infantería al del bajel. Y en este armamento el capitán me ha 
de dar cuenta de la infantería, gente de cabo del bajel, muni- 
ciones y bastimentos; si bien es verdad no digo esto á vuestra 
majestad por regla general, pues en ninguna otra parte se halla- 
rán capitanes tan pláticos en tierra y mar como los que tengo 
aquí, pudiendo cualquiera dellos ser piloto en esta armada y 
mandalla toda. Y así, suplicaré á vuestra majestad á su tiempo 
se haga estima de sus personas; y agora me ha parecido enviar 
una nota al consejo de Estado y al de Italia, para que vuestra 
majestad sepa los hombres que tiene de quien poder echar mano 
para las cosas particulares que pueden ofrecerse; y yo me doy 
harta priesa en sacar con esta buena disciplina los más que pue- 
do. — El almirante Rivera me descuida de todo, que en mi con- 
dición es harto; y cierto. Señor, que este hombre merece cual- 
quiera grande honra y merced de vuestra majestad, porque hoy 
hay falta de personas que sepan mandar y pelear. 

Para nada de lo que he dicho me acuerdo que el almirante 
sea hechura mía, sino para suplicar á vuestra majestad que esto 
le ayude para tener cuenta con su persona, pues él lo sabe tan 
mal hacer, que en ocho años que ha servido debajo de mi mano 
no me ha hablado en particular suyo. Dios guarde la católica 
persona de vuestra majestad muchos años, como la cristianda > 
há menester. Ñapóles, á 9 de agosto 16 18. — C. El duque-conde 
de Ureña. 

DOCUMENTO LXXXIV 

Tercera vez consulta á su majestad el Consejo sobre la causa c"'- 
D. Juan de Castelblanco, en 16 de julio de 1618. (a) 

Señor: Por otras dos consultas se ha dado cuenta á vuestra 
majestad del proceso que se iba haciendo en Ñapóles contra don 



(a) Archivo general de Simancas.=:Estado. — Secretarías provincia- 
les, legajo núin. 13.— Ñapóles. — V^éanse los documentos LV, LVI y LXIII, 
en las págs. 218 y 223. 



Obras de Quevedo 265 



Juan Castelblanco, inquirido de ; y por la última que se hizo 

en 23 de diciembre del año pasado, se dijo á vuestra majestad 
que en el proceso que entonces presentó D. Francisco de Que- 
vedo en manos del secretario Juan López de Zarate no consta- 
ba que se hubiese guardado ningún término de derecho en la 
forma de hacerlo; y que el Consejo suspendía el juicio del por 
no ser entero, y decirse en la cubierta del que se iban recibien- 
do informaciones. — Después acá el mismo ü. Francisco ha pre- 
sentado otro, en el cual se han examinado muchos testigos por 
un comisario que fué á tomar la información en la ciudad de 
Tropea; el cual viene con más indicios de los que había en el 
primero. Y hasta agora el comisario no ha dado cuenta dél á 
vuestra majestad, aguardando que se sirviese de responder á las 
consultas referidas, y que el Virrey informase (conforme á la or- 
den que vuestra majestad le mandó dar) de lo que después ha- 
bía pasado. Y por la parte se había dicho que los jueces le ha- 
bían dado las defensiones, no obstante los menos indicios; y que 
el Duque, habiendo tenido noticia que uno de los principales 
cómplices, examinado contra dicho D. Juan, había dicho que 
era falso lo que había depuesto contra él, y que esto lo había 
dicho á instancia del escribano, los había hecho venir á ambos 
en su presencia, y en ella había confirmado lo mismo; y que por 
esto iiabía mandado que se procediese contra el dicho escribano: 
el cual por temor de la pena de muerte que se da á los que pre- 
sentan testigos falsos, por pragmática de aquel reino, había pro- 
curado huirse de la cárcel de la Vicaría, haciendo un agujero 
en la pared, por lo cual le había condenado á muerte 

DOCUMENTO LXXXV 

Carta de su majestad al duque de Osuna sobre la causa del conde 

de Mola, (a) 

El Rey. — Ilustre Duque, primo, visorre)^, lugarteniente y ca- 
pitán general: Habiendo visto los papeles y sumario del proceso 
que por vuestra orden se iba haciendo contra el conde de Mola^ 
y en vuestro nombre presentó D. Francisco de Quevedo, y asi- 
mismo algunas escrituras que se han presentado por parte del 

(a) Allí, lib. núm. 732, fol. 220. Véanse los documentos L y LXIV, 
en las págs. 209 y 225. 

34 



266 Documentos 



dicho Conde; y considerado que para conservar la autoridad de 
la justicia, que tanto importa, y para que se pueda pasar ade- 
lante en esta causa, conviene que el dicho Conde se presente 
en las cárceles desa ciudad, he acordado que para esto se le 
señale término de cuatro meses; con declaración que si se pre- 
sentare, le haréis poner en prisión decente á su edad y cualidad, 
teniendo también consideración á los delictos de que está indi- 
ciado. Y así os encargo y mando lo hagáis ejecutar, y que por 
ningún caso se haga, de nuevo, procedimiento alguno contra la 
persona ni hacienda del dicho Conde ni en la causa. Y luego 
que se hubiere presentado en la forma dicha, me lo avisaréis y 
cómo le tenéis preso. Y si no se "presentare en la cárcel dentro 
del término señalado, me lo avisaréis asimismo, con lo demás 
que hubiere en la materia, sin proceder en ella más adelante, 
como arriba queda dicho; á fin que visto y entendido lo uno y 
lo otro, yo ordene lo que convenga en esta causa. De San Lo- 
renzo el Real, á i8 de agosto de 1618. — Vo el Rey. — López, se- 
cretario. 

DOCUMENTO LXXXVI 

En carta del marqués de la Laguna, consejero de Estado, para el Duque, 
virrey de Ñápeles, fecha en Madrid á 20 de julio de 1618. (a) 

Vuecelencia me tiene cada día más obligado, que nunca se 
cansa de hacerme merced; que la cadena y medalla y las dos 
piezas de gorguerán que me trujo D. Francisco de Quevedo 
(beso á vuecelencia muchas veces las manos), que todo es como 
de su mano. Todo lo que tocare á vuecelencia que yo entendiere 
de cosas suyas, no tiene vuecelencia qué agradecerme, pues pue- 
de estar muy cierto que le he de servir de muy buena gana; y 
remítome á D. Francisco de Quevedo si lo hago y lo haré siem- 
pre. Y suplico á vuecelencia se me mande; y lo que se ofreciere 
de vuecelencia holgaré lo sepa yo antes que se sepa en el Con- 
sejo, porque no falte de hallarme en él. También he pedido un 
negocio á D. Francisco de Quevedo que suplique á vuecelencia 
de mi parte, como él dirá, porque labro una casa y hé menester 



(a) Se copia en los cargos hechos al Marqués en la causa del duque 
de Osuna; acusándole la Junta de solicitar él mismo los regalos, y tomar 
en dinero lo que había pedido en otras especies. — Documento original. 



Obras de Quevedo 267 



ser ayudado en lo que hr.biere lugar. Vuecelencia me hará mer- 
ced. 

DOCUMENTO LXXXVII 

Carta al duque de Osuna, de Luís de Córdoba, su camarero, (a) 

A 22 déste llegué aquí, y por el camino supe que su majestad 
había ido á Guadalupe; y sin salir del mesón donde me apeé, me 
partí para allá; y á la vuelta que venía le encontré en Velada, 
donde di el pliego que traía al señor duque de Uceda, diciéndole 
que sólo me enviaba vuecelencia con ese despacho. Recibióme 
muy bien; preguntóme cómo quedaba vuecelencia; y después de 
haberle respondido, le dije «que si para su servicio convenía que 
vuecelencia se partiese á España, se partirá al mismo punto que 
su excelencia avise; y que en su pliego venía carta para su ma- 
jestad, en que vuecelencia pide licencia; que si á su excelencia 
le parece dársela y pedírsela, que al momento que vuecelencia 
la tenga se partirá; y sin ella, como importe á su servicio.» Res- 
pondióme, mostrando mucha alegría: «¡No hay tal amigo como 
el duque de Osuna! y estimo más tenerle por amigo que el puesto 
que tengo; sí, á fe de caballero.» 

Dije, como vuecelencia me mandó, «que si estos señores de 
Lemos tratasen de escrebir algo sobre lo que subcedió, que vue- 
celencia tiene por amigos los mayores señores de Inglaterra, Ale- 
mania, Flandes y Francia; donde podrá ir el Marqués, mi señor, 
y el Almirante y el duque de Cea, cada uno de por sí, y poner 
en todas estas partes carteles contra los qu'ellos hicieren, tra- 
tándoles como merecen, diciéndoles que son unos bellacos, in- 
fames, traidores á Dios y al Rey, desafiándolos; y que para esto 
tiene vuecelencia ahí cuatrocientos hombres particulares, capita- 
nes y alférez, y entretenidos hombres, de quien se puede fiar que 
irán sirviéndoles y guardando sus personas. Y en cualquier tierra 
déstas donde esto se hubiere de hacer, escribirá vuecelencia á 
sus amigos que, en cada lugar donde se hubiesen de poner los 
carteles, tengan apercebidos cuatro mil hombres de guerra á 
mandado destos señores, para lo que se les ofreciere. Y qu'esto 
será muy fácil para vuecelencia, y se podrá hacer estándose su 

(aj Traslado auténtico hecho ea 1 621, que teugo á la vista, y se 
trajo á la causa del Duque. 



268 Documentos 



excelencia despachando, dando á entender á todos que no sabe 
nada desto, antes mostrando pesarle dello, dando á entender que 
procura quietarlo.» Respondió que «guardase Dios á vuecelen- 
cia, que tan bien estaba en todas las cosas, que prevenía lo que 
podía suceder; que lo estima en mucho, y que toda la merced 
que le hacía vuecelencia se la debía á lo mucho que su excelen- 
cia le deseaba servir; que no era menester nada, que Dios les 
había castigado como merecían.» Mostróse tan agradecido desto 
y díjome tantas cosas, que no se las sabré encarecer á vuecelen- 
cia. Dije que vuecelencia me había dicho que dijese á su exce- 
lencia <íque desto ni de ningunos negocios del reino, don Francisco 
de Quevcdo no había de saber ?iada; porque en cartas que había 
escrito á vuelencia se contradecía, escribiendo unas veces que 
el señor duque de Lerma lo podía todo y que su excelencia no 
podía nada, y otras veces decía que su excelencia lo podía todo 
y su padre no podía nada.» 

Desto se rió mucho el duque de Uceda, y díjome que «le 
tenía por hombre fácil; y que á su excelencia le subcedía con él 
lo mismo; y que eso nacía de su facilidad, dando crédito á lo 
que oía decir por las calles.» Dije cómo había escrito vuecelencia 
que en cumpliendo los tres años que no estaría más ahí; y cómo 
vuecelencia está determinado, en cumpliendo, á venirse, aunque 
vuecelencia no tenga orden de su majestad para ello; porque 
vuecelencia no es de los hombres que han de estar atenidos á 
que picaros digan: «¿Cómo no se va el duque de Osuna, que 
ya está acabado su gobierno?» Respondióme que me viniese 
aquí, que su majestad había de ir un día después de Todos San- 
tos al Pardo; que yo fuese allá, que hablaría largo conmigo. 

Dije cómo en su pliego enviaba vuecelencia carta y poderes 
al Marqués, mi señor, para que gobernase los estados de vuece- 
lencia; que si á su excelencia le parecía dárselos, y si no que hi- 
ciese lo que mejor le pareciese. Respondióme que hasta que me 
volviese á ver con su excelencia que no dijese nada al Marqués, 
mi señor. Díjele cómo vuecelencia me mandó que supiese de su 
excelencia qué gustaba que dijese á qué había venido, porque 
tenía orden de vuecelencia de no salir un punto de lo que me 
dijese. Díjome que dijese á los que me lo preguntasen, «que ha- 
bía venido á ver al Marqués, mi señor, y á mi señora la Mar- 



Obras de Quevedo 269 



quesa, y á tratar si había alguna orden del desempeño de vue- 
celencia;» y que lo mismo dijese al Marqués, mi señor. 

Después desto fui á ver al Marqués, mi señor, y una carta que 
traía de vuecelencia para su señoría no se la di, por si en ella 
decía algo de los poderes que vuecelencia le enviaba, ó de lo 
demás que vuecelencia escribía al señor duque de Uceda. Pre- 
guntóme su señoría si le traía cartas; díjele que por ser yo el 
mensajero, por eso no había escrito vuecelencia. Preguntóme 
que á qué venía; respondíle conforme á la orden que me dio el 
señor duque de Uceda. Volvióme á querer apretar, y yo siempre 
le respondí de la misma manera. Secóse su señoría conmigo, y 
volvióme las espaldas sin mirarme ni decirme nada. — A mi se- 
ñora la Marquesa di una carta que traía de vuecelencia y otra 
de mi señora; está su señoría muy linda. Dios la guarde. 

Al Almirante ni al duque de Cea no he dado las cartas de 
vuecelencia, porque así me lo ha mandado el duque de Uceda. 
Á D. Andrés Velázquez, y Luís Álvarez, y Sebastián de Aguirre, 
y contador Lubiano di las cartas de vuecelencia, y les dije lo 
que vuecelencia me mandó; que deso y de lo que me ordenare 
el señor duque de Uceda no saldré un punto. — Después de ha- 
berme visto en el Pardo con su excelencia, si me despachare 
me iré sin detenerme un punto; y si no escribiré á vuecelencia 
dándole cuenta de lo que resultare. 

Ya habrá sabido vuecelencia cómo el conde de Lemos par- 
tió de la corte con su casa para Galicia. El Cardenal de Lerma 
está en Lerma: unos dicen que fué con su gusto, otros que le 
hicieron ir; no sé qué se puede creer. El señor duque de Uceda 
es solo el que negocia, y muy á satisfación de todos, como vue- 
celencia debe saber. 

Aquí ha venido nueva qu'es muerto D. Alonso Idiáquez, y 
por su muerte ha vacado una encomienda de ocho ó diez mil 
ducados. Luego que lo supo el Marqués, mi señor, envió á Juan 
Ladrón (a) al señor duque de Uceda para que la pidiese á su 
majestad; no sé lo que respondió, ni otra cosa de qué^ poder 
avisar á vuecelencia, á quien nuestro Señor guarde muchos años 



(fl) Juan Ladrón de Guevara, criado del duque de Osuna, le sirvió 
desde su niñez .y en í'landes: y al partir el Duque para Italia, quedó de ca- 
marero de su hijo. 



270 Documentos 



con mucha salud para honra de España. De Madrid y octubre 
30 de 1618. — Esclavo de vuecelencia, Luís de Córdoba Somonte. 

DOCUMENTO LXXXVIII 

Parte dado por el regente D. Felipe de Haro, á 10 de diciembre 

de 1618. (rt) 

Este papel se envía á su majestad con consulta de 10 de di- 
ciembre 618, donde se cita. — El regente D. Felipe de Haro dijo 
que anoche, 10 déste, le había enseñado Sebastián de Aguirre 
una carta de Ñapóles de i.° de noviembre, y que el que la trajo 
le dijo que era un criado del Duque, que partió de Ñapóles á 
las seis; y que la carta dice que el Duque estaba indispuesto de 
una fuente que le habían hecho aquella mañana. Y que asimis- 
mo el que la trajo refería que se había hallado en Ñapóles al 
tiempo del rumor que había sucedido en Ñapóles; que había sido 
cosa muy ligera y casual, tanto, que cuando el Duque llegó no 
tuvo qué hacer, porque estaba todo sosegado. Y que las falucas 
que salieron con gente armada, salieron á encontrar á D. Fran- 
cisco de Quevedo, que iba desta corte. Por lo cual el dicho Re- 
gente fué de parecer que se suspendiese el dar cuenta á vuestra 
majestad, hasta que haya correo del Duque ó venga el ordinario; 
de quien se sabrá por muchas partes lo cierto de lo que en esto 
ha sucedido. — DoJí Felipe de Haro. 

1620 

DOCUMENTO LXXXIX 

Carta del marqués de Peñafiel á su padre el duque de Osuna. (/5) 

Padre y señor mío: D. Francisco de Quevedo me ha presta- 
do docientos ducados para hacer un vestido para ir á recibir á 
vuecelencia; á quien suplico se los mande pagar, y le agradezca 



(«) Archivo general de Simancas.==:Estado, — Secretarías provincia- 
les, legajo núm. 13. — Ñapóles. 

{b) Autógrafo y de pésima letra. 

La junta que desde los primeros días del reinado de Felipe IV pro- 
cesaba al duque de Osuna, halló entre sus papeles este documento y el XC; 
y con ellos formó pieza separada, anhelando apoderarse de los ocho mil 
cuatrocientos reales á que la cédula de 25 de febrero de 1621 se refiere. 

Originales tengo sobre mi mesa los autos que autoriza Lázaro de los 
Ríos, del Consejo de su majestad y su secretario y de la junta de los duques 
de Uceda y Lerma. 



Obras de Quevedo 271 



haberme socorrido en ocasión tan forzosa; que me hará muy 
gran merced vuecelencia, á quien Dios me guarde, padre y señor 
mío, como deseo y hé menester. De Madrid, á 8 de julio 1620. 
— Su hijo de vuecelencia. — V. El marqués de Feñafiel. 

1621 
DOCUMENTO XC 

Carta de Quevedo al duque de Osuna. («) 
f Excelentísimo señor: Cuando partí de Ñapóles dije á vuece- 
lencia cómo en mi poder estaban cinco mil ducados de los ocho 
que el Consejo dio para la boda del Marqués, mi señor, y ocho 
mil reales y cuatrocientos más que me quedaron de la cuenta 
que di en la contaduría de vuecelencia, del gasto de la boda. 
Vuecelencia dijo que yo me los tuviese. Envió vuecelencia al ca- 
marero de allí á año y medio con orden que cobrase de mí los 
cinco mil ducados; díselos el propio día. Han quedado en mi 
poder los ocho mil cuatrocientos reales. Y como estoy preso y 
desterrado, y con más rigor que ha estado caballero jamás, y 
cada día se ve peor condición en mi carcelería, he querido 
traer esta deuda á la memoria de vuecelencia para que yo acabe 
esta cuenta y dé satisfación, como es justo y lo debo hacer como 
y cuando vuecelencia mandare; certificándole que he de vivir 
y morir á sus pies en todo tiempo, conforme á mi obligación. 
Nuestro Señor guarde á vuecelencia, como deseo y he menester. 
Uclés: 25 de febrero de 162 1.— Excelentísimo señor.— Besa á vue- 
celencia la mano su criado Don Francisco de Quevedo- Villegas. 

DOCUMENTO XCI 

Párrafos de cartas del cardenal Zapata al conde de Benavente, 

desde Ñapóles, á 20 de mayo de 1621. (í^) 

Vuecelencia conoce del proceder de Osuna lo poco que se 
puede fiar si se escapase. Conviene, ya que se resolvió el dete- 
nerle, poner grande cuidado para que no se vaya; y por el servi- 
cio de Dios y del Rey nuestro señor^ lo aviso á vuecelencia. Y 



(a) Encabeza los autos de que se hace mención al pie del documen- 
to LXXXIX. 

{^b) Copia auténtica, que acompaña á un decreto original del rey don 
Felipe IV. 



2/2 Documentos 



si fuere menester darme por autor dello, vuecelencia lo hará 
adonde fuere necesario... 

Grandes poltronerías se descubren de los que aquí han sido 
ocupados estos años. A D. Francisco de Quevedo quisiera tener 
por acá, y á algunos de los criados de Osuna. Dígame vuecelen- 
cia si se escribirá lo que contra ellos se hallare. Aquí está un 
padre Caballo, clérigo menor, que era el trujamante de mili co- 
sas mal hechas. Creo que fuera bien echarle mano con autoridad 
del Papa, y hacerle confesar; que dirá muchas cosas. Y aun á 
ese obispo de Urgento fuera razón apretarle, que lo merece. Há- 
gase justicia; que bien cobrará su majestad algunas partidas, que 
buena la llevó Uribe, y era bien aplicarla á gastos de guerra. 

DOCUMENTO XCII 

Adquiere D. Francisco de Quevedo el señorío de la villa de la Torre 
de Juan Abad. 

En el antiguo camino real de Madrid á Andalucía, dos le- 
guas antes de llegar á Sierra-Morena y en terreno hacia ella in- 
clinado, parte llano, parte montuoso, y todo de color bermejo, 
tiene asiento la Torre de Juan Abad. Contábase en el tiempo á 
que todas estas noticias se refieren, entre las poblaciones del 
reino y arzobispado de Toledo, provincia de Castilla, arcedia- 
nazgo de Alcaráz, partido del Campo de Montiel, cuya gober- 
nación residía en Villanueva de los Infantes. Confina por el 
cierzo con los te'rminos de Valdepeñas, Castellar de Santiago, 
Cózar y Alcubillas; por oriente con los de Montiel, Almedina y 
Puebla del Príncipe; por mediodía con los de Villamanrique, 
Chiclana de Segura y Santisteban del Puerto; y se enlaza por 
occidente á los del Viso, Santa Cruz de Múdela y Torrenueva. 
A media legua hacia esta parte nace el río que dicen la Cañada- 
Santa-María, dando movimiento á trece molinos harineros y fer- 
tilizando algunas huertas de pocos árboles, destinadas á produ- 
cir linos, cáñamos y verduras, cuyo diezmo importaba sobre mil 
reales cada año. Cruzan el término al occidente el seco Guada- 
lén, que absorbe los veneros de la Cañada-Santa-María; al sud- 
este el caudaloso Guadarmena, y al norte el invernizo Jabalón, 
todos á mucha distancia de la villa; en la cual y sus alrededores 
no faltan abundosas fuentes, y pozos ya de dulces, ya de salo- 



Obras de Quevedo 273 



bres aguas. Las dehesas de Zahora, Montizón, los Hitos (por 
donde pasaba la vía romana de Mérida á Zaragoza), las Navas, 
Santa Gadea y otras dos más crecían cumplidamente, no los 
propios de aquellos habitantes, sino las rentas de los comenda- 
dores de Chiclana y Segura y del mayor de Castilla, de la mesa 
maestral de Santiago y de varios pueblos convecinos. Era ocu- 
pación de aquellos moradores la labranza y crianza de ganados; 
los frutos de su trabajo y riqueza eran el trigo, la cebada, el cen- 
teno y el vino; de todo pan diezmábanseles tres mil fanegas, y 
subía en arrendamiento el diezmo del ganado á ciento cuarenta 
mil maravedís; en fin, las personas ociosas é hidalgas recreábanse 
con el ejercicio de la caza de liebres, perdices, jabalíes, corzos, 
venados y tal cual oso, no raros por las guájaras y fragosidades 
próximas á Sierra-Morena. Contaba en su jurisdicción hasta cien- 
to noventa y cinco quinterías ó casas de campo; y en el camino 
real de los carros, la venta del Villar, muy frecuentada de tra- 
ginantes de Granada y Sevilla, manchegos y castellanos, que pro- 
veían el pueblo de cuanto le faltaba, sobre todo de aceite, frutas 
y maderas de pino, llevándolo de Baeza, Jaén, Veas y de las 
sierras de Alcaraz y de Segura. Algunos escoriales y pozos mos- 
traban haberse beneficiado minas en otro tiempo; mientras daban 
testimonio de cuan habitada estuvo aquella comarca grandes 
rastros de fortalezas, aldeas, monasterios y alquerías en las dehe- 
sas ya citadas, y cierta manera de población en los sitios de Vi- 
llalgrado, Almonecí, Fuente del Álamo y San Pedro del Sabinar." 
Pero las más famosas antiguallas del término eran las Torres de 
Xoray y el castillo de Montizón. 

Destruida, y á media legua de la Torre de Juan Abad, se ve 
aquella fuerza de moros, hecha con tierra, cal y arena, de tapie- 
ría, que por vecina ó por haberse fundado en el sitio de algún 
lagarejo, alcanzó semejante nombre; eso quiere decir xoray en 
lenguaje africano, jaráiz, que decimos nosotros. — El hermoso 
castillo de Montizón, perteneciente á la encomienda de Chicla- 
na, álzase una legua hacia el sudoeste, en cierta seiTezuela de 
peña viva, frontera de otra, que estrecha y hace levantar mucho 
ruido al río Guadalén. Sobre las ruinas del que los árabes llama- 
rían Montíxón, y los latinos Mons-mentesaiuis, fundóle el maes- 
tre de Santiago D. Pelay Pérez Correa, por lósanos desde 1248 

35 



274 Documentos 



á 1270; casa fuerte con su barbacana altísima, cerca de cal y 
canto almenada, erguidas torres, y la del homenaje muy gracio- 
samente labrada, puente levadiza, puertas de hierro con pesados 
cerrojos, aljibes que recogen el agua del cielo, cárcel, caballerizas 
y mazmorras, horno y tahona, iglesia donde parecen las imáge- 
nes del desenclavamiento de la cruz y nuestra Señora del Rosa- 
rio, estrechas escaleras, voladizos para tomar el sol, grandes cua- 
dras, sin que les falten zaquizamíes, aparadores y chimeneas; 
todo de linda traza y ricos adornos, robusto y de buen aire, como 
edificio del siglo XIII, erigido por el valeroso Maestre á quien 
cupieron tantas riquezas en la conquista de Sevilla. Por último, 
allí se guardaban hacia los años de 1575 no pocos pertrechos 
de guerra, en paveses, cascos, yelmos, coseletes, ballestas, arca- 
buces y culebrinas. 

Consistían las otras defensas del territorio en los castillejos 
de la Dehesa y de la Cabeza del Buey, en las dos atalayas de la 
sierra del Cabrón, que se decían los Angadiles, y en la torre de 
la Higuera, media legua hacia el sur, próxima á dos fuentes, una 
famosa por las excelentes sanguijuelas que cría. 

No conservaba en el siglo XVI la población vestigios de sus 
muros y cerca; las casas, en número trescientas, de otros tantos 
vecinos, cuáles eran de tierra y escorias de fierro, cuáles de pie- 
dra labrada y mampuesto, con portadas arquitectónicas. Buena 
iglesia parroquial, bajo la advocación de Santa María de los 
Olmos (con un cura de la orden de Santiago y un capellán del 
hábito de San Pedro); á media legua hacia poniente, la capaz y 
bien trazada ermita de nuestra Señora de la Vega, en lo antiguo 
monasterio de frailes, donde puso un excelente retablo el famoso 
poeta Jorge Manrique; y el edificio de la tercia — componían los 
principales del lugar; el resto completaban dos hornos, dos tien- 
das, un hospital para recogimiento de pobres pasajeros, y otras 
cuatro ermitas de santa Bárbara, san Pedro, san Miguel y San- 
tiago. Junto á ella se descubrían muchas notables ruinas romanas 
de xorayces ó lagares, silos, pozos de piedra, y los vestigios de 
la torre con sus dos cavas y foso, cuyo fundador," dueño ó al- 
caide, el \iViQXi Johan Abbad, defendiéndola contra muchedumbre 
de enemigos, hubo de dar nombre á la villa. Tenía ésta por 
armas y blasones una torre con sendas encinas y hachas á los 



Obras de Quevedo 275 

lados. Antigua, de mucha autoridad, de honrados vecinos (todos 
labradores, salvo algunos oficiales menestrales), con once casas 
y familias hidalgas, sin que la envaneciesen mayorazgos ni linajes 
ilustres, preciábase, al comenzar el siglo XVII, de tener veinte 
leguas en contorno de término y jurisdicción, seis de largo y 
cuatro de ancho, valiendo cuarenta mil ducados su propiedad, 
y decían que mil quinientos la estimación de lo útil y honorífico. 

Si algún viajero gustase de conocer su historia, y alguien 
entra en curiosidad de oir cómo vino, siendo pueblo eclesiástico, 
á poder de Quevedo, agradézcame el penoso trabajo que he 
puesto para reunir las siguientes noticias, por más que el relato 
le parezca largo, descosido y minucioso. 

De aquel territorio ninguna se halla anterior al tiempo en 
que le oprimían romanos y cartagineses, disputándose el dominio 
de España. Poseíale entonces la poderosa tribu de los oretanos, 
llamada así de O reto, su primera capital, cuyas ruinas (por bajo 
de Granátula y el río Javalón, en la ermita de nuestra Señora de 
Oreto) aún conservan el antiguo nombre. Ocupaban los oretanos 
cuanto hay desde Puertolápiche á Cazorla, y desde el Zuja hasta 
el río Mundo, partidos en tres capitanías, de que eran cabezas 
otras tantas graneles ciudades, á saber: la misma de Oreto, y las 
de Cdstulo y Mentesa, adscritas en la división de Augusto á la 
provincia Tarraconense y al convento jurídico de Cartagena, y 
después sillas episcopales, cuando la santa luz del Evangelio se 
difundió por las regiones españolas (i). 

Mentesa estuvo muy cerca, y á la parte donde sale el sol, de 
la actual Villanueva de la Fuente (siete leguas al este asimismo 



(i) Confinando con los Celtiberos, extendíanse (en mi opinión) los 
Oretanos desde Miuaya, por Villarrobledo, Peñarroya y Castillo de Cervera, 
hasta Villa-harta de San Juan. Partían lindes con los Carpetanos en el sitio 
de las Labores, subiendo luego cerca de Urda y bajando por la orilla de 
los ríos BuHaque y Guadiana hasta la desembocadura del Zuja. Ya desde 
aquí vecina de los Tr'irciulos la Oretania, les dejaba á ellos las cumbres 
de Chillón, Almadén y Fuencaliente, la confluencia de los ríos Guadalimar 
y Guadalquivir, y parte de los montes que se elevan al oriente de Jaén. 
De allí arrancaba en seguida la línea divisoria de la Oretniíia y Bastitania 
(región esta última de tribus fenices), siendo frontera bastitana los pueblos 
que hoy conocemos con los nombres de La Guardia (antes también Men- 
tesa), Buesa (Ossamenta), Castril (Arcátel), Segura de la Sierra (SectiraJ, 
Chiclana, Siles, leste (Sería) y Bogarra (Bigerra). 



2/6 Documentos 



de la Torre de Juan Abad), en el camino hercúleo, que, par- 
tiendo de Cádiz, llegaba hasta Roma; colocada entre Mariana 
y Libisosa, hoy el despoblado de Mariena, inmediato á Puebla 
del Príncipe, y la villa de Lezuza (i). Hé aquí los límites del 
obispado de Mentesa, como aparecen de la hitación que lleva 
el arbitrario título de Wamba, breve apuntamiento de persona 
curiosa, hecho en el siglo VII, y después aumentado, adobado y 
refundido en el XI por el fabulador obispo de Oviedo D. Pelayo- 
Con la parroquia de Bastra (Villa-harta de San Juan) tocaba al 
Oretano; quedándole á éste PuUxena, ó mejor dicho Pólis-tena, 
ahora dehesa de Zaca-tena. Con Lila, tal vez Casa de Lipa, al 
sur de Villarrobledo, llegaba á la linde de la diócesis Ergavi- 
cense; á la de Valeria, en Nínar, que puede ser Minaya; y á la 
de BiGASTRO, por las orillas del río Mundo, no lejos de Serta, 
de quien hace mención el geógrafo Al-Edrisi, y presumo debió 
de estar en Xartos, villar próximo á leste. Avecinábase á la 
iglesia de Acci, frente de la bastitana Secura (Segura de la Sie- 
rra); y por los términos de Cástulo (después trasladada á Beatia 
en el siglo VII) volvía á unirse con la de Oreto en Eciga, quizá 
Elyga lo mismo que Iluga, que es Santistéban del Puerto; en una 
palabra: la silla de Mentesa abrazaba lo que es ahora Campo 
de Montiel y partido de Alcaraz. 

Además de los de Libisosa, Mariana, Bastra, Lila, Nínar y 
Eluga, eran pueblos suyos: Cervaria, que aún subsiste en el cas- 
tillo de Cervera, sobre el Guadiana y á la izquierda del río Zán- 
cara; Muro, entre Argamasilla de Alba y Manzanares; Marmel- 
laria, actualmente La Membrilla; Anenseinarca (voz de la baja 
. latinidad y, por aventura, sinónima de Anistorgis), hoy el casti- 
llo de Alhambra; Laminio, que existió en el cerro de la Mesa, 
junto á las lagunas de Ruidera; Capiit fliiminis Anae, orillas del 
naciente río Guadiana, muy cerca y al occidente de la Osa de 
Montiel; Sálica, llamado en la edad media El Salidiello, entre 
la Osa, Lezuza y Villanueva de la Fuente; Mont-Ello, Montiel; 
Salaria, en las aldeas de Montizón; y Turres, á una legua de 



( I ) El pretor Gayo Mario fundó á Mariana más de cien años antes 
del nacimiento de Cristo, para perseguir á los salteadores que infestaban 
la comarca, y tener la llave de los que vinieron á llamarse Montes Alaria- 
nos y decimos Sierra-Morena. 



Obras de Quevedo 277 



Santa Cruz de Múdela, y otra de Torre-Nueva, en la ermita de 
nuestra Señora de las Virtudes. 

Éstas quizá fueron las primeras de una serie de romanas to- 
rres, de que formaban parte las que se llamaron después Cas- 
tellar de la Mata ó de Santiago, Castillo de Montizón, Torres de 
Xoray y Torre de Juan Abad (i). 

(i) Diré los fundamentos con que fijo el sitio de estas diecisiete po- 
blaciones antiguas, dando razón de otras que existían en la edad media. 
Descubrí el verdadero de algunas estudiando, sobre exactísimo plano geo- 
métrico de aquellos contornos, el Itinerario de Antonino Augusto y el de 
los tres vasos de plata hallados el año de 1852 en Vicarello, donde fueron 
las Aguas Apolinares, á treinta y cuatro millas de Roma. 

— En la vía hercúlea, descrita por ellos, que llegaba hasta Roma par- 
tiendo de Cádiz, las cuatro mansiones últimas de las siguientes eran niea- 
tesanas: 



Castulone. 
Ad Aíoruin. 
Ad Solaría. . 
Mariana.. . 
Mentes A.. , 

LlBISOSA. . . 



MP. XXIV 
XIX 
XX 
XX 
XXIV 



Aún fácilmente puede el viajero seguir por esta parte los vestigios del fa- 
moso antiguo camino; y sabiendo que cada milla equivale á 1800 varas cas- 
tellanas, y que en los cortijos de Caziona, á la derecha del río Guadalimar, 
estuvo Castillo, encontrará la segunda mansión por bajo de las Navas de 
San Juan; la tercera junto á las Aldeas de Montizón, en el paraje que nom- 
bran el Zadorio, donde parten términos las villas de Sautistéban del Puerto, 
el Viso y la Torre de Juan Abad; la cuarta en las ruinas, ermita y arroyo 
de Alariena, inmediatos á Puebla del Príncipe; la quinta en Villanueva de 
la Fuente, y la postrera en la villa de Lezttza. 

Según el Itinerario de Antonino, en el camino de Mérida á Zaragoza 
tenían los mentesanos tres mansiones, con la de Mariana ya conocida, no 
cabiendo la menor duda sobre dónde estuvieron: 
Carcubinni. 

Ad turres XXVI 

Mariana XXIV 

Lamíni XXX 

Alces XL 

Carcubium es Caracuel; Alces, Alcázar de San Juan. 

En la carretera de Toledo á Laminio, á veintisiete millas de esta po- 
blación y veintiocho de Consuegra, también era propio de los mentesanos 
MuRUM; é igualmente Caput fluminis Anae, á siete millas de Lami- 
nio, en otro camino que iba desde esta ciudad á Zaragoza. 

— Por Ptolemeo se sabe dónde estuvo Cervaria, observando, sobre 
una línea que se imagine tirada desde La?niniuin á Libisosa, que tiene la 
misma colocación la muy antigua fortaleza de Cervera. 

— En piedras escritas se leen los nombres de estas tres ciudades: Co- 
lonia LlBISOSANORUM, MUNICIPII LAMINITANI y MUNICIPIUM Ilugo- 



278 Documentos 



Dos leguas de este último, hacia el oriente, había otro muy 
antiguo y bien pertrechado pueblo, cuyo primitivo nombre se 
ignora. Los árabes, poniéndole el antonomástico de Al-mcdínat, 



NENSE. Una inscripción inédita nos da también noticia de un colegio 
Anense; hállase á la puerta de la parroquial de Alhambra, y la estatua 
romana existe allí todavía: 

«Esta memoria pusieron á Alia Cándida, hija de Marco, procurándolo 
su madre Macedónica, el colegio (quizá de agrimensores) de Anensemarca, 
y sus clientes y libertos.» 

— Combinando los límites de las actuales diócesis eclesiásticas con los 
que nos ha conservado la ya referida hitación de Wamba, y con los que 
tuvieron las varias regiones oretanas, carpetanas, celtibéricas y bastitanas, 
según se deducen de Estrabón, Plinio y Ptolemeo, he señalado el sitio muy 
probable de Bastra, Lila, Ninar y EciGA (á quien tengo por la Elinga 
de Polibio, la Iluda de Tito Livio y el Hugo de la inscripción de Santis- 
teban del Puerto). 

— El Anónimo Ravenate nos da noticia de Martnaria (Marmellaria 
ha de leerse), describiendo el camino desde Consuegra á Navas de San 
Juan. Son sus palabras: Ite?n civitas Consabron, Moroin, Laniitn, Alarma- 
ría, Solaría, iMoruni. Las dos últimas notas que sobre este pasaje propone 
D. Miguel Cortés y López, en la pág. 382 del primer tomo de su Diccio- 
nario de la España antigua, van, como casi siempre, fuera de todo razona- 
ble discurso. 

— Por el Bularía de la orden militar de Santiago de la Espada sabe- 
mos el verdadero nombre, así de Marmellaria, después Membriella y 
ahora La Membrilla, como de Mont-Ello, hoy Montiel. 

A la jurisdicción de Montiel, y, por consiguiente, al obispado Mentesa- 
no, según bulas y privilegios de la orden, pertenecían en el siglo XIII ade- 
más veintitrés antiguos lugares, que importa no olvide el historiador. He- 
los aquí: la Torre Vejezaíe, una legua al noroeste de Socuél laníos, junto 
al río Záncara. — La Roydera, en las célebres lagunas del Guadiana. — La 
Aljezira de Guadiana, en las mismas; y es el castillo por antonomasia lla- 
mado de Rochafrida, de quien canta el romance viejo que 

«Por agua tiene la entrada » 

Y por agua la salida», 

puesto sobre una isla que se hace en medio de la laguna de la Colgada; y 
allí parten términos Aihambra y la Osa de Montiel, por bajo de las ruinas 
de Laminio. Conquistóse en tiempo del primer maestre D. Pedro Fernán- 
dez, hacia los años de 1180. — Soutellum, en la orilla del río y en el dis- 
trito de Alhambra. — Alcohelas ó Alcobiella, Alcubillas. — Carrizosa. — Fons 
planus, la Fuente plana, Fuenllana. — Moraleia, más adelante Moralexa, 
Villanueva de los Infantes. — Jámila, despoblado á una legua corta de allí, 
junto al Jabalón. — Torres.— Cannamares. — Cannamareío. — Terrinches. — 
Borralista, en la dehesa de Burgelista, á tres leguas de Montiel. — La Fuente 
del Maiello, ahora del Maguillo, media legua de esta población, tomó el 
nombre Mah-Ello (Aguas de-Ello) de un gran golpe de agua que allí nace 
y por arcaduces encañado surtía en lo antiguo á Montiel. (Ello). ¡Cuánto 
deliró quien trajo aquí la Munda celtibérica! — Castellum de Santo lacobo, 
ó sea de Sant laque: el que, reconstruido por el maestre D. Pelay Pérez Co- 
rrea, después se llamó de Montizón. — Cernina, esto es Saturnina, termi- 



Obras de Quevedo 279 



establecieron en él la capital del territorio mcntesano cuando, 
como parece verisímil, fué juntamente con la de Ordo asolada 
esta silla episcopal, durante el siglo VIII, en las primeras gue- 
rras civiles de los invasores (i). Arruinada pues ó enflaquecida 



nillo perteneciente también á la Torre de Juan Abad. — Odcs, entre ésta, 
Montiel y Almádina. — Bcllmontejo de la Sierra, hoy Villamanrique; mudó 
nombre cuando, en 1474, la hizo villa D. Rodrigo Manrique, maestre de 
Santiago. — Castelluin de Paterno ó Paterna, Villar de la Casa Paterna, 
en la jurisdicción de Albaladejo de los Freires. Pudo en remotos siglos 
llamarse Paterniana y ser quizá distinto pueblo del que Ptolemeo pone 
en los carpetauos. — El Finóte, ceros, áe Terrinches. — Turra y Gtirgugt 6 
Gorgojí, entre Montiel, Villanueva de la Fuente y Alcaraz, á cuya ciudad 
pertenecen. 

— Por último, el Campo laininitano, que se llamó luego Campo de 
Montiel, no contaba ya en los tiempos de Felipe II sino veintidós po- 
blaciones, todas villas, con excepción de cuatro, que eran aldeas: — A/ontie/, 
donde fué muerto el justiciero rey D. Pedro; sus aldeas de Torres, Caña- 
mares y Sania Cruz de los Cáñamos; habiendo dejado de ser anejos suyos, 
con hacerse villas, la Osa, al pie de las sierras de Alcaraz, y en cuyo tér- 
mino está la célebre cueva de Motitesinos; Villanueva de los Infantes (don 
Enrique de Aragón y D. Alfonso de Castilla, maestres de Santiago, el pri- 
mero de los cuales la hizo libre en 1421), residencia del vicario y del go- 
bernador de todo el distrito; Villahermosa, que antes se decía Pozuelo, 
exenta en 1444 y alabada por sus mujeres castas y por la limpieza de sus 
linajes; Alcubillas; Cazar, que, al decir de los naturales, en arábigo suena 
«Labor del hoyo»; y Puebla del Príncipe. — Alhambra (en lo antiguo He- 
rrera de los Montes Negros, que ponía en campaña ciento de á caballo, to- 
dos en corceles blancos), siendo la segunda de las tres cabeceras del campo 
de Montiel, hablaba tras esta villa en las juntas de partido; tenía á Carri- 
zosa por aldea; y un tiempo le pertenecieron también la Solana, rica en ba- 
tanes, y Fuenllana, patria de santo Tomás de Villanueva. — La Torre de 
jfuan Abad, última de tales tres cabeceras, había contado por aldeas suyas 
los pueblos exentos de Torrenueva, fundado en el siglo XV en las ruinas 
del que hubo en nuestra Señora de las Virtudes, á cuya ermita, por agrade- 
cimiento de hijos, van sus vecinos en procesión cada Pascua Florida; Cas- 
tellar de la Mata de Mencáliz, así nombrado por la mucha que tiene de en- 
cinas, robles, jarales, monte pardo y mata rubia; y Villamanrique, lugar 
pasajero, como puerto de la Mancha para el Andalucía. — Finalmente 
ignorábase que hubiesen jamás estado sujetas á otra población las de La 
Membrillo, renouibrada por sus tinajas y por la fertilidad de sus huertas; — 
Almedina, que conserva memoria de su amor al emperador Antonino Pío, 
patria de ingenios sobresalientes en teología, leyes, pintura y música; — Al- 
baladejo; — y Terrinches, que se jactaba de no ser Mancha, ni serranía (de 
Alcaraz y Segura), ni Sierra-Morena, estando de ellas cercada por todas 
partes. 

(i) Á mitad del siglo VIII subsistía Alentiza, contándose entre las 
principales ciudades de la provincia de Toláitola, según se ve en la división 
que hizo Jusuf el.Fehri. Cuando la reconquista, Villanueva de la Fuente, en 
cuyo término estuvo Mentesa, fué aldea de Alcaraz por merced de Alfon- 



28o Documentos 



Mentesa, prevaleció Almedina, hasta que los caballeros de la 
orden de Santiago, siendo maestre D. Fernando Díaz, ganaron 
á Montiel, diputándola por su plaza de armas y punto el más 
apropósito para enseñorearse de aquel campo (1184 á 1186). 
Ya, como frontera, no hubo en él una hora de tregua ni reposo: 
perdíase hoy lo que ayer se conquistó, para volver á recobrarlo 
mañana; las privaciones, terribles; los cuidados, grandes; los ma- 
les, sin cuento. Desde la toma de Montiel, tardáronse veintiséis 
años en domar las cumbres de Sierra-Morena y de Segura; y el 
día en que con la felicísima batalla de las Navas de Tolosa, ca- 
yendo los cristianos sobre Andalucía y trasladando allí el teatro 
de la guerra, pudo esperarse que los antiguos pueblos mente- 
sanos se levantarían de sus ruinas y volverían á florecer á la 
sombra de la paz, impidiéronlo é imposibilitáronlo contiendas 
civiles y luchas sacrilegas, asolando los lugares y dejando yerma 
la tierra. 

Por donaciones de los príncipes, y con autoridad apostólica, 
hubieron de adquirir los caballeros de Santiago y Calatrava, 
éstos las principales parroquias de la extinguida diócesis de 
Oreto, aquéllos las más florecientes del obispado de Mentesa; 
viniendo en cierta manera á dividirse la Mancha entre ambas 
órdenes militares. Y como el poder y la ambición no sufren 
competencia ni freno, los claveros aspirando á las primeras dig- 
nidades, y los maestres disputándose la posesión de un monte, 
de una aldea, de un castillo, para enriquecer á sus familias ó 
contrastar el poder del Monarca, pusieron infinitas veces sus es- 
tados en grave riesgo, empobreciéndolos siempre y haciéndolos 
pasar por todos los trances de la guerra. Las sacrilegas de 1328, 
en que fué quemada la villa de Miguel-Turra; las de D. Fadri- 
que el Bastardo, hermano del rey D. Pedro y maestre de San- 
tiago, cuando se rebeló en el fuerte de Segura; las de Montizón 
y Montiel, en 1422, por haber sido preso el infante y maestre 
D. Enrique de Aragón en el castillo de Mora; y finalmente, las 

so VIII, el de las Navas; luego san Fernando la di6 á la orden de Santiago 
en 1243; volvió después á la jurisdicción de Alcaraz; Enrique el Bastardo 
hiro merced de ella á la misma orden y á su maestre D. Gonzalo Mejía 
en 1369; y tornó á ser pueblo realengo (aun cuando algún tiempo presu- 
mió de behetría), con una célebre encomienda de la expresada orden, que 
rentaba líquidos 29,123 reales. 



Obras de Ouevedo 28 1 



del intruso D. Rodrigo A'.inrique hacia el año de 1446, contra 
el maestre D. Alvaro de Luna, en que fué entrada Alhambra y 
á sangre y fuego devastados aquellos confines, mostraron cuan 
importante era unir á la corona real el maestrazgo de las órde- 
nes militares, si habían de vivir y prosperar los pueblos. 

No hay que decir si en todas las revueltas y algaradas pade- 
cería la Torre de Juan Abad, siendo frontera de los caballeros 
de Santiago con los de Calatrava, puesto avanzado al pie de Sie- 
rra-Morena, y tránsito para el Andalucía y para las de Alcaraz 
y Segura. Destruida á mediados del siglo XIV; repoblada luego, 
según puede conjeturarse, por Juan González de Galarza, trece 
de la orden y comendador de Montiel; presa de las llamas, que 
devoraron su rico archivo en los trastornos del siglo siguiente, 
cuando tres magnates se disputaban el maestrazgo de Santiago 
y estaban resolviendo las armas si había de ocupar el solio es- 
pañol D.^ Juana la Excelente ó D.^ Isabel la Católica; emanci- 
padas sus aldeas de Torre-Nueva y Villamanrique; y amenazados 
el lugar y sus contornos de ser hechos dehesa por orden del 
maestre D. Rodrigo, mientras el insigne poeta Jorge Manrique, 
su hijo, comendador de Montizón, no cesaba de acometer, robar 
y destruir á los míseros y mal aposentados moradores de tan la- 
mentables ruinas, tuvo la Torre de Juan Abad que abrir su tér- 
mino, cerrado antes, y hacerle común á los más poderosos pue- 
blos del campo de Montiel y de la orden de Santiago, para que, 
en sus pleitos y guerras, la ayudasen y favoreciesen. Y con pos- 
terioridad al año 1477 pidió á D. Alonso de Cárdenas, último 
maestre, le supliese los antiguos y notorios privilegios: el cual lo 
hizo así, declarando se quemaron con la villa, que le constaba 
ser una de las tres cabeceras del Campo de Montiel; y tan anti- 
gua, que en las juntas de partido tenía tercer voto tras de Mon- 
tiel y Alhambra, con preferencia á las demás del distrito. Merced 
á la larga era de paz y felicidad que inauguraron los Reyes 
Católicos, vivieron de allí adelante los vecinos de Juan Abad 
entregados á la agricultura y ganadería; importábales un ardite 
ver cómo se iban desmoronando las murallas; y ya tan sólo, al 
festejar el día de la invención de la Cruz y los de San Nicasio y 
Santa Bárbara, cubria la gente en alegre tropel los próximos co- 
llados, pidiendo á Dios, solícita de los frutos de la tierra y de 

36 



282 Documentos 



la salud del pueblo, no le afligiese con peste ni langosta ni gra- 
nizo. Poco á poco fueron aquellos naturales olvidando los su- 
cesos prósperos ó adversos de sus mayores, confundiendo los 
tiempos y adulterando la tradición. Ya el labrador no empuñaba 
lo mismo la lanza que la podadera; ya no era libre de pechos y 
derramas reales y concejiles el vecino con armas y con caballo 
que valiera seis mil maravedís; ya la administración judicial y 
económica de la villa y sus mejoras materiales preocupaba úni- 
camente á los habitantes de la Torre de Juan Abad (i). Veamos 



(i) ¡Cuan desfigurada y envuelta en consejas y patrañas se encon- 
traba ya la tradición en iS75i cuando el severo y siempre obedecido Fe- 
lipe II les pidió larga relación de los hombres famosos que nacieron allí, 
y de los hechos dignos de memoria acaecidos en el pueblo y en sus cam- 
pos y montes! Dijeron que nunca tuvo personas señaladas ni en lo bueno 
ni en lo malo. Afirmaban que el animoso maestre de Santiago D. Pelay 
Pérez Correa puso una enramada de monte, al fundar el castillo de Monti- 
zón, para no ser visto de cierto rey moro y cinco mil moros dueños de Xo- 
ray, «ry hasta que estuvo fecho el castillo y quitada la enramada del monte 
non se vido.» Que las torres de Xoray se ganaron, puesta una emboscada 
en la Hoya de la Traición, y sorprendiendo á los cinco mil, que volvían 
con bastimentos de la ciudad de Alcaraz. Y que el pizorro Malgrado así se 
llamó por haber dicho el rey moro, al tiempo de morir en la emboscada, 
que entregaba de ?nal grado la fortaleza. Referían también que sus padres 
y abuelos platicaban haber tenido la Torre de Juan Abad mil docientos 
vecinos, y nada menos que veinticuatro dueñas de manto, con preeminen- 
cia que si se iba á hacer justicia de algún hombre, en llegando cualquiera 
dallas y echándole el manto encima era libre; y que todo se perdió luego 
que unos herejes quemaron y despoblaron la villa. Pero, sin embargo, por 
un medio singular (añadían) se salvó la memoria de sus franquicias y exen- 
ciones. Vino á morar entre las desiertas ruinas un Juan de Montiel, hom- 
bre valeroso y comendador del hábito de Santiago, quien solo con su mu- 
jer, cuyo nombre era la Morcilla, celebraba cabildo y concejo, hacía escri- 
turas y poderes, sustentaba las libertades patrias y extendía los acuerdos 
de esta manera: 

En la villa de la Torre 
De Johan Abbad, 
A tantos días andados 

Del mes tal; ' 

Juntos en ayuntamiento 
Los muy honrados señores 
Alcaldes y regidores, 
Caballeros y escuderos. 
Oficiales y hombres buenos 
Desta villa, es á saber, 
Juan de Montiel, 
Que no hay más vecinos que él..., etc. 

Tuvo en su mujer tres hijos y ocho hijas; viuda la Morcilla, vio cien 
nietos suyos, una pascua de Navidad, sentados á la mesa; y de tan patriar- 
cal generación se contaban en el lugar ciento y diez vecinos el año 15 75- 



Obras de Quevedo 28; 



cómo vino su señorío á ¡oder de D. Francisco de Quevedo- 

VlLLEGAS. 

Desde tiempos remotos perteneció al maestrazgo de San- 
tiago, con dependencia del priorato de Uclés; ejerciéndose por 
alcaldes ordinarios la jurisdicción civil y criminal en primera 
instancia, hasta que, reducidos á gobernaciones los lugares de 
las órdenes por Felipe II en 8 de febrero de 1566, quedó sujeta 
á Villanueva de los Infantes. Sintiéronlo grandemente los veci- 
nos; ansiaban tornar á su primer estado, y á 9 de marzo de 1589 
trataron, ante el Consejo de Hacienda, de eximirse de la juris- 
dicción en primera instancia, comprándola á dinero, noticiosos 
de que, por bulas de Clemente VII, Paulo III y Pío IV (i), se 
hallaban autorizados los monarcas españoles para desmembrar 
de las mesas maestrales y encomiendas de las órdenes, y dis- 
poner libremente de ello, hasta en cantidad de cuarenta mil du- 
cados de oro de renta, pudiendo á este efecto vender lugares, 
fortalezas, vasallos, jurisdicciones, montes, prados y pastos. Hi- 
cieron asiento con su majestad de la forma en que debía verifi- 
carse la exención; aprobóse aquél, montó el precio de ésta dos 
millones, quinientos noventa y ocho mil maravedís; fué satisfe- 
cho; y tomada razón en los libros de la hacienda real (que tenían 
por cabeza los rescriptos pontificios), se despachó privilegio á 
la villa en 16 de julio de 1597. Desde aquel día, su concejo, jus- 
ticia y regimiento quedaban únicamente en lo espiritual sujetos 
al consejo de Ordenes; volvían de nuevo á ejercer en primera 

Los tres hijos de Juan de Montiel resistieron tenazmente al intruso 
maestre de Santiago D. Rodrigo Manrique, empeñado con todo su po- 
der en arrebatarles aquellas celebérrimas escrituras. Dos de ellos, y junta- 
mente un Juan Mejía y otro Juan de la Sierra, fueron hechos cautivos por 
el Maestre, y puestos en las mazmorras de Montizón durante un año, 
donde morían de hambre y desnudez. Solo el tercero de los hermanos, que 
decían Juan Morcillo, pudo burlar la saña y persecución de D. Rodrigo y 
D. Jorge Manrique, poniendo á buen recaudo las escrituras. — 

El fondo de tales consejas, verdadero; pero ¿qué es la historia en la 
boca del vulgo? 

Hasta aquí, en todo este breve discurso histórico geográfico, ofrezco á 
mis lectores utilizado cuanto contiene la relación que en 15 de diciembre 
de 1575 hizo á Felipe II la Torre de Juan Abad, cumplimentando la Ins- 
truction y memoria de las diligencias y relaciones que se han de hacer y em- 
biar á su Majestad, para la description y historia de los pueblos de España, 
que manda se haga por honrra y ennoblecimiento desios reynos. 

(i) De los años de 1529, 1536, 1538 y 1569. 



284 Documentos 



instancia la jurisdicción civil y criminal, alta y baja, meromixto 
imperio, en todos los pleitos y causas, y les pertenecía el derecho 
de nombrar para los cargos, salvo en lo que tocase al supremo 
y soberano señorío de la Corona, reservadas las apelaciones para 
el gobernador del partido de Montiel, y después al príncipe en 
su chancillería de Granada, como antes estaba y se hacía. Lí- 
cito, no obstante, era al Gobernador, al juez de residencia ó á 
su lugarteniente visitar una vez cada dos años la Torre de Juan 
Abad, su término, justicias y oficiales, no llevando más personas 
que un escribano y un alguacil, y no debiendo detenerse allí 
más de diez días continuos, durante cuyo corto y limitado plazo 
podían conocer de todas causas y pleitos en primera instancia, 
y á prevención con los alcaldes ordinarios. 

Pero ¿qué preeminencias y señales de vida propia consiguió 
la villa con el tal privilegio? Tuvo desde luego horca y cuchillo, 
picota, cepo, cárcel y las otras insignias de justicia; elegía y 
nombraba libremente cada cinco años, y por votos de los ve- 
cinos, los dos alcaldes ordinarios, los dos de hermandad, los 
seis regidores perpetuos, el alguacil mayor de la ordinaria y el 
alguacil cuadrillero de la hermandad, y para los demás oficios 
menores; cobró gabelas sobre pastos, cortas, rozas y labranzas; 
puso varas en manos de los alcaldes, rigiéndose en materia de 
elecciones por el sistema de insaculación (i). 

Para conseguir semejantes franquicias, hubo de tomar á cen- 
so, en virtud de licencia real, ocho mil doscientos cuarenta y 
siete ducados sobre sus propios y bienes, con hipoteca especial 
de algunos y general de todos, el año de 1589. De esta manera, 
allí donde imaginó su remedio, autoridad é independencia, for- 
jaba los hierros para ulterior servidumbre; y soñándose en ade- 
lante pueblo realengo, vino forzosamente al duro trance de ser 
lugar de señorío. Cuatro eran los censualistas, y como con sa- 



(i) Para elegir los alcaldes ordinarios, de cinco en cinco años se 
tomaban votos de clérigos y legos, escribiéndose en otras tantas cédulas los 
trece nombres que sacaban mayoría. Envolvíase con cera cada una de éstas, 
formando bola; y puestas en un cántaro de madera con cuatro llaves, y el 
cántaro en un arca con otras cuatro, quedaban depositadas en las casas de 
ayuntamiento. El día de San Miguel se sacaban dos suertes, y aquéllos eran 
los alcaldes; y las que fueran menester, si los elegidos habían muerto ó 
se excusaban. 



Obras de Quevedo 285 



larios y costas desangrasen á los vecinos, trataron éstos de re- 
ducir los censos á uno solo; obtuvieron facultad para ello, pu- 
siéronlos en venta, y á 24 de noviembre de 1598 se subrogó en 
el derecho de todos D* María de Santibáñez, viuda de Pedro 
de Quevedo, secretario de cámara de la reina D.^ Ana, y madre 
de nuestro D. Francisco. 

Parece muy verosímil que, por compra ó herencia, esta se- 
ñora tuviese bienes de mayor cuantía en la Torre de Juan Abad, 
donde el gran escritor pasaba largas temporadas, afanado en las 
labores del campo y en acrecentar su patrimonio. Con efecto, se 
le ve tomar en arrendamiento los propios de la villa el año de 
1 613, y hacer también suyos tres censos más, que para cubrir 
deudas y habilitar el pósito había echado sobre sí el Concejo en 
los años 1583, 1584 y 1593. 

Pero como en abril de 1620, los cuatro censos, que juntos 
formaban un capital de once mil doscientos cuarenta y siete du- 
cados, aparecieran por los caídos en el descubierto de ciento 
veinte mil reales, acudió Quevedo al Consejo real de Castilla, 
hizo ver que los propios no alcanzaban á extinguir la deuda, y 
pidió se vendiesen para pago todos los bienes y la jurisdicción 
de la villa, con carga de los censos; y que de los réditos se le 
diera satisfacción (i). Concluida la causa á 10 de julio, y habién- 
dose dictado auto de revista á 14 de noviembre, se despachó 
provisión por los señores del Consejo en 18 de marzo de 162 1 
para llevar á cabo la ejecutoria. 

Pregonóse la venta; como testaferro hizo postura en la juris- 
dicción, con todo lo anejo y perteneciente á ella, D. Alonso 
Mesía de Leiva (2) en un millón y quinientos mil maravedís, 
que había de pagar á Quevedo, con calidad de que original se 



(i) Los propios de la Torre de Juan Abad consistían, el año 1575, en 
la mitad de las cortas, vareos y talas que se hacían en el término, y las 
penas de ello; y, sacadas dos sesmas de juez, escribano y mayordomo, 
rentaba esto ochenta mil maravedís anuales. Además una dehesa boyal, de 
un cuarto de legua de largo y la mitad de ancho, y un ejido y cotos de vi- 
ña, que, en renta, rendirían anualmente cuatrocientos ducados. — En 1620 
los propios no producían cinco mil reales. 

(2) Grande amigo del satírico. — £>. Alonso Mesía de Leiva escribió 
una octava latina elogiando las Conco7-dancias que e¡ maestro Bartolomé Ji- 
ménez Patón compuso para los Proverbios inórales de Alonso de Barros, 
Baeza, 1615. — Hizo un soneto á la Elocuencia española en arte, del propio 



286 Documentos 



le entregase el privilegio de la exención. Dio el acreedor por re- 
cibida aquella suma, hízose cobro además con trescientas diez y 
seis fanegas de trigo, á diez y seis reales, que tenia el pósito; y 
después de haber D. Alonso nombrado las justicias como tal 
dueño, cedió el remate en D. Francisco de Quevedo-Villegas, 
el cual ya constantemente se intituló señor de vasallos desde el 
verano de 162 i. 

Era propio del señorío nombrar los alcaldes mayores y los 
oficiales del concejo, elegir alcaldes ordinarios á propuesta de 
la villa, ir de los vecinos acompañado á la iglesia, y volver con 
el mismo aparato y autoridad; tener en el templo lugar de silla 
preeminente, como también en las procesiones y actos públicos; 
y, en fin, gozar del pueblo, de sus términos, jurisdicción, domi- 
nio y vasallaje, penas de ordenanza y demás frutos y emolu- 
mentos; y todo esto útil y honorífico se estimaba allí en m.il qui- 
nientos ducados anuales. 

Muy pronto conocieron aquellos habitantes que por huir de 
un escollo habían dado en otro peor, y trataron de sacudir el 
nuevo yugo. Estacio Pérez y los que hasta entonces habían sido 
regidores perpetuos resisten las elecciones y nombramientos he- 
chos por D. Alonso Mesía de Leiva, acuden al gobernador del 
campo de Montiel y al consejo de Ordenes; y en 12 de mayo y 
15 de septiembre del mismo año de 1621 logran que aquellos 
jueces y tribunales, á quien de cuerpo entero retrató el satírico 
en los Simios, limiten las facultades del señor de la villa, permi- 
tiéndole únicamente nombrar persona que ejerciese la jurisdic- 
ción, y elegir para cada oficio entre dos propuestas por el con- 
cejo. Una sentencia de revista causa ejecutoria; Quevedo tiene 
que ceder, y en julio de 1627, por nombramiento suyo, era al- 
calde mayor de la Torre de Juan Abad el licenciado Ruíz No- 
guerol. 

Animáronse aquellos naturales con el feliz éxito de su primer 
acometida, y hasta veintidós pleitos hubieron de suscitar al ca- 



maestro, dada á la estampa en aquella ciudad, año de 1621. — Quevedo 
le consagró en 1 7 de marzo de 1626 el Cuento de cuentos. — Y, en fin, 
con licencia del gran satírico, en 1629 D. Alonso desembrozó, limó y atil- 
dó los Sueños, poniendo una advertencia al frente de la edición de 1631, 
en que justificaba aquel entrometimiento en las obras de Don Francisco. 



I 



Obras de Quevedo 287 



ballero santiagués, que, de cansado y aburrido, celebrando con- 
cordia con la villa, puso término á todos en los primeros días de 
enero de 1631. El pueblo parece se convino á pagarle en cada 
un año trece mil quinientos sesenta y nueve reales, y D. Fran- 
cisco á devolverle la jurisdicción tan pronto como estuviese 
hecho pago de su crédito, conservándola únicamente entre tanto 
como prenda pretoria. 

Pero de improviso, y aprovechándose de hallarse en desgracia 
del conde-duque de Olivares el escritor insigne, el fiscal de Ór- 
denes, en octubre de 1639, le pone pleito sobre la posesión de la 
jurisdicción, y consigue fácilmente que se le despoje de ella, que 
se quite al alcalde mayor nombrado por D. Francisco en virtud 
de las ejecutorias del mismo Consejo, y que se elijan alcaldes 
ordinarios para ejercerla. ¿Cómo ser oída la voz del hombre á 
quien tenía fieramente aherrojado el favorito en los subterráneos 
de San Marcos de León? La fortuna suele también contar á la 
justicia entre sus aduladores y cortesanos. Por eso, cuando se 
mostró menos dura con el gran político, volviéndole la libertad 
en junio de 1643, el Consejo real de las Ordenes, á 23 de di- 
ciembre del propio año, le amparó en la posesión que antes le 
disputaba, y quiso que se le restituyeran los frutos'; auto confir- 
mado á 9 de junio de 1644, de que se hubo de despachar ejecu- 
toria en 13 del mes siguiente. Así, al compás de los sucesos po- 
líticos, subía ó bajaba la inflexible balanza de Astrea. 

Asaltó la última enfermedad al escritor, hizo testamento, y 
en él, á favor de su sobrino D. Pedro Aldrete y Quevedo, fundó 
mayorazgo de diferentes bienes, entre ellos el censo y jurisdic- 
ción sobre la villa de la Torre de Juan Abad. 

El heredero pidió la posesión á 26 de octubre de 1645; con- 
tradijéronlo aquellos vecinos; y el fiscal de Ordenes D. Miguel 
Monsalve puso demanda de propiedad en 31 de agosto del año 
siguiente. Secuestrada primero la jurisdicción y constituida en 
depósito; amparado en ella después el sobrino; opuesta por el 
fiscal y los vecinos, en 1657, como exención la concordia de 
163 i; formada competencia por D. Pedro, y habiendo resuelto 
la junta general de Competencias que el pleito de transacción 
tocaba al Real Consejo de Castilla, pero el de propiedad al de 
Ordenes, era tal en 1664 el embrollo de los autos, que fué pre- 



288 Documentos 



ciso mandar se hiciese memorial ajustado. Sin embargo, antes 
de que éste se concluyera tuvo tiempo de morirse el buen don 
Pedro, sucediéndole en el mayorazgo D. Juan Carrillo y Alde- 
rete Quevedo y Villegas, de quien, por demente é incapacitado, 
fué curador y administrador su hermano D. Sancho Manuel desde 
15 de septiembre de 1685. A 20 de junio de 1697 vióse el litigio 
en lo principal, y con fecha 14 de diciembre se dio á la estampa 
en Madrid, sin nombre de impresor, como era costumbre en 
estos casos, el 

Memorial ajustado de el pleyto, que el Señor Doctor Don 
Diego de la Serna, Cavallero de la Orden de Calatrava, Fiscal 
del Real Consejo de las Ordenes, litiga con Don Sancho Manuel 
Carrillo y Alderete Quevedo, y Villegas, Alférez Mayor, y Re- 
gidor perpetuo de la Ciudad de Plasencia, como Admi?iistradar 
judicial de los bienes de Don Juan Francisco Carrillo su hermano. 
Sobre la propiedad de la jurisdicción de la Villa de la Torre de 
Juan Abad, del Territorio de la Orde?t de Santiago, sus frutos, 
rentas, y emolumentos respectivos á lo útil, y honorífico de la juris- 
dicción. 

( — El colector, Aureliano Fernández Guerra.) 

DOCUMENTO XCIII {a) 
Y en cuanto á que el tal Quevedo es señor de vasallos, se le 
diese traslado á la villa ó torre de Juan Abad, para que con lo 
que dijese demás de lo que tiene dicho y alegado (desmintién- 
dole por palabra y escrito, y que sólo se le mandó dar posesión 
por maravedís que debía), se juntase con el proceso que está y 
pasa en el oficio de Lázaro de los Ríos y Ángulo, escribano de 
cámara, para que el supremo Consejo lo determine conforme á 
los embelecos del que pretende señorío de lo que no es suyo, y 
se le mande que no se intitule señor de lo que no es, ni lo será 
en cuanto hubiere hombres en la villa de Juan Abad. 

DOCUMENTO XCIV {b) 
Juan Abad. No sabéis lo mejor de esa nota, señores oyentes 



(a) El tribunal de la justa venganza, impreso en 1635, P^S- 3°- 

(<5) Jáuregui, comedia de El Ritraido, jornada III: por el autógrafo. 



Obras de Quevedo 289 



y censores. Yo os advierto del que decís, tjue es tan lisiado de 
gastar la palabra scTior, que sólo por su libre albedrío la quiere 
introducir en mi torre: pues habiéndole librado en mí (á él y 
consortes) una breve partida de ochavos que crecieron con los 
corridos, sobre que hizo ejecución y embargo al mísero pueblo, 
le parece suficiente causa para imprimir Saioj- de la Torre. Así 
se da priesa á impresiones, y todas en vida, gozando del barato; 
porque después ningún desalmado estampador querrá mentirle 
señoríos, y más siendo el pueblo del Rey. 

DOCUMENTO XCV 

La Junta de las causas tocantes al duque de Osuna consulta á su majestad, 
en 20 de junio de 1621, sobre las personas que resultan culpadas por 
los papeles que se le secrestaron, (a) 

D. Francisco de Quevedo, número 10;^ D. Carlos de Are- 
llafio, número 11. — También resulta culpa contra D. Francisco 
de Quevedo y D. Carlos de Arellano, en los puntos contenidos 
en los pliegos que les tocan, número 10 y número 11, que van 
con esta consulta; y no resuelve por agora la Junta nada con 
ellos, hasta que hechas diligencias con los demás, vea particular- 
mente lo que resulta contra ellos y se pueda entonces ver con 
mayor noticia y fundamento lo que convendrá hacer. 

DOCUMENTO XCVI 
Diligencias para la prisión de Quevedo. (i5) 

D. Francisco de Quevedo estuvo preso por mandado de su 
majestad, que Dios tiene, en el convento de Uclés; y de allí, por 
otra orden, se le permitió fuese á la villa de la Torre de Juan 
Abad, que es del orden de Santiago, á tener aquel lugar por 
cárcel hasta que se le ordenase otra cosa. Esta villa cae en el 



(«) Original. — En pliego separado señálanse las cartas de 21 de fe- 
brero de 16 16, 14 de marzo y 28 de junio de 16 18, para fundar sobre su 
contenido los cargos á Quevedo, añadiendo después de la última lo si- 
guiente: «Hase de saber de Quevedo lo que le dieron los reinos de Sicilia y 
de Ñapóles para venir á esta corte y residir en ella con ocasión de los par- 
lamentos con que le envió el Duque de Osuna, para moderar lo que recibió, 
como el mismo Duque lo hizo en Sicilia con D. Pedro Celeste, marqués de 
Santa Cruz, hijo del regente Celeste.» 

(íJ) Esquela, original, dirigida á Lázaro de los Ríos. 

37 



290 Documentos 



distrito de Villanueva de los Infantes, que al presente gobierna 
D. Fernando Páez de Castillejo. Todo esto digo á vuestra merced 
en respuesta de su recado, y para que sepa que este caballero 
está detenido por el señor Presidente, por comisión de su ma- 
jestad. La divina guarde á vuestra merced muchos años, como 
deseo. De casa, á 8 de julio 162 1. — Juan Francisco de Or- 
tega. 

DOCUMENTO XCVII 
Carta mía para el gobernador del Campo de Montiel, con otra para don 
Francisco de Quevedo, en que se les escribe venga aquí D. Francisco; 
fechas en 8 de julio 1621 años. Fué correo á las quince, con que se 
despachó al día siguiente 9 al amanecer, {a) 

f A D. Francisco de Quevedo. — Estos señores que por man- 
dado de su majestad se juntan á tratar de las causas tocantes al 
señor duque de Osuna, me han ordenado escriba á vuestra mer- 
ced que luego, dentro de tercero día de como reciba ésta, se 
venga vuestra merced á esta corte, vía recta; y que llegado á 
ella, sin ir á otra parte, me vea vuestra merced para que yo le 
diga dónde son servidos que pare; advirtiendo que esto ha de 
ser sin embargo de que esté vuestra merced detenido ahí por 
mandado del consejo de las Ordenes, porque así conviene al 
servicio de su majestad. Y que también escriba lo mismo al 
Sr. D. Fernando Páez de Castillejo, gobernador de ese parti- 
do, para que lo envíe á notificar á vuestra merced. Y que se le 
dé esta carta y se cobre respuesta; y con este correo, que no va 
á otra cosa, me la envíe, con testimonio de la notificación. Vues- 
tra merced lo cumplirá, y á mí me mandará lo que hubiere en 
que le pueda servir, á quien guarde Dios, Nuestro Señor, muchos 
años, como deseo. De Madrid. 

f Al Gobernador del Campo de Montiel. — Estos señores que 
por mandado de su majestad se juntan á tratar de las causas to- 
cantes al duque de Osuna, me han ordenado que con este co- ^ 
rreo, que no va á otra cosa, escriba á D. Francisco de Quevedo, I 
caballero de la orden de Santiago (que por mandado del con- » 
sejo de las Ordenes está detenido en esa gobernación), que dentro 
de tercero día de como reciba mi carta, venga á esta corte vía a 

(rt) Minuta y epígrafe originales de Lázaro de los Ríos. 



i 



Obras de Quevedo 291 



recta; y que llegado á ella, sin ir á otra parte, me vea para que 
yo le diga dónde son servidos que pare; advirtiendo que esto 
ha de ser sin embargo de que por el dicho consejo de las Ór- 
denes esté detenido allí, porque así conviene al servicio de su 
majestad. Y que escriba á vuestra merced le envíe á notificar 
esto mismo, mandando que la persona que fuere á ello le dé la 
carta mía que irá con ésta, en que se lo aviso; y que habiéndo- 
selo notificado y cobrado respuesta della, me la envíe vuestra 
merced, con testimonio de la notificación. 

Vuestra merced hará que esto se cumpla y ejecute luego, y 
á mí me mandará lo que de su servicio hubiere en que emplear- 
me; á quien guarde Nuestro Señor muchos años, como deseo. 
De, etc. 

DOCUMENTO XCVIII (a) 
■f Vaya un correo á la villa de Villanueva de los Infantes, 
que es en el Campo de Montiel, con un pliegúete mío, que toca 
al servicio de su majestad, para D. Fernando Páez de Castillejo, 
gobernador de aquella tierra, que le entregará y aguardará su 
respuesta el tiempo que le ordenare. Ha de ir y volver á las 
quince leguas. Parte de Madrid, viernes, á 9 de julio de 1621 
años, al amanecer. — Alonso Núñez de Valdivia y Mendoza. 

DOCUMENTO XCIX 

Memoriales de Quevedo á la Junta que trata de las causas tocantes al se- 
ñor duque de Osuna, presentados en Madrid á 23 y 28 de julio de 
1621. (¿) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo-Villegas, 
preso por orden de vuestra alteza, dice que tiene en el real con- 
sejo de las Ordenes, en poder del relator Cortés, un pleito en 
razón de la jurisdición de la villa de Juan Abad, y otro en el 
supremo consejo de Justicia. Suplica á vuestra alteza se sirva de 
darle la villa por cárcel, atento ha hecho su declaración, y en 
consideración de que no tiene quien acuda á los dichos pleitos. 



(o) Como el anterior. 

(¿) Este y el que sigue son los mismos originales autógrafos. En los 
papeles de esta época las más veces une Quevedo con un guión sus dos 
apellidos, aunque hay documento en que se halla de ambas maneras. 



292 Documentos 



en que le va toda su hacienda, y há seis meses que padece: en 
que recibirá particular merced de vuestra alteza. — Don Fran- 
cisco de Quevedo- Villegas. 

DOCUMENTO C 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo Villegas, 
caballero del hábito de Santiago, dice que está preso quince 
días há con una guarda por mandado de vuestra alteza. Suplica 
á vuestra alteza, en consideración de haber seis meses que está 
preso con grandes gastos y incomodidades, y tener aquí dos 
pleitos en razón de la jurisdición de la villa de Juan Abad, y 
estar á pique de perderlos con toda su hacienda, le mande vues- 
tra alteza dar esta villa por cárcel para que pueda remediarse; 
que recibirá particular merced y gracia de vuestra alteza. — Don 
Francisco de Quevedo Villegas. 

DOCUMENTO CI 

Memorial á los señores de la Junta, presentado en 2 de agosto, {a) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo Villegas, 
caballero del hábito de Santiago, preso por mandado de vuestra 
alteza veinte días há con una guarda, dice que, en considera- 
ción de lo mucho que ha padecido y gastado seis meses há, y 
de tener en pleitos toda su hacienda en el real consejo de Cas- 
tilla y en el de Ordenes, y estar á riesgo de perderlo todo por 
no poder informar ni hacer diligencia alguna, suplica á vuestra 
alteza le mande soltar ó dar la villa por cárcel, ó como mejor á 
vuestra alteza pareciere; que será hacerle singularísima merced. 
— Don Francisco de Quevedo- Villegas. 

DOCUMENTO CII 
Pónesele en libertad, (b') 

f Suéltese á D. Francisco de Quevedo, esta corte por cárcel, 
dando fianza de estar á derecho y pagar lo juzgado y sentencia- 
do. Los señores de la Junta de las causas del duque de Osuna lo 



(^a) Autógrafo, en los autos citados al núm. LXXXIX, sobre la paga 
de ocho mil cuatrocientos reales que debía al duque de Osuna: foja 13. 

{b^ El original; dice en la cubierta: «Fianza de don Francisco de Que- 
vedo, caballero de la orden de Santiago. i> 



OllRAS DE QUEVEDO 293 



proveyeron en Madrid, á 6 de setiembre 162 1 años. — Lázaro de 
Ríos. — Esto es, pagando los salarios de la guarda. 

Fianza. — Yo, Juan Ruiz Calderón, escribano del Rey, nues- 
tro señor, residente en su corte y solicitador en ella de los teso- 
reros Marcos Fúcar y hermanos, otorgo por esta carta que (en 
conformidad del auto de suso proveído por los señores de la 
Junta) recibo en fiado, preso y encarcelado, como carcelero co- 
mentariensis, á D. Francisco de Quevedo, caballero de la orden 
de Santiago, preso, su casa por cárcel, por mandado de los di- 
chos señores de la Junta. Y me obligo que el susodicho tendrá 
esta casa por cárcel, y no saldrá de ella en sus pies ni en aje- 
nos en manera alguna, sin licencia de los dichos señores. Y que 
estará á derecho sobre la causa por que está preso, y pagará lo 
que contra él fuere juzgado y sentenciado por los señores de la 
dicha Junta en todas instancias. Donde no, yo como su fiador, 
haciendo como hago de deuda y fecho ajeno, mío propio; y sin 
que contra el dicho D. Francisco de Quevedo ni sus bienes sea 
necesario hacer diligencia ni excusión judicial ni extrajudicial- 
mente, estaré por él á derecho en esta causa, y pagaré todo lo 
que contra él fuere juzgado y sentenciado por los dichos señores 
en todas instancias; llanamente y sin pleito alguno, so pena de 
ejecución y costas. Para cuyo cumplimiento obligo mi persona 
y bienes habidos y por haber, y doy poder á los jueces de su 
majestad, en especial á los señores de la Junta, á cuya jurisdic- 
ción me someto; renunciando, cono renuncio, mi propio fuero, 
jurisdicción y domicilio, para que por todo rigor de derecho y 
vía ejecutiva me compelan al cumplimiento y paga de lo que 
dicho es, como por sentencia de juez competente, por mí con- 
sentida y pasada en cosa juzgada: sobre que renuncio todas 
las leyes, fueros y derechos de mi favor, en general y en espe- 
cial, y la ley y regla del derecho que prohibe la general renun- 
ciación. Y ansí lo otorgué ante mí, como tal escribano, y los 
testigos yuso escriptos, en la villa de Madrid, á siete días del 
mes de septiembre de mili y seiscientos y veinte y un años; 
siendo testigos el doctor Alonso Cortés y Juan Francisco de Or- 
tega y D. Antonio de Hoyos, estantes en esta corte. Y fice mi 
signo en testimonio de verdad.— yz^íz;¿ Ruíz Calderón, secretario. 



294 Documentos 



1622 

DOCUMENTO CIII 
Se le destierra, (a) 

f Don Fran.<=° de Quebedo, persona de quien deue tener 
notigia la Junta, por los papeles que se an visto en ella del 
duque de Osuna, y por otras vias, es persona que se puede es- 
cusar en la corte, y assi la Junta como de suyo sera bien que le 
ordene que se vaya a vn lugar que tiene, y que no salga de alli 
sin orden, sin dar lugar a que acuda á hacer negociación sobre 
esto. — {Está rubricado^ 

En M.'i á 4 de Enero 1622. 

A Don Alonso de Cabrera. 

CE71 la cubierta:) M.A f 

El Rey n s."" A 4 de En.o 1622. 

q. la Junta ordene que don fran.co de quebedo salga de aquí 
y se vaya al lug.'' de la torre de Ju.° abad y no salga del sin 
orden. 

Executolo luego la Junta por auto ante Laz.° de los rios. 

DOCUMENTO CIV 

Memorial á la Junta. (Ji) 

f Muy poderoso señor: Esteban Tofiño, en nombre de don 
Francisco de Quevedo Villegas, caballero del hábito de San- 
tiago, digo que el dicho mi parte há muchos días que está en 
la villa de la Torre de Juan Abad por mandado de vuestra al- 
teza, con orden que no pueda salir della, lo cual ha cumplido 
con mucha puntualidad; y porque de presente está enfermo, y 
en la dicha villa no hay médico ni botica, y él padece allí mu- 
chas descomodidades (demás de hacer falta en esta corte á ne- 
gocios de mucha importancia y á la administración de su casa 
y hacienda), — Suplica á vuestra alteza le dé licencia para venirse 
á curar á su casa en esta corte; y cuando esto no haya lugar, se 
le dé para poder irse á curar á Villanueva de los Infantes, ó á 
otro lugar de aquella comarca, donde haya médico y botica: en 
que recibirá merced. — Esteban Tofifw. 

(a) Decreto de Felipe IV", todo él de su puño y letra. 
(¿) El mismo original. 



Obras de Quevedo 295 



DOCUMENTO CV 

Consulta de la Junta que trata las causas del duque de Osuna, (a) 
f Señor: De 4 de enero deste año tuvo la Junta una orden 
de vuestra majestad del tenor siguiente: ( — La del niímero CIII.) 
En cuyo cumplimiento se proveyó luego auto para que sin 
detenimiento alguno saliese de Madrid, y se fuese á la villa de 
la Torre de Juan Abad (que es el lugar que vuestra majestad 
apuntó), con orden que no pudiese salir della sin licencia; y se 
le puso guarda para que las pocas horas que se detuviese en 
partir de Madrid no le dejase salir de su casa ni escrebir papel 
alguno. Y así salió á cumplir el auto y envió testimonio dentro 
del tiempo que se le mandó, de como quedaba en la dicha villa. 

Y agora se ha dado por su parte una petición en la Junta, 
en que dice que porque de presente está enfermo y en aquella 
villa no hay médico ni botica, y padece en ella muchas desco- 
modidades (demás de la falta que hace en esta corte á negocios 
de mucha importancia y á la administración de su casa y hacien- 
da), se le dé licencia para venirse á curar á la dicha su casa; y 
cuando esto no haya lugar, sea para irse á la villa de Villanueva 
de los Infantes ó á otro lugar de aquella comarca, donde haya 
médico y botica. 

Y teniéndose consideración á que la villa de la Torre de Juan 
Abad está cosa de dos ó tres leguas de la de Villanueva; y que 
en ella asiste el gobernador de aquel partido, que lo es D. Fer- 
nando Páez de Castillejo; y que de mudarse allí el dicho don 
Francisco, no parece puede haber inconveniente (antes se tiene 
por mejor que resida en ella, donde el dicho gobernador podrá 
tener cuenta con él), ha parecido que, sirviéndose vuestra ma- 
jestad dello, se le podría dar licencia para ir á residir allí; escri- 
biéndose de parte de la Junta al dicho D. Fernando Páez quél 
se lo avise, haciéndole notificar que vía recta se vaya á aquella 
villa y no salga della sin expresa licencia de la Junta, y quél 
tenga cuidado de que lo cumpla y de avisar de lo que se ofre- 
ciere de qué hacerlo. Vuestra majestad mandará lo que más 
fuere servido. — Madrid, á 9 de marzo 1622. — CHay cinco rú- 
bricas.') 



{a) La misma original. 



296 Documentos 



( — Cubierta) f 1622. Marzo 9. — La Junta que trata las causas 
del duque de Osuna^ sobre la licencia que D. Francisco de Que- 
vedo pide para venirse á curar á Madrid ó á la villa de Villa- 
nueva de los Infantes. — Está bien. ( — De mano de su majestad.) 
— D. Alonso de Cabrera. 

DOCUMENTO CVI {a) 
Tuvo unas tercianas, y pasó en la cura mayor peligro del 
que podía traerle el mal, por una sangría que le hizo un barbero 
gañán de aquel lugar. Se vio tan mal parado, que escribiendo 
al Presidente de Castilla ponderando la imposibilidad de medios 
que allí había para cobrar la salud, le dijo «haber visto á mu- 
chos condenados á muerte; pero á ninguno condenado á que se 
muera.» Los señores de la Junta, por abril del año de 1622, le 
dieron licencia para irse á curar á Villanueva de los Infantes; 
por diciembre le mandaron ir libre por donde quisiese, con ca- 
lidad que no entrase en la corte, ni se llegase á ella por diez le- 
guas á la redonda; y por marzo del año siguiente le concedieron 
licencia de entrar en la corte, dándole por libre, sin habérsele 
hallado ni hecho cargo alguno. 

DOCUMENTO CVII 

Pedimento al Consejo de Castilla para que el administrador de los propios 
de la Torre de Juan Abad pague lo que tiene cobrado. (<5) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo y Villegas, 
caballero del hábito de Santiago, señor de la villa de la Torre de 
Juan Abad, digo que la dicha villa me debe más de doce mil du- 
cados, en que está condenada por sentencia de vista y revista de 
los del vuestro Consejo, como es notorio; y es ansí que vuestra 



(fl) Tarsia, págs. 91 y 92. 

((5) Encabeza los autos originales, cuya cubierta es la siguiente: 
f «Torre Ju.» Abad — Leg» 578 — Don freo de queuedo vülegas acreedor a 
los propios de la v^ de la torre Ju° abad — Con — El 1^^° bernal sanchez ad- 
mor de los dhos propios se qe de quenta de la dha adra" — Ro>' Coruera — 
S» Ríos.» 

El presbítero Bernal Sánchez contaba á la sazón más de setenta y 
tres años, y hallábase muy impedido; por lo que hizo luego dejación del 
cargo. 

Á 1 1 de marzo de 1622 se mandó pasase al relator el papel que arriba 
se estampa. 



Obras de Quevedo 297 



alteza nombró por administrador de los bienes proprios y rentas 
de la dicha villa al bachiller Bernal Sánchez, el cual ha adminis- 
trado los dichos bienes por espacio de tres años, y en ellos no 
ha pagado ni dádome en todos ellos por cuenta de mi crédito 
más de solos cinco ó seis mil reales, siendo ansí que han proce- 
dido de los frutos y rentas que tiene y pertenecen á la dicha 
villa más de tres ó cuatro mil ducados. Y para que conste y se 
me pague dellos mi crédito en la parte que alcanzare, pues es 
justo, y no lo es retener en sí los dichos maravedís, causando 
costas y daños á la dicha villa, de que también á mí se me siguen 
muy grandes; y finalmente es justo que él dé cuenta y á mí se 
me pague, pues soy acreedor de la dicha villa en dicha suma de 
maravedís, y único por no haber otro que pueda competir con 
mi derecho, como también es notorio y por tal lo alego, — Pido 
y suplico á vuestra alteza mande darme su real provisión para 
que el dicho bachiller Bernal Sánchez venga y parezca ante 
vuestra alteza á dar cuenta con pago de lo procedido de la di- 
cha administración. Pido justicia y para ello, etc.; y juro á Dios 
y á esta f que no es de malicia. — El licenciado Manuel de Al- 
meida. — Don Francisco de Quevedo-Villegas. 

DOCUMENTO CVIII 

Otro, (a) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo, caballero 
del hábito de Santiago, señor de la jurisdición de la villa de la 
Torre de Juan Abad, digo que vuestra alteza me dio su real pro- 
visión para que el bachiller Bernal Sánchez, administrador de los 
propios y rentas del concejo de la dicha villa viniese á esta 
corte á dar cuenta de su oficio, atento que no la ha dado de 
más de tres años ques tal administrador, y de que tiniendo en su 
poder más de cincuenta mili reales de los propios de la dicha 
villa, y siendo yo el primero acreedor y solo, el dicho adminis- 
trador no me ha querido ni quiere pagar; como todo consta del 
requirimiento que tengo presentado ante vuestra alteza. Y aun- 
que la dicha real provisión se le notificó, y el dicho adminis- 



{a) Con el número precedente, á la foja 6.^ del rollo. — Se mandó 
pasar al relator en 7 de junio de 1622. 

38 



298 Documentos 



trador la obedeció, no ha querido ni quiere venir á dar la dicha 
cuenta y pretende dilatarla; de que se me sigue gran daño, por 
tener mis rentas situadas en la dicha villa y haber menester lo 
que se me debe para mi congrua sustentación. — Por que pido y 
suplico á vuestra alteza mande darme su real provisión y sobre- 
carta para que dentro de un breve término el dicho adminis- 
trador venga á esta corte á dar la dicha cuenta; puniéndole gra- 
ves penas no lo haciendo, y condenándole en diez ducados que 
se me ha seguido de gasto en me venir á querellar. 

Y porque el alcance del dicho administrador ha de ser mu- 
cho más que la hacienda del dicho administrador, y se ha de 
cobrar de sus fiadores, — Suplico á vuestra alteza mande se citen 
para la dicha cuenta, para que les pare el perjuicio que hubiere 
lugar. Pido justicia y costas. — Don Francisco de Quevedo- Ville- 
gas. — Esteban Tofiño. 

DOCUMENTO CIX 

Otro, {a) 

f Muy poderoso señor: Esteban Tofiño, en nombre de don 
Francisco Quevedo Villegas, caballero de la orden de Santiago, 
digo que mi parte tiene tomada la posesión de la jurisdición y 
de los propios y rentas de la villa de la Torre Juan Abad, en 
virtud de ejecutoria de vuestra alteza, por los censos que le deben 
de principal y réditos. Y es ansí que el bachiller Pernal Sán- 
chez, clérigo, ha sido administrador de los propios y rentas de 
la dicha villa, el cual ha hecho dejación de la dicha adminis- 
tración y por mandado de vuestra alteza está en esta corte, 
dando las cuentas della; de manera que de presente no hay ad- 
ministrador ni persona que tenga cuidado de la cobranza y ad- 
ministración de los dichos propios, de que se sigue mucho daño 
á mi parte; para cuyo remedio — Suplico á vuestra alteza mande 
nombrar persona que haga la dicha administración, dándola co- 
misión para que pueda cobrar y administrar los dichos propios 
y rentas, con vara de justicia y con inhibición de los demás jue- 
ces; y que no sea vecino ni natural de la dicha villa, porque en 



(a) Con el rním. CVII, á la foja 19 del rollo. — Se mandó unir á los 
autos y que pasase al relator en lo de septiembre de 1622. 



Obras de Quevedo 299 



ella hay pocos que sean abonados, y todos son deudores al Con- 
cejo y tienen pleitos y otras causas tales, que no harán la dicha 
administración y cobranza como conviene. Sobre que pido justi- 
cia y para ello, etc. — Esteban Tofifio. 

1623 

DOCUMENTO CX 

Memorial á los señores de la Junta, (a) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo Villegas 
dice que por mandado de vuestra alteza y en virtud de una carta 
reconocida suya, se le notificó un auto para que dentro de cuatro 
días pagase y depositase en el depositario general ocho mil y 
tantos reales que fué alcanzado en las cuentas para los gastos 
de la boda del marqués de Peñafiel. Y aunque es verdad tiene 
reconocido el alcance, es con declaración de lo que pareciere 
haber recibido el duque de Osuna: como es una joya de dia- 
mantes de trofeos que por dicha cuenta le dio de tres mil reales 
de valor, y aquí en Madrid una banda bordada de plata con ra- 
pacejos y puntas, que valía ducientos ducados; y demás pre- 
senta una carta del marqués de Peñafiel, de ducientos ducados 
que le dio para vestirse y ir á recibir al Duque cuando vino; y 
más por dicha cuenta y en gasto de dicha boda, dando cuenta 
en Ñapóles al Duque, entregó á Juan Miguel Igún de la Lana 
cartas de pago de más cantidad de dos mil cuatrocientos reales, 
las cuales tiene en su poder el dicho Juan Miguel. Y que atento 
á tener el dicho D. Francisco pagada la dicha partida en tres 
años, que corrieron desde las dichas cuentas hasta que pren- 
dieron al Duque, aun ofreciendo él cuenta, no se le pidió ni di- 
nero. Y así por estar pobre y gastado, y habérsele alzado con 
su hacienda su administrador, — Suplica á vuestra alteza se diga 
al Duque declare por las dos partidas referidas, y se le baje la 
partida del marqués de Peñafiel, y se le dé término ultramarino 

(a) Original. Á la foja 9 los autos citados al niím. LXXXIX, que 
tienen la siguiente cubierta: «Junta f Osuna — Contra don franco de que- 
bedo billegas del auito de Stiago— Se La paga, de 8;í400 R^ que deue al 
duque de osuna— S° Laz» de Rios.> — En 20 de junio de 1623 se decretó: 
«No ha lugar lo que pide don Francisco de Quevedo; pague como está 
mandado, y en lo demás haga su justicia.» 



300 Documentos 



para probar lo que toca á Juan Miguel, pues todas son partidas 
antes de que se tratase de prender al Duque. En que recibirá 
merced y justicia que pide. — f Don Francisco de Quevedo-Vi- 
llegas. 

DOCUMENTO CXI 

Traba y embargo de bienes contra Pedro de Lillo 
y Pedro Díaz, {a) 

f Yo, Pedro de Aguilar, escribano por el Rey nuestro se- 
ñor, público desta villa de la Torre Juan Abad y vecino della, 
certifico y doy fe á los que el presente vieren cómo á pedimento 
de la parte de D. Francisco de Quevedo y Villegas, caballero 
del hábito de Santiago, residente en corte de su majestad, — por 
virtud de una real ejecutoria librada por los señores alcaldes de 
su casa y corte, por ante la justicia ordinaria desta villa, á quien 
está cometida su ejecución con término de cincuenta días, — á 
los diez y nueve días deste presente mes y año se hizo ejecución 
por bienes de Pedro de Lillo y Pedro Díaz, vecinos desta villa, 
por un cuento ducientos y cincuenta y cuatro mili y seiscientos 
maravedís, en que están condenados por la dicha real ejecutoria; 
y se ha ido continuando y mejorando hasta hoy día de la fecha 
en los bienes siguientes: 

Un par de muías y un carro. — Una silla de respaldar de 
nogal. — Un vestido negro de refino, balones y ropilla, y ferre- 
ruelo de bayeta. — Otro vestido de raso negro, ropa y basquina. 
— Un arca grande. — Una cama con su ropa, que es un jergón, 
tres cabeceras, dos sábanas, una manta y un paño de cama. — 
Un paramento pintado grande.— Dos cuadros, uno de la Virgen 
y otro de la Madalena. — Un banco largo y un tendido de colo- 
res. — Un montón de trigo trillado, que terna doce carretadas de 
mies. — Otra pan^a de candeal, de dos carretadas de mies en 
greña. — Otra parA'a de trigo trujillo, de hasta siete carretadas de 
mies en greña. — Un pollino pardo. — Una mesa de cuatro pies. — 
Una silla vieja y otra de costillas. — Una arca mediada y un calde- 
ro. — Un almirez con su mano. — Una sartén y un cazo de aram- 
bre y tres asadores. — Más cuatro sillas de respaldar de nogal.— 

(<7) El original. 



Obras de Quevedo 301 



Otra silla de costillas. — Un escabel de pino. — Una mesa de goz- 
nes con sus tablas. — Otra silla de costillas. — Un bufete de nogal 
y una mesa de pino. — Un arca grande con su cerradura. — Dos 
cofres pequeños. — Un arca encorada (a) y otra arca de pino. — 
Otro cofre pequeño y dos almohadas de guadamacil. — Una al- 
mohada de alfombra. — Una cama de cordeles con dos colchones 
y un paño de cama colorado. — Un montón de trigo trillado, de 
nueve carretadas de mies. — Otra parva de candeal y trujillo re- 
vuelto, de dos carretadas en greña. — Un paño en jerga, bellorí 
entero. — Cuatro cabeceras pobladas. — Un capote de paño.— Una 
manta blanca. — Dos poyales, digo tres. — Un paño de cama co- 
lorado y otro verde. — Una ropilla de estameña parda. — Otro 
paño de cama colorado, con su flueco. — Dos cojines de guada- 
macil. — Una ropa de estameña verde. — Un tendido de colores. 
— Vara y media de paño frailesco. — Una almohada de alfom- 
bra. — Otra manta blanca. — Una cama de campo encordelada. — 
Cien fanegas de trigo y sesenta fanegas de cebada en grano. — 
Un par de muías y un carro. — Una cama de campo, de nogal, 
encordelada, con dos sábanas y un cobertor azul, dos colchones 
y dos almohadas. — Dos poyales de colores. — Dos alfombras. — 
Dos sábanas de cáñamo y una almohada de lienzo. — Ochenta 
fanegas de cebada, y veinte fanegas de trigo en grano. — Tres- 
cientas y treinta cabezas de ganado de lana. 

De los cuales dichos bienes hay ciertos depositarios y se han 
fecho en la vía ejecutiva las diligencias y autos que constan del 
proceso ejecutorio, á que me refiero. Y este estado tiene hoy la 
dicha vía ejecutiva hasta el segundo pregón de la dicha ejecu- 
ción, y se va prosiguiendo para hacer el dicho pago; como todo 
consta de los autos que quedan en mi poder, á que me remito. 
Y para que conste, de pedimento de Francisco Gómez, procu- 
rador, en nombre del dicho D. Francisco Gómez de Quevedo, 
di el presente en la villa de la Torre Juan Abad, en 22 días del 
mes de juUio de 1623 años; y en fe dello lo signé de mi signo 
y firmé de mi nombre, en testimonio de verdad. — Pedro de 
As'uilar. 



(a) Forrada de cuero. 



302 Documentos 



DOCUMENTO CXII 

Petición á los señores de la Junta, (a) 
■f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo-Villegas, 
caballero del hábito de Santiago, digo que por mandado de vues- 
tra alteza se me notificó pagase ocho mil y tantos reales por un 
reconocimiento mío y á mi pedimiento. Vuestra alteza se sirvió 
de darme un mes de plazo para depositar la dicha cantidad; y 
habiendo este mes hecho las diligencias que deste testimonio 
que presento constan, no me ha sido posible juntar la dicha can- 
tidad, por haber de gozar los bienes embargados, del término de 
la ley. — A vuestra alteza suplico, en consideración de que hago 
la diligencia y de que deposito lo que he pagado, mande se me 
prorrogue otro mes de término para cobrar y traer: lo que será 
merced y justicia. — Don Francisco de Quevedo- Villegas. 

DOCUMENTO CXIII 

Memorial á los señores de la Junta. {F) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo, caballero 
del hábito de Santiago, digo que por mandado de vuestra alteza 
se me notificó un auto, por el cual se me manda que dentro de 
seis días deposite en el depositario general ocho mil y cuatro- 
cientos reales. Y por cumplir con el tenor del dicho auto, no 
obstante que tengo dada cuenta de dicha resta y que no debo 
nada (como constará de los papeles que tiene Juan Miguel en su 
poder), por no hallarme con dineros de presente, hago depósito 
destas dos joyas de diamantes, que valen mucho más que la 
deuda: que son un cintillo de diamantes fondos con cincuenta 
chatones y más las tres piezas, y en todos son ochenta y tres 
diamantes, asentados en su caja; y un hábito de Santiago en una 
venera de oro con su asa de diamantes, y tres órdenes de dia- 
mantes fondos y perfetos, y en todos hay setenta y ocho diaman- 



{a) La original autógrafa, en que recayó el siguiente decreto á 8 de 
agosto de 1623: «Prorrogúesele todo este mes de agosto, y no queda más 
término.» 

(b) Autógrafo, en los autos de que se hace mérito al núm. LXXXIX. 
— En 5 de diciembre de 1623 se decretó por los señores de la Junta: «Que 
Gonzalo Gonzáler, platero de oro, vea estas dos joyas y las tase con jura- 
mento.» Hízolo, y el depositario general D. Jerónimo de Barrionuevo dio 
recibo de ellas al día siguiente. 



Obras de Quevedo 303 



tes fondos y perfetos. — Suplica á vuestra alteza mande se reci- 
ban en depósito hasta que se pueda socorrer de dinero ú aclarar 
su cuenta, escribiendo á Ñapóles: en que recibirá mucha mer- 
ced. — Don Francisco de Quevedo- Villegas. 

DOCUMENTO CXIV 

Invectiva de Lope contra los poetas enemigos de Quevedo, en la 
Epístola á D. Lorenzo van der Hammen de León, (a) 

Nunca el donaire en esta parte excluye 
El estilo cortés; mas sufre y siente 
Quien de vengar sus detracciones huye. 

Por mí, yo los perdono fácilmente; 
Por nuestro amigo no, que es nuestro amigo 
De todos los ingenios diferente. 

El peregrino vuestro es buen testigo 
De la eminencia con que al mundo admira, 
Cuyas vislumbres desde lejos sigo. 

Jamás hombre español templó la lira 
Con mayor agudeza y hermosura; 
Párase Apolo si templar le mira. 

Sátiros, que vivís en la espesura 
Caliginosa del error que os tiene 
Con tal soberbia en tanta desventura; 

Áspides, que la fuente de Hipocrene 
Venís á inficionar con vuestro aliento; 
Apolo sale ya, Francisco viene. 



¡Oh tú, divino Príncipe, que impetras (b) 
Del cielo tanta luz, que, como Apolo, 
Los más escuros báratros penetras, 

Bese tus sacros pies, tu cetro solo 
Nieve septentrional, líbica arena, 
Y como el Tajo el índico Pactólo. 

Siempre resulte de tu luz serena 
Otro sol que te alivie el peso grave {c)\ 
Que el peso, aunque es glorioso, al fin es pena. 

Mas dejando este apostrofe suave 
A mi lealtad y amor agradecido, 
Para que siempre su grandeza alabe, 



(a) Lope de Vega Carpió: A D. Lorenzo Vander Harnen de León. 
Epístola sexta. Véase al fol. 183 de La Circe con otras Rimas y Prosas, Ma- 
drid, 1624., libro corriente para la estampa desde agosto de 1623. 

{ó) Habla con el rey Felipe IV. 

(í) Lisonja al ministro conde-duque de Olivares. 



304 



Documentos 



Conozca, si quisiere, el presumido 
Que si fuere cainello entre leones, 
Con sólo verle quedará rendido. 

Aunque una vez (ó mienten relaciones, 
Que no suelen mentir siendo morales. 
Para ejemplo de humanas presunciones) 

Al rey de los silvestres animales 
Topó la vil raposa, y los medrosos 
Pasos paró, singultos dio mortales-, 

Helóse de mirar en los fogosos 
Ojos su muerte; y el león, templando 
Los rayos de los orbes rigurosos, 

La estuvo, por nobleza, despreciando; 

Y ella, cobrando el ya perdido aliento, 
A la segunda vez le fué mirando. 

El león entonces (á sí mismo atento), 
Menos feroz, la permitió su lado; 
Con que le dio mayor atrevimiento. 

Ella, de todo punto reportado 
El temor concebido, habló atrevida 
Toda la margen del ameno prado; 

Y en un peloso Ulises convertida, 
Sin hablalla el león, de su fiereza 
Por cosa vil se despidió con vida. 

Después con otros de su igual flaqueza 
Dicen que se alabó, diciendo á voces 
Infamias de su fuerza y su nobleza. 

«¿Aquel era el león, que tan feroces 
Nos pintan? (dijo) ¿á aquel los animales 
Tiemblan las uñas hórridas y atroces? 

»¿Dónde están las insignias imperiales? 
¿Qué es de las presas, pues me tuvo miedo, 

Y fuimos por un verde prado iguales? 
» Desde esta vez desengañada quedo 

Que tratadas las cosas son menores: 

En ciencia, en armas y en valor le excedo.» 

Desta manera son los detractores 
De leones magnánimos, que han hecho 
Desprecio de animales inferiores. 

Así nuestro Francisco, así sospecho 
Que perdona las míseras raposas, 
Por no ensuciar de baja sangre el pecho. 

Presumen estas lenguas venenosas 
Derribar en los templos de la fama 
Del sacro altar las opiniones diosas; 

Mas, como nueza que en abril enrama. 



Obras de Quevedo 305 



Caen del tronm en viendo la presencia 
Del claro sol que el Escorpión inflama. 

Á los de Efeso Heráclito sentencia 
A muerte en el destierro de Hermodoro, 
Príncipe de las armas y la ciencia, 

Poniue dijeron: «Hombre que en decoro, 
En nobleza, en virtud y entendimiento 
Nos vence á todos, como al plomo el oro, 

»No viva entre nosotros; que su aumento 
Nos disminuye, humilla y ocasiona.» 
¡Qué envidia! ¡Qué villano pensamientol 

Así niegan, Laurencio, la corona 
Que se debe á Francisco estos ingratos, 

Y así la envidia bárbara blasona. 
Ya conozco sus tretas y sus tratos. 

Ellos quieren vivir como behetría; 
Que no se juntan bien cisnes y patos. 

Vos, cuyas letras, como sol al día, 
Ilustran nuestro humilde Manzanares 
Con tanta Humanidad y Teología, 

Pues distes honra á nuestros patrios lares 
Viendo en Madrid la luz del sol primera, 

Y agora honrando cátedras y altares. 
Tomad la pluma, y la canalla fiera 

De sátiros, de faunos y silenos. 

Del monte en que Francisco reverbera 

Salga á los bosques de maleza llenos; 
No enturbien su cristal vertiendo en rabia 
Acónitos, cicutas y venenos; 

No vivan fieras entre gente sabia; 
La tierra que los hizo los posea; 
Que quien la ciencia con envidia agravia 

No ha de vivir donde preside Astrea, 
Ni es justo que una diosa tan gallarda 
Consienta en Helicón musa tan fea. 

Tenga el sabio cristal defensa y guarda; 
No viva el coro de las nueve solo, 
Pues décima será Marcia Leonarda; (a) 
Córidon, Marsias; y Francisco, Apolo, (b) 



(a) Dedicó á la señora Marcia Leonarda las tres novelas que princi- 
pian al fol. 109 de la Circe. 

(b) Góngora, Marsias; y Francisco, Apolo, 



39 



xo6 Documentos 



1626 

DOCUMENTO CXV 

Guerra con la familia de Montalbán. (a) 

Y ¿qué culpa tienen los libreros del enojo que él (Quevedo) 
tiene contra el que no les quiso comprar sus libros, por ser una 
sátira universal y un epílogo de suciedades? 

DOCUMENTO CXVI * (¿) 
Salió á luz la primera vez esta novela en Zaragoza, el año 
1626, con el título de Historia de la vida del Buscón llamado 
don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Como 
esta edición se arrebatase en el momento de su publicación, que 
fué en el mes de julio del dicho año, la codicia de la ganancia 
movió á Alonso Pérez, mercader de libros de esta corte, á hacer 
en la imprenta de Alonso Martín una impresión furtiva con el 
mismo título, si bien disfrazada como si fuera la misma edición 
de Zaragoza. Sabido este hurto literario por Roberto Duport, 
librero de Zaragoza, á quien Quevedo había vendido el manus- 
crito (que aquél dedicó á D. Fr. Juan Agustín de Funes, ca- 
ballero sanjuanista en la castellanía de Amposta), demandó en 
juicio al librero Pérez; y por acuerdo de la sala de justicia del 
supremo consejo de Castilla, de 16 de mayo de 1627, se senten- 
ció á la impresora viuda á pagar una multa de cien ducados 
para penas de cámara, y al Pérez á otros ciento, con más la pér- 
dida de todos los ejemplares que se le aprehendieron, los que se 
entregaron al procurador del propietario del original, Duport, 
con la condición de que diese para el santo hospital de esta 
corte la mitad del importe en venta de los ejemplares que se 
aprehendieron. 

DOCUMENTO CXV 11 * {c) 
La indisposición porfiada entre mi tío D. Francisco y Mon- 



{a) Tribunal de la justa venganza, pág. 253. 

(¿) Obras de D. Francisco de Quevedo Villegas, edición ilustrada por 
artistas españoles, t. II, Madrid, 1S41, pág. 343. 

(f) Apuntamientos del sobrino de Quevedo, citados á la pág. 176; 
quien no estuvo nada bien enterado en este particular. 



Obras de Quevedo 307 

talbán tuvo origen en ur.a disputa que hubo entre los dos en 
casa de D. Jerónimo del Prado sobre asuntos literarios, cuyo 
señor les contuvo para que no llegasen á pegarse. Esta enemistad 
fué fomentada por los malos amigos de ambos, que con poca 
caridad se divirtieron mucho tiempo en obligarlos á denostarse; 
contándose que se aumentó el encono de mi tío, y escribió la 
PerÍ7iola contra Montalbán, para vengarse de la burla y despre- 
cio que le hizo éste por su Anacreonte en el siguiente soneto, 
que corrió mucho por Madrid: 

Anacreonte español, no hay quien os tope. 

1628 

DOCUMENTO CXVIII 
Carta del presidente de Castilla levantándole nuevo destierro, {a) 

Su majestad (Dios le guarde) ha dado licencia á vuestra- 
merced, para que pueda entrar en la corte. En llegando á ella 
importa que me vea vuestramerced luego; cuya persona guarde 
nuestro Señor. Madrid, 29 de diciembre 1628. — El cardenal de 
Trejo. 

1629 

DOCUMENTO CXIX 

Remiendos de plumas ajenas en las obras de D. Francisco 

de Quevedo. {b') 

Y lo que es más intolerable, no ha faltado Aristarco que ha 
osado poner la pluma en las demás obras deste autor tan aplau- 
dido,, añadiendo ó quitando lo que á su mal fundado juicio pa- 
recía; siendo así que un descuido de la tinta de D. Francisco de 
Quevedo, cuando le hubiera, prefiere á lo más discurrido destos 
carcomas de libros, que llenos de su opinión, están huecos de 
lo más estimable y sólido de la sabiduría. Dejo los que para 
derribarle de lo alto de la opinión en que estaba, le prohijaron 
muchas obras odiosas y algunas indecentes; pero quien las cote- 
jare con la modestia y atención de D. Francisco, conocerá que 
no son hijas de su ingenio: como del águila refiere Eliano, que 

(a) Társia, pág. 94. 
(¿) Tarsia, pág. 78, 



3o8 Documentos 



oponiendo á los rayos solares sus pollos, hace experiencia si 
son suyos. 

1630 

DOCUMENTO CXX (a) 

¿Quién al de vergüenza poca 
Le ayudó para el Chitan? , 

¿Y quién compuso el Buscón 
Con tarabilla tan loca? 

¿Y quién siempre se desboca, 
En la fucia del privado, 
A quien falsamente ha dado 
A entender que es de la hoja? — 
Pata-Coja. — 

DOCUMENTO CXXI 

Memorial de D. Luís Pacheco de Narváez, maestro del rey D. Felipe IV en 
la destreza de las armas, denunciando al tribunal de la Inquisición cier- 
tas obras políticas y satírico-morales de D. Francisco de Quevedo [b). 

Illmo. Señor. 
Don Luis Pacheco de Naruaez Maestro del Rey nuestro se- 
ñor en la filosofía i Destreza de las armas dize, que como cató- 
lico i fiel cristiano, teniendo como tiene i cree, todo lo que cree 
i tiene la Santa Iglesia católica Romana y obedeciendo los de- 
cretos i editos del santo tribunal de la Inquisición, en que man- 
da que qual quiera que huuiere oido, o supiere que alguna per- 
sona aya dicho, o hecho alguna cosa que sea diferente o contra- 
ria o malsonante a nuestra sagrada religión, o a las diuinas le- 
tras, lo manifieste, poniendo para ello granes censuras dignas del 
temor i la obedecencia, obligado de uno i otro, da este memorial, 
no por delación sino por auiso, que aviendo leido un libro que 
se intitula Política de Dios, Gouierno de Cristo, i Tirania de 
Satanás, que compuso don francisco de Queuedo Villegas, é im- 



i 



(a) De la Sátira escrita en 1632, y citada á la pág. 176. Se infiere 
de esta estrofa que el padre Hernando de Salazar dio á QuEVEUO los ma- 
teriales para escribir el Chitun de las tarabillas. 

(¿) Documento original y autógrafo, sin fecha, escrito seguramente 
en el año de 1630. 



Obras de Quevedo 309 



priniio en la Ciudad de <;^aragOí;a, año de mil i seis cientos i 
veinte i seis, en la emprenta de Pedro Verges, le a parecido qes 
muy escandaloso, i que tiene muchas proposiciones malsonan- 
tes, i otras opuestas a la escritura Sagrada; y particularic^ando 
algunas dellas i citando folio i pagina, hallará V. lUnia., que 

En el princip° de dicho libro i dos hojas mas adelante afir- 
ma temerariamente que lo escriuio con las plumas de los Evan- 
gelistas, que alparecer i común sentido, es lo mismo que dezir, 
y asi quiere que se entienda, que se lo dicto el Espiritu santo: 
escandaloso atreuimiento, que ningún santo Doctor de la Igle- 
sia, ni otro que aya sido iluminado se atreuio a cometer (a). 

Que el priuar con Dios, es peligroso, i que por ser Abel 
lusto priuado suyo, i ofrecerle lo mejor de sus bienes, murió por 
ello, i fue mas executiua la muerte en el, que en el fratricida Cain, 
pues a este le dio señal para que nadie le matase; en que ha- 
ce a Dios i a su amistad como causa eficiente de aquel homici- 
dio, siendo verdad (como lo dize Lira sobre el 4.° cap. del Gé- 
nesis) que lo fue la envidia de que su sacrificio no fue admitido, 
por ser el desecho de los frutos (^). 

I contradiziendo al Evangelista san loan en que por expre- 
sas palabras dize, que no enuio a su vnigenito a juzgar el mundo 
sino a saluarlo. cap. 18. i con la misma afirmación, No vino 
Cristo a reynar temporalmente, sino a redimir el genero huma- 
no, y aviendo dicho Cristo, por san loan cap. 12, Si alguno oye- 
re mi palabra i no la guardare, yo no lo juzgare, porque no vine 
a juzgar el mundo sino a saluarlo: Y aviendole dicho a Pilato, 
como lo refieren los Evangelistas, Matt. 27. Marc. 15. Luc. 23. 
loan. 18. que no era deste mundo su Reyno: Y ser verdad ca- 
tólica, que conociendo el señor, que aquella turba por quien auia 
hecho el milagro de los panes i peces auian de venir a leuan- 
tarlo por Rey, huyo al monte, Joan. cap. 6. porque como refiere 
san Lucas, cap. 4. para predicar el Reyno de Dios era enuiado, 
preciándose tanto de Doctor, i Maestro, titulos con que lo pre- 
dixo Isaias cap. 30. Y auerse dicho al Pontifice Anas q^o le pre- 
guntó por sus discípulos i su doctrina, yo claramente e hablado 
al mundo i siempre enseñé en la Sinagoga i en el Templo, 



(rt) Fol. 2, pág. I. 
l¿>) Fol. 4, pág. I. 



10 Documentos 



JNIatt. 26. Marc. 14. Luc. 22. este autor lo hace Rey temporal, i 
dize que baxó a gouernar el mundo, i que vso en el de jurisdi- 
cion criminal i ciuil: grande apoyo para la falsa opinión, i ce- 
guedad hebrea, que niegan el auer venido el Mesias, i lo están 
esperando, viendo que un cristiano, y entre Cristianos, escriue 
que el que vino, fue Rey, i Gouernador (a). 

Afirma que el darle Cristo permission a la legión de Demo- 
nios que estauan en el cuerpo de aquel hombre que dizen los 
Evangelistas (Matt. 8. Luc. 8.) que auitaua en los sepulchros, 
para que entrase en una manada de puercos, porque se lo ro- 
garon, i que no los enuiase al abismo, fue vsar con ellos de mi- 
sericordia; esto Señor, parece que hace mal sentido, por ser su 
obstinación incapaz de merecerla, i no poderse arrepentir, ni 
pedir perdón, I también suena mal el dezir, que el darles Cristo 
aquella licenzia, fue para que hiciesen aquel mal de camino (¿n). 

Y por que en el desierto donde hi^o Cristo señor nuestro el 
milagro de los cinco panes y dos peces, viendo los discípulos 
aquella multitud de gente que les seguia le dixeron, que la de- 
jase ir a buscar de comer; con un libre desprecio los trata., de 
desapiadados, miserables y i uiles y apocados: diferentes hon- 
rras i mas gloriosos epictetos les da nuestra católica Iglesia, en 
imitación del señor quelos llamó Cristos (ít). 

Y que en las bodas de Cana de Galilea porque Alaria san- 
tissima señora nuestra le dixo al señor que faltaua vino, dize que 
se le mesuró con sequedad aparente: en que supone en Cristo, 
desprecio para con su madre, i si esto no, simulación y engaño 
por lo que, en rigor lo significa, esta palabra, aparente (d). 

Por expresas palabras dize, que Cristo nuestro bien, en los 
mayores negocios, licuaba á sus discípulos para (]ue durmiesen 
mientras el velaua, siendo esto contra la misma verdad que es- 
criven los Evangelistas de las muchas vezes que les estaua amo- 
nestando en común i emparticular que velasen, que no sauian ni 
la ora ni el tiempo; Matt. 13, 24, 25; Luc. 12, 18, 21; i en el 
huerto Getsemaní les dixo velad y orad porque no entréis en 



(a) Fol. 8, pág. I. 

(¿) Fol. 13, pág. 2. 

(f) I-'ol. 26, pág. i; fol. 27, pág. 2. 

l(¿) Fol. 30, pág. I. 



Obras de Ouevedü 3 1 1 



tentación, i hallándolos durmiendo se les quejo por que no ha- 
uian podido velar una ora con el. Mat. 26, Mar. 14. Luc. 22 (a). 
Afirmatiuamente dize que no tubo Cristo priuado, ni con san 
Evangelista se particularizo, ni trato con el mas que con los 
otros Apostóles, contradiziendo en esto a la diuina escritura que 
llama por antonomasia, el mas amado, a quien lesus mas amaua. 
loan. cap. i. 13. 18. 21. y desmiente a nuestra Madre católica 
Iglesia, pues en la festiuidad, destc glorioso i sagrado Apóstol, 
le canta Este es san loan, el que por vn especial preuilegio de 
amor, mereció ser honrado por nuestro redemptor mas que los 
otros (¿). 

Y también afirma que condenó a muerte Cristo nuestro Se- 
ñor, al sagrado Apóstol san Pedro, porque con humildad resis- 
tía que le lauase los pies, i que el dezir que no se los lauaria, 
fue tentación como la del Demonio en el desierto, i que en la 
intención de san Pedro, andaua rebozado Satanás: siendo cierto 
que san loan cap. 13. refiere que le dixo; Sino te lauare los pies, 
no tendrás parte en mi; y esta siendo como fi.ie condicional pro- 
possicion, de si no te labo, no fue condenarlo a muerte tempo- 
ral como este autor quiere que se entienda (c). 

Segunda vez quiere introduzir que lo condeno á muerte por 
auerle cortado la oreja a Maleo, aviendo dicho primero que el 
cortársela, auia sido a persuacion del cielo: en que insinúa que 
aquel fue pecado y delito digno de muerte, y que el cielo per- 
suade a pecar: ademas que de la sagrada escritura, no pudo 
este autor inferir que Cristo condenase á muerte á san Pedro 
pues consta por ella que se lo dixo como lo refiere san Matheo 
cap. 26. buelue tu cuchillo á la vaina porque todos los que mata- 
ren a cuchillo a cuchillo morirán; y san Pedro no mató á Maleo, 
solo una oreja le cortó, i sin milagro pudiera viuir como muchos 
viuen sin las dos, y Cristo no le resucitó, sino le curo como a 
herido {d). 

Y no parece menor inconuiniente el que nos quiera persua- 
dir, (contra lo que nos están enseñando los predicadores evan- 



(a) Fol. 39, pág. I. 

(/') Fol. 41, pág. 2; fol. 51, pág. I. 

(c) Fol. 32, pág. 2. 

(<«') Fol. 32, pág. I. 



3 I 2 Documentos 



gelicos) que en el monte Tabor, quando se transfiguró Cristo, 
reprehendió a san Pedro seueramente, porque dixo; Bueno es 
que nos cjuedemos aqui i hagamos tres tauernaculos: siendo ca- 
tholica verdad lo que dize san Mateo, cap. 17. que viéndolo tur- 
nado (como asimismo lo estañan lacobo y loan) llego lesus, i 
los toco con su mano, diziendoles, leuantaos i no temáis, i que 
baxando del monte les dixo, no digáis esta visión hasta que el 
hijo del hombre resucite de los muertos, pero no que le diese 
reprehensión {a). 

Este autor si, es el que se la da, diziendo con indignidad que 
el dezir san Pedro bueno es que nos quedemos aqui, fue con- 
sulta cautelosa, i en parte lisongera, que escondió su interés en 
la palabra, que era interesado en la comodidad propria, i des- 
apiadada de los necesitados, que mostró mas comodidad que ze- 
lo, y que hablo con lenguaje ageno de los oidos de Dios: gran 
desconsuelo causa esto señor Illmo. a los que religiosamente ve- 
neramos al vicario de Cristo al que c^uedó por cabera de la Igle- 
sia, i por Vice Dios en la tierra (b). 

Y no le a parecido a mi humilde talento (aunque sin atreuer- 
me a resoluerlo) que es muy sana dotrina el dezir que Cristo 
condeno a muerte á los sagrados Apostóles lacobo, i loan, hijos 
del Zebedeo, por auerle pedido las sillas diestra, i siniestra en 
su gloria, i que las muertes que padecieron, el vno de cuchillo i 
el otro de tina fue por esto; pero ueo que el Texto sagrado lo 
contradize, i escriue san Matheo, cap. 20. i san Marcos cap. 10. 
que les pregunto si podian beuer su cáliz, i ellos voluntariamente 
dixeron que si, ofreciéndose al martirio (<r). 

En otro lugar dize, que Cristo Señor nuestro se recataua de 
sus doce x^postoles porque entre ellos auia vn ludas, atribuyendo 
ignorancia en su eterna sabiduría como que no sauia el Señor 
qual era el que lo auia de vender i entregar, i dicholes muchas 
vezes que uno de los que ponian la mano en su plato auia de 
ser i después a san loan que a quien le diese el pan mojado. 
Matt. cap. 13. 26. loan. 6 {d). 



(fl) Fol. 48, pág. i; fol. 49, pág. 2. 

(¿) Fol. 49, pág. I. 

(r) Fol. 46, pág. 2. 

{d) Fol. 50, pág. 2. 



Obras de Quevedo 3 1 3 



Y no es menos escandaloso el dezir, que el dar señas de los 
ladrones, es. buscarles cómodo, ponellos con amo, solicitarles la 
dicha, i dar noticia de lo que se busca: y luego dize que Cristo, 
da las señas en que se conozca el ladrón: en que concedida la 
mayor i no negando la menor, se sacarla vna herética conse- 
quencia i podrian peligrar los no bien instruidos en la fe {a). 

Pero el vltimo que me ofrece la memoria es tan horrible que 
lo refiero con temor porque afirma en el, que Cristo no durmió, 
ni ay Evangelista que tal diga, oponiéndose en esto á San Lu- 
cas cap. 9. que dize, que estando el Señor en vna varea con al- 
gunos de sus discípulos se adurmió, i se leuanto tormenta en el 
mar i que llegaron a el i lo dispertaron, diziendole Maestro que 
perecemos: Y en esto parece (no lo afirmo juzgúelo el santo tri- 
bunal) que este autor esta mal instruido en la escritura, o soli- 
cita que preuariquemos en ella, porque si el angélico Doctor, 
q. 14. art. 3. dize que Cristo señor nuestro, tubo cuerpo mortal 
con todos los defectos naturales que acompañan a la humana 
naturaleza, que no estoruan á la perfección de la gracia (i estor- 
uan la ignorancia, la inclinación al mal i la dificultad al bien). 
Y esto mismo fue determinado en el concilio Ephesino. anat. 12. 
en el Toledano primero in confesione fidei: en el Lateranense 
sub Mart. i. Consultat. 5. y en el ó, Synodo act. 11. in Epist- 
Sofroni: con tan firmes testimonios parece que es inculpable 
mi rezelo {b). 

Estas pocas obseruaciones e hecho deste libro que esta de- 
ramado por todas por todas las naciones del mundo, y en ma- 
yor numero en las enemigas de la Romana Iglesia y desta Mo- 
narquia. Los lugares que en este memorial van citados de la es- 
critura, (que en tiempo de quarenta años, e oido a predicadores) 
no es para ostentar que la se, que mi insuficiencia es conocida i 
humildemente la confieso, sino para manifestar la vrgentissinia 
causa que a ocasionado mi escrúpulo, i lo que me obliga a po- 
nerlo en manos de V. L para que con su cristianissimo zelo las 
mande examinar, i prouea lo que conuiniere al seruicio de Dios, 
bien de las almas, i extirpación de los errores. 



(«) Fol; 68, pág. 2; fol. 69, pág. I. 
(¿) Fol. 41, pág. I. 



40 



314 



Documentos 



Y aduierto Señor Illmo, que este libro se boluio a imprimir 
en Madrid, en la emprenta de la viuda de Alonso Martin a costa 
de Alonso Pérez mercader de libros, con nombre de corregido i 
emendado, i que a mi parecer, lo está tan poco que obliga a 
no menor cuidado que el primero. 

Otro libro deste mismo autor é leido, su titulo, Historia de 
la Vida del Buscón llamado don Pablos, exemplo de vagamun- 
dos, i espejo de tacaños: este se imprimió en Barcelona por Se- 
bastian Cormellas año de 1626. en que, si mi juicio no padece 
engaño se hallará (demás de las desonestidades, palabras obce- 
nas, torpes i asquerosas, indignas de ponerse por escrito i que 
lleguen á ser leidas de los que profesan virtud i piedad cristia- 
na) que mezcla las cosas diuinas con las profanas, haciendo alus- 
sion de las vnas á las otras en desprecio i ofensa de nuestros sa- 
grados ritos i lo dedicado á ellos, i demás desto propossiciones 
menos que católicas, de las quales referiré las menos, para que 
siruan de index de otras que otro mayor talento descubrirá, i 
sabrá advertir, i ponderar. 

Descriuiendo vn rozin mu)^ flaco, dize que se le echauan de 
uer las penitencias, i ayunos: siendo esto la medicina que tene- 
mos contra el pecado, i de lo que Dios mas se agrada, i buelue 
al pecador a su gracia i le da su gloria, i ser solo el hombre ca- 
paz para la vna, y con la preueniente gracia ser merecedor de 
la otra (a). 

Y por el desprecio que por sus palabras muestra tener al sa- 
crosanto sacerdocio hace discripcion de vn clérigo a quien in- 
troduze pupilero, con tales modos i tan ofensiuo lenguaje, que 
viene a ser de mejor calidad el hombre mas vil de la Reppu- 
blica, con justa vergüenza i deuido respeto dejo de referir los 
descompuestos oprobios que le dize, porque V. I. lo mandara 
ver^ solo diré que la misma infamia se coriera si le aplicaran 
apodos tan injuriosos (¿). 

Y con igual, i aun mayor desacato a la dignidad sacerdotal, 
dize que llegando a una Venta, hallo dos rufianes con vnas mu- 



(a) Fol. 5, pág. 2. 
(//) Fol. 7, pág. 2. 



Obras de Quevedo 3 1 5 



gercillas, i vn cura reí,anrlo al olor de ellas: pues quando pudie- 
ra auer que es inipossible sacerdote tan distraído que se acom- 
pañara con tan ruin, e infame gente, no era justo dezir ni ima- 
ginarse, que el oficio diuino lo auia de re^ar al olor de tan in- 
fames mugeres {a). 

Y no menor desacato (contra tan alta dignidad a quien Em- 
peradores i Reyes humillan su cabera) es el que diga que avien- 
do cenado los rufianes, i las mugercillas pecatrizes que el cura 
repasava los huesos cuya carne ellos i ellas auian comido, i que 
después, el i otros estudiantes estafadores, se espetaron en un 
asno (¿). 

Entrando en una posada, a cuyo huésped introduze morisco, 
dize estas palabras, Reciuiome pues el huésped, compeor cara 
que si fuera yo el ssmo. sacramto. {c). 

Itras desto dize, entre en casa, i el morisco que me uio, co- 
mento a reirse, i hacer que queria escupirme, i yo que temi que 
lo hiciese le dixe, teneos huésped que no soy ecehomo (¿i). 

Contra el séptimo mandamiento del Decálogo, asienta esta 
propossicion, que lo que se hurta á los amos sisándoles, aunque 
sea mucha cantidad, no obliga a restituirlo, dando con esto 
motibo á los de mala inclinación, i poca noticia de la ley de 
Dios, a que hurten i no lo confiesen, i sea medio para conde- 
narse {e). 

Para encubrir vna burla i hurto que auia hecho, dize que se 
echo en la cama, i que tomo una vela en la mano, i vn Cristo 
en la otra, i que vn clérigo le ayudaua a morir, i vnos estudian- 
tes le rezauan las letanías: siendo todo esto no acto para vn la- 
drón, o burlador, sino para un cristiano que espera saluarse, i 
ua a dar q^^. á su Dios poniendo por intercesores a los santos, i 
pidiendo misericordia i perdón a Cristo crucificado (/). 

Fingiendo que vn clérigo era poeta (para solo hacer burla 
del por ser poeta) hizo en su nombre vnas coplas, cuyo estriuillo 
es Pastores no es lindo chiste que es oy el señor san corpus 

(a) Fol. 15, pág. I. 
((5) Fol. i6, pág. 2. 
(c) Fol. 18, pág. 2. 
{(¿) Fol. 20, pág. I. 
(í") Fol. 25, pág. I. 
(/) Fol. 29, pág. I. 



3i6 Documentos 



criste; i luego le pone una objeción diziendo que Corpus cristi 
no es santo, sino el dia de la instituc°" del Santissimo Sacra- 
mento (a). 

Al pregonero que va publicando los delitos de aquellos que 
acotan por justicia, le llama precursor de la penca, (que es con 
la que a^ota el verdugo) descomedida i malsonante alusión del 
titulo que se le dio a tan gran santo como san loan baptista, 
queriendo que desta santa i gloriosa anthonomasia goce vn hom- 
bre infame, i tan infame instrumento (¿f). 

Dize que comiendo el verdugo con el i otros compañeros, 
trajeron pasteles de a quatro, i que tomando vn isopo después 
de auerles quitado las ojaldres, dixeron un responso con su ré- 
quiem eternam, por el anima del difunto cuyas eran aquellas car- 
nes: siendo la deprecación que hace la Iglesia por los difuntos 
christianos. Y demás desto afirma que siempre que come paste- 
les, re^a un aue María, por el que Dios aya: en que á los anima- 
les irracionales, cuyas carnes comemos en los pasteles, los supo- 
ne con almas racionales, capaces de go^ar de la gloria, i que les 
puede ser faborable la angélica salutación, con que a la Empe- 
ratriz del cielo se le anuncio que auia de ser madre de üios {c). 

Que vn demandador jugaua con el verdugo misas como si 
fuera otra cosa (d). 

Que vn picaro se vestia la camisa de doze vezes, diuidida 
en doze trapos, diziendo una oración á cada uno como zacer- 
dote que se viste; descompuesta alusión de vn picaro i sus an- 
drajos, a un sacerdote, i vestiduras sagradas dedicadas a tan 
alto fin {e). 

Suponiendo auer una quadrilla de picaros bribones que solo 
vivían de engañar i buscar el sustento por medio de hurtos i 
embelecos, dize que entro a ser vno dellos i que para comení^ar 
la estafa, le dieron padrino como a misacantano: haziendo com- 
paración de la cosa mas vil i actos infames a lo que es ordena- 
ción eclesiástica para tan sacro santo misterio. 



(«) 


Fol, 


• 37. Pág- 2, 


(''0 


Fol. 


45. P'^g- I- 


(0 


Fol. 


48, pág. I. 


(^0 


Fol. 


50, pág. I. 


(0 


bol. 


59. pág. 2. 



Obras DE QuEVEDO 317 



Y no parece menos culpable, lo que en este mismo folio dize, 
que encontrando vno destos picaros con vn acrehedor suyo, por- 
que no lo conociese, soltó detras de las orejas el cauello que 
traia recogido, i quedo Nazareno, entre Verónica y caballero la- 
nudo (a). 

A esta quadrilla i junta de picaros, llama religión i Orden, 
no mereciendo ni dándole este titulo los Cristianos, sino á la 
que aprueua i confirma la santa sede Apostólica debaxo de per- 
fectissimos estatutos (d). 

A los religiosos moncales de san Hieronimo, con burla i 
desprecio, los llama frailes de leche como capones (c). 

Dize que aviendole preso, lo primero que los picaros i ga- 
leotes de la cárcel, le notificaron fue dar para la limpieza y no 
de la Virgen sin mancilla: la limpieza para lo que el dize que 
le pedian es quitar la vasura, i verter las immundicias, i acomo- 
do lo que tanto se venera en la tierra y en el cielo {d). 

Que para huirse de vna posada, i sacar su ropa sin pagar lo 
mucho que deuia, concertó que vnos amigos suyos, le fuesen a 
prender diziendo que era por parte del santo oficio: introduzien- 
do para acción tan injusta, ministros de tan santo tribunal, a 
quien no se ha de atreuer la burla, ni el engaño, ni aun con fin- 
gimiento insinuar que pueda auerse cometido este delito; por 
que muchos dejarían de pecar si no se les enseñase el como se 
puede cometer el pecado (e). 

Laciua, i desonestamente contra lo permitido en libros que 
an de llegar a manos de todas gentes, i en ofensa de los tres re- 
quisitos establecidos por la humana i cristiana prudencia, que 
sean, vtiles, honestos, i deleitables, dize que á las mugeres no las 
quiere para consejeras, ni bufonas, sino para acostarse con 
ellas, y que las procura de buenas partes para el arte de las 
ofensas (/). 

Introduziendose fullero dize, que para ganarles el dinero a 
vnos jugadores, fingió ser fraile, i se puso vn abito de san Be- 



(a) 


Fol. 61, pág. I. 


i^) 


Fol. 62, pág. 1. 


(0 


Fol. 62, pág. 2. 


(d) 


Fol. 69, pág. 2. 


(^) 


Fol. 78, pág. 2. 



(/) Fol. 82, pág. I. 



3 1 8 Documentos 



nito, i que con esta industria les gano mas de mil i trecientos 
reales; de suerte que para hurto tan infame, quiere que ayude el 
abito de vn tan gran santo, i de tan antigua i santa Religión, 
dando motiuo para que otros hagan lo mismo (a). 

A una muger que dize la prendieron con sospecha de que 
fuera alcagueta, i hechizera, le dize, que bien os estaria madre 
vna mitra, y lo que me holgaré de veros consagrar tres mil na- 
bos, siendo: la vna insinia pontifical, y lo otro, lo que solo se 
aplica al Santissimo Sacramento, a los Obispos, y a los templos, 
conforme las ceremonias que tiene ordenadas nuestra Madre la 
Iglesia (¿). 

De las religiosas, siendo esposas de Cristo, i las mas precio- 
sas joyas del camarín de Dios en la tierra, habla con tal inde- 
cencia, que no permite la modestia cristiana que se refieran aqui 
sus injuriosas i descompuestas palabras, solo digo que las trata 
peor que si fueran mugeres del lupanar, dando causa que estén 
embaxa opinión i desprecio cerca del vulgo ignorante que es la 
mayor parte del pueblo, i que lo imiten en desestimarlas. Verase 
esto desde fol. 97. hasta 99 (c). 

En suma este libro según mi sentirniento (aunque no me atre- 
bo a calificarlo por acertado) lo tengo por vn seminario de vi- 
cios i vn Maestro que enseña como se an de cometer los peca- 
dos, i que según esta deprauada la humana Naturaleza, i fuerte 
la inclinación al mal, que de tal escuela abran salido muchos 
discipulos, i se puede temer, que se acrecentará el numero, si 
mas tiempo se permite. 

Tercer libro imprimió. Señor lUmo. en la Ciudad de Qara- 
goza en la emprenta de Pedro Cabarte, impresor del Reyno de 
Aragón, año de 1627. a quien intitula. Sueños i discursos de 
Verdades, descubridoras de abusos, vicios i engaños, en todos 
los oficios i estados del mundo; del qual si yo fiara algo de mi 
discurso dixera que es pernicioso, i su ator de animo mas atre- 
uido, a censuras y ofender la República i a los que a costa de 
su trabaxo i sudor la siruen i sustentan, que a coregir con ad- 



(a) Fol. 38, pág. 2. 
(í5) Fol. 90, pág. I. 
{/) Fol. 97, 98, 99. 



Obras DE QuEVEDO 319 



vcrtencias i saludables consejos, los daños que supone efectivos, 
algunas de. sus clausulas referiré, que no serán menos culpables 
que las demás, ni pedirán menos remedio. 

El primer sueño es del Juicio final, cosa que reseruo Dios 
para si, sin que otro supiese el dia ni la ora, los que se an de 
saluar o condenar, y este autor lo supo entre sueños (no en reue- 
lacion ni con espiritu profetico) y tubo preuisto todos los que se 
an de condenar, y por que, aunque no refiere los de la mano de- 
recha, porque comunmente condena a todo el genero humano. 

Deste dia tan tremendo tan amenazado de Cristo. Matt. 
cap. 24. tan encarecido de los santos, y ponderado repetida- 
mente de nros evangélicos predicadores, este autor, hace irision, 
burla, i gracejo, i dize que vnos mercaderes para ir al Juicio se 
auian calcado las almas al reues (a). 

De vna muger que finge auer sido publica ramera, dize, que 
por no llegar al valle no hacia sino dezir que se le auian olui- 
dado las muelas, i vna ceja, i que boluia i se detenia (¿). 

De vnos que se condenauan; viendo que por ser cristianos les 
daban mayor pena, que a los Gentiles, dize que alegaron que el 
serlo no era por su culpa que los baptiíjaron quando niños, i asi 
que los padrinos la tenian; de suerte que da por culpa el ser cris- 
tiano, i se lapone a los padrinos en cuya fee un niño se baptiza: 
gi-acejo es este de que podría resultar alguna erada opinión (r). 

De otra muger que se condenó, escriue que iua diziendo, oja- 
lá supiera que me auia de condenar, que no huuiera oido misa 
los dias de fiesta; bien podria ser esto motibo para que alguno 
que estuuiese empecado mortal, sauiendo que por la presente 
Justicia está condenado, quebrantase el tercer mandamiento de 
la Iglesia i tras este los demás, acumulando pecados a pecados, 
o que desconfiando de la misericordia de Dios, dejase de hacer 
penitencia como Cain, i ludas Escariot (d). 

En el segundo discurso, a quien llama el alguacil endemo- 
niado, equipara a los cristianos con los Demonios i alguna vez 



(a) Fol. 4. Pág. I. 

(¿) Fol. 3, pág. I. 

(c) Fpl. 8, pág. I. 

(t¿) Fol. 10, pág. I. 



320 Documentos 



dize que son peores, siendo cada vno de los malinos espiíitus la 
mas ingrata criatura, cuya reueldia, i obstinación le hace inca- 
paz de arrepentimiento, i de misericordia: Y no es pequeña cau- 
sa para que los que no profesan la ley de Cristo se tengan por 
mejores que nosotros que dichosamente la profesamos. 

En este buelue a discriuir un Sacerdote, (sin respecto a la 
soberana dignidad, i a quien por la boca del Señor, es llamado 
Cristo) mi lengua teme, i mi pluma se acouarda para escriuir 
como lo dize. pero solo diré, que de un Mahometano Alfaqui, 
no se pudieran dezir peores ni mas infames cosas (a). 

Y por no cansar á V. I. digo que en este discurso, i en otros 
dos que se le siguen, no ay dignidad, seglar, ó eclesiástica, ni 
hombre profesor de Ciencia, Arte ni oficio a quien no lo ponga 
en el infirno, sin que en quanto soñó diga que alguno se saluase. 

Y en otro discurso a quien intitula Sueño del Infierno,- dize 
que vio, guiado del Ángel de su guarda, con particular proui- 
dencia de Dios, (esto solo vn Gentil con su ignorancia, i vn 
Poeta con la licencia poética, lo pudieran dezir i afirmar que 
entraron en el infierno, i salieron del, que nuestra fea cristiana 
no le concede redempcion al que vna vez entra) y demás demás 
de auer dicho quanto su malicia le dictó, dize vna cosa tremen- 
da, que con la prouidencia de Dios, i la guia del Ángel de su 
guarda, dejo el camino de la Virtud, no se que mas pudiera de- 
zir si algún Demonio lo guiara. 

En este, hace a vnos Demonios, mal baruados, a otros en- 
trecanos, lampiños, gurdos, encoruados, cojos, romos, calbos, 
mulatos, zambos, i con sauañones: Esto creido por los ignoran- 
tes, a causa de hallarlo escrito de molde, con licencia de los su- 
periores, menos temor les tendrán pues los juzgaran hombres, y 
sera remisa la diligencia para huir i librarse dellos (¿). 

De los cocheros dize que parecen confesores, i que saben 
mas que ellos, palabra escandalosa contra el sacramento de la 
penitencia parece, pues supone que se les reuela a los cocheros 
lo que a los confesores se les encubre {c). 



(a) Fol. 13, pág. I. 
(ó) Fol. 30, 32. 
le) Fol. 31, p.ig. I. 



Obras DE OuEVEDo ^21 



Dize que en el infierno dan carcajadas de risa los condenados, 
i que los Demonios se rien; Possible que algún ignorante creyese 
esto, i perdiese el temor que vuiese conciuido oyendo predicar 
que alli todo es llanto, i priuacion eterna de la beatifica visión, 
i diga que donde ay risa, no puede auer pena ni tormento {a). 

En este folio se hallará vna proposición temeraria, porque 
introduziendo vn hombre que auia hecho un mayorazgo, i que 
se murió luego, dize en su nombre, Y apenas espiré quando mi 
hijo, se enjugo las lagrimas, i cierto de que estaua en el infier- 
no, por lo que uio que auia ahorrado (como que el ahorrar fuese 
mortal culpa) viendo que no auia menester misas, no me las 
dixo ni cumplió manda mia: Como que el juicio humano pueda 
alcanzar quien es el que se condena, como no sea desesperán- 
dose o apostatando de la fee: dando causa con esto, para que 
los hijos que suceden en los mayorazgos, presuman que sus pa- 
dres, están en el infierno, i no hagan sufragios poniéndolos en 
el tesoro de la Iglesia, para los necesitados dellos (d). 

Dize que entre los Demonios también ay hembras como ma- 
chos, en que parece; que sigue la Vanidad, e ignorancia de los 
que dizen que ay Demonios baptizados, o por lo menos, lo quie- 
re introduzir (c). 

Y con palabras desonestas, i no poco laciuas, dize que las 
poyatas del camarín de Lucifer, estañan llenas de virgines rocia- 
das, doncellas penadas, i que dixo el Demonio, que heran don- 
cellas que se auian ido al infierno, con los virgos fiambres, i que 
por cosa rara se guardauan (d). 

El vltimo libro, en que prosigue estas escandalosas materias 
se imprimió en Gerona en la emprenta de Gaspar Garrich, i 
Juan Simón año de 1628. i le puso por titulo, Discurso de todos 
los diablos, o infierno emendado: esta vltima palabra acrecentó 
el escándalo de la primera, porque dezir que dezir que el Infier- 
no que hi^o Dios para cárcel eterna de los condenados i donde 
se actúa, i a de actuar, con el castigo, su justicia diuina, lo 



(a) Fol. 35, pág. 2; fol. 38, pág. I. 

(ó) Fol 39, pág. I. 

(í) Fol. 60, pág. 2. 

(</) Fol. 61, pág. I. 



41 



322 Documentos 



emienda este autor suena tanto como que son imperfectas las 
obras de Dios según el fin para que fue cada vna; porque emien- 
da, dize perfeccionar aquello que en quanto su ser no tiene per- 
fección: Tremendo exemplo refieren las historias, i conseruado 
en la tradición, del castigo con que indignado amenazó Dios al 
Rey don Juan el Sabio, digo don Alonso, por otras casi seme- 
jantes palabras, en que presumió poder emendar la fabrica y 
compuesto natural del hombre, i executara su rigor si con are- 
pentimiento no confesara su pecado, i pidiera misericordia. 

Dize en nombre de vn condenado, que en el mundo, no auia 
estado bien con otro, por no verte me vine al infierno, y si ad- 
virtiera en que este auia de venir acá fuera bueno, no por saluar- 
me, sino por ir donde no podia entrar {a). 

Insinúa que se condenan vnos, por los pecados que otros co- 
meten, sin ser cómplices ni sauidores dellos: criminal delito, i 
graue ofensa contra la recta justicia de Dios, en que cada vno 
pague las culpas que comete {b). 

Aqui buelue a hablar de las monjas tan injuriosamente, que 
la palabra menos rigurosa, es dezir que todas son diablos {c). 

Esto, Señor Illmo e hallado en los quatro libros deste autor, 
si todas estas materias no merecen la ponderación que e hecho 
dellas, abóneme mi buen zelo, abóneme la obediencia, i auer 
seguido el sentimiento de otros muchos católicamente doctos: 
á V. I. tiene puesto Dios en ese santo tribunal por delegado, 
para juzgar sus causas, con humildad i cristiano afecto 'le re- 
presento esta, en que con su singular prudencia, mande i orde- 
ne, lo que fuere mas seruicio de nuestro Señor, mayor bien, i 
exemplo de los que profesamos su santissima fee. 

Don Luis Pacheco 
DE Naruaez {d) 

(a) Fol. 2, pá^. 2. 
(ó) Fol. 6, pág. I. 

(c) Fol. 38, pág. 2. 

(d) Dos pliegos metidos uno dentro de otro. Entregóse el memorial, 
hecho cuatro dobleces por lo ancho. En el principal de ellos se lee: 

Illmo Señor 
Don Luis Pacheco de /Vai-uaez. 
Estuvo encuadernado con otro, y muestra los fols. 404, 405, 406 y 



Obras de Ouevedo 323 



1631 
DOCUMENTO CXXII 

Memorial al consejo de Ordenes, (a) 

f Muy poderoso señor: D. Francisco de Quevedo Villegas, 
caballero de la orden de Santiago, digo que por orden de vues- 
tra alteza hice depósito de un hábito y venera de diamantes 
fondos y de un cintillo de oro y diamantes fondos, por una resta 
de ocho mil y tantos reales que tenía de alcance contra mí el 
duque de Osuna, de cuatro años antes que le prendiesen; y con 
las dichas joyas, que están en el poder del tesorero general, pré- 
nsente papeles de mi descargo contra dicha cantidad. — A vuestra 
alteza suplico que pues las dichas joyas valen más, dando yo 
fianzas de pagar la dicha cantidad dentro del plazo que se me 
señalare (descontado lo que pareciere no deber), se me entre- 
guen para que las venda con mi comodidad y pague mi alcance 
á quien vuestra alteza mandare: que en ello recibiré muy sin- 
gular merced. — Don Francisco de Quevedo- Villegas. 

1632 

DOCUMENTO CXXIII {b) 

Su majestad le honró con el título de su secretario, á 17 de 
marzo de 1632. Hízole repetidas instancias el Conde-Duque para 
que entrase en el despacho de los negocios-, siempre se excusó y 
retiró, conociendo muy bien el desasosiego que traen consigo 
semejantes materias. Esta razón también le movió á no acetar 
otros puestos que le ofrecieron, y particularmente la embajada 

407 tachados, y sustituidos luego con los 524, 525, 526 y 527. La plana 
última se halla en blanco. 

Con desperdicios de este memorial, aderezados con razonable cantidad 
de improperios y desvergüenzas, forjaron los émulos de Quevedo el fa- 
moso libelo que se rotula Tribttnal de la justa venganza, donde procu- 
raron tomársela por su mano, visto que la Inquisición no les hacía caso. 

(a) De mano de D. Francisco; foja 17 de los autos referidos al 
núm. LXXXIX. El Consejo mandó á 18 de julio de 1631 que el tesorero 
general devolviese las joyas, siempre que en su poder se despositasen los 
ocho mil cuatrocientos reales que debía Quevedo al duque de Osuna. Este 
documento cierra la pieza separada que se formó en 1621 y que tengo so- 
bre mi mesa. 

{l>) Tarsia, pág. 94. 



324 Documentos 



á la república de Genova^ á quien su majestad tenía ya resuelto 
de enviarle. 

1634 

DOCUMENTO CXXIV 
Quevedo casado, (a) 

Dulce Gaspar, mi retirada musa 
¿En qué pudo ofenderte, que la obligas 
Á ver el sol para quedar confusa? 



Pero ¿cuál de las nueve á mi poesía 
Hoy dará el vital soplo? ¿Melpomene 
Lúgubre y triste, ó la jovial Talía? 

Cada cual su derecho á tener viene: 
Que si llorar tus males me es forzoso, 
También tus penas divertir conviene. 

Junte, pues, á las dos lazo amoroso; 
Y perdone algún crítico severo, 
Si halla lo tragicómico monstruoso. 

Y cuando de tu pena más lo esquivo 
Te asalte, huir á lícitos placeres 
No será ser cobarde, sino altivo. 

En tu apacible condición, si quieres. 
Los medios hallarás de tu defensa. 
Porque á tí mismo debas cuanto fueres. 

Mas yo ¿qué advierto, si tu agrado visto 
Lo tiene ya, en el medio tan suave 



(ú) Carta, i Elegía Segunda, en respuesta de otra de un Amigo ausen- 
te. Véase á la pág. 207 de El perfeto señor. Sveño politice con otros varios 
discursos, i vltimas poesias varias, De Autonio López de Vega... Con li- 
cencia ea Madrid En la Imprenta Real, Año 1652. 

Reimprimióse allí á plana renglón en el año siguiente, «á costa de 
Gabriel de León, mercader de Libros, y véndese en su casa en la calle 
Mayor.» 

La epístola de que se copian estos versos fué dirigida, en mi sentir, al 
contador D. Gaspar de Barrionuevo; y el riojano D. Fernando de Zarate 
es á quien primero cita en ella López de Vega, de sus amigos de la corte. 

Antonio López de Vega, portugués, vivió casi siempre en Madrid y 
aquí falleció septuagenario después del año de 1658. En el de 1620 publi- 
có su Lirica poesía; El perfecto señor, en 1626; en 1641, hacia los prime- 
ros días de enero, su Her delito y Deinócrito de nuestro siglo. Vivió querido 
de todos, admirada su destreza en el manejo de la lengua castellana, y es- 
timado como entendido filósofo. 



Obras de Quevedo 325 



Que te dejó en Burguillos tan bienquisto? 

¿Querrás saber acaso nueva alguna 
De cuanto acá dejaste? Pues disponte 
A escuchar relación, aunque importuna. 

Algo crece el Retiro, que le asiste 
Su Criador, aun curioso; pero crece 
Siempre en griego la planta, y siempre triste {a) 

¿Triste? ¡Oh qué dello el consonante ofrece! 
Mas punto en boca: ciue elegía emprendo, 
Y que me paso á sátira parece. 

De los amigos referir pretendo 
La ocupación y el ocio; y si la pluma 
Traviesa fuere aquí, menos ofendo. 

¿Qué diré de Fernando, de la suma 
De todo buen respeto, de la gloria? 
Mas ¿quién hay que su ser copiar presuma? 



( — Píntale después la vida de Madrid:') 

Y á Bartolo fiando nuestros casos, 
Ó al montón de los coches nos subimos, 
O vamos á buscar los campos rasos. 

En bajeles tal vez nos dividimos 
Terrestre flota; y unos de cosarios, 
Otros sólo de número servimos. 

Bajel no pasa, que por modos varios 
No le examine alguno ó le entretenga. 
Si no descubren barbas los contrarios. 

Uno aquí suelta la mestiza arenga 
De dos lenguas compuesta; otro á Madama 
Con la acción y los ojos se derrenga. 

¡Gran falta hace tu fuente en esta llama. 
Por más que el buen Francisco nos socorra 
Con raudal de pastillas que derrama! 

Al fin pasa la tarde, y, mano en gorra, 
Unos la ociosidad conduce al juego, 
Y otros lleva á su casa la modorra. 

Francisco, en posesión de su sosiego, 
De su Esperanza en los coloquios pasa, 
Si legas noches, cuerdamente lego. 

Yo, en el rincón de mi sucinta casa, 
Mi Herdclitoy Detnócrito examino, 



{(.i) El real sitio del Buen Retiro. 



326 Documentos 



Y lloro y río mi fortuna escasa. 

Borro y enmiendo, y poco determino; 
Que, como sólo de ocuparme trato, 
No trato de llegar: amo el camino. 

DOCUMENTO CXXV 

Cartas del excelentísimo señor duque de Medioaceli, mi señor, sobre mi 
negocio en Aragón, y del gobernador de Aragón á su excelencia, (a) 

Por haber estado ocho días desta primavera en CogoUudo, 
no he podido responder á vueseñoría hasta ahora, diciéndole 
cómo por haberse pasado la ocasión de la leva de D. Alonso {b) 
(para cuyo efeto deseaba D. Francisco de Quevedo la compo- 
sición con los vecinos de Cetina), viene á ser ya fuera de tiempo 
la ida de D. Miguel (<:), y por esta razón no va. D. Francisco 
me ha escrito que está ya para volverse á su casa; que querría 
saber de vueseñoría si viene consignada en algún miembro de 
renta la paga de los réditos de su dote, mientras el principal del 
le tiene su prima de vueseñoría; porque conforme en la parte 
que esta consignación se hiciere, ha menester dejar dispuestas 
algunas cosas que le tocan en Madrid; y para conseguir de vue- 
señoría breve respuesta, me pone por intercesor. Guarde nuestro 
Señor á vueseñoría. Medina y mayo 21 de 1634. — A. El duque 
de Medina. — Sr. D. Juan Fernández de Heredia {d), goberna- 
dor de Aragón. 

DOCUMENTO CXXVI 

Desde que escribí á vueseñoría ayer, me dice D. Francisco 
de Quevedo en otra carta suya, que he recibido hoy, la desco- 
modidad grande que pasa en Madrid por no poder disponer sus 
cosas, ignorando hasta ahora dónde tiene la consignación de 
su dote; que yo vuelva á acordar á vueseñoría lo haga, y le en- 

(a) Este epígrafe es el mismo que puso de su mano en la cubierta 
de las cuatro cartas que siguen D. Francisco de Quevedo. Copias que 
me ha facilitado el Sr. D. Agustín Duran. 

(¿) D. Alonso será probablemente el señor de Cetina, hijastro de Que- 
vedo. 

(f) D. Miguel de Liñán sería tal vez tío carnal de D. Alonso Fer- 
nández Liñán de Heredia. 

{d) Debía de ser primo del primer marido de D.* Esperanza de Men- 
doza, que se llamaba D. Juan Fernández Liñán de Heredia y nació en 
Cetina, á 25 de agosto de 1583, ignorándose el año y sitio de su muerte. 



Obras de Quevedo 327 

víe la respuesta; porque á el punto, efectuaría allí el asiento de 
su hacienda, hora para estar en Castilla ó en Aragón, que la di- 
ferencia de las monedas le hace no poder efectuarlo de una ma- 
nera para entrambas cosas. 

Yo estimo lo que vueseñoría sabe la persona de D. Fran- 
cisco; y tanto, que no pude hacer más que granjearle á mi señora 
D.'^ Esperanza {a) por mujer. Suplico á vueseñoría ahora me 
responda con este propio, para que )'0 le avise con el correo, 
porque á todo hace falta la dilación. Guarde nuestro Señor, etc. 
Medina y mayo 22 de 1634. — A. El duque de Medina. — Señor 
D. Juan Fernández de Heredia, gobernador de Aragón. 

DOCUMENTO CXXVII 

Su majestad (Dios le guarde) me manda que suba á prevenir 
las fronteras de Francia y aquellas montañas. Y porque es fuerza 
haber de acudir luego á esto, aunque muy mal convalecido, 
he querido venir á esta villa en cumplimiento de lo que tengo 
escrito á vuecelencia y ha sido servido mandarme. No he ha- 
llado aquí á D. Miguel de Liñán; y así, me ha parecido despa- 
char al punto este propio para suplicar á vuecelencia le mande 
se ponga luego á caballo y venga aquí, porque es imposible de- 
tenerme más de dos ó tres días á lo sumo. Y porque con dicho 
D. Miguel escribiré largo á vuecelencia, no lo soy en ésta. Guar- 
de nuestro Señor á vuecelencia los muchos años que deseo. Ce- 
tina y mayo 30 de 1634. — Don Juan Eernández de Heredia. — 
Señor duque de Medina. 

DOCUMENTO CXXVIIÍ 
Mucho me huelgo siempre que sé que vueseñoría está bueno. 
D. Miguel de Liñán es la respuesta de sus cartas de vuese- 



(a) D.^ Esperanza de Mendoza era hija de D. Bernardino de Men- 
doza, barón de Sigues y Santgarrén, que á 27 de febrero de 1616 murió en 
Cetina. Casó D ^ Esperanza con el señor de Cetina D. Juan Fernández 
Liñán de Heredia, probablemente á fines de 1604. Fueron hijos de este 
matrimonio D.^ Beatriz, bautizada en 22 de mayo de 1606, D. Juan Fran- 
cisco, nacido en 1609, que murió mozo, y D. Alonso, bautizado en 24 de 
abril de 1610, que heredó el señorío de su padre y las baronías de su abuelo 
materno. En segundas nupcias Contrajo matrimonio D.^ Esperanza con 
Quevedo á 26 de febrero de 1634, y falleció á 30 de diciembre de 1642 
en aquella villa, de donde nunca había querido salir. 



328 Documentos 



noria y el mensajero désta, y lleva carta de D. Francisco de 
Quevedo, la cual he visto. Y porque juzgo que su venida de 
vueseñoría hará buen lugar á estas disposiciones, no me alargo; 
sólo digo a vueseñoría que me parece que como esto que pide 
D. Francisco de Quevedo es la dote de mi Sra. D.^ Esperanza, 
aquella poca parte que trujo no hallo cjue debe entrar en nú- 
mero con los demás créditos, porque las dotes en ese reino en- 
tiendo tienen diferentes prerrogativas. Y porque reconozco en 
D. Francisco el mismo amor que yo tengo á la casa de Cetina, 
no represento á vueseñoría cuan obligado me tiene en esta ma- 
teria. Guarde nuestro Señor á vueseñoría muchos años. Medina 
y mayo 31 de 1634. — A. El diiqne de Medi7ia. — Sr. D. Juan Fer- 
nández de Heredia, gobernador de Aragón. 

DOCUMENTO CXXIX 

Más sobre su casamiento, (a) 

Habiendo determinado D. Francisco de tomar estado para 
tener en sus trabajos el alivio de una noble compañera, casó el 
año de 1634 con D.^ Esperanza de /\ragón y la Cabra, señora 
de Cetina, hermana de D. Bernardo de la Cabra y Aragón, obis- 
po de Balbastro, del padre Juan de la Cabra y Aragón, de la 
compañía de Jesús, y de D. Francisco de la Cabra y Aragón 
(caballero del orden de Santiago, que casó con la sobrina del 
cardenal Zapata, hija del conde de Barajas). Con esta señora 
de grande calidad y emparentada con lo más alto de Castilla y 
Aragón, vivió D. Francisco de Quevedo, aunque poco tiempo, 
tan conforme, que sólo en sus nobles prendas halló desquite de 
las adversidades que había padecido. Dejó, con haber tomado es- 
tado, ochocientos ducados de renta que gozaba por la Iglesia con 
caballerato. Dispuso naturaleza (con bien ordenada alusión) que 
como la fecundidad de sus padres fué única en la sucesión va- 
ronil, así D. Francisco no la tuviese, porque quedase singular, 
pues en el ingenio lo era. Y es observación de Elio Sparciano, 
en la Vida del emperador Severo: que ninguno de los hombres 
grandes tuvo sucesión, pues casi todos murieron sin hijos, y si 
alguno los dejó, fueron malos é indignos de sus padres. No tuvo 



(a) Tarsia, pág. 109. 



Obras de Quevedo 329 



dicha de asistir mucho tiempo en Cetina, como había dispuesto; 
porque después de ocho meses le obligaron unos negocios pre- 
cisos á ir á la Torre de Juan Abad, de donde escribía frecuen- 
temente á su mujer el sentimiento que le ocasionaba la ausen- 
cia. Pero le tuvo mayor con el aviso de haber pasado á vida 
inmortal su consorte; pérdida que sintió sobre cuantas le acon- 
tecieron en el discurso de sus días. Y con el conocimiento de 
las virtuosas prendas de tan noble señora, se tuvo muy lejos 
de enlazarse con otra; que, por muy calificada que la hallase, 
no esperaba encontrar á otra Esperanza (a). 

No puedo dejar de no hacer aquí reparo en lo que el doctor 
D.Jerónimo Pardo, médico de Valladolid, escribió en el Tra- 
tado del Vino aguado, núm. 92, y 4 del cap. II, motejando á don 
Francisco de haberle ido mal con el casamiento, movido de lo 
cjue dejó escrito de las mujeres en la Vida de Marco Bruto, don- 
de dijo que «la mujer es compañía forzosa, que se ha de guardar 
con recato, se ha de gozar con amor y se ha de comunicar con 
sospecha. Si las tratan bien, algunas son malas; si las tratan mal, 
muchas son peores. Aquél es avisado que usa de sus caricias y 
no se fía dellas.» De aquí formó su juicio el Dr. Pardo, pensan- 
do haber caído D. Francisco en las infaustas experiencias de 
los mal casados, y haberle tocado de los excesos de las mujeres 
más parte que á los demás hombres; añadiendo que «así lo dio 
á entender cuando enredado en las acciones de su Bruto, cayó 
dando con su cuerpo en la boca de un león tan rugiente, que á 
no hallarse entonces en cuarto y casa de misericordia, le despe- 
dazara sin duda.» Quisiera preguntarle dónde sacó estas noticias, 
procurando con embolismo entrar á D. Francisco en la leonera, 
sin haber hecho reparo en su fisonomía leonina, á que corres- 
pondían también sus acciones; que, á no hallarse muerto el león, 
no se le atreviera el pardo, que llevado de la opinión vulgar (con 
la paréntesis que podía excusar en el capítulo citado) quiso ti- 



(a) Todo esto es pura novela. Pudo suceder muy bien que D. Fran- 
cisco permaneciera en Cetina desde febrero á septiembre de 1634, y que en- 
tonces surgiesen ios grandes disgustos, llegando á su colmo en el verano de 
1636. Ello es que muy pronto hubieron de separarse políticamente D.^ Es- 
peranza y Quevedo, y que no volvieron á hacer caso el uno del otro en 
ocho años, por grandes infortunios y casos extraordinarios que les sobre- 
vinieran. 

42 



330 



Documentos 



rar de la barba al león muerto, según aquel refrán tan recibido: 
Barbam vellere mortuo leoni. Juzgo no haberse hecho capaz de 
las ponderaciones de tan docta pluma, pues se espanta de cosas 
que en todos los libros de los Padres de la Iglesia y de otros in- 
finitos autores se hallan registradas. Demás que si sólo se escri- 
biera lo que se experimenta, de muy pocos libros gozara el mun- 
do. Que estas premisas de lo que dejó escrito D. Francisco de 
las mujeres lleven á la ilación que saca el Dr. Pardo, serán jue- 
ces todos los lógicos, y lo podrán ser los que tienen noticia de 
la vida de D. Francisco, y de la conformidad que tuvo con su 
nobilísima consorte: de quien, aunque se ausentó, fué por causas, 
como se ha dicho, muy precisas, y con ánimo de volver cuanto 
antes, como se ve por la correspondencia que continuaron con 
cartas muy afectuosas, que á haberlas leído el Dr. Pardo, hubie- 
ra sin duda agnado su tintero, y escrito con más templanza de 
autor tan venerado y aplaudido de los mayores hombres y más 
doctos. 

1635 

DOCUMENTO CXXX 

Aplauso que del vulgo lograban sus obras, {a) 

El diligentísimo correo se entró en un bodegón, en quien 
una inclusa puerta daba tránsito á la taberna de mayor aproba- 
ción y más asistida de los poco paniegos y con exceso vinosos; 
grave teatro, tan antiguo como proprio, donde los discursos 
deste infeliz autor (D. Francisco de QuKVFno) van siempre 
á parar y tienen común y agradable acogida, y en quien los 
hombres más distraídos y con abominación desechados por vil 
escoria de la república, celebran sus escritos, admiran sus frial- 
dades, hiperbolizan sus desvergüenzas, ponderan sus viles y bu- 
fonescos gracejos, repiten con risadas bacanales sus malicias, 
hacen suma alabanza de sus deshonestidades, califican sus atrevi- 
mientos contra lo divino y humano, y entre tahada y tahada y 
el déjela vuizé vezir, lo vitorean por el más antiguo congregante 
de la glotonería, y aclaman por oficial insigne del trago... 



(<j) Confesión de sus propios enemigos en El tribunal de la justa 
venganza, págs. 3 y 126. 



Obras DE QuEVEDO 331 



Y veo {con dolor) que nuestra república, más obligada que 
la de Lacedemonia, por ser católica, no sólo permite cuanto en 
su ofensa escribe Quevedo y la instrución que les da á sus sub- 
ditos para que la ofendan, pero se celebra y aplaude, y tiene 
cuanto ha dicho y escrito por el más regalado plato de sus con- 
versaciones, y con descompuestas risadas (tales que le son infe- 
riores las de los patanes y gente bahúna) repiten lo que habían 
de abominar. 

DOCUMENTO CXXXI 

Tratan sus enemigos de irritar en contra de él la opinión pública, (a) 

Él es caso lastimoso que obliga á que lo sintamos, viendo 
que á este desdichado autor no le agrade ni satisfaga el capítulo, 
la cláusula ni el renglón en que no asiente una proposición erró- 
nea, en que no diga una blasfemia, en que no haga una injuria, 
en que no introduzca una afrenta, en que no celebre una desver- 
güenza y no graceje una deshonestidad... ¿Qué infelicidad ma- 
yor, qué más desventurada desventura que al mismo tiempo que 
otros autores sacan á luz obras tan heroicas, que se confunde 
la admiración por no poder igualarles, tomase él tan perverso 
asunto, por quien lo inmortalizará la infamia de sus escritos, la 
bajeza de sus conceptos, la vileza de sus costumbres, el torpe y 
bestial distraimiento de su vida, semejante á lo que escribe; que 
todo está engendrando deseos de ver su desastrada cuanto me- 
recida muerte?... 

Bien podemos creer y asegurar que si la desvergüenza y li- 
bertad deste hombre hubiera llegado á noticia del Rey, nuestro 
señor, ó á la de sus Consejos de estado, ó justicia, que la hu- 
bieran hecho del, y que la harán luego que lo sepan, porque no 
entienda aquella república {la de Venecia) ni otra á quien se 
atreviere, que le da permisión á un vasallo para que la injurie 
por escrito, ni que un hombre tan inferior, que es poco más que 
la nada, puede lo que sólo se les concede á los iguales en digni- 
dad, y esto con la modestia y decoro á que les obliga la sobe- 
ranía que gozan. 

Los jueces acordaron que de los escritos de Quevedo se diese 



(a) El tribunal de lajusla venganza, págs. lOI, 273 y 294. 



332 Documentos 



cuenta al supremo tribunal de la Santa Inquisición y á cada uno 

de aquellos señores en particular, por lo que toca á la causa de 
Dios. 

DOCUMENTO CXXXII 
Comodidades y rentas de que go'zaba por este tiempo, (a) 

Tiene cuatro mil ducados de renta, adquiridos con libertades 
mal dichas y bien pagadas, sin merecer su donaire premio, ni 
su agudeza estimación; parto de los yerros de grandes señores. 
Y no es éste el más culpable: que si su concepto es hacer sin 
principio, tanto será en ellos la obra más excelente, cuanto me- 
nos fuere la materia; y así este aumento milagro es del poder, 
no justicia del mérito. 

Quiso hacer un poderoso una sátira á los hábitos, y dióle 
uno de Santiago: providencia ha sido su carmín, que á ser otro 
el color, le hubiera teñido en él la vergüenza de verse tan indig- 
namente colocado; aunque ya se me ofrece que pudo ser alhaja 
de su patrimonio, heredada entre los tranchetes y las hormas, 
que yo he visto en semejantes oficinas ocupar un lugar un há- 
bito y un calzador. Y lo licencioso de su ejercicio mayores fa- 
cultades comprehende, más esmalte su capa y su sotana; y ríase 
de todos, como lo hace, que el mundo es opiniones todas erra- 
das, y las leyes del duelo las más injustas, y sólo son afrentas las 
que duelen, y honras las que dan comodidades. 

DOCUMENTO CXXXIII {b) 

El abogado alegó que aquello que escribió D. Francisco 
(capítulo IV, libro II de la «Histoj-ia de la vida del bi/scóti lla- 
mado don Pablos)» sólo había sido referir lo que sucede en las 
cárceles á los presos nuevos, á quien los antiguos piden la pa- 
tente con nombre de limpieza; y no porque le hubiese sucedido 
ni poderle suceder. Ni tampoco anda su persona tan mal ador- 
nada, que no represente ser hombre grave; pues tiene coche de 
suyo, en que anda siempre, y pasea la calle Mayor y el Prado 



(a) En la Apología al Sueño de la mueite ó Visita de los chistes que 
esciihió D. Francisco de Quevedo, sátira inédita, sin nombre de autor. 
(¿) El tribunal de la justa venganza, pág. Si. 



Obras de Quevedo 333 



de Madrid, como los demás señores y caballeros. — A este ale- 
gato replicó el Fiscal no ser dudable lo último que decía; pero 
que esto era de poco tiempo á esta parte, con el despojo que 
hizo en Ñapóles y con lo que se quedó de lo que confió del el 
duque de Osuna, enviándolo por su agente solicitador, en que 
lo fué más del dinero para sí, que de los negocios que trajo á 
cargo; que antes desto á su miserable estado se le pudiera atre- 
ver la encarcelada chusma picaril; y que no olvidando el an- 
tiguo hábito de su mendiguez y estrecheza de bolsa, era tan te- 
nue el sustento que les daba á los caballos del coche, que en 
quitándolos del, aunque fuese á hora de completas, cerraban 
las puertas todos sus vecinos, escarmentados de que se entra- 
ban hasta los aposentos y cocinas á buscar algo con que desa- 
yunarse. 

1636 

DOCUMENTO CXXXIV 

Carta de D. Miguel de Liñán, desde Cetina, á 9 de agosto de 1636, en que 
escribe al duque de Medinaceli que el licenciado Guijarro le había res- 
pondido y jurado no haber dicho cosa alguna contra D. Francisco 
de Quevedo. (a) 

Vine con tan gran cuidado de saber algo con verdad de la 
novela que á vuecelencia escribieron de Madrid, que me detuve 
en Ariza á verme con el licenciado Guijarro; y al cabo de mu- 
chas pláticas le metí (como para entre los dos) en lo de D. Fran- 
cisco de Quevedo dicho á D. Francisco de Salazar. Respondió- 
me, jurando como sacerdote, que no se había visto, en seis me- 
ses ú siete que había estado en Madrid, ni con D, Francisco de 
Salazar ni con D. Francisco de Quevedo; y que desde que el 
señor de Cetina se había ido á Italia (¿) no le ha visto ni habla- 
do; y que por los pensamientos tal cosa no le había pasado, ni 
dicho, ni aun imaginado. 

El señor de Cetina no está aquí, que está en Calatayud; hele 
despachado un propio para que venga. Yo sacaré esto bien en 



(a) Trasladóse por la original. Y reparó el copiante que la cortesía 
de la cabeza de la carta (en que regularmente diría excelentísimo señor) 
estaba quitada, habiendo arrancado un pedazo del papel; y que sucedía lo 
mismo en la cortesía de la firma, la cual era larga y estaba bien rasgada. 

(¿) D. Alonso, hijo de D.^ Esperanza de Mendoza. 



334 



Documentos 



limpio, y daré razón á vuecelencia cuando bese su mano, que 
será muy presto. Entre tanto suplico á vuecelencia se informe de 
Madrid quién ha sido el autor desta mentira; porque es razón 
sacalla en limpio, para que nadie se atreva á escribir ni decir lo 
que no sea verdad. Y si el señor de Cetina viene el martes, como 
lo creo, despacharé al punto su carta, y otra mía á vuecelencia, 
en que diré lo que yo del sé. Guárdeme Dios á vuecelencia los 
años que deseo y he menester. De Cetina y agosto á 9 de 1636. 
— Do7i Mis^uel de Liñán. 



DOCUMENTO CXXXV 

Otra de D. Alonso Fernández de Liñán y Heredia, desde Cetina, á 16 de 
agosto de 1636, en que también escribe al duque de Medina que no 
ha dicho ni ha imaginado cosa contra D. Francisco de Quevedo. (<?) 

Excelentísimo señor: Señor, á vuecelencia beso la mano por 
la merced que me ha hecho en no dar crédito á lo que me es- 
cribe de D. Francisco de Quevedo; pues no he hecho jamás ni 
haré cosa en que no parezca hijo de quien soy, y hechura de 
vuecelencia. Y así, Señor, remito á D. Miguel de Liñán. lo que 
puedo decir en ésta, con quien he hablado largo. Lo que á vue- 
celencia puedo asegurar con verdad, es no haberme pasado por 
el pensamiento semejante cosa. 

También remito el pedir licencia á vuecelencia de mi parte 
para comenzar á tratar un casamiento que se me ofrece; que sin 
ella, ni en cosa que importe menos, no he de hacer jamás. Y 
porque así de la calidad como de la hacienda dará el dicho don 
Miguel larga relación de todo, á quien me remito, no quiero 
cansar á vuecelencia con carta larga. 

Mi madre ha vuelto á recaer en su enfermedad (¿); besa á 
vuecelencia sus manos, á quien me guarde Dios los años que 
puede y deseo y he menester. De Cetina, agosto t6 de 1636. — 
Su menor criado de vuecelencia. — Don Alonso Fernández de Li- 
ñán y Heredia. — Al Duque, mi señor. 

(a) Como la anterior. D. Alonso Fernández de Liñán y Heredia, se- 
ñor de Cetina, hijastro de Quevedo, tenía entonces veintiséis años: quizá 
no hubo de llevar á bien el casamiento de su madre, y resolvió irse á Italia 
en 1635. 

(¿) D.^ Esperanza de Mendoza, que á la sazón debía contar cincuenta 
y tres años, y falleció seis después, en el de 1642. 



Obras de Quevedo 335 



1639 

DOCUMENTO CXXXVI 

Descompuestas alusiones de Fr. Diego Niseno, monje basilio, contra 
D. Francisco de Quevedo, en un escrito evangélico, (a) 

ASUNTO II 

Que no hay más viva negociación para adquirir los aplausos pro- 
pios, que solicitar los créditos ajenos; ni más cierto conjurar con- 
tra sí las plumas de todos, que opojierse contra lo que todos han 
escrito. 
Apareciéndose un ángel á la fugitiva Agar, y pronosticándola 
las futuras acciones de su hijo Ismael, la dijo y predijo: Hic erit 
ferus homo, manus ejus contra omnes, et manus omnium contra 
eum. ¡Triste de ti, pobre mujer! ¡qué lástima y compasión pueden 
tenerte todos! ¡Oh qué prenda, oh qué hijo tan trabajoso y des- 
venturado que tienes! Ha de ser un hombre fiero, bárbaro, terco, 
protervo, y tan pertinaz, que ha de querer chocar con todos, 
oponerse á todos, y sobre todos verter la ponzoña de su malicia. 
Manus ejus contra onmes. — Pues ¿qué le ha de suceder de opo- 
nerse á todos y querer chocar con todos? — Que si él ha de ser 
fiero y bárbaro con todos, todos se han de conjurar contra él, 
todos le han de perseguir, y procurar abatirle todos: Matius om- 
nium contra eum; porque es justísimo castigo de Dios, que quien 
de todos dice mal, contra sí conjure las plumas y lenguas de 
todos... 

Así es justísimo juicio de Dios que todos se mancomunen 
contra aquel que maldiciente procura desdorar los escritos de 
todos; y que todos conspiren á enterrar la memoria y desente- 
rrar los güesos del que, rompiendo los fueros de nombre de ca- 
ballero y cristiano, intenta deslucir los sudores de las plumas de 
que la fama se viste para volar más alta y entronizarse más su- 

(a) Véanse los fols. 8, 9, 10, 13, 17 v. y 19 del Elogio evangélico fv- 
neral: en el fallecimiento del Doctor luán Pérez de Montaban (síp), Clérigo 
Presbitero, Doctor en Sacra Teologia, i Notario del Santo Tribtmal de la 
Inquisición. — Por F. Diego Niseno, vmilde Alumno de la ínclita i Escla- 
recida Familia del Gran Basilio, después de lesu Cristo i los Apostóles, Pri- 
7ner Padre, i Legislador de la Monástica vida. — A Alonso Pérez de Mon- 
talban Padre del Difunto i Librero del Rei N. S. Felipe IV. el Grande. — 
En Madrid. En la Imprenta del Reino, M. DC. XXXIX. Fué pronunciado 
en las honras de Montalbán, celebradas por junio de 1639, como parece 
de la censura del abad de San Basilio Fr. Diego Pinedo. 



336 Documentos 



blime: que el que tiene hecho hábito á decir mal de todos, ¿qué 
mucho es que algunos digan de su hábito? y el que habla mal de 
los escritos ajenos, ¿qué hay que maravillar que no sientan bien 
de sus obras? 

¡Oh cuánto, por ventura, se refrenaran estos cavilosos explo- 
radores de los ajenos estudios y desvelos, si con atención ponde- 
raran aquella sentencia que en la sagrada historia del espejo de 
la constancia tan severamente les amenaza! Tibi soli tacebu7it 
ho/nifu's? et ctim caeteros irriseris, h niillo cotifutaberis? ¿Piensas 
tú que has de ser el exento y privilegiado? ¿Has de tomarte des- 
enfrenada licencia para tachar, burlar, escarnecer y mofar las 
tareas y fatigas de los otros, sin que haya alguno que te respon- 
da, que te confunda? No imagines tú que siendo el fiero Ismael 
de cuanto se escribe y estampa, que oponiéndote á cuanto se 
comenta y trabaja, que no ha de haber quien te arguya de mal- 
diciente, y corívenza de ignorante; pues engañaste torpe y cie- 
gamente. ¡Qué bien acudió aquí el integérrimo senador y Vir- 
gilio lusitano Juan Meló de Sousa con su elegante paráfrasi: 

Forsitam solus eris, cujus sapientia fando 
Comprimat os hominum? soli tibi juj-e silebunt 
Elingues alii? solus cum irriseris omnes, 
Non tiia doctus erit, qui verba redarguat alter? 

La Biblia tigurina lee muy á nuestro intento: Ut te, Sannio- 
nem agentem, non confundat pudore? ¿Piensas que no ha de haber 
quien te avergüence y haga salir colores (si ya no sangre) al 
rostro, cuando tú, malévolo, disoluto, precipitado, eres Zoilo 
mordaz y maldiciente Aristarco de las acciones y obras ajenas? 
Pero ¿qué es Samiionem agere, «hacer papel de Sanión»?... — 
Sanión es lo mismo que acá decimos figurón, que perdida la ver- 
güenza y miedo, tiene como por oficio remedar con gestos y vi- 
sajes ridículos las acciones y costumbres de los otros; no hay 
de quien no diga, de quien no hable, fisgue y mofe. Pues á estos 
figurones que de todo burlan, ríen y escarnecen, se les dice: Cum 
caeteros irriseris, a millo confutaberis? ¿Pensáis que no ha de 
haber quien os avergüence y confunda? Es yerro, es ceguedad: 
que hay plumas, hay prensas, hay estudios para vuestra ignoran- 
cia; y braseros, si necesario fuese, para vuestros escritos: que 
quien dice mal de todos, de todos ha de ser reído y confutado. 



Obras de Quevedo 337 



Pero como el doctor Juaii Pérez de Montalbán siguió tan 
contrario camino, tan distinto rumbo, así le sucede tan al con- 
trario... 

ASUNTO III 

Que los inv idiosos y apasionados son en el mundo como si no fue- 
sen, pues sotí más fie fas que hombres; y que como á bestias se 
les había de dar alojamie/ito entre ellas; y si no dejallos para 
quien son. 

El maldiciente, el ignorante, el émulo, el apasionado, el Zoi- 
lo, el Aristarco no se cuentan en el catálogo de los hombres: 
allá se hallarán en el libro de las sierpes, áspides, basiliscos, ví- 
boras y otras semejantes bestias viles y asquerosas gusarapas. 
Que quien peca como serpiente, quien muerde como víbora, 
quien inficiona come basilisco, quien apesta como áspid, quien 
tala como langosta, quien ensangrienta el fiero diente de calum- 
nia como tigre y león, allá se ha de buscar, si hallarse quiere, 
entre los brutos, bestias y animales; pues en sus acciones tan vi- 
vamente los remeda, tan fieramente los imita... 

Pues si aun en las cosas de verdad no se hace caso de lo 
que dicen dos ciegos, porque no hacen opinión ni tiene autori- 
dad su dicho, ¿cómo se ha de hacer cuenta del dicho y voz de 
dos ciegos, tres cojos y cuatro mancos {a), que si hablan es ig- 
norancias, si dicen es malicias, si escriben es necedades, si es- 
tampan es desvarios, si imprimen es escándalos; y de las más 
severas iras de Dios, con blasfema perfidia, pretenden hacer bur- 
la y escarnio, arrastrando á los ignorantes á las ciegas tinieblas 
de torpes errores con sus ignorancias y desatinos? Luego deste 
linaje de gente, desta suerte que en apariencias de hombres, son 
viles gusarapas, asquerosas serpientes, sangrientos lobos y fieros 
tigres, no hay que hacer caso; porque son hombres más ó por 
demás en el mundo, pues son como si no fueran. Y, como dijo 
Cristo á Judas, les fuera mucho mejor no haber sido; pues su 
ser es para ser infames polillas de los heroicos créditos de aque- 
llos ilustres varones que con sus acciones edifican la iglesia y 
con sus escritos emiendan y corrigen lo perverso de las costum- 
bres y mejoran lo atento de la vida... 

{a) Quevedo y su grande amigo Juan Pablo Mártir Rizo, ambos á 
un tiempo blanco siempre de unos mismos émulos, eran cojos. 

43 



338 Documentos 



Esta suerte de gente que decimos que son los que, como 
mosquitos, hacen ruido, pican y muerden (que son unos impor- 
tunos animalejos, de quien dice el grande Adamancio: Quem vo- 
litantein videre quis notí valeat, sent'ut stimiilantem'); estas viles 
bestezuelas no sirven de otra cosa que hacer ruido y inquietar y 
picar, sacar sangre y morder; y á quienes vemos que no vuelan, 
á esos sentimos que pican. ¡Qué lindo símbolo de los censores 
de nuestro siglo, de los Aristarcos de nuestra edad, de los que 
tienen horca y cuchillo sólo con su autoridad contra las plumas 
de todos los que se emplean con acierto y descuellan con emi- 
nencia, que les vemos siempre herir, pero nunca volar: Quem 
volitantem videre quis non valeat, sentiet stÍ7milantetn; que nunca 
vemos obra suya salir á luz, cuando ellos, envueltos en caligino- 
sas tinieblas, siempre murmuran de las que en puras luces escla- 
recen el orbe; nunca imprimen, y siempre imprimen el calum- 
nioso diente en los eruditos y elocuentes escritos que los doctos 
veneran, los bien intencionados aplauden, y los deseosos de sa- 
ber con increíble alborozo reciben! Pues ¿qué se ha de hacer 
desta plaga, que tan común es en el orbe, y de que está cubierta 
toda la tierra? Lo que el santo Moisén; no hacer caso della... 

ASUNTO IV 

Que no hay cosa para imñdiar como la invidia, ni más pena 
ni gloria para el invidioso y el invidiado. 

Pero ¿qué? ¿De dónde podemos deducir el más ilustre elogio 
de nuestro difunto, de nuestro insigne doctor Montalbán, que 
deste valle de lágrimas fué trasladado (piadosamente se puede 
creer) á mejor vida, triunfa agora en eterno descanso gloriosa- 
mente hollando las calumnias de los que inicuamente le persi- 
guieron ya con el veneno de sus lenguas, ya con el tósigo de sus 
plumas? ¿Qué fueron sus cavilosas asechanzas, sino más heroicos 
créditos de sus elocuentes escritos, y más agudos cuchillos que 
traspasaron los mesmos corazones de los que, sin haberle eno- 
jado, rabiosamente intentaron empañarle la luz de su crédito, y 
turbarle el candor puro de su plausible opinión? Que mirado á 
la sincera luz del desengaño, no hallo yo lugar que me solicite 
más copiosamente sus elogios, que cuando escucho que émulos 
le mordían sus escritos, apasionados achacaban defetos á sus 



Obras de Que vedo 339 



obras, invidiosos buscaban dolencias á sus libros, é ignorantes 
acumulaban calumnias á sus aclamaciones. Ninguna cosa le 
podemos invidiar á nuestro difunto mejor que el haber sido invi- 
diado; de ninguna cosa tenerle invidia, como aun de la invidia 
que aún hoy le tienen: que la invidia es mal, es dolencia que 
más se embravece, cuanto se ensalza más la gloria del invidia- 
do... 

Al paso que corren las felicidades de los hombres, á ese mes- 
mo caminan las rabias y tormentos de los émulos y apasionados. 
Nuestro difunto ha tenido y tiene algunos; no le neguemos esta 
gloria; muchos padecen con el dolor de verle tan aplaudido y 
aclamado de tantos. Las diversas obras que en provecho univer- 
sal ha estampado y hecho del común derecho, son la ocasión y 
causa de la ojeriza que en su pecho recuece la invidia; sobre esta 
basa se fundó su irreconciliable rabia. De suerte que cuando 
falten sus obras, perezcan sus desvelos y fallezcan sus escritos, 
entonces podremos cobrar alguna esperanza de mejoría en los 
malévolos pechos que le acechan y calumnian. Esto no parece 
que ha de ser posible: pues en nobles porfías, ya de parte del 
interés, ya á instancias de los universales afectos con no se qué 
peregrino linaje de novedad, cuanto más se estampan sus escri- 
tos, tanto más clama la necesidad de repetillos en las prensas; 
y como celosas las naciones todas de publicar tan lucidos par- 
tos, cada una los quiere perpetuar en sus moldes y eternizar en 
sus caracteres, para ser como nueva solicitadora de otra vida y 
esfuerzo á tan lucidas fatigas. Francia lo atestigüe, Inglaterra lo 
abone, Flandes lo publique, Italia lo clame, y no lo calle el Se- 
tentrión, pues aun la más ciega invidia mira sudando en las 
prensas de tan diversos reinos y provincias los eruditos monu- 
mentos que, con tan general asombro de Europa, á la posteridad 
consagró nuestro difunto... 

ASUNTO V 

Que el que debe más, ese suele dar la mayor lanzada 
á su biefihechor. 

Digo y escribo yo aquí, para que el orbe todo oiga y atienda, 
la más villana cevilidad que en los anales del tiempo puede leer- 
se, cómo hoy resucita y revive á su modo la maldad que exclamó 



340 Documentos 



Isaías en su profecía: que aquellos mismos á quien más alabó y 
engrandeció, ó en sus conversaciones, ó en lo que nunca se po- 
drá negar, que es sus escritos, á quien levantó de lo ínfimo de 
la tierra para que volase su nombre por todo el mundo, á quien 
alentó á inmortal vida en la memoria de los hombres nuestro 
insigne doctor, á quienes más que en láminas de diamante grabó 
sus nombres, esos solos son los que, nubes pardas y negras, le 
han pretendido eclipsar las luces, empañar los resplandores del 
crédito, y embargar los rayos de su facundia y elocuencia. ¡Qué 
insulto tan grosero! ¡Oh, qué crimen tan increíble! 

DOCUMENTO CXXXVII 

D. Lorenzo Ramírez de Prado y D. José Pellicer de Tobar señalan á Que- 
vedo como autor de un Memorial satírico-político, en verso, contra el 
rey D. Felipe IV. 

Ríense los peces, no del pescador. 

Sino de que el diablo sea predicador... 
«¿Qué importa mil horcas (dice alguna vez), 

Si ha sido piadoso conmigo el juez?» 
No es bien que repitan con tan viles modos: 

«Á mí me perdonan, pues hablemos todos...» 
Horcas y cuchillos compran los señores... 

No sobran castigos donde hay habladores {a). 

DOCUMENTO CXXXVIII 

No murmures del Rey en tu imaginación, ni en el secreto 
de tu aposento maldigas al rico: porque las aves del cielo lleva- 
rán tu voz, y quien tiene alas parlará tu sentimiento... 

Sea muerto aquel profeta ó fingidor de sueños, porque habló 
para desviaros del amor y obediencia de vuestro Señor y Dios... 

Este monstro, ajeno del ser español. 

Como ave bastarda, á lo puro del sol 
Se quiso elevar, y con luces espurias 

Voló sobre ofensas, trepó sobre injurias. 
Dictadas en mengua de nuestro gobierno 

Con tinta y estilo qne halló en el Infierno... 
Derrámase en tanto el vil Memorial 

Desde la choza al retrete real. 
Inquiérese el cómplice en tanta malicia. 



(a) Ramírez de Prado, contestando al Memorial por los mismos pun- 
tos. MS. de la Biblioteca Nacional. 



Obras de Quevedo 341 



Empieza á fundar su razón la justicia. 
Entra el castigo de tal msolcncia, 

Aunque moderado en la real clemencia; 
Pues en el crimen de majestad lesa 

La sospecha sola es convicta y confesa. 
Así la piedad detenida y tarda 

Términos legales á la culpa aguarda; 
Con que se aventura que digan que el reo 

El autor no ha sido del libelo feo. 
Pero los vasallos buenos y leales 

Sufrir no queremos demasías tales, 
En cuanto el suplicio de culpa tamaña, 

Visto el proceso, se escucha en España (a). 



DOCUMENTO CXXXIX 

Consulta del arzobispo de Granada á su majestad sobre la prisión 
de D. Francisco de Quevedo. (i^) 

Señor: Para poner en ejecución lo que vuestra majestad ha 
sido servido de mandarme esta mañana, tocante el negocio de 
D. Francisco de Quevedo, es menester que vuestra majestad or- 
dene al Protonotario que escriba al conde de Oñate, de orden 
de vuestra majestad, para que dé una cédula mandando al prior 
de San Marcos reciba al caballero que por orden mía le en- 
tregase un alcalde de corte, y guarde la instrucción que con el 
preso se le entregare firmada de mi nombre; para que en León 
no haya dificultad en recibirle. En Madrid, 6 de diciembre 
1639. — (Sigue tifia rúbrica.) 

( — Eeal decreto.) Así lo he mandado; sin decirle el nombre 
del preso hasta ahora. — (Está rubricado.) 

DOCUMENTO CXL 
Su prisión, (f) 

Fué preso D. Francisco, de orden de su majestad, á 7 de di- 
ciembre, por D. Francisco de Robles Villafaña, alcalde de su 
casa y corte, que después fué del consejo real de Castilla. El 
cual llegó á la casa de un gran señor y de los mayores de Espa- 



(a) Pellicer: La Astrea Safica, panegírico al Grd Monarca de las Es- 
pañas, i Nuevo Mundo.... Qaragoga: Por Pedro Verges, Año de M.DC.XLl. 
((í) Archivo general de Simanca3.=;Gracia y Justicia. — Legajo 890. 
(í) Tarsia, pág. 123. 



342 Documentos 



fia, donde D. Francisco estaba, á las diez y media de la noche, 
con tanta priesa, que sin darle lugar de tomar su capa ni de ha- 
cerse traer de su casa una camisa, en el mayor rigor del invier- 
no, y siendo de sesenta y un años de edad, le llevó en una lite- 
ra al convento real de San Marcos de León. Y diciéndole el al- 
calde, en el tratamiento que le hacía como á preso: «Señor don 
Francisco, perdone; que ya sabe cómo son estas cosas», res- 
pondió con su acostumbrada prontitud: «Sí, señor; ya yo sé que 
estas cosas son como las demás.» Al mismo tiempo entró en 
casa de D. Francisco otro alcalde de corte, para embargarle los 
libros y papeles y lo demás que tenía; como lo hizo, depositando 
la hacienda en D. Francisco de Oviedo, por su calidad y virtud, 
de suma satisfación y confianza, y de los mayores amigos y que 
más quiso D. Francisco de Quevedo. 

DOCUMENTO CXLI (a) 
El juebes pasado (¿) fueron dos alcaldes de corte en casa 
del duque de Medina Celi donde se ospedaba d. fran.^» de que- 
uedo aliaron le acostado por ser ia tarde el vno fue hablar al du- 
que de parte de su mag.^ y el otro le prendió, hicieron le uestir 
atoda priesa requiriendole los uestidos p.^ coxer le los papeles 
que tubiese: lo mismo se higo en los escritorios y cofres y todos 
los q hallaron se llevaron al secret.° decamara: ael lelleban pre- 
so alas torres de león, nose sabe decierto la causa aunq se sos- 
pecha debe de ser algo que ha dicho o escrito contra el go- 
bierno. 

DOCUMENTO CXLII 

Pormenores que trae D. José Pellicer de Tobar, 

en sus Avisos históricos. (í) 

Avisos de 13 de diciembre de 1639. — La mayor novedad que 



(a) Carta del P. Sebastián González, de la Compañía de Jesús (deudo 
del licenciado José González, fiscal del Consejo Real), al P. Rafael Pereira, 
de la misma Compañía en Sevilla: su fecha en Madrid y diciembre 13 de 
1639. Hállase en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia: Pa- 
peles varios de Jesuítas, t. CXXIX, est. 15, grada 5.^ 

(¿) Fué 8 de diciembre. 

(<•) Los sacó á la estampa D. Antonio Valladares de Sotomayor en 
el t. XXXI del Semanario erudito. 



Obras de Quevedo 343 



agora corre es la prisión de D. Francisco de Quevedo, que vivía 
en casa del señor duque de Medinaceli. Entraron D. Enrique de 
Salinas y D. Francisco de Robles, alcaldes de corte, y con gran 
silencio y secreto, sin que nadie de la casa pudiese presumirlo, 
se apoderaron del. Sacóle D. Francisco de Robles en su coche 
hasta la puente Toledana, donde esperaba otro de camino y mi- 
nistros. Llevóle á San Marcos de León. D. Enrique recogió to- 
dos sus papeles y muebles, y los llevó en casa de Josef González. 
El vulgo habla con variedad: unos dicen era porque escribía sá- 
tiras contra la monarquía, otros porque hablaba mal del go- 
bierno; y otros con más certeza, según me han dicho, aseguran 
que adolecía del propio mal que el señor Nuncio, y que entraba 
cierto francés, criado del señor cardenal de Richilieu, con gran 
frecuencia en su casa. Hasta ahora no hay mayor luz. 

DOCUMENTO CXLIII 
Av.'sos de 20 de diciembre. — Estos días ha corrido voz que 
habían degollado á D. Francisco de Quevedo, deduciéndolo de 
ejemplares en que habiendo salido alcaldes de corte con caba- 
lleros particulares, siempre ha sido para semejantes acciones. Yo 
no me persuado á tal, ni lo afirmaré hasta que se sepa muy de 
cierto. 

DOCUMENTO CXLIV 

Avisos de 2^] de diciembre. — Volvió de León D. Francisco de 
Robles, alcalde de corte, donde en el convento de San Marcos 
deja preso á D. Francisco de Quevedo; cesando las hablillas de 
que le habían degollado, porque hasta agora no hay más nove- 
dad de que queda preso, ó á lo menos no se dice. 

1640 

DOCUMENTO CXLV 

Avisos de 10 de enero de 1640.— D. Francisco de Quevedo 
está en San Marcos de León, preso con tres llaves; hánle quitado 
la jurisdicción de la villa de la Torre de Juan Abad, que tenía 
en empeño. No se ofrece otra cosa. 



344 Documentos 



DOCUMENTO CXLVI 
Cuenta de Francisco Gómez á D. FraDcisco de Quevedo. (a) 

Razón de las partidas que ha recibido y gastado Francisco 
Gómez, de la hacienda del Sr. D. Francisco de Quevedo, como 
mayordomo della que la tiene á cargo. Es lo siguiente: 

Lo que este afio de 1640 está arrendado de los pro- 
pios, son los cinco cuartos de rastrogera del Javalón, que 
están puestos en seis mil reales poco más ó menos (que 
el plazo cumple para el día de San Martín deste presen- 
te año)-, porque los de invernadero no están puestos. . 6,000 

Tres cuartos de la dehesa de Nava-la-GruUa, en dos 
mil reales, y cumplen por San Juan del año de cuarenta 
y uno 2,000 

Tengo en mi poder, de D. Francisco, mi señor, se- 
tenta y cuatro fanegas de trigo y docientas y setenta de 
cebada. Ha comido el caballo que he tenido de su mer- 
ced, dellas veinte y dos meses; la demás tengo en mi po- 
der. Y para eso he pagado toda la costa de barbechar y 
sembrar y segar, y gasto hasta meterlo en la casa, sin 
otros gastos que tengo hechos por su mandado. . . . 

Más, mil y cuatrocientos reales del arrendamiento 
de la redonda de las Siete semanas, que el plazo cumple 
por San Martín deste año 1,400 

Más, docientos reales de la bellota del Robredo, que 
cumple por San Martín deste año. De todas estas can- 
tidades se ha de pagar medios diezmos, y á Villano la 
sexta parte de lo que tocare á arbitrios 200 



9,600 



Monta el cargo nueve mil y seiscientos reales, y setenta y 
cuatro fanegas de trigo, y docientas y setenta fanegas de cebada. 

DATA 

Del tiempo á esta parte que prendieron á D. Fran- 
cisco, mi señor, he pagado por el Concejo desta villa, 
como administrador de los propios y rentas della, cua- 



(a) Por copia de la original. 



Obras de Quevedo 345 



tro mil reales a la villa de Villanueva de los Infantes, 
que se le debían por concierto que tiene hecho esta vi- 
lla de pagarle la sexta parte de lo que valieren los arbi- 
trios que esta villa tiene por facultad de su majestad. . 4,000 

Más, he pagado mil y docientos reales de los medios 
diezmos 1,200 

Más, pagué por las causas que hizo á esta villa el al- 
calde entregador de la Mesta, mil y seiscientos reales; 
y están apeladas á Granada, y es fuerza de seguillas. . 1,600 

Más, pagué al gobernador deste partido y sus oficia- 
les setecientos reales, por venir á hacer las inseculacio- 
nes en virtud de provisión del Consejo 700 

Más, docientos reales de la leva de un soldado que 
le tocó á esta villa 200 

Ansí mesmo tengo pagados por el Concejo cien rea- 
les que le han repartido de alcabala de ciento por uno, 
sin más de trescientos reales que tengo ga'stados en dili- 
gencieros que han venido á esta villa en diferentes veces. roo 

Más, diez ducados que pagué por llevar el dinero 
de las bulas á Madrid: y yo tenía seis ó ocho días an- 
tes que prendiesen á D. Francisco, mi señor, entregados 
por orden de Pedro de Escovedo dos mil reales. ... no 

Y por cuenta de los seis mil reales deste año ten- 
go entregada escriptura á Pedro de Escovedo de los dos 

mil y quinientos para que los dé á mi señor 2,500 

10,410 



Y lo firmé en la Torre Juan Abad, en 20 días del mes de 
otubre de 1640. — Francisco Gómez. 

Hácensele buenas ochenta y nueve fanegas de cebada, que 
importó el gasto del caballo, en los veinte y dos meses que re- 
fiere en la partida antecedente. 

Monta la data de maravedís los dichos diez mil y 
cuatrocientos y diez reales de arriba 10,410 

Monta el cargo nueve mil y seiscientos reales. . . 9,600 

Resta que, conforme este tanteo monta más la data, 
ochocientos y diez reales 810 

44 



346 Documentos 



Es alcanzado Francisco Gómez en ciento y ochenta y una 
fanegas de cebada, y setenta y cuatro fanegas de trigo deste 
cargo de trigo. 

1642 

DOCUMENTO CXLVII 

Petición al Sr. D.Juan Esteban Nieto, prior del real convento de San Marcos, 

extramuros de la muy noble, leal y antigua ciudad de León, (a) 

D. Francisco de Quevedo-Villegas, caballero profeso del há- 
bito de Santiago, digo que para la esclarecida memoria del doc- 
tísimo, eruditísimo y muy noble doctor Benedicto Arias Mon- 
tano, religioso que fué deste real convento de San Marcos de 
León y comendador perpetuo de la encomienda de Pelay Pérez 
Correa, que goza por su donación el convento de Sevilla; y para 
mayor gloria de toda esta ilustrísima orden, tengo . necesidad 
se me dé un traslado de lo que contienen las informaciones que 
de su limpieza y calidad se hicieron, en pública forma y en ma- 
nera que haga fe. Para lo cual — Suplico á vuesefioría mande se 
abra el archivo en la manera y con la solemnidad que se acos- 
tumbra, y se busquen dichas informaciones originales con la 
carta del señor prior que era á la sazón, para que el presente 
escribano pueda darme el traslado en la forma que le pido: en 
que recibiré merced de vueseiioría, y útil y importante á nuestra 
sagrada religión. Etc. — Don Francisco de Quevedo-Villegas. 

1643 

DOCUMENTO CXLVIII 
Memorial, en enero de 1643, ^ rey D. Felipe IV. (¿) 

Señor: D. Francisco de Quevedo há tres años y más que está 



{a) De copia hecha por el original, que el Excmo. Sr. D. Agustín 
Duran me franqueó. 

En 8 de abril de 1642 se accedió á esta instancia; y el escribano Pe- 
dro de Espinosa y Conches sacó un traslado de la Infoi'tnación del maes- 
tro Arias Montano, iiatural de Fregenal, año 1560, y de la carta del Prior, 
entrando en el archivo auténtico del convento con los canónigos claveros 
Miguel de Castro Cortés y D. Juan de Solís Muñoz. 

(¿) Le imprimió el Sr. Castellanos de Losada, á la pág. 325 del t. VI 
de las Obras de D. Francisco de Quevedo Villegas; Madrid, 1 85 I. 

Yo tengo á la vista la copia que por el original hizo D. Benito Gayoso 



Obras de Quevedo 347 



preso en San Marcos de T.eón sin saber la causa, habiendo pe- 
dido muchas veces á vuestra majestad, á su mayor ministro y 
tribunales se le oiga en justicia; y no ha tenido despacho. Y sien- 
do la prisión larga sentencia de muchos delitos, habella pade- 
cido sin oirle es contra todo derecho, en agravio de su persona, 
reputación, vida y hacienda; con tan graves y dolorosas circuns- 
tancias, como fueron sacalle de casa del duque de Medina á las 
once de la noche dos alcaldes de corte: novedad que, por no 
usada con ningún grande destos reinos, daba á entender mayor 
gravedad en el delito, según la desigualdad de la persona. El 
uno, Señor, le metió en el coche, que con desabrigo y desnudez 
le sacó hasta León. Y el otro, mirándole las faldriqueras y to- 
mándole las llaves de su hacienda y papeles, le despojó de to- 
do; siendo D. Francisco secretario de vuestra majestad (puesto 
de toda estima): que sólo le ha causado esta circunstancia de in- 
fidelidad la mayor ignominia, intentada, de su persona. Con que 
ni ha podido cobrar su hacienda, ni quedádole más defensa 
que el bueno y notorio proceder de vasallo, de caballero y de 
hombre honrado, y de que está seguro y cierto su corazón: ates- 
tiguándolo su vida, así que naturalmente le debiera faltar en tales 
y tan crueles aflicciones. Pero en setenta años de edad (muchos 
dellos en servicio de vuestra majestad), una pierna abierta y en 
la tierra más fría de España, se la ha conservado nuestro Señor; 
sin que las circunstancias de desconsuelo con que le prendieron, 
y á lo que persuadían comúnmente tales demonstraciones, le ha- 
yan turbado la quietud del ánimo, por la seguridad con que en 
el servicio de vuestra majestad ha obrado siempre. 

Suplica á vuestra majestad que si estos motivos no fueren 
bastantes para que vuestra majestad le mande desagraviar (pues 
contra él no se hallará causa), y restituyéndole á su libertad y 
honra y hacienda y papeles, se le oiga en justicia, para que él 
dé la satisfación debida al servicio de vuestra majestad y á 
quien es, que el mundo conocerá temían sus enemigos más la 
defensa justa del suplicante, que aborrecían la culpa que inven- 
taron para prendelle. 



en el siglo pasado (con el núm. i6); la de D. Juan Isidro Fajardo de 1724, 
Biblioteca Nacional, N. 276, fol. 268 v., y dos traslados más del señor 
Duráu. 



348 Documentos 



DOCUMENTO CXLIX * 

Otro, (rt) 

Señor: Perdone vuestra majestad si un pobre preso, al verse 
privado de la libertad y cercano al sepulcro, levanta tan repe- 
tidas veces sus quejas á los cielos para ser oído de quien puede 
remediar sus males y darle consuelo. El Grande os apellidan, Se- 
ñor; y más que alabanza pienso sea justicia, porque os tengo 
por bueno, cualidad sin la cual aquel ditado es lisonja mentiro- 
sa. Y siéndolo. Señor, no puedo menos de esperar se acorten mis 
penas cuando sepa vuestra majestad que las padezco tan gran- 
des, que la vida se dilata con trabajo, y que la muerte se viene 
á mí tan apriesa, que temo que el hilo de mi vida se quiebre al 
aire de su guadaña. 

No olvidéis. Señor, aquel famoso dicho de Plutarco: At me 
major nequáquam est, tiisi jtistior ac temperantior fuerit; advir- 
tiendo que será una obra meritoria el librarme la vida que me 
queda, para poder emplear el ánimo caduco en pedir con liber- 
tad por mi salud, para que no me coja la muerte encarcelado 
tanto de espíritu como de cuerpo. Advertid, Señor, que en el 
libro I, al hablar de la ira, dice Séneca que lo grande es inse- 
parable de lo bueno: No7i potest ilbul separari: aut inagnum et 
bonum erit, aut nec magnu/n; y que siendo así, no podéis ser tan 
bueno como os desea el pueblo, permitiendo que sin culpa ó 
por cosas pequeñas que traen asociadas rencor, ajeno de vuestra 
majestad, se me tenga tantos años hecho el penitente, penado, 
condenado por capricho á agusanarme en vida, ó porque no 
fui tan sufrido como se quería, ó porque se creyó que no lo fue- 
se. Despreciad, rey mío, cuanto mis calumniadores hagan y di- 
gan á vuestra majestad para hacerme indigno de vuestra cle- 
mencia; y ya que por Grande os tenemos, haced que se os pue- 
da aplicar el dicho de Plinio: Praedarior lates tua, quod non 
minus constat esse optimuin, quhm máximum. 

Dice Tácito, en sus Anales, que el Príncipe debe solicitar 
fama y buena memoria: Caetera principibus statim adesse; unum 
insatiabiliter parandum, prosperam sui memoriam. ¿Y de qué 

(fl) Le publicó el Sr. Castellanos en el referido t. VI, pág. 331. Pero 
dudo mucho que tal papel sea de la pluma de Quevedo; quizá correría 
entonces de mano, borrajeado por alguna de las que usurpaban su nombre. 



Obras de Quevedo 349 



mejor modo podrá, alcanzar fama vuestra m.ajestad que perdo- 
nando las injurias personales, caso que las vea en mí por lo que 
mis enemigos le digan; siendo así que si delitos tengo, son en 
mi conciencia los de haberle amado como fiel vasallo, procu- 
rando allegar á sus oídos la verdad? Si vuestra majestad tiene á 
delito esto, delincuente soy, y grande. Yo pienso no podré de- 
jar de serlo, en tanto no me deje á mí la vida: que quien nació 
noble y cristiano se aviene mal con el engaño y falsedad cuando 
de su señor se trata. 

La verdad pudo hacerme, sin quererlo yo, enemigo de quien 
tanto amo; mas si es ansí, vencido me confieso. Y como en ce- 
sando la pelea cesa la ira, espero que vuestra majestad tenga en 
cuenta que dice Séneca en su primero libro De deme?itia: Non 
decet Regem sana tice incxorabilis ira; porque la pertinacia en el 
encono no se aviene bien á la grandeza de quien se asemeja á 
Dios en la tierra, cuando como sienta Plutarco: Ñeque etiim ve- 
ri victor est, qui iraciíndiae vindictam flagitanti fraenum nescit 
imponere. 

Yo sé, Señor, que la lisonja tiene su silla en los palacios, y 
qué necesaria es mucha grandeza de alma para que los prínci- 
pes no sean seducidos de monstro tan bello en la apariencia; 
pero á quien es Grande como vuestra majestad, nada se resiste; 
y recordando aquello del salmo t^y. Siciit aspidis siirdae, et ob- 
turantis aurcs suas, quae non exaudiet voeem ineantantium, no 
podrá menos de conocer lo que importa á su alma, al bien de 
su reino y al deste pobre vasallo, que por no saber adularle se 
encuentra tan mal parado como bien encerrado y llagado. Cierre 
vuestra majestad sus oídos á los que quieran lisonjearle en mi 
perdición; y advierta que dice Catón, al hablar de los adulado- 
res y de los príncipes, que Noli homines blando nimiiim sermone 
probare; y que Laercio tuvo al lisonjero por el animal más per- 
nicioso; razón por que el emperador Juliano decía que los lison- 
jeros hacían malos á los Príncipes, que debían aborrecerlos co- 
mo á sus mayores enemigos: Eos, qui siniulatione áulica lau- 
dant, niajore odio prosequi, quam inimicos. Confórmase. esta opi- 
nión con el parecer de Tácito cuando dice en su Agrícola: Pes- 
simum iniínicorum gemís laudantes; y tiene razón, porque por su 
voz vive el príncipe engañado. 



350 Documentos 



Yo, Señor, dije á vuestra majestad la verdad según mi con- 
ciencia me la dictaba, acordándome de que nos dejó Plutarco 
la leción de que un príncipe debe tratar con quien se la diga, 
con respeto, sí, pero sin embarazarse en la majestad ni hacer 
distinciones para decir lo que sienta el corazón; no pensando 
que esto mismo había de ser cuchillo de mi garganta, porque 
había de tener vuestra majestad quien quisiese ganar su gracia 
excitando en su pecho enojos contra mí para sacar su provecho 
propio, solicitando castigo para mí, víctima miserable de su in- 
vidia ú mal contentamiento. 

Sea vuestra majestad Tito y Trajano para esos enemigos 
míos; y así como ellos supieron volver la tranquilidad á los pala- 
cios y la quietud á los ciudadanos, desterrando de sí á los adu- 
ladores y impostores, para que Roma no fuese el blanco de sus 
tiros (como se quejó Marcial en sus epigramas), aléjelos vues- 
tra majestad de sí para que España sea más honrada y sus sub- 
ditos más felices. Oiga, pues, vuestra majestad la verdad agrada- 
blemente, que no faltará quien se la presente sin rebozo, y no 
os contentéis con mandar que os la digan; que si no dais el 
ejemplo (en el castigo de los que os mientan), las órdenes que 
deis serán papeles que llevará el aire á los soplones para aumen- 
tar el caudal de sus desacatos. 

¡Con cuánta verdad exclamó Cicerón al hablar de la verdad 
cuando dice: Saepe nmltorum improbitate depressa e?nergit, et in- 
nocentiae defensio i?iterclusa respirat! Y ¡con qué justa razón se 
dice en los Froz'erbios que no puede tener buenos consejeros el 
"príncipe que oye de buena gana la mentira: Princeps qiá Uben- 
ter audit verba mendacü, omnes ministros habet impiosl No olvi- 
déis. Señor, estas verdades, porque en ello va la fama de vues- 
tra majestad; y atended á que en los mismos Proverbios se re- 
cuerda el sabio aviso de Salomón, de: Audi consiliuin, et suscipe 
disciplinam, ut sis sapiens in novissimis tuis. 

Repare vuestra majestad que al saberse que me han preso 
sin que ni yo ni nadie sepa la causa, y que ni se me dice ni al- 
canza, tendrán á vuestra majestad por iracundo y enemigo mío, 
agraviando tanto la honra de vuestra majestad como la mía; y 
los culpables de mi desdicha y de vuestro rigor nunca visto con 
grandes ni pequeños, se burlarán de vuestra majestad y de mí, 



Obras DE QUEVEDO 351 



cometiendo desacato á vuestra grandeza y escándalo á todos los 
tiempos. 

No pido á vuestra majestad desagravio ya ni justicia, que 
me la hará el cielo; y sí se apiade de un pobre viejo que arrastra 
la vida entre el cieno de sí mismo y se halla agusanado antes 
de ser muerto, y le concedáis morir en paz en su casa y al lado 
de sus amigos: en lo que haréis, Señor, lo que estará bien á 
vuestra real persona y lo que os suplica vuestro dolorido vasallo 
— Don Francisco de Quevedo Villegas. 

DOCUMENTO CL 

Otro, en febrero de 1643. {a) 

Señor: D. Francisco de Que vedo- Villegas, caballero del há- 
bito de Santiago, preso en San Marcos de León tres años há y 
tres meses dice que, ya que vuestra majestad, para bien de toda 
su monarquía, y castigo de sus rebeldes, y terror de sus enemi- 
gos, es ministro de sí mismo, suplica á vuestra majestad consi- 
dere el agravio que se le hace en decir que los papeles que le 
quitaron no se han visto; no siendo creíble que, prendiéndole 
por sospecha dellos, en tres años y tres meses no los hayan vis- 
to; y no siendo menor agravio haberle preso y destruido en vida, 
honra y hacienda, por cosa que ni se había visto ni verificado 
que él fuese. 

Y siendo así que los ministros, por quien ha corrido, siem- 
pre dijeron otra causa, señaladamente de un testigo singular de 
oídas, sin nombrar sus papeles (en los cuales, Señor, los más 
son del servicio de Dios y de la Iglesia, y de vuestra majestad 
y de su monarquía, contra los eneinigos della); pone á vuestra 
majestad en consideración que desde que vuestra majestad rei- 
na ha estado preso tres veces antes désta: dos por la prisión del 
duque de Osuna, y la tercera porque defendió el patronato de 
Santiago, apóstol de España, siendo caballero religioso profeso 
de su orden; y que en ninguna destas prisiones se le hizo cargo 



(a) Copia del siglo anterior, en la Biblioteca Nacional, códice T. 153, 
fol. 213. — Le publicó el Sr. Castellanos á la pág. 327 del referido t. VI. 

Los originales de éste y de la consulta que sigue han desaparecido, 
habiéndolos arrancado de un tomo que se guarda en el Ministerio de Es- 
tado, con el tejuelo de «chumacero tom. i.a 



352 Documentos 



ni tomó confesión; y fué, después de cinco años que duraron, 
dado por libre, habiéndole consumido la hacienda con guardas, 
y acabándole la salud con rigores terribles: de que podrá infor- 
mar á vuestra majestad el secretario Lázaro de los Ríos, que lo 
fué en estas tres prisiones, y así consta de las cédulas de soltura, 
que de todas están de su letra y firma en los papeles que le tie- 
nen. Señor, desto no ha tenido noticia vuestra majestad, hoy la 
tiene. No pide satisfación de tantos agravios y ruina, sino que 
vuestra majestad no permita que le acabe el odio y la pasión, no 
ocasionada por él: que en atajarlo hará vuestra majestad lo que 
debe á su real persona, y al suplicante gran bien y merced. 

DOCUMENTO CLI 

Consulta de D. Juan de Chumacero y Sotomayor, presidente de Castilla, 
en 3 de mayo de 1643. (a) 

Señor: He recibido de la secretaría el memorial incluso de 
D. Francisco de Quevedo; y aunque la remisión ordinaria no 
obliga á consulta, por haber venido debajo de cubierta y con 
alabardero, sobre ser la causa de un preso de cuatro años, me 
hallo obligado á decir á vuestra majestad que en los papeles 
del obispo de Tarazona no se halla más que la instrución que 
se dio al alcalde D. Francisco de Robles para que llevase preso 
á D. Francisco y se le secuestrasen sus papeles. Éstos se entre- 
garon al licenciado josef González; y por su ocupación, los co- 
metió á D. Martín de Arnedo, oidor de Contaduría. Ninguno 
tiene noticia de culpa particular contra el preso; y lo da á en- 
tender el no habérsele hecho cargo ni tomádole la confesión 
en tanto tiempo. Su edad es mucha; y los achaques tan conti- 
nuos, según he entendido, que no se levanta de la cama, y hoy 
dicen está enfermo de peligro. Si en los papeles se hallare qué 
expurgar ó castigar, él no se ha de huir ni puede. Y así, tengo 
por de la piedad de vuestra majestad darle licencia de volver á 
su casa. Madrid, 3 de mayo 1643. — CHay una rúbrica.') 



(a) Como el precedente. En el índice del t. I, ya citado, se ve el re- 
gistro en esta forma: «Consulta del mismo ( — Presidente del Consejo) sobre 
el Memor.l de D,n fran.co de Quevedo Villegas, en que suplicaba, se le 
livertase de la prisión, en que se hallaba en S." Marcos de León, por indi- 
cios, y sospechas que avia de algunos papeles suios, y resoluz.on de S. M., 
á fol. 13.» 



Obras DE QuEVEDO 353 



( — Cubierta.) f Señor: — 3 de mayo 1643. — El Presidente 
del Consejo, sobre la causa de D. Francisco de Quevedo. 

— (Real decreto.') La prisión de D. Francisco fué por causa 
grave. Decid á Josef González que se acabe de ajustar lo que 
resulta de sus papeles, y os dé cuenta de ello; y con eso se po- 
drá tomar resolución. — (Está rubricado.) 

DOCUMENTO CLII 

Otra consulta de Chumacero, en 7 de junio. (í?) 

f Señor: A consulta de 3 de maio, sobre vn memorial re- 
mitido de Don fran(;-isco de queuedo, fué V. M. seruido de res- 
ponder, 

«De^id á Joseph gon^alez que se acaue de ajustar lo que re- 
sulta de sus papeles, y os de quenta de ello, y con eso se podra 
tomar resolución,» 

El Licencio Joseph Gongalez auia reconocido parte de estos 
papeles, y Don Martin de arnedo oidor de Contaduria á quien 
los remitió. Yo también los he echo ver todos, y reconocido por 
mi mesmo los manuescritos, están en ellos Originales de sus 
obras, y otros muchos en verso a diferentes intentos conforme 
á su genio. Hanos parecido se deue retirar vna sátira, por ser 
contra religiosos, y otros quadernos que intitula desengaños de 
la Historia: No se ha aliado cosa particular concerniente a la 
causa, por que se discurrió en su Prisión, antes supe en Roma, 
y con mas certeca despue (sic) que llegue á esta Corte, no fué 
Don francisco el autor de vn Romance, a cuia publicación se 
siguió el prenderle: El Licen'J" Joseph goncalez no sabe de causa 
particular: el Preso lo esta mas ha de tres años, tiene mui cerca 
de setenta de edad, y tan lleno de achaques, que no se leuanta 
de la cama, y se duda de su vida. Bastante escarmiento puede 
tener con lo padecido: Y siruiendose V. M. de darle soltura, se 
le podria hacer alguna conminación, y retener los papeles, que 
tubiese algún inconueniente el publicarlos. 

V. M. ordenara lo que mas fuere seruido. Madrid 7 de junio 
1643. — (Rúbrica de Chumacero.) 



(a) Existe original en el ministerio de Estado, en el ya referido to- 
mo I de consultas del presidente del Consejo, D. Juan Chumacero y de 
Sotomayor, fols. 15 y 16. 

45 



354 Documentos 



( — Cubierta}) f Señor — 7 de junio 1643 — El Presidente de 
el Consejo. 

Sobre la causa de Don frangisco de Queuedo. — (Real decre- 
to.) hagasse como parece. — (Está rubricado.) 

DOCUMENTO CLIII 

Vuelve á Madrid. («) 

Avisos de 14 de Julio de 1643. Antes había partido el señor 
Conde-Duque, de Loeches á Toro; donde está festejado y ha- 
ciendo los oficios de regidor de aquella ciudad, y visitando á las 
señoras de porte. 

Vinieron D. Francisco de Quevedo y el inquisidor Adán de 
la Parra, presos en León. 

DOCUMENTO CLIV 

A D. Francisco de Quevedo Villegas, habiéndose lamentado de habérsele 
perdido muchos de sus escritos en las revueltas de sus infortunios. (¿) 

Al varón grande no hay modo 
De poderle defraudar: 
Si vos no os podéis faltar, 
¿Qué importa que os falte todo? 
Si tanto docto periodo 
Os perdió el mundo, bien fundo 
Que de ese pesar profundo 
Sobrados los duelos fueron. 
¿Qué os quejáis? ¿No se perdieron? 
Pues vengado estáis del mundo. 

DOCUMENTO CLV (r) 
Conociendo lo que sentirán los doctos el perder cualquier 
obra del autor, daré á la estampa algunas que tengo en prosa, 
no acabadas, juntándolas con otros originales que me han pro- 
metido. Y aunque he sacado dos paulinas para que no se pierda 



(a) Pellicer de Tobar, Avisos históricos, citados al núm. CXLII. 

(¿) «Noche de Invierno. Conversación sin A'aypes. En varias Poesias 
Castellanas . De D. Gabriel Fernandez de Rozas. Divididas en dos Partes... 
A Don Sebastian Cortizos de Villasante, Cauallero de la Orden de Calatra- 
ua, del Consejo y Contaduría mayor de Hazienda de su Magestad, su Secre- 
tario y Fator General és^c. Con Privilegio. En Madrid. Por Francisco 
Nieto. Año 1662.» — 4.", Primera Parte, fol. 18. 

(í) D. Pedro Aldrete, en el prólogo á Las tres Musas ttltimas. 



Obras DE QuEVEDO 355 



rasgo su)^o, no he podido conseguir mi intento (espero con el 
tiempo se manifestará), pues el que tengo es sólo de asistir en 
esto á la utilidad pública, como lo fué el del autor en todas sus 
obras. Bien sé de algunas que están ocultas en poder de los que 
las han usurpado, entre las cuales es una canción que el autor 
intituló: la Oración que Cristo nuestro Señor hizo á su Padre en 
el Huerto; otras que no parecen se nombran en el libro de su 
vida, la cual se escribirá (siendo Dios servido) más por extenso 
y mejorada de noticias. 

1645 

DOCUMENTO CLVI 
Hace testamento, en Villauueva de los Infantes, á 25 de abril de 1645. (a) 

En el nombre de Dios nuestro Señor. Amén. Sepan cuantos 
esta carta de testamento, última y postrimera voluntad vieren, 
como yo D. Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la 
orden de Santiago, estante en esta Villa nueva de los Infantes, 
estando enfermo, pero en mi buen juicio, memoria y entendi- 
miento natural, tal cual Dios nuestro Señor fué servido de me 
dar; creyendo como fiel y verdaderamente creo en el misterio 
de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres per- 
sonas y un solo Dios verdadero, y en todo aquello que tiene, 
cree y confiesa la santa madre Iglesia romana; escogiendo por 
mi abogada é intercesora á la bienaventurada siempre Virgen 
María, Madre de Dios y Señora nuestra: ella ques Madre de mi- 
sericordia quiera rogar á su precioso Hijo me perdone mis peca- 
dos y lleve mi ánima á su santa gloria; y con esta divina creen- 
cia é invocación, digo que hago mi testamento y última vo- 
luntad en la manera siguiente: 

Primeramente encomiendo mi ánima á Dios nuestro Señor 
que la crió y redimió con su preciosa sangre y pasión. 

Iten mando que mi cuerpo sea sepultado, por vía de depó- 
sito, en la capilla mayor del convento de Santo Domingo desta 
villa, en la sepoltura en que está depositada D.^ Pretolina de 



(a) Consérvase entre los protocolos de aquella población; pero un 
traslado vio la luz pública en el Semanario pintoresco español, y en su nú- 
mero correspondiente al 12 de febrero de 1854, por diligencia del distin- 
guido catedrático de la universidad central D. Severo Catalina. 



356 Documentos 



Velasco, viuda de D. Jerónimo de Medinilla, para que de allí se 
lleve mi cuerpo 4 la iglesia de Santo Domingo el Real de Ma- 
drid, á la sepoltura donde está enterrada mi hermana. 

Iten mando acompañen mi cuerpo en su entierro las cofra- 
días que hobiere en esta villa y los conventos de frailes della y 
el cabildo eclesiástico; y todo se pague de mis bienes. 

Y mando que el día de mi entierro, si fuese hora, y si no 
otro siguiente, se diga por mi ánima una misa de réquiem can- 
tada, con sus diáconos y vigilia, como es costumbre, y se pague 
de mis bienes. 

Y mando que se digan por mi ánima y de mis difuntos y 
personas á quienes tuviere algún cargo, ochocientas misas re- 
zadas. 

Y quiero y es mi voluntad questas ochocientas misas, la cuar- 
ta parte dellas se digan en la iglesia del señor san Andrés, pa- 
rroquial desta villa, y las demás se digan en los conventos desta 
villa, cada uno decientas rezadas. 

Iten mando á las mandas forzosas lo que es costumbre. 

Iten quiero y es mi voluntad se le dé á Juan de Gayoso, mi 
criado, un vestido de terciopelo negro con un herreruelo de paño 
fino, medias de seda, jubón y demás necesario, y un luto; y se 
le pague lo que se le debiere del tiempo que me ha servido. 

Iten quiero y es mi voluntad de fundar, y por el presente 
fundo, un mayorazgo de todos los bienes muebles y raíces y se- 
movientes que tengo míos propios en la villa de la Torre de Juan 
Abad, que es del partido del campo de Montiel, de que tengo 
la jurisdición de la dicha villa por los réditos del censo que con 
facultad real tengo contra el concejo della. El cual y los dichos 
sus réditos, que constarán para dicho censo y que ha de ser ca- 
pital del dicho mayorazgo, y los demás bienes muebles y semo- 
vientes y raíces y lo que se ajustare dellos, se ha de imponer en 
censos ó juros ó lo que más pareciese convenir, para que esté 
todo junto y no dividido. Todo lo cual ha de quedar y queda 
vinculado para el dicho mayorazgo, sin que se pueda vender ni 
enajenar, trocar ni cambiar; y la venta ó enajenación que en 
otra manera se hiciese, sea en sí ninguna y de ningún valor ni 
efeto. Y nombro por el primero sucesor y patrón del dicho ma- 
yorazgo á D, Pedro de Alderete, mi sobrino, vecino de la ciu- 



Obras de Quevedo 357 



dad de Granada, para que lo posea; y después de sus días su hijo 
mayor varón; y á falta del suceda en los demás sus hijos, prefi- 
riendo el mayor al menor y el varón á la hembra; y á falta de 
los dichos sus hijos y sus descendientes por línia reta, acabada 
su casta, suceda en su hermano mayor del dicho D. Pedro Al- 
derete y sus hijos y descendientes, prefiriendo, como dicho es, el 
mayor á el menor y el varón á la hembra; y á falta de todos su- 
ceda el dicho mayorazgo y sus bienes en el pariente mío más 
cercano y descendientes que se hallaren, en la misma forma: 
guardándose en todo la que he dado y con las cláusulas que se 
fundan los demás mayorazgos Despaña, que desde luego quiero 
se esté y pase por ellas en esta fundación como las cjue quedan 
expresadas, para que tengan cumplido efeto: por ser como es 
esta mi última determinación y voluntad. 

Iten dejo y nombro por mis albaceas y testamentarios á los 
excelentísimos señores duques de Medinaceli y Alcalá y duque 
de Güesca; y á el Sr. D. Florencio de Vera y Chacón, del hábito 
de Santiago, vicario general deste partido; y á D. Francisco de 
Oviedo, vecino de la villa de Madrid. A los cuales, y á cada uno 
dellos in solidum, doy poder cumplido para que entren en lo 
mejor y más bien parado de mis bienes, y cumplan y paguen 
este mi testamento y mandas en él contenidas, y dispongan se 
ajusten los bienes que dejo: así para la fundación del mayorazgo 
que instituyo, para que se pongan en capital; como lo demás 
tocante á el remanente, para que lo lleven á quien toca, confor- 
me mi disposición; y les encargo la conciencia. 

Y del remanente que quedare y fincare de todos mis bienes 
muebles y raíces y semovientes, derechos y acciones que tengo 
y me pertenecen y puedan pertenecer en cualquiera manera, dejo 
y nombro por mi legítima y universal heredera de todos ellos á 
sóror Felipa de Jesús, mi hermana, monja profesa descalza en el 
convento de Carmelitas descalzas de la villa de Madrid; para que 
los haya y herede y disponga dellos como de cosa suya propia; 
porque así es mi voluntad. 

Y revoco y anulo y doy por ninguno^ de ningún valor ni 
efeto, todo otro cualquier testamento ó testamentos, codicillo ó 
codicillos, poderes para testar, manda ó mandas por escrito ó 
de palabra, (¡ue quiero que no valgan ni hagan fe en juicio ni 



358 Documentos 



fuera del; salvo este que á el presente hago ante el presente es- 
cribano, que quiero que valga por mi testamento y codicillo y 
por mi última y postrimera voluntad en aquella vía que más y 
mejor haya lugar en el derecho. 

En testimonio de lo cual lo otorgué, en la manera que dicha 
es, ante el presente escribano y testigos, en Villanueva de los 
Infantes, en veinte y cinco de abrill de mili y seiscientos y cua- 
renta y cinco años: testigos Juan Rubio Morcillo, Fernando Na- 
varro y Garate, y de Santa Cruz, vecinos desta villa. Y lo 

firmó él en la cama, á quien yo el escribano doy fe conozco. — 
Don Francisco de Quevedo-Villegas. — Ante mí: — Alonso Pérez. 

DOCUMENTO CLVII 

Mandas del codicilo otorgado ante el mismo escribano 
y en igual día 25 de abril de 1645. i^d) 

\? Á el hospital de nuestra Señora de los Remedios una 
cama de ropa, que se entiende tres colchones, dos sábanas y 
una frazada, y un cobertor y dos almohadas. 

Iten á Juan Ramírez, vecino desta villa, maestro del oficio 
de platero, se le dé una escopeta con una llave de rabo de ala- 
crán, con sus herramientas, que se entiende martillejo, burxaca 
y bolsa y frasco. 

Iten quiere y es su voluntad, y manda se remita al excelen- 
tísimo señor duque de Alcalá una pieza entera de damasquillo de 
la China, que tiene en su baúl, con los cabos de oro; y un poco 
de hilo de León que hay con la dicha pieza. Y encarga á cual- 
quiera de sus albaceas se lo remitan luego, porque esta es su 
voluntad. 

Iten manda se remita á D. Francisco de Oviedo, vecino de 
Madrid, un arcabuz de Leonardo que tiene de presente. 

Iten manda se le dé al Sr. D. Florencio de Vera y Chacón, 
del hábito de Santiago, vicario del partido, una cerradura que 
tiene las armas del rey D. Pedro el Justiciero. 

Iten declara que tiene una cuenta con el licenciado Juan 
Gallego, presbítero desta villa; quiere y es su voluntad se esté y 
pase por lo que dijere. 

{a) Estampólas el referido Sr. Catalina á continuación del anterior 
documento. 



Obras DE QuEVEDO 359 



Y con esto deja su testamento en su fuerza y vigor, etc. 

DOCUMENTO CI.VIII 
Otro testamento, de 26 de abril, (a) 

En el nombre de Dios, Amen: sePan quantos esta carta de 
testam'°, vltima y Postrimera voluntad vieren, como yo don fr^o. 
de quebedo y Villegas, cav.° de la borden de santiago, señor de 
La jurisdicion de la Uilla de la Torre ju.° abad, borden de san- 
tiago, en el campo de montiel, estante á el presente en esta villa 
nueva de los ynfantes. enfermo de la enfermedad que dios nues- 
tro señor fué servido de me dar, pero en mi vuen juicio y enten- 
dimiento natural; creyendo como firme y verdaderamente creo 
en el misterio de la santisima trinidad, padre, bijo y espíritusan- 
to, tres personas y un solo dios verdadero, y en todo lo demás 
que tiene cree y confiesa la santa madre Iglesia Romana; esco- 
jiendo, como escojo, por mi abogada é Intercesora á la serenisi- 
ma Reyna de los angeles, á la qual suplico ynterceda con su bijo 
precioso me perdone mis pecados y lleve mi anima á caRera de 
salbacion; y con esta fee y creencia otorgo que Hago mi tes- 
tam'° é ultima voluntad en la forma sig'*= : 

Primeramente: Encomiendo my anima á dios nuestro señor, 
que la crio y Redimió con su preciosa sangre; y el cuerpo á la 
tierra, de que fue formado. 

Iten m^o. que mi Cuerpo sea sepultado por via de deposito 
en la capilla mayor de la Iglesia del convento de santo domingo 
desta villa, en la sepoltura en questá depositada doña pretolina 
de velasco, viuda de don Jerónimo de medinilla. Para que de 
allí se lleve mi cuerpo á la Iglesia de santo domingo el Real de 
madrid, á la sepoltura donde está enterrada mi ber"'». 



(a) Poseía el mismo registro original el señor conde de San Luís: 
préstemelo durante algunos meses; pero devuelto por mí á su dueño, á 
principios de julio de 1854, desapareció, cuando los saqueos é incendios 
de la noche del 17. 

De él hice la esmerada copia por que va impreso en las presentes pá- 
ginas; y tengo además á la vista: i.", una moderna de otro que se estima 
el original, y en Abril de 1854 existía en Manresa; 2.", dos traslados autén- 
ticos, hechos en 1662 y 1747; y 3.°. un testimonio legalizado en debida 
forma, que remitió á la Real Academia de la Historia, con fecha 10 de 
junio de 1835, el Dr. D.José Cándido de Peñafiel, cura párroco de Al- 
hambra y académico corresponsal. 



36o Documentos 



Iten m'^°. que llevando mi cuerpo á enteRar, Le acompañen 
todas las cofradías desta villa y el cabildo eclesiástico del señor 
san Pedro, y las Religiones de los conventos de frailes della; y 
se les pague la limosna acostumbrada. 

Iten m'^°. que el dia de mi enterram'°, si fuere ora, y si no 
otro dia siguiente, se diga por mi anima una misa de Requien 
cantada, con Diácono y subdiacono; y asimismo, el mismo dia 
digan missa de cuerpo presente todos los sacerdotes que se ha- 
llaren desocupados en esta v.^: y se les pague la limosna acos- 
tumbrada. 

Iten m^o. se digan Por mi anima y de mis padres, y difuntos 
y animas de purgatorio, y personas á quien tubiere algún cargo, 
ochocientas misas Regadas, de la feria que coRiere; y se pague 
la Limosna acostumbrada. 

Iten m<í°. que la quarta Parte de las misas se digan en la pa- 
rroquial desta villa, y Las demás en Los tres conventos de santo 
domingo, san franco, y santísima trinidad. Por iguales partes. 

Iten m^o. á las mandas forgossas lo ques costunbre. 

Iten m^°. á el ospital de nuestra señora de los Remedios desta 
villa, para la curación de Los pobres del una cama de Ropa, que 
se entiende tres colchones, dos sauanas, una frazada, y un co- 
bertor y dos almohadas. 

Iten m^°. á ]u.° Ramírez, Platero, v.° desta villa, una escope- 
ta con una llaue de Rabo de alacrán, con sus heRamientas, que 
se entiende martillejo y burxaca, y bolsa y frasco (a). 

Iten quiero y es mi boluntad se Remita á el Excelentisimo 
s •■ . duque de medínaceli y alcalá, vna piega entera de damas- 
quillo de la china, que tiene en vn baúl con los cauos de oro 
( — Tachado: y un poco de hilo de león que ay con la dha piega); 
y encargo á qualquíera de mis albaceas Lo Remitan luego, Por- 
questa es mí boluntad. 

Iten m'^°. se le de á el s •■ . don florencio de Vera y Chacón, 
del avito de santiago, vicario deste p*^". vna ceRadura que tiene 
las armas del Rey don pedro el justiciero. 



{a) Burjaca: bolsa de cuero grande que, colgando del hombro dere- 
cho con alguna cinta ó correa, se lleva debajo del brazo izquierdo. Dícese 
también buljaca, bulgaca, bursaca ó burxaca, de las palabras latiuas biilga 
y bursa, que significan bolsa. 



Obras de Quevedo 361 



Iten uv'". cjuc un baúl cerrado ciue tengo en la Villa de la 
torre ju.° abad, en la sala de las casas que tengo en ella, devajo 
de la ventana a el cierno, se de como esta á su Excelencia de 
el duque de medinaceli y alcalá; y encargo a mis albaceas lo 
Remitan luego, Porquesta es mi voluntad. 

Iten m'^'^. a el L'^". Ju.» Gallego, Presvitero desta v.^. Un ves- 
tido nuevo de chamelote negro, de aguas, negro, de seda, Ropi- 
lla y calt^ones, y mangas, que tengo sin estrenar; y asimismo una 
haca que tengo en esta villa, con su silla nueva y los demás 
aderemos della.=Y asimismo, un liento de Pintura con la de 
san Jerónimo, con su marco de plata, questa en la toRe Ju.° 
abad, porque así es mi boluntad. 

ítem m'"'^. y es mi boluntad se le de á Di.° de Gayoso, mi 
criado, que de presente me esta sirviendo, un vestido de tercio- 
pelo negro con feReruelo de paño fino y medias de seda, y ju- 
bón; y lo demás necesario para Hacerlo; y un luto de vayeta; y 
se le pague lo que se le debiere del tiempo que me a servido. 

Iten m'^°. á andres, mi criado, que asiste en la Villa de la 
Torre Ju.° abad, un vestido de paño canelado que tengo, que 
se entiende callón, Ropilla y casaca, y feReruelo; y que el su- 
sodho Pueda vivir y viva todo el tiempo que quisiere en el 
quarto de la cocina de las casas que tengo en la dha Villa, sin 
que nadie se lo ynpida: Porque assí es mi boluntad. 

Iten declaro que tengo una quenta con el L^°. Ju° Gallego, 
presVitero, de lo que a gastado y gasta en mi enfermedad; quie- 
ro y es mi boluntad se este y pase Por lo quel dijere. 

Iten quiero Y es mi boluntad que todas Las deudas que pa- 
recieren Yo dever, se paguen aviendo justificación para ello; Y 
lo que constare debérseme se me pague, 

Iten quiero y es mi boluntad, Y mando se den en cada un 
año. Por todos Los dias de su Vida, á sóror felipa de jesús, mon- 
ja descalza en el convento del carmen de madrid, cinq'=>. duca- 
dos para sus alimentos y Regalo, por el patrón que dejare nom- 
brado del mayorazgo que tengo de fundar de todos mis vienes, 
á que a de tener privilegio desta cant "^ . en sus Rentas á todos; 
sin que Por ninguna causa se ynpida el dar este socorro en cada 
un año, por el fin de di'^ de el: Porque asi es mi boluntad. 

Iten declaro que en las cassas de la dha Villa de la Torre 

46 



362 Documentos 



ju.o abad, ay dos baúles de moscobia, que son sobre los que se 
arma la cama, que el uno esta lleno de papeles de ymportancia: 
se Vacien en Una arca questa ceRada, Y la llave esta en la 
messa de los tornos {a)\ y se haga Inventario de todo con distin- 
ción, y se traiga a esta villa, y se entregue a el s "■ . Vicario deste 
partido, para que la tenga en custodia; y asimismo La cama an- 
cha de Los dhos baúles. 

Iten declaro que una bolsa de quero que tengo en cassa de 
el L'J°. ju.° gallego tiene diez Reales de a ocho y uno de a qua- 
tro de plata; y otra bolsa ceRada con artificio, tiene veinte y 
cinco doblones de a ocho y dos escudos de oro y una venera 
sobre una esmeralda grande y Rica con una espada de Rubies 
con cerco de diamantes: questa piega a de quedar Por funda- 
mento principal del mayorazgo que e de fundar en este mi tes- 
tamento. 

Iten declaro que tengo el off.° de escriv.° acrecentado del 
nu.° y juzgado de la dha Villa de La Torre ju.° abad, por mC^. 
de su mag'í., de que se deven docientos ducados {p): mando 
que se pague de los dhos doblones, y lo demás sea para cum- 
plimiento mi testamento. 

Iten xí\^°. que Un liento de la madalena y un juan andres de 
cria, y otro liento de Xpto en la coluna se traiga todo a esta 
v.% a el dho señor Vicario, para lo que mas convenga=Y las 
sillas y mesas que hay en la dha Villa de la Torre ju.° abad se 
ponga todo por ynventario=y Unos libros questan en lo alto de 
los tornos se traigan a esta dha villa, en la misma forma; hacien- 
do ynventario Para que aya buena quenta y Ragon. 

Iten declaro que tengo dos Pares de cassas en la Villa de 
madrid, en la calle del niño, con cochera y cauallerigas, que de 



(a) «Su sabiduría fué conocida de todos, así antes como después de 
su muerte. Y no sólo se valió de la luz, capacidad y ingenio que Dios le 
dio, sino de sumos trabajos: tenía una mesa con ruedas para estudiar en 
la cama; para el camino, libros muy pequeños; para mientras comía, mesa 
con dos tornos: de lo cual son buenos testigos los mesmos instrumentos, 
que están hoy en mi casa en la villa de la Torre de Juan Abad » — (D. Pe- 
dro Aldrete, en el prólogo de Las tres Mitsas t'dtimas.) 

(¿>) «La escribanía pública desta villa era del Concejo della y la tenía 
y gozaba; y habrá noventa años, poco más ó menos ( — f/íw 1485?), que el 
Rey se la tomó para sí como maestre.» (Relación de los vecinos de Juan 
Abad á Felipe 11.) 



Obras de Quevedo 363 



presente poseo, y de mi orden las alquila Ju.° de molina, ájente 
de los R 5 . consexos; a las quales tiene puesto pleito tomas de 
la VaRera, v.o de la dha Villa de madrid, sobre ciertas Preten- 
siones de quentas: mando quel poseedor que fuere del mayo- 
razgo que tengo de fundar, fenezca y acave el dho pleito, de 
manera que queden sin envarado. 

Iten declaro ay un baulillo como maleta en casa de el L^°. 
Ju.° gallego, en que ay papeles de ynportancia, así de mis ser- 
vicios, como de mi calidad: mando se ponga cuidado en él. 

Iten declaro tengo en poder de el dho Ju.° de moLina, ájente 
de los R 5 . concejos, una espada de mas de marca, y una babi- 
lonia pintada, que todo baldra Hasta mili R ^ ., poco mas o me- 
nos: Lo qual a de tener en su poder. hasta que se aya ajustado 
la quenta de la agencia que a tenido en Los negocios de la to- 
rre Ju.° abad, la qual se a de justificar; y pagado lo que se le 
deviere Lo a de entregar. Y asi mismo, tiene el susodho un baúl 
mió con lientos y otras niñerías y libros. 

Iten declaro que en Poder de don Fr<^o de Oviedo, Y.° de 
madrid, están dos baúles y un arca ceRados, en los quales ay 
libros, y una cama pequeña de tela de ñapóles, de poco valor: 
mando se cobre. 

Iten declaro que en poder del canónigo gueRero, Residente 
en corte, ájente del señor art^obispo de granada, tengo un cofre 
muy grande, nuevo, con vestidos y algunos libros; y una espada 
muy linda, de Tomas de ayala: mando se cobre. 

Iten quiero y es mi boluntad, que luego que yo sea muerto 
y pasado desta presente vida, se Haga ymbentario de todos los 
vienes que dejo, muebles y Raices y semovientes, así en la Villa 
de la Torre Ju.° abad, como en esta y en la de madrid y otras 
partes, puniendo por cauega el censo que tengo contra la dha 
Villa, y como soy señor de la jurisdicion; y en esta forma se 
prosiga, para que se sepa con toda distinción, supuesto que so- 
bre el Remanente de todo e de fundar el dho mayorazgo. 

Iten dejo y nombro Por mis alba^eas y testamentarios, cum- 
plidores y ejecutores deste mi testam'°, á los Excelentísimos se- 
ñores duque de medinaceli y alcalá, y duque de guesca; y á el 
señor don florencio de Vera y chacón, del auito de santiago, 
Vicario jen^' deste p<^°, y á don fr=°. de obiedo, V.° de la Villa 



564 Documentos 



de m^ SL los quales y a cada uno dellos ynsoUdum, doy poder 
cunplido Para que entren y tomen Lo mejor y mas bien parado 
de mis vienes, y los vendan y Rematen en pu'^^ almoneda o fuera 
della; y cumplan y paguen este mi testm'°, y mandas y legados 
en el contenidas; y dispongan y ajusten todos los vienes que 
dejo para la fundación del dho mayorazgo; y asistan á todo hasta 
que se aya impuesto su capital y quede coRiente: que para ello 
les doy tan cumplido poder como es necesario, y de dr° se Re- 
quiere. 

Y Por el Presente, quiero y es mi voluntad de fundar y fundo 
vn mayorazgo sobre todos mis vienes muebles y Raiges, dere- 
chos y acciones que tengo y tubiere, y me pertenecen y pueden 
pertenecer en cualquier manera, y sobre el Remanente de todos 
ellos; porque el dho mayorazgo y su poseedor y poseedores an 
de ser mis lejitimos y vniversales herederos. Y en primero lugar, 
señalo para su fundación el censo y jurisdicion que tengo con- 
tra el concejo y Villa de la Torre Ju.° abad; y la benera sobre 
Una esmeralda grande. Rica, con una espada de Rubíes con el 
cerco de diamantes;=El dho off° de escriv° del n° y juzgado de 
la dha Villa de la Torre Ju° abad, que es mió propio;=Y las dos 
pares de cassas que tengo en la dha villa de madrid, en la calle 
del niño, con cochera y caualleriga;=Y asimesmo, Las cassas 
que tengo en la dha Villa de La Torre ju° abad, á linde de He- 
rederos de goncalo Cañete, Vo de la dha villa. — Y todos los de- 
mas vienes se an de vender en su justo valor. Los quales y lo 
que se me deve de Réditos del dho censo en la dha Villa, que 
contra ella tengo con facultad R ' , todo se a de ynponer en cen- 
sos o en juros con yntervencion de quakjuiera de mis albageas, 
para el dho mayorazgo. Y los vienes sobre que lo fundo, y los 
que se compraren del dho Remanente, como va declarado, an 
de andar juntos y no divididos Para siempre jamas; y no se an 
de poder vender, trocar ni canviar, ni en otra manera enajenar; 
y el poseedor que lo Hiciere, luego que conste, sea privado, y 
desde luego le escluyo del dho mayorazgo y pase á el siguiente 
en grado=Y nonbro por Primero sucesor en el dho mayorazgo 
á don Pedro de alderete, mi sobrino, V" de la Villa de madrid; 
y después de sus dias suceda en su Hijo mayor varón; y á falta, 
en los demás sus hijos, prefiriendo el mayor a el menor y el va- 



Obras de Quevedo 365 



ron a la henbra; y a falta de los susodhos y sus hijos y descen- 
dientes Por linia Reta, acavada su cassa, suceda en el hermano 
mayor del dho don Pedro de alderete, y en sus Hijos y descen- 
dientes, Prefiriendo como dho es, el mayor al menor y el varón 
a la Henbra; y á falta de todos Los referidos, suceda el dho ma- 
yorazgo y sus vienes en el Pariente mió mas cercano, y descen- 
dientes que se hallaren de mi linia; guardándose en todo la ques- 
tá dada, y con las demás clausulas y llamamientos con que se 
fundan los mayorazgos despaña, que e aquí Por expresas é in- 
corporadas, y para que tengan cunplido effeto: lo qual mando 
en aquella via y forma que mejor aya lugar de dr.° =Y dejo por 
mi lejítimo Heredero en todos mis vienes á el dho mayorazgo y 
sucesores, como va declarado: porque asi es mi ultima y deter- 
minada Voluntad. 

Y Reboco y anulo, y doy por ninguno y de ningún valor ni 
effeto otro qualquier testamento o testamentos, codicillo o codi- 
cillos, poder o poderes que antes deste aya f ho y otorgado ante el 
presente scriv° y otros qualesquier scrivanos, así en juicio como 
fuera del; porque solo quiero valga este que á el presente otorgo 
Por ser, como es, mi ultima y final voluntad en aquella via y 
forma que aya lugar de derecho. En testimonio de lo qual otor- 
gue esta carta en la manera que dha es, ante el prs"= scriv y 
testigos, en Villa nueva de los infantes, en veinte y seis de abrill 
de mili y seisc'°s y quarenta y cinco a = , siendo testigos gabriel 
López, Juan Ramírez, y Ju° de bae^a, y Ju.° de minteguiaga y 
Ju.° Ruvio morcyllo. Vecinos desta villa. Y lo firmo el otorgan- 
te, á q" yo el escriv° doy fee conozco. — T.do=Un poco de Hilo 
de león que ay con la dha pieza=no vale. — Don Francisco de 
Quevedo- Villegas. — Ante mí: f — Alonso Pérez. 

Doss quatro RR ^ : doy fee no mas. 

{—En el margen y al principio del protocolo): 

Testam'o 

ay codicillo adelante=otorgado en 24 de mayo. 

Sacóse este testamento y codicillo questa en este Registro 
otorgado en \^^ y quatro de mayo del dho año, en diez" de sep''^ 
del; en Prim° sello. Primero pliego; demás, común: doy fee. 

Saque otro traslado en veinte de sept^ deste año con el co- 
dicillo; Prim" pliego, sello prim°; lo demás, común. 



366 Documentos 



Sacóse otro tr^^^ con el codicillo en diez de ot*= deste año; 
Pnm° Pliego, sello Prira°; y los intermedios, de papel común: 
doy fee. 

Saque tf^^ con el codicilio; el prim° pliego, del sello prim'^; 
y lo damas, común: a siete de Octu'= de 1662 p=» la v^ de la 
Torre. 

Saque otro traslado en Doze de Octubre de mili setez"s y 
trece a^ en sello Primero y el yntermedio común, en el qual fue 
yncluso el Cobdicilo de 24 de mayo q^ esta en este protocolo. 
Doy fee. 

DOCUMENTO CLIX 

Codicilo otorgado en 24 de mayo. (í?) 
(Escudo de armas reales; d un lado, 10, d otro, MS, debajo, 
1645) ^ Diez maravedis. Sello qvarto, diez maravedis, año de 
mil y seiscientos y qvarenta y cinco. = 

En Villanueua de los Infantes, en veinte y quatro de mayo 
de mili y seisc^ y quarenta y cinco años, ante mi el esc° y tes^ pa- 
reció el señor don Frc° de Quevedo y Villegas, cau° de la bor- 
den de Santiago, señor de la jurisdicion de la Torre Ju» Abad, 
y dijo: que Por quanto otorgo su testam.'° y ultima boluntad por 
ante el pres'*= escriu° en esta uillanueva de los Inf'^^, en veinte y 
seis dias del mes de abrill pasado deste año, el qual quiere se 
guarde, cumpla y ejecute en todo y por todo, como en el se 
contiene con las declaraciones sig''^^ 

Que Por quanto Por el dho su testamento deja fundado un 
mayorazgo sobre el Remanente de todos sus bienes muebles y 
Raices, derechos y aciones, que tiene y pueden pertenecerle en 
qualquiera manera, y algunos van expresados en la dha funda- 
ción; y nombra por primero sucesor en el dho mayorazgo a don 
Pedro CaRillo de alderete, su sobrino, y con las demás clausulas 



(a) El protocolo mismo, presentado para su venta á la Biblioteca Na- 
cional en 16 de abril de 1864. — Un pliego de papel escrito por todos la- 
dos: fols. 199 y 200. 

Dos éopias: una testimoniada por García Yáñez, escribano del Rey y 
del ayuntamiento de Villanueva de los Infantes, á 7 de octubre de 1662, 
que guarda D. José Heriberto García de Quevedo. 

Otra, por Miguel de Moya Carnicero, notario apostólico, á 3 de fe- 
brero de ¡747, que poseen los hijos del Sr. Alonso y López-Novés. 



Obras de Quevedo 367 



de fundación y llamamientos que en el se hace mención, a que 
se Remitió: — acra quiere, y es su Boluntad, que el sugesor o su- 
cesores que fueren en el dho mayorazgo, Para siempre jamás sean 
obligados a llamarse con el nombre y apellido de quevedo y Vi- 
llegas. Y no lo Haciendo, desde luego los escluye del dho nom- 
bramiento y succesion, como si no fueran nombrados ni llama- 
dos; y pase a el siguiente en grado, y quien mejor de° tuviere, 
con la dha calidad de tener los dhos apellidos. 

Iten: quiere y es su Boluntad que si en algún tiempo se Re- 
dimiere los censos (el censo decía primero') que tiene contra la 
villa de la Torre Ju° Abad, tomados con facultad Real, en ques- 
ta hipotecado la jurisdi^ion y propios de que tiene posesión, — 
se ayan de boluer a inponer juntamente con todos los demás 
censos que se Redimieren Procedidos de los vienes que deja 
sueltos; en que manda se inpongan todos contra concejos de toda 
seguridad y satisfagion. Y no los abiendo, darlos a personas parti- 
culares con ypotecas bastantes, bistas y aprobadas y esaminadas 
Por el R' consejo de Cámara. Y quando llegue el caso de las 
dhas Redenciones o qualquiera dellas, no a de ser capaz el po- 
seedor del dho mayorazgo para Recluir sus principales. Ni sea 
Redención ligitima la que se Hiciere, si no fuere con licencia 
del Ri consejo de Cámara para que lo mande depositar, y desde 
alli se buelba á inponer con la misma preven^jion. Y en los cen- 
sos que se ynpusieren, se ponga esta clausula; para que les cons- 
te a los obligados con la calidad que an de Redimir, y les pare 
el perjuicio que obiere lugar de de°. Y asimismo se les Haga 
notoria a la dha villa de la Torre Ju» Abad, y demás Personas 
a quien tocare. 

Iten: dijo que Por quanto los Censos que tiene contra la 
dha uilla de la Torre Juan Abad y los demás que se ynpusieren, 
asi de los Réditos coRidos de los dhos censos como de lo que 
procediere del Remanente de todos sus bienes, sobre que queda 
fundado el dho mayorazgo (sigun lo deja dispuesto), lo tiene 
por de buena calidad, — quiere y es su boluntad que en ningún 
tienpo se puedan subRogar en otros bienes ni censos, aunque pa- 
ra ello se alegue utilidad; porque sienpre an de estar, en su in- 
pusi^ion, de la parte y lugar adonde se asentare, para go^ar de 
su Renta el poseedor; sin poderlos dibidir ni dar ni canbiar, aun- 



368 Documentos 



que para ello Preceda facultad Real, Porque su voluntad es, que 
estén en la forma que de presente están ympuestos y se ynpu- 
sieren en todo tienpo, asi Redimiéndolos como en otra qualquie- 
ra forma. Y el poseedor que lo Hiciere ó yntentare, luego que 
conste, le escluye del dho mayorazgo como si no ubiera sido 
llamado ni tomado la posesión del, y pase a el siguiente en gra- 
do. Y lo mismo se ha de guardar con todos los demás poseedo- 
res para sienpre jamas. Porque en este caso quiere que sea clau- 
sula espresiua y que se execute, Porque esta es su boluntad. 

Iten: Por el dho su testamento mando a Diego gayoso, su 
criado, un bestido de terciopelo negro con feReruelo de paño 
fino, y medias de seda y jubón, y lo demás necesario, y un luto 
de bayeta; Reboca la dha manda en todo y por todo, como en 
ella se contiene. 

(Otra vez el sello.) Iten: quiere y es su Boluntad, y manda á 
don Ju" CaRillo de alderete, su sobrino, un Relicario que se 
gierra con seis laminas y se abre Por en medio; y un jubón de 
tela de oro, nuevo, con mangas de lo mesmo, que esta en un 
baúl; y asimesmo todas las armas de espadas y escopetas, alca- 
buces y ballestas, y demás armas que ay en la villa de la Torre 
Ju° abad y esta; excepto una escopeta que mando a don frc° de 
Obiedo, vecino de M '^ , que es con una llave de cola de alacrán, 
escrito en la cámara Leonardo me fecid en ^aragofa. Y esta es 
la que se puso en la manda de Ju° Ramírez; y fue yerro, porque 
es para el dho don frc° de Obiedo, y asi es su voluntad. Y la que 
dice en el dho su testamento manda al dho don fr'^" de Obiedo, 
es Para el dho Ju° Ramírez: que es una=dice que la que a de 
lleuar el dho Ju° Ramirez=es una escopeta corta, con una Uaue 
ordinaria de patilla de Robles de Toledo, que se alarga por la 
culata con un hieRo, y tiene gancho para lleualla en la pretina. 

Y con las dhas declaracjiones quiere que el dho su testamento 
se guarde en todo y por todo, como en el se contiene. 

Y asi lo otorgo, siendo tes^ Ju" Ruuio Morcillo, el 1^^° Ju° ga- 
llego, presbit", y el 1^° Joseph navarro, bec^ desta u.^ Y lo firmo 
el otorgante, a quien yo el escr° doy fe conozco. — Dojí Francis- 
co de Queuedo- Villegas. — Ante mi: Al" Ferez.^=Dxos dos R.^ doy 
fee no mas. 

( — En el margen y al principio del protocolo:) 



I 



Obras de Quevedo 369 



Codi^illo 

Sacóse con el testamento en diez de sep^''^ del dho ano Pri- 
m° Pliego sello prim° y lo demás de yntermedio común doy fee. 

Saque otro traslado en veinte de sep.'^''^ con el testamento en 
sello prim° y lo demás de común — doy fee. 

Saque ttr.^^o con el testam.'" en sello prim° á siete de Otu.^ de 
1662. Lo demás lo mesmo. 

DOCUMENTO CLX 

Su muerte, á 8 de setiembre de 1645. (^) 
Premióle Dios en su muerte con tan larga mano, que parece 
imitó en ella á los mayores santos de la Iglesia. Habiendo des- 
pués de su última prisión de León vuelto á la Torre de Juan 
Abad, antes de irse á Villanueva de los Infantes á curar de las 
apostemas que desde la prisión se le habían hecho en los pe- 
chos, — ocho meses antes de su muerte, compuso la primera Can- 
ción que va impresa en este libro; en donde parece predice su 
muerte, publica su desengaño, y da documentos para que todos 
le tengamos: puede servirle de inscripción sepulcral. Cuatro me- 
ses antes de su muerte le mandaron los médicos dar los sacra- 
mentos: recibiólos, pero el de la unción dijo se difiriese para 
cuando avisase. Tres días antes de su muerte dijo á un criado 
que le escribía las cartas (delante de otras muchas personas), 
que aquéllas habían de ser las últimas que había de firmar. El 
día de la Natividad de nuestra Señora, 8 de setiembre, célebre 
por el nacimiento de la Reina de los Angeles y muerte de santo 
Tomás de Villanueva (de quienes había sido muy devoto), envió 
á llamar el médico por la mañana, y le pidió le tomase el pulso 
y le dijese cuánto le parecía podría vivir: aunque lo rehusó el 
médico,, respondió «que tres días», á que replicó que «no había 
de vivir tres horas.» Pidió la unción, recibióla, murió antes de 
cumplirse las tres horas; quedó con mejor semblante que vivo. 
Después de diez años de enterrado se vio su cuerpo entero. 

DOCUMENTO CLXI (¿) 
Viendo los médicos que por la fuerza del mal iba D. Fran- 



(a) D. Pedro Aldrete, en el prólogo de Las tres Musas últivias. 
\b) Tarsia, pág. 145. 

47 



¡70 Documentos 



cisco desfalleciendo cada día, mandáronle dar los santos sacra- 
mentos, así del viático como de la extrema-unción. Lleváronle 
la sacrosanta Eucaristía con público y lucido acompañamiento 
de la parroquia, y la recibió con reverente ternura é intensa de- 
voción, fortaleciéndose con el Pan de la vida eterna para pelear 
con la muerte y vencer en el último conflicto al común adver- 
sario del género humano. Quisiéronle traer juntamente la santa 
unción, y mandó diferirla, pareciéndole no corría tanta prisa. 
Sintióse después algo aliviado de sus males; pero no pasó muy 
adelante la mejoría, pues volvieron con tanta violencia, que obli- 
garon á venir desde Granada, para asistirle, á su sobrino D. Pe- 
dro Aldrete y Carrillo, que, siguiendo entonces el curso de sus 
estudios en la famosa universidad de Salamanca, solía los vera- 
nos irse con su tío D. Martín Carrillo, arzobispo de aquella ciu- 
dad, varón excelso y verdadero dechado de prelados. Alegróse 
sumamente ü. Francisco de ver á D. Pedro, á quien quería en- 
trañablemente por sus prendas de virtud y letras; y después de 
haber estado con él algunos días quiso que volviese á Granada, 
pidiéndole tan solamente le dejase persona que le sirviese de se- 
cretario. Ejecutó D. Pedro su viaje, dejando con su tío al licen- 
ciado Juan López, criado suyo muy antiguo, y tan ejemplar y 
virtuoso que hoy es beneficiado de la villa de Agreda: el cual le 
asistió con grande puntualidad, así en escribirle como en todo 
lo que se le ofreció en su enfermedad, hallando en él D. Fran- 
cisco muy particular descanso y consuelo. Desde que recibió el 
Viático hasta el último de su vida cada día se quedaba á solas 
tres y cuatro horas^ previniéndose á la muerte con fervorosos ac- 
tos de amor de Dios; y con la asidua contemplación suavizaba 
paso tan terrible, que ha dado grande cuidado á los mayores 
santos de la Iglesia. Mandaba despejar su cuarto; y si alguno se 
asomaba para ver lo que hacía ó si había menester alguna cosa, 
sentía casi con impaciencia que le estorbasen su recogimiento. 
Tres días antes de morir, llevándole el licenciado Juan López 
algunas cartas á que las firmase, dijo públicamente á los que 
allí estaban presentes: <(. Estas son las últimas cartas que tengo 
de firmar. -í) Y el día de su muerte, tres horas antes de cerrar el 
período de la vida, mandó llamar al médico, y, dándole el pulso, 
le preguntó «qué tiempo, según su parecer, podría vivir.» Rehu- 



Obras de Que vedo 371 

saba el médico decirlo, y D. Francisco diversas veces le instó á 
que hablara con libertad, pues no le causaría horror ninguno 
trance que tenía tan á la vista, que aun cuando más lejos estaba 
de su noticia, había procurado hacérsele presente, ensayándose 
con la prevención á no temerle. Entonces el médico le dijo que 
«le parecía viviría aún tres días»; pero D. Francisco, que tenía 
hecho más acertado juicio del estado en que se hallaba, replicó 
«que no viviría tres horas»; y luego pidió le trujesen la santa 
unción, que muchos días antes había diferido para aquel punto. 
Habiéndola recibido con suma devoción, pagó el tributo común, 
dando el espíritu á su Criador aun antes de cumplirse las tres 
horas que había dicho; quedando con mejor semblante que cuan- 
do vivía, de suerte que parecía haberse dormido. Sucedió su 
muerte el año de 1645, á 8 de setiembre, día célebre por el na- 
cimiento de nuestra Señora y dichosa muerte de santo Tomás 
de Villanueva, su abogado y protector; habiendo antes repetido 
muchas veces que su mayor consuelo era morir en día tan seña- 
lado: prenda muy cierta del patrocinio que hallaría en la inter- 
cesión de la Madre de Dios y del Santo, de quienes fué muy de- 
voto. Y no carece de misterio el haber fenecido el curso de su 
vida en día tan célebre por muerte y nacimiento; pues por lo 
que se vio en su buena disposición, se puede tener por constante 
que murió á la vida perecedera para nacer á la inmortal de los 
bienaventurados. Fué tan grande y general el sentimiento que 
causó, como lo era la pérdida de varón tan grande, que ilustró 
la República literaria con aplauso universal. 

Compuesto el cuerpo con la diligencia acostumbrada, y ves- 
tido con el manto de caballero y botas y espuelas doradas, tra- 
tóse de sus exequias y entierro. Y porque en su testamento ha- 
bía ordenado que le enterrasen por vía de depósito en la capilla 
mayor de la iglesia y convento de Santo Domingo de Villanue- 
va, en la bóveda en que estaba enterrada D.* Petronila de Ve- 
lasco, viuda de D. Jerónimo de Medinilla, y que de allí le trans- 
firiesen á la iglesia y convento real de Santo Domingo de Ma- 
drid, en la sepultura de su hermana D.^ Margarita de Quevedo, 
previniéndose los frailes para el depósito, no quisieron venir 
en ello el vicario y clérigos de la parroquia, deseando tener esta 
prenda en su iglesia, á la cual finalmente le llevaron con gran- 



372 Documentos 



de lucimiento y concurso, y le hicieron suntuosas exequias, de- 
positándole en la bóveda de la capilla de los Bustos, caballeros 
muy antiguos de aquella tierra (a). 

DOCUMENTO CLXII 

Sa entierro en la parroquial de Villanueva de los Infantes, 
á 9 de septiembre de 1645. i^) 

D. Francisco Quevedo Villegas, del hábito de Santiago: mu- 
rió en nueve días del mes de setiembre de mil y seiscientos y 
cuarenta y cinco años: hizo testamento ante Alonso Pérez; y se 
mandó enterrar en Santo Domingo, si los patrones le daban li- 
cencia, en la bóveda; no la dieron, y ansí se enterró en San An- 
drés, con vigilia y misa cantada. Y mandó que digan todos los 



(a) En 1575 dijeron á Felipe II los vecinos de Villanueva de los in- 
fantes: «48. Hay una Iglesia parroquial, cuya vocación es de santo An- 
drés; hay un altar de los herederos de Hernando Diez de Rodrigo-Diez; 
hay una capilla que poseen los Bustos, con tres misas cada semana, dotada 
pobremente; otro altar de los herederos de Francisco Gallego, con una 
misa cada día con un real de limosna de cada misa; otro altar de Juan 
de Milla, con otra dotación pequeña.» 

(¿) Partida de sepelio. Libro primero de colecturía, fol. 20 v. La ten- 
go testimoniada por el licenciado D. José López de Luzuriaga, del hábito 
de Santiago, vicario, juez eclesiástico ordinario, visitador de la villa de In- 
fantes y su territorio, y párroco de la misma: fineza que debí hace años á 
mi amigo D. Manuel de Góngora, después catedrático de la universidad 
de Granada. 

En dos que pudieran ser errores imagino que hubo de incurrir quien ex- 
tendió esta partida: en suponer al Gobernador de Villanueva de los Infan- 
tes (cuando no ha constado jamás que lo fuese) albacea de D. Francisco, 
y en fijar el 9 de septiembre como día del fallecimiento. 

D. Francisco de Oviedo, el más constante y afectuoso amigo de nues- 
tro autor, su sobrino y heredero D. Pedro de Aldrete, y Tarsia, su biógrafo, 
todos tres afirman que murió QuEVEDO el 8 de septiembre, con señas y 
pormenores que no dejan lugar á la duda; que no convienen ni pueden con- 
venir á ningún otro día del año. 

Más crédito doy yo al testimonio de estas personas, tan interesadas en 
la verdad del caso, que al documento parroquial, sabiendo por experiencia 
el descuido con que solían extenderse. ¿Quién por las partidas de defunción 
y sepelio de D. Agustín Moreto puede saber con evidencia cuándo aquel 
ingenio sazonadísimo fué arrebatado á la vida? Al historiarla mi hermano 
D. Luís Fernández-Guerra, con noticias de todo el mundo ignoradas, y al 
publicar en la Biblioteca de Autores Españoles, emulando la conciencia y el 
esmero de Hartzenbusch, los mejores poemas del gran dramático, hizo ma- 
nifiesta la falibilidad de esta clase de documentos. 

Tengo para mí, pues, que ese 9 de septiembre fué precisamente cuando 
recibió la tierra el cadáver de D. Francisco de Quevedo. 



Obras de Quevedo 373 



sacerdotes misa de cuerpo presente, y más otras ochocientas mi- 
sas para su ánima, por cuartas partes, en San Andrés y tres con- 
ventos de frailes desta villa. Y dejó por sus albaceas al señor 
D. Florencio de Vera y Chacón, del hábito de Santiago, vicario 
deste partido, y á D. Juan Morante, gobernador desta villa. 

1796 

DOCUMENTO CLXIII 
Restos mortales de Quevedo. (a) 

Á los diez años de sepultado, ofreciéndose abrir la bóveda 
para otro sepelio, fué hallado entero y sin corrupción; pasados 
ciento cincuenta y un años vino la capilla y bóveda á posesión 
del cabildo eclesiástico, por lo que dispuso éste ordenarla en 
forma más acomodada al entierro de sus individuos. Por carecer 
los comisionados é interventores de la obra, de estas noticias, el 
sepulturero extrajo cuantos huesos en ella había, y reunió los de 
Quevedo con los restos de los demás difuntos. Yo, que era sa- 
bedor de ser aquella bóveda el depósito de nuestro Quevedo, 
procuré informarme de él acerca de la disposición en que los 
había hallado, á lo que me contestó haber encontrado en un 
ataúd un esqueleto, y que, disuelto á los primeros toques, lo mez- 
cló con los de los otros difuntos. 



(a) Testimonio de D. Manuel Francisco Gallego, capellán del con- 
vento de religiosas franciscas de Villanueva de los Infantes, en su libro 
manuscrito de Antigüedades de esta villa y campo de Montiel; refiriéndose 
á la capilla de los Bustos, hoy dedicada á santa Cruz y entonces á san Juan 
Bautista. 

Le publicó mi amigo el Sr. Catalina en el número del Semanario 
pintoresco antes citado. 



CATALOGO 

DE LAS OBRAS 

DE D. FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS 

CLASIFICADAS Y ORDENADAS 

También se incluyen las apócrifas y espurias; pero en casi 

TODAS las propias DEL AUTOR VAN INDICADOS LOS FUNDA- 
MENTOS CON QUE SE COMPRUEBA SU AUTENTICIDAD. Se COM- 
PRENDEN ASIMISMO LAS CARTAS DIRIGIDAS Á QUEVEDO Y 
LOS DOCUMENTOS RELATIVOS Á SU VIDA PUBLICA Y PRIVADA. 



Siempre que se hallen dos fechas dentro de un paréntesis, la primera indica 

el año en que se compuso el libro y la segunda el en que vio la pública luz. 

Cuando la fecha es una sola, significa lo primero. 



DISCURSOS políticos 

1. Política de Dios, gobierno de Cristo. (1617-1626.) — Su 
primer título: 

Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás. 

Obtuvo privilegio el autor para imprimirla. 

2. Paj-te segunda de la política .de Dios y gobierno de Cristo. 
(1635-1655.) 

Las dus partes juntas se imprimieron con este epígrafe: 
Política de Dios y gobierno de Cristo, sacada de la Sagrada escritura 
para acierto de rey y reino en sus acciones. 

3. El Pómulo, del marqués Virgilio Malvezzi. (i 631- 163 2.) 

Se expidió licencia al traductor para dnr á la estampa el libro. 

4. Primera parte de la vida de Marco Bruto. (1.63 2- 1644.) 
Privilegio á favor de Quevedo. 

5. Suasorias de Marco Anneo Séneca, el retórico. (1644- 1644.) 

Unidas á' la obra anterior. — (D. Nicolás Antonio, Biblioth. vet,, lib. i, 
cap. 4, núm. 52. 



376 Catálogo 

6. Carta del rey don Fernando el Católico al primer virey de 
Ñapóles, comentada. (1621-1788.) 

Copia hecha por D. Vincencio Juan de Lastanosa hacia el año de 1627. 

7. Mundo caduco y desvarios de la edad. (1621-Inédito.) 
Citado en el papel anterior. — Existe de letra del amanuense de Que- 

vedo. Corre suelto en algunos códices con este título: 
Adición al papel de los Grandes anales de quince días, 

8. Grandes anales de quince días. (1621-1788.) — De un siglo 
á esta parte se ha hecho rajas y astillas una misma obra para que 
suenen muchas. Son pedazos de la presente, arrancados de su 
propio lugar, la 

Co7itinuación d la historia de los quince días. 

Añadido á la historia, 
y la vida de 

Don Juan de Spina, que hubo de ailadir Quevedo en 1636, 
al retocar los Anales. Esta vida salió á luz en la colección de 
Obras inéditas, publicada en el año de 185 1, con una equivoca- 
ción grave. Lo que en el tíltimo párrafo de la pág. 288 se afirma 
no es exacto. 

Habla de los Anales una carta de Adán de la Parra, á quien los había 
remitido el autor, 

9. Memorial por el patronato de Santiago. (1627-1628.) 
Fué causa de persecuciones para D. Francisco. 

10. Lince de Italia ú zahori español. (1628-Inédito.) 

En la preciosa colección del conde de Saceda existió el borrador ori- 
ginal, y de él hizo sacar una copia el bibliotecario D. Tomás Antonio 
Sánchez. 

11. El chitan de las Taravillas. (1630-1630.) — Impreso mu- 
chas veces con el título de 

Tira la piedra y esconde la mano. 
Léase. 

12. Carta al serenísimo, muy alto y muy poderoso Luís XIII, 
rey cristiatiísimo de Francia. (En 1635 escrita, é impresa.) 

Existe el original con enmiendas y apostillas del mismo autor. 

13. Breve compendio de los servicios de don Francisco Gómez 
de Sandoval, duque de Lerma, (1636-Inédito.) 

Habla de este opúsculo el mismo autor en cartas al duque de Medi- 
naceli. 

1 4. Descífrase el alevoso manifiesto cofi que previno el levan- 
tamiento del duque de Berganza, co?i el reino de Portugal, don 
Agustín Manuel de Vasconcelos, (i 641 -Inédito.) 



Obras de Quevedo 377 



Letra del amanuense de Quevedo y apostillas de éste. 

15. La rebelión de Barcelona no es por el gilevo ni es por el 
fuero, (i 644- 1 85 1.) 

Confesó D. Francisco desde su prisión que era suyo este papel, en 
carta dirigida al conde duque de Olivares. 

16. Panegírico á la majestad del rey nuestro señor don Feli- 
pe IV. (1643-lnédito.) 

De letra de D. Francisco de Oviedo una copia; otra de la del ama- 
nuense del autor. 

ApÉ^rDICE 

Han parecido los discursos siguientes: 

17. España defendida y los tiempos de ahora de las calumnias 
de los noveleros y sediciosos. (lóog-Inédito.) 

Autógrafo. 

18. Traducción castellana de la carta de Urbano VIII, dan- 
do al rey de España cuenta de su asunción al pontificado. (1623- 
Inédita.) 

De letra del traductor. 

19. Traslado de una carta del cardenal Borja. (1623-Inédita.) 
Se refiere á la exaltación del mismo Pontífice. — Unido á lo anterior y 

de igual mano. 

20. Relación en que se declaran las trazas con que Francia 
ha pretendido inquietar los ánimos de los fidelísimos flamencos. 
(1637-1637.) 

21. Memorial del duque de Medinaceli al rey don Felipe IV, 
en 7 de Abril de 1643, relativo á su nombramiento de capitán 
general del Mar Occeano y costa de Andalucía. (Inédito.) 

Compuesto por Quevedo copiado del original autógrafo. 

Obras perdidas 

22. Odium. Libro desconocido que, en el Anacreonte Caste- 
llano, cotí par afrasi y comentario, escritos el año de 1609, dijo 
Quevedo que estaba imprimiendo. 

Véase la pág. 142 en la edición de 1794. 

23. Segunda parte de la vida de Marco Bruto. (Escribíala en 
1644.) 

Habla de ella el mismo Quevedo en sus últimas cartas. 

24. Historia de Felipa de Catanea. 

48 



378 Catálogo 



Dijo que tenía dispuestos los materiales, y que la sacaría pronto á luz, 
en el Juicio que puso á la traducción de la de Pedro Mateo, hecha por Juan 
Pablo Mártir Rizo. 

25. Historia de don Sebastián, rey de Portugal. 

Carta de D. Lorenzo Vánder Hammen y León, publicada en los Des- 
velos soñolientos, edición de Zaragoza de 1627. El difunto bibliotecario de 
su majestad D. Manuel de Carnicero, cuya erudición competía con su buen 
juicio y claro ingenio, me dijo que en Lisboa le había asegurado un cate- 
drático de Coimbra haber visto y leído impresa esta obra. 

26. Una epístola i7iuy elegante al sumo pontífice Urbano VIII, 
suplicándole á volver por el apóstol Santiago, cerrando con las 
llaves de Pedro la puerta á las calumnias, y con la espada de 
Pablo ahuyentando á los que descaradamente impugnati la pro- 
tección de España, encargada al Santo por nuestro señor Jesu- 
cristo. 

Cítala el biógrafo Tarsia, pág. 52. 

27. Dichos y hechos del duque de Osuna e?i Flandes, España, 
Ñapóles y Sicilia. 

Memoria que de su letra dejó Quevedo de los libros y papeles que le 
habían ocultado en el tiempo de su última prisión. (Tarsia, pág. 43.) 

Hé aquí la portada: 

«Vida del sumo capitán, triunfante general, siempre glorioso y admi- 
rado virey don Pedro Girón, duque de Osuna, miedo del mundo, aclama- 
ción de las naciones, gloria de España, blasón de Flandes, freno de Italia, 
virey de Sicilia y Ñapóles, desengaño de Venecia, restauración del Imperio, 
recuerdo á Roma, amenaza á Francia, castigo á Saboya, ruina de los tur- 
cos. Hoy cadáver de la venganza y de la invidia, que aun en ceniza le tie- 
nen y en el sepulcro le tiemblan. El más valiente soldado, el más leal va- 
sallo, el más acertado gobernador, humano, generoso, pío, valiente.» 

28. Historia latina en defensa de España y en favor de la 
Reina Madre. (1635.) 

Consta en la expresada memoria. (Tarsia, pág. 44.) 

29. Teatro de la historia. 
Compruébase como lo anterior. (Tarsia, 43.) 

30. Desengaños de la historia. 

El presidente de Castilla D. Juan de Chumacero, en el informe que dio 
en 7 de Junio de 1643 para la libertad de Quevedo, consignó que había 
registrado sus papeles, y retenía éste por convenir así al real servicio. 

Obras espurias 

3 1 . Ragguaglio di Parnaso. 

Véase el Lince de Italia en nuestra publicación. 



Obras de Quevedo 379 



32. Discurso de las privanzas que dirigió al rey don Feli- 
pe III. (Impreso en 1788.) 

33. Apuntamientos políticos á don Baltasar de Zúñiga. (1621- 
Inédito.) 

34. Discurso sobre el reparo de esta monarqziía. (1630-Iné- 
dito.) 

35. Impugnación d un memorial anónimo que se dio al señor 
rey don Felipe IV contra el conde-duqice de Olivares. (1630-1789.) 

36. Tarquino el Soberbio. Del Marqués Virgilio Malvezzi. 
(Impreso en Madrid en 1635 quizá con el nombre de traductor 
verdadero, que no se expresa en la edición de Lisboa de 1648.) 

37. Comento á la sátira de Valles Ronces. (i63g-Inédito.) 

38. Visita y anatomía de la cabeza del eminentísimo cardenal 
Armando de Richelieu. (Se supone impresa en Milán en 1635. 
Lo ha sido en la colección del señor Castellanos.) 

39. Anatomía de la cabeza del cardenal de Richelieu, primer 
ministro en Francia del rey Luís XIII, siendo rey de España 
Felipe IV. Sueño político. (Impreso este opúsculo en 185 1.) 

Es uno de los que fingió torpemente D. Diego de Torres Villarroel, como 
asimismo el que sigue: 

40. Aguja de marear de los franceses. (Impresa en 185 1,) 

41. Historia de muchos siglos y anales de quince días. Caída 
del Conde-Duque, su causa y otros memorables sucesos. (Impreso 
en 1851.) 

42. Testamento del Conde-Duque, grafi valido y primer mi- 
nistro de Felipe IV. Refiérese en él su modo de vivir, etc. (Inédito.) 

43. Caída de su privanza, y muerte del conde-dtique de Oli- 
vares. (Impreso en 1789.) 

44. Las tres coronas en el aire. Conferencias en los espacios 
imaginarios entre los emitientísimos cardenales Richelieu, Mazari- 
ni,y Oliverio Cromuel sobre negocios del otro nmndo. (1661-1788.) 

Es de D. José Arnolfini de Illescas. 

45. Fl breviario de los políticos, según las máximas maza- 
rínicas, ó del cardenal Mazarini. 

46. Carta desconsolatoria escrita desde la otra vida por don 
Francisco de Quevedo al padre maestro fray Juati Martínez de 
Prado don Quijote de la Mancha origi?ial, desterrado en la Peña 



38o Catálogo 

Pobre de Francia, que otros leen de Bdtenebrós. Con un colo- 
quio muy devoto al cabo al Rey nuestro señor. (1662-1845.) 

47. Manifiesto del tiempo á la fama de los tie7npos. 

Hacen mención de él los índices de la Biblioteca Nacional que forma- 
ron los Iriartes. Su verdadero título es: 

Manifiesto del tiempo presente á la fama de los siglos venideros. Diálogo 
entre la Fama y el Tiempo. Invectiva escrita en 1684 contra el duque de 
Medinaceli, valido de Carlos II. 

48. La Polilla de las repiíblicas. 
La historia del año ji. 

De burlas se da nuestro D. Francisco por autor de estas dos obras. 
Por la polilla de las repúblicas entiende á los hombres díscolos y envidio- 
sos como Pérez de Montalbán, que en 163 1 hizo por que la Inquisición 
prohibiese todos los escritos de Quevedo. 

DISCURSOS SATÍRICO-MORALES 

Los Sueños. Comprenden los seis discursos comprendidos en 
los números desde el 49 á 56. 

49. Casa de locos de amor. (Impresa en 1627.) 

Confirma que es de Quevedo este rasgo D. Lorenzo Vánder Hammen 
y León, vicario de Jubiles, en la carta con que lo envió á D. Francisco 
Jiménez de Urrea, capellán de su Majestad, impresa en la edición de Zara- 
goza de 1627. — Lo corrobora también el Tribunal de la justa venganza, 
pág. 23. 

50. El sueño de las calaveras. (1607-1627.) — Llamóse pri- 
mero: 

El sueño del juicio fitial. 

Obtuvo privilegio el autor para la publicación de este opúsculo, como 
asimismo para la de los cinco siguientes. Cítalos el Tribunal de la justa 
venganza, págs. 22 y 23. 

S\. El alguacil alguacilado. (1607- 1627.)— Antes se inti- 
tulaba: 

El alguacil endemoniado. 

52. Las zahúrdas de Plutón. ( 1608-16 2 7.)— Tuvo primero 
por nombre: 

Sueño del infierno. 

53. El mundo por dedentro. {1612-162'].) 

54. Visita de los chistes. (1622-1627.) — Antes se llamó: 
Sueño de la muerte. 

El Tribunal de la justa venganza, pág. 23, lo cita así: 
Sueños de la muerte y marqués de Villena. 



Obras de Quevedo 381 



55. El entremetido y la dueña y el soplón. (1Ó27-1628.) Inti- 
tulóse primeramente: 

Discurso de todos los diablos ó infierno enmendado. 
Fuera de éste, tuvo también nombre de 

£1 peor escondrijo de la muerte. Discurso de todos los daña- 
dos y malos, para que unos no lo sean y otros lo dejen de ser. 
En la última refundición incluyóse en él 
La caldera de Pero Gotero. 
De ella hace mérito el Tribunal de la Justa venganza, pág. 228. 

56. La hora de todos y la Fortuna con seso. (1635-1650.) — Se 
conoce asimismo con el rótulo de 

La Fortuna con seso y la hora de todos. Fantasía moral. 
Fué incrustada en esta obra 
La isla de los monopantos. 

Existe de letra del amanuense de Quevedo, revisada y atildada por el 
autor. 

Espurios 

57. El perro y la calentura. Novela peregrina. (Impresa en 
1625.) 

Es de Pedro de Espinosa. 

58. Los monopantos. Sueño político que dejó manuscripto don 
Francisco de Quevedo y Villegas. Rejiere en él lo que subcedía en 
el gobierno del co?ide-duque de Olivares, sus máximas, etc. (Im- 
preso en 185 1.) 

Fingido por D. Diego de Torres Villarroel. 

59. Las bodas del diablo. Novela tos cana del Doni, y espa- 
cióla del bachiller Pascual Lzquierdo, graduado en artes, natural 
de la villa de Algava. 

Es cosa del siglo XVIII. 

DISCURSOS FESTIVOS 

60. Pregmática que este año de 1600 se ordenó por ciertas 
personas deseosas del bien común. (Inédito.) 

Embrión del Cuento de cuentos. 

61. Pr eméticas contra las cotorreras. (1609-1845.) — Llamóse 
también: 

Pregmática que han de guardar las hermanas comunes; y 

Pragmática de las cotorreras. 

Copia del amanuense de Quevedo, y por él revisada, 

62. Premática que se ha de guardar por los dadivosos á las 



382 Catálogo 

mujeres. (1609-Inédita.) — Se encuentra con estos otros títulos: 
Tasa de las herma ni tas del pecar; y 
Tasa de la herramienta del gusto. 
Cítala el Tribunal de la justa vengansa, pág. 23. 

63. Premáticas y aranceles generales. (1604- 1845.) — Tam- 
bién se intitularon: 

Premática de aranceles generales que deben observar los doctos 
y los tontos, pues que para todos se escribe. 

No las olvida el Tribunal de la justa venganza, págs. 23 y 57. 

64. Premáticas del Dése ngaTio contra los poetas güeros. (1605- 
1626.) 

Hace mérito de ellas el Tribunal de la justa venganza, en la pág. 23. 

65. Premática del Tiempo. (1628-1629.) — Se intituló antes 
Premáticas destos reinos. 

Refundición gallardamente hecha del núm. 63. 

66. Genealogía de los modorros. (Inédita.) 

67. Desposorio entre el casar y la juventtcd. (1624-1845.) 
Véase el Tribunal de la justa venganza, pág. 22. 

68. Origen y dijiniciones de la 7iecedad, con anotado fies y al- 
gunas necedades de las que se usan. (Inédito.) 

El mismo testimonio del anterior. 

69. Cartas del caballero de la Tenaza, donde se hallan muchos 
y saludables consejos para guardar la mosca y gastar la prosa. 
(1600-162 7.) — Su primitivo título 

El caballero de la Tenaza. 

Las imprimió el autor con privilegio real. Las impugnó el Tribunal de 
la justa venganza, pág. 277- 

70. Capitulaciones de la vida de la corte, y ojie ios entretenidos 
en ella. 

Hacen parte de este opúsculo las 

Flores de corte, 
que el biógrafo Tarsia, pág. 42, dice que vio en el museo de don 
Pedro Aldrete, sobrino de Quevedo, y celebra como Discurso 
bien curioso. (Impresas en 1845.) 

Tribunal de la justa venganza, pág. 22. 

7 1 . Capitulaciones matrimoniales. 

En muy antiguos manuscritos son un pedazo del anterior discurso. 

7 2 . Carta de un cornudo á otro, intitulada El siglo del cuer- 
no. (1622-1845.) 



Obras de Quevedo 383 



El Tribunal de ¿ajusta venganza la cita con el epígrafe corrupto de 
Caria de un cornudo á otro jubilado. 

73. Alemotial pidiendo plaza en una academia. Y las Indul- 
gencias concedidas á los devotos de monjas que le mandaron escribir 
(á Don Francisco) ínterin vacaban mayores cargos. (16 12-1788 
y 1851.) 

Tribunal de la justa venganza, pág. 22. 

74. Carta á la retora del colegio de las vírgenes. (Impresa en 

18450 

Imitación del anterior memorial. 

75. Cosas más corrientes de Madrid y que 7nds se usan: por 
alfabeto. (1639-185 1.) 

Tarsia, pág. 42. 

76. Libro de todas cas cosas y otras muchas más. (Impreso 
por vez primera en 1629.) 

Tribunal de la justa venganza, págs. 226, 227, 228 y 281. 

77. Alabanzas de la moneda. (Inédito.) 

78. Cotifesión de los moriscos. (Inédito.) 

79. Gracias y desgracias del ojo del culo. (162 o- 1626.) 

Lo cita fray Luís de Aliaga en su Venganza de la lengua española con- 
tra el autor del Cuento de cuentos. Lo censura también el Tribunal de la 
justa venganza, pág. 23. 

80. Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejem- 
plo de vagamundos y espejo de tacaños. (Impresa por vez primera 
en Zaragoza en 1626.) — Es conocida con el nombre de 

Historia y vida del Gran Tacaño. 
Tribunal de la justa venganza, pág. 41. 

Obras perdidas 

81. El siglo del cuerno. (1622.) 

Citada en la Carta de un cornudo á otro, si es que ésta y aquél son 
obras distintas. 

8 2 . La felicidad desdichada. 

Citada en la memoria que de su puño dejó Quevedo de los papeles y 
libros que le ocultaron durante sus últimas persecuciones. (Tarsia, pág. 43.) 

Parece que era una novela, y poseíala D. Benito Maestre hace nueve 
años. 

Obras espurias 
83. Carta en que consuela Quevedo á un caballero á quien 



384 Catálogo 



Injusticia le desterró la dama que tenía, vieja, flaca y pedigüeña. 
Es de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, impresa en su Don Diego 
de noche, 1624. 

84. Carta á un bonetero, disuadiéndole de una boda indecente. 
(Impresa en 1845.) 

85. Carta á un sujeto que dejó el estudio de leyes, y se ciñó 
espada, entrando á servir de gentilhombre en casa de un señor 
muy pobre. (Impreso en 185 1.) 

86. Guía de los hijos de Madrid, ó de vecinos ó forasteros, 
porque el ingenio va á guía. (Impreso en 1769.) 

Dásele por autor al célebre poeta Cadalso: de cualquier modo es cosa 
muy moderna. 

87. Pronóstico general y cierto para todos los años. De don 
Francisco de Quevedo. (Inédito.) 

Papel despreciable. 

88. Don Raimundo el entremetido. (Impreso anónimo en 
Alcalá por Antonio Duplastre, probablemente en 1627.) 

Su verdadero autor D. Diego de Tovar y Valderrama. Pudo esta obra 
estar dedicada á Quevedo y ser suyo el último párrafo, que lleva por título: 
El hten entendedor al que acaba de leer. 

89. Le coureur de nuit, ou les fieuf avantures du Chevalier 
Dom Diego. De Dom Francisco de Quevedo Villegas, chevalier 
espagnol. 

Impreso en París en 173 1. 

DISCURSOS ASCÉTICOS 

90. La caída para levantarse, el ciego para dar vista, el ínon- 
tante de la iglesia, en la vida de san Pablo apóstol. (1643-1644.) 

Es conocido este libro con el nombre de 
Vida de san Pablo apóstol. 

En el borrador original de Quevedo no se leía otro título 
que 

Vida de san Pablo. 

9 1 . Epítome á la historia de la vida ejemplar y gloriosa muer- 
te del bienavetiturado fray Tomás de Villanueva, religioso de la 
orden de san Agustín y arzobispo de Valencia. (1620-1620.) 

La dedicó el autor á Felipe IIL 

92. El martirio pretensor del mártir, el único y singular már- 
tir solicitado por el martirio, venerable, apostólico y fiabilísimo 
padre Marcelo Francisco Mastrilli, napolitano. (1640-Inédito.) 



Obras de Quevedo 385 



Copia del original autógrafo. 

Tarsia cita el presente rasgo con este título, en la pág. 44. 
Vida y martirio del padre Marcelo Ulaslrillo, de la compañía de yestís. 

93. Dotrina moral del conocimiento propio y del desengaño de 
las cosas ajenas. (16 13-1630.) 

En el año de 1635 la refundió Quevedo con el título de 

La cuna y la sepultura, para el conocimiento propio y desengaño de las 
cosas ajenas. Añadiéronse los dos siguientes tratados: 

Modo de resignarse en la voluntad de Dios nuestro Señor. 

Dotrina para morir. Montalbán anunció este último en su Para todos 
(impreso en 1632) con el rótulo de 

Prevención para la muerte. 

La presente obra fué blanco de la saña de D. Juan de Jáuregui, quien 
la desahogó escribiendo la comedia del Retraído. 

94. Las cuatro pesies del mundo y las cuatro fantasmas de la 
vida. (1635-1651.) 

Esta obra es conocida vulgarmente con el título de 
Virtud militante. 

Por la correspondencia del autor con el duque de Medinaceli se ve 
cómo crecía este libro. 

95. Afecto fervoroso del alma agonizante; con las siete pala- 
bras que dijo Cristo en la cruz. (Impreso en 1651 junto con lo 
anterior.) 

96. Providencia de Dios, padecida de los que la niegan, y go- 
zada de los que la confiesan. Doctrina estudiada en los gusanos y 
persecuciones de Job. E'.sta excelente obra consta de dos partes: 

i.^ Tratado de la inmortalidad del alma, (i 641-1700.) 
Tarsia lo citó así en la pág. 44 entre los discursos perdidos, pero en 
manuscrito original que autógrafo se conserva, con las enmiendas hechas 
por Quevedo á estímulo del obispo de León D. Bartolomé Santos de Ri- 
soba, tan sólo se halla el título precedente. 

2?- La incomprehensible disposición de Dios en las felicidades 
y sucesos prósperos y adversos que los del mundo llaman bienes de 
fortuna. (1641-1713.) 

97. La constancia y paciencia del santo Job en sus pérdidas, 
enfennedades y persecitciones. (1632 y 1641-1713.) 

Quevedo en La cuna y la sepultttra (1633) y Montalbán en su Para 
todos (1632) anunciaron este opúsculo con el nombre de 
Themanites redivivus in yob. 
Refundiólo y casi lo hizo de nuevo en 164 1. 

98. Lntroducción á la vida devota. Compuesto por el bien- 
aventurado Francisco de Sales, príncipe y obispo de Colonia de 
los Alóbroges. (Impreso en 1634.) 

Para la impresión obtuvo el autor privilegio. 

49 



\ 



386 Catálogo 



99. Lo que pretendió el Espíritu Santo con el libro de la Sabi- 
duría, y el método con que lo consigue. (Inédito.) 

100. Sobre las palabras que dijo Cristo á su santísima Ma- 
dre en las bodas de Catiá de Galilea. (Inédito.) 

Copia del original. 

loi. Hotnilía á la santísima Trinidad. (Inédito.) 
Autógrafo. 

102. Declamación de Jesucristo, Hijo de Dios, á sti eter?io Pa- 
dre en el huerto. A quien consuela, enviado por el Padre eterno, 
un ángel. (Impresa en 1787.) 

En el prólogo de Las tres musas últimas castellanas la cita el sobrino 
de Quevedo con este título: 

Oración que Christo nuestro Señor hizo á su Padre en el huerto. 

103. La primera y más disimulada persecución de los Judíos 
contra Cristo Jesús y contra la Iglesia en Javor de la sinagoga. 
(1619-Inédito.) 

Obras perdidas 

104. « Vida de santo Tomás de Villanueva, escrita muy por 
extenso, pues la que va impresa es un compendio sólo.» 

Así hace mención de ella Tarsia, al copiar la memoria que dejó Que- 
vedo de las obras que le habían sustraído durante su encierro en León. 
(La empezó á componer en el año de 1610.) Montalbán la cita con este 
título: 

Historia grande de santo Tomás de Villanueva. 

105. Discurso acerca de las látninas del Monte Santo de 
Granada. 

Consta del apuntamiento referido. (Tarsia, pág. 43.) 

106. Traducción y comento al modo de confesar de santo 
Tomás. 

Así dice la Memoria. (Tarsia, pág. 44.) — Quevedo, en el prólogo del 
Marco Bruto, la citó de esta otra manera: 

El opiisculo de sanio Tomás del modo de confesarse, traducido y con 
notas. 

107. Prefación al comento de León de Castro sobre los pro- 
fetas menores. 

Carta de Quevedo, abril de 1627. 

108. Consideraciones sobre el Testamento nuevo y vida de 
Cristo. 

En la Memoria citada. 



Obras de Quevedo 387 



109. <í.Homer Achilla, advers. impost. Maronianas.'» 
Copio á Montalbán en su Para todos. 

lio. Origen de todas las herejías, y fisonomía para conocer 
los novatores que previenen pcrsccuciófi contra la Iglesia. 
ídem. Tal vez sea la misma obra anterior. 

111. Tratado contra los judíos cua?ido en esta corte pusieron 
los títulos que decían: Viva la ley de Moisés y muera la de Cristo. 
(1632.) 

Tarsia, pág. 44. 

Apócrifo 

112. Escolios al «Pange, lingva.-» 

La cita debe de ser un chiste poco chistoso del autor de la Carta des- 
consolatoria, referida al núm. 46. 

DISCURSOS FILOSÓFICOS 

113. De los remedios de cualquier fortuna. Libro de Lucio 
Anneo Séneca. Traducido con adiciones que sirven de comento. 
(12 de Agosto de 1636-1638.) 

114. Epístolas de Séneca traducidas. 

Once han llegado á nosotros y cuatro imitadas por el mismo Quevedo 
y una de Plinio. 
Inéditas. 

115. Nombre, origen, intento, recomendación y desce?tdencia de 
la doctrina estoica. Defiéndese Epicuro de las calumnias vulgares. 
(Impreso en 1635.) 

Vio la luz pública con privilegio real. 

Obras perdidas 

116. Todas las controversias de Séneca el Rector ico, traduci- 
das y en cada una añadida la decisión de las dos partes co?itr arias. 

Sustrajéronle á Quevedo esta obra durante su última prisión, según él 
mismo asegura en el prólogo del Marco Bruto; y al propio tiempo, 

117. Nove?ita epístolas de Séneca traducidas y anotadas. 
Ambos libros se ven citados en Tarsia, á la pág. 43. Poseyó el primero 

á fines del siglo pasado D. Juan Vélez de León, secretario del duque de Me- 
dinaceli. (Álvarez y Baena, Hijos de Madrid, t. II, pág. 148.) 

Espurios 

118. Discursos de un sabio y documentos á la vida humana. 



388 Catálogo 



DISCURSOS CRÍTICO-LITERARIOS 

119. Cuento de cuentos. Donde se leen juntas las vulgarida- 
des rústicas que atín duran en nuestra habla, barridas de la con- 
versación. (1626-1626.) 

Fray Luís de Aliaga escribió en contra su Venganza de la lengua espa- 
ñola. También por él zahirieron á Quevedo los autores del Tribunal de la 
justa venganza, págs. 228 y 282. 

120. La culta latiniparla. Catecisma de vocablos para ins- 
truir á las mujeres cultas y hetnbrilatinas. (1629-1629.) 

Tribunal de la justa venganza, pág. 228. 

Invectivas 

121. Su espada por Santiago, solo y único patrón de las Es- 
pañas, cotí el cauterio de la verdad y la respuesta del dotor Bal- 
boa de Morgobejo del año pasado, al dotor Balboa de Morgobejo 
de este año. (i628Inédito.) 

Autógrafo. 

El Cauterio de la verdad fué escrito en fines de 1627, según parece 
del Memorial impreso. 

12 2. La perinola. Al doctor Juan Pérez de Montalbán, gra- 
duado no se sabe dónde, ni en qué, ni por qué. (1633-1788.) 

En algún ejemplar manuscrito se distingue con este epígrafe: 

La Perinola. Al doctor jfuan Pérez de Montalbán el escorpión de don 
Blas. 

Tal polvareda levantó, que Montalbán y sus amigos tuvieron que escri- 
bir, por despique, el Tribunal de la justa venganza. 

Juicios, Prólogos y Advertencias 

123. Chría de D. Francisco de Quevedo á Agustín de Ro- 
jas. (1611-1611.) 

Rasgo encomiástico en la obra de este célebre farsante intitulada El 
buen reptiblico. 

1 24. Don Francisco de Quevedo Villegas, caballero de la or- 
den de Santiago, señor de la villa de la Torre de Juan Abad, d 
don Lorenzo Vdnder Hammen y León, vicario de Jubiles. (1624- 
1625.) 

Parecer estampado en la obra del vicario, que lleva por título: Don 
Filipe el Prudente, segundo deste nombre. 

125. Juicio á las obras de Pedro Mateo. (1624-1625.) 

En la Historia de la prosperidad infeliz de Felipa de Catánea, que del 
francés tradujo en castellano Juan Pablo Mártir Rizo. 



Obras de Quevedo 389 



126. Ómnibus et singulis D. Franciscus Quevedo Villegas. 
(1625-1633.) 

En el Panegírico de yitliano César, versión de Vicente Mariner. 

127. El buen entendedor al que acaba de leer, dice. (1627- 
1627.) 

Al final de Don Raimundo el entremetido, novela de D. Diego de To- 
var y Valderrama. 

128. A los que leyercfi, d los que van, d los que envían. (1628- 
1628.) 

Advertencia preliminar en el libro de D. Manuel Sarmiento de Men- 
doza, canónigo magistral de Sevilla, intitulado Milicia evangélica. 

129. Desengaño d las prisiofies del sepulcro, mortificación á 
los blasones de la muerte, desencierro de las clausuras del olvido. 
Acredítale don Francisco de Quevedo Villegas, caballero del há- 
bito de Santiago, con la esclarecida memoi'ia que escribe á la ma- 
jestad de D. Felipe III, nuestro señor, D."^ Ana de Castro Egas, 
inteligencia á nuestro siglo de grande admiración, y al íí'XSí? de 
sumo ornamento. (1629-1629.) 

En el discurso que publicó esta señora con el título de Eternidad del 
Rey don Felipe Tercero. 

130. A D. Ma??.uel Sarmiento de Mendoza, canónigo magis- 
tral de la santa iglesia de Sevilla. 

Al excelentísimo señor Conde-Duque, grají canciller, mi señor. 
(1629-1631.) 

Dos preciosos discursos al frente de la impresión de las poesías de 
Fray Luís de León, condenando la locura de los cultos. 

131. Al excelentísimo señor Rajniro Felipe de Guzmán, duque 
de Medina de las Torres, marqués de Toral, etc. 

D. Francisco de Quevedo Villegas, caballero del hábito de 
Safitiago, á los que leerán. (1629-1631.) 

Dedicatoria y advertencia curiosísima en las Obras del bachiller Fran- 
cisco de la Torre. 

132. Don Francisco de Quevedo Villegas, caballero de la or- 
den de Santiago, á los que leyeren esta comedia, (i 630-1 631.) 

Prólogo de la Comedia Eufrosina traducida de lengua portugtiesa en 
castellana por el capitán D. Fernando de Ballesteros y Saavedra. 

133. Noticia, juicio y recomendación de la Utopía y de Tomás 
Moro. Don Francisco de Quevedo Villegas, caballero del hábito 
de S. Jacob o, señor de Cetina, y la Torre de Juan Abad. (1637- 

1637-) 

Es la traducción que hizo de latín en castellano D. Jerónimo Antonio 
de Medinilla y Forres. 



390 Catálogo 

134. Do7i Francisco de Quevedo Villegas, al que leyere este 
libro. (1643-1644.) 

En el Arte de Ballestería y Alotitería de Alonso Martínez Espinar. 

Censuras y Aprobaciones 

135. Censura de don Francisco de Quevedo y Villegas, caba- 
llero de la orde?i de Sant-Iago, señor de la villa de Juan Abad, 
insigne ingenio español y doctísimo en scieticias y lenguas. (1628- 
1630.) 

En El Fénix y su historia tiatural áe D.José Pellicer de Salas y Tovar 

136. Aprobación autógrafa en el manuscrito original del Cul- 
to sevillano, obra del licenciado Juan de Robles. Madrid, 22 de 
Septiembre de 1631. 

137. Aprobación de D. Francisco de Quevedo Villegas, señor 
de la villa de la Torre de Juan Abad, caballero del hábito de 
S. Jacobo, y secretario del Rey N. S. (1634-1634.) 

En las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Biirguillos. 

138. Aprobación de D. Francisco de Quevedo Villegas. (1635- 

1635-) 

En la Veinte y una parte verdadera de las comedias del Fénix de Es- 
paña, Frei Lope Félix de Vega Carpió. 

139. Censura. (1643-1644.) 

En el Cotnpendio geográfico y histórico de el orbe antiguo; y descripción 
de el sitio de la tierra, escripia por Pomponio Mela, de D. Jusepe Antonio 
González de Salas. 

140. Aprobación, (i 643-1 644.) 
En el Arte de Ballestería, ya citado. 

Apuntamientos, Escolios y Estudios sobre autores clásicos 

141. Seis notas de lugares de la Sagrada Escritura. 

142. Diecinueve textos sagrados distribuidos en otros tantos 
capítulos. Parece traza de alguna obra. 

143. Exposición de dos lugares del Evangelio. 

144. Varios datos sacados de Tertuliano. 

145. Una autoridad de ¿'. Agustín contra las enemistades, y 
sobre ella varias reflexiones. 

146. Algunas noticias para probar la venida y el patronato 
de Santiago en España. 



Obras de QuEvedo 391 



147. Otras para convencer de que los latinos llamaban arma 
todo lo que gobierna el bajel. 

148. Apuntamiento para la disputa de si los espolios de los 
obispos de España perteneccti á sus reyes ó al papa. 

149. Tres fragmentos latinos sacados de Demóstefies y apli- 
cados á los gobiernos de los Felipes 11," IIÍ y IV. 

150. Una autoridad de Terencio para desconcertar á los do- 
natistas. 

151 Varios lugares áejenofottte, Tere?icio, Virgilio, Lucano y 
Marcial. 

152. Otros áe. Juvenal y Lucano, que hablan de los cántabros 
y de las armas de que se servían. 

153. Observaciones sobre Cicerón. 

154. Algunos trechos de Quintiliano. 

155. Un lugar de Tácito en que se juzga á Pompeyo. 

156. Algmias frases latinas de Plauto que en el mismo sen- 
tido se usati litcralmetite en castellano. 

157. Varias observaciones y noticias sacadas de libros y pa- 
peles españoles. 

Obras perdidas 

158. Retórica ejemplificada con poetas. 

La cita Lope de Vega en La Circe, como obra que tenía comenzada 
D. Francisco, y era importante que le diese fin y cabo. 

159. Respuesta al docto que advirtió. (1626.) 

Hácese mérito de ella en las cuatro palabras que dirige nuestro filósofo 
á los docto7-es sin luz, en la edición príncipe de la Política de Dios. Aquel 
docto es Morovelli de Puebla, autor de las Anotaciones á la Política de 
D. Francisco de Quevedo. 

En este papel dijo nuestro caballero que había estudiado teología en 
Alcalá. 

160. Antídoto muy docto d la censura que un autor anónimo 
sacó en Salamanca el año de JS79 contra el doctor Benedicto 
Arias Montano. (1643.) 

Tarsia, pág. 20. 

161. Diferentes papeles muy curiosos de otros autores obser- 
vados y margenados por D. Francisco. 

Tarsia, pág. 44. 



392 Catálogo 



Espurios 

162. Al doctor Montalbán habiéjidolc silbado una comedia. 
(1624-1Ó24 y 1788.) 

Es carta de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, impresa en su Don 
Diego de Noche, pero allí no consta ser á Montalbán, sino á un Poeta có- 
mico. 

163. Acusacióti fiscal de li?ido humor y gusto, escrita por don 
Francisco de Quevedo y Villegas, contra algunos poetas de su tiem- 
po, siendo sentenciados en el tribunal de Apolo á la casa de locos. 
(1663-Inédita.) 

Este almodrote á manera de vejamen se escribió en el tiempo en que 
para todo se tomaba el nombre de Quevedo, y se debió de leer en alguna 
academia á que concurrían el capitán D. Juan de Ovando Santarén, mala- 
gueño, D. Bernardo Hurtado de Mendoza y otros ocho poetas obscuros é 
indignos de memoria. 

164. El zurriago contra varias obras de cierto padre de la 
Compañía de Jesús. 

Dícese que es obra de D. Luís de Salazar y Castro. 

CARTAS Y DOCUMENTOS 
REFERENTES Á LA VIDA PÚBLICA Y PRIVADA DE QUEVEDO 

Epistolario 

165. Carta á D. Tomás Tamayo de Vargas, remitiéndole el 
discurso intitulado La cuna y la sepultura. (Escrita en 16 12.) 

166. Otra desafiando al médico del duque de Lerma, D. Pe- 
dro Martín de Anducza. (Id.) 

167. Dando cuenta á un amigo del resultado de este desafío. 

168. A su tía D.'^ Margajita de Espinosa, enviándole las 
poesías morales y lágrimas de un pefíitetite, que están en la musa 
Urania. (16 13.) 

169. Tres cartas al duque de Osmia, de los años de 16 15 y 
1616, acusando el recibo de treinta mil ducados para negociar; 
anunciándole la compra de un relicario para festejar al Confesor 
del monarca; y excitando al Virey para c¡ue se parta sin dilación 
al nuevo gobierno de Ñapóles. 

170. Al marqués del Fresno y Barcarola, dándole gracias des- 
de la Torre de Juan Abad por los bizarros ofrecimientos que le 
hacía, viéndole preso y perseguido. (162 1.) 

171. Al duque del Infatitado, remitiéndole los Grandes ana- 
les de quince días. (162 1.) 



Obras de Quevedo 39: 



172. Al marqués de Velada dándole cuenta del viaje de An- 
dalucía, en la comitiva del rey Felipe IV. (1624-1650.) 

173. Carta á D.Juan de la Sal, obispo de Bona, enviándole 
los romances de las dos aves y los dos animales fabulosos: la 
Fénix y el Pelícano, el Unicornio y el Basilisco. (17 de junio de 
1624.) 

174. Al Presidente de Castilla D. Francisco de Contreras, ó 
quizá más bien al Conde de Olivares, Gran Canciller, D. Gaspar 
de Guzmán, sobre que «se debe excusar la publicidad en los cas- 
tigos de los que por vanidad los apetecen.» 

175. Carta latina á Vicente Mariner en que elogia su ingenio 
fecundo. (1625.) 

176. k un amigo hsb\á.r\áo\e de sus pleitos y de las provi- 
dencias de buen gobierno que había adoptado el cardenal Trejo 
presidente de Castilla. (1627.) 

177. Carta latina á Juan Jacobo Chifflet llena de muchas cu- 
riosidades, en la cual le da cuenta de un trabajo en que se ocu- 
paba relativo á los profetas menores. (Id.) 

178. k D. Alonso Mesía de Leiva, poeta latino y hombre de 
erudición y buen juicio, pintándole el molesto viaje de la Man- 
cha en la furia del invierno, y el desabrigo de las ventas; y mo- 
ralizando con gran desenfado y belleza. (1630.) 

179. Á D. Antonio de Mendoza, del hábito de Calatrava, 
probando que el sabio no teme lo forzoso del morir, antes des- 
precia sus horrores y miedos. (1632.) 

180. Carta á un duque (Infantado ó Medinaceli) dándole 
gracias por haber contribuido á que se le desagraviase con el 
nombramiento de secretario del rey. (1632.) 

181. A D.^ Inés de Ztíñiga, condesa-dugtiesa de Olivares, 
sobre las calidades de un casamiento. (1632-1650.) 

182. Carta á un personaje desconocido, significándole que 
el Epicteto y Focilides era la obra que mayor venta alcanzaba en 
sus días. (1635.) 

183. Al duque del Infantado, felicitándole porque ganó el 
pleito sobre el ducado de Lerma. (1638.) 

184. Dos cartas desahuciando Quevedo á una amiga llama- 
da Margarita. (1639.) 

185. kun amigo significándole la resolución que había te- 

so 



394 Catálogo 



nido que tomar al llegar á su encierro, para no acordarse de 
sus desdichas. (1640.) 

186. Recurso al prior del real convento de S. Marcos, ex- 
tramuros de la ciudad de León, pidiendo un traslado de lo que 
contienen las informaciones que se hicieron de la nobleza y ca- 
lidad del doctor Benedicto Arias Montano, religioso que fué de 
aquella casa. Va unido el testimonio de ellas. (1642.) 

187. Carta á tm maguíate amigo del Conde-Duque, suplicán- 
dole entregue á éste con encarecida recomendación un memo- 
rial que se acompaña, y asimismo no deje de hacerle bien con 
el Rey. (Id.) 

188. Al cardenal Borja rogándole se interese con el monar- 
ca para que le haga justicia, ó le lleven cuanto antes al suplicio, 
donde muera si más pronto menos penado. (1643.) 

i8g. A D. Diego de Villagómez, caballero leonés, su grande 
amigo, que dejando las armas se entró en la compañía de Je- 
sús. (Id.) 

igo. Nueve cartas á Adán de la Parra de los años desde 
1626 á 1642; las más de íntima confianza, ya relativas á empre- 
sas amorosas, á las disputas con Margarita, y á escaramuzas po- 
líticas y literarias; ya comunicando con el amigo los sinsabores 
y amarguras de su última rigorosa prisión, y advirtiéndole que 
use de toda cautela y prudencia para no padecer las iras del 
implacable valido. 

igi. Veinte y una cartas al duque de Medinaceli desde los 
años de 1630 á 1636, sobre pleitos, murmuración palaciega, no- 
ticias de la corte, de Italia y Francia; relativas á la soltería, ca- 
samiento de Quevedo y cobro de la dote de su mujer; y asimis- 
mo sobre los trabajos literarios en que á la sazón se ocupaba, y 
sátiras con que le mortificaba D. Juan de Jáuregui. 

192. Cuatro cartas al conde-duque de Olivares de los años 
de 1630, 1641 y 1642. En la primera le anuncia que terminaron 
veinte y dos pleitos que le fatigaban, y se muestra quejoso de 
haberle el favorito desairado una de sus obras en su sentir no 
despreciable. Contiene la segunda una confesión franca de Que- 
vedo, haciendo escrutinio de las sátiras que no eran suyas, y de 
las que le pertenecían. Los otros documentos se limitan á im- 
plorar clemencia del valido. 

193. Tres memoriales al Rey pidiendo se le oiga en justicia 
y se le castigue con más rigor si resulta culpable, ó se le conce- 
da libertad, si es inocente. (1643.) 



Obras de Quevedo 395 



194. Trece cartas á D. Francisco de Oviedo de los años de 
1643 y 1644. En unas le pregunta sobre el estado de su causa, 
en otras, ya libre, le pide su coche para hacer visitas y encar- 
gos del duque de Medinaceli, ya le da cuenta de su viaje á la 
Torre, de sus trabajos literarios, del encono de sus padecimien- 
tos, y de la poca esperanza que le quedaba de vida. 

195. Una carta enviándole el pésame á la mujer de Juan de 
Espinosa por la muerte de su marido. (1Ó44.) 

196. Carta á un personaje desconocido que pagaba visitas 
que no debía. (1643.) 

Apócrifos 

197. Francisco de Quevedo que suscribe el Traslado de la 
real provisióti estampada en los principios de la Historia de las 
órdenes militares del licenciado Francisco Caro de Torres es 
persona distinta de nuestro escritor. (1628.) 

198. Carta de D. Francisco de Quevedo, á tm amigo suyo, 
en que le da cuenta de los reservados motivos que hubo para 
salir el Conde-Duque de Olivares, de su lugar de Loeches á la 
ciudad de Toro, donde murió. Año de 1643. 

«Amigo, dueño y señor: Contaréle á V. E. la lamentable his- 
toria el conde de x^guilar que está enfermo en Tarragona. 

Dios guarde á V, E. felices años. Madrid, á 10 de Junio de 
1643.» 

Códice MS. del Sr. Gayangos, letra del siglo XVIII. Intitúlase: Feli- 
pe IV, ministerio del Conde Duque. I tomo. Quevedo á esta fecha aún no 
había vuelto de León, donde hubo de recibir la noticia de su libertad lo 
más pronto el día I2. 

199. Memorial de don Francisco de Quevedo contra el cofide- 
duque de Olivares dado al rey don Felipe IV. (1643- 17 88 y 1789.) 

Lo publicó Valladares con este epígrafe en el t. XV del Setnanario 
erudito; y lo volvió á reproducir en el XIX con este otro: 

Representación que hizo al rey D. Felipe IV un buen vasa- 
sallo después que S. M. separó de su privanza al conde-duque de 
Olivares, sobre que se le oyese en justicia, para que siendo ciertos 
los hechos que se le atribuían, le iínpusiese mayor castigo; y no 
siéndolo le honrase y favoreciese con las mismas ó mayores mues- 
tras de afecto y benevolencia que hasta allí. 

Fué su autor D. Andrés de Mena, y lo firmó en Madrid á l8 de febrero 
de 1643. 

Á. éste contestó el famoso Nicandro, folleto impreso entonces y reco- 
gido, obra del mismo Conde-Duque, del canónigo D. Francisco de Rioja y 
el P. Ripalda; causa de la traslación del valido de Loeches á Toro. 



^ 



396 Catálogo 

Cartas dirigidas á Quevedo ó relativas á él 

200. Dos ÚQ Justo Lipsio. (1604 y 1605.) 

201. De un Andrés López vecino del Fresno contando lo 
que hacía y escribía Quevedo en aquella población. (1608.) 

202. De Fr. Benito Bernardo de Morales, chuleándose con 
el Caballero de la Tenaza. (16 13.) 

203. Del capitán Camilo Catizón, dirigiéndole un discurso 
acerca de la buena orde?i de la milicia. (16 17.) 

204. Del Marqués de Velada contestando á la que desde An- 
dújar le escribió Quevedo dándole cuenta de su viaje de Anda- 
lucía. (1624.) 

205. Veinte y cuatro cartas: de ellas las veinte y una, dando 
la enhorabuena á Quevedo por su defensa del patronato de San- 
tiago en 1628; y las tres de Fr. Francisco de la Concepción, de 
sor Beatriz de Jesús y de D. Francisco Morovelli, que defen- 
dían el compatronato de Sta. Teresa y se muestran quejosos de 
D. Francisco. Son las primeras de Madrid, Santiago, Toledo, Se- 
villa, colegios mayores de Alcalá, Salamanca, Uclés, Coria y 
Cuenca; y en ellas se ven los nombres de varios cabildos y pre- 
lados y personas de gran valía. 

206. Del Conde-duque, satisfaciendo á Quevedo. (1630.) 

207. De un tal Roca hablándole de negocios públicos. 

208. De D. Miguel de Linán al duque de Medinaceli ase- 
gurándole que el licenciado Guijarro le había jurado in verbo 
sacerdotis, no haber dicho ni imaginado cosa alguna contra Que- 
vedo. (1636.) 

209. Otra de D. Alonso Fer?idndez de Liñán, afirmando lo 
propio. (Id.) 

210. Carta de la ofendida y desdeñada Margarita, amiga 
de Quevedo. (1639.) 

211."- Cuatro cartas de Adán de la Parra, de los años de 1629, 
1639, 1640 y 1642. Le da cuenta de un viaje á Segovia, le acon- 
seja qué debe hacer para aliviar sus prisiones, y en ellas le ani- 
ma y le conforta. 

212. Cuatro cartas del duque de Medinaceli desde 1630 á 
1644 recomendando á Quevedo negocios de su casa y estados, 
y hablándole de varios sucesos. 

213. Cuatro del mismo Duque al gobernador de Aragón so- 



Obras de Quevedo 397 



bre el casamiento de Quevedo y dote de la señora de Cetina. 
(1634.) 

214. Una del gobernador de Aragón al Diujue en punto a la 
dote referida. (Id.) 

215. De Z>. Fernando de Ballesteros y Saavcdra (1), envian- 
do á D. Francisco un libro que había compuesto y pidiéndole 
su dictamen. (1642.) 

216. Carta de D. Franeisco de Oviedo á su amigo el preso de 
San Marcos de León, relativa á su causa. (Id.) 

217. Cuatro cartas del obispo de León, D. Bartolomé Santos 
de Risoba, elogiando los tratados de Providencia de Dios, y re- 
mitiendo libros á nuestro encarcelado caballero. (Id.) 

Perdida 

218. Carta Ao. Juan Jácome Chifflet, diciéndole la estimación 
con que se recibían las obras de D. Francisco en Flandes y Fran- 
cia, reimprimiéndolas y buscándolas con mucha codicia. (1629.) 

Tarsia la cita en la pág. 17. 

Apócrifa 

219. El amigo á quien flechó el lUmo. y docto monje abad y 
obispo D. Juan Caramuel la carta que en desquite de las del 

- Caballero de la Tenaza está en la pág. 60 del t. II de su Trime- 
gistus Theologicus, no es Don Francisco de Quevedo Villegas. 
Terminantemente lo dice la apostilla del margen: «.Author (Ca- 
ramuel) ad se ab amico niissum recipit Quevedi librum (y á este 
amigo es á quien dirige la carta de burlas.) (1627.) 

Documentos 

220. Partida de bautismo de Quevedo. (1580.) 

221. Notas de D. Pedro Aldrete, sobrino del autor, refirien- 
do los desafíos que éste tuvo y sus galanteos, como también el 
tiempo en que escribió algunas obras. 

222. Giornali di Francesco Zazzera napolitano, académico 
otioso, nel felice gouerno delV Eccmo. D. Pietro Girone, Duca d' 
Ossuna, Vicere del Regno di Napoli dalli 7 di Luglio 16 16. 

Trae varias noticias del ilustre camarada del Virrey. 



(i) Capitán de la infantería de la milicia de Villanueva de los Infantes, traductor de 
la Comedia Eufrosina. Un tío suyo de su mismo nombre y apellido era también escritor y 
ic b.allaba de vicario y visitador del ilustrísimo de Toledo, en Cazorla y su distrito. 



398 Catálogo 

223. Carta del duque de Osuna al de Uceda relativa á una 
conferencia con nuestro poeta. (16 16). 

224. Dos del mismo Duque al Rey Felipe III, recomendán- 
dosele. (16 1 7.) 

225. Respuesta del Rey. (Id.) 

226. Carta de la santidad de Paulo V al virey de Ñapóles, 
remitiéndose á cuanto le dijese Quevedo de palabra. (Id.) 

227. Real cédula haciéndole merced del hábito de la orden 
de Santiago. (Id.) 

228. Declaraciones de D. Francisco estampadas en el Memo- 
rial del Pleito que el Sr. D. Juan Chumacero y Sotomayor, fiscal 
del consejo de las órdenes y de la junta trata con el duque de Uce- 
da. 1621-1622.) 

229. Orden del Presidente de Castilla levantando el destierro 
á Quevedo. (1628.) 

230. Cuentas y administración de bienes durante su prisión. 
(1640.) 

231. Dos consultas del Presidente de Castilla proponiendo 
la libertad de D. Francisco. (1643.) 

232. Dos decretos del Rey, el último otorgándola. (1643.) 

233. Testamento. (1645.) 

Guardaba el Excmo. Sr. D. Luís José Sartorius, conde de San Luís, viz- 
conde de Priego, original este documento precioso en que aparece la última 
voluntad de un hombre grande y en cuya firma temblorosa y desfigurada se 
ven los pasos de la muerte. El Sr. Conde me permitió gallardamente gozar 
de este documento con toda holgura. 

234. Codicilo. (Id.) 

Con igual desprendimiento los hijos del limo. Sr. D. Antonio Alonso 
y López Noves me facilitaron una excelente copia, hecha en el siglo an- 
terior, del testamento y del codicilo. 

Perdido 

235. El libro de la universidad de Alcalá de Henares, en 
donde debía constar el grado que recibió D. Francisco de licen- 
ciado en teología. 

ESCRITOS CONTRA QUEVEDO 

236. Censura del reverendo padre maestro fray Aníolín Mon- 



Obius de Quevedo 399 



tojo, del orden de predieadores. Contra los Sueños. Por ella se 
negó la impresión cuando estaban aún sin corregir ni retocar 
estos discursos en 1610. (Inédita.) 

237. Castigo essemplare de calunniatori (por el saboyano Va- 
lerio Fulvio, dirigido á Cario Emanuel duque de Saboya). — An- 
tinopolí, nella stamperia Regia. 16 18, 

238. Apología al Sueño de la Muerte ó Visita de los Chistes. 
(1622-Inédita.) 

239. Anotaciones á la Política de Dios, gobierno de Cristo y 
tiranía de Satanás. (i626-Inéditas.) 

Escritas por D. Francisco Morovelli de Puebla. 

240. Venganza de la lengua española contra el autor del 
Cuento de cuentos. (1626-1626.) 

241. D. Francisco Morovelli de Puebla defiende el patronato 
de Sta. Teresa de Jesús, patrona ilustrísifna de España. (1628- 
1628.) 

242. Examen y refutación con que cierto canónigo y otros im- 
pugnaron el patronato de Sta. Teresa. (1628-1628.) 

Su autor es fray Gaspar de Santa María, que se encubrió con el nom- 
bre del doctor León de Tapia. 

243. Censura del libro que ha estampado en Girona, año de 
1628, D. Francisco de Quevedo, cuyo título es: Discurso de todos 
los diablos ó infierno enmendado. (1629-Inédito.) 

Autógrafo del padre fray Diego Niseno, provincial de San Basilio. 

244. El Tapaboca que azotan. Respuesta del Bachiller igno- 
rante á El ch'itón de las Taravillas que hícierotí los licenciados 
Todo se sabe y Todo lo sabe. Dirigidas á las excelentísimas seño- 
ras la Pazóti, la Prudencia y la Justicia. (1630- 1630.) 

245. El Retraído, comedia famosa de Don Claudio. Represen- 
tóla Villegas. Entran en ella las personas que ha habido en el 
mundo y las que ?io hay. (Escrita en 1634 y parece jque impresa 
en 1635.) 

246. El Tribunal de la justa venganza. Erigido contra don 
Francisco de Qxievedo. (1634-1635.) 

Bajo el supuesto nombre del Ldo. Arnaldo rVanco-Furt, le escribieron 
el padre Niseno, el Dr. Juan Pérez de Montalbán, el diestro D. Luís Pa- 
checo de Narváez, y otros cuatro escritores envidiosos de los aplausos de 
nuestro poeta. No es cierto, como dice Alvarez y Baena (Hijos de Aladiid, 
t. II, pág. 150), que hay sospechas de que fuese obra de los jesuítas de 
Sevilla. 



400 Catálogo 



247. Lágrimas panegíricas d la temprana muerte del gran 
poeta y teólogo insigne, doctor Jtian Pérez de Montalbán. (1638- 

1639.) 

248. La Astrea sáfica, panegírico al gran monarca de las Es- 
pañas, de D. José Pellicer de Tobar. (1639- 1640.) 

Respondiendo al célebre meniorial que comienza «Católica, sacra, real 
magestad.j' 

249. Tratado del vino aguado y agua e?ivi?iada, sobre el afo- 
rismo 5Ó de la seccióti 7 de Hypócrates. Valladolid, 1661, 4.°: 
Capitulo 1 1 y núms. 92 y 4. Su autor el Dr. Gerónimo Pardo, 
médico de Valladolid. 

Perdidos 

250. De Criticis Disputatiunculaní i?iter Neotericum Scrip- 
torem, et i,,.-^^ 

Empezaba: Co?itra Claudum itisurgo scriptorem. 

Este cojo piensa D. Nicolás Antonio ser Quevedo: quien manifiesta 
que el opúsculo iba encaminado á defender á Justo Lipsio contra ciertas 
censuras del Cojo, siendo autor de este librillo D. Juan de Fonseca y Fi- 
gueroa, canónigo de Sevilla y sumiller de cortina de Felipe IV. 

251. Réplica á la política de Dios. (1626.) 

Dice Quevedo en el prólogo de la edición de este libro hecha en Ma- 
drid, que fué obra de un arcipreste y que más parecía trabajo de un arráez 
que de hombre cristiano. 

ESCRITOS EN DEFENSA DE QUEVEDO 

252. Apología á la Política de Dios de D. Francisco de Que- 
vedo. Escrita por D. Lorenzo Vánder Hammen y León, vicario 
de Jubiles. 

Sin otra noticia la cita D. Nicolás Antonio. 

253. Defensa de la verdad que escribió D. Francisco de Que- 
vedo Villegas, caballero profeso de la orden de Santiago, en favor 
del patronato del mismo apóstol, único patrÓ7i de España. Autor 
Juan Pablo Mártir Rizo. (1628-1628.) 

254. Oratio pro nobili Francisco de Quevedo Villegas, equiti 
insignis ordinis Divi Jacobi, domino villae, vulgo vocatae de la 
Torre de Juan Abad. Authore doctore Moran Sminos. (1628- 
1628.) 

OBRAS POÉTICAS 

Las Musas 

255. El Parnaso español; monte en dos cumbres dividido, con 



Obras de Quevedo 401 



las nun'e musas castellanas. (Impresas las seis que comprende 
esta publicación en 1648.) 

Las publicó D. Jusepe Antonio González de Salas, fino apasionado y 
amigo de Quevedo. Hizo mofa de la manera con que hubo de publicarlas 
aquél, D. Francisco Manuel de Meló, en su apólogo dialogal El Hospital 
de las letras. 

256. Las tres musas últimas castellanas. Segu?tda citmhre del 
parfiaso español. (Impresas en 1670.) 

Las sacó á luz el sobrino de nuestro escritor. 

Adición á las Musas 

257. Clío. Poesías satírico-políticas ¿históricas. (Inéditas.) 

258. PoLiMNiA. Versos satírico-morales. (Inéditos.) 

Autógrafos. 

259. Guerra literaria. Sátiras contra Alarcón, Góngora, Lo- 
pe, López de Aguilar, Montalbán, Morovelli y otros; y de Alar- 
cón, Góngora, Fr. Gaspar de Santamaría, y anónimos contra 
Quevedo. 

Autógrafo mucho de ello. 

260. Melpómene. Epitafio latino á D. Luís Carrillo y Soto- 
mayor. {i6\o-i6ii.) 

En las obras de éste. 

261. Otro á la duquesa de Nájera. (1627-1627.) 

Relación de las obsequias celebradas en la muerte de la excelentísima 
señora duquesa de Nájera. (Cuenca, 1627.) 

262. Erato. Algiín soneto 710 publicado. 

263. Tersícore. Varias letrillas. 

264. ¡Qué villano es el amor! 
Pieza satírica en un acto. 

265. Entremés de la Etidemoniada fingida, y chistes de ba- 
callao. De D. Francisco de Quevedo. 

Impreso en Lisboa en 1706. 

266. Famoso entrejnés del Hospital de los malcasados (Iné- 
dito.) 

Autógrafo. 

267. La Lnfanta Palancona, e?iiremés gracioso, escrito en dis- 
parates ridículos. Por Félix Persio Bertiso. 

Impreso suelto en 1625. 

SI 



402 Catálogo 

268. Entremés del Marido patitasma. 

Letra del amanuense de Quevedo. 

269. El Mario ti. 

Impreso en Cádiz, suelto, año de 1646. 

270. El Médico, entremés famoso. 

Entremeses nuevos de diversos autores, para honesta recreación. (Alcalá 
de Henares, 1643.) 

271. El Muerto, entremés famoso. (Por otro nombre, Pandu- 
rico.) 

ídem. 

272. Entremés del Niño y PeralviUo de Madrid. 

273. Entremés de los Refranes del viejo celoso. (Inédito.) 
Autógrafo. 

274. Entremés de la Ropavejera. 

275. Sombras. Entremés famoso. 

En los Entremeses nuevos de Alcalá de Henares, 1643. 

276. El zurdo alanc&dor . Entremés famoso. Representóle 
Amarilis en Sevilla. 

277. Talía. Obras de donaire y liíbricas. (Inéditas.) 

278. EuTERPE. Soneto en elogio de Lope de Vega. (Inédito.) 

279. Otro encomiando al doctor Bernardo de Balbuena. 

En su libro del Siglo de oro. 

280. Otro para celebrar á Cristóbal de Mesa. 
En su poema de la Restauración de España. 

281. Urania. Her delito cristiano. Tiene también el título de 
Harpa d imitación de David. (Impreso en 1788.) 

282. Versos dodecasílabos pareados en alabanza del Snimo. Sa- 
cramento. En tiempo de carnestolendas. 

Traducciones de poetas y filósofos antiguos 

283. Lágrimas de Jeremías castellanas, ordenando y declaran- 
do la letra hebraica con paráfrasi y comentarios. (16 13.) 

Montalbán las cita en el Para todos. 

284. Epicteto y Phocílides en español con consonantes. (1609- 

1635-) 
ídem. 



Obras de Ouevedo 403 



285. Anacrcón castellano con paráfrasí y comentarios. (i6og- 
1794O , 

De letra del amanuense de Quevedo. Posee mi amigo el erudito orien- 
talista D. Pascual Gaj'angos este precioso original, y me le ha franqueado, 
como cuanto bueno y peregrino encierra en su precioso museo. 

Obras perdidas 

286. Obras varias de donaire en verso. 

Hace mención de este libro Pérez de Montalbán en su índice de los in- 
genios de Madrid, inserto en el Para todos. 

287. Sonetos morales y traducciones de latinos y griegos. 
ídem. 

288. Consejos d un señor diiqíie distraído. 

Carta inédita de Quevedo al mismo Conde-Duque, confesando qué sáti- 
ras eran suyas. (1640.^1 

289. Sátira d una novia que estando tratada de casarse con 
Quevedo, sus padres la casaron con un caballero llamado Castro, 
teniendo por devotos un fraile, un viejo y un capóti. 

índice de los Iriartes en la Biblioteca Nacional. 

290. Una sátira contra religiosos. 

Consulta original del presidente del Consejo de Castilla al Rey, en 7 
de junio de 1643. 

291. Entremés de Car aquí i7ie voy Cara aquí me iré. 
Tribunal de la justa venganza, págs. 18 y 38. 

292. Una comedia representada en el real alcázar de Ma- 
drid, el 9 de julio de 1625. De tres ingenios: don Antonio de 
Mendoza, Quevedo y Mateo Montero. 

Avisos manuscritos de la Biblioteca Nacional. 

293. Quien más miente 7?iedra más. Comedia. (1631.) 

D. Casiano Pellicer en su Tratado histórico sobre el origen y progresos 
de la comedia y del histrionisino en España, t. II, pág. 167. 

294. Par afras i en verso sobre los Cantares. 
Montalbán, ya citado. 

Obras perdidas que se atribuyen á Quevedo 

295. Alma y pregón. Soliloquio. 

Índice de un antiguo códice que perteneció á D. Antonio de Candamo, 
y dícese que le poseyó después su sobrino D. Luís María de Candamo y 
Kunh, residente en Londres. Lleva por epígrafe el libro: «Colección de 
obras de Quevedo y algunas cartas originales del mismo recogidas por Ar- 



404 Catálogo 



nedo.» Éste fué el oidor de contaduría D. Martín, á quien se confió el exa- 
men de los papeles de nuestro caballero, cuando le encerraron en San Mar- 
cos de León. Algún curioso aumentó la colección más adelante, con poca 
crítica, y pudo ser D. Pedro de Villalba, en cuya testamentaría la compró 
Candamo el año de 1798. Me facilitó el índice el Sr. Castellanos y Losada. 

296. Daca el perdigón y toma la perdiz. Id. 
ídem. 

297. Daca el pico, Marica. Id. 
ídem. 

298. Genealogía de los modorros. Diálogo, 
ídem. 

299. El cuerno y el cencerro. Loa. 
ídem. 

300. Madrid revuelto. Id. 
ídem. 

301. Antoñeta la sin pelo. Romance, 
ídem. 

302. La liga de mi señora. Id. 
ídem. 

303. El piojo del rey Felipe. Id. 
ídem. 

304. El castigo de la culpa. Comedia en tres actos. 

Obras de D. Francisco de Quevedo Villegas por D. Basilio Sebastián 
Castellanos de Losada, 185 1, t. VI, pág. 355. 

305. Los enjuagues de Lavapiés. Sainete. 
ídem. 

306. Los gongorinos hermitaños. Id. 
ídem. 

Obras espurias 

307. El exorcista calabrés. Romance. 
Impreso en 185 1. 

308. Entre los pliegues de un duque 
Se ha encontrado una duquesa. 

Carta de Quevedo al Conde-Duque de Olivares confesando cuáles son 
suyas, cuáles no, de las sátiras que corrían por la corte. 

309. Carcomida mariposa. 
ídem. Es un apólogo. 



Obras de Quevedo 405 



310. La tórtola Mariciiela. 

ídem. Es una farsa. 

311. Felipe, si no eres toro. 
ídem. Romauce. 

312. Arder y arder, deínonios. 

ídem. 

313. El de Osuna fué un truhán. 

ídem. 

314. Si quieres que te lo cuente. 
ídem. 

315. El rey es un majadero. 
ídem. 

316. Olivares y mía p... 
ídem. 

317. Sueño de Pepe el de Lo-eches. 

ídem. Papel satírico. 

318. La toma de Valles Ronces. 
ídem. Romance con su comento. 

319. Lm gitana soñando. 
ídem. Papel satírico. 

320. El juez superior. 
ídem. 

321. Descontenta y orgullosa. 
ídem. 

322. ColodrÓ7i el de Olivenza. 
ídem. 

323. Libra verdadera de los consejos y juntas de España. 
(1640.) 

324. Diálogo en forma de confesión entre el conde de Oliva- 
res, D. Gaspar de Guzmán, valido del rey D. Felipe IV el Gran- 
de, y su confesor el padre Francisco Aguado, provincial de la 
compañía de Jesús. (1641-Inédito.) 

325. Décimas satíricas al estado de la monarquía en el año 
de 1642. 

326. Ya, Felipe cuarto, rey. Romance. 



4o6 Catálogo 

327. León que invencible ruge. Id. 

328. Al hijo declarado por el Conde-Duque. Idi. 

329. La cueva de Meliso, mago. Diálogo satírico entre Me- 
liso mago y don Gaspar de Guz?nán, C07ide-diique de Olivares. 

330. Apología pósttwia. Contra el Tarquino español conde-du- 
que de Olivares. 

Notas en prosa al papel antecedente. 

331. Al entierro de Castilla y otros rei?ios, que se hallari en 
él. (Impreso en 1843.) 

Coloquio. 

332. Diálogo satírico en la voz del ángel, Elias D. Francisco 
de Quevedo, y Enoch Adán de la Parra, hecho e?i León estatido 
en su destierro los dos, en ocasión de hallarse en Loeches el Conde- 
Duque. 

333. Primera, segunda y tercera parte del origen délos males 
de esta monarquía. (165 9- 1845.) 

334. Entremés de la Venta. 
Es de Tirso de Molina. 

335. El mejor rey de Borgoña. (Comedia nueva.) 

Es de D. Juan de Quevedo Arjona, y la escribió en diciembre de 1691 
para la compañía de Damián Polop. 

336. La zurriaga. " 
(Falsificada en el siglo XVIII, suponiéndola impresa en 1632.) 



V 



CATÁLOGO 

DE ALGUNAS EDICIONES DE LAS OBRAS 

DE D. FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS 



Reimpresos muchas veces los discursos, y, por desgracia, con harto 
desaliño, cada ptiblicación extrema y aumenta las erratas de 
las anteriores. Ha parecido conveniente determinar la genera- 
ción de las ediciones, señalando con este signo § las matrices, é 
indicando á continuación con este otro § § las que, ya fr ática, 
ya embozadamente, son hijas suyas verdaderas. — La señal * 
precede á los libros qtce no se han podido haber á las manos. 

1620 

I. § Epitome I á la historia de la | vida exemplar, y gloriosa 
muerte | del bienaventurado F. Thomas de Villanue | ua, Reli- 
gioso de la Orden de S. Agustin, | y Arzobispo de Valencia. | 

Al Rey nvestro señor. 

Autor don Francisco de Queuedo Villegas, | Cauallero del 
Abito de Santiago. 

Año (Un escudo de las armas reales grabado en cobre.) 
1620. I Con privilegio. | En Madrid, Por la viuda de Cosme 
Delgado. | Tassado a 4 marauedis el pliego. 

Aprobación de Fr. Juan de S. Agustin: 25 de Agosto de 620. 

Otra del P. Colmenares: 30 de Agosto. 

Fe de no haber erratas. Madrid, setiembre I O de 620. El Licenciado 
Murcia de la Llana. 

Suma de la tasa, ante Martin de Segura Olalquiaga. 

Censura del doctor Sánchez de Villanueva: 30 de agosto. 

Advertencia de Fr. Juan de Herrera. 

Da noticia este libro.... 

Dedicatoria. 

A quien leyere. 

52 fojas en S.", esto es: seis pliegos y medio. La foliación empieza en 
la censura de Sánchez Villanueva y termina en la foja 48. Las 4 primeras 
del libro se imprimieran, por consiguiente, después de todo. 

D. Nicolás Antonio, en su Bibliotheca Hispana Nova, supone hecha 
esta edición por Cosme Delgado, y no por su viuda. 

En colección desde 1649. 



4o8 Ediciones 



1625 

2. En el Catálogo de las obras de Quevedo, que publicó el impresor Pas- 
cual Bueno al frente del tratado de Providencia de Dios, en Zaragoza, año 
de 1700, dice con error que por vez primera, y en 1625, estamparon las 
prensas de esta capital la 

Política de Dios. Gobierno de Cristo: tiranía de Satanás. 

Lo mismo afirma un manuscrito curiosísimo de la Biblioteca Nacional 
(Ff. 23) intitulado yunta de libros la mayor que España ha visto en su len- 
gua hasta el año de cío.loc.xxiv. For Don lliomas Ta?naio de Vai-gas 
Chronista de su Mag.d Después de citar el epígrafe de la Política, dice, 
señalando el lugar de la impresión: «Zaragoza 1625, salió enmendado y 
añadido en Madrid, por la viuda de Alonso Martin, 1626, 8."» 

Véase, no obstante, nuestro registro de manuscritos, comparando allí 
el año de la portada con el de la aprobación y licencia.) 

1626 

3. § Politica de Dios. Govierno de Crhisto: Tyranía de Sa- 
tanás. 

Escriuelo con las plumas de los Euangelistas, Don Francisco 
de Queuedo Villegas, Cauallero del Orden de Santiago, y señor 
de la Villa de luán Abad. 

Al Conde Duque, gran Canciller, mi señor, Don Gaspar de 
Guzman, Conde de Oliuares, Sumiliers de Corps y Cauallerizo 
mayor de su Magestad. 

Con licencia. En Zaragoza: Por Pedro Verges: A los Señales. 
Año M.DC.XXVI. A costa de Roberto Duport, Mercader de Li- 
bros. (8.°) 

Aprobación de Esteban de Peralta, calificador del Santo Oficio, 26 de 
enero 1626. 

Licencias del vicario general y del asesor Mendoza: 1 1 y 23 de hebrero 
de 1626. 

Carta dedicatoria al Conde-Duque: Preso el autor en su villa de Juan 
Abad á 5 de abril 1621. 

A quien lee. 

El librero al lector. 

A D. Francisco de Quevedo D. Lorenzo Vánder Hámmen. 

(Consta la obra de veinte capítulos. 

Edición original.) 

§§ 1626 Barcelona. 1626 Id. 1626 Pamplona. 1629 1631. 

Este número y los 79, 229, 230, 232 y 241 pertenecían á la colección 
del modesto cuanto ilustrado Sr. D. Francisco González de Vera, á quien 
fui deudor de muchas y muy peregrinas noticias. 

4. Politica de Dios. Govierno de Christo: Tyrania de Sa- 
tanás. 

Escriuelo con las plumas de los Euangelistas, Don Francisco 
de Queuedo Villegas, Cauallero del Orden de Santiago, y señor 
de la Villa de luán Abad. 



Obras de Quevedo 409 



Al Conde Duque, gran Chanciller, mi señor, Don Gaspar de 
Guzman, Conde de Oliuares, Sumilier de Corps, y Cauallerizo 
mayor de su Majestad. 

Año (Un adornillo.) 1626. Con licencia. En Barcelona, Por 
Sebastian de Cormellas. 

Véndese en su misma casa al Cali. 

Todo como la impresión anterior. 

(76 fojas en 8.») 

5. Politica de | Dios. Govierno | de Cristo: Tirania de Sa | ta- 
nas. I Escriuelo con las plumas de los Euangelistas, Don | Fran- 
cisco de Queuedo Villegas, Cauallero del | Orden de Santiago, 
y señor de la Villa | de loan Abad. | Al Conde Duque, gran 
Canciller, mi señor, [ Don Gaspar de Guzman, Conde de Oli | ua- 
res, Sumiller de Corps, y Caualle | rizo mayor de su Majes- 
tad. I (Escudo de España, con cruz y borlas episcopales.) Con li- 
cencia del Consejo Real: En Pamplona. | Por Carlos de Laba- 
yen: Impresor del Reyno | de Navarra. Año 1626. — 8.° 

Aprobación de Peralta: Zaragoza 26 de Enero: 1626. 

Licencia del D.*" Salinas: Zaragoza: 1 1 de Febrero: 1626. 

Licencia de Mendoza, asesor: Zaragoza: 23 de Febrero: 1626. 

Tassa. Firmada por Martin de Uribarri: Pamplona: 6 de Octubre: 1626. 

Aprobación de Fr. Pedro Ximenez, Lector de Theologia. Pamplona 28 
de Julio de 1626. 

Erratas: Firma la certificación el mismo Fr. Pedro Ximenez, á 2 de Oc- 
tubre de 1626. 

«Al Conde-Duque« (dedicatoria de Quevedo). — «A quien lee» (del mis- 
mo). — <iEI Librero al lector» (la Advertencia de Roberto Duport). — «A 
Don Francisco de Queuedo» (la carta de Vánder Hammen). 

«Prouer. VI...» — <- Pregón...» 

El texto 8 1 folios. — Tabla ( 1 1 folios de tabla, preliminares y portada.) 

«Con licencia. | En Pamplona por Carlos de La | bayen: Impressor del 
Reyno | de Nauarra.» 

Poseía tan curioso ejemplar el Sr. D. Cayetano Alberto de la Barrera. 

6. Política de Dios. Govierno de Christo: Tyrania de Sa- 
tanás. 

En Barcelona, por Esteuan Liberos. 1626. (8.°) 
De ella hace mención D. Nicolás Antonio. 

7. § Política de Dios. Govierno de Christo. 

Avtor Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago, señor de la villa de la Torre de luán Abad. 

A Don Gaspar de Gvzman, Conde Duque, gran Canciller, 
mi señor. 

Lleva añadidos tres capitulos que le faltauan, y algunas pla- 
nas, y renglones, y va restituido á la verdad de su original. 

Paul. I," Cor. 3. Vnusquisque autcm videat quomodo supercc- 
díficet, fuiídamcntum enim aliud nemo potest poneré prccter id 

52 



4IO Ediciones 



quod positum est, quod est Christus Jesús. — loan, capit. 13. 
Exemplum enini dedi vobis, ut quemadmodum ego feci vohis, Ha 
et vos faciatis. — Año 1626. Con privilegio. En Madrid, Por la 
viuda de Alonso Martin. A costa de Alonso Pérez, mercader de 
libros. 

Dedicatoria. 

Privilegio; Madrid I.» de octubre de 1626. A favor de Quevedo. 

Tasa. 1 1 de noviembre. 

Fe de erratas. 5 octubre. 

Aprobación del maestro Gil González de Avila, 16 setiembre. 

Aprobación de Fr. Cristóbal de Torres. Colegio de Sto. Tomás de Ma- 
drid, 27 de agosto. 

Aprobación del P. Pedro de Urteaga. 
Otra del Padre Gabriel de Castilla. 

Carta de Vánder Hámmen. 

Textos del Libro de los Proverbios, del Eclesiastes, y del de la Sabi- 
duría. 

A los hombres que por el gran dios de los exercitos tienen con titulo 
de reyes la tutela de las gentes. 

A los dolores sin luz que muerden y no leen. 

A Don Felipe Quarto Rey, nuestro seííor. 

Capitulo primero. (Sigue la obra. Al final:) 

A quien lee. 

Tabla de los capitulos deste tratado. 

(120 fojas en 8.") 

§§ 1633 1666, 2 veces. 1709 1729, 3 veces. 

1648 1669 1713 1772 

1650 1670 1719 1791 

1655 1683 1720 

1660 1699 1724 

1662 1702 1726 

8. Historia de la vida del Buscón llamado Don Pablos, 
exemplo de vagamundos y espejo de Tacaños. Barcelona por 
Sebastian Cormellas, año de 1626. 

(Memorial autógrafo de D. Luís Pacheco de Narváez á la Inquisición.) 

9. § Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos; 
exemplo de Vagamundos, y espejo de Tacaños. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, cauallero del Or- 
den de Santiago, y señor de la Villa de luán Abad. 

A Don Fray luán Augustin de Funes, cauallero de la Sagrada 
Religión de San luán Bautista de lerusalem, en la Castellania 
de Amposta, del Reyno de Aragón. 

Con licencia y priuilegio: En ^aragoga. Por Pedro Verges. 
A los Señales. Año 1626. A costa de Roberto Duport. Véndense 
en su casa en la Cuchilleria. 

Aprobación de Esteuan de Peralta: En Santa Engracia de Zarag. á 29 
de abril, año de 1626. 



Obras de Quevedo 41 1 



Licencia del ordinario: Zaragoza 2 de mayo de 1626. 

Aprobación del doctor Calisto Remirez, á 13 de mayo 1626. 

Privilegio por diez años á favor de Roberto Duport, librero, del gober- 
nador de Aragón D. Juan Frnz. de Heredia: Calatayud á 26 de mayo 1626. 

Dedicatoria del librero. 

Al lector, 

A Don Francisco de Quevedo, Luciano su amigo. 

Colofón: Con licencia. En ^aragoga: Por Pedro Verges. 1626. 

(lio fojas en 8.") 

§§ 1627, 2 veces. 1658 1702 1790 
1629 1660 1703 1791 
1631 1662 . 1713 1793 
1634 1664 1719 1830 
1644, 2 veces. 1668, 2 veces. 1720 1833 

1648 1670, 2 veces. 1724 1839 

1649 1671 1729, 3 veces. 1840 

1650 1687 1772 1842 

1657 1699, 2 veces. 1780 i845,2veces. 

10. (Hizo este mismo año en Madrid el librero Alonso Pérez una edi- 
ción furtiva, copiando la anterior.) 

11. § Gracias y desgracias del ojo del culo. Dirigidas a Doña 
luana Mucha, montón de carne, muger gorda por arrobas. 

Escriviolas Jvan Lamas el del camisón cagado. 
Dos pliegos de impresión en 4.°, sin año ni lugar. 

12. 8 * Cuento de Cuentos. 

Parece que en Huesca y en 1626 hubo de imprimirse la primera vez. 
§§ 1629, dos veces. 

1627 

13. (Afirma también equívocamente el librero Pascual Bueno que se 
imprimió en Madrid en este año la segunda parte de la 

Política de Dios y gobierno de Cristo.) 

14. * Sueños y Discursos de verdades descubridoras de Abu- 
sos, Vicios, y Engaños en todos los Oficios, y Estados del Mundo. 

Compuesto por... 
Valencia: 1627. 

Aprobación de Fr. Lamberto Novella. Valencia 10 de mayo de 1627. 

Licencia del Vicario general. 14 de mayo. 

Licencia del Fiscal de S. M. á 3 de junio. 

Aprobación en verso del Dr. don Miguel Ramírez. 

Otra del Bachiller Pedro de Melendez. 

De Doña Raymunda Matilde, Decima. 

Del capitán don Joseph de Bracamonte, Dialogístico Soneto. (En estilo 
cervantesco.) 

De Doña Violante Misenea, Soneto á todo Lector destos sueños, en 
defensa y alabanza del Autor. 



412 Ediciones 



El Autor al Vulgo. (Cuatro redondillas.) 

Al ¡Ilustre y desseoso lector, Prologo (del librero en la primera edición 
de los Sueños). 

Contiene el libro: El sueño del Jvycio final. — El Algvazil endemoniado. 
— Sueño del Infierno. — El Mundo por de dentro. — Sueño de la Muerte. — 
Cartas del Cavallero de la Tenaza. — Casa de locos de amor. — Romance al 
nacimiento del autor. — El Cabildo de los Gatos. 

Sirvió de original á la edición de Pamplona de 1631. 

15. § Desvelos soñolientos, y verdades soñadas. 

Por üon Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero del Or- 
den de Santiago, y Señor de la Villa de Juan Abad. Corregido 
y enmendado agora de nuevo, por el mismo autor, y añadido un 
tratado de la Casa de Locos de Amor. C^ay un gi-abado.') 

Con licencia en Zaragoza. Por Pedro Verges. Año 1627. 
Véndese en casa de Roberto Duport en la Cuchillería. 

Aprobación. — En Predicadores, de (^aragoga, á 3 i de mayo 1627, — 
Fray Alonso Batista. — Imprimatur. Don Juan de .Salinas, Vic. Gen. — Im- 
primatur. Mendoga, Assessor. 

A doña Mirena Riqueza. — Dedicatoria. — (No tiene fecha.) 

El Librero al Letor. (Sin fecha. — Firmado) Roberto Duport. 

A don Francisco Ximenez de Vrrea, Capellán de Su Majestad. — Don 
Lorengo Vander Hammen y León, Vicario de Jubiles. «Remito á V. m. 
essos sueños del amigo como prometí, y le asseguro se pueden aora leer sin 
escrúpulo, porque los he corregido por los originales que en mi librería 
tengo...» (Sin fecha.) 

Contiene el libro: Sueño de la Muerte. — El Sueño del Juyzio final. — 
Sueño del Infierno. — Casa de locos de Amor. (8.") 

A la circunstancia de hallarse desempeñando en 1850 una comisión 
del Gobierno en Londres el Sr. D. José Joaquín de Mora, tan querido de 
las musas, debí el conocer la riqueza de ediciones de QUEVEDO conserva- 
das en el Museo Británico. El Sr. de Mora y el caballero canciller de aquel 
consulado general de España D. Roberto Steet me facilitaron exactas y 
esmeradas copias de todo lo notable. 

§§ '629. 

16. § * Sueños y Discursos de verdades descubridoras de 
abusos, vicios y engaños, en todos los Oficios, y Estados del 
mundo. 

Compuesto por... 
Barcelona: 1627. 
Con aprobaciones y licencia. 
Sirvió de original para la siguiente. 
S§ 1627 1628 1631 

17. Sveños y discvrsos de verdades, descvbridoras de Abu- 
sos, Vicios, y Engaños, en todos los Oficios, y Estados del Mun- 
do. Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago, y Señor de luán Abad. Corregidos y enmen- 
dados en esta vltima Impresión. Año dUn grabado.) 1627. Con 



Obras de Quevedo 41; 



licencia. En (^arago^-a, por Pedro Cabarte, Impressor del Reyno 
de Aragón. Véndense en casa Matias de Ligao menor, en la 
calle de la Cuchillería. 

Aprobación. «En ^aragoga a lo. de Mayo de 1627 — El Licenciado 
luán de Fuentes Saz.» 

Licencia: «Dat. en Caragoca a 19. de Mayo de 1627 — El D. Antonio 
Xauierre Ofi.» 

Décimas de D. Miguel Ramírez, Del Bachiller Pedro de Melendez y De 
Doña Raymunda Matilde. 

íEl autor al vulgo» (4 redondillas). 

Colofón: En (Jaragoga. Por Pedro Cabarte Impressor del Reyno de 
Aragón, año 1627. 

8.°, 4 hojas preliminares, 125 de texto y una de tabla y Colofón. 

18. Historia de la Vida del Buscón, llamado D. Pablos; 
exemplo de Vagamundos, y espejo de Tacaños. 

Por D. Frácisco de Quevedo Villegas, Cauallero del Orden 
de Santiago, y Señor de la villa de Juan Abad. 

A Don Fray Juan Augustin de Funes, Cauallero de la Sagra- 
da Religión de San Juan Batitista de Jerusalen, en la Castellania 
de Amposta, del Reyno de Aragón. (Hay un sello de tinta en el 
margen de la derecha con las iniciales F. V.) 

Año (Hay un adorno.) 1627. Con Licencia, En Barcelona, en 
la Emprenta dé Lorenzo Deu, delante el Palacio del Rey. 

Aprobación. En Santa Engracia de ^aragoga, á 29 de abril, Año 1626. 
— Estevan de Peralta. 

Licencia del ordinario. Dat. en ^aragoga á 2 de Mayo del año mil 
seyscientos veynte y seys. — El Doctor Juan de Salinas, Vicario General. — 
Por mandado de dicho Señor Vicario General, Antonio ^aporta, Notario. 

Aprobación. En ^aragoga, á 13 de Mayo de mil seyscientos veynte y 
seys. — El Dotor Calisto Remirez. (Hay tina raya.) — Licencia. Lo Sacrista 
Pere Pía, Vicari General y Ofücial. — Ut. Don Michael Sala Regens. 

A Don Fray Juan Augustin de Funes... 

Al Lector. 

A Don Francisco de Quevedo, Luciano, su amigo. 

Don Francisco en ygual peso 

Veras y burlas tratáis... 
Historia de la Vida, etc. 

Colofón: Con licencia. En Barcelona, en casa de Lorenzo Deu. 
Este libro se guarda en el Museo Británico. 

19. * Historia de la vida del Bvscon, llamado don Pablos; 
exemplo de Vagamtmdos, y espejo de Tacaños. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas^ Cauallero del Or- 
den de Santiago, y Señor de la Villa de luán Abad. 

Con licencia. En Valencia. Por Chrysostomo Garris, al moli- 
no de la Rouella. 1627. 

(8.», 4. hojas preliminares, 103 foliadas, y una al fin de Tabla) 

Aprobación del Presentado Fr. Lamberto Novella: Valencia: 16 mayo: 
1627. 



414 Ediciones 



Licencia del Vicario general. 

Otra del Abogado fiscal de S. M. (en la que se hace mérito de la edi- 
ción de Zaragoza del año anterior). 
Al Lector. 
A D. Francisco de Quevedo, Luciano su amigo. 

20. Epitome a la historia de la vida exemplar, y gloriosa 
muerte del bienauenturado Fr. Tomas de Villanueua, Religioso 
de la Orden de S. Agustín, y Arzobispo de Valencia. 

Al Rey nvestro señor. 

Autor do Frácisco de Queuedo Villegas, Cauallero del ha- 
bito de Santiago. 

En Valencia, Con licencia, por luán Bautista Margal, junto 
a San Martin. 1627. 

A costa de Lorenzo Duran mercader de Libros, en la plaga 
del Colegio del Patriarca. 

Apovacion del Reuerendisimo padre Maestro Fr. luán de San Agustin, 
Prouincial de la Prouincia de Castilla, de la Obseruancia de la Orden de 
San Agustin, y Consultor de la Suprema Inquisición. — Madrid, 25 de agos- 
to de 1620. 

Aprovacion del Padre Presentado Fr. lacinto de Colmenares, de la Or- 
den de Santo Domingo. — Madrid, 30 de agosto de 1620. 

Censvra del doctor Francisco Sánchez de Villanueua, Capellán, y Pre- 
dicador de su Magestad. — Madrid, 30 de agosto de 1 620. 

Fray Ivan de Herrera Religioso y Predicador de la Orden de San Agus- 
tin, á los Lectores. 

(Censura del Presentado fray Lamberto Novella. — Valencia 14 de no- 
viembre de 1627. 

Licencia del ordinario. — 16 de Noviembre de 1627. 

Otra del Abogado fiscal de su Majestad. — Valencia, 18 de Noviembre 
de 1627.) 

nDa noticia este libro...» 

Al Rey nuestro Señor (Dedicatoria que termina así:) Madrid diez de 
agosto 1620 años. Besa las Reales manos y pies de V. M. — Don Francisco 
de Queuedo Villegas, 

A quien leyere. 

(Un tomo en 8." dividido en cinco capítulos, con 56 fojas.) 

1628 

21. § Memorial por el patronato de Santiago, y por todos 
los Sanctos naturales de España, en fauor de la elección de 
Christo N. S. 

Escribele D. Francisco de Quevedo Villegas Cavallero del 
Habito de Santiago. 

(Un grabado que representa la cruz de Santiago despidiendo 
rayos: en la parte superior se ven dos nubes (figura que llueve de 
la izquierda'), y en sus centros respectivamente se leen estas pa- 
labras: 

Boanerges Banereem 



Obras DE OuEVEDO 415 



Debajo, y á cada lado de la cruz, una grau concha con este letrero: 

Venera Venera 

La cruz se alza sobre este otro: 

i A ELLOS 

Limitan la estampa á derecha é izquierda sendos bordones.) 

Job cap. 19. V. 29. Fugite ergo h facie gladij, quoniam vítor 

iniquitatuin gladius est, &= scitote esse iudicium. 

Con licencia, En Madrid, Por la viuda de Alonso Martin, Año 

1628. 

Licencia y tasa: Madrid 14 de febrero de 1628. 

Erratas: 10 de febrero. 

Comienza: «A la Alteza del Mvy Poderoso Señor el Consejo suprema- 
mente Real de Castilla en su Tribunal. 

Después que los señores reyes...» 

Colofón: Con licencia, En Madrid: Por la viuda de Alonso Martin, Año 
M.DC.XXVIII. 

(8.° Edición original. La portada y preliminares ocupan cuatro fojas. 
Lo demás, donde hay numeración, consta de 54 completas hasta la signa- 
tura G. 4 y principios ^2.) 

§§ 1628 1629. 

22. * (Hay otra edición del Memorial h.Qch!L en Barcelona este mismo 
año, por Pedro Lacavallería, en 4.») 

23. * Sueños y discursos de verdades descubridoras de abu- 
sos, vicios y engaños en todos los Oficios y Estados del mundo. 

Compuesto por... 

En Barcelona: por Pedro Lacavallería, 1628. (8.°) 

Existe en la Biblioteca Nacional de París. 

24. Visita de los Chistes. 

Barcelona: por Pedro Lacavallería, 1628. (8.°) 
Hace memoria de esta impresión D. Nicolás Antonio. 

25. Discvrso de todos los diablos, o infierno emendado. Au- 
tor Don Francisco de Queuedo, Villegas, Cauallero de la Or- 
den de Santiago. Añ 1628. Con licencia En Gerona por Gaspar 
Garrich y luán Simón. 

Aprouacion... En este Conuéto de Gerona a 25. de Nouiembre 1628. 
Fr. Ramón RouiroU. 

Puédese imprimir. lu. Vic. Gen. & Ofíicialis. 

Delantal del libro, y se haze Prologo, ó Proemio quien quisiere. 

Chiste á los bellacos picaros con qvien hablo. 

Colofón: Con licencia. En Gerona por Gaspar Garrich y luán Simón. 

8.°, 3 hojas preliminares y 42 pp. — Al fin, y sin paginación, lleva el 
Cuento de cuentos, en 10 hojas. 

§§ 1629, 3 veces. 1631. 

26. § * El zvrdo alanceador Entremés famoso de don Fran- 
cisco de Qvevedo. 



41 6 Ediciones 



Representóle Amarilis en Sevilla. 
Segovia. Por Diego Flamenco. 1628. 
8.0 8 hojas con la signatura A. 

1629 

27. Política de Dios, govierno de Christo, tirania de Satanás. 
Escrívelo con las plumas de los Evangelistas, don Francisco 

de Quevedo Villegas, Cavallero del Orden de Santiago, y señor 
de la villa de Juan Abad. 

Al Conde Duque, gran Canciller, mi señor, don Gaspar de 
Guzman, Conde de Olivares, Sumilier de Corps, y Cavallerizo 
mayor de su Majestad. 

Año 1629. Con licencia en Barcelona. Por Pedro Lacavalle- 
ria, en la Calle de Arlet, tjunto la Libreria. (8.°) 

Aprobación y licencia. Barcelona: último dia de junio de 1626. 

Todo lo demás de la edición de Zaragoza, menos la advertencia del 
librero. 

28. Memorial por el Patronato de Santiago y por todos los 
santos naturales de España en favor de la elección de Christo 
N. S. 

Escríbele D. Francisco de Quevedo CUn grabado y un 

texto de Job.') 

Con licencia en garagoga, por Pedro Verges. Año 1629. (No 
está rubricado.) 

(37 hojas y 3 más de preliminares; en 8.") 

Colofón: Por Roberto Duport, En la Cuchillería. 

Consérvase este ejemplar en el Museo Británico. 

29. § Desvelos soñolientos y discttrsos de verdades soñadas: 
descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios, 
y estados del mundo. 

• En doce discursos.— Primera y segunda parte. 

Por Don Francisco de Quevedo Villegas. 

En la pagina siguiente se hallará todo lo que contiene este 
libro. 

Año de (IHS) 1629.— Con licencia y priuilegio: En Barce- 
lona Por Pedro Lacavalleria, en la calle den Arlet, junto la Li- 
brería. 

«Tabla de lo que contiene este libro. 

En la primera parte: 

El nacimiento del Autor al principio del Libro, después del prologo 
al Lector. 

El suefio del Juyzio final. 

Alguazil endemoniado. 

Sueño del Infierno. 

El Mundo por de dentro. 



Obras de Quevedo 417 



El Sueño de la muerte, y sus adiciones singularmente. 

El Caballero de la Tenaza. 

En la segunda parte: 

Discurso de todos los diablos, ó infierno emendado con el cuento de 
cuentos. 

Casa de los locos de amor. 

Prematica del tiempo. 

I.as dos Aves y los dos Animales fabulosos. 

El Cabildo de los Gatos.» 

Aprobación. — En Santa Catalina mártir de Barcelona, á 28 de Enero 
de 1629. — Fray Thomas Roca. — Die 25 mensis Januarji 1629 Imprimatur 
lo: Epis. Barcin. — Don Michael Sala Regens. 

De Doña Raymunda Matilde. Decima: 

Murmurando decir bien... 

Del Capitán don Joseph de Bracamonte, Dialogístico soneto entre To- 
mumbeyo Traquitantos Alguazil de la Reina Pantasilea, y Dragaluino Cor- 
chete. - 

Alguazil: 

Por el Alcafar juro de Toledo... 

Al Ilustre y desseoso lector. (Hay 3 hojas y media.) 
Romance al nacimiento del autor: 

Parióme mi madre adrede... 
(Hai 5 páginas.) 
El sueño del Juyzio final, etc. 
Este ejemplar existe en el Museo Británico, 
167 hojas de texto y 8 de preliminares. 

30. Desbelos soñolientos. Y verdades soñadas. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero del Or- 
den de Santiago, y Señor de la villa de luán Abad. 

Corregido y enmendado agora de nueuo, por el mismo Au- 
tor, y añadido vn tratado de la Casa de Locos de Amor. (Un 
adorno.) 

Con las licencias necessarias. 

En Lisboa por Luis de Souza 1629. 

Licengas. Sam Bernardo de Lisboa, a 20 de dezembro de 628. — Fr. Fe- 
ligiano Moutel. 

Licencia del Santo Oficio para proceder á la impresión. 5 enero 1629. 

Otra del ordinario. 8 febrero. 

Otra en vista de ambas. 14 de febrero. 

Certificación de estar lo impreso conforme al original. 27 de abril. 

Tasa, en el mismo día. 

A D.^ Mirena Riqueza. Dedicatoria. 

Carta de Vánder Hámmen á D. Francisco Jiménez de Urrea. 

(100 fojas en 8.") 

Corresponde el artículo presente, como otros varios de nuestro Catá- 
logo, á la exquisita biblioteca del Sr. D, Pascual Gayangos, franca siempre 
para los amantes de las letras. 

31. §-* Ivgvetes de la niñez, y travessuras de el Ingenio. 
Impreso en Madrid por el mismo autor, año de 1629. 

53 



4 1 8 Ediciones 



Lo cita, como única edición de los Sueños que permitía, el índice ex- 
purgatorio de 1640, pág. 425. 

§§ 1631 1635, 2 veces. 1695 '788 

1634 1641 1735 1794 

32. Discurso de todos los diablos, ó infierno emendado. 

Autor. Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago. 

Con licencia. En Valencia, Por la viuda de luán Chrysosto- 
mo Garriz, junto al molino de Rouella. Año M.DC.XXIX. 

Aprouacion. — En este Real Conuento de Predicadores de Valencia, en 
30 de Agosto 1629. — El Presentado Fr. Lamberto Nouella. (Fol. 2.) 

Imprimatur. — Garces Vicar. Gñiis. — Vidit Planes Fisci Aduoc. 

Delantal del libro. Y se hace prólogo, ó proemio quien quisiere. (Fo- 
lio 2, V ) 

Chiste á los vellacos picaros con quien hablo. (Fol. 4, v.) 

Discurso de todos lus diablos. (Fol 4.) 

(Discurso de todos los Diablos, — ó Infierno enmendado, se reparte en 
cada dos planas.) 

(46 fojas en 8.°) 

2,2^. § * El peor escondriio de la Muerte. Discvrso de todos 
los dañados y malos. Para qve unos no lo sean, y otros lo dexen 
de ser. 

Avtor... 

Zaragoza: 1629. 

Aprobación del doctor Virto de Vera: 20 noviembre 1629. 

Sirvió de original á la de Pamplona de 1631. 

Quevedo en esta impresión retocó el libro, le quitó el párrafo de las 
monjas, y lo sustituyó con otro. 

§§ 1631. 

34. Historia [ de la vida | del bvscon llamado | don pablos; 
exemplo | de Vagamundos, y espejo | de Tacaños. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero del Or- 
den ! de Santiago, y Señor de la Villa de luán Abad. 

Añadiéronse en essa vltima Impression otros tratados del 
mis I mo Autor, que aunque parecen gracioses i^sic) tienen mu- 
chas I cosas vtiles, y prouechosas para la Vida como | se vera 
en la oja siguiente. 

(Una viñeta.) 

en rúan, | A costa de Carlos Osmont, | en la calle del Pala- 
cio. I M.DC. XXIX. 

Memoria | de lo contenido | en este libro (hoja sin signatura). 

Historia de la Vida del Buscón. 

El sueño del luizio final. 

El Alguacil Endemoniado. 

El Sueño del Infierno. 

El Mundo por de dentro. 



Obras de Ouevedo 419 



El Sueño de la Muerte. 

Exeicicio y Epístolas del Cauallero de | la Tenaza. 

La Nobela del Perro, y la Calentura. 
Fin de la Tabla. 

El Librero, Al Lector. | Que desseoso te considero.... (á ij) 

A Don Francisco de Queuedo. | Lucian su amifío. (á iij) 

ApíJvacion.... Zaragoza, á 29 de Abril año de 1626. Esteban de Peralta. 

Aprovacion.... Zaragoza, á 13 de Mayo 1626. El Doctor Calixto Ra- 
mírez. 

Historia.. . FIN. 

Tabla. 

4 hojas de principios, 83 de texto y una de Tabla, con las signaturas 
A, hasta el segundo blanco después de la L 2. Está errada la paginación. 

Siguen los Sucfíos y El Caballero de la Tenaza, con portada y pagina- 
ción aparte. 

2 hojas de principios, 98 de texto con las signaturas A, hasta N ij. 

Sin portada y como apéndice va luego El Perro, y | la Caientvra. | No- 
uela Peregrina (.¡FaUa la portada en el ejemplar que registro?) 

iS fojas con las signaturas Aa, Aa 2, Bb, Bb 2, Bb 3, Bb 4, hasta el 
tercer blanco después de Ce 3. 

207 hojas en todo; 8." prolongado francés. — Sr. Gayangos. 

35. Sveños, I y discvrsos ] de verdades, | descvbridoras 
de ! Abusos, Vicios, y Engaños, en todos | los Officios, y Esta- 
dos del Mundo. | Por Don Francisco de Queuedo Villegas, | Ca- 
uallero de la Orden de Santiago, | y Señor de luán Abad. | Co- 
rregidos y enmendados en esta ¡ vltima Impression. | 

(Una viñeta.) 

En rvan, | A costa de Carlos Osmont, | en calle de lu- 
dios. I M.DC.XXIX. 

De Doña Raymunda Matilde | Decima. (Ultimo verso: 
Que el mal Que-vedó ha quedado 

El avtor al Vulgo. (Cuatro redondillas.) 

El Svefio ( del ivizio | final. | Al conde de Lemos.... (i) 

El Caval | lero de la Tenaza | .... (179) 

Fin. 

Colofón: Acabóse de Imprimir este Libro, Por Ozeas | Señoré, a i. de 
Margo. 1629. (196) 

2 hojas de principios.* 98 de texto, con las signaturas A hasta N ij. 
100 hojas en 8." francés. 

(Forma colección con el Buscón de la misma ciudad y año.) 

36. * Cuento de cuentos. 

A D. Alonso Messia y de Leyua. 

Colofón: Con licencia. Impresso en Valencia, en casa de Miguel de 
Sorolla, este año de 1629. (8.°) 



37. *■ Cuento de cuentos. 

Barcelona. Por Estevan Libaros. 1629. (8.°) 



420 Ediciones 



Á esta edición estaba unido el siguiente opúsculo de la misma imprenta 
y año: 

Venganza de la lengua española contra el auctor del Cuento 
de cuentos. 

Por D. Juan Alonso Laureles, Cavallero de habito, y peón 
de costumbres: aragonés liso, y castellano rebuelto. 

Nota del Sr. D. Agustín Duran. 

1630 

38. § * El Chiton de las Taravillas, obra del Licenciado To- 
do se sabe. 

A vuestra merced que tira la piedra y esconde la mano. 

Este librito en 8." carece de portada. Comienza en la signatura A 2. 
Concluye en la foja 23 vuelta, de este modo: «En Güesca y Enero i de 
1630 años. — Licenciado Todo lo sabe. — En ^aragoga, por Pedro Verges. 
Año 1630.» 

Consérvase en el Museo Británico. 

El Sr. D. Agustín Duran ha visto otro ejemplar, también en 8.", sin 
portada, como el anterior, de 40 fojas, que dice al final: 

«Cuesca y Enero l.° de 1630.» 

A continuación, en el mismo volumen, estaba un opúsculo manuscrito 
como de ¡o fojas con esta intitulación que sigue: 

«El Tapaboca que agotan. — Respuesta del Br. Ignorante á el Chiton 
de las Taravillas que hicieron los Ldos Todo se sabe y Todo lo sabe. 
Dirigidas á las Exmas Sras La Razón, la Prudencia y la Justicia. — Con Li- 
cencia en Gerona por Llorens Deu año de i630.:> 

V 39. § Dotrina moral del conocimiento propio, y del desen- 
gaño de las cosas agenas. 

Avtor, Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago, &. 

Con licencia: En (^aragoca. Por Pedro Verges. 1630. 

Véndense en casa- de Roberto Duport, en la Cuchillería. 

Aprobación del Dr. Virto de Vera. 20 de abril de 1630. 

Licencia. 

(38 fojas en 8.») 

§§ 1634, dos veces. 1646 

1635, dos vec¿'s. 1649, dos veces, de ellas una en colección. 

40. Dotrina mo | ral del conoci | miento Propio, y del de- 
senga ] ño de las cosas agenas. 

Por Don Francisco de Queuedo Vi ] llegas, Cauallero de la 
Orden | de Santiago, &c. 

(ViFieia en madera, donde se ve d la izquierda una ninfa ala- 
da, y á la derecha otra lo mismo, pero con pies y cola de dragón. 
Ambas tienen en su diestra seiidas manzanas; y por cima un tar- 
je ton con este letrero: El bien y el mal en tu mano.) 



Obras de Quevedo 421 



Con licencia de los Superiores: En Barcelona por | Esteuan 
Liberos. Año 1630. | Véndense en la Librería en Casa de Mi- 
guel Gracian. 

§ Aprobación y Licencia. Aquélla de fr. Tomas Roca, 6 de Agosto 
1630; ésta del vicario general Claresvalls y de ü. Miguel Sala, regente. 

A la foja siguiente comienza así el tratado: «Fol. 2. Dotrina moral 
del I conocimiento de si propio, y del | desengaño de las cosas | age- 
nas. I Capítulo Primero. | üus cosas traes?, etc. 

Termina coa la última línea de la segunda página del folio 28, y las 
palabras Laus Dco. 

Cada página tiene su bigote: las innumeradas éste: Dotrhta moral del 
conocimiento propio; las demás,/ desengaño de las cosas agenas. 

28 fojas en 8." A las signaturas A, B y C pertenecen las 24 primeras, 
careciendo de ella las 4 restantes. 

Poseía la edición presente D. Felipe Soto Posada, vecino de Valladoüd. 

41. Politica de \ Dios, govierno de Christo. | 

Avtor don Francisco de | Queuedo Villegas Cauallero del 
Orden de | Santiago, señor de la villa de la | Torre de luán 
Abad. I 

A don gaspar de gvzman | Conde Duque, gran Canciller | mi 
señor. | 

Lleva añadidos tres capi | tulos que le faltauan, y algunas 
planas, y | renglones, y va restituido a la ver ] dad de su ori- 
ginal. I 

(Los textos de san Pablo y San Juan, en seis renglones.) 

Año (Un bigote ó flor.) 1630. | 

Con licencia. | Em lisboa. Por Mathias Rodrigues. | A costa 
de Domingos Pedroso Mercader de libros. 

Licengas. S. Domingos de Lisboa aos 15 de Nouembro de 1629: Fr. Ay-, 
res Correa Reuedor. 

(í6 Noviembre — 6 Diciembre — 7 Diciembre: Otras.) 

(Conformidad del corrector, 13 de Enero de 1630.) 

(Tasa, en blanco el precio.) 

Dedicatoria de Quevedo. 5 Abril 1 62 1. La de Xas ediciones aragonesas, 
catalanas y navarras.) 

Al lector. 

(Carta de Vander Hammen.) 

(Texto de los Proverbios y Eclesiastcs.) 

Pregón y amenaza de la sabiduría. 

(Dedicatoria al Pontífice, Emperador, Reyes y Príncipes.) 

En el gobierno superior de Dios.... 

Capítulo I. Todos los príncipes... (Fol. I.) . 

A quien lee. (A la hoja 90 vuelta.) 

Tabla. 

14 hojas de principios, 98 de texto, 2 de Tabla, con las signaturas, 
marcada desde la A 2 hasta el cuarto blanco después de la N 4. La folia- 
tura salta del 43 al 46. 

104 fojas en 8.° 

Sr. Gayangos. 



422 Ediciones 



1631 

(En el índice expurgatorio que se publicó en este año por orden y au- 
toridad del cardenal D. Antonio Zapata, se estampó lo siguiente: 

«Z?. Francisco de Quevedo. (Se prohiben) Varias obras que 
se intitulan y dicen ser suyas, impresas antes del año de 1631, 
hasta que por su verdadero autor, reconocidas y corregidas se 
vuelvan á imprimir.» 

Novtis Índex lihrorum prokibi(oru?n et expurga ndortim. Hispali ex ti- 
pcgraphaeo Francisci de Lyra. 1632. — F. 399.) 

42. Politica de Dios, Govierno de Christo: Tirania de Sa- 
tanás. 

Escriuelo con las plumas de los Euangelistas, Don Francisco 
de Queuedo Villegas, Cauallero del Orden de Santiago, y señor 
de la Villa de loan Abad. 

Al Conde Duque, gran Canciller, mi señor, Don Gaspar de 
Guzman, Conde de Olivares, Sumiller de Corps, y Cauallerizo 
mayor de su Majestad. 

Añadidos a este Tratado— \. La Historia del Buscón. — 2. Los 
sueños. — 3. Discurso de todos los dañados, y malos. — 4. Cuento 
de cuentos. 

Con licencia del Consejo Real: En Pamplona. Por Carlos de 
Labáyen: Impressor del Reyno de Nauarra. Año 163 1. 

Tiene la Política los preliminares de la edición de Pamplona hecha en 
1626 por el mismo Lahayen. 

El Buscón los de Zaragoza, 1626. 

Comprenden los Sueños (estampados por la edición de 1627): El Sueño 
del Juyzio final. — El Alguazil endemoniado. — Sueño del Infierno. — El 
Mundo por de dentro. — Sueño de la muerte.^— Cartas del Cavallero de la 
Tenaza. — Casa de locos de amor. — Romance al nacimiento del Autor. — 
El cabildo de los gatos. Romance. 

El peor escondrijo de la muerte, Discurso de todos los dañados y ma- 
los, está impreso por la edición de Zaragoza de 1629. 

Y el Cuento de cuentos, pienso que por la de Valencia de 1629.) 

8." grueso: 415 fojas.) 

Perteneció á la rara colección del Sr. D. Justo de Sancha. 

43. Sueños, y discvrsos de verdades descvbridoras de abvsos, 
Vicios, y Engaños, en todos los Oficios, y Estados del Mundo. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas Cauallero del Or- 
den de Santiago, y Señor de luán Abad. 

Corregidos y emendados en esta impression, y añadida la 
casa de los Locos de Amor. 

En Pamplona: Por Carlos de Labáyen, Impressor del Reyno 
de Nauarra. Año 1631. 

"ii Forma colección con la Política de Dios, y esta portada corresponde 
al fol. 196. 



Obras de Quevedo 423 



44. El peor escondrijo de la muerte. Discvrso de todos los 
dañados y malos. Para que vnos no lo sean, y otros lo dexcn 
de ser. 

Avtor Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero del 
Orden de Santiago, y señor de la Villa de luán Abad. 

En Pamplona: Por Carlos de Labáyen, Impressor del Reyno 
de Nauarra. Año 1631. 

Forma colección con la Política de Dios y Los Sueños, y esta perlada 
corresponde al fol. 342. 

Todas las planas tienen el epígrafe Discurso de lodos los diablos, — ó 
Infierno enmendado. 

45. Historia de la vida del Bvscon llamado don Pablos^ 
exemplo de Vagamundos, y espejo de Tacaños. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero del Or- 
den de Santiago, y señor de la Villa de luán Abad. 

A Don Fray luán Augustin de Funes, Cauallero de la Sa- 
grada Religión de San luán Bautista de lerusalem, en la Caste- 
llanía de ¿emposta, del Reyno de Aragón. 

En Pamplona: Por Carlos de Labáyen, Impressor del Reyno 
de Navarra. Año 1631. 

Forma colección con la Política de Dios, y este frontis se halla al fol. 82. 

46. * Jvgvetes de la niñez, y travesuras de el Ingenio. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago. 

Corregidas de los descvidos de los trasladadores, y añadidas 
muchas cosas que faltauan, conforme á sus originales, después 
del nueuo Catálogo. 

Madrid. 

Privilegio á favor de Quevedo. 20 de enero 1631. 

Tasa. 17 marzo 1631. 

Fe del corrector. 12 de marzo de 163 1. 

Censura del P. M. Fr. Diego de Campo. 23 de agosto 1629. 

Licencia del Vicario de ¡Madrid. 28 de agosto 1629. 

Aprobación del P. Juan Vélez Zavala. 30 de setiembre 1629. 

Dedicatoria. 

A los que han leido y leyeren. 

Advertencia de las causas desta impresión. Don Alonso Messía de Leyua. 

Nota. 

índice. 

La edición de los ytiguctes de la niñez que tuvieron á la vista los auto- 
res del Tribunal de la yusta venganza, y que parece ser la del año de 
1631, contenía los siguientes discursos, según allí se dice (pág. 228): 
El Sueño de las Calaveras, en 9 fojas. 
El Alguacil alguacilado , en - 1 0. 
Las Zahúrdas de Pluton. 

4." El Mundo por de dentro. 

5." Visita de los Chistes, 



424 Ediciones 



6." Carias del caballero de la Tenaza. Al fol. 103. 

7." La Caldera de Pero Colero. 

8." El Libro de todas las cosas y otras muchas mas. — Tratado de adi- 
vinación por quiromancia y fisonomía y astronomía. — Tratado para saber 
todas las ciencias y artes mecánicas y liberales en un dia. 

9.° La aguja de navegar cultos, con la receta para hacer soledades en 
un dia. 

10.' La Culta latiniparla. 

11." Líl entretnetido y la dueña y el soplón. 

Los núms. 7, 8, 9 y 10 no se habían impreso antes, y deben de ser los 
que decía el mismo Tribunal añadió Quevedo tan peores como los otros. 

1632 

47. § El Romulo del marques Virgilio Maluezzi. 

Traduzido de Italiano por Don Francisco de Queuedo Vi- 
llegas, Cauallero del Abito de Santiago, señor de la Villa de 
luán Abad. 

Al Excelentissimo señor Don luán Luys de la Cerda Duque 
de Medinaceli, Marques de Cogolludo, Conde de la Ciudad y 
gran Puerto de Santa Maria, Marques de Alcalá, Señor de las 
Villas de Deza, Enciso, y Lobon, y las demás de sus Estados, y 
sefiorios. Comendador de la Moraleza del Orden y Caualleria 
de Alcántara, etc. 

Con licencia: En Pamplona, por la viuda de Carlos de La- 
báyen, Año 1632. 

Aprobación: Pamplona 20 de julio 1632. Fr. Joan Maldonado. 
Licencia del Consejo real: Pamplona 9 de agosto 1632. 
Dedicatoria. Madrid 2 de setiembre de 1631. 
A Pocos. 

Juicio del Doctor Geronymo Palles. 
El impressor. 

(Edición original: 108 fojas en 16.°) 
§§ 163S En colección desde 1650. 

1636, 2 veces. 1648 

48. Historia | de la vida | del buscón, llamado | Don Pablos, 
exemplo | de Vagamundos, y espejo | de Tacaños. | 

Por don Francisco de Queuedo Villegas, Ca | uallero del 
Orden de Santiago, y 5e ] ñor de luán Abad. | 

(Un bigote.) 

Con licenga. | em lisboa Por Mathias Rodri.gues. | 

Anno de i63l¡l2 (Tachado de imprenta el o, y puesto luego el 2.) 

Licengas. (Informa en Santo Domingo de Lisboa, á i^ de Noviembre 
de 1629, «frey Aires Correa Reuedor.» Los permisos para la impresión lle- 
van las fechas de 16 de Noviembre y 6 y 7 de Diciembre.) 

Esta conforme con o original. Lisboa 2 de Feuereiro de 63|¡¡2 (Enmen- 
dado por la imprenta.) Fr. Ayres Correa Reuedor. 

(Tasa, «em 40 reis em papel.») 



Obras de Quevedo 42 5 



(última licencia, 20 de Diciembre de 632.) 

Al lector, i Que deseoso te considero... 

Tabla... 

3 hojas de principios, 92 de texto, i de tabla con las signaturas, mar- 
cada desde A 2, hasta el cuarto blanco después de otro en que se olvidó 
poner M 4. Salta la foliación del 77 al 79. 

96 fojas en 8." 

¿Hubo una edición de 1630 y para la de 1632 se aprovechó algo 
de ella? 

Sr. Gayangos. 

1633 

49. (El Dr. Pérez de Montalbán en el Para iodos cita un ejemplar de 
la Política de Dios, impreso en Madrid por Pedro Tazo.) 

1634 

50. Ivguetes de la niñez, y trauessuras de el Ingenio. De Don 
Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la Orden de San- 
tiago. Corregidas de los descvydos de los trasladadores, y aña- 
didas muchas cosas que faltauan, conforme a sus originales des- 
pués del nueuo Catalogo. Año (Grabadito.) 1634. Con privile- 
gio. En Sevilla, Por Andrés Grande. 

Svroa del privilegio.— Fecho en Madrid a 28. de Enero 1631. 

(Svma de la tassa. — 17 de Margo de 1631. 

Fe del Corrector.— Madrid á 12. dias de Margo de 1631. El Licen- 
ciado Murcia de la Llana. 

Censura del Padre Maestro Fray Diego de Campo. En Sari Felipe de 
Madrid en 23 de Agosto de 1629. 

Licencia del Licenciado D. Juan de Velasco y Acevedo. Madrid, 28 de 
Agosto de 1629. 

Aprobación del Padre Ivan Velez Zauala de los Clérigos Menores.... 
Madrid, vltimo de Setiembre 1629. 

Dedicatoria A ningvna persona de todas quantas Dios crió en el mundo. 

Advertencia de las causas desta impresión. Don Alonso Messia de 
Ley va. 

Pretesta. 

Discvrsos qve salen en esta ímpression, aora añadidos, que nunca se 
han impresso. 

8.", hojas preliminares y 168 más de texto. 

Reimpresión de la edición de Madrid. 

51. La cvna, | y la sepvltvra | para el conocimiento propio 
y desengaño de las ¡ cosas agenas. | Por | Don Francisco | de 
Quebedo Villegas Cauallero | de la Orden de Santiago señor j de 
la Villa de la Torre de | luán Abad. | En Madrid, por María 
de I Quiñones, Año | 1634. 

(Tiene anteportada grabada en cobre. Representa un campo 
e?i que á lo lejos se ven edificios y árboles; pero en primer término 

54 



426 Ediciones 



un ataúd y i/na cima con un niño dentro. Sobre ellos se lee: Ab 
vtero translatus ad tumulum. lob. Llena la parte de cielo una 
cortina sostenida por dos ángeles y coronada por la figicra del 
tiempo co?i su guadaña y relox de arena, en cuyo centro hay es- 
crito: 

La I Cvna, y la se | pvltvra | por | Don Francisco de Que- 
vedo I Villegas Cau.° de la Orden | de San Tiago | S/ de la 
V.^ de la Torre d. Ju.° Abad. | 

En un ángulo de la lámina está el nombre del artífice: I de 
Noort. F.) 

Remisión del Vicario á. la censura, 15 de Junio de 1633 años. — El Li- 
cenciado Yturrigarra. — Ante mi Simón Ximenez. 

Aprovacion del Padre luán Eusebio de la Compañía de lesus. — 19 de 
Junio. 

Licencia y privilegio (á Quevedo, por diez años): 9 de Enero de 1634. 

Tasa á 22 de Febrero siguiente. 

Fe de erratas. 1 1 de Febrero. 

AI Señor Don Ivan de Chaues... Madrid, 14 de Mayo de 1633. — Don 
Francisco de Quebedo Villegas. 

A los doctos modestos y piadosos. 

Proemio... Madrid, 20 de Mayo de 1633. — Don Francisco de Quebe do 
Villegas. — Cvna. 

(Edición original. Principios: 16 fojas con la portada; texto 127 desde 
la signatura A hasta la Q, en 16.") 

§§ 1635, 2 veces. 1646 1649 ^ 

52. * (La Cuna) Sevilla: 1634. i6.° 

En el Museo Británico existe un ejemplar de esta edición. 

53. § Introdvcion. á la vida devota. 

Compuesto por el Bien auenturado Franco de Sales Principe 
y Obispo de Colonia de los Alobroges. 

Traducido por Don Francisco de Qvevedo Villegas Caualle- 
ro del habito de Santiago y Señor de la Villa de Juan Abad. 

Vive Jesús (al rededor de un corazón, dentro del cual se ve 
el monograma de IHS). 

A la Reina Nuestra Señora. 

Madrid. 1634. En la Emprenta Real a Costa de Pedro Ma- 
llard. 

La portada es una lámina de Juan de Noort, que representa una gruesa 
columna, abrazada al medio por gran corona de frutos, de la cual pende el 
referido corazón. Resalta bajo un solio que descubren dos ángeles, en la 
parte superior el escudo de España y Francia. Al pie y al uno y otro lado 
de la columna hay dos ángeles en actitud de orar. 

Privilegio á favor de Quevedo por diez años. iNIadrid 10 de Febrero 
de 1634. 

Erratas: 26 de Marzo. 

Tasa: 30. 



Obras de Quevedo 427 



Aprobación del Lie. Blasco por remisión del Vicario: 6 de Enero. 

Licencia del Ordinario: 7. 

Censura del P. Jilateo de la Natividad por orden del Consejo: 3 de 
Febrero. 

Dedicatoria de Quevedo. 

Pedro Mallard á la Nación española. 

D. Francisco de Quevedo Villegas al pueblo católico cristiano en la 
obediencia de la santa Iglesia de Roma. 

Carta de la Congregación general del Clero de Francia á la Santidad 
de Urbano octavo. 

Prefacio. Amigo lector, ruegote leas este prefacio, por tu satisfacción y 
la mia. 

Tabla. 

Lámina de San Francisco de Sales. 

Colofón: En Madrid, En la Imprenta Real. Año M.DC.XXXITII. 

193 fojas: de ellas I2 son de preliminares y 2 de la portada y lá- 
mina. 

16.° Edición original. 

§§ 1646 i6¡S en colección. 1726 



1635 

54. El Romulo del Marques Virgilio Maluezzi. 

Traduzido de Italiano por don Francisco de Queuedo Ville- 
gas Cauallero del Abito de Santiago, señor de la villa de luán 
Abad. 

Al Excelentissimo señor don Juan Luis de la Cerda, Duque 
de Medinaceli, Marques de Cogolludo, Conde de la ciudad, y 
gran Puerto de Santa Maria, Marques de Alcalá, Señor de las 
villas de Deza, Enciso, y Lobo, y las demás de sus Estados, y 
Señorios, Comendador de la Moraleza, del Drdé, y Caualleria de 
Alcántara, etc. 

Con licencia, En Madrid, Por Maria de Quiñones, Año de 
1635. -^ costa de Pedro Coello mercader de libros. 

Tassa. 6 de setiembre de 1635. 
Fe de erratas. 4 de setiembre. 
Suma de licencia á Quevedo. 23 de agosto. 

Aprobación de Fr. Juan Maldonado. Pamplona 20 de julio de 1632. 
Á pocos D. Francisco de Quevedo Villegas. 
Jvycio del doctor Gerónimo Antonio Palles. 
Dedicatoria. Madrid 2 de setiembre de 1631. 
El impresor. 

En dos ejemplares que he visto se halla antes del texto una hoja corta- 
da. Supongo que será de un retrato de Quevedo hecho por Noort. 
(108 fojas en 16.») 

55. § Carta al Serenissimo, mvy alto, y mvy poderoso Lvis 
XIII. Rey Christianissimo de Francia. 

Escrivela á su Magestad Christianissima don Francisco de 



428 Ediciones 



Quevedo Villegas, Cavallero del Habito de San Jacobo, y Señor 
de la villa de la Torre de luán Abad. 

En razón de las nefandas acciones, y sacrilegios execrables 
que cometió contra el derecho divino, y humano en la Villa de 
Tillimon en Flandes Mos de Xatillon Vgonote, con el exercito 
descomulgado de Franceses Hereges. Año 1635. 

Con licencia. En Madrid, Por la viuda de Alonso Martin. 

No tiene preliminares. 

Colofón: Con licencia. — En Madrid por la viuda de Alonso Martín, 
Año 1635. 

(Edición original, en 4.° mayor, papel excelente.) 

§§ 1635. 4 veces. 

En colección desde 1650. 

56. Carta al Serenissimo, mvy alto, y mvy poderoso Lvis XIII. 
Rey Christianissimo de Francia. 

Escrivela á su Magestad Cristianissima don... 

En razón de las nefandas acciones, y sacrilegios execrables 
que cometió contra el derecho divino, y humano en la Villa de 
Tillimon en Flandes Mos de Xatillon Vgonote, con el exercito 
descomulgado de Franceses Hereges. Año 1635. 

Con licencia. En Madrid, Por la viuda de Alonso Martin. — 
A costa de Pedro de Valbuena, mercader de libros. 

A quien leyere. 

Tasa: 6 de otubre de 1635. 

(28 fojas en 4." recortado: 2.* edición.) 

57. Carta al Serenissimo, mvy Alto y mvy Poderoso Luys 
XIII, Rey Christianissimo de Francia. 

Escrivela á sv Magestad Christianissima Don Francisco de 
Qvevedo Villegas, Catiallero del Avito de S. lacobo, y Señor de 
la Villa de la Torre de luán Abad. 

En razón de las nefandas acciones, y sacrilegios execrables 
que cometió contra el derecho üiuino, y humano en la Villa de 
Tillimon en Flandes Mos de Xatillon Vgonote, con el exercito 
descomulgado de Franceses Hereges. 

Con licencia. En Barcelona, Por Pedro Lacavallería, en la 
Calle de los Libreros, Año 1635. 

Véndese en la mesma Emprenta. (8.° 23 fojas.) ■ 

58. Carta al Serenissimo, muy alto, y muy poderoso Luis 
XIII Rey Christianissimo de Francia. 

Escrivela á su Magestad Christianissima don... 

En razón de las nefandas acciones, y sacrilegios execrables 
que cometió contra el derecho divino, y humano en la villa de 
Tillimon en Flandes Mos de Xatillon Vgonote, con el exercito 
descomulgado de Franceses Hereges. 

Año 1935 {sic). — Con licencia. En ^arago^a, en el Hospital 



Obras de Ouevedo 429 



Real y General de Nuestra Señora de Gracia, A costa de Pedro 
Escuer Mercader de Libros. (4.°.) 

59. Carta al Sereniss.mo, muy alto, y muy poderoso Luis 
XIII Rey Christanissimo de Francia. 

Escrivela á su Magestad Christianissima don... 

En razón de las nefandas acciones, y sacrilegios execrables 
que cometió contra el derecho Divino, y humano en la villa de 
Tillimon en Flandes Mos de Xatillon Vgonote, con el exercito 
descomulgado de Franceses Hereges. 

Año 1635. — Con licencia de los Superiores. — En Barcelona 
en casa de Sebastian y Jayme Matevad Impressor de la ciud. y 
su Vni. delante de la Retoria del Pino. (4.°) 

60. Ivgvetes de la niñez, y travessvras de el Ingenio. — La 
Cvna y sepvltvra para el conocimiento propio, y desengaño de' 
las agenas. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago. 

Corregidas de los descvydos de los trasladadores, y añadidas 
muchas cosas que faltauan, conforme á sus originales, después 
del nueuo Catalogo. 

Año 1635. — Con licencia, En Barcelona, por Lorengo Dev, 
delante el Palacio del Rey. — A costa de Juan Sapera Librero. 

Suma del Priuilegio (á favor de Quevedo): Madrid á 20 de Enero 
1631. 

Suma de la Tassa: 1 7 de Margo de 1631. 
- Fe del Corrector: Madrid á 12 dias del Margo de 1631^ 

Aprobación y Licencia: Barcelona, 31 de Enero 1635. 

Censura del P. M. Fr. Diego de Campo: Madrid en 23 de Agosto de 
1629. 

Licencia del Vicario de Madrid: 28 de agosto 1629. 

Aprobación del Padre Juan Velez Zauala: Madrid, vltimo de Setiem- 
bre 1629. 

Dedicatoria. 

A los que han leído, y leyeren. 

Advertencia de las causas desta impression. Don Alonso Messía de 
Leyua. 

Nota. 

Discvrsos que salen en esta impression, aora añadidos, qtie nunca se 
han iiiipresso: — La Culta Latiniparla, fol. 99. — El libro de todas las cosas, 
y otras muchas mas, fol. 88. — Aguja de navegar cultos, fol. 97. 

Ya Í7iipressos: 

El Sueño de las Calaueras, fol. I. — El Alguazil Alguazilado, fol. 7. — 
Las Zahúrdas de Pluton, fol. 15. — El mundo por de Dentro, fol. 41. — La 
Visita de los Chistes, fol. 53. — El Cauallero de la Tenaza, fol. 80. — El 
Entremetido, y la Dueña, y el Soplón, fol. 105. — El Cuento de Cuentos en- 
tero: ful. 136. 

Tabla de la Cuna, y SepiilUtra. 



430 Ediciones 



La Cuna, y la Sepultura, fol. i. 
Doctrina para morir, fol. 30. 

En la censura del P. Fr. Diego de Campo se citan los discursos por 
este orden; 

La Culta Latiniparla. 

El Cuento de Cuentos. 

El Sueño de las Calaueras. 

La Visita de los Chistes. 

El Entremetido y la Dueña, con la caldera de Pedro Gotero. 

Las Zahúrdas de Pluton. 

El Alguacil Alguacilado. 

El mundo por de dentro. 

El Caballero de la Tenaza) 

(194 fojas en 8.") 

61. Ivgvetes 1 de la niñez, | y travessvras | de el Ingenio. | 
La cvna y sepvltvra para | el conocimiento propio, y desen- 
gaño de las I agenas. Por Don Francisco de Queuedo 1 Villegas, 
Cauallero de la Orden ] de Santiago. | 

Corregidas de los descvydos de | los trasladadores, y añadi- 
das muchas cosas que | faltauan, conforme a sus originales, | des- 
pués del nueuo Catalogo. | 

Año (Un bigote.) 1635. 

Con licencia, | En Barcelona, por Lorent^o Dev, delante j el 
Palacio del Rey. I A costa de Miguel Gracian Librero. 

Suma del Privilegio. Madrid á 20 de Enero 1631. 

Suma de la Tassa. 17 de Margo de 163 1. 

Fe del Corrector. Madrid 12 dias de Margo de 163 I. 

Aprobación y licencia. Sta. Catalina Mártir de Barcelona 31 de Enero 
de 1635. 

Censura del P. M. Fr. Diego de Campo. S. Felipe de Madrid 23 de 
agosto 1629. 

(Licencia del Vicario de Madrid 28 agosto 1629.) 

Aprobación del Padre Juan Velez Zavala. 30 septiembre 1629. 

Dedicatoria. 

A los que han | leído y leyeren. 

Advertencia de las causas desta impresión. 

Estos discursos.... § (Tabla). § El | sueño de las | calaveras.... 

8 hojas de preliminares y 144 de texto los discursos festivos y satírico- 
morales, con las signaturas A primera hasta el cuarto blanco después de S 4. 

La Cuna y la sepiilttira lleva portada y foliación aparte, ocupando una 
hoja los principios y 41 el texto. La signatura comienza en A 2 y concluye 
en la que debió de señalarse F 2. 

194 hojas. En 8." 

Del Sr. D. Pascual de Gayangos. 

62. Ivgvetes de la niñez, y travesvras del Ingenio. De don 
Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la Orden de San- 
tiago. 

Corregidas de los descvidos de los trasladadores, y añadidas 



Obras de Quevedo 431 



muchas cosas que faltauan, conforme á sus originales^ después 
del nucuo Catalogo. 

CViñcta de la envidia mordiendo dos culebras que tiene en la 
mano derecha, mientras con la izquierda aprieta una rama llena 
de espinas. Formóte: «Non, si te rumperis, summa petit invisor.) 

Año 1635. Con licencia, en Barcelona por Pedro Lacaua- 
llería. 

Los principios como el ejemplar anterior, salvo que no tiene ninguna 
aprobación ni licencia fecha en Barcelona. Las páginas á que se refiere el 
índice, las mismas. 

8 fojas de preliminares en 8." 

De la librería del Sr. D. Cayetano Alberto de la Barrera. 

63. Ivgvetes de la niñez, y travessuras de el Ingenio. De Don 
Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la Orden de San- 
tiago. § Corregidas de los descvydos de los trasladadores, y aña- 
didas muchas cosas que faltauan, conforme á sus originales, des- 
pués del nuevo Catálogo. 

Año (Escudo de armas, en el centro de una faja, tendida de 
izquierda á derecha, un caballo á toda carrera; por los lados de la 
banda sendas celadas.) 1635. 

Con licencia. En Barcelona, por Pedro Lacavallería. Y á su 
costa. I Véndense en la misma Imprenta en la Librería. 

Igual al ejemplar anterior en los principios, hasta:) 

Discursos que salen en esta impresión, aora añadidos que nunca se kan 
impreso, lúa. Caldera de Pero Gotero, fol. 125. — La Culta latiniparla, folio 
96. — El libro de todas las cosas, y otras muchas mas, fol. 85. — Aguja de 
nauegar cultos, fol. 94. 

Va Í7)iprescs. 

El .Sueño de las Calaueras, fol. i. — El Alguacil Alguacilado, fol. 7. — 
Las Zahúrdas de Pluton, fol. 14. | El mundo por de Dentro, fol. 39. — La 
Visita de los Chistes, fol. 51. — El Cauallero de la Tenaza, fol. 77. — El 
Entremetido, y la Dueña y el Soplón, fol. loi. — El Cuento de Cuentos 
entero, fol. 131. 

(8 fojas de principios y 140 en otros tantos folios, desde la signatura 
A I, 2, 3, 4 hasta la S 2. en 8.* — Ejemplar de la biblioteca del Sr. Mar- 
qués de Morante.) 

64, La I cvna, y la | sepvltvra, para | el conocimiento pro- 
pio, y de I sengaño de las cosas j agenas. | por don francisco 
de qvevedo | Villegas, Cauallero de la Orden de Santiago, | se- 
ñor de la Villa de la Torre | de luán Abad. ] 

(Un vigote ó mascarón.) 

Con licencia | En Barcelona, Por Lorengo Déu, Año 1635. 

Aprouacion y Licencia: (Barcelona 20 febrero de 1635, y 12 de marzo.) 
Dotrina para morir. | Avtor | .... (30 vuelto.) 
Fin. (42 vuelto.) 



432 Ediciones 



Una hoja de portada y preiimiuares, con las signaturas A 2 hasta el 
blanco después de F. 
42 hojas en 8.» 
Sr. Gayangos. 

65. La Cvna, y | la sepvltvra pa ] ra el conocimiento propio 
y desen | gaño de las cosas agenas. ] 

Por I Don Francisco de Qve | uedo Villegas, Cauallero de la 
Orden | de Santiago, señor de la vi | lia de la Torre de | luán 
Abad. 

(£scudo con ttn perro que en la 7nano tiene una flor de lis. 
Una banda roja horizo7ital parte el escudo. A su pie hay una cifra 




En Valencia por Siluestre Esparsa, a la calle de las Barcas, 
Año 1635. A costa de luán Sanzonio Mercader de libros. 

Aprobación del Maestro Fr. Lamberto Nouella. Valencia 22 de febrero 
de 1635. 

Licencia. 22 marzo. 

A los doctos, modestos y piadosos. 

Prohemio. Al doctíssimo, y reverendissimo Padre Fray Christoual de 
Torres. Madrid 20 de mayo 1633. 

(75 fojas en 8.°) 

66. § Epicteto, y Phocilides en español con consonantes. 
Con el origen de los Estoicos, y su defensa contra Plutarco, y 
la defensa de Epicuro, contra la común opinión. 

Autor Don Francisco de Quevedo Villegas Cavallero de la 
Orden de Santiago, Señor de la villa de la Torre de luan-Abad. 

A Don Jvan de Herrera su amigo, Cavallero del Abito de 
Santiago, Cavallerizo del excelentissimo señor Conde Duque, y 
Capitán de cavallos. 

A costa de Pedro Coello Mercader de Libros. 

(Colofón.) Con licencia, en Madrid Por Maria de Quiñones. 
Año M.DC.XXXV. 

Precede al libro una lámina de Juan de Noort (grabada con punta muy 
fina) que sirve de anteportada. En cada esquina hay un medallón con re- 
trato, de los cuales el primero representa el busto de Cleathes (Cleantes), 
cuyo nombre se lee sobre la cabeza; el segundo el de Zeno; el tercero el 
de Séneca; y el último el de Sócrates. Tiene el cuadro en su centro un gue- 
rrero con lanza en la mano izquierda, y gran escudo en la derecha, en 
cuya área se lee: 

Epicteto 
spañol en verso 
con consonantes 



Obras de Quevedo 433 



del orixinal 
mas bien 
correxido. 
Debajo del escudo, en un pedestal hay escrito: 
Por D. Francisco de 
Quevedo Villegas 
Cauallero de S. Tiago 
Señor de la Torre 
de Tnan 
Abad. 
Distingüese por cima del escudo á Epícteto, con su famoso candil y 
un libro donde está grabado su nombre. 

En un cielo estrellado que domina toda la parte superior de la estampa 
se columbra muy pequeña la figura de Job, según reza el letrero, de la que 
desciende hasta la cabeza de Epícteto una ráfaga de luz. 

A la izquierda de la lámina descuella Hércules con la clava, en acti- 
tud de hablar con aquel filósofo; y al lado opuesto, Ulises en ademán de 
oir. Tiene un palo al hombro, de donde pende un saco; y el nombre del 
héroe griego se halla por cenefa de su clámide. 
Remisión del Vicario: i6 de octubre 1634. 
Aprobación del P. Juan Eusebio Nieremberg: 22, 
Licencia del Vicario: 25. 

Aprobación del Lie. Pedro Blasco Protonotario Apostólico: 24 octubre. 
Privilegio al mismo Quevedo: 17 marzo 1635. 
Fe de erratas: 23 de marzo de 1635. 
Tasa: 30. 

Retrato de Quevedo, hecho también á punta muy fina por el mismo 
Noort. Está dentro de un óvalo formado por una palma y un laurel, y en la 
cinta que engalana la parte superior campa este letrero: 
D. FRAN.» E) QVEDO VILlEGAS 
Debajo, á la derecha del busto, la firma del artífice; en un tarjetón 
al pie: 

OVIDIO 
Déme mihi studium 
Vitae quoque criminina déme. 
Corre por toda la parte inferior un zócalo á cuyos extremos se figura 
de relieve un león y un águila y en medio de ellos una culebra vibrando 
su lengua contra esta inscripción, que resalta en lo alto: Omnia sÍ7ntd. En 
el retrato se ve al poeta en la lozanía de sus jiiveniles años, con el pelo 
corto, laxara más larga de lo que en otros dibujos aparece; sin anteojos; 
pero los ojos entreabiertos y sin animación, como de un corto de vista. 
Quevedo está en jaquetilla acuchillada, y con golilla á lo Felipe IV. 
(143 fojas en 8." recortado.) 

67. Epicteto y Phocilides en español con consonantes. Con 
el origen de los Estoicos, y su defensa contra Plutarco, y la de- 
fensa de Epicuro, contra la común opinión. 

A Don Jvan de Herrera su amigo, Cauallero del Habito de 
Santiago, Cauallerizo del Excelentissimo señor Conde Duque, y 
Capitán de Cauallos. Don Francisco de Quevedo Villegas, Ca- 

55 



434 Ediciones 



uallero de la Orden de Santiago, Señor de la villa y Torre de 
Juan Abad. 

Año 1635.^ — Con licencia y privilegio. — En Barcelona en 
casa de Sebastian y layme Matevad Impressores de la Ciud. y 
su Vniuer. — A costa de Juan Sapera Librero delante la pla^a 
de Santiago. 

Aprobación del Lie. Pedro Blasco: Madrid 24 de octubre 1634. 

— Del P. Luis Zespedes: Barcelona, 27 octubre de 1635. 

Licencia del Vicario: 28 octubre. 

— Del Lugarteniente y Capitán general: 22 noviembre. 

(99 fojas 8.0) 

68. § Carta al Serenissimo, mvy alto, y mvy poderoso Luis 
XIIL Rey Christianissirao de Francia. 

Escrivela á sv Magestad Christianissima don Francisco de 
Qvevedo Villegas, Cauallero del Habito de San lacobo, y Señor 
de la Villa de la Torre de luán Abad. 

En razón de las nefandas acciones, y sacrilegios execrables 
que cometió contra el derecho diuino, y humano en la Villa de 
Tillimon en Flandes Mos de Xatillon Vgonote, con el exército 
descomulgado de Franceses Hereges. Año 1635. 

Con licencia. En Madrid. Por la viuda de Alonso Martin. 

No tiene preliminares. 

Colofón: Con licencia. — En Madrid por la viuda de Alonso Martin, 
Año 1635. 

(Edición original, 28 fojas en 4.» mayor, papel excelente.) 

§§ 1635, 4 vecfes. 

En colección desde 1650. 

1636 

69. (D. Nicolás Antonio habla de una edición del Rómulo, hecha en 
Madrid este año.) 

70. El Romulo, del Marqves Virgilio Malvezzi. 

Traducido de Italiano, por Don Francisco de Queuedo Vi- 
llegas, Cauallero del Abito de Santiago, Señor de la Villa de luán 
Abad. 

Al Excelentissimo Señor Don luán Luis de la Cerda, Duque 
de Medinaceli; Marques de CogoUugo; Códe de la Ciudad y 
gran Puerto de Sata Maria; Marques de Alcalá; Señor de las Vi- 
llas de Deza, Enciso, y Lobon, y las demás de sus Estados, y 
Señorios; Comendador de la Moraleja; del Orden de Alcántara. 

Con licencia, y por su original. En Tortosa, en la Imprenta 
de Francisco Martorell. Año 1636. 

4 fojas de preliminares y 48 de texto en 8." 

Colofón: En Tortosa, en la Imprenta de Francisco Martorell. Año M. 
DC.XXXVI. 



Or.RAS DE QUEVEDO 43 5 



1637 

71. Relación, en | que se declaran las tragas con q | Francia 
ha pretendido, inquie | tar losanimos de los fidelissimos | Fla- 
mencos, á que se rebelassen | contra su Rey, y señor [ natural. | 

Escrivióla Don Francisco de Quebedo. 

(Dos pliegos de impresión, ó sean 8 fojas en 4.°) 

Colofón: Impresso con licencia en Malaga por luán Serrano de Vargas 
año de 1637. 

De la preciosa y riquísima colección de mi bizarro amigo el Sr. D. Pas- 
cual Gayangos. 

1638 

72. § De los remedios de qvalq viera fortuna. Libro de Luzio 
Aneo Séneca, Filosofo Estoico, á Galion — Traduzido por don 
Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero de la Orden de San- 
tiago, Señor de la villa de la Torre de luan-Abad, con adiciones 
suyas en el fin de todos los Capítulos, que sirven de Comenta- 
rio. Dedicado al Excelentissimo señor Duque de Medina-Celi. 
Con privilegio, en Madrid. En la Imprenta de Francisco Marti- 
nez. Año 1638. 

Censura del Licenciado Pedro Blasco... En Madrid á 13. de Setiembre 
de 1637. 

Aprobación del Licenciado Lorengo de Iturrigarra. Fecho en Madrid á 
22 de Setiembre de 1637. 

Aprobación de Don Pedro de Salcedo, Abogado de los Consejos. En 
Madrid á 2 de Octubre 1637. 

Corrección. — Madrid á 15 de Enero de 1638. Licenciado Murcia de la 
Llana. 

Tasa. 

Protesta (de Quevedo). 

Dedicatoria de Quevedo. Madrid, 20. de Mayo 1638. 

Al mas desdichado hombre. 

Juicio deste libro de L. Aneo Séneca cuyo titulo es Dialogo entre el 
Sentido i la Razón. 

Desdichas que consuela Lucio Aneo Séneca. 

Texto. 

Colofón: En Madrid, En la Lnprenta de Francisco Martínez, Año M. 
DC.XXXVIIL 

8.0, 5 hojas preliminares, 38 de texto y una para el colofón. 

§§ 1644 1787 

En colección desde 1648. 

1640 

El inquisidor general D. Antonio de Sotomayor en 30 de junio pu- 
blicó un novísimo índice de libros prohibidos, en el cual se permitió que 
corriesen los siguientes de Quevedo sin necesidad de ser expurgados. Fué 
autor de esta obra el Padre Juan de Pineda. 



436 Ediciones 



Política de Dios, gobierno de Cristo. Estampado en Madrid por la viuda 
de Alonso Martín. 

Vida de Santo Tomas de Villanjieva: de cualquiera impresión. 

La Defensa del patronato de Santiago. 

Juguetes de la niñez. Madrid 1629. 

La Cima y la Sepultura. 

La Traducción de Epicteto y Focilides en castellano, impresa en Madrid. 

La Traducción del Rómulo. 

La Traducción de la vida devota de San Francisco de Sales. 

El Conocitniento propio. 

Consolación de Setieca á Galion. 

«Todos los demás libros y tratados impresos y manuscritos que corren 
en nombre de dicho autor, se prohiben: lo cual ha pedido por su particular 
petición, DO reconociéndolos por propios.» Pág. 425. 

1641 

73. Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio. 

Por Don Francisco de Quevedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago. 

Corregidas de los descuidos de los trasladad ores, y añadidas 
muchas cosas que faltaban, conforme á sus originales, después 
del nuevo Catalogo. 

Con licencia. — En Seuilla, Por Francisco de Lira, en la Calle 
de la Sierpe. Año 1641. 

Los preliminares, menos la Aprobación y licencia de Barcelona, fecha 
31 de enero de 1631, iguales en un todo á la edición de Lorenzo Deu, y 
exactísimo el índice hasta en los folios, lo que prueba que se hizo á plana 
renglón la impresión de Lira con la de Deu. 

Sin embargo, puede también haberse hecho sobre la de Sevilla de 1634. 

Los discursos que la censura de Fr, Diego del Campo señala, son los 
siguientes, con este orden: 

El Sueño de las Calaveras. 

El Alguacil Alguacilado. 

Las Zahúrdas de Pluton. 

El mundo por de dentro. 

La Visita de los Chistes. 

El Cauallero de la Tenaza. 

El libro de todas las cosas, y otras muchas más. 

La Culta Latiniparla. 

La Aguja de navegar cultos. 
. El Entremetido y la Dueña y el Soplón. 

El Cuento de Cuentos. 

74. Politica de dios, govierno de Christo, tirania de Satanás, 
Escrivelo con las plumas de los Evangelistas, don Francisco 

de Quevedo Villegas, cauallero de la orden de Santiago y señor 
de la villa de Juan Abad. 

Al conde duque, gran canciller &:c. 

En Madrid, por Juan Sánchez, año de 1641. S.° 



Obras de Quevedo 437 



75. Proclamación ó aclamación á la Magestad de Felipe IV 
Rey de Castilla. 

Por D. Francisco de Quevedo^ Caballero &. 
Barcelona, Matevat, 1641. 
4.°, 4 hojas. 
Empieza: 

Católica, sacra, real Magestad 

1644 

76. § Primera parte de la vida de Marco Brvto. 

Escriuiola por el Texto de Plutarco, ponderada con Discur- 
sos, Don Francisco de Qveuedo Villegas, Cauallero de la Orden 
de Santiago, señor de la Villa de la Torre de Juan Abad. 

Dedicada al Excelentmo. Señor Duque del Infantado. 19. 

Año 1644. Con licencia En Madrid, Por Diego Diaz de la 
Carrera. A costa de Pedro Coello Mercader de Libros. 

Precede una lámina de Juan de Noort, que sirve de anteportada, en 
donde se ve á Julio César herido y á Antonio mostrando su túnica. La me- 
dalla de Bruto por anverso y reverso completa la orla. En el centro se lee: 

M. Bruto. Escrivele por el Texto de Plvtarco D. Freo, de 
Queuedo Villegas Cau.° del Abito de Santiago, y S.°'^ de la To- 
rre de Joan Abad. — Con Privilegio en Madrid por Diego Diez 
de la Carrera Año de 1644. — A costa de Pedro Coello. 

Dedicatoria al Duque: 4 de agosto de 1644. 

Privilegio, á favor de Quevedo: Fraga, 19 de julio 1644. 

Tasa. 1 1 de agosto 1644. 

Fee de Erratas: Madrid 8 de agosto de 1644. " 

Aprobación del Dr. D. Diego de Córdoba. Madrid 16 de junio de 1644. 

Licencia del ordinario. Id. id. 

Aprobación del Magistral de Toledo D. Antonio Calderón. 22 de ju- 
nio 1644. 

Juicio que de Marco Bruto hicieron los autores en sus obras. 

De la medalla de Bruto y de su reverso. 

A quien leyere. 

(Con la del colofón 153 fojas en 8," Edición príncipe.) 

§§ 1645 1648 1660 1669 

En colección desde 1649. 

77. § * La cayda para levantarse: El ciego para dar vista. 
El montante de la Iglesia, en la Vida de San Pablo apóstol. 

Escrive. Don Francisco de Quevedo Villegas 

Madrid. Diego Diaz de la Carrera. 1644. (Edición original, 
en 8.°) 

§§ En colección desde 1649. 

78. * (Hay nota en algunos índices de una impresión de este año 
De los remedios de qualquier fortuna.) 



438 Ediciones 



1645 

79. M. Brvto Escrivele por el Texto de Plvtarco D. FyS° de 
Queuedo. Villegas Cau.° del Abito de Santiago, y 8.°'' de la To- 
rre de Joan Abad. 

(La anteportada grabada en cobre con medallas y figuras del 
ejemplar de 1644.) 

Primera parte de la Vida de Marco Brvto. Escriuiola por el 
Texto de Plutarco, ponderada con Discursos, Don Francisco de 
Qvevedo Villegas, Cauallero de la Orden de Santiago, señor de 
la Villa de la Torre de luán Abad. 

Dedicada al Excelent^o Señor Duque del Infantado. 

Segvnda impression. — 18 — Año — 1645 — Con licencia En 
Madrid, Por Diego Diaz de la Carrera. — A costa de Pedro Coe- 
11o Mercader de Libros. 

Dedicatoria: Madrid 4 agosto 1644. 

Privilegio: 19 julio. 

Tasa: 1 1 agosto. 

Erratas: 24 diciembre 1644. 

Aprobación del Dr. D. Diego de Córdoba: 16 julio. 

Licencia del ordinario: 16. 

Aprobación del Dr. D. Antonio Calderón, Canónigo de la Santa Igle- 
sia de Toledo. Madrid, 22 junio 1644. 

17 fojas de principios, y 128 de texto. 

Según carta del autor que puede verse en el Epistolario , estaba ya con- 
cluida esta edición á fines de enero de 1645. 

1646 

80. Entremés ] famoso | El Marión. ] De Don Francisco de 
Qvevedo. | Primera y segunda parte. \ 

Impreso en Cádiz, por Francisco luán de ] Velazco, en la 
plaga entre los Escrivanos. ] Año de mil y seyscientos y qua- 
renta y seys. 

Oh calles, cuyas piedras son diamantes. 
Al fin: 

Letra entre un Galán y una dama. 

G. si queréis alma, Leonor, 

daros el alma confío. 
D. Jesús qué gran desvarío, 

dinero sera mejor. 

81. Las 1 obras | qve escrivio | Don Francisco de | Qvevedo 
y Villegas, ] Cavallero ] del | abito de Santiago, | Y Señor de la 
Villa de | luán Abad. ] Para | introdvzir | a vn católico á | vna 
perfecta ] Vida, y vna perfecta | muerte. 

(Portada.) Introdvccion ] á la vida devota, | Que escriuio en 
lengua Francesa | El Bienauenturado Francisco de Sales, | Prin- 



i 



Obras de Quevedo 439 



cipe, y obispo de Colonia de los I Alobroges, o Ginebra. | Y 
traduxo en la Castellana | Don Francisco de Qvevedo ] Y Ville- 
gas, Cauallero del Orden de Santiago, | Dedicada | A la Señora 
doña Catalina de | Salzedo y Tapia. \ (Un muy gracioso escudo 
sostenido por dos genios, del buril de Juan de Noorí.) — Con li- 
cenc. En Madrid. Por Melchor Sánchez | Año A costa de To- 
mas Alfay 1646. 

Dedicatoria de Tomas de Alfay. noviembre de 1646. 

Licencia al mismo: 18 de septiembre. 

Erratas. 19 noviembre. 

Tasa: idem. 

Aprovaciones: del lic.do Blasco, por el Vicario; y de fr. Mateo de la 
Natividad por el Consejo. 

Don Francisco de Qvevedo Villegas. Al Pueblo Católico Chrlstiano. 
. Carta de la Congregación general del Clero de Francia. 

Prefacio. 

Tabla. 

16 fojas de preliminares, y después 1S8 con 376 páginas en 8.» 

En seguida, con numeración distinta: 

(Portada.) La \ Cvna y | y la Sepvltvra | para el conoci- 
miento I propio, y desengaño de | las cosas agenas. | Por | Don 
Francisco de Queuedo Villegas, | Cauallero de la Orden de 
San I tiago, señor de la villa de | la Torre de luán | Abad. | En 
Madrid, En la Imprenta de Melchor j Sánchez. Año 1646. | A 
costa de Tomas de Alfay, merca | der de libros. 

Al respaldo comienza la obra, sin preliminares ningunos. 

(48 fojas en 96 páginas.) 

Todo el libro tiene 252 fojas en 8." 

1647 

82. * Politica de Dios y Govierno de Christo. 

Por Don Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago, señor de la Villa de la Torre de luán Abad. 
Varsoviae, In Officina Petri Elert S. R. M. Typographi, Anno 
Domini, 1647. (En 8.°) 

Reimpresión de la de Madrid de 1626. 

Nota del Sr. D. Francisco González de Vera. 

1648 

83. * (Hállase en algunos catálogos una reimpresión de este año del 
Romulo.) 

(Tal vez sea el ejemplar de Lisboa que citamos en la sección que inti- 
tulo Colecciones de obras de diversos autores donde se hallatt poesías y escri- 
tos de Quevedo.) 

84. Primera parte de la vida de Marco Brvto. 



440 Ediciones 



Escriviola por el Texto de Plutarco, ponderada con Discur- 
sos, Don Francisco de Qvevedo Villegas, Cavallero de la Orden 
de Santiago señor de la Villa de la Torre de luán Abad. 

Dedicada al Excelentissimo Señor Duque del Infantado. 

Segunda impression. i8. Año 1648. 

Con licencia. En Madrid, por Diego Diaz de la Carrera. A 
costa de Pedro Coello Mercader de Libros. 

Los mismos preliminares que la primera edición. 

Fáltale al fin el parrafillo 'fReconozco que debo á Quinto Curcios.., 

Y concluye, como así también la otra, con la 

«Protestación. — Todo lo contenido en este libro sugeto á la censura 
da la Santa Catholica Iglesia Romana, y de sus Ministros, con obediencia 
rendida. Madrid primero de abril de mil y seiscientos y quarenta y quatro, 
Don Francisco de Quevedo Villegas.» 

(144 fojas en 8.") 

85. § Enseñanza entretenida, ¡ i donairosa moralidad, | Com- 
prehendida | En el Archivo ingenioso de las Obras | escritas en 
Prosa 1 de don Francisco de Qvevedo Villegas, | Caballero de 
la Orden de Santiago, j i Señor de la villa de la torre de Ivan 
Abad. 

Contienense juntas en este Tomo las que sparcidas en dif- 
fe I rentes Libros hasta ahora se han | impresso. 

En Madrid, | Lo imprimió En sv officina Diego Diaz [ de la 
Carrera, I Año M.DC.XLVIIL ] —A costa de Pedro Coello Mer- 
cader I de Libros. 

Esta edición es muy interesante por ser la primera en que se reunieron 
las obras sueltas en prosa de Quevedo, con menos alteraciones que en las 
anteriores, y por contener mucho nuevo. 

Escudo grabado en cobre. 

Dedicatoria importante del librero á Don Pedro Pacheco Girón. 

Aprobaron el P. M. Diego del Carpió y el P. Juan Velez Zavala. 

Licencia; 6 mayo de 1648. 

Tasa: 22 de junio. 

Erratas: 20 id. 

Títulos de las obras contenidas en este tomo: 

La Historia i Vida de el gran Tacaño, dividida en dos Libros: Folio i. 
—El Sueño de las Calaveras: Folio 83. — El Alguacil Alguacilado: Folio 90. 
— Las Zahúrdas de Pluton: Fol. 98.— El Mundo por de dentro: Fol. 1 25.— 
La Visita de los Chistes: Fol. 138.— Cartas de el Caballero de la Tenaga: 
Fol. 167. — Libro de todas las cosas i otras muchas mas: Fol. 175. — Aguja 
de navegar cultos: Fol. 185.— La Culta Latiniparla: Fol. 187.— El Entre- 
metido, la Dueña y el Soplón: Fol. 193.— El Cuento de cuentos: Fol. 227. 
—Casa de los Locos de Amor: Fol. 237. — La premática del tiempo: Fol. 
251. — Govierno superior de Dios i tiranía de Satanás: (correcta y añadida. 
Es la 1.* parte.) Fol. 259.— El Perro y la Calentura: Novela peregrina: 
Fol. 331. — Tira la piedra i esconde la mano: Fol. 351. — Los Remedios de 
qualquier Fortuna: Fol. 369. — Cinco romances burlescos: Fol. 387. — El 
Cabildo de los gatos: Fol. 390.— (Memorial para el Rey año de 1639). 



Obras de Ouevedo 441 



(202 fojas en 4.») 

QuEVEDO había dispuesto, pocos meses antes de su muerte, los mate- 
riales para esta colección, según resulta del Epistolario. 

86. § El Parnasso espaiiol, monte en dos cvmbres dividido, 
con las nveve mvsas castellanas. Donde se contienen Poesias de 
Don Francisco de Qvevedo Villegas, Caballero de la Orden de 
Santiago, i seiior de la villa de la Torre de Ivan Abad: 

Que con Adorno, i Censura, ilustradas, i corregidas, salen 
ahora de la Librería de Don Joseph Antonio González de Salas, 
Caballero de la Orden de Calatraba, i Seiior de la antigua casa 
de los González de Vadiella. 

(Viñeta en plomo, de un libro abierto con este epígrafe: 
Scire tvvm nihil est nisi sciat alter.) 

En Madrid, Lo imprimió En su officina del Libro abierto 
Diego Diaz de la Carrera, Año MDCXLVllL A costa de Pedro 
Coello, Mercader de Libros. 

Symmachianus. (Texto.) 

Dedicatoria al Duque de Medinaceli. 

Nuevos textos. — Un soneto. — Una lámina. 

Prevenciones al lector. 

Censores: D. Pedro de la Escalera Guebara, y el Lie. D. Juan de 
Valdés. — Privilegio á Pedro Coello 10 setiembre 1647. — Tasa 17 junio 
1648. 

Erratas: 13 de junio 1648. 

Tiene siete láminas en cobre, cuya traza dio D. Jusepe Antonio Gon- 
zález de Salas; pero las dibujó todas nuestro gran pintor Alonso Cano. 

Representa la primera el Parnaso dividido en dos cumbres, de donde 
vuela el Pegaso. Vénse al pie las nueve musas y Apolo coronando á Que- 
vedo. En una quiebra y en primer término, recostado un sátiro muestra el 
retrato del poeta. Juan de Noort estropeó lastimosamente el dibujo de Cano 
al pasarlo al bronce; pero tuvo más acierto en la estampa de Melpómene, 

No fué más feliz Hermán Panneels en el grabado de las cuatro musas 
Clio, Polymnia, Erato y Talía; con lo que aburrido el Miguel Ángel espa- 
ñol tomó el buril, y en la figura de Tersícore mostró cómo sabía vencer 
en el palenque de las bellas artes, y que aun en sendas desconocidas era 
superior siempre á los más prácticos en ellas. 

Los belgas Lambert Cause y B. Bernaerts acabaron de dar al traste 
con estos dibujos al refundirlos para la impresión de Amberes de 1699. 

(350 fojas en 4.°; 
§§ 1649 1670 1703 1719 1791 

1650 1699 1713 1720 

1661 1702 1716 1772 

QuEVEDO tenía dispuestos, pocos meses antes de su muerte, los mate- 
riales para esta colección, según resulta del Epistolario. 

87. La Caida para levantarse. El ciego para dar vista. El 
Montante de la Iglesia. En la vida de San Pablo Apóstol. — Es- 
criue Don Francisco Queuedo Villegas. Obra Teóloga, Etica y 

56 



442 Ediciones 



Política. — Al Señor D. Francisco de Faro Conde de Odemira, 
del Consejo de S. Magestad, y Veedor de su Real Hazienda. &c. 
— Emlisboa. Con todas las licencias necessarias. Por Pablo Craes- 
beeck. Año de 1648. 

Licengas. «Lisboa 8 de Dezembro de 1647. Annos. Frey loaó de Vas- 
coDcellos. Pedro da Silua de Faría. — Francisco Cardoso de Torneo — Pan- 
taleaó Rodrigues Pacheco — 

— Pódese imprimir. Lisboa 19. de Outubro de 1647, O Bispo de 
Targa. 

Lisboa 23 de Outubro de 1647 — Ribeiro — 

— Dedicatoria de Craesbeeck. «De mi ofñcina 6 de Margo de 1647 — 

— «De la espada con que degollaron á San Pablo, cuya semejanga en 
pequeño, con toda puntualidad se ve en la efigie del Apóstol que está en 
la estampa, que sirue de fachada á este libro« — 

— «Advertencia» 
— Texto — 

12." con 12 hojas preliminares y 227 págs. 



1649 

88. * La Cuna y la sepultura para el conocimiento propio y 
desengaño de las cosas agenas. 

Madrid. Melchor Sánchez. 1649. (En 8.°) 
Nota del Sr. Duran. 

89. § * Primera parte de las obras en prosa de Don Fran- 
cisco de Quevedo y Villegas. 

Madrid: á costa de Pedro Coello. 1649. 

Contiene: 

El Sueño de las Calaveras. — El Alguacil alguacilado. — Las Zahúrdas 
de Pluton. — El Mundo por de dentro. — Historia y vida del Gran tacaño. 
— Visita de los Chistes. — Cartas del Cavallero de la tenaza. — Libro de to- 
das las cosas. — La culta Latiniparla. — El Entremetido, la Dueña y el So- 
plón.— Cuento de cuentos. — Casa de los locos de amor. — Premática del 
Tiempo. — Carta de las calidades de un casamiento. — Carta del viage de 
Andalucía. — Vida de Marco Bruto. — El Rómulo. — Carta á Luis XIII. — 
Tira la piedra. — Vida de San Pablo. — Vida de Fr. Tomas de Villanueva. 
— Memorial por el Patronato de Santiago. — La Cuna y la Sepoltura. — Doc- 
trina para morir. — Remedios de qualquier fortuna. 

§§ 1653 1687 1713 1724 1791 

165S 1702 1719 1729 

1664 1703 1720 1772 

90. El Parnasso español, Monte en dos cumbres dividido, 
con las nueve musas castellanas. 

Donde se contienen poesias de Don Francisco de Queuedo 
Villegas, Caballero de la Orden de Santiago, i señor de la villa 
de la Torre de luán Abad. 



OliRAS DE OUEVEDO 443 



Que con adorno y censura ilustradas, y corregidas salen aho- 
ra de la librería de D. Joseph Antonio González de Salas. 
Zaragoza: Hospital Real. 1649. (4.°) 

1650 

91. § La fortuna con seso, i la hora de todos, fantasía moral. 
Autor Rifroscrancot Viveque Vasgel Duacense. 
Traducido de Latin en Español por Don Estevan Plvvianes 

del Padrón, Natural de la villa de Cuerva Pilona. 

A Don Vicencio Juan de Lastanosa. 

Con licencia: En Zaragoza, por los herederos de Pedro La- 
naja, i Lamarca. Año 1650. A costa de Roberto de Vport, Mer- 
cader de Libros. 

Licencia: 9 de marzo 1650. 

Censura del Dr. Juan Francisco Andrés, cronista del reino de Aragón: 
13 marzo. 

Dedicatoria del librero Roberto de Vport, 18 abril. 

(22S páginas con los preliminares en 8.^ Edición príncipe.) 

§§ 1 65 1. 

92 §. (Es de suponer que en este mismo año, á costa del librero Coe- 
11o y en la imprenta de Melchor Sánchez, se imprimiese la Parte segunda 
de las obras en prosa, en cuyo caso esta colección debe ser reputada por 
matriz de las de 

§§ 1658 1702 1719 1724 1772 

1664 1703 1720 1729 1791) 

1687 1713 

92. § Todas las obras en prosa de D. Francisco de Qvevedo 
Villegas, Cavallero del Orden de Santiago. (Satíricas, políticas, 
devotas) Corregidas, y de nuevo añadidas. 

A Don Pedro Sarmiento de Mendoza, Conde de Rivadauia, 
Adelantado de Galicia, de la Orden de Calatraua. 

Año (U71 escudo grabado.) 1650. Con Priuilegio, en Madrid 
por Diego Diaz de la Carrera. — A costa de Tomas Alfai merca- 
der de libros. 

Dedicatoria del librero, 

Titvlos de las obras contenidas en este libro: 

La historia y vida de Marco Bruto. — Suasorias por Cicerón. — Política 
de Dios y gouierno de Cristo. (La primera parte completa, como en 1648.) 
— Tira la piedra y esconde la mano. — Carta á Luis XIII de Francia. — 
El Romulo. — Titvlos de las obras que ay en el tomo que prosigue: La his- 
toria y vida del gran Tacaño. — El Sueño de las Calaueras. — El Alguacil 
Alguaciiado. — Las Zahúrdas de Pluton. — El Mundo por de dentro. — Visita 
de los Chistes. — Cartas del Cauallero de la Tenaza. — Libro de todas las 
cosas, y otras muchas mas. — La Culta Latiniparla. — El Entremetido, y la 
Dueña y el Soplón. — Cuento de Cuentos.— Casa de los Locos de Amor. 
— Vida de S, Pablo. — De los Remedios de qualquier fortuna. — Epítome 



444 Ediciones 



de la vida de Santo Tomas de Villanueva. — La Cuna y la Sepoltura. — Doc- 
trina para morir. — La Defensa de la Orden de Santiago. — Carta de las ca- 
lidades de un casamiento. — Carta del viaje del Rey nuestro señor á Anda- 
lucía. 

Aprobación del Dr. D. Antonio Calderón. (La estampada en el M. 
Bruto 1644.) 

Aprobación del Dr. D. Diego de Córdoba. (Lo mismo, sustituyendo al 
título Vida de Marco Bruto el de Obras varias.) 

Licencia del Ordinario: 16 de junio de 1644. 

Suma del privilegio (A Pedro Cuello: 17 de diciembre de 1648). 

Fee del corrector (8 de febrero de 1650). 

Tassa. 1 1 de Agosto de 1744. 

(389 fojas en 4." Edición hermosísima; papel excelente.) 

QuEVEDO tenía dispuestos, pocos meses antes de su muerte, los mate- 
riales para esta colección, según resulta del Epistolario. 

93. § El Parnaso español. Musas castellanas. 
Corregidas y enmendadas de nuevo en esta impression por 

el Doctor Amuso Cultifragio, Académico Ocioso de Lobaina. 

Madrid; por Diego Diaz de la Carrera. 1650. 

Es desgraciadamente manuscrita la portada en el hermosísimo ejemplar 
que he manejado. Le han sido también arrancadas las láminas. 
§§. 1659 1660 1664 1668 1724 1729 

1651 

94. La Hora. 

Escrivióla nvestro gran español Don Francisco de Qvevedo. 
Con este títvlo. La Fortvna con seso, y la Hora de todos, phan- 
tasia moral.- — Avtor Rifroscrancot Viveque Vasgel Duacense. 
Traduzido de Latin, en Español. Por Don Estevan Plvvianes del 
Padrón, natural de la Villa de Cuerva- Pilona. 

Dedicado al Excelentissimo Señor, Marques de Mortara, etc. 

Con licencia: En Zaragoza, por luán de Ybar. — Año 165 1. 
— A costa de Pedro Escuer, Mercader de Libros, 

Licencia: Zaragoza 9 de marzo 1650. 

Censura del dotor Jvan Francisco Andrés, cronista del reyno de Ara- 
gón; 13 de marzo. 
Licencia. 

Dedicatoria de Pedro Escuer: 23 de Enero 165 1. 
(i 14 fojas en 8.°) 

95. § Virtvd militante, contra las qvatro pestes del mvndo, 
Embidia, Ingratitvd, Sobervia, i Avaricia, con la qvatro fantas- 
mas Desprecio de la Muerte, Vida, Pobreza, i Enfermedad. 

Avtor Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero de la 
Orden de Sant-Iago, I Señor de la Villa de la Torre de Juan 
Abad. 

Dedicada Al Señor Don Gregorio de Tapia, i Salcedo^ Ca- 
vallero del Orden de Sant-Iago, i Fiscal de su Magestad. 



Obras de Quevedo 445 



Con licencia, i Privilegio, En Zarago^^a, por los herederos de 
Pedro Lanaja, Imprcssores del Reino de Aragón, año 1651. A 
costa de Roberto Duport, Mercader de libros. (8.°) 

Licencia. Zaragoza. 6 de mayo 1651. 

Aprobación de Fray Bartolomé Foyas. Zaragoza. 16 de mayo de 1651. 

Privilegio á Duport del virrey de Aragón, conde de Lemos. Zaragoza 
á 23 de mayo de 1651. 

La Dedicatoria es de Roberto Duport. Zaragoza, julio 12 de 1651. 

Erratas. 

En la página 325 se halla el discurso intitulado: Afecto fervoroso del 
alma agonizante, con las siete palabras que dixo Christo en la Cruz, que 
ocupa dos fojas. 

(i68 fojas en 8." Cuatro los principios y 164 el texto en 328 páginas 
hasta la signatura X 2.) 

1653 

96. Obras en prosa de D. Francisco de Qvevedo Villegas, 
cavallero de la Orden de Santiago^ señor de la Torre de luán 
Abad, 

dedicadas Al Excelentissimo señor Duque de Medina-Celi, y 

de Alcalá, &c. 

CEn el escudo de La Cerda Uses, castillos y leones.') 

Con privilegio: En Madrid. Por Diego Diaz de la Carrera 

Impressor del Reyno, Año de M.DC.LIII. A costa de Pedro 

Coello Mercader de libros. 

Dedicatoria. 

Censores deste libro: 22 de junio de 1644. 
- Licencia del ordinario: 16. 

Suma del privilegio: 17 de diciembre de 1648. 
Tasa: 11 agosto 1649. 

Erratas (de) este libro intitulado Todas las obras divinas y hutnanas 
en prosa de D. Fran.co de Quevedo. i." octubre 1653. 
índice. 
(344 fojas en 4.0) 

1655 

97. § Politica de Dios, i Govierno de Xpo; sacada De La 
Sagrada Escritvra Para acierto de Rey i Reino en svs acciones: 

Por Don Francisco De Quevedo Villegas, Caballero de la 
Orden de Santiago, Señor de la Torre de loan Abad. 

Marcos de O Orozco sculp. 

A expensar {sic) de Pedro Coello, en Madrid Año de 1655. 

(Todo en un grabado de Marcos de Orozco, que representa 
una musa apoyada en tina lápida dotide está la hiscripción y el re- 
trato del autor, debajo del cual se lee Marcos de O Orozco sculp. 
A su pie se ven esparcidos varios instrumentos músicos, y hay una 
cabra. Detrás el alcázar de Madrid. 



446 Ediciones 



Tiene el libro su anteportada con este rótulo: Política de Dios 
y govierno de Cristo nvestro Señor.) 

Dedicatoria del Librero al duque de Medina Zélin. 

Censura de D. Pedro Ruiz de la Escalera. Madrid i." septiembre 1655. 

Censura del RR. Padre Gerónimo Pardo. Madrid 20 junio 1652. 

Licencia. 7 setiembre 1654. 

Tasa. 7 octubre 1655. 

Erratas. I.° octubre 1655. 

Tabla. 

Elogios. 

Dedicatoria al Pontífice Alejandro Vil. 

A los doctores sin luz. 

Textos. 

A D. Felipe IV deste augusto nombre. 

Parte primera. 

(Es la i.^ edición completa de la Política. 201 fojas en 4.°) 

1657 

98. Enseñanza entretenida y donairosa moralidad, compre- 
hendida en el archivo ingenioso de las Obras escritas en Prosa 
de don Francisco de Qvevedo Villegas Cauallero de la Orden 
de Santiago, y Señor de la Villa de la Torre de luán Abad. Con- 
tienense juntas en este Tomo, las que sparcidas en differentes Li- 
bros hasta aora se han impresso. 

Ofrecidas a Pedro Severim de Noronha. — En Lisboa. Con 
todas las licencias necessarias. En la Imprenta de Pablo Craes- 
beeck, y á su costa, — Año de 1657. 

Dedicatoria. 

Títulos de las Obras contenidas en este Tomo. — El contenido es el 
mismo que el de la edición de Madrid de 1648 por Diego Díaz de la Ca- 
rrera hasta los Remedios de cualquier fortuna. Después, en vez de los escri- 
tos contenidos en aquélla, incluye la Vida de Marco Bruto y la de Sa?i 
Pablo Apóstol. 

Licengas: «Em S. Domingos de Lisboa á 1 1 de Dezembro de 1653. 
Fr. Agostinho de Cordes.» 

— «En S. Francisco da Cidade 21. de Setembro de 1653. — Fr. Manuel 
da Visitagaó, Lente de Prima. 

— Lisboa 23 de Dezembro de 1653. Pedro da Silva de Faría. — Fr.co 
Cardoso de Torneo. — Pantaleaó Rodrigues Pacheco. — Diogo de Sousa. — 
Fray Pedro de Magalhaés. 

«Pódese imprimir. Lisboa 4. de Margo de 1654. — O Bispo de Targa. 

Correctores. — Lisboa 15 Junho 1657. 

Tasa. — 16 Junho de 1657. 

4." 405 págs. hasta la Vida de Marco Bruto y con la misma pagina- 
ción ésta hasta la pág. 483, y con nueva paginación la Vida de S. Pablo, 
que tiene 92. — 4 hojas más de preliminares. 

1658 

99. Parte primera de las Obras en prosa de Don Francisco 



Obras de Quevedo 447 



de Qvevedo Villegas, Cavallero de la Orden de Santiago, señor 
de la Torre de luán Abad. 

Debaxo de la protección del Kxcelentissimo Señor Duque 
de Medina Celi, y de Alcalá, etc. 

Con privilegio En Madrid: Por Melchor Sánchez. Año de 
1658. A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de libros, fron- 
tero de S. Felipe. 

Dedicatoria. 

Censores desta primera parte: D. Diego de Córdoba, Capellán Real de 
Toledo, y el Dr. D. Antonio Calderón, electo Arzobispo de Granada. 22 
de junio 1644. 

Licencia del ordinario para imprimir el libro que ha escrito don Fran-' 
cisco de Qiteuedo, Cauallero de la Orden de Santiago, intitulado OBRAS 
VARIAS, Primera parte. 16 de junio de 1644. 

Privilegio al librero. 17 de junio de 1657. 

Suma de la Tassa. 

Fee del corrector. 14 de noviembre de 1658. 

índice: El Sueño de las Calaveras. — E! Alguacil Alguacilado. — Las 
Zahúrdas de Pluton. — El mundo por de dentro. — Historia y vida del gran 
Tacaño. — ^^Visita de los Chistes. — Cartas del Cauallero de la Tenaza. — 
Libro de todas las cosas y otras muchas mas. — La Culta Latiniparla. — El 
Entremetido, la Dueña y el Soplón.— Cuento de cuentos. — Casa de los 
locos de amor. — Premática del Tiempo. — Carta de las calidades de un ca- 
samiento. — Carta de lo que sucedió en el viage que el Rey nuestro señor 
hizo al Andaluzía. — Vida de Marco Bruto. — E! Romulo. — Carta á Luis XIII 
rey de Francia. — Tira la piedra. — Vida de S. Pablo apóstol. — Vida del B. 
Fr. Tomás de Villanueva. — Memorial por el patronato de Santiago. 

(308 fojas en 4.") 

ICO. Parte segvnda de las Obras en prosa de Don Francisco 
de Qvevedo Villegas, Cauallero de la Orden de Santiago, señor 
de la Torre de Juan Abad. 

Debajo de la protección del Kxcelentissimo señor Don An- 
tonio luán Luis de la Cerda, Duque de Medina Celi, y de Alca- 
lá, Conde de la Ciudad y gran Puerto de Santa Maria, Marques 
de Alcalá, y Cogolludo, Señor dé Lobon, Deza, y Enciso, Capi- 
tán General del mar Océano, y Costas de Andaluzía, Comenda- 
dor de la Moraleja, del Abito de Alcántara, etc. 

Con Privilegio En Madrid: Por Melchor Sánchez. Año de 
1658. — A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de libros, fron- 
tero de S. Felipe. 

Censores desta segunda parte por el Consejo y el Vicario: D. Pedro 
Blasco protonotario apostólico, y el P. Juan Eusebio Nieremberg y el P. 
Fr. Bartolomé Foyas. 

Privilegio al librero, 17 de junio de 1657. 

Tassa. 

Fee del corrector: 14 de noviembre de 1658. 

índice. — La cuna y la sepoltura. — Doctrina para morir. — De los Re- 
medios de cualquier fortuna. — Introducción á la vida devota. — Virtud mi- 



448 Ediciones 



litaute -contra las cuatro pestes del mundo. — Fortuna con seso. — Hora de 
todos. — Epíteto y Phocilides en español. 
(318 fojas en 4.°) 

§§ 1664 1703 1 7 19 1724 1712 
1687 1713 1720 1729 1791 
1702 

1659 

10 1. El Parnasso español y Musas castellanas de Don Fran- 
cisco de Qvevedo Villegas, Caballero de la Orden de Santiago, 
Señor de la Villa de la Torre de Ivan Abad. 

Corregidas, i enmendadas De nuevo en esta impression, por 
el Doctor Amuso Cultifragio, Académico ocioso de Lobaina. — 
Plieg. 66. 

Con licencia En Madrid, Por Pablo de Val. Año de M.DC. 
LIX. — A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de libros. 

Texto de Simmachiano. 

Soneto. 

Lámina. 

Dedicatoria al Duque de Medinaceli por segunda vez. 

Censores: D. Pedro de la Escalera Guevara, y el Lie. D. Juan de 
Valdes. 

Licencia: 6 marzo 1660. 

Tassa. 

Fee de erratas: 3 setieml^re 1660. 

(265 fojas en 4.", inclusas las láminas, retocadas y muy estropeadas.) 

1660 y 1661 

102. * La Fortuna con seso y la Kora de todos. Zaragoza, 
1660. 

(Citado en un índice inglés, impreso en 1S29; pero ¿será errata? Creo 
que sí.) 

103. El Parnasso español, y Mvsas castellanas, de Don Fran- 
cisco de Qvevedo Villegas, Caballero de la Orden de Santiago, 
Señor de la Villa de la Torre de Ivan Abad. 

Corregidas, i enmendadas De nuevo en esta impression, por 
el Doctor Amuso Cultifragio, Académico ocioso de Lobaina. — 
Plieg. 66. 

Con licencia — En Madrid, Por Pablo de Val, — Año de M. 
DC.LX.— A costa de Santiago Martin Redondo, Mercader de 
libros. 

Texto y soneto. 

Dedicatoria del librero al oficial de la secretaría de Nueva España, 
D. Juan Diaz de la Calle. 

Censores: D. P." de la Escalera Guevara y D. Juan de Valdés. 

Licencia: 6 marzo 1660. 



Obras de Quevedo 449 



Tassa: Fee de erratas: 3 setiembre, 1660. 

(265 fojas eu 4." con las láminas retocadas y estropeadísimas.) 

104. Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavalle- 
ro de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de 
luan-Abad. (Primera anteportada.) 

Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero de 
la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de Juan- 
Abad. 

Dedicadas A su Excellencia el Marques de Caracena, etc., 
Gobernador y Capitán general de los Payses Baxos, y Borgoña. 

En Brusselas, Por Francisco Foppens, Impresor y Mercader 
de Libros. M.DC.LX. 

Esta portada es una agradable estampa alegórica, qne representa el 
Parnaso con las musas, Apolo, Minerva, Mercurio y dos sátiros, y en una 
gruta Epícteto, leyendo á la luz de su candil. 

(Segunda anteportada.) 

Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero de 
la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de Juan- 
Abad. Dedicadas al excelent"^" Señor Don Luis de Benavedes, 
Carillo, y Toledo &c. Marques de Caracena &c. Governador y 
Capitán general de los Payses Baxos, &c. Primera parte. 

(Un grabado eti cobre de las armas del Afargues, y d icn lado 
Palas y á otro la Frí/denda, por F. Clointiet y Van Jíeele.) 

En Brusselas, De la Emprenta de Francisco Foppens, Im- 
pressor y Mercader de Libros. M.DC.LXL 

Dedicatoria del librero: Bruselas 7 de diciembre de 1660. 

Prólogo del impresor a! curioso. 

Censores deste libro: D. Diego de Córdoba y el Dr. D, Antonio Cal- 
derón, en 22 de junio de 1644. 

Licencia del ordinario: Madrid, 16 de junio de 1644. 

Suma del privilegio: Bruselas 5 aprilis 1659. 

Retrato de Quevedo por P. Clouwet, copiada la figura del poeta de la 
que se grabó al frente del Epícteto en 1635. 

(355 fojas en folio menor. Impresión lujosísima.) 

§§ 1670 1671 1699 1726 

105. Obras Segunda parte. (Un fénix, con la inscripción 

in omni regione spirat.)— En Bruselas, De la Emprenta de Fran- 
cisco Foppens, Impressor y Mercader de Libros. M.DC.LXL 

(294 fojas.) 

106. Poesias de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cava- 
llero de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de 
Juan-Abad. 

Dedicadas Al Excelentmo. Señor Don Luis de Benavides, 
Carillo y Toledo, etc. Marques de Caracena, etc. Governador 

57 



450 Ediciones 



y Capitán general de los Payses Baxos, etc. (Uti fénix y esta ins- 
cripción: In omni regione spirat.) 

En Brusselas, De la Emprenta de Francisco Foppens, Impres- 
sor y Mercader de Libros. M.DC.LXI. 

Contiene seis musas: y con nueva numeración al fin, y después del ín- 
dice, el Epictcto y Phocilides. (305 fojas en folio menor.) 

107. Epicteto I y | Phocilides | en español | con consonan- 
tes. I Con el origen de los Estoicos, y su | defensa contra Plu- 
tarco, y la de I fensa de Epicuro, contra la | común opinión. | 

Autor Don Francisco de Quevedo Villegas, Caval | lero de 
la Orden de Santiago, Señor de la | Villa de la Torre de Juan- 
Abad. I 

(Un mal grabado en madera.) 

En Brusselas, ¡ De la Emprenta de Francisco Foppens. | M. 
DC.LXI. 

A Don Juan de- Herrera su amigo. (Ocupa 4 hojas del principio.) 

Razón desta traducción. (3 hojas.) 

Soneto sobre estas palabras: Plue yupitcr sitpcr me calamitatcs. 

Prevención á la pruralidad de los Dioses. (Hoja y media.) 

Vida de Epicteto Filosofo estoico. (Dos hojas.) 

(Sigue la IDoctrina con 234 páginas.) 

(Un volumen en 12.") 

1662 

108. Política de Dios, y govierno de Christo; sacada de la 
Sagrada Escritvra para acierto de Rey, y Reino en sus Acciones, 

Al Excelentissimo Señor D. Ramiro Felipez Nuñez de Guz- 
man, Duque de Medina de las Torres, etc. Por D. Francisco de 
Quevedo Villegas... 

Con privilegio En Madrid: Por Diego Diaz de la Carrera, 
Impressor de el Reino. Año M.DC.LXII. 

A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de Libros, fron- 
tero de San Felipe. (4.°) 

Censura del P. Gerónimo Pardo. Madrid. 20 junio 1652. 

Privilegio. 21 de agosto 1658. 

Tasa. 7 octubre 1655. 

Erratas. 24 marzo 1662. 

Censura de D. Pedro Ruiz de la Escalera. i.<* setiembre 1655. 

Dedicatoria genealógica de D. Gabriel Ossorio. 

Lo demás como en 1655, incluso la anteportada. 

200 fojas en 4.» 

1664 

109. * Parte primera de las Obras en prosa de Don Francis- 
co de Quevedo Villegas, Cavallero de la Orden de Santiago, Se- 
ñor de la Torre de Juan Abad. 



Obras de Quevedo 451 



Debaxo de la protección del Excelentissimo Señor Duque de 
Medina Celi y de Alcalá... 

Con privilegio. En Madrid: Por Melchor Sánchez. Año de 
1664. 

Acosta de Mateo de la Bastida, Mercader de Libros, fron- 
tero de San Felipe. (4.°) 

Existe en París esta edición, completa, en la Biblioteca del Arsenal. 

lio. Parte segvnda de las obras en prosa de Don Francisco 
de Quevedo Villegas, Cauallero de la Orden de Santiago, señor 
de la Torre de luán Abad. 

Debajo de la protección del Excelentissimo señor D. Antonio 
luán Luis de la Cerda, Duque de Medina Celi, y de Alcalá, Con- 
de de la Ciudad y gran Puerto de Santa Maria, Marques de Al- 
calá y CogoHudo, señor de Lobon, Deza, y Enciso, Capitá gene- 
ral del mar Océano, y Costas de Andaluzia, Comendador de la 
Moraleja, de el Abito de Alcántara, etc. 

Con privilegio En Madrid: Por Melchor Sánchez. Año de 
1664. A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de Libros, fron- 
tero de San Felipe, (4.°) 

Censores desta segunda parte, por el Consejo y el Vicario: el Lie. D. Pe- 
dro Blasco, el P. Juan Eusebio Nieremberg, y el P. Fr. Bartolomé Foyas. 

Privilegio á favor del librero: 17 junio 1657. 

Tasa. 

Fea del Corrector: 14 noviembre de 1658. 

Contiene: La cuna y la sepoltura. — Doctrina para morir. — De los reme- 
dios de cualquier fortuna. — Introducción á la vida devota. — Virtud mili- 
tante contra las cuatro pestes del mundo. — Fortuna con seso. Hora de todos. 
— Epicteto y Phocilides en Español. 

111. * Parnaso. Primera y segunda parte. Tres tomos en 4.° 
Madrid. 1664. 

índices del Escorial. 

1666 

112. Política de Dios, y Govierno de Christo, sacada de la 
Sagrada Escritvra para acierto de Rey, y Reino en sus acciones. 

Al Señor Don Sancho de Villegas Velasco de la Vega y Ze- 
uallos. Señor y Pariente inayor de la Casa, y Linage de Villegas, 
del Consejo de su Magestad, y Alcalde de su Casa y Corte, etc. 

Por D. Francisco de Quevedo Villegas, Cauallero de la Or- 
den de Santiago, Señor de la Torre de luán Abad. 

Con privilegio En Madrid: En la Imprenta Real, Año 1666. 
— AVosta de Mateo de la Bastida, Mercader de Libros, frontero 
de San Felipe. 

Tiene anteportada en que se lee: 

«Política de Dios y Govierno de Christo nvestro señor.» 



452 Ediciones 



Dedicatoria (que es una genealogía de los Villegas) de Mateo de la 
Bastida. 

Elogios á la elección, y pluma de Don Francisco de Queuedo en el 
Assumpto de esta Política, sacados de las Aprobaciones, que precedieron á 
su impression correcta, y añadida por el Autor en el año 1626, que salió 
la Primera parte. 

Se traen los pareceres, extractados, 

del Cronista Maestro Gil González Dávila, 

del Arzobispo Fr. Don Christoual de Torres, 

del P. Pedro de Urteaga, 

del P. Gabriel de Castilla, 

y del Vicario de Jubiles D. Lorenzo Vander Hammen. 

Dedicatoria al Pontífice Alexandro 7.° 

A los doctores sin Ivz, que dan humo en el pauilo muerto de sus cen- 
suras, muerden y no leen. 

Dedicación á D. Felipe IV. 

Censura de D. Pedro Rviz de la Escalera, y Quiroga, Cauallero de la 
Orden de Calatraua, Cauallerizo de la Reyna N. Señora, á quien cometió 
este Libro el Consejo. Madrid i." de setiembre de 1655. 

Censura del Reverendísimo Padre Gerónimo Pardo, Prouincial que ha 
sido de los Clérigos Menores, Calificador de la Suprema, y Visitador de 
Libros, y Librerías, destos Reinos. Madrid á 20 de Junio de 1652. 

Suma del privilegio. — En favor de D. Pedro Alderete y Queuedo, como 
sobrino y heredero del Autor, el cual lo cedió á Mateo de la Bastida, ante 
Martin de Arauxo, Escriuano de Su Mag. Madrid 21 de agosto de 1658. 

Tassa. — Madrid 7 de octubre de 1655. 

Erratas. — Madrid y Margo 24 de 1662. 

Sigue el capitulo i.° pag. i.^ 

Concluye en la pág. 347 con la protesta, y sugecion á la censura Ro- 
mana. 

200 fojas en 4.° 

113. Política de Dios, y Govierno de Christo; sacada dé la 
Sagrada Escritvra para acierto de Rey, y Reyno en sus acciones, 

Al Señor Don Sancho de Villegas Velasco de la Vega y Ze- 
uallos, Señor, y Pariente mayor de la Casa, y Linage de Ville- 
gas, del Consejo de su Magestad, y Alcalde de su Casa, y corte, 
etcétera. 

Por D. Francisco de Qvevedo Villegas Cavallero de la Or- 
den de Santiago, Señor de la Torre de luán Abad. 

Con privilegio En Madrid: Por Pablo de Val, Año 1666. A 
costa de Mateo de la Bastida, Mercader de Libros, frontero de 
San Felipe. (4.°) 

Anteportada como el núm. 1 1 2. 

A plana renglón el texto con la impresión anterior. 

La dedicatoria de Mateo de la Bastida, con los arrequives genealógi- 
cos de ordenanza. 

Todo lo de la edición de 1655. 

Censura de D. Pedro Ruiz de la Escalera y Quiroga. Madrid i." setiem- 
bre 1655. 



Obras de Ouevedo 453 



Del RR. Padre Gerónimo Pardo. Madrid 12 de junio 1652. 

Privilegio. Madrid 21 agosto 1658. 

Tasa. 7 octubre 1655. 

Erratas. Madrid 24 marzo 1662. 

200 fojas en 4.° 

114. Virtud militante, contra las quatro pestes del mundo, 
embidia, y ingratitud, soberbia y avoricia {sic), con las quatro 
fantasmas desprecio de la muerte, vida, pobreza y enfermedad. 
Por Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero de la Or- 
den de Santiago, y Señor de la Villa de la Torre de luán Abad. 

En Madrid, por Pablo de Val, Año de 1666. A costa de Ma- 
teo de la Bastida, Mercader de libros, frontero de San Felipe. 
(En 8.°) 

Nota del Sr. D. Francisco González de Vera. 

1667 

115. Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio. 

Por don Francisco de Quevedo Villegas, cauallero de la or- 
den de Santiago. 

Corregidas de los descuidos de los trasladadores y añadidas 
muchas cosas que faltaban, confrome (sic) á sus originales, des- 
pués del nuevo Catalogo. 

Con licencia. En Madrid. Por Mateo de Espinosa. Año de 
1667— (8.°) 

1668 

- lió. El Parnaso español, y Mvsas castellanas, de Don Fran- 
cisco de Queuedo Villegas, Caballero de la Orden de Santiago, 
Señor de la Villa de la Torre de luán Abad. 

Corregidas, i enmendadas de nuevo en esta impression, por 
el Doctor i\muso Cultifragio, Académico ocioso de Lobaina. — 
Plieg. 66. 

Con Privilegio. En Madrid, Por Melchor Sánchez Año de 
M.DC.LXVIII. — A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de 
Libros. 

Texto de Simmachiano. 

Soneto á Don Francisco. 

Lámina rudamente retocada, de la edición de 1648. 

El librero dedica tercera vez el Parnaso al Duque de MedinaCeli. 

Censores D. Pedro de la Escalera Guevara, y el Licdo. D. Juan de 
Val des. 

Privilegio á favor del librero, fecha 18 de febrero de 1668, por habér- 
selo cedido D. Pedro Aldrete Quevedo y Villegas, heredero de D. Fran- 
cisco, en 4 de setiembre anterior. 

Tasa. 

Erratas: 3 setiembre 1660. 

(264 fojas en 4.°, inclusas las siete láminas retocadas y perdidas.) 



454 Ediciones 



1G69 

ii6 {bis). Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Ca- 
vallero de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre 
de luan-Abad. 

Divididas en tres cverpos. M.DC.LXIX. 

Este rótulo impreso precede á la portada grabada de la edición de Bru- 
selas de 1660 en un ejemplar muy bien tratado que existe en la biblioteca 
de San Isidro de esta corte. 

1670 

117. § Las tres mvsas vltimas castellanas. Segvnda cvmbre 
del Parnaso español de Don Francisco de Qvevedo y Villegas, 
Cavállero de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la To- 
rre de Ivan Abad. 

Sacadas de la librería de Don Pedro Aldrete Quevedo y Vi- 
llegas, Colegial del mayor del Ar(;obispo de la Vniuersidad de 
Salamanca, Señor de la Villa de la Torre de Juan Abad. 

Con privilegio En Madrid: En la Imprenta Real. Año de 
1670. A costa de Mateo de la Bastida, Mercader de libros, en- 
frente de las gradas de San Felipe. 

Lámina muy gastada del Parnaso. 

Dedicatoria de D. Pedro al Arzobispo de Toledo. 

Censores: D. Pedro de la Escalera Guevara y el Lie. D.Juan de Valdés. 

Suma del privilegio. 

Fee de Erratas. 13 de enero 1670. 

Tasa: 17 de enero 1670. 

Al lector. 

Adornaron el tomo para hacer juego con las seis primeras musas, gra- 
badas las tres últimas: dibujo del pintor madrileño Santiago Moran, y buril 
de Marcos de Orozco, de escaso mérito. 

§§ 167 1, 2 veces. 1703 1719 1729 

1699 1713 1720 1772 

1702 1716 1724 1791 

(9 fojas de principios, inclusas las láminas; 180 de texto y 4 de índice, 
ó sean 193 en todo.) 

(Hízose en el mismo año segunda edición sin consignarlo en el libro, 
igual en el texto y preliminares á la anterior. Las diferencias consisten: 

i.° En carecer de la lámina del Parnaso, con lo cual á la hoja de la 
Dedicatoria corresponde en este ejemplo la signatura "^ 2, mientras en el 
otro la ^ 3. 

2° En éste es redondo el carácter de letra del encabezamiento de la 
Dedicatoria; en el otro, cursivo. 

3.° Aquí la tercera foja comienza: echo de las almas y las innumera- 
bles limosnas»...; allí: «deza, como deseo. Madrid primero.»... 

4.° La pág. 3 de la primera edición comienza: «Preguntóle quien era 
la justicia»; la de ésta: «Pinta la vanidad y locura mundana.» 

5." En este ejemplar concluyen los fragmentos del poema de Orlando 
enamorado á la pág. 358, y en el otro en la 359. 

Tiene 191 fojas en 4.") 



Obras de Ouevedo 455 



11 8. Obras de Don Francisco de Qucvedo Villegas, cava- 
llero de la Orden de Santiago, Señor de ía Villa de la '1 orre de 
luan-Abad. — Divididas en tres cuerpos. M.DC.LXX. (Antepor- 
tada.) 

Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero de 
la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la 1 orre de luan- 
Abad. 

Dedicadas á su Fxcellencia el Marques de Caracena, etc. 
Governador y Capitán general de los Payseu Baxos, y Borgoña. 

En Brusselas, Por Francisco Foppens, Impresor y Mercader 
de Libros. M.DC.LXX. En la estampa del ejemplar de 1660. 

(344 fojas en folio menor con la materia misma del núm. 104.) 

119. Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cava- 
llero de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de 
Juan-Abad. 

Dedicadas al Excellentissimo Señor Don Luis de Benavides, 
Carillo y Toledo, etc.. Marques de Caragena, etc. Governador y 
Capitán general de los Payses Baxos, etc. 

Segunda Parte. 

(Un precioso escudo con figuras, delineado por Van Heele, y 
grabado por F. Clouzvet.) En Brusselas, De la Emprenta de 
Francisco Foppens, Impressor y Mercader de Libros. M.DC. 
LXX. (292 fojas en folio menor.) 

120. Poésias de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cava- 
llero de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de 
Juan-Abad. 

Dedicadas Al Excellentissimo Señor Don Luis de Benavides, 
Carillo, y Toledo, etc. Marques de Caracena, etc. Governador y 
Capitán General de los Payses Baxos, etc. 

Tercera parte. (El escudo referido.) En Brusselas, — De la 
Emprenta de Francisco Foppens, Impressor y Mercader de Li- 
bros. — M.DC.LXX. (246 fojas en folio menor.) 

1671 

121. En Bruselas publicó la oficina de Foppens nueva edición de las 
Obras de Qitevedo. No he visto más que el Epíctcio y Fhocílidcs, cuyos 
caracteres son los mismos, y también casi todas las viñetas, de la impresión 
de 1661. Sin embargo, tiene aquí más metida la letra, haciendo solas 86 
páginas, cuando hizo allí 93. 

12 2. Las tres ultimas musas castellanas de Don Francisco 
de Quevedo Villegas, Cavallero, de la Orden de Santiago, Señor 
de la Villa de la Torre de Juan-Abad. 

Sacadas de la Librería de Don Pedro Aldrete Quevedo y 
Villegas, Colegial del Mayor del Arzobispo de la Universidad 



456 Ediciones 



de Salamanca, Señor de la Villa de la Torre de Juan- Abad. M. 
DC.LXXI. 

Dedicatoria al Cardenal de Toledo. 

Al lector. 

Censores deste libro. 

Las tres musas. (109 fojas en 4.» mayor.) 

Es el cuarto tomo de la colección antecedente. 

1679 

123. Sueños y Discursos, o Desuelos soñolientos de verda- 
des soñadas descubridoras de Abusos, Vicios, y engaños en to- 
dos los Officios, y Estados del Mundo. 

Por D. Francisco de Queuedo Villegas, Cauallero del Or- 
den de Santiago, Señor de la Villa de Juan Abad. 

Con licencia: En Perpiñan, Por Bertholome Breffel, Año 
1679. 

Lo posee la Biblioteca Nacional de Francia. 

124. Sueños y discvrsos desvelos soñolientos de verdades so- 
fiadas descubridoras de Abusos, Vicios, y engaños en todos los 
Officios, y Estados del Mundo. 

Por D. Francisco de Quevedo Villegas, Cavallero del Orden 
de Santiago, Señor de la Villa de Juan x-^bad. 

(Un fénix.) 

Con licencia. En Perpiñan en Casa de Cornelli Reynier, Mer- 
cader de Llibros, á la Gallinaria, Año 1679. 

(Comprende el del Juicio final. — El Alguacil endemoniado. — El sueño 
del infierno. — El Mundo por de dentro. — El sueño de la muerte. — Carta 
del Caballero de la Tenaza. — Casa de los locos de amor. — Premática del 
Tiempo.) 

119 fojas en 8.» 

Lo poseía D. Cayetano Alberto de la Barrera. 

1683 

125. Política de Dios y gobierno de Christo; sacada de la 
Sagrada Escritura para acierto de Rey, y Reyno en sus acciones. 

Por Don Francisco de Queuedo y Villegas, Cauallero de la 
Orden de Santiago, Señor de la Torre de luán Abad. 
En Madrid, por Melchor Alvarez, 1683. (En 4.°) 

1687 

126. Parte primera de las obras en prosa de Don Francisco 
de Quevedo Villegas, Cavallero de la Orden de Santiago Señor 
de la Torre de luán Abad. 

Dedicadas á Don Alonso Carnero, Cauallero de el Orden de 



Obras de Quevedo 457 



Santiago, Señor de la Villa de Chapineria, Regidor perpetuo de 
la Ciudad de Avila, de el Consejo de su Magestad, y su Secre- 
tario de Estado, etc. 

Corregida, y enmendada en esta vltima impression. 

Con licencia En Madrid: Por Antonio González de Reyes. 
Año de 1687. — Véndese en la calle de Toledo, en casa de San- 
tiago Martin Redondo, Mercader de libros, junto á la Porteria 
de la Concepción Geronima. (4.'') 

Dedicatoria de Isidoro Cavallero (sin fecha). 

Censores: D. Diego de Córdova y D. Antonio Calderón, electo Arzo- 
bispo de Granada. 22 de junio de 1644. 

Licencia: Madrid 16 de junio 1644. La da el ordinario «para que 
se pueda imprimir este libro que ha escrito Don Francisco de Quevedo Vi- 
llegas.» 

Otra. 5 de noviembre 1687. 

Tassa. 25 de noviembre. 

Fee de erratas. 9. 

127. Parte segunda de las obras en prosa de Don Francisco 
de Quevedo Villegas, Cavallero de la Orden de Santiago, Señor 
de la Torre de Juan Abad. 

Dedicada á Don Alonso Carnero, Cauallero de el Orden de 
Santiago, Señor de la Villa de Chapineria, Regidor perpetuo de 
la ciudad de Avila, de el Consejo de su Magestad, y su Secreta- 
rio de Estado, etc. 

Corregida y enmendada en esta última impression. 

Con Licencia — En Madrid: Por Antonio González de Reyes. 
Año de 1687. — Véndese en la calle de Toledo en casa de San- 
tiago Martin Redondo, Mercader de libros, junto á la Porteria 
de la Concepción Geronima. 

Censores de esta segunda parte, por el consejo y el Vicario. — El licen- 
ciado D. Pedro Blasco Protonotario Apostólico; y el Padre Juan Ensebio 
Nieremberg de la compañía de Jesús; y el Padre Fray Bartolomé Foyas de 
la Orden de San Francisco. 

Suma de la licencia. Madrid á 5 dias del mes de noviembre de 1687. 

Suma de la Tassa. 

Fee de Erratas. Madrid 19 de noviembre de 16S7. — Don Martin de 
Ascarza corrector general por su Magestad. 

índice de las Obras que se contienen en esta segunda parte: 

La cuna y la sepultura, 

Doctrina para morir, 

De los remedios de qualquier fortuna. 

Introducción á la vida devota. 

Virtud militante contra las quatro Pestes del mundo, 

Fortuna con seso, Hora de todos; 

Epicteto y Phocilides en español; 

Nombre origen y intento, recomendación y descendencia de la doctrina 
estoyca. 



58 



458 Ediciones 



1691 

128. * Virtud militante contra las quatro pestes del mundo. 
Zaragoza. 

1695 

129. * Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio. — Bar- 
celona. 

1699 

130. Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Cavalle- 
ro de la Orden de Santiago, Señor de la Villa de la Torre de 
Juan-Abad. 

Divididas en tres tomos. — Nueva Impression corregida y 
ilustrada con muchas Estampas muy donosas y apropiadas á la 
materia. 

(Un león con el monograma der librero.) 

En x^mberes. Por Henrico y Cornelio Verdussen. Año M. 
DC.XCIX. — Con Licencia, y Privilegio. (3 volúmenes en 4.° 
mayor.) 

La misma anteportada de Foppens, variado el impresor y el año. 

Al benévolo lector. De D. Pedro Aldrete Quevedo y Villegas. 

(Es con variantes, la advertencia del ntím. 98.) 

Aprobaron estas obras D. Pedro de la Escalera Guevara y el licen- 
ciado D. Juan de Valdes. 

Suma del privilegio á Foppens, quien le cedió á los Verdussen merca- 
deres de libros é impresores de Ambares en 10 de octubre de 169S. 

Contiene el primer tomo lo mismo que la edición de Foppens. 

Grabados é invenciones de Clouwet, Gaspar Bouttats, y Jacobo Ha- 
rrewyn. 

(278 fojas inclusos el retrato y la portada.) 

Tomo segundo. 

Contiénete do lo que el de Foppens, y además al fol. 447, Nombre, 
Origen, Intento, Recomendación y Descendencia de la Doctrina estoica. (238 
fojas.) 

Tomo tercero, el qval contiene todas sus poesias. 
Después de la musa Vrania, los Riesgos del matrimonio, el Epicteto y 
Phocilides, y el Memorial para el Rey N. S. (305 fojas.) 

1700 

131. § Providencia de Dios, padecida de los qve la niegan, 
y gozada de los qve la confiessan. Doctrina estudiada en los gv- 
sanos, y persecvciones de Job. 

Obra postvma de Don Francisco de Quevedo Villegas, Ca- 
vallero del Orden de San-Tiago, Señor de la Villa de la Torre 
de luán Abad. 



Obras de Quevedo 459 



Dedicada al nivy ihstie Señor Don Jvan Lvis López, del 
Consejo de su Magestad, y su Regente en el Sacro, y Supremo 
de los Reynos de la Corona de Aragón. 

Fm Zaragoza: Por Pasqval Bveno, Año M.D.CC. 

Dedicatoria del librero: 6 agosto de 1700. 

Aprobación del P. M. Fr. Antonio Iribarren: 27 julio. 

Licencia: 6 agosto. 

Aprobación del Dr. D. Felipe Gracian Serrano: 29 julio. 

Erratas. 

El Impresor al que leyere. (Notable.) 

Catálogo de las obras de D. Francisco de Qvevedo. (Trabajo tmty cu- 
rioso.) 

Elogio de Quevedo por Lope. 

(El libro se reduce al primer tratado tínicamente, pero desconociendo 
que no era toda la obra.) (50 fojas en 4.") 

1702 

Colección dedicada á la Academia de los Desconfiados de la 
ciudad de Barcelona. Consta de cinco tomos, que son los ntíme- 
ros 132, 133, 134, 135 y 136. Imitando ésta, se hizo con algún 
esmero la de 17 13, conocida vulgarmente con el nombre de Co- 
lé cció?i del León. 

132. (Anteportada.') Obras de D. Francisco de Qvevedo. 
(Portada.) Obras de D. Francisco de Qvevedo Villegas, Ca- 

vallero de la Orden de Santiago, Señor de la Torre de luán 
Abad. 

Dedicadas á la mvy ilvstre Academia de los Desconfiados da 
la Excelentissuna civdad de Barcelona. Parte primera. 

Barcelona: Por Jayme Suriá Impressor, Año 1702. 

Véndense en su Casa á la calle de la Paja; En la de luán 
Piferrer, a la plaga del Ángel; Y Jayme BatUe, á la Librería. (4.°) 

Dedicatoria. Fírmanla Jayme Suriá, Jaime Batlle, Jvan Piferrer. 

Aprobación de Fr. Miguel Zugarramurdi: Barcelona 25 de Octubre de 
1702. 

Licencia: 19. 

Contiene todo lo de la edición de Madrid de 1658 y por el mismo 
orden. 

133. Parte segunda de las obras en prosa de Don Francisco 
de Quevedo... 

Dedicada A la Academia de los Desconfiados de la excelen- 
tissima ciudad de Barcelona. — Corregida y enmendada en esta 
vltima Impression. 

Con licencia. — Barcelona: Por Joseph Llopis, á la Plaga del 
Ángel, Año 1702. 

Véndese en Casa Juan Piferrer, en la Plaga del Ángel: En 



46o Ediciones 



la de Jayme Suriá, en la calle de la Paja: Y en la de Jayme Bat- 
lle, en la Libreria. (4.°) 

(Advertencia.) 

Contiene todo lo de la edición de Madrid de 1658 y con igual colo- 
cación, 

134. Política de Dios y Govierno de Christo nvestro señor. 
Sacada de la Sagrada Escritura, para acierto de Rey, y Reyno 
en sus acciones. 

Por Don Francisco de Qvevedo Villegas, Cavallero de la 
Orden de Santiago, Señor de la Torre de luán Abad. 

Dedicase A la Academia de los Desconfiados de la Excelen- 
tissima ciudad de Barcelona. 

Barcelona: Por layme Suriá Impressor, Año 1702. 

Véndense en su Casa á la calle de la Paja; Y en la de luán 
Piferrer á la Pla^a del Ángel-, Y Jayme Batlle, a la Librería. 

Copiados los preliminares de la edición de 1655. 

12 fojas de principios, con la anteportada, y 184 de texto: en 4.° 

135. * El Parnaso español. 
Barcelona. 1702. Rafael Figueró. 

136. Las tres mvsas vltimas castellanas. Segvnda cvmbre del 
Parnaso español de Don Francisco de Quevedo... 

Sacadas de la Libreria de Don Pedro Aldrete Quevedo y 
Villegas, Colegial del Mayor del Arzobispo de la Vniversidad de 
Salamanca, Señor de la Villa de la Torre de Juan Abad. 

Dedicase á la Academia de los Desconfiados de la Excelen- 
tissima Ciudad de Barcelona. 

Con licencia: Barcelona: Por Joseph Llopis, a la Plaga del 
Ángel, Año 1702. 

Véndese en Casa Juan Piferrer, á la Placea del Ángel: En 
la de Jayme Suriá, en la calle de la Paja: Y en la de Jayme Bat- 
lle, en la Libreria. (4.°) 

(Á la vuelta de la portada hay esta nota; 

«Se advierte que la Dedicatoria y Aprobaciones de todas las Obras de 
Don Francisco de Quevedo Villegas, se hallarán en el primer Tomo de 
dichas Obras.)» 

Al Lector. (Es la advertencia del sobrino de Quevedo.) 

1703 

137. (Reimprimióse en este año la colección anterior. De ella no he 
visto más que el torno siguiente:) 

138. El Parnaso español, y Mvsas castellanas de Don Fran- 
cisco de Quevedo Villegas... 

Dedicase á la mvy ilvstre Academia de los Desconfiados de 
la excelentissima civdad de Barcelona. 



Obras de Que vedo 4^ 

IJavcelona: Por Rafael Figueró, á la calle de los Algodone- 

''"vendeslln Casa layme BatUc. en la Ubreria: En la ele lay- 
me Suria, en la calle de la Taja: Y en la de luán l'iferrer, a la 
Plaíja del Ángel. (4.") 
Láminas muy malas. 

1707 

En el índice de la Inquisición general, comenzado por ^- JJ^^^^ ^\^; 
miento y concluido por D. Vital Marín, se determinó como se había de ex 
^uígar el Parnaso español 6 tomo primero de las poesías, impreso en Ma- 
drid por Diego Díaz de la Carrera en 1648. 

1713 
§ Colección llamada del Zeóu por tener una viñeta con su 
figura Consta de seis tomos ó partes, que son los números 139, 
140 i4i?x42, 143 y 144. Goza de gran crédito en los almace- 
nes de los libreros. Ha servido de turquesa para las de 

§§ 1719 1720 1724 1729 1772 1791 
T-'Q Obras de Don Francisco de Qvevedo Villegas, Cava- 
llero de la Orden de San-Tiago, Señor de la Torre de Juan 

Abad. , ^ 

Parte primera. Año ('Z^í?// rí'// ^.^^//¿/¿'.^ 17 13. 

En Madrid: En la Imprenta de Manuel Román. A costa de 
los Herederos de Gabriel de León. 

' Censura del RR. P. M. Juan Manuel de Arguédas de la compañía de 
Tesus. Madrid y agosto 31 de 1 7 13. 

Licencia por una vez. Madrid 15 de setiembre. 

Suma de la Tassa. 5 de octubre. 

índice. (Abraza todo lo